Comenzar hablando de las investigaciones que se han llevado a cabo sobre los llamados fenómenos psíquicos sin mencionar a la archiconocida S.P.R (en inglés, Society for Psychical Research) sería una presunción. El trabajo que presento a continuación ha sido inspirado al traducir un texto de A.C. Johnson gracias a su obra Psychical Research: Exploring the Supernatural. Aunque esta obra haya sido publicada hace más de 30 años, la información contenida en el mismo nos da una idea de cómo comenzaron los primeros intentos de acercar los fenómenos psíquicos al mundo científico.

El mismo Johnson especifica ya en su primera parte del libro que cuando los sucesos se originan a partir de experiencias fuera del contexto común, la ciencia no parece querer acercarse más de lo oportuno, pues los fenómenos psíquicos han estado considerados durante muchos años parte de la moda espiritista del pasado siglo.

El primer encuentro de la S.P.R. se llevó a cabo en Londres. Fundada el 20 de febrero de 1882 por el físico William Barrett y otros eminentes eruditos de Cambridge, y dispuestos a investigar los fenómenos de esta índole con un espíritu crítico y científico, los componentes de la misma comenzaron a trabajar reuniendo casos cuya procedencia pudieran contrastar seriamente, junto a testimonios de buena fe.

Según Johnson, el motor principal de la S.P.R. fue Henry Sidgwick (1838-1900), entonces Profesor de Filosofía Moral de Cambridge y presidente de la Sociedad entre 1882 y 1885. Sidgwick participó en distintos estudios acerca de los médiums Eusapia Paladino y Leonore E.S. Piper. En el programa de presentación de la Sociedad, Sidgwick expuso las siguientes ideas:

"Debemos acumular los hechos y multiplicar las experiencias, no discutir con los escépticos sobre la verdad de tal o cual hecho aislado, y asentar nuestra convicción sobre la prueba total que parezca brotar del conjunto... Debemos presentar a los incrédulos el siguiente dilema: admitir que los fenómenos son inexplicables, al menos para ellos, o acusar a los investigadores de embusteros, deshonestos, ciegos o desmemoriados, es decir, de padecer efectos intelectuales y morales sólo compatibles con la imbecilidad total".

Como vemos esto de tirarse los trastos a la cabeza entre escépticos radicales y escépticos razonadores no es reciente...

Más tarde se unió a la aventura F.W.H. Myers (1843-1901), amigo y alumno del anterior. Luego pasarían personajes como Edmund Gurney (1847-1888), que poseía muy buenas cualidades para los experimentos psicológicos y una formación médica. Gurney fue un interesado por las lenguas antiguas y la música y, además de ser miembro fundador de la Sociedad, fue editor del famoso Journal of the S.P.R. durante más de treinta años. Werner F. Bonin, lo cita en su Diccionario de Parapsicología aludiendo a las valiosas investigaciones en el campo de las alucinaciones inducidas por telepatía y a sus experimentaciones sobre PES, que fueron posteriormente continuadas por el destacado Milan Rýzl.

Otros investigadores muy importantes en el comienzo de la Sociedad fueron William Barret, Rayleigh, Balfour Stewart, Earl Balfour, William James, William Crookes, Oliver Lodge, Charles Richet, Bishop Boyd Carpenter, Henri Bergson, F.C.S. Schiller, Gilbert Murray, L.P. Jacks, William McDoughall, Hans Diresch, W.F. Prince, y otros que no podemos nombrar por cuestiones de espacio. Las primeras "batallas" sociales con las que se enfrentaron al principio estas personas era la de la reputación, pues casi todo el gremio de científicos ortodoxos asociaba estas investigaciones con espectros y fantasmas, así como con toda la parafernalia ritualística del fenómeno espiritista de la época.



Johnson cita en su obra que al comienzo de las investigaciones se formaron en la Sociedad seis pequeños comités encomendados cada uno a una especialidad muy definida. Estas especialidades eran:

1. El estudio de la naturaleza y el alcance de cualquier influencia que pudiera ejercer una mente sobre otra, independientemente de cualquier forma de percepción conocida generalmente.

2. El estudio del hipnotismo y de las formas de los llamados trances mesméricos, con su insensibilidad al dolor, la clarividencia y otros fenómenos asociados.

3. Una revisión crítica de las investigaciones de Reichenbach con auténticas personas "sensitivas" y cuestionar si tales personas poseen algún poder de percepción más allá de una sensibilidad exaltada por los órganos sensoriales conocidos.

4. Una investigación esmerada de algunos casos apoyados en testimonios fiables relativos a apariciones en el momento de la muerte o en otras circunstancias o relativos a casas que se dicen infestadas.

5. Indagar en los variados fenómenos físicos comúnmente llamados espiritistas; con un intento de descubrir sus causas y sus leyes generales.

6. La recopilación y comprobación de materiales existentes que sostienen la historia de estos asuntos.

Por otra parte, Myers, Gurney y Podmore, publicaron en 1886 una gran obra de recopilación de datos que plasmaron en un libro titulado Fantasmas de los Vivos. Aquel fue un trabajo experimental y ha sido considerado como una obra básica por los desarrollos teóricos que expusieron en la misma. Podmore publicó también en solitario Médiums del Siglo XIX.

Entre 1889 y 1890 se llevó a cabo el llamado Censo de Alucinaciones. Gracias a este Censo se descubrió que este tipo de experiencias era algo más habitual de lo que se suponía. Se realizó una encuesta y de las 17.000 respuestas obtenidas, un 10% respondió que habían tenido experiencias en las que el sujeto tuvo la sensación de haber sido tocado, ver u oír algo inexistente realmente. Pero lo que llamó la atención a los estudiosos es que de ese 10%, un 32% aproximado habían experimentado alucinaciones de personas vivas, el 14,3% de personas muertas y un 33,2% de personas no identificadas. Con esto dieron a entender que las apariciones de personas vivas se sobreponían a las de las apariciones de personas muertas, contrario a la opinión generalizada.

Este primer período de los trabajos y aventuras de la Sociedad finaliza con la muerte de Henry Sidgwick en 1900 y también de la de F.W.H. Myers un año después. Poco después se publicaría la obra póstuma de Myers titulada La Personalidad Humana y su supervivencia a la muerte.

Tras estos acontecimientos y con pocos años de distancia, en 1885, se fundó la versión americana de la Sociedad, es decir, la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica (A.S.P.R.) que no se independizó hasta 1889, manteniendo con su originaria inglesa una estrecha relación de colaboración y cooperación.



A la hora de realizar ensayos sobre algunos de los fenómenos psíquicos, los investigadores se han topado siempre con la problemática de que en su gran mayoría, estos se producen en circunstancias donde la espontaneidad es el factor más destacado de esos fenómenos. En un laboratorio, cualquiera que sea, no pueden proyectarse los factores de espontaneidad que se dan en un fenómeno paranormal, sencillamente porque se desconoce aún el mecanismo que produce ese factor. Sin embargo, sí se pueden producir determinadas situaciones psicológicas naturales que ayudan a provocar ese fenómeno. Por otra parte, también se han realizado experimentos con la ayuda de la química que han conseguido, en cierta manera, activar esa "espontaneidad" necesaria para el resurgimiento de los fenómenos psíquicos.

Estos incontrolables fenómenos espontáneos llevaron a los parapsicólogos a plantearse una serie de conclusiones sobre los mismos. Los autores de las primeras colecciones de casos paranormales espontáneos pusieron en tela de juicio a los mismos a través de las siguientes observaciones:

(1) Las viejas experiencias relatadas muchos años después de que ocurrieran, deben ser eliminadas, porque pueden inducir a error debido a los lapsus de memoria o a la distorsión temporal con que frecuentemente se relatan.

(2) También deben ser excluidos aquellos casos que procedan de segunda o tercera mano.

(3) Puede darse el caso en que la persona que narra una experiencia, aún siendo ésta verdadera, puede ajustar involuntariamente algunos detalles de la misma para hacerla coincidir con el evento actual.

(4) La realización del informe debe ser analizado con el mismo cuidado que el caso. La persona que narra la experiencia debe estar en una disposición abierta y al mismo tiempo observar si ajusta otros detalles del suceso para hacerlo coincidir con su experiencia.

(5) Es necesario asegurarse que la persona que dice haber tenido una experiencia espontánea de PES no haya adquirido conocimientos del suceso de una manera natural.

(6) También es necesario analizar la realidad del observador de que no caiga en la mistificación y errores de otros observadores incompetentes.

(7) Los casos de observaciones deben ser valoradas también desde el punto de vista de la psicología de la percepción.



En esta época y a raíz del surgimiento de este movimiento científico, los esfuerzos por reunir datos que confirmaran fenómenos como la telepatía o la clarividencia fueron confirmados por investigadores en Inglaterra, Francia, Estados Unidos y Alemania. Charles Richet publica un ensayo sobre diversos fenómenos psíquicos. Ochorowicz demuestra la existencia de la sugestión mental y en Alemania Dessoir, Schmoll y Notzing realizan experimentos con telepatía e hipnosis.

Pero evidentemente, tanta rigidez y criterio, a veces, no conducía a las buenas relaciones, pues cuando estudiaban, o intentaban estudiar, a "capacitados" médiums, estos se veían acosados por los estrictos métodos de análisis de los investigadores que, inocentemente, buscaban una explicación a los fenómenos, provocando en los mismos lo que hoy conocemos como un retraimiento psíquico, conllevando así la disminución de sus efectos paranormales. Cierto es que de esta forma desenmascararon numerosos fraudes, pero también enjuiciaron equivocadamente a otros que tuvieron capacidades sensoriales.

Otro de los grandes investigadores que tuvo la S.P.R. fue W. Carrington (1884-1947) que se centró en pruebas de telepatía con dibujos. Fue Carrington quién observó por primera vez el conocido "efecto de desplazamiento" en estas pruebas, sugiriendo con ello que existía en algunos sujetos una aptitud precognitiva ante las pruebas de evaluación psíquica.



Alrededor del ser humano siempre han existido fenómenos extraños. Fenómenos que por una naturaleza presuntamente anómala suelen desconcertar no sólo a aquellos que los viven o los sufren, sino también a aquellos que oyen o leen las narraciones de determinados acontecimientos en boca de sus protagonistas. Sucesos que generan en la sociedad un abanico amplio de sentimientos que pueden ir desde el miedo, la sorpresa o la admiración a, por ejemplo, la negación de lo acontecido, e incluso el rechazo hacia la protagonistas de los mismos.

Ello genera, sin quererlo, posicionamientos opuestos entre aquellos que están a favor de pensar que dichos fenómenos se deben al mundo paranormal, o bien los que piensan que todo es explicable por la ciencia, y que sólo requiere tiempo y estudio el hacerlo y descubrir qué sucede realmente.

Independientemente de las causas que provocan esos fenómenos extraños, y que va a ser siempre la curva de inflexión entre un bloque y el otro, hay un punto que generalmente se pasa por alto a la hora de estudiar estos fenómenos: los testigos de los mismos.

Aquí tenemos que hacer un inciso. No nos referimos a la investigación acerca de si es o no fiable un testigo en cuanto a lo que relate sobre la experiencia que haya vivido. De eso ya se encargarán sobradamente de comprobarlo tanto las autoridades pertinentes como los investigadores del fenómeno paranormal en su caso.

A lo que nos referimos es a como les cambia la vida a aquellos que, por la causa que sea (explicable o no, científica o paranormal), estaban en el lugar de un hecho anómalo a la hora de producirse. Un azar de la vida que hizo que algo ocurriese cuando alguien estaba allí para presenciarlo. Un guiño del destino hacia esos testigos que les da un vuelco en sus vidas, y en la de los que los rodean. Quieran o no.

Por regla general, un fenómeno extraño tiende a ser explicado (cuando se puede explicar) de muy diversas maneras en función de tratarlo desde el punto de vista del posicionamiento científico, o desde el punto de vista de la paraciencia.

Sin embargo, hay algo que en ambos bloques se hace de manera similar pese a las diferencias. Es el tratamiento que se le da a los testigos de los hechos. Si una persona afirma haber sido testigo o protagonista de un evento que se sale de lo que comúnmente podríamos catalogar como "normal", un científico o un investigador del fenómeno paranormal tomará, en primer lugar, testimonio a quien o quienes afirmen haber presenciado el fenómeno. En segundo lugar tratará de averiguar la fiabilidad de aquel o aquellos individuos que dicen haber visto o sentido el hecho acontecido. En tercer lugar, tendrá en consideración el testimonio aportado y, si es necesario, investigará sobre el terreno aquello que se ha contado. Y por último, intentará explicar lo ocurrido dentro de los campos delimitados en sus respectivos bloques.

Y ahí acaba todo. Es decir, el testigo está ya de más para investigadores científicos y paracientíficos.

No obstante, el peso de haber estado allí en el momento preciso de lo ocurrido va a estar presente probablemente de por vida en los protagonistas del evento. Y sólo por motivos sociales. Desafortunadamente es debido única y exclusivamente a prejuicios que, nunca, deberían estar formando parte de la sociedad en la que vivimos. Y eso es lo que debemos empezar a tener en cuenta todos, y cambiar esa mentalidad.

Ser uno de esos testigos va a suponer, en el mejor de los casos, una duda en los allegados acerca de si es o no cierto lo que se cuente. En el peor, el enojo por el temor al "qué dirán" no ya sólo sobre el testigo del fenómeno extraño, sino también incluso de la familia.

La cosa se complica cuando hablamos de los personajes próximos al testigo, esto es, la gente con la que se convive y demás, como los conocidos del barrio, las tiendas, el trabajo.... Aquí solemos encontrar rechazo, burla, indiferencia, alejamiento... y todo porque uno ha vivido algo fuera de lo común. Algo que él o ella no han querido vivir, sino que se han visto inmersos en el hecho de forma fortuita.

Como quiera que sea, el ser testigo de un fenómeno extraño a veces no deja de ser un profundo castigo de no se sabe que pecado o crimen cometido. Y la vida del protagonista de un hecho de estas características pasa a formar parte del comentario continuo. Se analiza todo, desde vestimenta a aficiones, pasando por historia familiar o actitud en el trabajo y con la familia. Un auténtico suplicio.

Eso es lo que provoca, por ejemplo, que en más casos de los que pensamos hechos o acontecimientos englobados en el mundo de lo extraño no sean conocidos apenas fuera de los límites de la familia inmediata (ni siquiera a veces en la familia extensa se tiene constancia de esto). El miedo al ridículo, al qué dirán, o el temor a pasar a formar parte del cotilleo y el murmullo de los que nos rodean, hacen frenar a estos individuos a la hora de dar a conocer datos acerca de sus vivencias.

Estadísticamente un alto número de la población no cree en fenómenos extraños, pero sin embargo, si se les pregunta acerca de si creen haber vivido algún hecho o fenómeno que se sale fuera de lo normal, el porcentaje de respuestas positivas puede llegar a ser altísimo. Así las cosas es menester pensar que o la mayoría de la población miente, o se teme el descrédito personal. Y inclino a pensar que es lo segundo.



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