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Coinciden la mayoría de analistas en señalar
que la no aprobación del Referendo pondría
en riesgo la gobernabilidad del país, debilitaría
las políticas de seguridad del presidente
Uribe y fortalecería a los grupos terroristas.
Es más, se especula que en círculos
muy cercanos al presidente de la República
se ventila una posible dimisión del Primer
Mandatario si es derrotado en las urnas este 25
de octubre, convocando a elecciones anticipadas
para elegir su reemplazo. Uribe no es de los que
se esconden y tiran la toalla, por eso tal hipótesis
parece improbable; sin embargo, ello se apoya
en el sin sentido de que el mismo electorado que
el 26 de mayo del año anterior lo acompañó
con vehemencia a las urnas ahora lo abandone en
un momento tan crítico para el futuro del
país.
Valdría la pena analizar a conciencia
qué es lo que se está poniendo en
juego este 25 de octubre al margen de unas reformas
muy diversas que no son tan de fondo como se quisiera
pero que, valga decirlo, si tuvieran gran calado
no habrían pasado el cedazo del Congreso
ni el de la Corte Constitucional ni el de los
deformadores de opinión y los enemigos
del Gobierno. Si siendo una reforma liviana tiene
tanta resistencia ni pensar qué sería
si se tratara de algo radical.
En primer lugar está en juego la política
de Seguridad Democrática que tan buenos
resultados ha dado a pesar de las voces disidentes.
Eso dejaría en el aire el Estatuto Antiterrorista
que se está tramitando en el Congreso,
el programa de soldados campesinos, el regreso
de la Policía a todos los municipios de
Colombia, los programas de fumigación de
cultivos ilícitos, el proyecto de ley de
Alternatividad Penal, el programa de reinserción
de combatientes y muy probablemente el apoyo económico
internacional al Plan Colombia. Pero sobre todas
las cosas, tendríamos de nuevo a nuestro
Ejército acantonado en los cuarteles mientras
los terroristas retoman su 'soberanía'
en las carreteras, los campos, las periferias
de las ciudades y vuelven a azotar las cabeceras
municipales con sus tomas sangrientas y crueles,
además de incrementar los secuestros a
niveles insospechados.
En segundo lugar está en juego la estabilidad
económica del país. Muchos colombianos
parecen no entender, o no quieren hacerlo, el
tema del déficit fiscal. La macroeconomía
es como una economía doméstica pero
en mayor escala y un país, al igual que
una familia, no puede vivir al debe ni eterna
ni ilimitadamente. Igual que una familia recorta
gastos o se acomoda a sus ingresos, los estados
deben hacer lo mismo. El empleo no productivo
del Estado, llamado 'burocracia', es nocivo para
toda la sociedad. Los regímenes especiales
de salarios y pensiones y los jugosos salarios
de los altos funcionarios del Estado constituyen
un descarado desangre de los recursos públicos.
Baste recordar que la semana anterior el corrupto
Congreso de la República subió los
salarios de los miembros del Consejo Nacional
Electoral de once a catorce millones de pesos
mensuales.
El ministro de Hacienda, Alberto Carrasquilla,
advirtió torpemente que si los salarios
oficiales no se congelan vía Referendo
el Gobierno tendrá que hacerlo mediante
decreto. El presidente Uribe lo contradijo pero
al mismo tiempo admitió que tendría
que haber más recorte laboral en el Estado.
Aún tenemos la manía, asociada al
clientelismo y la corrupción política,
de creer que el Estado es una fábrica que
da puestos a cambio del voto, y que si necesita
recursos para mantener esa inoficiosa clientela
-incluyendo las famosas 'nóminas paralelas'
de funcionarios que sólo van cada quince
días por el cheque- debe endeudarse o incrementar
los impuestos en detrimento de todos y afectando
el desempeño de toda la economía,
creando una incertidumbre que el efecto 'Uribe'
había despejado.
Y, en tercer lugar, para mencionar sólo
los tres efectos más desastrosos, está
en juego la inversión social. En este rubro,
la Nación tiene unos limitantes gigantescos.
El Presupuesto Nacional apenas contempla unos
escasos recursos para lo social pues casi todo
se va en funcionamiento, transferencias a las
regiones y servicio de la deuda. El Referendo
comprende que los ahorros suscitados por la eliminación
de las contralorías regionales irán
a educación; que las regalías del
Fondo Nacional irán también a educación,
a saneamiento básico y a pensiones; que
la congelación de salarios y pensiones
del Estado, la eliminación de regímenes
especiales y el tope pensional para altos funcionarios
irán al fondo pensional y evitarán
retrasos en el pago de maestros y empleados de
la salud; que los salarios se le congelarían
sólo al 17 por ciento de los trabajadores
del Estado que son los que ganan más de
dos salarios mínimos; que a los maestros
se les respetara su régimen especial -cosa
que no se merecen- hasta el 2007, etc.
Mejor dicho, no hay peor ciego que el que no
quiere ver. Darle la espalda al presidente Uribe
en estos momentos será desastroso, no tendrá
armas ni contra el terrorismo ni contra la quiebra
del país ni contra la pobreza. Será
un melancólico entierro de la esperanza.
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