Si
alguno de los helicópteros de la Gobernación
de Antioquia fue prestado o no para transportar guerrilleros
enfermos es un hecho anecdótico y prácticamente
intrascendente frente a todo lo que ha ocurrido de
fondo y que, tal vez, nunca se sepa. En Colombia no
existe el cargo de 'primera dama', es apenas una formalidad
que se mantiene por puro folclorismo político
y que rara vez ha servido para realizar obras de caridad
que no hubieran sido posibles con la cooperación
de las reinas de belleza o de las damas grises. En
los últimos dos años y medio, ese cargo
decorativo ha sido un dolor de cabeza para los antioqueños
y antioqueñas.
Desde
que el asesinado gobernador Guillermo Gaviria asumió
su cargo, el primero de enero de 2001, doña
Yolanda Pinto de Gaviria -con quien el gobernador
había contraído matrimonio, en segundas
nupcias, pocos meses atrás-, se tomó
su papel muy a pecho, considerándose a sí
misma como un miembro más del gabinete departamental
que opinaba, daba órdenes y salía en
los medios a hablar de los más diversos temas
como si fuera un vocero oficial.
Mientras
el gobernador Gaviria ejerció su cargo no hubo
mayor problema por cuanto se sobreentendía
que ella era algo así como su alter ego, y
que lo que decía u ordenaba estaba en concordancia
con el deseo legítimo del gobernador. Pero,
una vez secuestrado su esposo, esta especie de 'Evita'
se dedicó a ser el poder tras el trono que
ocupó Eugenio Prieto Soto en calidad de encargado,
y su injerencia fue directa en materia de contratos
y en asuntos tan delicados como la política
de paz.
La
Gobernación de Antioquia y los demás
entes del departamento favorecieron a varios contratistas
de Santander -el terruño de la señora
Pinto-, cosa que jamás había sucedido,
con contratos lesivos para la comunidad como aquél
en el que se le entrega a una empresa de mentiritas
el manejo del formulario para la cancelación
del impuesto departamental de tránsito, un
vil papel que antes valía 3 mil pesos y que
de la noche a la mañana los favorecidos de
doña Yolanda lo elevaron a más de 10
mil pesos. Por eso no es de extrañar que la
señora Pinto haya sostenido en contra de todo
al señor Carlos Wolff Isaza después
de que el Procurador General de la Nación lo
suspendiera por cinco años. En marzo pasado
el mismo Wolff agradeció el apoyo de la señora
Pinto como si ella fuera gobernadora legítima.
Pero
más grave aún es el manejo doméstico
que quiso darle al asunto de la paz promoviendo actos
en favor de la liberación de su esposo -él
sí, el gobernador- que le costaron al presupuesto
departamental, ignorando acaso que cualquiera, en
una democracia, no puede ir disponiendo de los dineros
públicos a su amaño ni puede tampoco
valerse de su posición privilegiada para recurrir
a facilidades que les son ajenas a los ciudadanos
de a pie. Lo máximo a lo que la ley facultaba
a doña Yolanda era a pararse en el atrio de
la iglesia de La Calendaria, en el parque de Berrío
-corazón de Medellín-, donde semana
a semana se reúnen familiares de secuestrados
y desaparecidos a darse esperanzas los unos a los
otros mientras las fotos gigantes de sus seres queridos
se van poniendo amarillas.
Las
Farc han demostrado por años que no son bobos
y si algo estaban pactando con doña Yolanda
era algo muy fructífero para ellos. ¿Por
qué no se ha dicho con claridad en qué
consistía el pacto? ¿Qué tiene
que ver en todo esto el proyecto de Asamblea Constituyente
de Antioquia y por qué se le enseñó
este proyecto a la guerrilla? Se recordará
que en diciembre de 2001, en las conversaciones de
paz entre Pastrana y las Farc, estuvo a punto de firmarse
una propuesta elaborada por la autodenominada "Comisión
de Notables" -que no eran más que tres
guerrilleros-, donde se invocaba una Asamblea Nacional
Constituyente de 50 miembros, la mitad de la guerrilla
y el resto del Establecimiento. ¿Qué
país podría haber surgido de ahí,
algo parecido estaba preparando doña Yolanda
a cambio de la liberación de su marido? ¿Qué
hubieran pensado Guillermo y Gilberto -sobre todo
el buen Gilberto- de una barbaridad como esta?
Es
entendible que la señora Pinto, en medio de
la desesperación, haya prestado -sin tener
derecho a ello- un helicóptero para trasladar
guerrilleros enfermos a Medellín, porque realmente
sucedió y fuentes de entero crédito
aseguran que fueron atendidos en clínicas privadas
con cargo a empresas de seguridad social (EPS) a las
que están afiliados como supuestos trabajadores
de finca. Lo que no puede entenderse ni permitirse
es que el departamento más importante de Colombia
sea manejado precisamente como una finca por quien
no es dueño ni mayordomo, ni es res nacida
en el hato. Que levante vuelo doña Yolanda
y con ella Eugenio, un hombre con futuro si adquiere
temple para no dejarse quitar las riendas.