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Mientras que la guerrilla mantiene lo que los
especialistas han querido denominar como un 'repliegue
estratégico', el tema de la guerra y la
paz se ha tornado álgido en el terreno
de la política. La propuesta de paz del
presidente Uribe, en la que ofrece libertad efectiva
a los desmovilizados, ha generado toda clase de
reacciones contradictorias. Uribistas como Rafael
Pardo y Germán Vargas Lleras se oponen
con argumentos tan drásticos como decir
que "a Uribe lo elegimos para capturar a
los delincuentes, no para dejarlos en la calle".
El delegado de Derechos Humanos de la Onu, por
su parte, criticó la impunidad que va a
generar esa medida y en otros sectores se habla
de 'montaje' para regresar a la legalidad a los
líderes de las autodefensas.
Sería muy interesante saber si algunas
de estas criticas hubieran surgido de haberse
propuesto en el caso hipotético de una
negociación con las Farc. Ha dicho claramente
el gobierno que la 'Ley de Penas' sería
aplicada a todos los actores que están
al margen de la ley, por ende, cobija también
a los guerrilleros. Se sobreentiende -aún
a costa del deseo de todos los colombianos- que
los actores armados no van a desmovilizarse si
lo que los espera es la cárcel. El gobierno
de Álvaro Uribe Vélez sabe que la
correlación de fuerzas existente en la
actualidad no es suficiente para propinarle a
las guerrillas una derrota estruendosa, para ello
habría que aumentar el gasto militar del
4 por ciento del PIB a un once por ciento, como
mínimo, lo cual no es factible ante el
hueco estructural de unas finanzas amarradas por
las transferencias a las regiones, fijadas por
la Constitución, y el servicio de una deuda
que ya excedió el límite de lo sensato.
De ahí que el gobierno le apueste a un
debilitamiento prolongado de las guerrillas haciendo
presencia en sus territorios de influencia y forzándola
al combate, poniendo a sus miembros en la disyuntiva
de morir ante el acoso militar o desertar con
la garantía de hacer una nueva vida. El
ex guerrillero salvadoreño Joaquín
Villalobos afirma que la guerrilla no podría
soportar cuatro años así, sin control
territorial ni influencia sobre la población.
De ello se deduce también que un cambio
radical en la política de mano dura o seguridad
democrática le daría un nuevo aire
a la subversión: el guerrillero reinsertado
Carlos Alberto Plotter relató a la revista
Semana (Agosto 24, Ed. 1112) que durante el gobierno
de Pastrana su frente combatió muy poco
mientras que en el de Uribe los combates se volvieron
cosa de todos los días y el Ejército
los desplazó a la selva.
Pero volviendo al tema, todo lo anterior entraña
una profunda contradicción puesto que se
ha pedido entablar diálogos con la guerrilla
y los paramilitares pero, en aras de impedir que
campee la impunidad, se pretende apabullar a los
desmovilizados con un castigo que no los motive
a colaborar. Se habla de la necesidad de tres
elementos: verdad, justicia y reparación.
Valdría la pena ser más prácticos
y establecer los mecanismos para que estos grupos
no puedan ejercer algún poder intimidatorio
y se reedite un nuevo capítulo de la burla
que padeció la sociedad con el supuesto
presidio de Pablo Escobar. Lo demás no
es factible, ni la cúpula de las Farc,
ni del Eln, ni los dirigentes de las Autodefensas
verán la cárcel a través
de un proceso de paz aun cuando todos ellos sean
responsables de graves delitos de lesa humanidad
porque los procesos de paz ofrecen precisamente
eso: amnistía, indulto, perdón
en otras palabras, impunidad. ¿Acaso no
hay cabecillas del M-19, el Epl y otros grupos
subversivos en el Congreso, en alcaldías,
en medios de comunicación, en universidades?
¿Qué reparación prestaron
por sus crímenes y qué castigo pagaron?
¡Nada! Ese es el costo de la paz.
Los que contradicen esta política deberían
mejor plantear un fortalecimiento militar de mayor
calado y dejar de alimentar paradojas que sólo
generan confusión; no se puede engañar
a nadie sugiriendo que un proceso de paz va a
llevar a la cárcel a Castaño y a
Jojoy, un proceso sólo es viable si se
les indulta a cambio de que ellos desmonten todo
el aparato de guerra, lo demás es carreta.
Al margen de ese tema, hay que señalar
dos hechos que también demarcan lo confuso
y contradictorio de la política colombiana.
El primero es el circo en que convirtió
la señora Piedad Córdoba al Partido
Liberal, llamando a la abstención de un
Referendo que ese mismo partido aprobó
en el Congreso -tal vez con la esperanza de que
la nefanda Corte Constitucional lo reprobara-,
violando la Ley Estatutaria de los Partidos (Ley
130 de 1994) y la misma Constitución Política
(arts. 95 y 258); y yendo en contra de los postulados
de participación que el liberalismo siempre
ha promulgado. Todo porque el Presidente no los
alza a ver, no les da cuota de poder como se ha
acostumbrado ni platica para que se echen a los
bolsillos. Si a doña Piedad -como le pasó
a Horacio Serpa, su jefe- le ofrecieran la embajada
en Liberia o Somalia se volvería la más
uribista de todos, pero como no es así
está alineando a ese corrupto partido con
los opositores de izquierda: "
el diablo
los junta".
El otro hecho que atiza toda una serie de contradicciones
es el video de Íngrid Betancourt. José
Miguel Vivanco, de Human Rights Watch, en una
declaración insólita, dijo apoyar
al presidente Uribe en su posición de no
intercambiar secuestrados por delincuentes presos
cuando esta organización en el pasado se
había mostrado favorable al canje. Ahora
sale Íngrid a decir que no canjeen a los
políticos pero a los policías y
militares sí, y que apoya los rescates
militares pero con total éxito, o sea que
no. A todas estas ¿cómo permite
las Farc una declaración que va en contravía
de las que siempre se habían hecho y por
qué surge en medio de una oleada de pruebas
de supervivencia? Esta sí es fácil:
pura estrategia de las Farc para sacar adelante
el canje y recuperar tres mil guerrilleros que
necesita urgentemente para seguir combatiendo
a un Estado que zozobra en un mar de confusiones.
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