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reportaje    a una mujer golpeada

La presente es la adaptación de una serie de notas aparecidas en la edición impresa de la Revista 

desde el nro. 33 (15/7/2000) al nro. 40 (6/9/2000). 

La repercusión que en su momento tuvo este reportaje y la universalidad del problema que plantea 

nos han hecho decidir su difusión por este nuevo medio del que disponemos.

- ¿Cuántos hijos tenés?

- Cuatro.

- ¿Cuántos años estuviste en concubinato con ese hombre?

- Veinte años.

- ¿Y cuánto tiempo hace que te separaste?

- Cuatro años.

- ¿Siempre fue un hombre violento?

- La mayoría de las veces, según su estado de ánimo, según cómo le había ido en el trabajo...

- ¿Con los chicos también era violento?

- Sí.

- ¿Recordás alguna agresión contra uno de ellos?

- Con quien más se la agarraba era contra uno de los chicos. No quiero dar nombres porque ya sufrieron demasiado y pasarían mucha vergüenza. Era chiquito, de dos o tres años, y tenía que poner las manos atrás y, parado firme, le tenía que decir "¡Sí, papito! ¡Sí, papito!" mientras que por el temor se orinaba encima. Quizá se le había caído un vaso de agua sobre la mesa, pero mi bebé no lo había hecho adrede. Otra vez, ya más grande, le daba varias veces la cabeza contra la pared por cualquier motivo que a él lo alterara. Le daba hasta con el puño cerrado. Yo trataba de sacárselo pero terminaba cobrando yo. Se enfurecía tanto, tanto, que era como sacarle su presa a un león. Me golpeaba, me abría la boca y me escupía adentro.

- ¿Por qué aguantabas tanto? ¿Lo amabas?

- No. Le tenía asco. Por su vocabulario, por sus agresiones.

-¿Bebía?

- No. Siempre fue así de violento. Si algún día estaba de buen humor, la casa era una fiesta para todos. Él reía y nosotros reíamos más todavía.

- ¿Recordás si fue violento durante el noviazgo?

- Sí, pero yo no lo sabía. Creía que me merecía lo que me pasaba. Mi primer cachetazo, o trompada, mejor dicho, fue un día que yo no quería ir al dentista. Le tenía miedo. Pero la muela me dolía mucho. Se enojó y me pegó muy fuerte del lado de mi dolor. De esa manera, según él, lloraba pero con causa.

- ¿No te diste cuenta cómo iba a ser tu vida a partir de ese momento?

- No, o no quería creer. Yo tenía diecinueve años y venía de un matrimonio que duró un noviazgo (once meses). Yo no quería dar más disgustos a mis padres. Lo conocí a él y, junto a mi nena de ese matrimonio anterior, comenzamos a vivir este largo infierno.

- ¿Me decías, antes de comenzar la charla, que hace años tuvo un accidente importante. ¿Creés que es por eso tanta violencia?

- No. Ya era así apenas lo conocí. Él viene de un régimen familiar tipo militar. Así fue criado y así vivimos nosotros. Recuerdo que si alguna de las nenas jugaba a la peluquería y dejaba el peine fuera de su sitio, nos levantaba a todos a las cuatro de la mañana para buscarlo. "Todos" eran mis hijos, desde el más chiquito al más grande, y, por supuesto, yo también. En la casa, actualmente, no existen puertas. Todas fueron rotas por él a golpes y patadas. En el techo y en la pared todavía se pueden ver las manchas de comidas que él revoleaba si algo le molestaba. Uno de mis hijos más chicos me recordó ayer que para vivir allí teníamos que tener mucho dinero porque todo se rompía: platos, vasos, adornos, etc., etc.

- ¿Y por qué no te ibas?

- Si estuve veinte años, durante diecinueve y medio traté de escapar, pero no pude. Mis hijos estaban allí de rehenes. A mí me empujaba afuera y tenía que dormir dentro del auto o en el pasillo, mientras tenía mi oído pegado a la puerta, escuchando los gritos de los chicos que lloraban muchísimo. Pero yo no podía entrar.

- No lo puedo creer. Pero, ¿alguna vez te fuiste?

- Lo logré por primera vez hace catorce o quince años, no recuerdo bien. Me fui de allí quince días. Esa vez fue muy grande la paliza. Yo le había planchado todos los pantalones menos uno azul de corderoy porque me daba mucho trabajo dejarlo perfecto, y ya venían los chicos del colegio y tenía que cocinar. Estaba con mi nena más grande que tenía ocho o nueve años. Me agarró de los pelos y no se cansaba de darme la cabeza contra la pared una y otra vez, mientras la nena gritaba aterrorizada. Me pateaba en el piso y me seguía pegando. Pude agarrar a mi hija, salir corriendo y recoger a mis otros hijos. No recuerdo mucho porque fui perdiendo la memoria. Pero salí corriendo hasta la casa de la señora que llevaba a mi otra nena en el transporte para decirle que iba a ir yo a buscarla. Se quiso morir cuando me vio. Estaba desfigurada y los mechones de pelo sobre mis hombros eran impresionantes. Fui al Jardín de Infantes a buscar a mi bebé y a la Escuela a buscar al otros. Con mis tres hijos y golpeada aparecí en casa de mi suegra en una ciudad vecina. En ese tiempo vivía también mi suegro.

- ¿Tuviste apoyo de ellos?

- Mi suegro era retirado de una Fuerza de Seguridad y también violento. Para ellos, mi estado era normal y lo que me dijeron fue que por un rato me podía quedar allí. Más, no, porque venía su hija del interior del país con sus nietos y marido, y no había camas. Decidieron llamar a mi hermano para que me viniera a buscar y así estuve quince días en casa de mis padres.

-¿Por qué no recurriste antes a tu familia?

- Mi papá era un hombre para quien el apellido era muy importante. Él se ganó el amor y el respeto de todo el mundo. Siempre fue un hombre de bien. Yo no quería que mi familia se ensuciara con este monstruo. Mi hermano también tenía su familia y yo no quería que ellos terminaran presos por este tipo. Aparte, me daba vergüenza y no les contaba nada, por amor a ellos. Yo amaba y amo a mi familia. Ellos tienen un prestigio, una familia propia, y yo no quería ensuciarles su vida con esta historia sucia.

- ¿Por qué volviste, entonces? ¿Lo amabas?

- No. Volví, como te dije, por amor a la familia, ya que él iba a molestar a cada rato allí y yo no sabía hasta cuándo podría aguantar a los míos para que no se metieran. Volví por miedo y vergüenza. Y así nuestro calvario continuó por muchos años más.

- ¿Trataste de que cambiara? ¿De hacer una terapia familiar?

- Sí, pero él no quiso.

- ¿Los chicos podían llevar a sus amigos?

- A veces sí, a veces no, según el estado de ánimo de él.

- ¿Trataste de volverte a ir?

- Muchas veces. Pero si quería ir a la comisaría porque los chicos quedaban adentro, me corría por la calle y me entraba de los pelos. Una vez me trajo de los pelos desde un comercio que estaba como a a cuatro cuadras. Era de noche y yo quería ir a denunciarlo.

- ¿Nadie te ayudaba?

- No. La gente no se mete.

- Podrías escribir un libro sobre violencia, ¿no?

- Así es. Fueron muchos años y mucha violencia sicológica y física. Yo le tenía un miedo atroz. No era fácil. Cuando quería mantener relaciones conmigo, me encerraba en el dormitorio y mis hijos estaban escuchando mientras él gritaba: "¡Quiero c...r!". Si yo me arreglaba un poco, él me manoseaba toda antes de salir y que me vieran otros hombres. Era un asco. Vivía bañándome, muchas veces con la ropa puesta. Buscaba purificarme el alma, limpiarme por dentro. Bañándome me sentía feliz, una persona, una mamá digna.

- ¿Seguía la violencia con los chicos?

- Una de las últimas palizas a uno de ellos, ya adolescente, fue porque no se levantaba enseguida para ir al colegio. Comenzó a golpearlo, y mientras se levantaba y trataba de ponerse las zapatillas, lo seguía golpeando en la cabeza, en la nuca. Lo corrió hasta el baño y siguió golpeándolo. Si caía, lo pateaba en la cabeza. Mi hijo quería decirle que no se levantaba porque era feriado, pero él no le dio tiempo. Fue un día terrible. Cuando la hermana mayor trató de defenderlo sacándoselo de entre las manos, él dio vuelta una mesa que cayó sobre el calentador encendido y se comenzó a prender fuego. Los chicos se escaparon corriendo mientras se iban poniendo una zapatilla de cada clase.

- ¿Cuánto hace que te separaste de él?

- Cuatro años. Pero volví a formar pareja hace un año y tres meses. Lo tomó muy mal y nos amenazó a ambos de que "íbamos a ser boleta".

- ¿Sigue viendo a los chicos?

- Sí, a los cuatro. Para con la más chica tiene un régimen de visita pero generalmente ha sido más amplio que el fijado. Yo trato de respetar la voluntad de la nena cuando desea estar con el padre o cuando prefiere visitar a una amiga o quedarse en casa. Creo que merece toda la libertad de elegir.

- ¿Cumple con los aportes?

- Desde hace varios meses no me da nada por alimentos ni siquiera la ayuda escolar que cobra con el sueldo. No sabe si la hija tiene o no para comer.

- ¿Cómo es tu vida ahora?

- Feliz. Dios me recompensa por tanto sufrimiento, tanta humillación, tantos golpes y violaciones. En casa nos sentimos bien. No existen las palabrotas ni las peleas. En todo este tiempo no  tuvimos ninguna discusión. Trabajamos en lo mismo y, por sobre todas las cosas, nos amamos. La nena más chica es muy apegada a nosotros, comparte nuestro trabajo y ahora es feliz.

- ¿Hubo alguna agresión reciente?

- Fue un viernes, veintipico de Junio. Llamó diciendo que venía a buscar a la nena. Le conté que ella había arreglado con una amiga y su mamá para ir al cine, pero él la vino a buscar igual. Cuando llegó, comenzó a golpear la puerta con violencia. Después fue casa por casa llamando a los vecinos, diciéndoles que yo era una atorranta, que le había robado los hijos, aunque la nena había estado el domingo anterior con él. Se paró en medio de la calle y a los gritos me insultaba y les decía de todo de mí a los vecinos que se habían asomado sorprendidos. Una de nuestras hijas, avergonzada por el espectáculo que estaba dando, lo insultaba y le decía que se fuera, que ésa no era su casa. La otra, la más chica, estaba tirada en el piso llorando aterrorizada y temblando. Pero a él no le importaba nada de ellas. Yo no quería abrir la puerta, pero no la pude contener a la mayor que se me escapó y quiso pegarle al padre. Después la más chica también quería salir. Entraba a una y se me escapaba la otra. Quería llamar a la policía pero no encontraba el número, y mi marido no estaba en casa. Fueron cuarenta minutos de un infierno. De pronto, se fue. Pero llamó al día siguiente diciendo que volvía a buscar a la nena. Antes de que viniera, llamé al 101 y les conté lo que pasaba. Los policías llegaron antes que él. Lo esperaron observando desde la esquina y en cuanto apareció se acercaron y lo detuvieron, haciéndolo subir a una camioneta.

- ¿Por qué hiciste eso? ¿No tenés miedo?

- Él trabaja en seguridad y a veces está armado. Delante de los policías me dijo que yo "iba a ser boleta". Pero ya no le tengo miedo. Sé que estoy jugada.

- ¿En qué forma te ayuda contarnos todo esto?

- Es una forma de pedir ayuda, de que alguien me escuche. Además creo que puede servirle a otros. Quiero evitarles muchas lágrimas a otros chicos. Quiero que otras mujeres no tengan miedo como lo tuve yo. Hago pública mi historia por seguridad. Yo misma tengo que crear mi propia protección. Y ayudar a otras a que puedan estar más protegidas. Sé que voy a contar con la colaboración de Violencia Familiar y de la Comisaría de la Mujer para esto. Ya me han atendido allí varias veces en el pasado. Allí me enteré también que hay muchos casos como el mío.

Recién ahora, a los 44 años de edad, no me da vergüenza de que la gente se entere. Y se lo debo a mi gente, a mi marido actual, a mis hijos, los míos y los de él, y, sobre todo, a mí misma, porque ahora comencé a respetarme. Antes me sentía una basura, pero ahora, junto con mi esposo, tratamos de hacernos aquí un prestigio, ganarnos el respeto de la gente. No voy a permitir que un golpeador que destruyó mi familia pretenda ahora destruir mi nuevo hogar, nuestro lugar de trabajo. A casa viene mucha gente y necesito darles seguridad a todos ellos. Que no estén temiendo que se repitan delante de ellos escenas terroríficas, amagos de violencia, llamadas amenazadoras. No lo merecen, como nosotros tampoco. Nuestra casa es también nuestro lugar de trabajo y es un lugar donde queremos que reinen la paz y el amor. Siempre quise un lugar así. Aunque es muy humilde, está abierta para todos los que vengan "con buena onda". Y la voy a defender con mi vida si es preciso. Es mi hora, y no la voy a desperdiciar. Gracias por escucharme y por comprenderme.

 

*****

violencia familiar

Es toda acción u omisión cometida en el seno de la familia, por uno de sus miembros que menoscaba la vida o la integridad física o psicológica o incluso la libertad de otro miembro de la familia, que causa un serio daño al desarrollo de la personalidad. Las principales víctimas son mujeres, niños, adolescentes y ancianos.

 

El maltrato puede ser físico, emocional, sexual, 

en la comunicación, 

o en la distribución de responsabilidades y tareas.

-consúltenos-

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