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La irresponsabilidad política que reina
en Colombia es lo que se ha puesto de manifiesto
esta semana tras el anuncio que hiciera el presidente
de la República, Álvaro Uribe Vélez,
del llamado 'Plan B' en respuesta al fracaso del
referendo. Son pocos los que quieren darse la
pela y reconocer la quiebra económica del
país y la obligación de hacer esfuerzos
comunes para salvarlo. Cada sector le quiere chutar
el balón a los otros: los sindicatos critican
el impuesto a las pensiones; los gremios, el impuesto
al patrimonio (que en Colombia no se cobra desde
1992); y el Banco de la República no ve
con buenos ojos que se quiera echar mano a las
reservas de divisas para pagar deuda. Todo esto
en un marco ya viciado por las interferencias
de la Corte Constitucional que fijó para
el año entrante el mínimo de aumento
del salario mínimo -valga la redundancia-,
como si los miembros de esta corte hubiesen sido
elegidos por voto popular o tuviesen poder legislativo,
¡qué insensatez!
Un desorden institucional parecido vivía
Colombia hace 100 años cuando perdió
a Panamá por un simple conflicto de intereses,
por no aprobar el tratado Herrán-Hay que
le concedía a Estados Unidos el dominio
de una franja de cinco kilómetros a cada
lado del canal interoceánico. Colombia
recibiría 10 millones de dólares
-algo así como mil millones de hoy- pero
nuestros glotones dirigentes querían 25
y aducían razones patrióticas para
no ceder a las 'pretensiones imperialistas' de
los norteamericanos. Desde hace cuatro años,
en virtud del tratado Torrijos-Carter, el Canal
es ciento por ciento panameño pero Colombia
sigue siendo un país amputado e institucionalmente
conflictivo, y con depredadores más voraces
a su alrededor: hay mucho qué perder si
todos siguen halando para un lado distinto.
Según el periodista Germán Jiménez
Morales (El Colombiano, agosto 24 de 2003), la
situación financiera del país es
la siguiente: el presupuesto para 2004 es de 77.6
billones que equivalen al 32 por ciento del PIB
(243.8 billones). Los ingresos del Gobierno Central
serán de 45.4 billones (58 por ciento del
presupuesto), de los cuales el 91 por ciento se
originan a través del pago de impuestos.
Queda entonces un faltante de 32.2 billones (42
por ciento del presupuesto) por llenar. ¿Cómo
los va a cubrir? A los financistas locales el
Gobierno les pedirá 14.3 billones de pesos
y a los extranjeros 9.2 billones, para un endeudamiento
fresco de 23.5 billones. Lo irónico es
que en el mismo 2004 les tenemos que pagar a los
banqueros 27.7 billones de pesos, por concepto
de amortizaciones e intereses.
Aún así quedarían faltando
9 billones que el Gobierno conseguiría
vendiendo activos como Bancafé (600 mil
millones de pesos), echándole mano a 2.5
billones de utilidades de entidades como Ecopetrol
(1.1 billones) y el Banco de la República
(773.000 millones), y a transferencias de la Dirección
del Tesoro Nacional. Sigue quedando un hueco de
3.2 billones que el Gobierno no ha especificado
cómo va a liquidar.
Pero ¿por qué Colombia gasta más
de lo que gana? En primer lugar porque debe mucho
y somos 'buenas pagas', generándose un
círculo vicioso que parece no tener fin:
nos endeudamos para pagar deuda, por eso ésta
ya llegó a un inmanejable 53.4 por ciento
del PIB. De otro lado están las pensiones
del Gobierno Nacional y las entidades territoriales,
cuyo cálculo actuarial hasta el 2050 ha
sido estimado por Planeación Nacional en
la fabulosa cifra de 400 billones de pesos. Ahí
se incluyen todas las inadmisibles pensiones del
sector público logradas sin la menor legitimidad
a través de los regímenes especiales
exigidos por los delincuentes de overol que pululan
en los sindicatos; las pensiones de 70 u 80 salarios
mínimos, las pensiones otorgadas a los
40 años de edad con apenas 20 de labores,
las pensiones de 'invalidez' a quien se ha tronchado
un dedo aunque tenga 20 años. Para el año
entrante, el Presupuesto contempla por ese concepto
un gasto de 9.5 billones de pesos.
Se suman a lo anterior las partidas del Presupuesto
que van a los municipios y departamentos por mandato
constitucional. Esas transferencias ascienden
a 14.2 billones; el 6 por ciento del PIB, cuando
en el 90 pesaban el 2.5 por ciento. Lo malo es
que según Planeación Nacional tales
transferencias se han usado de manera tan deficiente
como las famosas regalías, se despilfarran
en asuntos suntuarios o se las 'traga' el aparato
político a través de los más
diversos mecanismos creados por la clase política
para ese efecto. Deuda, pensiones y transferencias
suman 51.4 billones que están amarrados
por ley y, por tanto, su destinación es
inmodificable, o sea el 66.2 por ciento del Presupuesto
Nacional.
El 33.8 por ciento restante contiene los recursos
que el Gobierno emplea en su funcionamiento, en
la salud, en la educación, en el gasto
militar, en la inversión social (9.2 billones
para esta última el año próximo).
No es cierto que el gasto militar sea excesivo,
apenas es de 7.8 billones equivalentes a un ridículo
3.1 por ciento del PIB, como si Colombia fuera
Suiza o Costa Rica. Hay que recordar que Estados
Unidos empleó en gastos militares durante
la Segunda Guerra Mundial, el 40 por ciento de
su PIB, convirtiéndose en una 'economía
de guerra' que le permitió el triunfo.
Colombia requiere incrementar notablemente el
gasto militar para vencer al terrorismo; por eso,
la caída de un referendo mediante el cual
se quería reordenar el gasto estatal es
también un triunfo de los terroristas.
Pero, volviendo al tema, el caso es que existe
un desbalance presupuestal larvado desde la Constitución
misma que ha aumentado la carga fiscal del 8 por
ciento del PIB (en 1990) al 14.6 por ciento. Nada
de esto se lo ha inventado Álvaro Uribe
Vélez. Gaviria, Samper y Pastrana tuvieron
la facilidad -y hasta la ligereza- de acudir a
préstamos casi únicamente, sin aumentar
impuestos ni hacer recortes estatales. Ahora no
queda margen para endeudarse más y si existen
exigencias del Fondo Monetario Internacional no
es porque se estén implementando políticas
neoliberales ni porque se esté 'vendiendo'
la soberanía ni nada de eso. Es, simplemente,
porque debemos dinero y estamos en la obligación
de pagarlo. El referendo ponía en orden
buena parte de las finanzas, ahora vendrá
una cascada de impuestos para aliviar el déficit
fiscal del año que viene pero son necesarias
las reformas de fondo para corregir este absurdo
y que no se vuelva un calvario de todos los años
que termine poniendo a los colombianos en contra
del Estado como sucede siempre que los impuestos
dejan de ser un medio para convertirse en un fin.
Es la debacle que esperan los violentos y si hace
un siglo se perdió una provincia la próxima
vez podría perderse todo.
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