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Las Farc no han dado el brazo a torcer en su
aspiración de alcanzar un canje o intercambio
humanitario con el gobierno, en pie de igualdad.
Después de un largo periodo de ostracismo
y opacamiento político, ahora pretenden
tomar la iniciativa política divulgando
videos de los secuestrados y rehenes. A través
de ellos han dejado en claro su amenaza de muerte
en caso de operativos de rescate por parte de
la fuerza pública y han refirmado intención
de negociar un intercambio. ¿Qué
hay tras toda esta ofensiva publicitaria? Lo primero
que cabe destacar es que las Farc no quieren aceptar
pasivamente ser sacados del juego político
como unos burdos terroristas que es como se sienten
percibidos por la opinión nacional e internacional.
Lo que buscan al permitir el contacto de los secuestrados
y rehenes con los medios es aparecer como los
verdaderos interesados en un acuerdo y al gobierno
en el plan de obstaculizarlo.
La jugada política del grupo insurgente
no es fácil de detectar. Los pasos que
han dado tienen toda las trazas de obedecer a
un plan meticulosamente preparado que tiene por
objeto descargar en el gobierno la prolongación
del dolor de las víctimas. Desde cuando
comenzaron a desarrollar su estrategia de secuestrar
personalidades y mantener a oficiales y suboficiales
en calidad de rehenes, los comandantes de la guerrilla
advirtieron al gobierno y a la fuerza pública
que cualquier operativo de rescate culminaría
con la muerte de aquellos. De esta manera pretendían,
con la mayor de las astucias, responsabilizar
al gobierno por la vida de quienes estaban en
sus manos y eludir el hecho de que eran ellos
los secuestradores. Esto constituye una clásica
jugada de distorsión según la cual
si la víctima de un agresor muere la culpa
no es de éste sino de aquella por haber
forcejeado.
El segundo paso de la estrategia consiste en
aprovecharse del lógico sentimiento de
dolor de los familiares de los secuestrados y
rehenes para impulsarlos a presionar al gobierno
para que acceda a firmar el canje y para que renuncie
a la obligación constitucional de buscar
su libertad. La tercera etapa de la estrategia
es la de guardar silencio por largos periodos,
hay retenidos que llevan cinco y seis años
en sus manos y varias familias no han recibido
una sola prueba de supervivencia de sus familiares
secuestrados. Así se dosifica la angustia
para acrecentar la presión sobre el gobierno,
de tal forma que es éste el que aparece
como el intransigente, el reacio, el indolente.
En la fase actual en que se han entregado entrevistas
con Ingrid Betancourt, videos de militares y de
los tres norteamericanos, la guerrilla especula
hábilmente el síndrome de Estocolmo,
ese sentimiento paradójico y contradictorio
que lleva a las víctimas y a sus familiares
a sentir gratitud y hasta simpatía con
los captores por el hecho de que les hayan respetado
sus vidas. El objetivo de la guerrilla es aparecer
como bondadosa y transigente: "aquí
están, vivos aún" y "si
algo fatal les sucede la culpa será del
gobierno". El síndrome de Estocolmo
impide que la víctima reconozca en su victimario
un agresor y termine mirándolo como un
benefactor porque no lo tortura o porque le da
de comer o le proporciona medicinas o le hace
llegar mensajes a sus seres queridos. Se le da
el nombre de síndrome de Estocolmo a una
conducta o sentimiento alterado de quien está
secuestrado que pone las cosas en el orden inverso:
por ejemplo sentir rabia con sus amigos, rechazar
la ley, sentir abandono de sus familiares y protección
de sus captores. Si las autoridades legítimas
no responden al chantaje entonces ellas son las
que no quieren una salida, si las fuerzas del
orden actúan ellas y sólo ellas
serán las responsables. El síndrome
de Estocolmo tiene la característica de
invertir el orden lógico de los hechos
y de las culpas. Más aún, termina
por ocultar el sufrimiento, cosa que se aprecia
con toda claridad en la estupidez que subyace
en la pregunta que muchos comunicadores le hacen
a un secuestrado una vez ha recobrado su libertad:
"¿Y lo trataron bien?" como si
la privación forzosa de la libertad no
fuese ya en sí misma un maltrato o pudiera
ser atenuada por un mendrugo de pan o una frazada.
Es razonable pensar que los pasos que viene dando
la guerrilla con respecto al asunto de secuestrados
y rehenes son la expresión de una astuta
maniobra que encubre su verdadero objetivo: recibir
un trato de estado por parte de la opinión
nacional e internacional. Se entiende por qué
aceptan a la ONU como mediadora después
de haberla rechazado. Claro que ahora se pide
la intermediación de otro país (Brasil)
para que les cedan allí una porción
de territorio para perfeccionar el intercambio,
resultado: ser tratados como contraparte por el
gobierno y como fuerza beligerante por la Onu
y Brasil. Es igualmente lógico pensar que
lo que hay detrás de la entrega de videos
con declaraciones duras contra la guerrilla, es
una hábil maniobra a tres bandas: el gobierno
es el que no quiere negociar, si el gobierno intenta
un rescate será el culpable de la muerte
de los secuestrados y finalmente ellos son los
que sí quieren un acuerdo. No hay lugar
a duda, las Farc intentan recuperar las grandes
franjas de terreno político que vienen
perdiendo desde fines del 2001 y lo están
haciendo apelando a un recurso poco ortodoxo:
explotando en su favor el síndrome de Estocolmo
que tratan de estimular en la opinión pública
y a fe que algunos resultados les viene produciendo.
De qué otra manera se puede interpretar
por ejemplo la intervención de los ex presidentes
liberales y la andanada crítica de las
Ong que produjeron el pomposo informe "El
embrujo autoritario" según el cual
en la violación de los derechos humanos
la responsabilidad principal recae en el Estado
y en el gobierno y no en los grupos armados irregulares.
*Historiador, profesor titular Universidad Nacional
de Colombia, Sede Medellín
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