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Sor Juana In�s de la Cruz

Estos versos lector m�o : Redondillas : Verde embeleso : Finjamos que soy feliz

Estos versos lector m�o

Estos versos, lector m�o,
que a tu deleite consagro,
y s�lo tienen de buenos
conocer yo que son malos,
ni disput�rtelos quiero,
ni quiero recomendarlos,
porque eso fuera querer
hacer de ellos mucho caso.

No agradecido te busco:
pues no debes, bien mirado,
estimar lo que yo nunca
juzgu� que fuera a tus manos.
En tu libertad te pongo,
si quisieres censurarlos;
pues de que, al cabo, te est�s
en ella, estoy muy al cabo.

No hay cosa m�s libre que
el entendimiento humano;
pues lo que Dios no violenta,
�por qu� yo he de violentarlo?

Di cuanto quisieres de ellos,
que, cuanto m�s inhumano
me los mordieres, entonces
me quedas m�s obligado,
pues le debes a mi musa
el m�s sazonado plato
(que es el murmurar), seg�n
un adagio cortesano.
Y siempre te sirvo, pues,
o te agrado, o no te agrado:
si te agrado, te diviertes;
murmuras, si no te cuadro.

Bien pudiera yo decirte
por disculpa, que no ha dado
lugar para corregirlos
la priesa de los traslados;
que van de diversas letras,
y que algunos, de muchachos,
matan de suerte el sentido
que es cad�ver el vocablo;
y que, cuando los he hecho,
ha sido en el corto espacio
que ferian al ocio las
precisiones de mi estado;
que tengo poca salud
y continuos embarazos,
tales, que aun diciendo esto,
llevo la pluma trotando.

Pero todo eso no sirve,
pues pensar�s que me jacto
de que quiz� fueran buenos
a haberlos hecho despacio;
y no quiero que tal creas,
sino s�lo que es el darlos
a la luz, tan s�lo por
obedecer un mandato.

Esto es, si gustas creerlo,
que sobre eso no me mato,
pues al cabo har�s lo que
se te pusiere en los cascos.
Y adi�s, que esto no es m�s de
darte la muestra del pa�o:
si no te agrada la pieza,
no desenvuelvas el fardo.

Sor Juana In�s de la Cruz

Redondillas

Hombres necios que acus�is
a la mujer, sin raz�n,
sin ver que sois la ocasi�n
de lo mismo que culp�is;

si con ansia sin igual
solicit�is su desd�n,
�por qu� quer�is que obren bien
si las incit�is al mal?

Combat�s su resistencia
y luego, con gravedad,
dec�s que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.

Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al ni�o que pone el coco
y luego le tiene miedo.
Quer�is, con presunci�n necia,
hallar a la que busc�is
para prentendida, Thais,
y en la posesi�n, Lucrecia.

�Qu� humor puede ser m�s raro
que el que, falto de consejo,
�l mismo empa�a el espejo
y siente que no est� claro?

Con el favor y el desd�n
ten�is condici�n igual,
quej�ndoos, si os tratan mal,
burl�ndoos, si os quieren bien.

Opini�n, ninguna gana,
pues la que m�s se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.

Siempre tan necios and�is
que, con desigual nivel,
a una culp�is por cruel
y a otra por f�cil culp�is.

�Pues como ha de estar templada
la que vuestro amor pretende?,
�si la que es ingrata ofende,
y la que es f�cil enfada?

M�s, entre el enfado y la pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere
y quejaos en hora buena.

Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y despu�s de hacerlas malas
las quer�is hallar muy buenas.

�Cu�l mayor culpa ha tenido
en una pasi�n errada:
la que cae de rogada,
o el que ruega de ca�do?

�O cu�l es de m�s culpar,
aunque cualquiera mal haga;
la que peca por la paga
o el que paga por pecar?

�Pues, para qu� os espant�is
de la culpa que ten�is?
Queredlas cual las hac�is
o hacedlas cual las busc�is.

Dejad de solicitar,
y despu�s, con m�s raz�n,
acusar�is la afici�n
de la que os fuere a rogar.

Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
junt�is diablo, carne y mundo.

Sor Juana In�s de la Cruz

Verde embeleso

Verde embeleso de la vida humana,
loca esperanza, frenes� dorado,
sue�o de los despiertos intrincado,
como de sue�os, de tesoros vana;

alma del mundo, senectud lozana,
decr�pito verdor imaginado;
el hoy de los dichosos esperado,
y de los desdichados el ma�ana:

sigan tu sombra en busca de tu d�a
los que, con verdes vidrios por anteojos,
todo lo ven pintado a su deseo;

que yo, m�s cuerda en la fortuna m�a,
tengo en entrambas manos ambos ojos
y solamente lo que toco veo.

Sor Juana In�s de la Cruz

Finjamos que soy feliz

Finjamos que soy feliz,
triste pensamiento, un rato;
quiz� prodr�is persuadirme,
aunque yo s� lo contrario,
que pues s�lo en la aprehensi�n
dicen que estriban los da�os,
si os imagin�is dichoso
no ser�is tan desdichado.

S�rvame el entendimiento
alguna vez de descanso,
y no siempre est� el ingenio
con el provecho encontrado.
Todo el mundo es opiniones
de pareceres tan varios,
que lo que el uno que es negro
el otro prueba que es blanco.

A unos sirve de atractivo
lo que otro concibe enfado;
y lo que �ste por alivio,
aqu�l tiene por trabajo.

El que est� triste, censura
al alegre de liviano;
y el que esta alegre se burla
de ver al triste penando.

Los dos fil�sofos griegos
bien esta verdad probaron:
pues lo que en el uno risa,
causaba en el otro llanto.

C�lebre su oposici�n
ha sido por siglos tantos,
sin que cu�l acert�, est�
hasta agora averiguado.

Antes, en sus dos banderas
el mundo todo alistado,
conforme el humor le dicta,
sigue cada cual el bando.

Uno dice que de risa
s�lo es digno el mundo vario;
y otro, que sus infortunios
son s�lo para llorados.

Para todo se halla prueba
y raz�n en qu� fundarlo;
y no hay raz�n para nada,
de haber raz�n para tanto.

Todos son iguales jueces;
y siendo iguales y varios,
no hay quien pueda decidir
cu�l es lo m�s acertado.

Pues, si no hay quien lo sentencie,
�por qu� pens�is, vos, errado,
que os cometi� Dios a vos
la decisi�n de los casos?

O �por qu�, contra vos mismo,
severamente inhumano,
entre lo amargo y lo dulce,
quer�is elegir lo amargo?

Si es m�o mi entendimiento,
�por qu� siempre he de encontrarlo
tan torpe para el alivio,
tan agudo para el da�o?

El discurso es un acero
que sirve para ambos cabos:
de dar muerte, por la punta,
por el pomo, de resguardo.

Si vos, sabiendo el peligro
quer�is por la punta usarlo,
�qu� culpa tiene el acero
del mal uso de la mano?

No es saber, saber hacer
discursos sutiles, vanos;
que el saber consiste s�lo
en elegir lo m�s sano.

Especular las desdichas
y examinar los presagios,
s�lo sirve de que el mal
crezca con anticiparlo.

En los trabajos futuros,
la atenci�n, sutilizando,
m�s formidable que el riesgo
suele fingir el amago.
Qu� feliz es la ignorancia
del que, indoctamente sabio,
halla de lo que padece,
en lo que ignora, sagrado!

No siempre suben seguros
vuelos del ingenio osados,
que buscan trono en el fuego
y hallan sepulcro en el llanto.

Tambi�n es vicio el saber,
que si no se va atajando,
cuando menos se conoce
es m�s nocivo el estrago;
y si el vuelo no le abaten,
en sutilezas cebado,
por cuidar de lo curioso
olvida lo necesario.

Si culta mano no impide
crecer al �rbol copado,
quita la sustancia al fruto
la locura de los ramos.

Si andar a nave ligera
no estorba lastre pesado,
sirve el vuelo de que sea
el precipicio m�s alto.

En amenidad in�til,
�qu� importa al florido campo,
si no halla fruto el oto�o,
que ostente flores el mayo?

�De qu� sirve al ingenio
el producir muchos partos,
si a la multitud se sigue
el malogro de abortarlos?

Y a esta desdicha por fuerza
ha de seguirse el fracaso
de quedar el que produce,
si no muerto, lastimado.

El ingenio es como el fuego,
que, con la materia ingrato,
tanto la consume m�s
cuando �l se ostenta m�s claro.

Es de su propio Se�or
tan rebelado vasallo,
que convierte en sus ofensas
las armas de su resguardo.

Este p�simo ejercicio,
este duro af�n pesado,
a los ojos de los hombres
dio Dios para ejercitarlos.

�Qu� loca ambici�n nos lleva
de nosotros olvidados?
Si es para vivir tan poco,
�de qu� sirve saber tanto?
�Oh, si como hay de saber,
hubiera alg�n seminario
o escuela donde a ignorar
se ense�aran los trabajos!

�Qu� felizmente viviera
el que, flojamente cauto,
burlara las amenazas
del influjo de los astros!
Aprendamos a ignorar,
pensamiento, pues hallamos
que cuanto a�ado al discurso,
tanto le usurpo a los a�os.

Sor Juana In�s de la Cruz

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