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CULTURA TRIBUTARIA
J. Amando Robles

Desde que se descubrió su rentabilidad, hablar de cultura se ha convertido en una moda: cultura de mercado, informática, cívica, organizacional, de rendición de cuentas, en fin, cultura en todos los campos donde se necesita o se requiere introducir cambios. Porque la mera introducción de éstos no basta. Para que políticas y proyectos sean exitosos, hay que contar con la cultura o con lo que, más recientemente aún y de manera bien sugerente, llamamos capital social. Y es que la cultura tiene un comportamiento bien típico: huraña y hasta resistente cuando no se lo toma en cuenta, se convierte en generosa cuando ocurre lo contrario. Por esta razón, al igual que en otros países, también ha llegado al nuestro la moda-necesidad de hablar de cultura tributaria. Y con razón: nos gusta tan poco pagar impuestos, y pagarlos, incluso pagar más, se revela hoy tan necesario, si queremos tener desarrollo, que también estamos volviendo los ojos a la cultura. Necesitamos desarrollar una cultura tributaria. Sin ella no tendremos éxito en las reformas tributarias y fiscales que hagamos.

Ahora bien, la cultura no es un santo o imagen al que pedir milagros. La cultura es una riqueza, un capital social, que tiene su lógica. Si no se cultivó durante años, mejor aún durante siglos, no se puede ahora improvisar ni suponerla. Es un capital que hay que crearlo y lleva su tiempo. Pero se puede crear, sólo que hay que saber cómo hacerlo. Los países que cuentan con esa ventaja, Dinamarca y países escandinavos, cuando comenzaron a acumularlo fue en conexión con los valores culturales, éticos y morales que en aquel momento, en sus culturas y en sus sociedades, eran matriciales y, por ello, los más importantes: el individuo y su conciencia como categorías supremas, nuevo sentido de responsabilidad, moralización en vez de sacralización de la vida, valoración del trabajo y de la austeridad. Todos recordamos la vecindad de estos rasgos con los descritos por Max Weber en su clásica obra La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Además, desde muy pronto hubo una relación de corresponsabilidad entre ciudadanos y Estados.

Los valores matriciales, y por lo tanto más importantes, en nuestra sociedad y cultura, sociedad y cultura de conocimiento, son el conocimiento y la participación. Es, pues, sobre ellos que hay que crear y acumular la nueva cultura tributaria. No hay otro camino. Conocimiento aquí significa información total, transparencia, análisis riguroso, planteamiento de todos los escenarios posibles, valoración crítica de los mismos. Y participación significa que los afectados, todos los ciudadanos, tomen parte en la definición del modelo de desarrollo humano como país, en la definición y elaboración de las políticas tributarias y en la decisión del sistema tributario que se necesita y conviene. La participación implica que, por municipios y regiones, todos tomemos parte tanto en la elaboración y aprobación del presupuesto nacional como en la determinación de los tributos a recolectar. Sobre estas prácticas culturales y sociales, antes de lo imaginado, contaremos con la cultura tributaria que ahora tanto echamos de menos. Pero nunca sin ellas.
 
 



Actualizada el 04 junio del 2002 
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