El
buchón del barrio
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Extraño personaje que un día se acercó a la Editorial, se enteró de que estábamos por publicar una revista, y se quedó. |
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Fieles amigos: Que por Marzo es por Marzo, cuando estas latitudes ven alejarse la canícula estival y... Como ven, no ando bien. Estoy deprimido, muy deprimido. Esta página, la más medulosa, la más desenfadada, la que me lleva días y días de investigación profunda para echar un rayo de luz sobre lo que ustedes siempre quisieron saber y nunca se atrevieron a preguntar, tiene, según los directores, bajo rating. ¿Y qué es el rating, si se puede saber? La medición fría de la voluntad de las mayorías. ¿Y qué es, en definitiva, la voluntad de las mayorías como medida de la excelencia? Ustedes ya tienen una respuesta "in mente". Pero, quizá, mañana, cuando tengamos los famosos "picos de rating", cambien de opinión, como todos. En fin. Que me dieron la orden de subir el rating o me echan. Ergo, manos a la obra. Seguí recorriendo la Ensenada que me vio nacer, disfrazado de mil maneras diferentes, con el kit de trabajo que muchos de ustedes conocen: lupa, largavista, amplificador de sonidos, etc. ¿Y qué vi? Unas caripelas que espantaban al más pintado (para mis lectores extranjeros, "caripelas" es un nombre despectivo que se aplica a las caras - rostros - que en realidad tienen aspecto de baratas). Que Pedro L. protestando porque los lácteos se han vuelto más valiosos que los diamantes. Que Miguel S. porque se vende poco y lo que se vende cuesta cobrarlo. Que Federico C. (nombre de barco, ¿se acuerdan?) porque no logra organizar el equipo de ventas de su matutino. Que Oscar V. emprendiendo su campaña para ser intendente de la city. Que Claudio B. paseando por todo el sector céntrico un cochecito de bebé conteniendo un cajón con envases de cerveza. Es decir, para quienes no conocen Ensenada y su vida interior, como siempre, o, por lo menos, como en los últimos años transcurridos. Si hubiese sacado fotografías ayer, serían idénticas a las que podría haber sacado hace dos, tres o cuatro años. Por ello, me dirigí a la Dire y le pregunté; "¡Oh, bienamada y nunca suficientemente ponderada Dire! ¿Qué debo hacer?". Su respuesta fue clara y potente: "Estúpido. ¿Qué clase de Webón sos? ¿Para qué estamos en Internet?". Ella es tan simple y directa en sus razonamientos que me hizo dar de bruces contra la realidad. ¡Tengo la Internet, tengo! Y allí andan los más, cuyas vidas son tan interesantes, seguramente, o más, que las de los menos locales. Y me metí a investigar. Pero antes, tomé la precaución de abrirme una "mail-box" que viene a ser una casilla de correos pero electrónica. ¡Qué lo parió! Luego de tantos años de cuidar el invicto, me llenaron la canasta. "¿Quiere hacerse millonario en pocas horas?", "Tome pastillas de excremento de cordornices de la jungla de Camenteria y rejuvenezca cuarenta años". "Usted necesita un pitulingo más largo porque si no, posta, su señora se le va con Fulano que toma las famosas pastillas del Dr. Bob Ito y ya no sabe cómo sacarse de encima la multitud de pulposas señoritas que lo siguen por las calles requiriendo sus favores". Y después están las cadenas: "Mándele copias de este tierno mensaje a sus amistades o su futuro no vale dos tristes pesos". "Pachuflita necesita operarse de un juanete y el Presidente Bush ofrece u$a 20.000 de premio a quien colabore con la campaña de recaudación de fondos para conseguir los u$s 20 que cuesta la cirugía. Envíe u$s 50 a tal dirección y se ganará u$s 20.000 con la firma de Bush y de todos sus familiares en cada billete". Y después están los virus. Porque, de pronto, el antivirus parece que detectó algo y se puso a gritar como loco, mientras la pantalla se ponía de todos colores. La llamé a la Dire, vino más que corriendo, y me dijo dulcemente: "¡Pará, estúpido! - (ella siempre me dice así cuando quiere expresarme su afecto) - ¡No toques nada!". Se sentó, apretó un par de teclas y todo se calmó. ¡Cómo sabe la Dire!. Y, finalmente, están los buchones profesionales - llamados "hackers" - que se te meten en los "cookies" y saben hasta cuántas veces te levantaste para ir al baño mientras estabas conectado a Internet. Por eso no me extrañaría que me llegara un e-mail de "José Hacker" diciéndome: "¡Hola, Buchón! ¿Otra vez con esas molestas hemorroides?", e, inmediatamente después, otro e-mail: "Usted es un idiota que tiene hemorroides porque no toma las famosas pastillas del doctor Vayabien Decuerpo, que puede recibir en su casa por solamente u$s 14,99". Y finalmente otro diciendo: "A pesar de sus hemorroides, usted puede hacerse recontramillonario con nuestro infalible método de ganar dinero desde el water-closet de su hogar". Así que, mientras eliminaba e-mails sin abrirlos, como me dijo la Dire, esquivando mensajes donde me ofrecían hacerme crecer cualquier parte del cuerpo que me pareciera tenía pequeña, desviaba al córner las cadenas pidiendo para Puchulita y su juanete operable (y me perdía los veinte mil y la firma de Bush), rebotaba el excremento de codornices, me aseguraba un futuro infeliz por no reenviar un mensaje a mis amistades (que de todos modos no tengo ninguna), esperaba los virus con todas las trampas posibles para reventarlos, y procuraba que José Hacker se metiera en sus cosas y no en mis hemorroides, no pude enterarme de cómo anda la investigación sobre las ballenas allá por la Baja California, ni enviarle algunos pensamientos que valieran la pena a Olivia y sus amigos, ni ocuparme de que Marcelo escribiera algo nuevo desde Colombia, o que.... Toda una pérdida de tiempo. Una anécdota final: la Dire estaba encantada con los mensajes que nos envía casi cada noche este chico Gustavo L. Espirituales, profundos, trascendentes.... Dijo, en un rapto de inspiración: "Voy a abrirle una página propia para que todos aquellos que quieran elevar su espíritu puedan hallar allí un fuente de paz y reflexión". Justamente en ese momento, llegó un nuevo mensaje de Gustavo: una muchachita dulce haciendo todas las porquerías imaginables con un tipo que parecía haberse tomado toda la producción de pastillas para hacerse crecer eso. La Dire cayó de espaldas. Sus únicas palabras de cierre fueron: "La página de Gustavo y sus reflexiones espirituales, no va". Hasta la próxima.
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