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Lunes 7 de julio de 2003 - Edición 213
País de pocos propietarios

Otra vez los obispos han pedido una reforma agraria. Es una demanda justa pero ella no basta para que los campesinos colombianos dejen de ser ciudadanos de tercera.


Llegaron los obispos del Episcopado colombiano, reunidos la semana anterior en Bogotá, a la conclusión harto reiterada en Colombia de que debe hacerse una reforma agraria. Citando datos de memoria, que por crueles duele revalidar, el 80% de las tierras en este país son poseídas por el 10% de la población, lo que demuestra que este sigue siendo un país latifundista como en la época feudal y causa asombro, tristeza y rabia que muchos terratenientes puedan dar fe de sus posesiones a través de la tradición que otorgan cédulas reales expedidas por la corona española a sus antepasados mucho antes de la independencia nacional, lo que demuestra que no hubo tal emancipación sino un ardid de la burguesía de la época para no pagarle más impuestos a la Corona.

Una de las propuestas del presidente Álvaro Uribe es convertir a Colombia en un país de propietarios y eso puede lograrse de varias maneras: otorgando subsidios de vivienda, impulsando el cooperativismo, fomentando la participación accionaria de los trabajadores y la comunidad en empresas vitales como las de servicios públicos y, por supuesto, entregando tierras a los campesinos. La reforma agraria ha sido un sueño no realizado para las comunidades campesinas a pesar de existir desde 1961 un ente especialmente creado para tal efecto, el Incora (que el presidente Uribe acaba de liquidar por decreto 1292 de mayo 22 del presente año), que ni siquiera ha sido eficiente para entregar una buena parte de las tierras incautadas a los narcotraficantes en los últimos diez años.

A menudo suele repetirse una frase que ya ha perdido su sentido: "La paz vendrá del campo". El conflicto colombiano tiene un origen rural y aún no ha alcanzado a invadir totalmente el ámbito urbano, su influencia tan sólo es marcada en los suburbios pobres. Incluso en las zonas donde el conflicto no es fuerte la marginalidad rural es una bomba de tiempo. El campesino carece, por lo general, de servicios públicos, atención en salud, educación en condiciones óptimas, vías de penetración, medios de comunicación, acceso a la recreación, etc. Viven abandonados a su suerte, de la poca rentabilidad de sus cultivos y de sus sembrados de 'pan coger', para su propio consumo.

Además está el problema de la productividad que condena al sector agrícola colombiano a padecer a causa de su bajo nivel competitivo. El agotamiento de suelos, los problemas de financiación para la compra de agroquímicos y el atraso tecnológico en el tema de los cultivos transgénicos y todo lo que redunde en una mayor productividad por hectárea sembrada frente a los costos, han convertido al campesinado colombiano en una comunidad sin futuro.

Sin embargo, estos embates no han sido los peores. La población rural es el colchón de la guerra, es la víctima del reclutamiento forzoso por parte de las guerrillas y las organizaciones paramilitares, es la víctima de las más crueles masacres -según a uno u otro bando le plazca-, es la víctima de la expulsión de sus tierras, subsistiendo como refugiados o desplazados de manera miserable. También se han convertido en la base social del narcotráfico como cultivadores y raspachines de coca y amapola y, por tanto, se ven también perjudicados con las fumigaciones y la persecución a los únicos productos que les son rentables.

Sin duda es una necesidad apremiante que el Gobierno se ocupe del sector agrícola pero no basta con repartir tierras, el problema no es sólo de la tenencia de la tierra sino del abandono en el que viven los campesinos y los colonos, tanto en las regiones más apartadas como en las cercanías de las ciudades. Lo prioritario, como ha dicho el Presidente, es recuperar la seguridad y una vez se logre se podrá pensar en una red de apoyo social de acompañamiento al campesino para que en el futuro no nos toque padecer otra vez por culpa de algún labriego que monte una organización terrorista porque le robaron tres marranos y dos gallinas.

 

 
Entre el tintero....

- Presión de indígenas paeces logró liberación de misionero suizo secuestrado por las Farc. En el Cauca, más de 2.000 aborígenes rodearon a los guerrilleros y los obligaron a devolver la libertad a Florian Arnold, quien lleva más de 27 años en el país.

- La mitad de los 450 alcaldes que huyeron de sus pueblos por amenazas ya volvieron. Dicen que la seguridad mejoró, a pesar de que la amenaza de muerte de las Farc sigue vigente.

- Presupuesto del próximo año presenta faltantes por 2,5 billones de pesos. Al Gobierno le preocupa que faltan por cubrir 1,5 billones en el Seguro Social para pagar pensiones y un billón de pesos en Defensa, para el financiamiento de las Fuerzas Armadas.

- Por primera vez, acusan a cúpula de las Farc de narcotráfico y concierto para delinquir. La resolución de acusación de la Fiscalía General de la Nación es histórica, pues nunca un proceso judicial de este tipo contra el líder guerrillero 'Manuel Marulanda' llegó a un estado tan avanzado.

- Sena abrirá 92 nuevos programas de capacitación. Brindarán instrucción a 480.000 colombianos, la mayoría de ellos desempleados, a partir del tercer trimestre de este año.

- Defensoría del Pueblo alerta sobre aumento de desapariciones forzadas. Cada mes, en la Fiscalía se registran como desaparecidas 271 personas, en promedio, es decir una cada dos horas y media. Esto significa un incremento de tres por ciento con respecto al 2001.

- Gobierno congelará salarios públicos por dos años. Además, el presidente Álvaro Uribe anunció que para tapar el 'hueco' fiscal de 2,5 billones de pesos en el 2004 anticiparía el cobro del IVA del 2 por ciento y estudiaría una emisión de bonos.

- Los precios de la canasta familiar no se movieron en junio. En el primer semestre, la inflación llegó a 5,01 por ciento, medio punto por debajo de la meta para todo el año y 7,21 por ciento en los últimos 12 meses.

- Invima sería 'descuartizado' y su liquidación pondría en riesgo la salud pública. Con la liquidación del Instituto Nacional de Vigilancia de Medicamentos y Alimentos (Invima), no están de acuerdo ni siquiera los industriales, entusiastas de la política de reestructuración del Estado.

 
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