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11-S: UN AÑO DE CONSTRUCCIÓN DEL IMPERIO
James Petras
21 de agosto del 2002
En el año desde el 11-S la administración
Bush ha esta empeñada en un masivo segundo esfuerzo por imponer un Nuevo Orden
Mundial, lo que Bush padre había intentado después de la Guerra del Golfo de
1991 una década antes. Para comprender el esfuerzo de la actual administración
por construir el imperio es esencial ubicarlo históricamente, particularmente
en el contexto de la década anterior y del fracasado intento del padre de Bush
y los limitados avances imperiales de la presidencia de Clinton.
La
segunda parte del ensayo presentará un marco teórico y analítico para
comprender las particularidades de la construcción del imperio en el nuevo
milenio, particularmente el gran ímpetu que se le dio en el año después del
11-S. Esta sección será seguida por una discusión de los nuevos temas y
objetivos estratégicos enunciados y su aplicación a regiones específicas. Esto
requiere entrar en detalles sobre las interrelaciones entre la construcción del
imperio y las particularidades del régimen de Bush y la naturaleza cambiante
del capitalismo de EE.UU. Esta sección conclusiva se concentrará en las
contradicciones políticas y económicas internas del segundo esfuerzo por crear
un Nuevo Orden Mundial así como el nuevo contexto internacional,
particularmente los conflictos con aliados-competidores en la Unión Europea y
los movimientos populares de masas en América Latina, el Oriente Próximo y
Europa.
Contexto histórico para los cambios un año después
del 11-S
La clave
para comprender los cambios en el año desde el 11-S es el segundo esfuerzo por
construir un Nuevo Orden Mundial, el que Bush (padre) y el régimen de Clinton
conceptualizaron pero no pudieron imponer con éxito.
El Nuevo
Orden Mundial I, según un documento de estrategia de alto nivel preparado para
funcionarios superiores de la Administración de Bush (padre) preveía un mundo
en el que EE.UU. podría dominar a sus aliados europeos y japonés, aislar a sus
adversarios y sostener a sus regímenes clientes. EE.UU. sería la potencia
mundial indiscutida, capaz de asegurar un control absoluto sobre los recursos
estratégicos y un sitio privilegiado en el mercado mundial ("Guías para la
Planificación de la Defensa en los Años Fiscales 1994-1999" New York
Times, 8 de marzo de 1992, p.14). Escrito durante el primer arrebato por la
victoria militar en la Guerra del Golfo, el documento proyectaba la coalición
militar coyuntural dominada por EE.UU. como la base para una construcción del
imperio estable, a largo plazo. Como era predecible ("Imperio o
República", Petras y Morley, 1995), el Nuevo Orden Mundial no se
concretizó. La alianza de tiempos de guerra se debilitó, los boicots de los
adversarios se debilitaron, y aunque el imperio avanzó en los Balcanes, fue
desafiado en el Oriente Próximo, en América Latina y en las calles de Europa y
de EE.UU. Irak fue aceptado en los consejos pan-islámicos y en la OPEC,
mientras la mayor parte de Europa, y prácticamente todos los países árabes y
musulmanes se oponían a la agresión militar de EE.UU. Irán y Libia
desarrollaron relaciones diplomáticas y lazos económicos con Europa, con los
países del Oriente Próximo, África y Japón. La Unión Europea mejoró su posición
competitiva penetrando Europa Oriental y Rusia, sobrepujando a las firmas de
EE.UU. en América Latina y en el Oriente Próximo, mientras el capital chino de ultramar
obtenía una gran porción del mercado chino. Las protestas internacionales que
comenzaron en Seattle y se expandieron por todo el mundo, cuestionaron la
Organización Mundial de Comercio dominada por EE.UU. y Europa, y sus planes de
repartirse la economía mundial. Incluso en EE.UU., el público rechazó a Bush y
su visión de un "Nuevo Orden Mundial" (NOM), votando por Clinton,
pensando erróneamente que se pondría a reconstruir (en lugar de destruir) la
red de seguridad social. En lugar de un NOM centrado en EE.UU., el público y
los movimientos de masas presionaron con éxito a favor de controles
internacionales de la contaminación corporativa, por restricciones en el uso de
minas terrestres, por acuerdos de desarme y por limitaciones a la explotación
corporativa de la mano de obra del Tercer Mundo. La Intifada palestina, el
avance de las guerrillas colombianas y la crisis en los estados clientes
neoliberales debilitaron aún más la noción de un NOM. Internamente, el crack de
la economía especulativa, sobre todo el del sector de la tecnología de la
información a principios del siglo XXI, ciertamente debilitó la atracción y
centralidad de EE.UU. como un bastión para inversionistas. Aunque Clinton pudo
expandir el Imperio hacia los Balcanes con la guerra contra Yugoslavia,
conquistar Kosovo, y dominar Macedonia, y al hacerlo recrear una coalición
bélica dirigida por EE.UU. los logros tuvieron lugar en regiones no
estratégicas con más significación geo-militar que económica.
El 11-S
fue el punto de partida para un relanzamiento de la segunda versión del NOM.
Las diferencias entre el NOM I y II, se encuentran en las "lecciones"
sacadas por los estrategas del fracaso del primer intento y de los escritos de
Brzezinski (Brzezinski 1997). Muchos de los miembros del equipo de Bush padre
se encontraron en la segunda administración Bush. Las principales lecciones
extraídas por los constructores del imperio del fracaso anterior, fueron que no
se puede asumir la lealtad de los aliados, que la anterior Guerra del Golfo no
fue bastante lejos (la conquista de Bagdad, la ocupación de los pozos
petrolíferos –la total colonización directa) y que la guerra había sido
demasiado "localizada" y "limitada en el tiempo". Al lanzar
el nuevo proyecto de construcción del imperio, la administración Bush tomó
pasos decisivos para destruir todas las restricciones en el ejercicio del
poder, acusando a los tratados internacionales y a la legislación de los
derechos humanos del fracaso del NOM I. De manera sistemática, en los meses
antes del 11-S, y del lanzamiento de NOM II, la administración Bush abrogó el
Acuerdo de Kyoto, el acuerdo antimisiles, la Corte Internacional y numerosos
otros acuerdos. El propósito de esas acciones unilaterales fue crear
condiciones óptimas para favorecer a las compañías multinacionales de EE.UU.,
emprender guerras de conquista y expandir las operaciones militares. Existían
varios factores restrictivos internos que debían ser superados para poder
lanzar el NOM II. La administración Bush era una presidencia minoritaria –basada
en un recuento dudoso de votos. La economía interior estaba sumida en una
recesión. El mercado de valores estaba cayendo y el déficit comercial crecía.
Contra esto, la administración Bush podía contar con el precedente de las
Guerras de los Balcanes de Clinton, racionalizadas como Intervención
Humanitaria, como un elemento para montar nuevas invasiones militares. En
segundo lugar, se podía contar con el influyente lobby israelí, sólido en su
respaldo al régimen ultraderechista de Sharon, para respaldar todo ataque
militar de EE.UU., particularmente contra todo régimen árabe o musulmán que
tuviera una actitud crítica hacia Israel. Además, el uso del
"antiterrorismo" por Sharon para justificar su masivo terrorismo de
estado, coincidía maravillosamente con la estrategia de construcción del
imperio de Washington.
El NOM
II necesitaba un evento disparador que superara las restricciones internas,
traumatizara a los aliados llevándolos a la subordinación, y justificara la
intervención militar de EE.UU.: el 11-S iba a la perfección. A través de una
habilidosa imaginería mediática, repetida interminablemente en todo el mundo,
un incidente terrorista localizado fue transformado en un evento de importancia
mundial –el que por su parte fue utilizado como la base para lanzar una
verdadera cruzada militar mundial, cuyo objetivo en última instancia era el NOM
II. El 7 de octubre de 2001, fue lanzado el nuevo, más virulento, proyecto de
construcción del imperio. Afganistán fue bombardeado basándose en argumentos
tendenciosos: que los terroristas del 11-S fueron dirigidos por Bin Laden y Al
Qaeda, y que Afganistán, el país en el que residía, era responsable en última
instancia. El pedido de negociaciones de Afganistán, y su oferta de entregar a
Bin Laden a EE.UU. si se suministraba evidencia, fueron rechazados
categóricamente. El NOM II no podía preocuparse de simples ofertas razonables
cuando había una razón superior: una empresa de construcción de un imperio
mundial.
Los
medios de propaganda de masas jugaron un papel importante en el apoyo del NOM
II –un esfuerzo profundamente ideológico. Desde el momento en que la
administración Bush anunció una "guerra antiterrorista" sin fin
contra una conspiración terrorista mundial que amenazaba a cada vehículo de
transporte, público o privado, a cada una y a todas las ciudades, pueblos o
aldeas, los medios de masas en todo sitio ampliaron y repitieron el mensaje. El
presidente Bush fue transformado de un Presidente minoritario al padre y
protector de la Nación, con el derecho de limitar las libertades, de gastar
sumas interminables para los militares y la inteligencia y de emprender una
guerra ilimitada.
Los
eventos del 11-S aseguraron efectivamente la ascendencia de los constructores
militares del imperio sobre la política exterior y la preeminencia de los
capitalistas compinches personificados por Enron en la política interna.
Marco teórico y analítico
El
imperialismo, escribió Lenin, es la etapa final del capitalismo, en la que
gigantescas fusiones entre carteles en competencia, de banqueros e
industriales, crearían el marco para una confrontación final entre el capital y
el trabajo en el escenario mundial. La economía política mundial desde el 11-S
muestra algunas de las características fundamentales descritas por el revolucionario
ruso, muchas resultantes de tendencias históricas en gran escala precedentes al
evento terrorista. La dificultad metodológica para discutir las estructuras,
políticas y eventos resultantes, un año después del 11-S es precisamente
reconocer cuánto de lo que emergió "en toda su extensión" en el año
desde el 11-S había estado presente en una forma menos virulenta durante las
últimas décadas. Es importante, al evaluar y analizar la naturaleza y los
procesos desde el 11-S, anotar esas continuidades en los procesos y estructuras
como una medida para poder comprender el año pasado.
Para
comenzar, desde el fin de la II Guerra Mundial, Washington expandió su
presencia militar, económica y política en todo el mundo a través de sus
corporaciones multinacionales, sus bancos, sus intervenciones militares,
guerras y bases. La expansión imperial no fue un proceso linear, más bien fue
un período de frena y avanza, de ímpetu agresivo y de retirada (temporal)
obligada.
La
década que precedió al 11-S combinó una aleación explosiva de conquistas
militares, guerras, expansión especulativa en gran escala, saqueo, y una
reducción relativa en la influencia político-diplomática en sectores clave de
la economía mundial.
Aunque
Washington pudo controlar el espacio aéreo iraquí y un tercio de su territorio
a través del régimen cliente kurdo, no pudo derrocar o aislar al régimen de
Sadam Hussein. Irak recuperó su posición en las organizaciones internacionales
–OPEC, las organizaciones islámicas, sus relaciones con muchos estados del
Golfo vitales –y relaciones comerciales abiertas o apenas
"encubiertas" con multinacionales europeas, medio-orientales o
incluso de propiedad estadounidense. La misma disminución de la influencia de
EE.UU. se hizo evidente en los casos de Irán, Libia, Sudán y Palestina –cada
país o rompió el boicot de EE.UU., o en el caso de Palestina se lanzó a una
importante confrontación con Israel, el principal aliado de EE.UU. en la
región. Grupos armados islámicos se lanzaron también en exitosos ataques contra
importantes objetivos diplomáticos y militares de EE.UU. en el Subsahara
africano y en el Oriente Próximo. EE.UU., por su parte, progresó en su
presencia en los Balcanes, conquistando Kosovo y estableciendo regímenes
clientes en Macedonia y en Yugoslavia serbia. Claramente, el imperio de
Washington se expandía en áreas militares estratégicas y perdía terreno en las
regiones económicas estratégicas.
América
Latina siguió siendo un terreno en disputa. Casi todos los regímenes eran
clientes leales de EE.UU. facilitando y promoviendo el saqueo en gran escala y
a largo plazo, mientras al nivel sub-nacional, los movimientos de clase y
anti-imperialistas nacionales, y los movimientos étnicos de clase iban ganando
en fuerza, particularmente en Colombia, Argentina, Bolivia y Venezuela. En este
último caso, la política exterior nacionalista del Presidente Chávez,
particularmente importante como un vital proveedor de petróleo de EE.UU.,
atrajo la atención especial de los expertos en desestabilización de Washington.
Internamente,
severas tensiones económicas y crisis de legitimidad política, debilitaron los
fundamentos del imperio global. La burbuja especulativa reventó y la
"nueva economía" entró en una aguda declinación llevándose cientos de
miles de millones de dólares en pérdidas de los inversionistas. Las elecciones
de 2000 fueron decididas por el fraude electoral y por una decisión judicial
partidaria, entregando la victoria a un presidente minoritario sin mandato para
gobernar. La ilegitimidad de la Presidencia fue un problema serio en la
administración y expansión del imperio. Las limitaciones políticas y económicas
internas de la construcción del imperio –un mandato presidencial débil y una
economía severamente debilitada y recesiva –iban en sentido contrario a la ideología
ultra de construcción del imperio de las principales voces en la administración
Bush -Rumsfeld, Cheney, Wolfowitz, Rice, etc. Existía la obvia necesidad de un
dramático "evento disparador" que permitiera que el régimen de Bush
superara esas limitaciones internas y relanzara la visión de su padre de un
Nuevo Orden Mundial dominado por EE.UU.
Ese
evento fue el 11-S y las circunstancias que lo precedieron indican que hubo
amplio conocimiento previo entre los aliados y los principales funcionarios de
la administración Bush de que se estaba preparando un importante ataque contra
instalaciones de EE.UU.
Los
eventos y las reacciones de EE.UU. al 11-S reavivaron la visión de un Nuevo
Orden Mundial, y resultaron en medidas políticas internas y exteriores de gran
repercusión. Se aprendieron tres lecciones del intento fracasado del padre de
Bush. La construcción del imperio no se puede basar en decisiones compartidas
con aliados europeos y asiáticos. Sólo la toma unilateral de decisiones
construirá un único imperio de EE.UU. En segundo lugar, un imperio mundial
requiere guerras continuas, sin límites en el tiempo o el espacio, que lleven a
la conquista y a la ocupación, y no simplemente a la derrota militar de un
adversario (como la derrota de Hussein por Bush padre), que puede renacer de
las cenizas. Era necesario elaborar una ideología que movilizara un continuo
apoyo público para la guerra permanente para evitar el reflujo del apoyo y la
vuelta de la atención pública a la crisis interna y al descrédito del régimen
–como sucedió con Bush padre después de la Guerra del Golfo, y su derrota
electoral durante la recesión de 1991-1992 (Furedi 1994).
Hay dos
tipos de atractivos imperiales; uno que moviliza la identificación pública con
el imperio, basado en la superioridad racial o nacional, y el otro, las
oportunidades coloniales de empleo en ultramar, como sucediera durante el
colonialismo europeo del siglo XIX y de principios del siglo XX. La segunda
ideología imperial destinada a asegurar apoyo interno no se basa tanto en la
afirmación nacional como en la paranoia nacional, cultivada e impulsada por el
estado y ampliada por los medios de masas. La campaña de propaganda
antiterrorista del régimen de Bush, se concentra en una conspiración terrorista
mundial que está siempre a punto de atacar cualquier sitio en EE.UU. (o en el
extranjero), a todo individuo, en cualquier momento. Ha servido para unir al
país tras el proyecto de construcción permanente del imperio mundial.
Toda una
serie de instituciones, la Seguridad Interior, los decretos del estado
policial, la legislación ejecutiva y parlamentaria (la Ley Patriota) y amplios
aumentos en los gastos militares, de inteligencia y policiales para la
vigilancia y el control, han creado un sentido generalizado de masiva inseguridad
y de voluntad pública de apoyar las nuevas medidas autoritarias y la
intervención militar en el extranjero. El terror psicológico interno es
reforzado por ataques generalizados y arbitrarios contra instituciones
islámicas internas y contra inmigrantes árabes o individuos árabes
estadounidenses –"demostrando" a un público atemorizado que los
terroristas están cerca.
Los
cambios políticos desde el 11-S destacan algunas de las principales características
subyacentes a la cultura política y las instituciones de EE.UU. –la reaserción
de la Presidencia Imperial de la era de la Guerra Fría, un estilo paranoide de
política reminiscente de la era de McCarthy-Truman, un expansivo aparato
arbitrario de estado policial similar al de la era de J. Edgar Hoover y una
ideología de guerra permanente comparable a las cruzadas mundiales
anticomunistas del medio siglo pasado. Lo que es único en este año y el pasado,
es la combinación de todas estas características en el breve período de un año
y su contexto –un período de profundización de la crisis económica y de una
creciente pérdida de aliados políticos.
Imperio: Estrategia militar y fundamentos
económicos
El
imperio comienza con la conquista militar y/o política, pero en última
instancia se basa en la economía. El actual esfuerzo por construir un imperio
mundial se basa en fundamentos frágiles y en un concepto militar voluntarioso
en el que los costos militares iniciales son más que compensados por los beneficios
económicos finales. El ultra voluntarismo del régimen de Bush se encuentra en
la posición unilateralista, en la ruptura de numerosos tratados internacionales
y en la exigencia de impunidad para sus soldados, espías y funcionarios
públicos que cometen crímenes de guerra en su esfuerzo por construir el
imperio. El impulso militar en busca del poder mundial ha deformado severamente
la economía interna y externa de EE.UU., provocando un inmenso déficit
presupuestario para equilibrar los insostenibles déficits de la deuda externa,
y debilitando severamente el dólar. La doctrina del terrorismo genera una huída
en gran escala del dólar, junto con otras causas.
Los
efectos estructurales más profundos son una economía en baja, una reducción
drástica de los fondos de pensión de EE.UU. y el empobrecimiento de decenas de
millones de jubilados presentes y futuros. La construcción del imperio es
acompañada por la profundización de las desigualdades. La expansión de la
capacidad para la guerra en tiempos de contracción de la base económica,
aumenta el malestar interior. La "voluntad de poder" mundial de Bush
no puede ser sostenida en el contexto de inmensas pérdidas de recursos
financieros por la mayoría de la clase media y de la clase trabajadora mejor
remunerada. Los medios de masas han aceptado abiertamente el papel de
propagandistas principales de las diferentes campañas del régimen: propagar la
idea paranoide de que el-terrorismo-está-por- todas-partes, propaganda sin
crítica de la visión imperial del mundo del régimen y defensa de todos los
clientes autoritarios del imperio. Al mismo tiempo los medios de masas se han
visto obligados a tomar posición contra los corruptos capitalistas- compinches
ligados al régimen de Bush, disminuyendo la credibilidad de la administración y
su capacidad de movilizar el apoyo público para nuevas empresas imperiales.
Imperio – Costos y beneficios
La
pregunta de quién se beneficia y quién pierde con la construcción del imperio
no es fácilmente respondida –por lo menos desde la perspectiva del desarrollo a
largo plazo, en gran escala.
A
primera vista, la administración Bush se benefició con la Guerra Afgana y la
campaña antiterrorista. La popularidad del régimen aumentó, se extendieron las
bases militares, se impuso una legislación represiva, se lograron amplios
presupuestos militares y se aporreó a los aliados hasta que se sometieron. Sin
embargo, a mediano plazo muchos de estos beneficios aparentes tienen un
poderoso lado negativo. El presupuesto pasó a registrar cifras negativas, casi
200.000 millones de dólares de un superávit anterior; el financiamiento de la
guerra y del terrorismo hicieron poco por aumentar la competitividad de EE.UU.
en los mercados del mundo, resultando en otro déficit comercial insostenible de
cerca de 500.000 millones de dólares, y en la caída del dólar y una disminución
aguda en el ingreso de esenciales inversiones extranjeras. El fracaso económico
de la administración Bush y su incapacidad de mejorar la posición competitiva
de las industrias locales llevó a un agudo aumento en las medidas
proteccionistas y en los subsidios agrícolas, que contrarió a aún más
competidores europeos y del Tercer Mundo y puso en duda el compromiso de EE.UU.
hacia el libre comercio, debilitando así la posición de sectores más competitivos
de la economía de EE.UU. El intento ulterior del Congreso de imponer impuestos
por miles de millones a dólares a subsidiarias de propiedad extranjera
(europea) y de utilizar los fondos para favorecer a firmas de EE.UU., ha
llevado a amenazas de la Unión Europea de que podría finalizar la inversión de
multinacionales de la UE, causando un colapso del dólar. Finalmente, la campaña
paranoide de propaganda de Washington ha llevado a la inseguridad general de
los inversionistas y a la huída del capital extranjero a refugios más seguros
fuera de EE.UU. Las llamadas campañas anti- terror y los estrictos controles
previstos sobre el lavado de dinero amenazan con socavar importantes
transacciones financieras en el extranjero y debilitar el sistema bancario.
Además,
los lazos entre la administración y los principales directores generales en la
industria energética basada en Texas –un claro ejemplo del capitalismo de
compinches- y el masivo fraude y el colapso de Enron y de otros gigantes de la
energía ha afectado adversamente la confianza de los inversionistas y a
millones de pensionistas. El doble fenómeno del corrupto capitalismo de
compinches y de la política de guerra permanente ha debilitado los pilares del
imperio de EE.UU. y a la administración Bush.
A
mediano plazo, los costos económicos y políticos de la construcción del imperio
tienen más peso que las ventajas políticas a corto plazo. La administración
Bush ha apostado por el "gran juego" para establecer a EE.UU. como
centro de un Nuevo Imperio Mundial. Los principales planificadores y estrategas
han proyectado su futura expansión y conquista sobre la base de sus primeros
progresos (Afganistán, Asia Central), basándose en resultados positivos en
áreas marginales de la economía mundial, y haciendo un cálculo militar de
enfoque limitado, privado de todo conocimiento estratégico de cómo funciona la
economía mundial y cómo EE.UU. depende de centros económicos externos.
El
criterio del éxito de los constructores del imperio está edificado casi
exclusivamente alrededor del logro de los siguientes objetivos: 1) Cambiar la
agenda del mundo: En los meses precedentes al 11-S en Europa y en el resto del
mundo había claras señales de un deterioro de la influencia de EE.UU., un
aumento de la oposición popular al capital europeo y de EE.UU. y un aumento de
la disposición de gobiernos del Tercer Mundo a romper los boicots de EE.UU.
contra específicos países del Oriente Próximo (Irak, Irán, Siria y Libia) y
Cuba. Dentro de la preocupación pública por los costos médicos y farmacéuticos,
el crack de la burbuja especulativa de la tecnología de la información y las
inmensas pérdidas de ahorros, aumentaron la presión para una acción del
Congreso. La tendencia hacia la regulación del poder corporativo, el control de
los precios de los medicamentes y, en general, a concentrar la atención del
gobierno sobre la reforma social, se encontraba claramente en aumento. La
reacción de la administración Bush al 11-S fue específica y abrumadoramente de
enterrar la emergente agenda anticorporativa y social en beneficio de una
definición militarista- policial-bélica de la economía política mundial. Bajo
una incansable campaña de propaganda orquestada y amplificada a todos los
niveles del gobierno, a través de medios de masa homogéneos, la administración
Bush pudo llevar el debate público de los fracasos del capital especulativo a
las amenazas del terrorismo; de la asignación de fondos para la salud y los
medicamentos a vastos aumentos en los gastos militares y de seguridad, de la
reforma corporativa interior a las guerras externas; de las inversiones en la
revitalización de la economía productiva a los gastos estatales en una vasta
nueva red de bases militares en los Balcanes, en Asia Central, en las
Filipinas, el Oriente Próximo y América Latina.
La
definición militar de la realidad condujo a vastos aumentos en ventas y
beneficios para el complejo militar industrial. El Financial Times intituló un
artículo "El sector de defensa de EE.UU. embolsa por la guerra de Bush
contra el terrorismo" (FT, 18 de julio de 2002, p.16). La reforma
corporativa fue enterrada al cultivar los miembros de la administración Bush y
dirigentes del Partido Demócrata como el senador Joseph Lieberman la histeria
sobre inminentes ataques terroristas. A corto plazo la definición
militar-terrorista de la política mundial favoreció a Washington por varias
razones. EE.UU. estaba muy preparado e interesado en ampliar su poder global
mediante redes militares y de inteligencia, bases militares y regímenes
clientes represivos autoritarios. En segundo lugar, el síndrome de la histeria
del terror y la campaña de propaganda de masas llevaron a la administración
Bush de su estatus minoritario a una "presidencia masivamente
popular" y crearon la ilusión de un gobernante superior adecuado para
dirigir al pueblo estadounidense (y al resto del mundo) en una campaña global
contra los terroristas.
Al
manipular al máximo la amenaza del terror, el régimen de Bush declaró
simultáneamente la guerra y promovió una serie de leyes antiterroristas que
socavaron la mayor parte de los derechos democráticos garantizados por la
Constitución. La legislación represiva y la propaganda de masas, por su parte,
llevaron a la capitulación de numerosos intelectuales y celebridades
progresistas y su aceptación de la invasión afgana y de las definiciones
globales del terror.
La
definición militar de la política mundial se extendió a todos los foros y
reuniones internacionales y dominó las agendas, subordinando temporalmente
todos los temas socio-económicos y los conflictos regionales a la campaña
antiterrorista. Al determinar la agenda, Washington pudo impulsar su expansión
militar y política y subordinar a sus "aliados" en Europa y el Tercer
Mundo a su proyecto de dominación global, a la que se refiere eufemísticamente
como "liderazgo mundial".
La
administración Bush utilizó el 11-S para enfatizar en particular la amenaza
terrorista a EE.UU. y, por ello, el derecho a actuar unilateralmente tomando
acción militar y rompiendo tratados internacionales. En los meses precedentes
al 11-S el régimen Bush ya había indicado su posición unilateralista en un
intento desesperado por lograr ventajas comparativas para el declinante negocio
de EE.UU. (renegando del acuerdo de Kyoto) y aumentando los gastos militares
(renegando del acuerdo antimisiles) para promover su industria aeroespacial.
Sin embargo, con el 11-S la administración Bush combinó una mayor intervención
estatal a varios niveles: una mayor intervención de los militares y de la
inteligencia, un aumento del control del estado en la sociedad de EE.UU. a
través de la Ley de Seguridad Interior, un incremento del proteccionismo
estatal (acero) y de los subsidios (agricultura) para favorecer a los
capitalistas de EE.UU. contra la competencia mundial. El imperio militar-mercantilista
sólo podía ser construido unilateralmente ya que afectaba adversamente a
aliados y competidores. El antiterrorismo, después del 11-S, se convirtió en el
instrumento político para llevar una acción unilateral del estado a ser el
factor dominante en la definición del proyecto de construcción del imperio de
Washington. Fueron violados acuerdos comerciales a diversos niveles, la
Organización Mundial de Comercio fue ignorada, y la OTAN fue marginada al
avanzar Washington tras la bandera de la guerra contra el terrorismo.
Las
reglas, acuerdos y tratados que gobernaban las relaciones entre EE.UU. y
Europa, Rusia y el Tercer Mundo fueron cambiados radicalmente. Con Europa, los
hechos consumados reemplazaron a la consulta. La Corte Penal Internacional firmada
por la UE no se aplicaría a los soldados de EE.UU. Continuarían siendo impunes
ante las acusaciones de crímenes contra la humanidad. Es lógico: ¿quién ha oído
hablar de un imperio construido sin genocidio y crímenes militares contra
no-combatientes? EE.UU. amenazó con retirar sus tropas de Bosnia y junto con
ello formuló la amenaza implícita de dar rienda suelta a sus clientes islámicos
bosnios, y engolfar a la UE en una Guerra de los Balcanes. Europa capituló. En
el Oriente Próximo, el apoyo incondicional de Bush a la guerra genocida de
Sharon debilitó todo esfuerzo de una mediación de la UE o de estados árabes
clientes. Ningún pretexto de consultas, sólo imposiciones y rechazos amistosos
de dignatarios políticos aliados.
En el
caso de Rusia, la administración Bush simplemente desgarró el acuerdo
antimisiles basándose en que Rusia se había convertido en una potencia de
tercera categoría y en que Putin era un cliente bien dispuesto a la espera de
llegar a acuerdos económicos para sus aliados de la mafia en la industria del
petróleo ("La compañía de Cheney ganó 3.800 millones de dólares en
contratos del Gobierno", The Observer, 21 de julio de 2002).
En el
Tercer Mundo, Washington aumentó su apoyo a gobernantes autoritarios no-
elegidos y organizó golpes para expandir su imperio militar, político y
petrolero. El régimen de Bush apoyó a la dictadura de Musharaf en Pakistán, a
los regímenes no- elegidos en las Filipinas, Indonesia y Argentina, a un golpe
militar-derechista fracasado en Venezuela (cuyo primer acto fue disolver todos
los cuerpos elegidos y judiciales), y respaldó a un prominente partidario de
los escuadrones de la muerte colombianos como Presidente. En otros países, la
administración Bush realizó una intervención flagrante en el proceso electoral,
en esfuerzos por imponer a candidatos dóciles. En Bolivia, el embajador de
EE.UU., Rocha, amenazó con cortar la ayuda de EE.UU. y cerrar el mercado de
EE.UU. si el electorado votaba por el dirigente campesino- indígena Evo
Morales, un tiro que salió por la culata, ya que Morales duplicó su votación en
las dos últimas semanas de la campaña. En Palestina, el Secretario de Estado
Powell, llamó a la suplantación de Arafat y a la instalación de un nuevo
gobernante cliente. En todas las regiones del Tercer Mundo, Washington utilizó
la amenaza del terrorismo para instar a la adopción de nuevas leyes represivas
duras, al establecimiento de bases militares de EE.UU. y de aparatos
policiales-militares "antiterroristas" especiales, la mayor parte de los
cuales fueron utilizados para reprimir los movimientos populares. La doctrina
"antiterrorista" sirvió para "legitimar" la intervención en
todo el mundo y para abolir los derechos democráticos. Las principales figuras
de esta ola de autoritarismo en Europa Occidental, fueron el Primer Ministro
Tony Blair de Gran Bretaña y el Presidente Aznar de España- Blair eliminó
convenciones legales de hace 800 años, que prohibían el segundo procesamiento
por el mismo delito y el derecho a un juicio rápido, basado en evidencia, (ahora
las habladurías y la información sobre antecedentes criminales son consideradas
legales en el juicio de un sospechoso).
El
aumento del autoritarismo en el Este y en el Tercer Mundo se relaciona
estrechamente con el colapso económico del neoliberalismo y la incipiente
crisis política. Los movimientos populares han identificado crecientemente al
FMI como un instrumento de los banqueros y especuladores occidentales y sus
contrapartes locales. La capacidad del FMI y de otras IFIs (Instituciones
Financieras Internacionales) de "disciplinar" (imponer medidas para
redistribuir la riqueza hacia arriba y hacia fuera) a la mayoría de la
humanidad ha sido debilitada. Los regímenes clientes, en algunos casos, como en
Argentina, han sido derribados o han sido puestos en peligro, (como en Brasil).
Ante la
baja de los mercados, la deflación de la actividad especulativa, y el aumento
de la competencia entre la UE, Japón y el sudeste asiático, Washington ha
tratado de utilizar la doctrina de la seguridad nacional para apuntalar a
estados neoliberales fracasados (la doctrina del nuevo imperialismo) y para
obtener enclaves dentro de ciudades portuarias estratégicas de Europa
Occidental. EE.UU. ha establecido oficinas de inspección aduaneras en Canadá,
Holanda, Francia y tiene planes de ampliar sus operaciones a países en Asia.
El marco político de la construcción del imperio
desde el 11-S
Las
particularidades del régimen de Bush y de su proyecto de construcción del
imperio le ha conferido una calidad militarista y de falta de liderazgo muy
pronunciadas. En primer lugar, la exagerada representación del sector
energético y de los grupos militares-industriales han incentivado un impulso
decidido para conquistar regiones petroleras estratégicas en Asia Central (Mar
Caspio), Irak, Irán y Libia (el eje del mal determinado por Bush) e instalar un
régimen títere en Venezuela. Los estrechos lazos entre los sectores
capitalistas extractivos y el régimen Bush han sido muy visibles a través de la
presencia de dos figuras centrales: el Vicepresidente Cheney y el Secretario
del Tesoro O'Neil. Los capitalistas extractivos dependen fuertemente de la
intervención política y / o militar para lograr el acceso privilegiado a la
explotación del subsuelo de las naciones, particularmente en el Tercer Mundo.
En
segundo lugar, el régimen Bush ha estado profundamente inmerso en la actividad
clepto-corporativa, cuya estructura y cultura se basan en la propaganda
engañosa, en la concentración del poder ejecutivo, en el saqueo en gran escala
de los inversionistas privados y en la protección estatal (o por lo menos la
tolerancia). No es un régimen de exitosos empresarios ligados a auténticos
innovadores capitalistas. El éxito de sus principales miembros (incluyendo a
Bush, Cheney, y otros) y patrocinadores (Enron, Sun Oil, Halliburton, etc.) se
basa más bien en el fraude, el engaño, y la manipulación bursátil. Rodeado por
cleptócratas practicantes, que saben más de la manipulación del mercado y del
amaño de libros, no es un régimen capaz de competir en los mercados y de
realizar beneficios devengados. El camino al poder económico es la influencia
política, la monopolización y el control. En la economía internacional, a la
elite capitalista cleptocrática le es más fácil conseguir segmentos del mercado
mediante la fuerza militar y dirigentes corruptos, que a través de la calidad
de los productos.
La elite
económica profundamente corrupta y mediocre que rodea e influencia a la
administración Bush es totalmente incapaz de imponer un régimen hegemónico
–debe buscar la dominación a través de la fuerza. El caso paradigmático es la
imposición de EE.UU. del régimen de Karzai en Afganistán, basado en la compra
descarada de delegados en la jerga, el llamado Consejo de Líderes Tribales.
La
tercera característica del régimen Bush es su acentuado carácter regional y los
estrechos lazos corporativos-personales con el capitalismo texano /
capitalista. Por ejemplo, la empresa del Vicepresidente Cheney, Halliburton,
ganó contratos por 3.800 millones de dólares del gobierno (Observer, 21 de
julio de 2002). Si los lazos de Clinton con los estafadores de la tecnología de
la información llevaron al ascenso y al colapso de la burbuja de la
información, de las fibras ópticas, y de la biotecnología, los lazos de Bush
con los felones de la energía y del petróleo y sus cómplices directores
generales en general, han llevado al colapso del valor de las acciones, a la
huída masiva del capital inversionista y a la aguda baja del dólar.
La
cuarta característica de la administración Bush es la falta total de liderazgo
capitalista. En medio de las crisis del dólar, de las inversiones y de la
bolsa, Bush y sus colaboradores son incapaces de iniciativas estructurales para
restañar la salida de cientos de miles de millones de dólares. La vacua
retórica del Presidente, el extravagante optimismo de Greenspan (Presidente del
Banco Central), el retraimiento del Vicepresidente –enfrentando la
investigación del Congreso por amañar los libros- sólo han profundizado las
crisis. Inmerso en el pequeño mundo del uso de información confidencial en la
bolsa de Texas, Bush carece del equipo de apoyo externo para definir una
estrategia económica para confrontar la crisis de las inversiones. Sin
dirección externa, Bush tiene pocos o ningún recurso interno, conocimientos
básicos, habilidad política, o capacidad de organización para reunir un nuevo
equipo para evitar la caída. Los únicos recursos externos que le quedan son su
ministro de la guerra, su máquina bélica, y su aparato represivo. Al
debilitarse el mercado de valores y la verdadera economía y mientras sus
compinches económicos se ponen a cubierto, Bush se basa más en salvar a su
régimen a través de la guerra –un masivo ataque contra Irak y el respaldo
público a la guerra israelí contra los palestinos. Estas particularidades del
régimen de Bush –sus antecedentes capitalistas extractivos y su cultura del
amigote, su inmersión en un medio clepto-corporativo, su falta de una
estrategia política económica frente a las crisis y su dependencia del aparato
de guerra para resolver crisis internas –lo llevan a ver el mundo de una manera
militarista y mercantilista y por lo tanto, a actuar unilateralmente y a exigir
impunidad.
La doctrina Bush
Las
políticas emprendidas por la Administración Bush pueden ser apodadas la
Doctrina Bush, incluso si su formulación e implementación han sido realizadas
por otros, es decir el Secretario de Defensa Rumsfeld, el Vicepresidente Cheney
y el protegido de Rumsfeld, Wolfowitz.
Esencialmente,
la doctrina conceptualiza la construcción del imperio como un proyecto militar,
y con la excepción de preocupaciones económicas estrechas respecto al control
sobre el petróleo y la promoción del complejo militar-industrial, no se otorga
una consideración sistemática a los fundamentos económicos del imperio o a las
consecuencias económicas de los compromisos militares globales.
Hay
pocos elementos en lo que se refiere a la coordinación entre las campañas
militares/antiterroristas y los intereses de las corporaciones multinacionales.
En la base, la Doctrina Bush presume, en gran parte, que un marco militar
global bajo la dominación de EE.UU. asegurará un contexto estable y favorable a
la expansión económica de EE.UU. Una presunción que es totalmente inadecuada
considerando la creciente competencia económica, los costos elevados y
perjudiciales de los gastos militares/antiterroristas (de la Defensa Interna)
sobre la economía y la profundización de la crisis económica interna.
La
Doctrina Bush es esencialmente un proyecto altamente voluntarista de
"voluntad de poder". Voluntarista en varios sentidos
interrelacionados: presume que al proyectar el poder militar puede asegurar el
respaldo interno, imponer el acatamiento y el apoyo euro-asiático e intimidar a
los adversarios. La Doctrina se basa fuertemente en respuestas subjetivas, bajo
la noción de que la realidad objetiva puede ser redefinida, e instrumentalizada
para servir la construcción del imperio de EE.UU.
La
Doctrina Bush (DB) define en este contexto voluntarista, subjetivo y de voluntad
de poder, su concepto clave de la guerra permanente –una guerra no limitada en
el tiempo y en la que el espacio no es cualificado por ningún tipo de
prioridades económicas estratégicas o límites fiscales o financieros internos.
La guerra permanente supone recursos económicos ilimitados e incondicionales,
un permanente apoyo público y aliados/competidores eternamente acomodadizos.
El
segundo concepto clave de la DB es la acción unilateral. Washington no
consultará, negociará, y compartirá el poder o los logros. La naturaleza
altamente voluntarista del unilateralismo es evidente en la noción de que la
creación de hechos forzará el eventual acatamiento de aliados escépticos que en
ese momento serán incorporados para controlar y pagar por el mantenimiento del
territorio conquistado. El unilateralismo es esencialmente imposición
–conquista imperial de adversarios y la sumisión forzada de los aliados
europeos. El unilateralismo es claramente la marca de un imperio basado en los
militares y en la abrogación unilateral de los tratados de desarme y de
limitación en el uso de armamentos. Fue diseñado para dar mano libre a los
militares como la fuerza impulsora de la construcción del imperio. Antes del
11-S fue un instrumento para rechazar acuerdos medioambientales y limitaciones
en el uso de armamentos. Después del 11-S se ha convertido en el modus operandi
de la formulación y la dirección de la política exterior. La invasión y la
conquista de Afganistán fueron una decisión unilateral de EE.UU.; la selección
y el apoyo al régimen títere fueron hechos en Washington. El venidero ataque
militar contra Irak sigue el mismo modelo. La organización y el apoyo al golpe
contra el gobierno constitucional en Venezuela estuvieron exclusivamente en
manos de EE.UU., La OTAN ha perdido su razón de ser ya que implica algún nivel
de consulta con Europa ante los enfrentamientos en ultramar. El nuevo marco
internacional es el total control de EE.UU. y la provisión de fondos y
vigilancia por los estados europeos y clientes.
El
tercer concepto clave es la noción de la impunidad internacional. Los
estrategas militares saben muy bien que la conquista y la ocupación imperial
implican inevitablemente crímenes contra civiles. La nueva doctrina militar
incluye el bombardeo de toda especie viva –la infraestructura de sustentación,
la tortura y la ejecución de prisioneros políticos, la selección de objetivos
civiles en regiones de conflicto y el mantenimiento por la fuerza de un régimen
cliente. El rechazo total y definitivo de Washington de la jurisdicción de la
Corte Penal Internacional de Crímenes de Guerra sobre sus ejércitos imperiales
es, en esencia, el derecho a utilizar todos los medios, incluyendo los crímenes
contra la humanidad, para la construcción del imperio. La invasión afgana es emblemática:
los bombardeos de hospitales, vecindarios, matrimonios, la tortura e
interrogatorio de soldados capturados, la negativa de toda responsabilidad por
las violaciones documentadas de los acuerdos de Ginebra, hablan claramente del
motivo del rechazo de EE.UU. de toda corte internacional de justicia. La
impunidad es especialmente importante a causa de la abrumadora naturaleza
militar de la construcción del imperio.
El
cuarto componente de la DB está íntimamente relacionado con el dominante estado
anímico voluntarista: la idea que EE.UU. puede involucrarse en numerosos
guerras al mismo tiempo en diferentes escenarios así como en guerras
secuenciales. Aunque es verdad que las guerras no tienen las mismas
dimensiones, las operaciones militares de EE.UU. en las Filipinas, en Colombia
e Irak no tienen el nivel de Afganistán, pero indican una estrategia de guerra
generalizada sin prioridades económicas y un sentido de recursos y apoyo
público ilimitados. La doctrina de la guerra permanente implica un vasto aumento
en el aparato del estado, un crecimiento de los gastos del estado y una mayor
intervención del estado en la economía, compitiendo con el sector privado en la
búsqueda de recursos financieros. La DB es, intencionalmente o no, altamente
estatista u por lo tanto potencialmente antagónica frente a importantes
sectores partidarios del libre mercado en su coalición. ("País de los
no-libres," (Financial Times Weekend. 20/21 de julio de 2002, p.1) El
estatismo domina también la economía con inmensos subsidios de 185.000 millones
de dólares a la agricultura y aranceles por sobre un 40% para las importaciones
de acero para proteger a los productores de acero de EE.UU. La guerra, el
imperialismo y la economía estatista para apoyarla, son los códigos operativos de
la DB.
La
ideología antiterrorista legitima la DB y a su vez es una de las fuerzas
impulsoras de la doctrina. La ideología es un elemento clave en el impulso
hacia el imperio a través de la conquista militar. Desde la perspectiva de los
constructores militares del imperio en todas las regiones contra toda oposición
ya que apunta no sólo a grupos terroristas identificables sino incluye a países
sospechados desde los cuales presuntamente operan, y a cualquier grupo con los
que hayan interactuado. Incluso más ominoso es que el término terrorista sea
utilizado de manera tan fácil que cualquier grupo involucrado en la oposición
al militarismo, al imperialismo (la llamada globalización) o a regímenes
autoritarios locales, puede ser etiquetado como terrorista y convertido en un
objetivo. Insurgencias populares como las FARC y el ELN en Colombia ya han sido
etiquetadas como terroristas, llevando a una afluencia masiva de Fuerzas
Especiales y de armas de EE.UU. La DB ha ideologizado profundamente su
construcción del imperio apartándose de las formulaciones ad hoc de sus
predecesores imperiales. La ideología antiterrorista tal como la proclama Bush
ha polarizado totalmente el mundo. Washington trata de obligar al mundo a
escoger entre el imperio y el terrorismo, entre su ultra-derecha militarista en
Washington y la derecha fundamentalista en las calles del Oriente Próximo.
La DB ha
dictado una nueva división política del trabajo en la que EE.UU. invade y
conquista y los europeos y los europeos y los clientes del Tercer Mundo son
llamados a suministrar la seguridad interior (manteniendo el orden en el
territorio ocupado) y a subvencionar la reconstrucción económica.
En el
año desde el 11-S se ha formulado y aplicado una nueva doctrina imperial
beligerante, cambiando las relaciones con aliados y clientes y moviéndose hacia
la conquista de territorio, así como de recursos. Paradójicamente, la
dirigencia imperial se ha hecho crecientemente provinciana, careciendo de toda
visión económica amplia de las necesidades de la clase capitalista en su
conjunto y careciendo del respeto más elemental de las reglas básicas del
mercado.
La estructura del Imperio
Aunque
la administración Bush ha prestado algo de atención a asegurar posiciones
privilegiadas en países ricos en petróleo en Asia Central, la fuerza impulsora
de la construcción del imperio ha sido un nuevo tipo de colonialismo,
construido alrededor de países ocupados, y de la construcción de una extensiva
red de enclaves y bases militares en ubicaciones geo-militares estratégicas.
Aunque la nueva ola de construcción de bases militares comenzó con Clinton, en
ese período se orientaba hacia objetivos geopolíticos específicos. Por ejemplo,
a fines de los años 90 la administración Clinton localizó bases militares en
Manta, Ecuador, San Salvador, Aruba y Colombia para complementar la guerra de
contrainsurgencia emprendida bajo el Plan Colombia. La administración Bush ha
ampliado bases militares en todo el mundo, ha construido nuevas bases en las
repúblicas centroasiáticas de Turkestán, Kazajstán, y países vecinos. La mayor
base militar autosuficiente en Europa ha sido establecida en Kosovo ocupado,
para complementar las bases en Macedonia. Nuevas bases han sido establecidas en
el norte de Brasil, en el norte de Argentina, además de la previa base de
EE.UU. en Chapare, Bolivia. La llamada campaña antiterrorista ha convergido con
la campaña anti-droga y las operaciones de contrainsurgencia para dar un
poderoso impulso a la construcción generalizada de bases y a la penetración de
los aparatos internos de represión, asegurando la libre circulación de agentes
de inteligencia y militares de EE.UU. por naciones que solían ser soberanas. La
aplicación y la réplica de la legislación antiterrorista y de los decretos
ejecutivos de EE.UU. por los regímenes clientes han facilitado el acceso de
EE.UU. y ha convertido la legislación de EE.UU. en la ley de facto del país.
Funcionarios aduaneros de EE.UU. operan ahora en los mayores puertos de Europa
y Asia usurpando funciones que eran típicamente realizadas por nacionales de
los países. Nuevos acuerdos militares han sido firmados en las Filipinas,
Europa Oriental y América Latina posibilitando operaciones militares conjuntas
bajo el comando de EE.UU. Las peculiaridades del imperio actual de EE.UU. se encuentran
en el hecho de que esta expansión del poder es un costo y ofrece, por lo menos
por el momento, pocos beneficios económicos. Las salidas de gastos militares
benefician, en parte, a compañías de construcción de EE.UU., pero en general el
efecto es de aumentar aún más el déficit de las cuentas con el extranjero.
Ninguna de las principales bases en los Balcanes, Asia del Sudeste o América
Latina está ubicada cerca de, o en relación con, regiones rentables
susceptibles de ser explotadas. Las únicas excepciones posibles son las bases
en Asia Central próximas a los depósitos de petróleo del Caspio.
La
disociación de la expansión militar de EE.UU. de la explotación rentable de
recursos económicos no es ni un accidente ni el resultado de un fracaso personal.
Es en gran parte el resultado de una crisis de liderazgo encastrada en la
naturaleza cambiante del capitalismo de EE.UU.
La dirigencia política: especulación y crimen en
los despachos
Durante
los últimos 25 años, el capitalismo de EE.UU. se ha desarrollado de un
capitalismo industrial regulado a ser un capitalismo
especulativo-cleptocrático. Comenzando con la presidencia de Carter y
acelerándose más adelante, el estado dejó de regular la economía para
beneficiar a la clase capitalista en su conjunto. Particularmente con las
presidencias de Bush (padre) y Clinton, la desregulación fue acompañada de una
fiebre especulativa y por estafas generalizadas. Primero con el colapso de
Ahorros y Préstamos de 500.000 millones de dólares, y luego con la ruptura de la
burbuja de la tecnología de la información, y luego, en la etapa más reciente,
con los casos de mayor repercusión de estafas y fraudes de directivos
corporativos en la historia de EE.UU. Toda la clase política, incluyendo a los
dirigentes de los dos principales partidos políticos, estuvo profundamente
implicada en la busca de fondos y en el apoyo a la insolvente Savings &
Loans, en la promoción de la burbuja de la tecnología de la información y en la
recepción de contribuciones a la campaña electoral de los principales
directores generales implicados en el fraude corporativo. El crimen es la norma
en la elite política y económica y la impunidad es un corolario importante.
La
acumulación de la riqueza privada y la protección por la elite política
profundamente entrampada en la promoción de intereses capitalistas especiales,
disminuyeron la capacidad y la voluntad de los dirigentes políticos de formular
una estrategia global económica coherente para promover el imperio corporativo.
Intencionalmente o por omisión, la construcción del imperio cayó en manos de
los estrategas militares, mientras los políticos basados en los especuladores y
estafadores, suministraban la cobertura ideológica. La incapacidad de la
dirigencia política de EE.UU. de reaccionar ante la masiva huída de capital –de
la bolsa, del dólar y del país –se debió a que eran cautivos de la dependencia
del capitalismo cleptocrático de los amigotes, del financiamiento por intereses
especiales. Los llamados de Bush a la responsabilidad corporativa o a la
conciencia corporativa suenan vacíos para la inmensa mayoría de los
inversionistas, que ha presenciado los fracasos de la autoregulación
corporativa. La conducta criminal de los directores generales y las falacias de
los banqueros de negocios han debilitado seriamente el mercado bursátil y han
violado las reglas fundamentales del mercado. Igualmente importante es que se
ha producido un equipo de dirigentes políticos que son notoriamente incapaces
de ver más allá del círculo de sus amigotes capitalistas y que se basan en el
aparato militar y de inteligencia para definir el contenido y el estilo de la
construcción del imperio.
Los
resultados son peligrosos tanto para el mundo como para un imperio
insostenible. El ultra-voluntarismo expresado en las proyecciones unilaterales
del poder aíslan a EE.UU. de sus aliados. A pesar de las afirmaciones de los
ultramilitaristas como Rumsfeld y Wolfowitz, EE.UU. no puede gobernar solo el
mundo, ni siquiera en conjunto con su sátrapa israelí. La expansión militar no
puede sostener a sus regímenes clientes –ni siquiera si la población civil es
ensangrentada y golpeada. Es igualmente importante que los cada vez más débiles
fundamentos económicos internos del imperio están reduciendo el apoyo político
del régimen y limitando los recursos disponibles para el creciente presupuesto
militar y de seguridad. Finalmente, aumenta la oposición política contra la
elite corporativa corrupta y fraudulenta dentro de EE.UU. y en el exterior, la
oposición popular de masas está creciendo en América Latina, en el Oriente
Próximo y en Europa. La falta de mecanismos correctivos internos –a pesar de la
esperada legislación voluntaria o punitiva- significa que la economía se mueve
posiblemente hacia una caída de importancia, comparable con el colapso de 1929.
Aspectos teóricos: la estructura y la operación del
imperio de EE.UU
El
proyecto de construcción del imperio de la administración Bush presenta
importantes aspectos teóricos. Ante todo, es la relación entre los sectores de
los militares y la inteligencia del estado imperial con los componentes
económicos; en segundo lugar, la relación entre los sectores militares del
estado con las corporaciones multinacionales y la economía interna; tercero, la
relación entre el capitalismo de los amigotes (sectores de la clase capitalista
con lazos regionales, personales y políticos estrechos con la administración) y
el estado y su impacto en la economía y en la clase capitalista en su conjunto;
cuarto, la relación entre el estado y la economía en un período de guerra y de
construcción unilateral del imperio.
El
aspecto más notable de la construcción del imperio en la actualidad es la
autonomía del Pentágono frente a la clase capitalista y a la mayor parte de los
sectores de la clase capitalista. El Pentágono ha intervenido en regiones muy
poco rentables, con los cocientes más elevados de costos y más bajos de
rendimiento: Afganistán, Kosovo, Macedonia, Filipinas, Pakistán, etc. En
segundo lugar, la acción militar del Pentágono ha generado mayor hostilidad en
las áreas productoras de petróleo, que son actualmente áreas lucrativas para
importantes inversionistas de EE.UU. –sobre todo el Oriente Próximo. En tercer
lugar, la administración Bush ha dado un apoyo incondicional a Israel contra
cientos de millones de musulmanes, favoreciendo a un poder colonial
expansionista beligerante por sobre y contra intereses económicos vitales de
EE.UU. Finalmente, los costos económicos de la construcción del imperio basada
en los militares son astronómicos y los beneficios económicos se limitan a un
limitado círculo de industrias basadas en los militares. El déficit
presupuestario se ha disparado, las restricciones de seguridad han aumentado
los costos del comercio debido a las demoras y a los embotellamientos, la
industria de los viajes ha sido desbaratada, en particular el transporte aéreo,
la industria de la aviación, los hoteles y otros servicios. La inseguridad
generada por la interesada incitación al temor ante el terror, que sirve para
expandir los presupuestos de los aparatos militar y de inteligencia, ha
debilitado la confianza de los inversionistas en EE.UU. Aunque la
administración habla de legislación tributaria específica favorable a los
negocios, y la aprueba, su estrategia militar global tiende a subordinar los aspectos
económicos de la construcción del imperio a los militares.
Aunque
sería erróneo, teóricamente, hablar de una autonomía absoluta de los militares
con relación a la clase capitalista, su libertad de acción ciertamente va más
allá de la 'relativa autonomía' usualmente atribuida al estado capitalista.
Los
sectores económicamente más importantes de la clase capitalista y los intereses
del sistema en su conjunto han sido subordinados a un grupo particular de
'capitalistas amigotes' influyentes, con base regional, con lazos políticos
antiguos con la administración Bush. Los favores especiales, la profunda
corrupción y la posición privilegiada de los sectores energéticos de Texas en
la administración Bush definen la naturaleza del régimen. El colapso de Enron y
las revelaciones subsiguientes de fraude y estafas generalizados de miles de
millones de dólares resultantes del compadraje han debilitado la confianza de
los inversionistas y han puesto en duda todos los mercados bursátiles. La
'relativa autonomía' de los sectores de compinches respecto al resto de la
clase capitalista ha debilitado severamente la posición de la clase capitalista
en su conjunto.
La
influencia de los militares en el proceso de construcción del imperio ha sido
acompañada por el crecimiento general del estatismo –la intervención del estado
en la economía, en la sociedad y en las vidas y libertades personales. La
administración Bush es probablemente el régimen más proteccionista de la
historia reciente, al fijar aranceles proteccionistas para textiles, la
industria maderera, la agricultura y otros productos, mientras aumenta los
subsidios agrícolas e impone cuotas para las importaciones. Al favorecer a los
militares y buscar la conquista mediante la fuerza de las armas, ha debilitado
la economía de EE.UU., y, en particular, las inversiones públicas que
fortalecerían la posición competitiva de las empresas de EE.UU. La vasta y
dominante intervención del estado en la sociedad civil a través de la
legislación de estado policial como la Ley Patriota, la Ley de Seguridad
Interior, y TIPS, socava las libertades personales y debilita la oposición
pública.
El
imperialismo bajo Bush se aproxima más a un modelo estatista-mercantilista que
a uno neoliberal. Aunque persiste la "retórica de libre mercado," se
ve crecientemente eclipsada por la retórica militar-estatal de "guerra
permanente" y de "antiterrorismo". Como la economía está
debilitada y la clase capitalista hace presión para que el régimen Bush
reaccione, los constructores militares del imperio toman la iniciativa
previendo la guerra en regiones económicas estratégicas (Irak e Irán) como la
'solución'. Desde el punto de vista de los constructores militares del imperio,
una guerra y la colonización de Irak resultarían en beneficios económicos para
la clase capitalista y fortalecería su apoyo para su 'estrategia de guerra
permanente'. También serviría como un trampolín para futuras guerras y
conquistas en la región del Golfo, a saber Irán. Aunque la guerra y la crisis
económica han estado, en el pasado, frecuentemente interrelacionadas, en la
actualidad las nuevas guerras beneficiarán sobre todo al sector de los amigotes
–ligado a los intereses de la energía y del petróleo- y profundizaría el abismo
entre éste y el resto de la clase capitalista. La guerra en este contexto es
una extensión del compadraje mediante medios militares.
La
construcción militar del imperio es decididamente colonial en su estilo y
contenido. El imperio emergente está basado en la ocupación de territorio, la
imposición de gobernantes y la administración del estado y de la economía
colonizados. EE.UU. ha establecido relaciones coloniales con antiguas
repúblicas yugoslavas en Kosovo, Macedonia y Montenegro; ocupa el espacio aéreo
en dos tercios de Irak, y controla indirectamente el Norte de Irak a través de
sus clientes kurdos. El imperio ha establecido instalaciones militares y bases
en Bolivia, Brasil, Colombia, El Salvador, Ecuador y Aruba. Ha establecido la
"extraterritorialidad" para sus fuerzas de seguridad y conseguido legislación
"antiterrorista" de sus estados clientes, obligando a numerosos
países en los cinco continentes a seguir las instrucciones de EE.UU. en la
persecución de adversarios.
En la
medida en que se toman en cuenta intereses económicos imperiales, derivan de
los intereses petroleros regionales de los amigotes (Texas). Los constructores
del imperio se concentran en conquistar Irak y probablemente Irán por la fuerza
militar, Asia Central y la región del Mar Caspio mediante el soborno y el apoyo
a regímenes dictatoriales, y en Venezuela con un golpe militar. Los
constructores del imperio están considerando también una intervención militar
en Arabia Saudita, que está "balanceándose al borde del colapso" (The
Observer, 28 de julio de 2002).
Como lo
que está en juego es el imperio de EE.UU., y no el sistema imperial, la
intervención militar de Washington se basa en la acción unilateral del estado.
El debilitamiento de la competitividad de EE.UU. ha llevado también a
decisiones unilaterales de imponer nuevos aranceles y de aumentar los aranceles
existentes mientras se exhorta vigorosamente al resto del mundo a eliminar sus
subsidios y a reducir sus aranceles (Financial Times, 26 de julio de 2002,
p.1). El retrocolonialismo y su corolario de construcción del imperio basado en
los militares, una política económica de proteccionismo impuesto
unilateralmente y de subsidios, y la ocupación de territorios geo-estratégicos
es el marco para la comprensión de las características cruciales en el año
desde el 11-S.
La izquierda devuelve el golpe: las contradicciones
de la construcción del imperio
Tres
categorías de contradicciones básicas que enfrentan los constructores del
imperio de EE.UU. se han exacerbado desde el 11-S: las contradicciones internas
entre los intereses capitalistas en conflicto y el estado; las contradicciones
entre los intereses imperiales en competencia (Europa y EE.UU.): las
contradicciones entre el imperio y poderosos intereses sociales y políticos en
América Latina.
En el año
desde el 11-S han emergido serios conflictos dentro del régimen y
contradicciones económicas. Pueden ser enumerados en forma telegráfica: (1) la
preeminencia del estado (a saber, el aparato militar y de inteligencia) sobre
los intereses de las grandes corporaciones multinacionales (incremento de la
seguridad perjudicando los beneficios empresariales); (2) el privilegio de la
territorialidad por sobre los mercados (la ocupación de países marginales por
sobre el aumento de la penetración en el mercado de países prósperos); (3) la
promoción de sectores cleptocráticos del capitalismo (Enron, Worldcom, etc.)
por sobre los inversionistas internos y extranjeros; y (4) el aumento de los
gastos de un aparato estatal en expansión a costa del gasto de fortalecer los
frágiles fundamentos productivos del imperio.
A estas
contradicciones internas hay que agregar la intensificación de las
contradicciones externas, particularmente la intensificación de los conflictos
con la Unión Europea. Una de las contradicciones externas básicas resulta de
una contradicción interna, a saber que el poder militar en el extranjero crece
mientras disminuye la economía interna –llevando a Washington a aumentar el
proteccionismo en lugar de reducir las costosas proyecciones externas del poder.
El resultado es un aumento de la tensión entre Europa, y otros exportadores, y
Washington. Por ejemplo, el arancel de un 30 a un 40% sobre el acero ha
provocado amenazas europeas de responder con aranceles similares y con llevar
el asunto ante la Organización Mundial de Comercio, donde la OMC decidió en
contra de Washington. Más en general, el poderoso papel del estado desde el
11-S ha entrado en conflicto con la ideología del "libre mercado",
provocando una nueva vuelta de proteccionismo.
Las
definiciones militares del imperio de EE.UU. entran en conflicto con las
concepciones europeas del mercado en la construcción del imperio. Es en
particular el caso en el Oriente Próximo donde el apoyo incondicional de EE.UU.
para la máquina de guerra israelí debilita los esfuerzos europeos por
estabilizar la región para las inversiones y el comercio.
La
segunda contradicción es la concepción monopolista y unilateralista de la
construcción del imperio, que ha arrojado al mar el estilo de
"compartimiento del poder", consultivo, favorecido por Europa. La
monopolización unilateral del imperio aísla a EE.UU. de un apoyo económico y
político esencial para sostener las conquistas imperiales. En efecto, el
monopolio del poder da a los constructores del imperio de EE.UU. una ventaja
táctica, pero debilita la consolidación estratégica –que es sólo posible con la
inclusión europea y el compartimiento de los beneficios.
El
aumento de las contradicciones entre EE.UU. y Europa en el comercio, las
inversiones, la conquista colonial, y los enfoques estratégicos (militares
versus mercado) no llevará a la guerra (la superioridad de EE.UU. lo hace
improbable), pero puede tener consecuencias más serias: el crack de la economía
de EE.UU. debido al agotamiento de los flujos externos de capital en conjunto
con un imperio militar ampliado en demasía.
La
tercera –e incluso más decisiva- contradicción externa es la que existe entre
la construcción del imperio y el crecimiento de poderosos movimientos
socio-políticos en el extranjero, sobre todo en dos regiones estratégicas (pero
no limitado a ellas): en el Oriente Próximo y América Latina.
Desde el
11-S, Washington ha procedido a impulsar agresivamente políticas bélicas contra
Afganistán, hacia el Oeste contra Irak e Irán y contra movimientos seculares y
musulmanes de resistencia en Arabia Saudita, Líbano y otros sitios. El masivo
apoyo militar y el incondicional apoyo político de Washington a la reconquista
por Sharon de los Territorios Ocupados ha provocado una creciente marea de
movilización de masas imbuida de conciencia antiimperialista en todo el mundo
árabe. Revueltas populares amenazan a vitales estados clientes de EE.UU.
–particularmente Arabia Saudita, atormentada por conflictos internos del
régimen y protestas en todo el país por sus políticas a favor de EE.UU.
Igualmente, en Egipto y Jordania, disturbios masivos amenazan a regímenes que
se identifican íntimamente con las políticas retrocoloniales de EE.UU. El
"eje del mal" medio-oriental de Bush –los objetivos árabes para las
próximas guerras imperiales –incluye precisamente países ubicados en regiones
que se convierten en centros de la resistencia antiimperialista.
Sin
embargo, es en América Latina donde la polarización socio-política y militar
entre los constructores del imperio y los movimientos populares es más aguda.
Aunque la mayor parte de los movimientos son anteriores al 11-S, en el año
desde entonces la militarización auspiciada por EE.UU. y el colapso virtual de
la estrategia económica neoliberal se han profundizado y se han ampliado la
resistencia popular y los desafíos a los regímenes clientes que defienden al
imperio. Además, la definición militar de la realidad política de EE.UU. –que
coloca el antiterrorismo a la cabeza de la agenda- ha bloqueado todos los
planes para un paquete de rescate económico.
El
desafío popular a la dominación imperial se ubica en una amplia variedad de
países, incluyendo a Colombia, Argentina, Bolivia, Ecuador, Venezuela, Perú, y
Paraguay y, en menor grado, en Brasil y Uruguay. Lo que impresiona en esta
nueva ola de resistencia popular es el grado en que han sido desacreditados
todos los partidos políticos y los dirigentes asociados con las políticas
pro-imperiales. En algunos casos la resistencia popular se expresa en
movilizaciones populares de masas (bloqueos de rutas, manifestaciones, etc.),
en otros, se expresa en una combinación de movilizaciones de masas y de nuevas
formaciones electorales, en Colombia incluye la protesta de masas y la guerra
de guerrillas.
En
Argentina, desde el 11-S, han sustituido a cuatro presidentes y el quinto tiene
menos de un diez por ciento de apoyo. El levantamiento popular del 19 y 20 de
diciembre de 2001, llevó a la expulsión del desacreditado presidente
pro-EE.UU., De la Rua, y al favorito de Wall Street, Cavallo. Con niveles de
pobreza que exceden el 52% y de desempleo de un 25%, la economía argentina está
disminuyendo en un 15% en 2002, el quinto año de recesión/depresión. Más de 6
millones de argentinos han perdido todos sus ahorros y cientos de miles llenan
las calles en asambleas, protestas, bloqueos de ruta y huelgas generales. Toda
la clase política, judicial y la elite privada están totalmente desacreditadas.
Y la consigna más popular es "Que se vayan todos". Un punto central
en esta lucha es el repudio de los pagos de la deuda externa y la
identificación del FMI y de EE.UU. como co-responsables del colapso económico.
En
Colombia, el Plan Colombia respaldado por EE.UU., y la "Iniciativa
Andina" de Bush constituyen una campaña militar en gran escala para
exterminar o desplazar la base social campesina de las guerrillas. Estas
últimas incluyen de 17 a 20.000 en la Fuerzas Armadas Revolucionarias de
Colombia (FARC) y de 4 a 5.000 en el Ejército de Liberación Nacional (ELN).
Durante el año pasado, Washington, a través del régimen cliente de Pastrana,
organizó el colapso de las negociaciones de paz, relanzó la "guerra
total" y promovió la elección del partidario de los paramilitares, Alvaro
Uribe, a la Presidencia. El resultado ha sido masacres diarias de campesinos,
sindicalistas, y dirigentes indígenas, y de defensores de los derechos humanos.
La confrontación entre las fuerzas paramilitares respaldadas por EE.UU. y los
grupos populares civiles y armados ocurre a diario en más de un 70% del país.
En
Bolivia, Evo Morales, el líder de los campesinos cocaleros durante casi dos
décadas de lucha contra la erradicación dirigida por EE.UU. condujo a su
partido, el Movimiento al Socialismo [MAS], a la votación eliminatoria en el
Congreso de Bolivia, donde todos los partidos capitalistas unieron sus fuerzas
para bloquear la candidatura de Morales a la Presidencia. El masivo voto por
los dos candidatos indígenas campesinos excedió el del candidato neoliberal más
cercano por cerca 5 puntos porcentuales. El progreso electoral fue precedido
por marchas de masas y bloqueos de rutas que crearon la conciencia de clase
antiimperialistas y étnica que hizo avanzar a Morales hasta la eliminatoria en
el Congreso. La flagrante intervención de EE.UU. a través del embajador Rocha
en la campaña electoral tuvo el efecto contrario. Rocha amenazó a los votantes
bolivianos con el corte de la ayuda y el cierre de los mercados de EE.UU. si
ejercían su derecho soberano y votaban por Morales. La popularidad de Morales
saltó de un 13% a un 21% en las dos últimas semanas antes de las elecciones. El
aspecto más significativo de la campaña del MAS fue que repudió explícitamente
la posición de erradicación de la coca impuesta por EE.UU., la privatización
del gas y de los recursos petroleros por parte del gobierno, y la base militar
y las operaciones de la DEA de EE.UU. en Bolivia.
En Perú,
masivas manifestaciones públicas en las principales ciudades de Arequipa y
Cuzco, en protesta contra el programa de privatización del régimen de Toledo,
llevaron a la renuncia general de su gabinete, y en particular, del Ministro de
Economía neoliberal, Kuczinski. Toledo, un ex empleado del Banco Mundial, que
se vistió de campesino indígena del altiplano durante la campaña electoral,
sufrió una baja de su índice de popularidad de más de un 50% a menos de un 10%
en un año. Protegido de EE.UU., que hizo su campaña como populista y actuó como
un cliente de EE.UU., Toledo enfrenta severas dificultades para permanecer en
el poder durante el resto de su período, considerando la intensa hostilidad de
una población que se siente traicionada. El ávido apoyo de Toledo a la campaña
"antiterrorista" de EE.UU. relegó al olvido su intención declarada de
aliviar la pobreza de un 70% de los peruanos.
Ecuador
tiene un dócil gobierno dirigido por el Presidente Noboa que ha dolarizado la
economía y ha entregado a EE.UU. una importante base militar en Manta. Pero
gobierno es muy poco firme, sacudido por huelgas generales, un Congreso hostil
y un tercio del país gobernado por una coalición, a la izquierda del centro, de
partidos indígenas campesinos. Hace sólo dos años, un movimiento de masas de
campesinos indígenas, de sindicalistas y de pobres urbanos se unió a sectores
del ejército para derrocar al predecesor de Noboa (Mahuad). La junta
progresista fue luego derribada por los militares pro-EE.UU. y Noboa fue
instalado en el poder. Mientras el régimen ubica a fuerzas de contrainsurgencia
de EE.UU. a lo largo de sus fronteras, y su espacio aéreo es efectivamente
colonizado por aviones de vigilancia de EE.UU. implicados en la guerra civil
colombiana, los fundamentos sociales del régimen se están erosionando
rápidamente –creando un terreno volátil e inestable para el avance imperial.
En
Paraguay, masivas manifestaciones y bloqueos de ruta lograron obligar al
presidente cliente de EE.UU., Macchi, a retirar la privatización de la red
eléctrica del estado. La formación de una amplia coalición de organizaciones
campesinas, partidos izquierdistas y sindicalistas, organizados en el Frente de
Convergencia Democrática, emergió para dirigir la lucha. Los planes de EE.UU.
de expandir sus bases militares y de inteligencia y sus operaciones en la
frontera oriental entre Paraguay-Brasil y Argentina se ha convertido en el
centro de una continua confrontación.
En
Venezuela, un levantamiento popular infligió una seria derrota a los
constructores del imperio de EE.UU. que respaldaban un golpe militar de
derecha. Bajo la dirección del ultraderechista Secretario Adjunto para Asuntos
Latinoamericanos, Otto Reich, EE.UU. respaldó un golpe militar el 11 de abril
de 2002. El golpe, apoyado por la elite económica venezolana, sectores de los
militares, y casi toda la clase media superior, derrocó al Presidente Chávez y
procedió a disolver todos los organismos elegidos y el aparato judicial y
reemplazarlos por funcionarios de la línea dura favorable a EE.UU. Las primeras
medidas del régimen dictatorial fueron de extremo interés para los
constructores del imperio: la ruptura de relaciones con Cuba y el retiro de la
OPEC. Sin embargo, dentro de 48 horas, una masiva marcha de cientos de miles de
venezolanos, sobre todo de los ranchos, los barrios pobres en los cerros que
dominan Caracas, convenció a importantes sectores de los militares de que
salieran a favor de la restauración de Chávez al palacio presidencial. El golpe
se derrumbó cuando la masa de los pobres amenazó con convertir la restauración
política en una transformación social. La derrota del golpe instrumentado por
EE.UU. demostró que los constructores del imperio pueden ser derrotados y que
las organizaciones de masas, aunque hayan estado pobremente organizadas, fueron
capaces de restaurar a un Presidente con una política exterior moderadamente
nacionalista. Como en Argentina, el pueblo venezolano demostró que los regímenes
clientes de la administración Bush son vulnerables y que pueden ser derrocados
–por lo menos temporalmente. La marcha de la construcción del imperio no es un
proceso linear, inevitablemente destinado a tener éxito.
En
Brasil, el candidato que encabeza la campaña presidencial es Lula Da Silva, un
político del partido de centro-izquierda Partido de los Trabajadores (PT).
Aunque el PT ha dejado de lado todas sus demandas programáticas
antiimperialistas y antiliberales, sigue siendo percibido como adversario por
los banqueros de Wall Street y la administración Bush. La oposición de los
constructores del imperio proviene de la base popular de masas de Lula que, en
la mayor parte de los casos, están a la izquierda de la dirigencia del partido.
Wall Street teme que Lula reaccionaría a la presión post- electoral por
reformas sociales, regulación económica y oposición a la expansión militar de
EE.UU. Wall Street ha respondido especulando contra el real (la moneda
brasileña) y a través de la huida de capitales –una táctica alarmista para
debilitar a Lula o volverlo más hacia la derecha. El candidato escogido por
Washington para que sea el sucesor del Presidente Cardoso es José Serra. A
pesar del apoyo del aparato del estado, está recluido al tercer lugar, más de
20 puntos porcentuales detrás de Lula y 13 puntos detrás del nacionalista
liberal Ciro Gomes.
En
México, el cliente de Washington, el Presidente Fox, no ha podido implementar
una masiva campaña de privatización por oposición en el Congreso. Su Ministro
de Relaciones Exteriores, Jorge Castañeda, ha superado a todos los previos
ministros del gobierno en su servilismo ante los constructores del imperio de
EE.UU. Sus políticas anticubanas lo han desacreditado, tanto en el Congreso
como ante el público en general. Aunque tanto Fox como Castañeda continuarán en
sus puestos, su efectividad como dóciles clientes de Washington ha sido
severamente limitada. Los zapatistas continúan en Chiapas, mientras las luchas
campesinos y sindicales continúan, en algunos casos con grandes éxitos como en
el bloqueo de los planes de Fox para el aeropuerto.
Los
constructores del imperio de Washington cuentan con el apoyo de los regímenes
de América Central, del Caribe (con la excepción de Cuba) y en Chile –ninguno
de los cuales tiene gran importancia estratégica en términos de mercados
continentales, población, o recursos estratégicos. Cuba sigue resistiendo a los
partidarios de la línea dura de la administración Bush, movilizando a más de 8
millones de manifestantes a favor de la economía socialista. En la República
Dominicana y en Haití, importantes movimientos populares extraparlamentarios se
oponen a EE.UU. y a las reformas neoliberales.
No cabe
ninguna duda que desde el 11-S Washington ha aumentado su presencia militar en
América Latina. Al mismo tiempo sus regímenes clientes han sido severamente
debilitados y sus políticas liberales han fracasado. Los constructores
militares del imperio han vuelto a las estrategias de los días de la
construcción del imperio en la era de la Guerra Fría: golpes militares
(Venezuela), terror estatal (Colombia), chantaje económico (Bolivia) y amenazas
de intervención directa.
Sin
embargo, el año desde el 11-S ha traído el colapso del modelo neoliberal de
EE.UU. y la emergencia de poderosos movimientos socio-políticos con una
capacidad demostrada de derrotar a los regímenes clientes de EE.UU. Con pocas
excepciones, la izquierda latinoamericana ha devuelto el golpe al imperio, la
cantidad de sus partidarios ha crecido geométricamente y ha demostrado su
efectividad en el bloqueo de leyes cruciales y en el aislamiento de presidentes
clientes, reduciéndolos a un apoyo medido en cifras de un solo dígito.
A pesar
de la postura belicosa de Washington y de la profundización de su penetración
militar, ha perdido los corazones y las mentes de la gran mayoría de los
latinoamericanos. Como hemos visto, cada intervención de EE.UU. o intento de
imponer su agenda imperial ha provocado una resistencia popular en las calles y
en las urnas.
El
ejemplo más impresionante fue la exigencia del presidente Bush de que Cuba
sacrificara el contenido socialista de su revolución. Más de 8 millones de
cubanos marcharon y después votaron abrumadoramente a favor de que el
socialismo fuera parte irrevocable de su Constitución.
Conclusión
Desde el
11-S los constructores del imperio a cargo de la Casa Blanca se han dado carta
blanca para actuar con medios militares y han rechazado toda restricción
internacional. Han repudiado todos los tratados internacionales desde Kyoto a
la Corte Internacional. El resultado es que sus políticas unilaterales han
llevado a más aislamiento diplomático y han debilitado su capacidad de
"construir coaliciones". Lo que es igualmente importante, han unido y
activado a millones de personas opuestas a la globalización, a la guerra y a
las violaciones de los derechos humanos. La evidente agenda imperialista de
Washington ha llevado a la reemergencia de la política antiimperialista.
Los
constructores del imperio de Washington han abandonado toda pretensión de
luchar por la democracia. Se basan en gobernantes no elegidos, autoritarios,
para realizar sus políticas- Musharaf con su 99% de los votos en elecciones
amañadas en Pakistán. Macapagal en las Filipinas que toma el poder deponiendo a
los titulares del cargo; Karzai en Afganistán, elegido mediante la compra de
votos. Los dictadores centroasiáticos de las ex repúblicas soviéticas son
aliados clave. El jefe del golpe de un día en Venezuela, Carmona, era un
protegido de Washington. Duhalde, en Argentina, fue seleccionado por los
mandamases peronistas y aprobado por la Embajada. Esos gobernantes autoritarios
y súbditos del imperio enfrentan una creciente oposición y el aumento de los
conflictos. La lucha por la democracia converge con el combate contra los constructores
del imperio y sus clientes autoritarios.
La
definición militar o de la seguridad no elimina los conflictos clasistas o
nacionales, más bien los intensifica. Aunque los constructores militares y de
la seguridad del imperio consolidan la posición de la extrema derecha en el
régimen de Bush (Rumsfeld, Cheney, Reich, Boulton, Wolfowitz, Clark), polarizan
aún más al público europeo y a la mayor parte del Tercer Mundo contra sus
pretensiones imperiales. Aunque los constructores del imperio hacen alarde de
sus sistemas de armamentos, los fundamentos económicos del imperio muestran
grandes grietas y fisuras. El "manto de la seguridad" imposibilita la
emergencia de todo mecanismo de auto-corrección desde el interior del régimen.
En el período posterior al 11-S, lo que cuenta es el imperio y el cambio vendrá
de los florecientes movimientos anti-imperiales del extranjero. Si y cuando la
economía se derrumba, tal vez las fuerzas dentro de EE.UU. lograrán suficiente
apoyo para transformar el imperio en una república popular.
Bibliografía
Brzezinski, Zbigniew, The Grand Chessboard:
American Primacy and its Geostrategic Imperatives (New York: Basic Books,
1997).
Furedi, Frank, The New Ideology of Imperialism
(London: Pluto Press, 1994).
Petras, James and Morley Morris, Empire or Republic
(New York: Routledge 1995).
http://www.rcci.net/globalizacion/2002/fg267.htm