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Para investigadores de la historia de la región |
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CEMENTERIOS
Para fines del siglo XVIII había cementerio en Ensenada.
El 12 de enero de 1854, el Juez de Paz solicitó al Gobierno de la Provincia dinero para varias refacciones, entre ellas, la del cementerio.
El 30 de septiembre de 1854, se autorizó levantar una suscripción en el Partido para construcción de un nuevo cementerio, cambiándolo de lugar.
Por esos tiempos, luego de un crecimiento sorprendente a principios de siglo, la economía de Ensenada estaba destruida. Solamente tres comercios funcionaban más o menos bien y eran los que recibían a los marineros que tripulaban los buques que, de cuando en cuando, fondeaban en la bahía. Pero, como parece ser una costumbre, Ensenada sí servía cuando otros la necesitaban.
El ingeniero Pedro Benoit fue enviado en 1855 para reconstruir la batería (el fuerte) de modo de instalar en ella un lazareto para recibir los enfermos de fiebre amarilla que llegaban desde Montevideo. Entonces, el pedido de fondos para refaccionar el viejo cementerio fue aprobado, así como otro efectuado en marzo de 1857 con el mismo fin.
El tema lo hemos vuelto a encontrar en datos de 7 de Enero de 1861. En una sesión municipal ordinaria presidida por Ignacio Correas, entre otros asuntos se dio cuenta de una donación hecha por la testamentaria de Lezica y por intermedio de Vicente Letamendi, del material del antiguo saladero llamado "de Trapani", que había sido solicitado en compra con el objeto de emplearlo en la construcción de un cementerio.
Mientras se estaba buscando lugar para la nueva necrópolis, parece ser que los terrenos que más interesaban podían, después de una mensura de los terrenos del pueblo y de sus inmediaciones, resultar de propiedad de Guillermo Richardson y Sinforiano Huertas. Pero éstos dijeron que si se determinaba que ese terreno era de ellos lo donaban a favor del municipio. Era una manzana de unas cien varas de lado.
Se volvieron a reunir los municipales el 31 de Agosto de 1861 a fin de discutir los precios a cobrar por las sepulturas, decidiendo fijar una suma de $25 por cada fosa de 9 cuartas de largo por 4 de ancho.
Por ese tiempo, la población del pueblo era de 365 habitantes, en tanto que 2.338 personas vivían en el campo. El Partido ocupaba 40 leguas cuadradas. En el caserío había un cuartel, dos escuelas, una iglesia, cinco casas de alto, cuarenta y siete de azotea, cuatrocientas ochenta de paja y ocho de tejas. El comercio estaba integrado por cuarenta y dos almacenes y pulperías.
Pero ya estaba en construcción desde años atrás el Camino Blanco, que unía al pueblo con las Lomas de la Ensenada, y, sin saberlo, una sombra negra se avecinaba sobre el futuro de la sesentañera localidad. Porque todo el poder de Buenos Aires se iba a fijar en esas lomas para instalar allí la Capital de la Provincia, a costa del Partido creado en 1821. Y el cementerio también se perdería.
Por 1827 había aparecido "La Bella Ensenadera", sólida y vistosa galera que hacía un viaje por semana, ida y vuelta, desde Ensenada hasta la Capital. De propiedad de Laborde, utilizaba el que luego se llamaría "Camino Blanco" tanto cuanto podía, pues era más ventajoso para vehículo y pasajeros que el andar cortando campo. Sin embargo, Laborde solicitó un subsidio mensual hasta que mejoraran los tiempos.
La epidemia de cólera de 1868 sorprendió también a Ensenada. Pero los muertos no debían ser enterrados en el cementerio del centro, que parece haber estado ubicado en lo que hoy es la manzana circundada por las calles Pte. Perón (Colombia), San Martín, Don Bosco y Eva Perón (Libertad), sino en otro especial que debía construirse unas 20 cuadras al oeste del pueblo y junto al ya mencionado Camino Blanco. Los cadáveres debían ser cubiertos con una fuerte capa de cal, y rellenando el cajón con conchilla. Las sepulturas deberían realizarse a dos varas de profundidad. El 4 de Junio de 1868, la Municipalidad invitó a los principales vecinos del pueblo y Partido a una reunión que se realizaría el primer domingo en el salón municipal, con el objeto de proceder a la apertura de los presupuestos presentados para la construcción, entre otras cosas, de un nuevo cementerio.
Los tiempos habían cambiado y nunca se había visto hasta ese día tan grande animación e interés por el progreso de la localidad. La depresión de las décadas de 1850 y 1860 se iba superando. También para Laborde con su "Bella Ensenadera" las cosas mejoraban día a día. Y se comenzaba a hablar seriamente de la construcción de un puerto.
Podemos brindar un dato anecdótico para ubicarnos en esos tiempos. Por 1869 se instalaba en Ensenada alguien con vocación de médico, que no lo era, y de boticario, que tampoco lo era, aunque en realidad sí tenía práctica suficiente en ambos asuntos. Su nombre era Francisco Cestino.
Ante el resurgimiento de la vieja Ensenada, que ya tenía como setenta años, ojos interesados comenzar a mirar con más cuidado nuestro Partido y su ciudad-pueblo cabecera. Sus posibilidades comenzaron a ser evaluadas y dimensionadas, tal como ya lo fueran por sus pobladores, ahora por los porteños. Ensenada crecía, mejoraba, se poblaba, se hermoseaba, se modernizaba. El antiguo caserío de los pagos de Barragán, pese a sus años, como una adolescente comenzaba a a traer cada día más pretendientes.
Las últimas décadas de esa primera etapa del Partido de Ensenada, es decir, a partir de 1873, el pueblo tantas veces abandonado y tantas veces concurrido, según su comercio e industria fueran y vinieran, comenzó a ser algo que podía considerarse como permanente.
Podemos mencionar una curiosa situación vinculada con esta historia de cementerios y ciudad. El 31 de Mayo de 1876, Joaquín López Osornio presentó una solicitud a la Municipalidad, que todavía era "de la Ensenada", para obtener permiso a fin de hacer por su cuenta la exhumación de los restos del cementerio antigua, el que quedaba a una cuadra de la plaza principal, y en el que no se sepultaban cadáveres desde 1850. Quería trasladarlos al cementerio general del Partido, el nuevo cementerio que ya se estaba construyendo en las Lomas de la Ensenada (hoy ciudad de La Plata). Presupuestó la operación en $15.000, y le fue concedido el permiso el 12 de Junio. Por ello, no debería quedar hoy resto alguno de difunto en el que fuera el cementerio "del centro", situado, como dijimos, a pocas cuadras de la que entonces llamaban "Plaza de la Merced" y hoy conocemos como "Plaza Belgrano".
Habilitado antes de inaugurarse el nuevo cementerio, comenzó el peregrinaje, pues los ensenadenses debían trasladar a sus muertos en carros o coches.
Finalmente, cuatro años después del despojo con que los bonaerenses de Dardo Rocha se dieron el gusto de fundar una Capital para la Provincia y brindarle un Partido propio gigantesco, apoderándose del que fuera de Ensenada, en 1886 se habilita oficialmente el Cementerio de La Plata. |
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