Tema: literatura y periodismo
Autor: Omar Villota Hurtado


Análisis de libros:
Mi guerra en Medellín

RESUMEN:

Relato de un coronel del ejército de Colombia que tuvo bajo su responsabilidad la custodia del capo de las drogas Pablo Emilio Escobar Gaviria, en su entrega a la justicia en 1991. (Diciembre 1991)

“A decir verdad, luego de sentirme moralmente victorioso, y sobre todo limpio, no me interesa desempeñar por más tiempo el oficio de carcelero. No me interesan las relaciones con los narcotraficantes y narcoterroristas, así sean relaciones de guardián a detenido. No me interesan las relaciones con la Oficina de Instrucción Criminal, después que ella sirvió de instrumento para unas conversaciones inadmisibles en las que se negoció una paz ficticia y vergonzosa”.

Este es el descargo de conciencia de un Coronel del Ejército de Colombia que tras una guerra con la violencia pidió su retiro voluntario de las filas castrenses, después de 29 años de vida militar.

Este ingeniero militar e industrial huilense, fundador del Batallón de Ingenieros “Pedro Nel Ospina” y profesor de la Academia de Guerra del Ejército de Chile, tuvo un segundo valor en su vida, al relatar por escrito sus reflexiones y sus experiencias como jefe del Estado Mayor de la Cuarta Brigada.

Contó que en un año y seis meses conoció desde Medellín la Colombia desangrada por el terror, la corrupción, el dinero y la droga. En ese orden de ideas, es fácil reconstruir bajo su relato los pormenores de los operativos llamados por los soldados “raqueteo” emprendidos en los barrios más pobres del norte de Medellín desde enero de 1990 y que “era el sistema productivo que estábamos buscando hacia tiempo para enfrentar uno de los problemas más graves que tenía la ciudad: accidentalmente habíamos descubierto el método para destruir al aparato militar del narcotráfico”.

Narró que en esos ejercicios “sin ninguna orden judicial porque no habría sido posible obtenerla” lograron comprobar que en el barrio Aranjuez “se alojaban más de tres mil asesinos a sueldo del Cartel de Medellín” y que en la misma operación militar se recogieron seis mil armas entre “ametralladoras, fusiles, pistolas, revólveres, carabinas y changones” que “fueron empacadas cuidadosamente en seis grandes cajas de madera” y llevabas a Bogotá en una patrulla emboscada por la guerrilla en el río Caldera el 23 de mayo de 1990.

Indica que en la otra guerra “con la emboscada del río Caldera empezó para mi el más duro calvario de mi vida militar. A la impresión que aún sentía de las balas silbando por mis oídos debía sumar ahora las preguntas de los “inquisidores”. En pocos días llegaron oficiales inspectores, jueces, secretarios y se inició la investigación administrativa por los daños materiales, la investigación disciplinaria por posibles faltas contra el honor militar y la investigación penal por los muertos y heridos. De héroe, por parte de los jueces me fui convirtiendo rápidamente en un reo más. Las preguntas parecían no tener final”.

Sin embargo, la guerra que sostuvo este Coronel con el sicariato y la guerrilla, la reencuentra unida al terminar el año 1990, ya que como dice el profesor Francisco Herrera Luque, historiador y psiquiatra, “después de los armisticios suele asistirse a un malestar social y a un aumento de la criminalidad y la delincuencia” y muchos de los combatientes nunca aceptan retornar a la vida ni están de acuerdo con la amnistía debido a que “la paz significa para ellos volver a meterse dentro del orden social”.

Entonces retomando la historia del oficial “en las comunas populares armaron sus frentes de guerra y para el mes de marzo de 1991 se estimaba que su fuerza ascendía a 300 hombres”.

Hubo diferentes clases de milicias: Populares (que correspondía al Ejército de Liberación Nacional), Bolivarianas (a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia), Obreras (al Ejército Popular de Liberación) y otras, dependiendo su denominación del grupo guerrillero que las orientara”.

Pero no sólo se cuentan los sucesos guerreros de su guarnición con el sicariato y la guerrilla. También habla de la corrupción de la Policía Nacional, del trabajo de algunos oficiales del Ejército para el Cartel de Medellín, que llevó a que esa organización de familias y grupos “imprimiera un carácter militar ya que un (Mayor Oscar) Castaño Maya planeando acciones y entrenando asesinos a sueldo, un (Teniente Coronel) Lino Correa haciendo inteligencia e infiltrando los altos mandos y una (Mayor Henry) Villegas Lopera ejecutando los planos conformaban la máquina más perfecta que hubieran podido soñar los narcotraficantes”.

Y sobre el capo de la droga Pablo Emilio Escobar Gaviria informa que no hay duda acerca de la nueva propiedad adquirida por aquel para su reclusión. “La entrega de Escobar Gaviria se preparó desde mucho antes del 19 de junio de 1991 y también desde mucho tiempo atrás, él había comprado el terreno por intermedio de uno de sus testaferros, propietario del almacén “El Cheque” de Envigado, y por intermedio de la Alcaldía de Envigado (Antioquia) había iniciado la construcción de su cárcel-finca, haciéndola aparecer como su se tratara de un lugar de reclusión para drogadictos. Escobar Gaviria no solamente había adquirido la finca donde se construía la cárcel sino once fincas más a su alrededor, para librarse de vecinos curiosos y dominar completamente la cima de la cordillera”.

La anterior afirmación fue concluida mediante la lógica militar que el oficial ha impuesto a su vida y cuenta que “al escoger el sitio en que iba a quedar preso, Escobar Gaviria hizo respetas todas las condiciones: la cárcel-finca debía reunir, por voluntad suya, las cinco características que ha sido típicas en todas sus fincas: una excelente observación sobre los contornos, unas canchas de fútbol, una cascada de agua natural para poder bañarse después de las horas de deporte, un lago y una cerca eléctrica paralela a otra que permite el tránsito de perros guardianes. Estas características parecían una marca de fábrica. Así lo habíamos visto los militares en “El Biscocho” y “La Paz”, otras dos fincas de su propiedad situadas en las colinas de El Poblado e incautadas por el Ejército”.

Este es parte del relato del libro “Mi guerra en Medellín” escrito por el Coronel (r) Augusto Bahamón Dussán. En las 150 páginas del escrito periodísticamente se tiene la última noticia sobre el capo de las drogas alucinógenas, relatadas por el oficial que renunció el 30 de julio de 1991 a su cargo y al servicio activo militar, luego de autorizar a René Higuita visitar en la cárcel a Pablo Escobar, y a quién no le “interesa seguir contribuyendo en la tarea de mostrarle al mundo una situación mentirosa de entrega de narcotraficantes, cuando todos sabemos que el narcotráfico sigue su marcha y se sigue manejando desde las cárceles”, pero que al Coronel Bahamón Dussán le costó salir del país, como buen colombiano.

 
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