“¿En
que suelen confundirse con mayor frecuencia los demás, respecto a mí? En creer
que sólo soy como ellos me ven.”
Estaba pensando en esta nada original frase extraída de mis escritos íntimos (los cuales serán publicados póstumamente, como corresponde), de abril de 2004. Recientemente se me hizo muy evidente la discrepancia de varios de mis conocidos con respecto a una cosa en particular: ¿soy divertido o no? Esto, claro, tiene que ver con la manera en que me ven unos y otros. Me parecía extraño que algunos me consideraran entretenido y gracioso, y otros me reprocharan mi quietud y seriedad, haciéndome ver que se divertían tanto más con una clase de persona muy distinta a mi, con la cual yo soy totalmente incompatible, de más está decir. (Hay que decir que ciertamente yo puedo llegar a comportarme de manera muy distinta, según la compañía.)
Pensaba
en qué es lo que estas personas consideran divertido, cuál es su idea de la
diversión, y más que nada, de dónde proviene su sentido del humor.
Noté que algunos no son capaces de bromear más que hablando sobre pavadas, cosas sin importancia y que no tengan que ver con aquello que los afecte directamente, al menos de una manera profunda y significativa. El sentido del humor en estos está despersonalizado, podría decirse. En sus bromas, en sus risas, vemos un escaparse de sí mismos y de todo lo que tiene de conflictivo la existencia. En el momento que se ponen a reflexionar sobre algo importante, en algo que anda mal, se les borra la sonrisa de la cara, se deprimen y además se molestan si uno hace alguna broma.
¿Nunca
conocieron a alguien que tal vez sea inteligente, pero también increíblemente
superficial, y por eso se divierta del mismo modo que lo hace un chico de siete
años? A mi me gusta ser capaz de estar de buen humor e inclusive reírme a
carcajadas, sin dejar en suspenso mi inteligencia y mi madurez emocional. Eso no
quita que me permita decir idioteces de vez en cuando.
Más
allá de la inteligencia y de ser capaz de sobrellevar los problemas, está el
tema de los intereses que tenga uno. Muchas personas tal vez no consideren
graciosas un millar de bromas para cuyo entendimiento se necesite saber ciertas
cosas de historia, de literatura, de cine, de cultura popular o lo que fuere,
simplemente porque no tienen dichos conocimientos. Yo nunca entendería una
broma sobre videojuegos: desde que tengo algún interés en la música y el
sexo, no volví a jugar con ellos – y
la verdad es que no entiendo como existiendo las artes y el sexo, alguien se
pueda interesar en los videojuegos.
Del
mismo modo, otro podría no entender una broma de una película de Woody Allen
que se refiere a la segunda guerra mundial y la admiración que tenía Hitler
por Wagner, quien a su vez era antisemita (“Escuché tanto Wagner que me están
dando ganas de invadir Polonia”, o algo por el estilo dice Woody tras asistir
a una ópera en Manhattan Murder Mistery).
Mi amigo Germánico y yo a menudo nos matamos de risa en charlas en las
cuales aparecen personajes y temas tan amplios y disímiles como Maradona, el
cine porno, poetas satíricos de la antigua Roma, el programa de tv Boston
Legal, Luke Haines, el budismo, las historias de Dostoievsky, Pity Álvarez, los
experimentos de Mengele, el programa de Capusotto, Rocío Guirao Díaz,
Henry Miller, Paulina Bonaparte, Schevchenko, el programa de Dolina, además de
nuestras más patéticas y bizarras experiencias personales (más de una vez me
pregunté si no me metería en ciertas situaciones para tener algo gracioso –
y patético – que contarle después a Germánico).
Todo esto me lleva, simplificando un poco, a
considerar que hay tres grandes cuestiones que influyen en el sentido del humor,
en la manera en que éste se orientará:
A)
Nivel de inteligencia
B)
Nivel de cultura e intereses personales
C)
Manera de afrontar la realidad y todo lo que pueda tener ésta de perturbador
Al fin y al cabo (y volviendo a lo que decía al principio), más allá
de la inteligencia y de los intereses personales, el sentido del humor refleja
en algún punto la actitud que tiene uno frente a la vida, la capacidad de
afrontar peligros, cuál es el grado de realidad que puede tolerar uno y, en
suma, el grado de la fortaleza de espíritu que se posee.
También debería aclarar
que a cierta clase de persona, como por ej. yo, le cuesta bastante
sentirse en confianza como para mostrarse tal cual es y resultar espontáneo.
No pretendo ser aquí exhaustivo. Podría extenderme en algunos puntos, pero
juzgo más conveniente ahora ser breve.
Una aclaración: soy consciente de que puedo estar
completamente equivocado en muchas cosas, o inclusive en todo lo que digo.
Escribir esto no es más que un ejercicio de mi intelecto. Ahora me voy a clavar
una pajilla, para ejercitar el órgano sexual, y luego me voy al gimnasio, a
ejercitar el resto de los músculos.