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Una misma Fe.... |
P R E F A C I
O
En
Ridván de 2002 dirigimos una carta abierta a los líderes religiosos del mundo.
Nuestra acción partía de la convicción de que la enfermedad de los odios
sectarios, si no se corta tajantemente, amenaza con tener consecuencias
desgarradoras que dejarán pocas zonas del mundo sin afectar. La carta reconocía
con aprecio los logros del movimiento interconfesional, al que los bahá'ís han
procurado contribuir desde muy temprano a partir de la puesta en marcha de dicho
movimiento. No obstante, pensábamos que debíamos constatar de manera diáfana que
si se pretende afrontar la crisis religiosa de forma igual de seria como ha
ocurrido con los demás prejuicios que afligen a la humanidad, la religión
organizada ha de encontrar dentro de sí el coraje comparable para elevarse por
encima de los rígidos preconceptos heredados del pasado
distante.
Por
encima de todo, expresamos nuestra convicción de que ha llegado la hora en que
el liderazgo religioso debe afrontar con honestidad y sin más evasivas las
implicaciones de la verdad de que Dios es uno solo y que, más allá de toda
diversidad de expresión cultural e interpretación humana, la religión también es
una sola. Fueron presentimientos de esta verdad los que originalmente inspiraron
el movimiento interconfesional y los que lo han apoyado a través de las
vicisitudes de los últimos cien años. Lejos de cuestionar la validez de ninguna
de las grandes confesiones reveladas, este principio tiene la capacidad de
asegurar su pertinencia continua. Sin embargo, con objeto de ejercer su
influencia, el reconocimiento de esta realidad ha de operar en el fondo del
discurso religioso, y fue con esta intención que pensamos que nuestra carta
debía ser explícita en articularla.
La
respuesta ha sido alentadora. Las instituciones bahá'ís de todo el mundo se
aseguraron de que se entregaran millares de copias del documento a las
personalidades influyentes de las comunidades de las principales confesiones. Si
bien no es de sorprender que el mensaje que contenía fue pasado por alto en
algunos círculos, los bahá'ís informan de que, por lo general, fueron recibidos
calurosamente. Particularmente notoria ha sido la sinceridad obvia de la
aflicción con que muchos de los receptores ven que las instituciones religiosas
no han ayudado a la humanidad a responder a desafíos cuya naturaleza esencial es
espiritual y moral. Las discusiones se han tornado rápidamente hacia la
necesidad de un cambio fundamental en la forma en que las masas de creyentes de
la humanidad se relacionan entre sí, y en un número significativo de casos los
receptores de la carta se han sentido inclinados a reproducirla y distribuirla a
otros clérigos de sus respectivas tradiciones. Estamos deseosos de que nuestra
iniciativa sirva de catalizador que abra el camino hacia una nueva comprensión
del propósito religioso.
Por
mucho o poco tiempo que dure este cambio, la preocupación de los bahá'ís debe
ser por su propia responsabilidad en la materia. Asegurar que Su mensaje sea
captado por todos es una tarea que Bahá'u'lláh ha puesto principalmente en los
hombros de aquellos que Le han reconocido. Por supuesto que ésta ha sido la
labor que ha estado procurando la comunidad bahá'í a lo largo de la historia de
la Fe, pero la aceleración de la descomposición del orden social exige
desesperadamente que el espíritu religioso se libere de los grilletes que hasta
ahora le han impedido proporcionar la influencia curativa de la que es
capaz.
Si
pretenden responder a aquella necesidad, los bahá'ís han de recurrir a una
profunda comprensión del proceso mediante el cual evoluciona la vida espiritual
de la humanidad. Los escritos de Bahá'u'lláh ofrecen explicaciones que pueden
ayudar a elevar la discusión sobre los temas religiosos por encima de las
consideraciones sectarias y transitorias. La responsabilidad de dotarse de este
recurso espiritual es inseparable del don de la fe misma. "El fanatismo y odio
religiosos", advierte Bahá'u'lláh, "son un fuego que devora al mundo, cuya
violencia nadie puede extinguir. Sólo la Mano del Poder Divino puede librar a la
humanidad de esta aflicción desoladora...". Lejos de no sentirse apoyados en sus
esfuerzos por responder, los bahá'ís llegarán a comprender cada vez más que la
Causa a la que sirven representa la punta de lanza de un despertar que está
teniendo lugar entre la gente de todas partes, cualquiera que sea la procedencia
religiosa, y de hecho entre muchos que no tienen inclinación religiosa
alguna.
La
reflexión sobre el desafío nos ha animado a encargar la redacción del comentario
que sigue. Una misma Fe, preparado bajo nuestra supervisión, revisa
pasajes pertinentes tanto de las escrituras de Bahá'u'lláh como de las de otras
confesiones a la luz de la crisis contemporánea. Lo encomendamos al estudio
detenido de los amigos.
LA CASA UNIVERSAL DE
JUSTICIA
Naw-Rúz 2005
UNA MISMA
FE
Centro Mundial
Bahá'í
UNA MISMA
FE
Hay
razones de sobra para confiar en que el período de la historia que ahora se abre
será mucho más receptivo a los esfuerzos por difundir el mensaje de Bahá’u’lláh
que lo fue el siglo que acaba de terminar. Todas las señales indican que está en
marcha una completa transformación de la consciencia humana.
A
principios del siglo xx se había consolidado una interpretación materialista de
la realidad en forma tan completa hasta convertirse en la religión mundial
predominante por lo que se refería al rumbo de la sociedad. Junto con ello, la
educación de la naturaleza humana había sido violentamente sacada del curso que
había seguido durante milenios. En Occidente, a muchos les parecía que
simplemente se había disuelto y desvanecido la Autoridad divina que había hecho
de centro focal de la guía –por muy diversas que fuesen las interpretaciones de
su naturaleza–. En gran parte, las personas quedaban en libertad de mantener
cualquier interpretación sobre la relación entre su vida y una existencia más
allá de lo material, mas la sociedad en su conjunto se dispuso con creciente
confianza a cortar la dependencia respecto de un concepto del universo que era
considerado, en el mejor de los casos, una invención y, en el peor, un
narcótico, algo que en ambos casos impedía el progreso. La humanidad había
tomado el destino por su propia mano. Había resuelto a través de la
experimentación racional y el discurso – de manera que a las personas se les
había hecho creer -que todas las cuestiones fundamentales que tenían que ver con
el ejercicio del gobierno y el desarrollo humanos.
Esta
actitud fue reforzada por la suposición de que los valores, ideales y
disciplinas cultivadas a lo largo de los siglos eran ya rasgos de la naturaleza
humana fidedignamente estables y permanentes. Era menester solamente que fuesen
refinados por la educación y reforzados por la acción legislativa. El legado
moral del pasado era precisamente eso: la herencia irrevocable de la humanidad,
que no requería de más intervención religiosa. Es verdad que individuos, grupos
y aun naciones indisciplinadas seguirían amenazando la estabilidad del orden
social y requerirían correctivo. Sin embargo, inspirada en nociones seculares de
la realidad, surgía irresistiblemente la civilización universal hacia cuya
realización habían conducido a la raza humana todas las fuerzas de la historia.
La felicidad de la gente sería el resultado natural de una mejor salud, mejor
alimentación, mejor educación, mejores condiciones de vida: metas
indiscutiblemente deseables que ya parecían estar al alcance de una sociedad
entregada al único objetivo de lograrlas.
En
toda aquella parte del mundo en que vive la gran mayoría de la población
mundial, pocos prestaban atención a declaraciones ligeras en el sentido de que
“Dios ha muerto”. La experiencia hacía tiempo les había confirmado a los pueblos
de África, Asia, Latinoamérica y del Pacífico la opinión de que no solamente la
naturaleza humana es profundamente influida por las fuerzas espirituales, sino
que su propia identidad es espiritual. En consecuencia, como había ocurrido
siempre, la religión continuó ejerciendo autoridad final en la vida. Aunque no
se vieron directamente confrontadas con la revolución ideológica que tenía lugar
en Occidente, tales convicciones fueron eficazmente marginadas por ésta, por lo
que a la interacción entre pueblos y naciones se refiere. Habiendo penetrado y
capturado todos los centros importantes de poder e información de ámbito
mundial, el materialismo dogmático se aseguró de que ninguna idea opuesta
conservara la capacidad de desafiar los proyectos de explotación económica a
escala planetaria. Al daño cultural ya causado por dos siglos de dominio
colonial se añadió una angustiosa separación entre la experiencia interior y
exterior de las masas afectadas, condición que invade de hecho todos los
aspectos de la vida. Impotentes para ejercer influencia alguna en la
configuración de su futuro, o siquiera preservar el bienestar moral de sus
hijos, estas poblaciones fueron sumidas en una crisis distinta de la que
adquiría impulso en Europa y Norteamérica, pero en muchos sentidos más
devastadora. Aunque
mantenía su papel central en la
conciencia, la fe parecía incapaz de influir en el desarrollo de los
acontecimientos.
Por lo tanto, a
medida que el siglo xx se acercaba a su fin, nada parecía menos probable que un
resurgimiento de la religión en cuanto tema de importancia para el consumo
mundial. Sin embargo, ello es precisamente lo que ha ocurrido ahora en forma de
una profunda corriente de ansiedad y descontento, en gran parte sólo vagamente
consciente del sentido de vacío espiritual que la produce. Con una virulencia
mayor de lo conocido hasta ahora, han reaparecido antiguos conflictos sectarios,
que por lo visto no reaccionan fácilmente a las pacientes artes de la
diplomacia. En medios de comunicación influyentes se examinan solemnemente, si
bien en forma indiscriminada, temas de las Sagradas Escrituras, fenómenos
milagrosos y dogmas teológicos que, hasta hace poco, habían sido desechados como
restos de una época de ignorancia. Las referencias religiosas adquieren en
muchos países un nuevo y potente significado en la candidatura de aspirantes a
cargos políticos. El mundo, que suponía que con la caída del Muro de Berlín
había comenzado una nueva época de paz internacional, ha caído en la cuenta de
que es presa de una guerra de civilizaciones cuya característica distintiva son
las antipatías religiosas irreconciliables. Las librerías, quioscos de revistas,
páginas web y bibliotecas luchan por satisfacer el apetito aparentemente
inagotable del público, que busca información sobre temas religiosos y
espirituales. Tal vez el factor más insistente en el cambio lo constituya el
reconocimiento a desgana de que no tiene un verdadero sustituto la creencia
religiosa en cuanto fuerza capaz de generar autodisciplina y restaurar el
compromiso de un comportamiento moral.
Detrás de la atención que ha comenzado a atraer sobre sí la religión, en
cuanto a su concepción formal, se encuentra un resurgimiento general de la
búsqueda espiritual. Expresado más comúnmente como un afán de descubrir una
identidad personal que trascienda lo meramente físico, este acontecimiento
alienta un sinnúmero de búsquedas, de carácter tanto positivo como negativo. Por
una parte, la búsqueda de la justicia y la promoción de la causa de la paz
internacional tienden a producir también el efecto de estimular nuevas
concepciones sobre el papel del individuo en la sociedad. De modo semejante,
aunque se concentran en la movilización de apoyo a los cambios en la toma de
decisiones sociales, movimientos como el ecologismo y el feminismo inducen a la
gente a reexaminar su imagen de sí mismos y de su objetivo en la vida. Una
reorientación que se da en todas las comunidades religiosas más importantes es
la migración acelerada de creyentes de ramas tradicionales de las religiones
matrices hacia sectas que dan importancia primordial a la búsqueda espiritual y
las experiencias personales de sus miembros. En el polo opuesto, las
observaciones de extraterrestres, los regimientos del “autodescubrimiento”, los
retiros en el desierto, la exaltación carismática, diversos entusiasmos por la
Nueva Era y la eficacia atribuida a los narcóticos y alucinógenos en elevar el
nivel de consciencia atraen seguidores en mucho mayor número y diversidad que
todos los que tuvieron el espiritismo o la teosofía en un momento histórico
decisivo similar de hace un siglo. Para un bahá’í, la proliferación incluso de
cultos y prácticas que pueden despertar aversión en la mente de muchos sirve
básicamente como recordatorio de la sutileza contenida en la antigua narración
de Majnún, quien tamizaba la arena en busca de la amada Leylí, aunque sabía que
ella era puro espíritu: “La busco por doquier; quizá en alguna parte la
halle”.1
* * *
El
renaciente interés por la religión está claramente lejos de haber alcanzado su
apogeo, ya sea en sus manifestaciones explícitamente religiosas o en las menos
definidas de carácter espiritual. Al contrario: el fenómeno es producto de
fuerzas históricas que continuamente cobran impulso cuyo efecto común es socavar
la certeza, legada al mundo por el siglo xx, de que la existencia material
constituye la realidad última.
La
causa más evidente de estas reevaluaciones ha sido la quiebra de la empresa
materialista misma. Durante más de cien años la idea del progreso se identificó
con el desarrollo económico y con su capacidad de motivar y modelar el
mejoramiento social. Las diferencias de opinión que existían no cuestionaban
esta visión del mundo, sino solamente las concepciones de cómo lograr mejor esas
metas. Su forma extrema, constituida por el dogma de hierro del “materialismo
científico”, trataba de reinterpretar todos los aspectos de la historia y el
comportamiento humano en sus propios estrechos términos. Cualesquiera fuesen los
ideales humanitarios que hubieran inspirado a algunos de sus primeros
proponentes, la consecuencia universal fue producir regímenes de control
totalitario dispuestos a usar todos los medios coercitivos en el control de las
desventuradas poblaciones sometidas a ellos. La meta alegada para justificar
tales abusos era la creación de un nuevo tipo de sociedad que garantizaría no
sólo la erradicación de la indigencia sino también la satisfacción del espíritu
humano. Finalmente, tras ocho décadas de locura y brutalidad progresivas, el
modelo fracasó como guía creíble para el futuro del mundo.
Otros
sistemas de experimentación social, si bien rechazaban el recurso a métodos
inhumanos, obtenían su empuje moral e intelectual de la misma concepción
limitada de la realidad. Se afianzó el criterio de que, actuando la gente
esencialmente en interés propio en lo que atañe a su bienestar económico, se
podía asegurar el establecimiento de sociedades justas y prósperas por uno u
otro plan de lo que se describía como modernización. Sin embargo, las décadas
finales del siglo xx cedieron ante una carga creciente de pruebas en contra: la
desintegración de la vida familiar, el aumento de la criminalidad, sistemas
educativos disfuncionales y una serie de patologías sociales que traen a la
memoria las sombrías palabras de Bahá’u’lláh que advertían sobre la inminente
condición de la sociedad humana: “Tal será su condición, que exponerla ahora no
sería apropiado ni correcto”.2
La
suerte corrida por lo que el mundo ha dado en llamar desarrollo económico y
social no ha dejado lugar a dudas de que ni los motivos más idealistas pueden
corregir los defectos fundamentales del materialismo. Nacido de resultas del
caos de la Segunda Guerra Mundial, el “desarrollo” llegó a ser, con mucho, la
empresa colectiva de mayor alcance y más aspiraciones a que se haya lanzado la
raza humana. Su motivación humanitaria igualaba su enorme inversión material y
tecnológica. Cincuenta años después, si bien hay que reconocer los
impresionantes beneficios que ha traído el desarrollo, esa iniciativa debe ser
juzgada, con sus propios criterios, como un desalentador fracaso. Lejos de
estrechar la distancia que separa el bienestar del pequeño sector de la familia
humana que disfruta de las ventajas de la modernidad y la condición de las
amplias poblaciones empantanadas sin esperanza en la indigencia, el esfuerzo
colectivo que comenzó con tan caras esperanzas ha visto ensancharse esa
distancia hasta formar un abismo.
La
cultura del consumismo, a falta de otra, heredera actual del evangelio
materialista del mejoramiento humano, no se muestra perturbada por la naturaleza
efímera de los objetivos que la inspiran. Para la pequeña minoría de personas
que puede permitírselos, los beneficios que ofrece son inmediatos, y no sienten
vergüenza por su razón fundamental. Alentado por el desmoronamiento de la
moralidad tradicional, el avance del nuevo credo no es en esencia más que el
triunfo del impulso animal, instintivo y ciego como todo apetito, librado al fin
de las restricciones de las sanciones sobrenaturales. Su víctima más evidente ha
sido el lenguaje. Las tendencias que antaño habían sido censuradas
universalmente como faltas morales se transforman en necesidades para el
progreso social. El egoísmo pasa a ser un valioso recurso comercial; la falsedad
se reinventa como información pública; diversos tipos de perversión reclaman la
condición de derechos civiles. Bajo eufemismos convenientes, la avaricia, la
lujuria, la indolencia, la soberbia –incluso la violencia– adquieren no
solamente amplia aceptación sino valor social y económico. Se da la ironía de
que, a medida que las palabras han sido vaciadas de significado, también lo han
sido las mismísimas comodidades y adquisiciones materiales por las cuales la
verdad ha sido gratuitamente sacrificada.
Está
claro que el error del materialismo no radica en el loable esfuerzo por mejorar
las condiciones de vida, sino en la estrechez de miras e injustificada
autoconfianza que han determinado su misión. La importancia tanto de la
prosperidad material como de los avances tecnológicos necesarios para su logro
es un tema que aparece en todos los escritos de la Fe bahá’í. Sin embargo, como
era inevitable desde la partida, los esfuerzos arbitrarios por separar semejante
bienestar físico y material del desarrollo espiritual y moral de la humanidad
han terminado por perder la lealtad de precisamente aquellas poblaciones a cuyos
intereses pretende servir esa cultura materialista. “El mundo padece y su
agitación aumenta día a día”, advierte Bahá’u’lláh. “Su dolencia se aproxima a
la etapa de total desesperanza, por cuanto se impide al verdadero Médico
administrar el remedio, mientras se mira con aprobación a practicantes
incompetentes y se les otorga completa libertad para actuar...”.3
* * *
A la
desilusión con las promesas del materialismo se suma una fuerza de cambio que
socava los equívocos acerca de la realidad y que la humanidad introdujo en el
siglo xxi: la integración global. A su nivel más sencillo, se manifiesta en
avances en las tecnologías de las comunicaciones, que abren amplias vías de
interacción entre las diversas poblaciones del planeta. Además de facilitar los
intercambios entre personas y sociedades, el acceso general a la información
tiene como resultado transformar el cúmulo de conocimientos de todas las épocas,
que hasta hace poco era propiedad exclusiva de élites privilegiadas, en
patrimonio de toda la familia humana, sin distinción de nación, raza o cultura.
Con todas las flagrantes desigualdades que perpetúa –y de hecho intensifica– la
integración global, ningún observador informado puede dejar de reconocer el
estímulo a la reflexión sobre la realidad que han producido tales cambios. Con
la reflexión ha ocurrido un cuestionamiento de toda autoridad establecida, ya no
sólo de la religión y la moral, sino también del gobierno, del sistema
académico, del comercio, de los medios de comunicación y, cada vez más, de la
opinión científica.
Aparte de los factores tecnológicos, la unificación del planeta está
produciendo otros efectos aun más directos en el pensamiento. Sería imposible
exagerar, por ejemplo, el efecto transformador sobre la consciencia global que
se ha derivado de los viajes masivos a escala internacional. Mayores aún han
sido las consecuencias de las inmensas migraciones que el mundo ha presenciado
durante el siglo y medio transcurrido desde que el Báb declaró Su misión.
Millones de refugiados que huyen de las persecuciones se han desplazado en
vaivén, cual marejadas, sobre todo a través de los continentes de Europa, África
y Asia en particular. En medio del sufrimiento causado por tal agitación, se
percibe la progresiva integración de las razas y culturas del mundo en cuanto
ciudadanos de una única patria que es el planeta. Como consecuencia, gentes de
todo origen han sido expuestas a otras culturas y normas, acerca de las cuales
sus antepasados poco o nada sabían, lo que ha provocado una búsqueda de
significado que no se puede eludir.
Es
imposible imaginar cuán distinta habría sido la historia del pasado siglo y
medio si alguno de los principales árbitros de los asuntos del mundo a quienes
se dirigió Bahá’u’lláh se hubiese dado el tiempo de reflexionar sobre una
concepción de la realidad avalada por los méritos morales de su Autor, méritos
morales que ellos alegaban tener en la mayor estima. A los bahá’ís sí les
resulta evidente que, a pesar de esa omisión, las transformaciones anunciadas en
el mensaje de Bahá’u’lláh se están cumpliendo irresistiblemente. Compartiendo
descubrimientos y fatigas, gentes de diversas culturas son confrontadas con la
humanidad tal como es, inmediatamente debajo de la superficie de diferencias
imaginarias de identidad. Ora objeto de obstinada oposición en algunas
sociedades, ora bienvenido en otros lugares como una liberación de las
limitaciones inútiles y asfixiantes, el sentimiento de que los habitantes de la
tierra son efectivamente “las hojas de un mismo árbol”4 se convierte
lentamente en el criterio con el cual se juzgan ahora los esfuerzos colectivos
de la humanidad.
La
pérdida de fe en las certezas del materialismo y la progresiva mundialización de
la experiencia humana se refuerzan mutuamente en el anhelo que inspiran de
alcanzar un entendimiento acerca de la finalidad de la existencia. Se ponen en
duda valores básicos; se abandonan lazos localistas; se aceptan exigencias
otrora impensables. Bahá’u’lláh explica que es este cataclismo universal para el
cual las escrituras de las religiones pasadas emplearon la simbología del “Día
de la Resurrección”: “Se ha elevado el grito, y las gentes han salido de sus
tumbas, y al levantarse, miran a su alrededor”.5 Por encima de todo
el trastorno y sufrimiento, se trata de un proceso esencialmente espiritual: “Ha
soplado la brisa del Todomisericordioso, y las almas han sido vivificadas en las
tumbas de sus cuerpos”.6
* * *
A lo
largo de toda la historia, los principales instrumentos del desarrollo
espiritual han sido las grandes religiones. Para la mayoría de las gentes de la
tierra, las escrituras de cada uno de estos sistemas de credo han servido, en
palabras de Bahá’u’lláh, como “la Ciudad de Dios”,7 fuente de un
conocimiento que abarca por completo la consciencia y es tan persuasivo que dota
a los sinceros con “vista nueva, oído nuevo, corazón nuevo y mente
nueva”.8 Una amplia literatura, a la cual han contribuido
todas las culturas religiosas, consigna la experiencia de trascendencia relatada
por generaciones de buscadores. A través de los milenios, las vidas de quienes
han respondido a las indicaciones de lo Divino han inspirado logros
impresionantes en la música, la arquitectura y las demás artes, con un sinfín de
réplicas de la experiencia del alma destinadas a millones de sus
correligionarios. Ninguna otra fuerza de la existencia ha sido capaz de producir
en la gente cualidades comparables de heroísmo, abnegación y autodominio. En el
ámbito social los principios morales resultantes se han traducido en códigos de
leyes universales, que regulan y elevan las relaciones humanas. Miradas en
perspectiva, las religiones principales aparecen como las fuerzas motrices
primarias del proceso civilizador. Sostener lo contrario es ciertamente
desconocer la evidencia de la historia.
¿Por
qué, entonces, esta herencia inmensamente rica no sirve como escenario central
del presente nuevo despertar de la búsqueda espiritual? En la periferia se hacen
intentos serios por reformular las enseñanzas que dieron origen a las
respectivas religiones, con la esperanza de imbuirlas de nuevo atractivo, pero
la mayor parte de la búsqueda de significado es de carácter difuso,
individualista e incoherente. Las escrituras no han cambiado; los principios
morales que contienen no han perdido nada de su validez. Nadie que sinceramente
plantee preguntas al Cielo, si persiste, dejará de advertir una voz de respuesta
en los Salmos o en los Upanishads. Cualquiera que tenga un atisbo de la Realidad
que trasciende a esta realidad material será conmovido en su corazón por las
palabras con que Jesús o Buda hablan tan íntimamente de ella. Las visiones
apocalípticas del Corán continúan proporcionando a sus lectores seguridad
convincente de que la realización de la justicia es consustancial al Propósito
divino. Tampoco parecen las vidas de héroes y santos menos significativas, en
sus rasgos esenciales, de lo que eran cuando fueron vividas hace siglos. Por
consiguiente, para muchas personas religiosas el aspecto más penoso de la actual
crisis de la civilización es que la búsqueda de la verdad no se ha dirigido
confiadamente por las vías familiares de la religión.
Por
supuesto, el problema es doble. El alma racional no sólo ocupa una esfera
privada, sino que participa activamente en un orden social. Aunque las verdades
recibidas de las grandes religiones siguen siendo válidas, la diaria experiencia
de una persona del siglo xxi está inimaginablemente alejada de aquella que
hubiera conocido en cualquiera de las épocas en que se reveló esa guía. La toma
de decisiones democrática ha alterado fundamentalmente la relación de la persona
con la autoridad. Con creciente confianza y creciente éxito las mujeres insisten
justamente en su derecho a la plena igualdad con los hombres. Las revoluciones
en la ciencia y la tecnología cambian no sólo el funcionamiento sino la
concepción de la sociedad e incluso de la existencia misma. La educación
universal y una explosión de nuevos campos de la creatividad abren camino a
nuevas percepciones que estimulan la movilidad e integración social, y generan
oportunidades que el Estado de derecho alienta al ciudadano a aprovechar
plenamente. La investigación de células madre, la energía nuclear, la identidad
sexual, el estrés ecológico y el uso de la riqueza plantean, como mínimo,
cuestiones sociales que no tienen precedente. Éstos, y los demás innumerables
cambios que afectan a todos los aspectos de la vida humana, han creado un nuevo
mundo de opciones diarias tanto para la sociedad como para sus miembros. Lo que
no ha cambiado es la exigencia ineludible de elegir, para bien o para mal. Es
aquí donde la naturaleza espiritual de la crisis contemporánea se ve con máxima
nitidez, pues la mayoría de las decisiones que deben tomarse no son meramente
prácticas sino morales. Es por esto que, en gran parte, la pérdida de fe en la
religión tradicional ha sido consecuencia inevitable de la imposibilidad de
descubrir en ella la orientación necesaria para vivir en modernidad, con éxito y
con confianza.
Un
segundo obstáculo para la reaparición de sistemas de creencia heredados como
respuesta a los anhelos espirituales de la humanidad lo constituyen los efectos
ya mencionados de la integración global. En todo el planeta, personas que han
sido criadas en determinado marco referencial religioso se hallan repentinamente
puestas en asociación estrecha con otras cuyas creencias y prácticas parecen a
primera vista irreconciliablemente diferentes de las suyas. Las diferencias
pueden dar pie –y a menudo lo dan– a actitudes defensivas, resentimientos
contenidos y conflicto manifiesto. Sin embargo, en muchos casos el resultado es,
más bien, el de reconsiderar la doctrina heredada y alentar esfuerzos por
descubrir valores compartidos. El apoyo que reciben diversas actividades
interreligiosas sin duda debe mucho a respuestas de este tipo entre el público
en general. Inevitablemente, tales enfoques son acompañados por un
cuestionamiento de aquellas doctrinas religiosas que frenan la asociación y el
entendimiento. Si personas cuyas creencias parecen ser fundamentalmente
diferentes viven, con todo, vidas morales que merecen admiración, ¿qué hace a la
fe de uno superior a las de ellas? Recíprocamente, si todas las grandes
religiones tienen en común ciertos valores básicos, ¿no corren los apegos
sectarios el riesgo de meramente reforzar barreras no deseadas entre una persona
y sus semejantes?
Hoy
día, por tanto, probablemente pocos de entre los que tienen algún grado de
conocimiento objetivo del tema abrigan la ilusión de que alguno de los sistemas
religiosos establecidos del pasado pueda asumir el papel de última guía para la
humanidad en los asuntos de la vida contemporánea, aun en el caso improbable de
que sus sectas disímiles se juntaran para ese fin. Cada una de las que el mundo
considera religiones independientes está ajustada al patrón creado por su
escritura autorizada y su historia. Puesto que no puede rehacer su sistema de fe
para obtener legitimación de las palabras autorizadas de su Fundador, asimismo
tampoco puede dar respuestas adecuadas a la multitud de preguntas planteadas por
la evolución social e intelectual. Aunque a muchos esto les parezca inquietante,
no es más que un rasgo intrínseco del proceso evolutivo. Los intentos de forzar
algún tipo de cambio radical sólo pueden conducir a un desencanto aún mayor con
la religión misma y a exacerbar el conflicto sectario.
* * *
El dilema es tanto artificial como
autoinfligido. El orden mundial –si puede ser descrito así– dentro del cual los
bahá’ís ejercen hoy la labor de compartir el mensaje de Bahá’u’lláh es uno cuyos
conceptos erróneos acerca de la naturaleza humana, así como de la evolución
social, son tan fundamentales que inhiben los más inteligentes y
bienintencionados esfuerzos por el mejoramiento humano. Esto es especialmente
cierto respecto de la confusión que rodea prácticamente todos los aspectos del
tema de la religión. A fin de responder apropiadamente a las necesidades
espirituales de su prójimo, el bahá’í ha de obtener una comprensión a fondo de
las materias en cuestión. El esfuerzo de imaginación que exige este desafío
puede comprenderse a partir del consejo que es quizás la recomendación reiterada
con más urgencia y frecuencia en las escrituras de su Fe: “meditar”, “sopesar”,
“reflexionar”.
Un
lugar común del discurso popular es que por “religión” se entiende la multitud
de sectas que actualmente existen. No es de sorprender que semejante insinuación
inmediatamente suscite en otros círculos la protesta de que por religión se
entiende más bien uno u otro de los grandes e independientes sistemas de fe
históricos que han dado forma e inspirado a civilizaciones enteras. A su vez,
este punto de vista se enfrenta a la inevitable interrogante de dónde se han de
encontrar esas religiones históricas en el mundo contemporáneo. ¿Dónde se
hallan, precisamente, el “judaísmo”, el “budismo”, el “islam” y demás
religiones, puesto que evidentemente no pueden identificarse con las
organizaciones irreconciliablemente opuestas que pretenden hablar con autoridad
en nombre de ellas? Y el problema no termina aquí. Otra respuesta más a la
interrogante, sin duda, es que por religión se entiende simplemente una actitud
frente a la vida, un sentido de relación con una Realidad que trasciende la
existencia material. Así concebida, la religión es un atributo de la persona en
particular, un impulso que no se presta a la organización, una experiencia
universalmente disponible. Sin embargo, también semejante orientación es vista
por una mayoría de personas de inclinación religiosa como carente de la
mismísima autoridad del autodominio y el efecto unificador que dan sentido a la
religión. Algunos opositores sostendrán que, por el contrario, religión
significa el estilo de vida de personas que, como ellos, han adoptado severos
regímenes diarios de ritos y renunciamiento que los aíslan totalmente del resto
de la sociedad. Lo que tienen en común tales concepciones diferentes es la
medida en que un fenómeno que reconocidamente trasciende completamente el
alcance humano ha sido, con todo, gradualmente aprisionado dentro de límites
conceptuales –bien organizacionales, teológicos o rituales– inventados por el
hombre.
Las
enseñanzas de Bahá’u’lláh atraviesan esta maraña de visiones incongruentes y, al
hacerlo, reformulan muchas verdades que, explícita o implícitamente, han
constituido el meollo de toda Revelación divina. Si bien esto en modo alguno es
una lectura exhaustiva de Su propósito, Bahá’u’lláh deja en claro que los
intentos de captar la Realidad de Dios o sugerirla en catecismos y credos
constituyen ejercicios de engaño de sí mismo: “Es evidente para todo corazón
perspicaz e iluminado que Dios, la Esencia incognoscible, el Ser divino, es
inmensamente excelso por encima de todo atributo humano, tal como existencia
corpórea, ascenso y descenso, salida y retorno. Lejos está de Su gloria que
lengua humana alguna haya de referir apropiadamente Su alabanza, o que algún
corazón humano comprenda Su misterio insondable”.9 La mediación que
el Creador de todas las cosas utiliza para interactuar con la creación en
permanente evolución que Él ha traído a la existencia es la aparición de Figuras
proféticas que ponen de manifiesto los atributos de esa Divinidad inaccesible:
“Estando así cerrada la puerta del conocimiento del Anciano de Días ante la faz
de todos los seres, la Fuente de gracia infinita ha hecho que (...) aparezcan
del dominio del espíritu aquellas luminosas Joyas de Santidad, en la noble forma
del templo humano, y sean reveladas a todos los hombres, a fin de que comuniquen
al mundo los misterios del Ser inmutable y hablen de las sutilezas de Su Esencia
imperecedera". 10
Atreverse a juzgar entre los Mensajeros de Dios, ensalzando a uno por
encima de otro, sería ceder a la falsa ilusión de que el Eterno y Omnímodo está
sujeto a los antojos de la preferencia humana. “Te resulta claro y evidente”,
son las palabras precisas de Bahá’u’lláh, “que todos los Profetas son los
Templos de la Causa de Dios, Quienes han aparecido ataviados con diversas
vestiduras. Si observaras con ojo perspicaz, Los verías a todos habitando en el
mismo tabernáculo, remontándose hacia el mismo cielo, sentados en el mismo
trono, pronunciando las mismas palabras y proclamando la misma Fe.”11
Encima, imaginar que la naturaleza de estas Figuras únicas pueda ser –o
deba ser– englobada en teorías sacadas de la experiencia física es igualmente
atrevido. Lo que se quiere decir por “conocimiento de Dios”, explica
Bahá’u’lláh, es el conocimiento de las Manifestaciones que revelan Su voluntad y
atributos, y es aquí donde el alma entra en asociación íntima con el Creador,
Quien de otra manera trasciende tanto el lenguaje como la comprensión:
“Atestiguo”, es la afirmación de Bahá’u’lláh acerca del rango de la
Manifestación de Dios, “… que mediante Tu belleza se ha descubierto la belleza
del Adorado, y que mediante Tu rostro ha resplandecido el rostro del
Deseado…”.12
La
religión así concebida abre los ojos al alma sobre potencialidades que de otra
manera son inimaginables. En la medida en que una persona aprende a aprovechar
la influencia de la revelación de Dios para su época, su naturaleza se imbuye
progresivamente de los atributos del mundo divino: “Mediante las Enseñanzas de
este Sol de la Verdad”, explica Bahá’u’lláh, “todo hombre ha de avanzar y
desarrollarse hasta que (…) pueda manifestar todas las fuerzas potenciales con
que ha sido dotado su más íntimo ser”.13 Como el propósito de la
humanidad incluye el de llevar adelante “una civilización en continuo
progreso”,14 uno de los nada despreciables poderes extraordinarios
que posee la religión ha sido su capacidad de librar de las limitaciones del
tiempo mismo a los que creen, obteniendo de ellos sacrificios en nombre de
generaciones distantes siglos hacia el futuro. En efecto, como el alma es
inmortal, abrir los ojos a su propia naturaleza le permite, no solamente en este
mundo sino más directamente en los mundos del más allá, servir al proceso
evolutivo: “La luz que irradian estas almas”, afirma Bahá’u’lláh, “es
responsable del progreso del mundo y del adelanto de sus pueblos… Todas las
cosas tienen necesariamente una causa, una fuerza motriz, un principio animador.
Estas almas y los símbolos del desprendimiento han provisto y continuarán
proveyendo al mundo del ser con el supremo impulso
motor”.15
La
creencia es así un vivo deseo, necesario e inextinguible, de la especie, el cual
un influyente pensador moderno ha descrito como “la evolución vuelta consciente
de sí misma”.16 Si, como los acontecimientos del siglo xx lo prueban
triste y convincentemente, la expresión natural de la fe se obstaculiza
artificialmente, inventa objetos de adoración impropios –o incluso degradados–
que en alguna medida apacigüen el anhelo de certeza. Es un impulso que no se ha
de negar.
Brevemente, a través del proceso continuo de revelación, Aquel que es la
Fuente del sistema de conocimiento que llamamos religión demuestra la integridad
de ese sistema y su no sometimiento a las contradicciones impuestas por
ambiciones sectarias. La labor de cada Manifestación de Dios tiene una autonomía
y autoridad que trascienden toda evaluación; es también una etapa del ilimitado
desenvolvimiento de una Realidad única. Por cuanto la finalidad de las sucesivas
revelaciones de Dios es que la humanidad abra los ojos sobre sus capacidades y
responsabilidades en cuanto fiduciaria de la creación, el proceso no es
simplemente repetitivo, sino progresivo, y solo es plenamente valorado cuando se
ve en este contexto.
De
ninguna manera pueden los bahá’ís, en esta hora temprana, presumir de haber
comprendido más que una mínima parte de las verdades inherentes a la revelación
en que se basa su Fe. Refiriéndose, por ejemplo, a la evolución de la Causa, el
Guardián dijo: “Todo lo que podemos razonablemente atrevernos a intentar es
esforzarnos por obtener una vislumbre de los primeros haces de luz de la Aurora
prometida que, en la plenitud del tiempo, ha de ahuyentar la oscuridad que ha
envuelto a la humanidad”.17 Además de alentar la humildad, este hecho
debiera servir como recordatorio constante de que Bahá’u’lláh no ha traído a la
existencia una nueva religión para que ocupe lugar junto a la presente
multiplicidad de organizaciones sectarias. Por el contrario, Él ha refundido la
concepción total de la religión en cuanto principal fuerza que impulsa el
desarrollo de la consciencia. Así como la raza humana en toda su diversidad es
una sola especie, también la intervención por la cual Dios cultiva las
cualidades de la mente y el corazón latentes en esa especie es un solo proceso.
Sus héroes y santos son los héroes y santos de todas las etapas de esa lucha;
sus éxitos, los éxitos de todas las etapas. Ésta es la norma demostrada en la
vida y obra del Maestro y ejemplificada hoy en esta Comunidad bahá’í que ha
pasado a ser la heredera de todo el legado espiritual de la humanidad, legado
que está igualmente disponible para todos los pueblos de la tierra.
Por
lo tanto, la prueba que se repite para demostrar la existencia de Dios es que
desde tiempo inmemorial Él reiteradamente Se ha puesto de manifiesto. En el
sentido amplio, como lo explica Bahá’u’lláh, la inmensa epopeya de la historia
religiosa de la humanidad representa el cumplimiento de la “Alianza”, la promesa
duradera con que el Creador de todas las cosas asegura a la raza la infalible
guía esencial para su desarrollo moral y espiritual, y le exige que interiorice
y dé expresión a estos valores. Uno es libre de poner en duda, a través de
interpretaciones historicistas de la evidencia, el papel único de tal o cual
Mensajero de Dios, si es ése su propósito, pero semejante especulación no presta
ninguna ayuda para explicar acontecimientos que han transformado el pensamiento
y efectuado cambios en las relaciones humanas de importancia fundamental para la
evolución social. A intervalos tan poco frecuentes que los casos conocidos
pueden contarse con los dedos de las manos, las Manifestaciones de Dios han
aparecido, cada una ha sido explícita respecto de la autoridad de Sus enseñanzas
y cada una ha ejercido una influencia en el adelanto de la civilización que
supera sin comparación todos los demás fenómenos de la historia. “Considera la
hora en que la suprema Manifestación de Dios Se revela a los hombres”, señala
Bahá’u’lláh: “Hasta la llegada de esa hora, el Antiguo Ser, Quien permanece
todavía desconocido a los hombres y no ha dado aún expresión a la Palabra de
Dios, es, Él mismo, el Omnisciente en un mundo en que no hay ningún hombre que
Le haya conocido. Él es, realmente, el Creador sin creación”.18
* * *
La
objeción que más comúnmente se pone a la mencionada concepción de religión es la
afirmación de que las diferencias entre las creencias reveladas son tan
fundamentales que presentarlas como etapas o aspectos de un sistema único de
verdad es contrario a los hechos. Dada la confusión que hay en torno a la
naturaleza de la religión, esa reacción es comprensible. Sin embargo, mayormente
tal objeción ofrece a los bahá’ís una invitación a exponer los principios
reseñados aquí más explícitamente en el contexto de evolución presentado en las
escrituras de Bahá’u’lláh.
Las
diferencias a que se ha aludido están incluidas en las categorías de práctica o
de doctrina, presentadas ambas como el propósito de las escrituras pertinentes.
En lo que atañe a las costumbres religiosas que rigen la vida personal, es útil
comparar el tema con los rasgos correspondientes de la vida material. Es muy
poco probable que la diversidad en higiene, vestimenta, medicina, construcción o
actividad económica, por muy chocantes que sean, se propongan a estas alturas en
apoyo de la teoría de que la humanidad no constituya de hecho un solo pueblo,
singular y único. Hasta el comienzo del siglo xx, tales argumentos simplistas
eran lugar común, pero la investigación histórica y antropológica ofrece ahora
un panorama uniforme del proceso de evolución cultural por el cual estas y otras
múltiples expresiones de la creatividad humana llegaron a existir, fueron
transmitidas por generaciones sucesivas, experimentaron metamorfosis graduales y
a menudo se extendieron para enriquecer la vida de pueblos de países lejanos. El
que las sociedades de hoy representen un amplio espectro de tales fenómenos, por
tanto, no define en modo alguno una identidad fija e inmutable de los pueblos en
cuestión, sino simplemente distingue la etapa que atraviesan –o al menos hasta
hace poco han atravesado– los grupos dados. Aun así, todas esas expresiones
culturales se hallan actualmente en un estado de fluidez a consecuencia de las
presiones de la integración planetaria.
Un
proceso evolutivo similar –indica Bahá’u’lláh– ha caracterizado la vida
religiosa de la humanidad. Lo que marca la diferencia está en el hecho de que,
en lugar de representar simplemente accidentes del continuo método histórico de
prueba y error, tales normas fueron prescritas explícitamente en cada caso, como
aspectos integrales de tal o cual revelación de lo Divino, incorporadas en la
escritura, y con su integridad mantenida escrupulosamente a lo largo de un
período de siglos. En tanto que ciertos rasgos de cada código de conducta
cumplían finalmente su propósito y con el tiempo eran eclipsados por intereses
de naturaleza diferente producidos por el proceso de evolución social, el código
mismo no perdía nada de su autoridad durante la larga etapa de progreso humano
en que desempeñaba un papel vital en la formación de la conducta y las
actitudes. “Estos principios y leyes, estos sistemas poderosos y firmemente
establecidos”, afirma Bahá’u’lláh, “han procedido de una sola Fuente y son los
rayos de una sola Luz. Que difieran unos de otros debe atribuirse a los
requisitos variables de las edades en que fueron promulgados”.19
Por
lo tanto, sostener que las diferencias de normas, ritos y otras prácticas
constituyen una objeción significativa a la idea de la unicidad esencial de la
religión revelada supone pasar por alto la finalidad para la cual servían estas
prescripciones. Más grave aún, pasa por alto la distinción fundamental entre las
características eternas y transitorias de la función de la religión. El mensaje
esencial de la religión es inmutable. Es, en palabras de Bahá’u’lláh, “inmutable
Fe de Dios, eterna en el pasado, eterna en el futuro”.20 Su papel en
abrirle camino al alma para que entre en una relación cada vez más madura con su
Creador –y en dotarla de una medida siempre mayor de autonomía moral para
controlar los impulsos animales de la naturaleza humana– no es en absoluto
irreconciliable con el que suministre guía auxiliar que realce el proceso de
construcción de la civilización.
El
proceso de revelación progresiva hace hincapié final en el reconocimiento de la
revelación de Dios en su aparición. La omisión de la generalidad de la humanidad
a este respecto ha condenado, una y otra vez, a poblaciones enteras a una
repetición ritual de disposiciones y prácticas mucho después de que estas
últimas han cumplido su finalidad y ya solamente anquilosan el adelanto moral.
Es triste que, en el día de hoy, una consecuencia de tal omisión ha sido la de
trivializar la religión. Precisamente en el punto de su desarrollo colectivo
cuando la humanidad empezaba a luchar con los desafíos de la modernidad, el
recurso espiritual de que había dependido principalmente para obtener valor e
ilustración moral se convertía rápidamente en objeto de burla, primero a nivel
de la toma de decisiones acerca de la dirección que debía tomar la sociedad y,
con el tiempo, en círculos cada vez más amplios de la población en general.
Entonces, no hay razón para sorprenderse de que esta deslealtad de la confianza
humana, con diferencia la más devastadora de las numerosas que ha padecido, con
el correr del tiempo socavara los cimientos de la fe misma. Es así que
Bahá’u’lláh insta reiteradamente a Sus lectores a pensar en profundidad sobre la
lección que dejan tales repetidas omisiones: “Meditad por un momento, y
reflexionad sobre lo que ha sido la causa de tal rechazo…”.21 “¿Cuál
pudo haber sido la razón de tal rechazo y elusión…?”22 “¿Qué pudo
haber causado tal contienda…?”23 “Reflexiona: ¿cuál pudo haber sido
el motivo…?”24
Aún
más perjudicial para el entendimiento religioso ha sido la presunción teológica.
Un rasgo persistente del pasado sectario de la religión ha sido el papel
dominante desempeñado por el clero. En ausencia de textos de las escrituras que
estableciesen una autoridad institucional irrefutable, las élites clericales
lograron arrogarse a sí mismas el control exclusivo sobre la interpretación de
la Intención divina. Sean cuales fuesen los motivos, los trágicos efectos han
sido obstruir la corriente de la inspiración, desalentar la actividad
intelectual independiente, centrar la atención en las minucias de los rituales
y, muy a menudo, generar odio y prejuicio para con los que seguían una senda
sectaria diferente de la de los autoproclamados conductores espirituales.
Mientras que nada podía impedir al poder creativo de la divina Intervención
continuar su labor de crear conciencia progresivamente, el alcance de lo que, en
toda época, pudo haberse logrado se volvió cada vez más limitado por esos
obstáculos artificialmente urdidos.
A lo
largo del tiempo, la teología logró construir en el fondo de cada una de las
grandes religiones una autoridad paralela a las enseñanzas reveladas en que se
basaba la tradición, e incluso contraria en espíritu a éstas. La conocida
parábola de Jesús acerca del labrador que sembraba la semilla en su campo trata
tanto de esta cuestión como de sus repercusiones en la época actual: “Pero,
mientras la gente dormía, vino su enemigo, sobresembró cizaña entre el trigo, y
se fue”.25 Cuando sus siervos le propusieron desarraigarla, el
labriego replicó: “No, no sea que al recoger la cizaña, desarraiguéis también el
trigo. Dejadlos crecer juntamente hasta la siega. Y al momento de la siega, diré
a los segadores: Recoged primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla, y
al trigo juntadlo en mi granero”.26 En todas sus páginas, el Corán
reserva su peor condena para el daño espiritual que ha causado esta hegemonía
rival: Di: “Mi Señor prohíbe sólo las deshonestidades, tanto las públicas como
las ocultas, el pecado, la opresión injusta, que asociéis a Dios algo a lo que
Él no ha conferido autoridad y que digáis de Dios lo que no sabéis”.27
Para la mente moderna constituye la mayor de las ironías que generaciones
de teólogos, cuyas imposiciones a la religión encarnan precisamente la traición
tan enérgicamente censurada en estos textos, trataran de usar esa misma
advertencia como arma para suprimir toda protesta contra su usurpación de la
Autoridad divina.
En
efecto, cada nueva etapa en la revelación de la verdad espiritual, en progresivo
desenvolvimiento, fue congelada en el tiempo en un juego de imágenes e
interpretaciones pegadas a la letra, muchas de ellas tomadas de culturas que
estaban en sí mismas agotadas moralmente. Cualquiera que fuese su valor en
etapas previas de la evolución de la consciencia, los conceptos de resurrección
física, de un paraíso de deleites carnales, reencarnación, prodigios panteístas
y otros por el estilo levantan hoy muros de separación y conflicto en una época
en la cual la tierra ha devenido literalmente una sola patria y los seres
humanos han de aprender a verse como sus ciudadanos. En este contexto uno puede
comprender la vehemencia de las advertencias de Bahá’u’lláh contra las barreras
que la teología dogmática pone en el camino de los que procuran comprender la
voluntad de Dios: “¡Oh jefes de la religión! No peséis el Libro de Dios con los
criterios y ciencias comunes entre vosotros, ya que el Libro mismo es la Balanza
infalible establecida entre los hombres.”28 En Su Tabla dirigida al
Papa Pío IX, Él notifica al pontífice de que Dios en este día ha “guardado… en
los recipientes de la justicia” todo cuanto es perdurable en la religión y “ha
arrojado al fuego lo que le corresponde”.29
* * *
Libre
de la maraña con que la teología ha cercado el entendimiento religioso, la mente
puede explorar pasajes conocidos de las escrituras a través de los ojos de
Bahá’u’lláh. “Incomparable es este Día”, asevera Él, “pues es como el ojo para
las épocas y siglos pasados, y como una luz para la oscuridad de los
tiempos”.30 La observación más sorprendente que resulta de sacar
partido de esta perspectiva es la unidad de propósito y principio que pasa por
todas las escrituras hebreas, el Evangelio y el Corán, en especial, si bien se
distinguen ecos de ello en las escrituras de otras de entre las religiones
mundiales. Los mismos temas organizativos aparecen repetidamente de la matriz de
preceptos, exhortaciones, narraciones, simbolismos e interpretaciones en la cual
están insertos. De estas verdades fundamentales, con mucho la más característica
es la articulación progresiva y la categórica aseveración de la unicidad de
Dios, Creador de toda la existencia ya sea del mundo fenoménico o de aquellos
dominios que lo trascienden. “Yo soy Yahvé”, declara la Biblia, “y no hay otro;
fuera de Mí no hay Dios alguno”;31 y la misma concepción subyace a
las posteriores enseñanzas de Jesucristo y Muḥammad.
La
humanidad –centro, heredero y fiduciario del mundo– existe para conocer a su
Creador y servir a Su propósito. En su expresión más depurada, el impulso humano
innato de respuesta toma la forma de adoración, condición que supone sumisión
incondicional a un poder al que se reconoce como merecedor de tal homenaje. “Al
rey de los siglos, al inmortal, invisible, al solo Dios, honor y gloria por los
siglos de los siglos”.32 Inseparable del espíritu de reverencia mismo
es su expresión de servicio al divino Propósito para la humanidad. Di: “El favor
está en manos de Dios, Que lo dispensa a quien Él quiere. Dios es inmenso,
omnisciente”.33 A la luz de este entendimiento, son claras las
responsabilidades de la humanidad: “La piedad no consiste en que volváis
vuestros rostros a Oriente y Occidente”, dice el Corán; “piadoso es quien cree
en Dios… da dinero, por Su amor, a los allegados, huérfanos, pobres, al viajero,
a los mendigos…”. 34 “Vosotros sois la sal de la
tierra”,35 recalca Jesús a aquellos que responden a Su llamamiento.
“Sois la luz del mundo”.36 Resumiendo un tema que reaparece una y
otra vez en todas las escrituras hebreas y posteriormente sale de nuevo en el
Evangelio y el Corán, el profeta Miqueas inquiere: “… lo que te pide Yahvé:
practicar la justicia, y amar la misericordia, y andar humildemente en la
presencia de tu Dios”.37
Igualmente estos textos concuerdan en que la capacidad del alma para
llegar a un entendimiento del propósito de su Creador es producto no sólo de su
propio esfuerzo, sino de la intervención de lo Divino que le abre vía. Jesús lo
señaló con memorable claridad: “Soy Yo el camino, y la verdad, y la vida; nadie
va al Padre, sino por Mí”.38 Si no se ha de ver en esta aseveración
simplemente un reto a otras etapas del único proceso en curso de divina Guía, es
evidentemente expresión de la verdad central de la religión revelada: que
solamente es posible tener acceso a la Realidad incognoscible, que crea y
mantiene a la existencia, abriendo los ojos a la iluminación proveniente de ese
Dominio. Uno de los suras más preciados del Corán recoge esta metáfora: “Dios es
la Luz de los cielos y de la tierra… ¡Luz sobre Luz! Dios dirige a Su Luz a
quien Él quiere”.39 En el caso de los profetas hebreos, el
Intermediario divino que había de aparecer posteriormente en el cristianismo en
la persona del Hijo del Hombre, y en el islam como el Libro de Dios, asumió la
forma de una Alianza obligatoria establecida por el Creador con Abraham,
Patriarca y Profeta: “Y estableceré mi pacto entre mí y entre ti, y entre tu
posteridad después de ti en la serie de sus generaciones con alianza sempiterna:
para ser Yo el Dios tuyo, y de la posteridad tuya después de
ti”.40
La
sucesión de revelaciones de lo Divino también aparece como un rasgo implícito –y
normalmente explícito– de todas las fes principales. Una de sus primeras y
clarísimas expresiones se encuentra en el Bhagavad-Gita: “Yo vengo, y voy, y
vengo. Cuando declina la Rectitud, ¡oh Bharata!, cuando la maldad es intensa, Yo
surjo, de época en época, y tomo forma visible, y me muevo como hombre entre los
hombres, socorriendo a los buenos, desechando el mal y poniendo a la Virtud de
nuevo en su sitio”.41 Este drama continuo constituye la estructura
básica de la Biblia, cuya secuencia de libros relata no solamente las misiones
de Abraham y de Moisés –“a quien conoció el Señor cara a cara”– sino de la línea
de profetas menores que desarrollaron y consolidaron la labor que estos Autores
principales habían echado a andar. Asimismo, ningún exceso de especulación
polémica y descabellada acerca de la naturaleza exacta de Jesús podía conseguir
separar Su misión de la influencia transformadora ejercida en el curso de la
civilización por la labor de Abraham y Moisés. Él mismo advierte que no será Él
Quien condene a aquellos que rechazan el mensaje que trae, sino Moisés, “en
quien habéis puesto vuestra esperanza. Si creyeseis a Moisés, me creeríais
también a Mí, pues de Mí escribió Él. Pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo
creeréis a mis palabras?”43 Con la revelación del Corán, pasó a ser
fundamental el tema de la sucesión de los Mensajeros de Dios: “Creemos en Dios y
en lo que nos ha revelado, en lo que reveló a Abraham, Ismael, Isaac, Jacob… en
lo que Moisés, Jesús y los profetas recibieron de su
Señor”.44
Para
un lector de tales pasajes que sea objetivo y tenga buena disposición lo que
sale a relucir es un reconocimiento de la unicidad esencial de la religión. Es
así que el término “islam” (literalmente “sumisión” a Dios) denota no solamente
el designio preciso de la Providencia inaugurado por Muḥammad
sino también, como las palabras del Corán lo dejan inconfundiblemente claro, a
la religión misma. Si bien es correcto que se hable de la unidad de todas las
religiones, es clave comprender el contexto. A nivel más profundo, no hay más
que una religión. La religión es religión, al igual que la ciencia es ciencia.
Aquélla distingue y expresa los valores que progresivamente se despliegan
mediante la divina Revelación; ésta es la agencia por la cual la mente humana
explora el mundo de los fenómenos y puede ejercer su influencia sobre éste en
forma cada vez más precisa. Aquélla define metas que sirven al proceso
evolutivo; ésta ayuda a lograrlas. Juntas, constituyen los dos sistemas de
conocimiento que impulsan el adelanto de la civilización. Cada una de ellas es
aclamada por el Maestro como un “fulgor del Sol de la
Verdad”.45
Sería, por tanto, un reconocimiento inadecuado del rango único de Moisés,
Buda, Zoroastro, Jesús, Muḥammad –o de la sucesión de
Avatares que inspiraron las Escrituras hindúes– representar su labor como la
fundación de diferentes religiones. Más bien, son realmente valorados cuando se
los reconoce como los Educadores espirituales de la historia, como las fuerzas
que han estimulado el surgimiento de las civilizaciones por las cuales la
conciencia ha florecido: “Él estaba en el mundo”; declara el Evangelio, “por Él,
el mundo había sido hecho…”.46 El que sus personas hayan sido
reverenciadas infinitamente por encima de las de cualesquiera otras figuras
históricas refleja el intento de exteriorizar sentimientos de otro modo
inexpresables que en los corazones de innumerables millones de personas han
suscitado las bendiciones conferidas por su labor. Amándolos, la humanidad ha
aprendido progresivamente lo que significa amar a Dios. Siendo realistas, no hay
otra manera de hacerlo. No se los honra con torpes esfuerzos por reflejar el
misterio esencial de su naturaleza en dogmas inventados por la imaginación
humana: lo que los honra es la entrega incondicional que el alma hace de su
voluntad a la influencia transformadora que ellos
transmiten.
* * *
Igualmente se advierte confusión acerca del papel de la religión en el
cultivo de la conciencia moral en el entendimiento popular de su contribución a
la formación de la sociedad. Tal vez el ejemplo más evidente sea la condición
social inferior que la mayoría de los textos sagrados asignan a la mujer.
Mientras que los consiguientes beneficios de que gozaban los hombres eran sin
duda un factor muy importante en la consolidación de semejante concepción, la
justificación moral la daba indiscutiblemente la forma en que la gente entendía
la intención de las escrituras mismas. Con pocas excepciones, estos textos se
dirigen a los hombres, asignándoles a las mujeres un papel de apoyo y
subordinado dentro de la vida tanto de la religión como de la sociedad. Por
desgracia, tal entendimiento hacía lamentablemente fácil que la mayor parte de
la culpa de no lograr disciplinar el impulso sexual –rasgo esencial del avance
moral– fuese achacada a las mujeres. En un marco de referencia actual, las
actitudes de este tipo son fácilmente reconocidas como prejuiciadas e injustas.
En las etapas de desarrollo social en que aparecieron todas las religiones
principales, la guía de las escrituras trataba primero de civilizar, en la
medida de lo posible, relaciones que eran el producto de circunstancias
históricas insolubles. No hay que ser muy perspicaz para darse cuenta de que
aferrarse hoy en día a normas primitivas desbarataría el propósito mismo del
paciente cultivo que la religión ha hecho del sentido
moral.
Se
han hecho consideraciones similares en el caso de las relaciones entre
sociedades. La larga y ardua preparación del pueblo judío para la misión que se
esperaba de ellos es una ilustración de la complejidad y el carácter persistente
de los desafíos morales en juego. A fin de que pudiesen despertar y florecer las
capacidades espirituales a que apelaban los profetas, había que resistir, a toda
costa, los atractivos que ofrecían vecinas culturas idólatras. La importancia
atribuida a ello por el Propósito divino era ilustrada por relatos de las
escrituras referidos a los castigos merecidos que sobrevenían tanto a
gobernantes como a súbditos que quebrantaban ese principio. Una cuestión algo
comparable surgió en la lucha de la recién nacida comunidad fundada por
Muḥammad por sobrevivir a los intentos de tribus paganas árabes por
extinguirla, y la crueldad bárbara y el despiadado espíritu de venganza que
animaba a los atacantes. Nadie que conozca los detalles históricos tendrá
dificultad en entender la severidad de los interdictos del Corán sobre el tema.
Mientras que a las creencias monoteístas de judíos y cristianos había que
respetarlas, no se permitía ninguna concesión para con los idólatras. En un
tiempo relativamente breve, esta regla draconiana había conseguido unificar las
tribus de la Península Arábiga y lanzó a la recién forjada comunidad a más de
cinco siglos de logros morales, intelectuales, culturales y económicos no
igualados ni antes ni desde entonces en la velocidad y alcance de su expansión.
La historia tiende a ser un juez severo. En última instancia, y desde una
perspectiva ecuánime, las consecuencias debidas a aquellos que ciegamente
hubieran estrangulado tales empresas en su origen siempre serán eclipsadas por
los beneficios recibidos por el mundo en general gracias al triunfo de la visión
que la Biblia ofrece de las posibilidades humanas y los adelantos posibilitados
por la genialidad de la civilización del islam.
Entre
las cuestiones que más se han discutido sobre el entendimiento de la evolución
de la sociedad hacia la madurez espiritual se halla la del crimen y el castigo.
Aunque diferentes en su detalle, las penas prescritas por la mayoría de los
textos sagrados para actos de violencia dirigidos contra el bien común o los
derechos de otras personas tendían a ser severas. Es más, a menudo llegaban a
permitir la represalia contra los culpables por las partes perjudicadas o por
miembros de sus familias. Sin embargo, en una perspectiva histórica podría uno
preguntarse qué otras alternativas prácticas había. Al no existir ni los
actuales programas de cambio de conducta, ni tampoco poder recurrirse a la
posibilidad de cárceles y servicios de mantenimiento del orden público, a la
religión le interesaba sobremanera dejar indeleblemente grabada en la conciencia
de todos la inadmisibilidad moral –y los costos prácticos– de conductas cuyo
efecto habría sido, de otro modo, desalentar los esfuerzos por el progreso
social. Desde entonces la totalidad de la civilización ha sido la beneficiaria,
y sería una falta de sinceridad no reconocerlo.
Así
ha sido durante todas las dispensaciones religiosas cuyos orígenes han
sobrevivido en documentos escritos. No se cuestionaron la mendicidad, la
esclavitud, la autocracia, las conquistas, los prejuicios étnicos ni otros
aspectos indeseables de la interacción social –o se toleraron explícitamente–
mientras la religión se centraba en conseguir reformas de conducta que se
consideraban inmediatamente imprescindibles en etapas concretas en el avance de
la civilización. Condenar a la religión porque una de sus sucesivas
dispensaciones no trató todo el ámbito de males sociales sería desconocer todo
lo que se ha aprendido sobre la naturaleza del desarrollo humano. Es inevitable
que un pensamiento anacrónico de esta clase cree también graves impedimentos
psicológicos en la valoración y afrontamiento de los requerimientos de la época
en que a uno le toca vivir.
No se
trata del pasado, sino de las consecuencias para el presente. Los problemas
surgen cuando los seguidores de alguna de las creencias resultan ser incapaces
de distinguir entre sus rasgos eternos y transitorios, e intentan imponerle a la
sociedad reglas de conducta que hace tiempo ya han cumplido su propósito. Este
principio es fundamental para entender el papel social de la religión: “El
remedio que el mundo necesita para sus aflicciones actuales no puede ser nunca
el mismo que el que pueda requerir una época posterior”, señala Bahá’u’lláh.
“Preocupaos fervientemente de las necesidades de la edad en que vivís y centrad
vuestras deliberaciones en sus exigencias y
requerimientos”.47
* * *
Las
exigencias de la nueva época de experiencia humana a las que Bahá’u’lláh llamó
la atención de los gobernantes políticos y religiosos del mundo del siglo xix,
han sido ya en gran parte adoptadas por doquier, al menos como ideales, por sus
sucesores y por mentes progresistas. Para cuando el siglo xx se acercaba a su
término, se habían convertido en centrales para el discurso global unos
principios que sólo algunas breves décadas antes habían sido
condescendientemente tildados de visionarios y totalmente carentes de realismo.
Apuntalados por los descubrimientos de la investigación científica y las
conclusiones de comisiones influyentes –a menudo financiadas espléndidamente–,
dirigen la labor de poderosas agencias a nivel internacional, nacional y local.
Se dedica una gran cantidad de literatura erudita a examinar medios prácticos
para su ejecución, y esos programas pueden contar con la atención de los medios
de comunicación en los cinco continentes.
Es de
lamentar que a la mayoría de estos principios tampoco se les preste atención, no
solamente entre enemigos reconocidos de la paz social, sino en círculos
declaradamente comprometidos con ellos. Lo que falta no son testimonios
convincentes en cuanto a su relevancia, sino el poder de convicción moral que
puede ponerlos en práctica, poder cuya única fuente demostradamente fiable a lo
largo de la historia ha sido la fe religiosa. Hasta el comienzo de la propia
misión de Bahá’u’lláh, la autoridad religiosa todavía ejercía un grado
significativo de influencia social. Cuando el mundo cristiano se sintió movido a
romper con milenios de convicción incondicional y por fin abordó el mal de la
esclavitud, los primeros reformadores británicos optaron por apelar a los
ideales bíblicos. Posteriormente, en el discurso determinante que dio acerca del
papel fundamental que desempeñó el tema en el gran conflicto de Norteamérica, el
Presidente de los Estados Unidos advirtió que si “cada gota de sangre que
arranque el látigo ha de pagarse con otra que arranque la espada, como se dijo
hacía tres mil años, también debe decirse «los juicios del Señor son del
todo justos y verdaderos»”.48 Sin embargo, esa era se acercaba
rápidamente a su fin. En los trastornos que siguieron a la Segunda Guerra
Mundial, incluso una figura tan influyente como Mohandas Ghandi resultó ser
incapaz de movilizar la fuerza espiritual del hinduismo en apoyo de sus
esfuerzos por extinguir la violencia sectaria en el subcontinente indio. Tampoco
fueron más eficaces al respecto los líderes de la comunidad islámica. Tal como
lo había prefigurado la metafórica visión del Corán que habla del “Día en que
plegaremos el cielo como se pliega un pergamino”,49 la otrora
autoridad incuestionable de las religiones tradicionales había dejado de dirigir
las relaciones sociales de la humanidad.
Es en
este contexto que uno comienza a comprender por qué Bahá’u’lláh escogió estas
imágenes acerca de la voluntad de Dios para una nueva época: “No penséis que os
hemos revelado un mero código de leyes. Antes bien, hemos roto el sello del Vino
selecto con los dedos de la fuerza y del poder.”50 A través de
Su revelación, los principios requeridos para la llegada colectiva a la mayoría
de edad de la raza humana han sido investidos con el único poder capaz de
penetrar hasta las raíces de la motivación humana y de modificar su conducta.
Para quienes Le han reconocido, la igualdad de hombres y mujeres no constituye
un postulado sociológico, sino que es verdad revelada acerca de la naturaleza
humana, con implicaciones para todos los aspectos de las relaciones humanas. Lo
mismo vale para Su enseñanza acerca del principio de la unicidad racial. La
educación universal, la libertad de pensamiento, la protección de los derechos
humanos, el reconocimiento de que los amplios recursos de la tierra son
fideicomiso de todo el género humano, la responsabilidad de la sociedad por el
bienestar de sus ciudadanos, la promoción de la investigación científica e
incluso un principio tan práctico como un idioma auxiliar internacional que
promueva la integración de los pueblos de la tierra: para todos aquellos que
responden a la revelación de Bahá’u’lláh, estos preceptos y otros similares
revisten la misma autoridad irresistible que los mandamientos de las escrituras
que prohíben la idolatría, el robo y el falso testimonio. Si bien son
perceptibles algunas insinuaciones de ellos en escrituras sagradas anteriores,
su definición y prescripción necesariamente tenía que esperar hasta que las
heterogéneas poblaciones del planeta pudieran juntas lanzarse al descubrimiento
de su naturaleza en cuanto raza humana única. Por la atribución de poder
espiritual traída por la revelación de Bahá’u’lláh, los divinos Estandartes se
perciben no como principios y leyes aisladas, sino como facetas de una visión
única, omnímoda, del futuro de la humanidad, revolucionaria en su propósito,
embriagadora en las posibilidades que abre.
Consustancial a estas enseñanzas se hallan ciertos principios que se
refieren a los asuntos colectivos de la humanidad. Un pasaje muy citado de la
Tabla de Bahá’u’lláh a la Reina Victoria expresa categórica alabanza del
principio de gobierno democrático y constitucional, pero constituye también una
advertencia sobre el contexto de responsabilidad mundial en que debe regir ese
principio para poder conseguir su propósito en esta época: “¡Oh vosotros, los
representantes elegidos del pueblo en todos los países! Reuníos a consultar y
ocupaos sólo con lo que beneficie a la humanidad y mejore su condición, ojalá
fuerais de los que inquieren con cuidado. Considerad al mundo como el cuerpo
humano, que aunque al ser creado es sano y perfecto, ha sufrido, por diversas
causas, graves trastornos y enfermedades. Ni un día logró alivio; más bien su
dolencia se hizo más severa, puesto que cayó en manos de médicos ignorantes que,
dando rienda suelta a sus deseos personales, han errado gravemente. Y si alguna
vez, por el cuidado de un médico competente, sanaba un miembro de aquel cuerpo,
el resto quedaba enfermo como antes.”51. En otros pasajes Bahá'u'lláh
traza algunas de las implicaciones prácticas. Se emplaza a los gobiernos del
mundo a convocar un cuerpo consultivo internacional como la base, en palabras
del Guardián, de "un sistema federal mundial"52 facultado para
salvaguardar la autonomía y el territorio de sus estados miembros, resolver
disputas nacionales y regionales y coordinar programas de desarrollo
internacional para el bien de toda la raza humana. De forma significativa,
Bahá'u'lláh atribuye a este sistema, una vez establecido, el derecho a sofocar
por la fuerza los actos de agresión de un Estado contra otro. Dirigiéndose a los
gobernantes de Su tiempo, afirma la clara legitimidad moral de tal acción: "Si
alguno de vosotros se levantara en armas contra otro, levantaos todos contra él,
porque esto no es sino justicia manifiesta".
* * *
El
poder por el cual estas metas han de llevarse progresivamente a cabo es el de la
unidad. Si bien para los bahá’ís es la más evidente de las verdades, sus
consecuencias para la actual crisis de la civilización parecen pasar
inadvertidas en la mayor parte del discurso moderno. Pocos estarán en desacuerdo
con que la enfermedad universal que agota la salud del cuerpo de la humanidad es
la de la desunión. Sus manifestaciones por todas partes paralizan la voluntad
política, debilitan el ansia colectiva por el cambio y envenenan las relaciones
nacionales y religiosas. Es muy extraño, entonces, que se considere la unidad
como una meta que ha de alcanzarse, si es que alguna vez se alcanza, en un
lejano futuro, después de que hayan sido abordados y resueltos de una u otra
forma un sinfín de desórdenes en la vida social, política, económica y moral.
Mas éstos son esencialmente síntomas y efectos colaterales del problema: no su
causa primordial. ¿Por qué ha llegado a aceptarse ampliamente una inversión tan
fundamental de la realidad? Presumiblemente la respuesta sea porque se considera
que el logro de verdadera unidad de mente y corazón entre pueblos cuyas
experiencias discrepan profundamente está más allá de la capacidad de las
instituciones existentes de la sociedad. Si bien esta admisión tácita es un bien
acogido avance con relación al entendimiento de los procesos de evolución social
que reinaba algunas décadas atrás, es de limitada ayuda práctica para responder
al desafío.
La
unidad es una condición del espíritu humano. La educación puede apoyarla y
realzarla, al igual que la ley, pero pueden solamente en cuanto surja y se haya
establecido como una fuerza influyente en la vida social. Una intelectualidad
mundial, con preceptos en su mayor parte determinados por erróneos conceptos
materialistas de la realidad, se aferra tenazmente a la esperanza de que una
ingeniería social imaginativa, apoyada en arreglos políticos, posponga
indefinidamente los potenciales desastres que –pocos lo niegan– se ciernen sobre
el futuro de la humanidad. “Percibimos perfectamente cómo toda la raza humana
está rodeada de grandes, de incalculables aflicciones”, declara Bahá’u’lláh.
“Los que están embriagados de presunción se han interpuesto entre ella y el
Médico divino e infalible. Presenciad cómo han enredado a todos los hombres,
incluso a sí mismos, en la red de sus artificios. No pueden ni descubrir la
causa de la enfermedad, ni tampoco poseen conocimiento del remedio”.54
Siendo la unidad el remedio para los males del mundo, su única fuente
cierta radica en el restablecimiento de la influencia de la religión en los
asuntos humanos. Las leyes y principios que Dios ha revelado en este día
–declara Bahá’u’lláh– “son los instrumentos más potentes y el más seguro de
todos los medios para que amanezca entre los hombres la luz de la
unidad”.55 “Los cambios y azares del mundo nunca podrán menoscabar la
resistencia de todo lo que sea erigido sobre este cimiento, ni el transcurso de
incontables siglos podrá socavar su estructura”.
56
Por
consiguiente, ha sido fundamental en la misión de Bahá’u’lláh la creación de una
comunidad mundial que refleje la unicidad de la humanidad. El testimonio
definitivo que la Comunidad bahá’í puede aducir para reivindicar Su misión es el
ejemplo de unidad que han producido Sus enseñanzas. Al entrar en el siglo xxi,
la Causa bahá’í es un fenómeno que no se parece a nada que el mundo haya visto.
Tras décadas de esfuerzos, en las cuales las olas de crecimiento se alternaban
con largos períodos de consolidación, a menudo oscurecidos por reveses, la
Comunidad bahá'í comprende a varios millones de personas que de hecho
representan a todos los ámbitos étnicos, culturales, sociales y religiosos del
planeta, y administran sus asuntos colectivos sin la intervención de un clero,
mediante instituciones democráticamente elegidas. Los miles de localidades donde
ha echado raíces se hallan en todo país, territorio y grupo importante de islas,
desde el Océano Ártico a Tierra del Fuego, de África al Océano Pacífico. La
aseveración de que esta comunidad pueda hoy ya constituir el grupo humano más
diverso y geográficamente extendido de todos los grupos organizados similarmente
en el planeta difícilmente será puesta en duda por alguien que conozca la
evidencia.
El
logro exige entendimiento. Las explicaciones convencionales –acceso a riqueza,
el patrocinio de poderosos intereses políticos, invocaciones a lo oculto o
agresivos programas de proselitismo que inculcan miedo a la ira de Dios– nada de
ello ha desempeñado un papel en los acontecimientos en cuestión. Los adherentes
de la Fe han logrado un sentido de identidad en cuanto miembros de una raza
humana única, identidad que determina el propósito de sus vidas y que,
claramente, no constituye la expresión de una superioridad moral intrínseca por
parte de ellos: "¡Oh pueblo de Bahá! El que no haya nadie que rivalice con
vosotros es un signo de misericordia".57 Un observador imparcial se
ve obligado a tomar en consideración por lo menos la posibilidad de que el
fenómeno represente la acción de influencias totalmente diferentes, en su
naturaleza, de las conocidas –influencias que sólo pueden describirse
apropiadamente como espirituales– capaces de producir hazañas extraordinarias de
sacrificio y entendimiento en gente común y corriente de todos los orígenes.
Especialmente sorprendente ha sido el hecho de que la Causa bahá'í haya
podido mantener la unidad así lograda, incólume e intacta, durante las
vulnerabilísimas primeras etapas de su existencia. En vano podemos tratar de
encontrar otra asociación de seres humanos en la historia –política, religiosa o
social– que haya sobrevivido satisfactoriamente la perenne plaga de cisma y
disensión. En toda su diversidad, la Comunidad bahá'í es un solo grupo de
personas, con un solo entendimiento de la revelación de Dios que le dio origen;
es uno solo en su consagración al Orden Administrativo que su Autor creó como
forma de gobierno para sus asuntos colectivos y uno solo en su compromiso con la
tarea de difundir Su mensaje por todo el planeta. Durante las décadas de su
ascenso, varios individuos, algunos de ellos muy bien situados y todos
estimulados por la ambición, hicieron cuanto les fue posible por crear sus
propios séquitos leales a ellos mismos o a las interpretaciones personales que
habían impuesto a las escrituras de Bahá’u’lláh. En los comienzos de la
evolución de toda religión ha habido intentos similares que han logrado escindir
las recién nacidas creencias transformándolas en sectas rivales. Sin embargo, en
la Causa bahá'í tales intrigas, sin excepción, no han llegado a producir más que
estallidos pasajeros de controversia cuyo efecto final ha sido el de profundizar
el entendimiento que la comunidad tenía del propósito de su Fundador y su
entrega a éste. "Tan potente es la luz de la unidad", garantiza Bahá’u’lláh a
quienes Le reconocen, "que puede iluminar toda la tierra".58 Siendo
la naturaleza humana lo que es, puede uno fácilmente comprender la previsión del
Guardián en el sentido de que este proceso purificador por mucho tiempo ha de
continuar siendo –paradójica pero necesariamente– un rasgo esencial de la
maduración de la Comunidad bahá'í.
* * *
Una
consecuencia del abandono de la fe en Dios ha sido una parálisis de la capacidad
de abordar eficazmente el problema del mal o, en muchos casos, de siquiera
reconocerlo. Si bien los bahá'ís no atribuyen al fenómeno la existencia objetiva
que se suponía poseía en etapas anteriores de la historia religiosa, la negación
del bien que el mal representa, como ocurre con la oscuridad, la ignorancia o la
enfermedad, tiene el efecto de mutilar severamente. No pasan muchas temporadas
editoriales que no ofrezcan al lector educado una serie de nuevos e imaginativos
análisis del carácter de las monstruosas figuras que, durante el siglo xx, en
forma sistemática torturaron, degradaron y exterminaron a millones de sus
semejantes. La autoridad de los eruditos nos invita a sopesar la importancia que
debiera darse, según el caso, al abuso de los padres, rechazo social,
desilusiones profesionales, pobreza, injusticia, experiencias bélicas, posible
daño genético, literatura nihilista –o varias combinaciones de lo anterior–
cuando tratamos de entender las obsesiones que alimentan el odio aparentemente
inacabable del género humano. Falta notoriamente en tal especulación
contemporánea lo que comentaristas experimentados, tan recientemente como hace
un siglo, habrían reconocido como enfermedad espiritual, cualesquiera que fuesen
sus características.
Si la
unidad es la prueba de fuego del progreso humano, ni la historia ni el Cielo
perdonarán fácilmente a quienes optan por alzar la mano deliberadamente contra
ella. Al confiar, la gente baja las defensas y se abre a los demás. Sin ello, no
hay forma en que se puedan comprometer incondicionalmente con metas compartidas.
Nada es tan devastador como descubrir repentinamente que, para la otra parte,
los compromisos adoptados de buena fe no han representado más que una ventaja a
su favor, un medio de lograr objetivos encubiertos diferentes de lo que habían
emprendido ostensiblemente en conjunto o, incluso, adversos a éstos. Semejante
traición es un hilo persistente en la historia humana, entre cuyas expresiones
más antiguas de las que se guarda registro figura el relato de los celos que
Caín tenía de su hermano, cuya fe Dios había decidido confirmar. Si el horroroso
sufrimiento padecido por los pueblos de la tierra durante el siglo xx ha dejado
una lección, ésta consiste en el hecho de que la desunión sistémica, heredada de
un pasado lóbrego y relaciones ponzoñosas en todos los ámbitos de la vida,
podría en esta época abrir las puertas a una conducta demoníaca más brutal que
todo cuanto la mente haya imaginado posible.
Si el
mal tiene un nombre, es ciertamente la violación deliberada de los acuerdos de
paz y reconciliación con que los pueblos de buena voluntad tratan de escapar del
pasado y construir en conjunto un nuevo futuro. Por su propia naturaleza, la
unidad requiere abnegación. "... el amor de sí mismo está incorporado a la
arcilla misma del hombre".59 El ego, que Él denomina "el insistente
yo",60 se resiste instintivamente a las restricciones impuestas a lo
que él concibe ser su libertad. Para abstenerse voluntariamente de las
satisfacciones que proporciona el libertinaje, el individuo debe llegar a creer
que el contento se halla en otra parte. En última instancia, se halla donde
siempre: en la sumisión del alma a Dios.
El
hecho de no hacer frente al reto de tal sumisión se ha manifestado con
consecuencias especialmente devastadoras a lo largo de los siglos en la traición
a los Mensajeros de Dios y los ideales que enseñaban. Esta exposición no es el
lugar adecuado para revisar la naturaleza y disposiciones de la Alianza concreta
por medio de la cual Bahá’u’lláh ha logrado preservar la unidad de aquellos que
Le reconocen y sirven a Su propósito. Basta tomar nota del enérgico lenguaje que
reserva para su violación deliberada por parte de quienes a la vez simulan ser
leales a ella: "Aquellos que se han apartado de ella son contados entre los
moradores del fuego más profundo a los ojos de tu Señor, el Todopoderoso, el
Ilimitado".61 La razón de la severidad de esta condena está clara. A
pocos les cuesta reconocer el peligro que representan para el bienestar social
delitos tan conocidos como el asesinato, la violación o el fraude, así como la
necesidad que la sociedad tiene de tomar medidas eficaces para su propia
protección. Mas ¿qué han de pensar los bahá'ís de una perversidad que, de no ser
atajada, destruiría el medio mismo que es esencial para la creación de la unidad
y, en las inexorables palabras de 'Abdu'l-Bahá, "llegaría a ser como un hacha
que golpea la raíz misma del Árbol Bendito"? 62 El problema no
consiste en disidencia intelectual, ni siquiera en debilidad moral. Mucha gente
se resiste a aceptar la autoridad de uno u otro tipo, y con el tiempo se
distancia de circunstancias que la requieren. Las personas que han sido atraídas
a la Fe bahá'í pero que, por cualquier razón, deciden irse pueden hacerlo
libremente.
El
quebrantamiento de la Alianza es un fenómeno de naturaleza fundamentalmente
diferente. El impulso que despierta en los que están bajo su influencia no es el
de simplemente seguir cualquier camino que crean conduce a la realización
personal o la contribución a la sociedad. Antes, a tales personas las anima un
empeño aparentemente incontrolable de imponer su voluntad personal a la
comunidad por todos los medios a su alcance, sin consideración del daño que
hacen y sin respeto por la promesa solemne que hicieron al ser aceptados como
miembros de esa comunidad. En última instancia, el yo pasa a ser la autoridad
absoluta, no sólo en la propia vida del individuo, sino en cuantas otras vidas
logre influir. Como la larga y trágica experiencia lo ha demostrado con
demasiada certeza, dotes tales como un linaje distinguido, el intelecto, la
educación, el liderazgo piadoso o social pueden ser utilizadas en el servicio a
la humanidad o bien, igualmente, en el de la ambición personal. En épocas
pasadas, cuando el centro del Propósito divino lo constituían prioridades
espirituales de naturaleza diferente, las consecuencias de semejante rebelión no
viciaban el mensaje principal de ninguna de las sucesivas revelaciones de Dios.
Hoy día, con las inmensas oportunidades y terribles peligros que la unificación
física del planeta ha traído consigo, comprometerse con los requerimientos de la
unidad viene a ser la piedra de toque de todo aquel que dice estar dedicado a la
voluntad de Dios o, si es que se puede decir, al bienestar del género humano.
* * *
Todo
lo que ha ocurrido en su historia ha equipado a la Fe bahá'í para abordar el
desafío que enfrenta. Aun en esta etapa relativamente temprana de su desarrollo
–y con recursos relativamente limitados actualmente– la organización bahá'í es
totalmente merecedora del respeto que se está ganando. Un espectador no necesita
aceptar su afirmación de ser de origen divino para apreciar lo que está
logrando. Considerados simplemente como fenómenos de este mundo, la naturaleza y
realizaciones de la Comunidad bahá'í constituyen su propia justificación para
merecer la atención de todos los que están seriamente preocupados por la crisis
de la civilización, ya que son una prueba de que los pueblos del mundo, con lo
diversos que son, pueden aprender a vivir y trabajar y hallar satisfacción como
una sola raza, en una sola patria mundial.
Este
hecho subraya la urgencia de los sucesivos Planes ideados por la Casa Universal
de Justicia para la expansión y consolidación de la Fe, si fuera necesario mayor
hincapié. El resto de la humanidad tiene todo el derecho a suponer que un grupo
de personas legítimamente comprometidas con la visión de unidad encarnada en las
escrituras de Bahá’u’lláh ha de ser un colaborador cada vez más entusiasta para
con los programas de mejoramiento social que para su éxito dependen precisamente
de la fuerza de la unidad. Para responder a las expectativas, la Comunidad
bahá'í deberá crecer a un paso cada vez más acelerado, multiplicando en gran
medida los recursos humanos y materiales invertidos en su labor y diversificando
más aún la variedad de talentos que hacen de ella un socio útil para
organizaciones con ideas afines. Los objetivos sociales de este esfuerzo deben
ser acompañados por un reconocimiento del anhelo de millones de personas
igualmente sinceras, que todavía son inconscientes de la misión de Bahá’u’lláh
pero están inspiradas por muchos de sus ideales, por una oportunidad de hallar
vidas de servicio que tengan significado duradero.
Por
tanto, la cultura de crecimiento sistemático que echa raíces en la Comunidad
bahá'í parecería ser, con mucho, la respuesta más eficaz que los amigos pueden
dar al desafío analizado en estas páginas. La experiencia de una intensa y
continua inmersión en la Palabra Creativa los libra poco a poco de la garra de
las suposiciones materialistas –lo que Bahá’u’lláh denomina "las alusiones de
las personificaciones de la fantasía satánica"63– que penetran la
sociedad y paralizan los impulsos hacia el cambio. Desarrolla en nosotros la
capacidad de ayudar a que el anhelo de unidad por parte de los amigos y
conocidos encuentre una expresión madura e inteligente. La naturaleza de las
actividades centrales del presente Plan –clases de niños, reuniones devocionales
y círculos de estudio– permite que personas cada vez más numerosas que aún no se
consideran bahá'ís se sientan libres de participar en el proceso. El resultado
ha sido dar nacimiento a lo que adecuadamente se ha dado en llamar una
"comunidad de intereses". A medida que otros se benefician con la participación
y llegan a identificarse con las metas a que la Causa aspira, la experiencia
demuestra que también ellos se sienten inclinados a comprometerse de lleno con
Bahá’u’lláh en calidad de agentes eficaces de Su propósito. Por consiguiente,
además de los objetivos relacionados con el Plan, la prosecución incondicional
de éste tiene la potencialidad de aumentar enormemente la contribución de la
Comunidad bahá'í al discurso público acerca de lo que ha llegado a ser el
problema más exigente que tiene ante sí el género humano.
Sin
embargo, si los bahá'ís han de cumplir el mandato de Bahá’u’lláh, es, por
supuesto, indispensable que lleguen a comprender que los esfuerzos paralelos por
promover el mejoramiento de la sociedad y enseñar la Fe bahá'í no son
actividades que compitan por atención. Por el contrario, son aspectos recíprocos
de un solo programa coherente mundial. Las diferencias en el enfoque están
determinadas principalmente por las necesidades distintas y las diferentes
etapas de indagación que encuentran los amigos. Debido a que el libre albedrío
es una dote inherente al alma, cada persona que se siente motivada a examinar
las enseñanzas de Bahá’u’lláh necesita hallar su propio lugar en el interminable
continuo de la búsqueda espiritual. Necesita determinar, en la privacidad de su
propia consciencia y sin presiones, la responsabilidad espiritual que este
descubrimiento trae consigo. Sin embargo, con el fin de ejercer inteligentemente
esta autonomía, debe adquirir tanto una perspectiva de los procesos de cambio en
los cuales, al igual que el resto de la población de la tierra, se halla inmerso
y un claro entendimiento de las consecuencias en su propia vida. Es la
obligación de la Comunidad bahá'í hacer todo cuanto esté a su alcance por
prestar asistencia en todas las etapas del movimiento universal de la humanidad
hacia la reunión con Dios. El Plan Divino dejado en herencia por el Maestro es
el medio por el cual se lleva a cabo esta labor.
Luego, por muy importante que sea el ideal de la unicidad de la religión,
la tarea de compartir el mensaje de Bahá’u’lláh evidentemente no es un proyecto
interreligioso. Mientras que la mente busca la certidumbre intelectual, lo que
el alma anhela es alcanzar la certeza. Semejante convicción interior es
la meta final de toda búsqueda espiritual, independientemente de lo rápido o
lento que sea el proceso. Para el alma, la experiencia de la conversión no es un
rasgo accidental ni secundario de la exploración de la verdad religiosa, sino el
tema central que finalmente debe abordarse. No hay ambigüedad en las palabras de
Bahá’u’lláh sobre el tema, ni la puede haber en las mentes de quienes tratan de
servirle: "En verdad digo: Éste es el Día en que la humanidad puede contemplar
el Rostro del Prometido y oír Su Voz. Se ha proclamado el Llamamiento de Dios y
se ha alzado la Luz de Su semblante sobre los hombres. Incumbe a todos borrar de
la tabla de su corazón la huella de toda palabra vana, y contemplar con mente
abierta e imparcial los signos de Su Revelación, las pruebas de Su Misión y las
muestras de Su gloria".64
* * *
Uno
de los rasgos distintivos de la modernidad ha sido el despertar universal de la
consciencia histórica. Un resultado de este revolucionario cambio de perspectiva
que realza sobremanera la enseñanza del mensaje de Bahá’u’lláh es la capacidad
de la gente de reconocer, si se les da la oportunidad, que el cuerpo total de
textos sagrados de la humanidad coloca el drama de la salvación misma
directamente en el contexto de la historia. Por debajo del lenguaje de
superficie en símbolos y metáforas, la religión, como las escrituras lo revelan,
no actúa sólo por los arbitrarios dictados de la magia, sino como un proceso de
cumplimiento que se desenvuelve en un mundo físico creado por Dios para tal
efecto.
En
este sentido, los textos son unánimes: la meta de la religión es que la
humanidad alcance la edad de la "cosecha",65 de "un solo rebaño y un
solo pastor";66 la gran edad por venir en que "la tierra brillará con
la gloria de su Señor"67 y la voluntad de Dios se hará "en la tierra
como en el cielo";68 "el Día prometido"69 en que "la
ciudad santa"70 descenderá "del cielo (...) viniendo de
Dios",71 en que "el monte de la Casa de Yahvé será establecido en la
cumbre de los montes, y se elevará sobre los collados; y acudirán a él todas las
naciones,72 en que Dios querrá saber "por qué aplastáis a mi pueblo,
y moléis el rostro de los pobres";73 el Día en que las escrituras que
han sido "selladas hasta el tiempo del fin"74 serán abiertas y la
unión con Dios hallará expresión en un nombre nuevo, que Yahvé determinará con
su boca";75 edad que superará todo cuanto la humanidad haya
experimentado, haya concebido la mente o el lenguaje hasta ahora haya abarcado:
"Como creamos una vez primera, crearemos otra. ¡Es promesa que nos obliga y la
cumpliremos!" 76
Por
consiguiente, el propósito declarado de la serie histórica de revelaciones
proféticas ha sido no sólo el de guiar al buscador por la senda de la salvación
personal, sino preparar a toda la familia humana para el gran Acontecimiento
escatológico por llegar, mediante el cual se ha de transformar completamente la
vida del mundo. La revelación de Bahá’u’lláh no es preparatoria ni profética.
Es ese Acontecimiento. A través de su influencia, se ha echado a
andar la empresa prodigiosa de echar los cimientos del Reino de Dios, y la
población de la tierra ha sido dotada con los poderes y capacidades que la tarea
requiere. Ese Reino es una civilización universal configurada por principios de
justicia social y enriquecida por logros de la mente y espíritu humanos que
superan cuanto pueda concebir la época presente. "Éste es el Día", declara
Bahá’u’lláh, "en que los muy excelentes favores de Dios han sido derramados
sobre los hombres, Día en que Su muy potente gracia ha sido infundida a todas
las cosas creadas... Pronto el orden actual será enrollado y uno nuevo será
desplegado en su lugar".77
El
servicio a la meta exige un entendimiento de la diferencia fundamental que
distingue a la misión de Bahá’u’lláh de proyectos políticos e ideológicos
inventados por el hombre. El vacío moral que produjeron los horrores del siglo
xx puso al descubierto hasta dónde llegan los límites de la capacidad de la
mente sola para idear y construir una sociedad ideal, por muy grandes que sean
los recursos materiales utilizados en el esfuerzo. El consecuente sufrimiento ha
grabado la lección indeleblemente en la consciencia de los pueblos de la tierra.
Por tanto, la perspectiva de la religión sobre el futuro de la humanidad no
tiene nada en común con sistemas del pasado, y sólo relativamente poca relación
con los de hoy día. Apela a una realidad en el código genético, si se puede
describir así, del alma racional. Hace dos mil años Jesucristo enseñó que el Reino de Dios está
"adentro".78 Sus analogías orgánicas de una "viña",79 de "semilla [sembrada] en tierra fértil",80 del "árbol bueno [que] da frutos
sanos"81 hablan de una
potencialidad de la especie humana que ha sido cultivada y educada por Dios
desde los albores del tiempo como la finalidad y vanguardia del proceso creador.
El trabajo continuo de paciente cultivo es la tarea que Bahá’u’lláh ha
encomendado al conjunto de aquellos que Le reconocen y abrazan Su Causa. No es
de extrañar, entonces, el elevado lenguaje en que habla de tan grande
privilegio: "Sois las estrellas del cielo del entendimiento, la brisa que sopla
al amanecer, las mansas aguas de las cuales debe depender la vida misma de todos
los hombres...".
82
El
proceso contiene dentro de sí la seguridad de su cumplimiento. Para los que
tienen ojos para ver, la nueva creación emerge hoy día por doquier, de la misma
forma que una planta de semillero llega a ser con el tiempo un árbol fructífero,
o un niño se convierte en adulto. Las sucesivas dispensaciones de un Creador
amoroso y resuelto han llevado a los habitantes de la tierra al umbral de su
llegada colectiva a la madurez como un solo pueblo. Bahá’u’lláh llama ahora a la
humanidad a hacerse cargo de su herencia: "Lo que el Señor ha dispuesto como el
remedio supremo y el instrumento más poderoso para la curación de todo el mundo
es la unión de todos sus pueblos en una sola Causa universal, una misma
Fe".83
REFERENCIAS
1. Bahá’u’lláh hace referencia a la antigua historia persa y árabe de Majnún y Laylí, The Seven Valleys and The Four Valleys (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1991), p. 6.
2. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh (en prensa), sección LXI.
3. Ibíd. sección XVI.
4. Tablas de Bahá'u'lláh reveladas después del Kitáb-i-Aqdas (Barcelona: Arca, 2002), p. 40.
5. Pasajes, sección XVII.
6. Bahá'u'lláh, Epistle to the Son of the Wolf (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1988), p. 133.
7. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Íqán (Terrassa: Editorial Bahá'í de España, 1995), párrafo 216.
8. Ibíd.
9. Ibíd., párrafo 104.
10. Ibíd., párrafo 106.
11. Pasajes, sección XXII.
12. Oraciones y meditaciones de Bahá'u'lláh (Barcelona: Arca, 2002), CLXXX.
13. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección XXVII.
14. Ibíd. CIX.
15. Ibíd. LXXXI.
16. Julian Huxley, citado por Pierre Teilhard de Chardin, The Phenomenon of Man (Londres: William Collins Sons & Co. Ltd., 1959), p. 243. Véase también Julian Huxley, Knowledge, Morality, and Destiny (Nueva York: Harper & Brothers, 1957), p. 13.
17. Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh: Selected Letters (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1991), p. 35. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA, 1973).
18. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección LXXVIII.
19. Ibíd., sección CXXXII.
20. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Aqdas: El Libro Más Sagrado (Barcelona: Arca, 2003), párrafo 182.
21. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Íqán, párrafo 4.
22. Ibíd., párrafo 8.
23. Ibíd., párrafo 13.
24. Ibíd., párrafo 14.
25. S. Mateo 13.25, versión de J. Straubinger.
26. Ibíd., 13.29-30.
27. El Corán, sura 7, versículo 33, versión de J. Vernet (Barcelona: Círculo de Lectores, 2002).
28. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Aqdas, párrafo 99.
29. El llamamiento del Señor de las Huestes (en prensa); Tablets of Bahá’u’lláh (Haifa: Bahá’i World Centre, 2002), párrafo 126.
30. Bahá'u'lláh, citado en Shoghi Effendi, The Advent of Divine Justice (Wilmette: Bahá'í Publishing Trust, 1990), p. 79. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA, 1972).
31. Isaías 45.5.
32. Timoteo 1.17.
33. El Corán, sura 3, versículo 73.
34. Ibíd. sura 2, versículo 177.
35. S. Mateo 5.13.
36. Ibíd. 5.14.
37. Miqueas 6.8.
38. S. Juan 14.6.
39. El Corán, sura 24, versículo 35.
40. Génesis 17.7.
41. Bhagavad-Gita, capítulo IV.
42. Deuteronomio 34.10.
43. S. Juan 5.45-47.
44. El Corán, sura 2, versículo 136.
45. The Promulgation of Universal Peace: Talks Delivered by ‘Abdu’l-Bahá during His Visit to the United States and Canada in 1912, edición revisada (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1995), p. 326. Existe versión en español: La promulgación de la paz universal (Buenos Aires: EBILA, 1991).
46. S. Juan 1.10.
47. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CVI.
48. Abraham Lincoln, citado en Inaugural Addresses of the Presidents of the United States (Washington, D.C.: U.S. Government Printing Office, 1989).
49. El Corán, sura 21, versículo 104.
50. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Aqdas, párrafo 5.
51. El Llamamiento del Señor de las Huestes (en prensa), párrafo 174.
52. Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, p. 204.
53. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, p. 192.
54. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CVI.
55. Tablets of Bahá'u'lláh, p. 129.
56. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The World Order of Bahá’u’lláh, pp. 202–203.
57. Bahá’u’lláh, citado en Shoghi Effendi, The Advent of Divine Justice, p. 84.
58. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección CXXXII.
59. ‘Abdu’l-Bahá, The Secret of Divine Civilization (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1990), p. 96. Existe versión en español (Buenos Aires: EBILA, 1986).
60. Selections from the Writings of 'Abdu'l-Bahá (Haifa: Bahá’í World Centre, 1997), p. 256. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA, 1987).
61. Bahá’u’lláh, de una Tabla anteriormente no traducida.
62. Will and Testament of ‘Abdu’l-Bahá (Wilmette: Bahá’í Publishing Trust, 1944), p. 25. Existe versión en castellano (Buenos Aires: EBILA, 1973).
63. Bahá'u'lláh, El Kitáb-i-Íqán, párrafo 213.
64. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección VII.
65. El Llamamiento del Señor de las Huestes, párrafo 126.
66. S. Juan 10.16. Versión de L. A. Schökel.
67. El Corán, sura 39, versículo 69. Versión no publicada del Panel Internacional de Traducción.
68. S. Mateo 6.10. Versión de Straubinger.
69. El Corán, sura 85, versículo 2. Versión de J. Cortés.
70. Apocalipsis 21.2. Versión de L. A. Schökel.
71. Ibíd., 31.12. Versión de Straubinger.
72. Isaías, 2.2.
73. Ibíd., 3.15.
74. Daniel, 12.9.
75. Isaías, 62.2.
76. El Corán, sura 21, versículo 104. Versión de J. Cortés.
77. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección IV.
78. S. Lucas, 17.21. Versión no publicada del Panel de Traducción.
79. S. Mateo, 21:33. Versión de Straubinger.
80. Ibíd., 13.23. Versión de Schökel.
81. Ibíd. 7.17. Versión de Straubinger.
82. Pasajes de los Escritos de Bahá'u'lláh, sección XCVI.
83. Ibíd., sección CXX.
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