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La Paz -
Bolivia Edición de Octubre 10, 2004 |
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NEGOCIOS |
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Causa y
efecto La cultura tributaria
integral Ramiro
Paredes Zárate |
Según el Servicio de
Impuestos Nacionales (SIN) el nivel de recaudación nacional tendría
un ascenso, de 4.086 millones en el año 2001 a 4.479 millones en el
2002, para cerrar el 2003 con aproximadamente 5.000 millones de
bolivianos y la evasión se habría reducido de un 40% al 32%. Un
hecho digno de destacar, sobre todo si consideramos la grave crisis
fiscal por la que Bolivia atraviesa como resultado de la aplicación
de políticas de ajuste estructural que, paradójicamente, han
conducido al desequilibrio de sus variables
macroestructurales. El crecimiento de las recaudaciones y la
disminución del nivel de evasión pueden ser atribuidos ya sea a la
eficiencia administrativa o a la actitud de los ciudadanos. En el
primer caso, estaríamos frente al fortalecimiento de la capacidad
recaudadora del Estado, y, en el segundo, ante el desarrollo de una
cultura tributaria. Desde un punto de vista pragmático podría
afirmarse que no interesa de quién es el mérito, pues lo que importa
es el resultado: más recaudación y menos evasión. Sin embargo, si
aspiramos a que ese logro sea sostenible en el tiempo y no tenga un
carácter cortoplacista, debiéramos preguntarnos cuáles son los
factores que hacen posible esa dinámica. Obviamente el factor
principal es el proceso productivo nacional y la actividad
económica, en general. Sin embargo no se debe dejar de lado los
aspectos subjetivos. En este sentido, uno de ellos es la cultura
tributaria integral que no es el conocimiento sobre las
responsabilidades contributivas sino el conjunto de imágenes,
valores y actitudes que tienen los individuos sobre el tema de los
impuestos y que se hallan asociados con la acción y el desempeño del
Estado, es decir, la afirmación de una conciencia en los sujetos
pasivos y una conducta sólida de responsabilidad y probidad de los
administradores de la hacienda pública. Este elemento es importante
porque tiene que ver con los cánones que guían la conducta de
gobernados y gobernantes frente al erario
nacional. Tradicionalmente el Estado exige el cumplimiento de las
obligaciones impositivas y ejecuta campañas al respecto bajo el
supuesto de que la variable decisiva para el incremento de las
recaudaciones y el descenso de la evasión es el desarrollo de la
conciencia tributaria de los ciudadanos. Pero deja de lado el
tema de la responsabilidad y la probidad pública de todos aquellos
que de una u otra forma están implicados en la administración, uso y
disposición de los ingresos fiscales en general. Los estudios
actuales sobre el fenómeno impositivo señalan que existe una
relación dialéctica entre los ciudadanos, que son la fuente de las
recaudaciones, y los gobernantes, que cumplen la función de
administrar los recursos públicos. Ambos actores interactúan en este
proceso: la conducta de los contribuyentes sostiene el
funcionamiento del sistema impositivo y las acciones de los
responsables influyen decisivamente sobre el comportamiento de los
primeros. Sin embargo, la actuación de los administradores parece
tener mayor influencia en esa interacción. Veamos por qué:
a)
La corrupción de los gobernantes puede inducir a prácticas de
evasión impositiva porque estimula la idea de que las obligaciones
fiscales están destinadas al beneficio personal de ellos y no del
pueblo. b) La inoperancia de los responsables de las políticas
públicas también incentiva esas actuaciones porque los ciudadanos
sienten que sus contribuciones no tienen retorno bajo la forma de
bienes públicos. En consecuencia, un proceso sostenido de
acrecentamiento de la recaudación y contracción de la evasión no
depende sólo y exclusivamente de la comunidad, sino también de lo
que hagan o dejen de hacer los gobernantes. De ahí que la cultura
tributaria integral debe entenderse como la articulación de una
sólida conciencia impositiva, probada responsabilidad, probidad
pública y capacidad de gobernar en beneficio de la sociedad. Este
paradigma puede plasmarse en 1) transparencia fiscal, es decir,
normas jurídicas y códigos éticos que excluyan la posibilidad de
enriquecimiento ilícito de quienes administran la hacienda pública,
2) mecanismos institucionales de control social sobre el monto,
origen y aplicación de los recursos con los que debe contar el
Estado para cumplir su responsabilidad ante la sociedad y, 3)
métodos de evaluación de los impactos de la inversión pública para
establecer en qué medida el uso de los recursos está destinado al
bienestar de la colectividad y a qué sectores de la
misma. Definida y plasmada así la cultura tributaria, ésta debe
inducir a los ciudadanos no sólo al cumplimiento de las obligaciones
sino también a controlar a los administradores de las recaudaciones;
debe obligar a los gobernantes a ser responsables, probos y capaces,
pero también, a ser facilitadores y animadores del control social.
Es evidente que hay que desarrollar un modelo sostenible que nos
conduzca hacia mejores resultados tributarios, pero para ello es
necesario establecer políticas incluyentes mediante un gran pacto
fiscal. |
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