Perdón / Por favor

 

   Son éstas dos expresiones que trato de utilizar lo menos posible: “perdón”, porque implica arrepentimiento, mala conciencia y demás sentimientos negativos; “por favor”, porque nada de lo que tiene algún valor se obtiene mendigando.

   Por supuesto que como persona educada, cortés y amable que soy, utilizo las dos expresiones en el trato diario: “¿podrías por favor pasarme la sal?”; “te ruego que me disculpes por haber llegado tarde”, pero está claro que me refiero a otra cosa.

   Para no tener que pedir perdón, trato de pensar con frialdad antes de hacer algo que pueda tener consecuencias importantes. Por supuesto que uno es humano y se equivoca, pero tratemos de hacerlo lo menos posible y de, en caso de hacerlo, no perjudicar a aquellos que nos importan y se merecen lo mejor de nosotros. En tal caso no tengo ningún problema en reconocer mi falla y disculparme, pero como actúo de buena fe, no tengo remordimientos, y por eso mismo no genero rencor en quienes pude haber ofendido.

   Tener que pedir por favor puede generar en uno un sentimiento detestable, el de haber tenido que rebajarse para conseguir algo. No podemos perdonar a quienes nos obligaron a ponernos en tan humillante situación, y aquello que obtuvimos estará por siempre manchado con el recuerdo de nuestra vergüenza, de modo que no tendrá valor alguno, o mejor dicho, pasará a tener un valor simbólico negativo. Considerando esto, vemos lo fácil que es que se arruine una relación entre dos personas. Las cosas importantes no se pueden mendigar, no deben regalarse, sino “merecerse”, y en ese caso, no habría por qué pedir por favor. Se puede tener lástima por alguien inferior, caso en el cual estará bien hacer un favor, “regalar” algo. Pero en el trato entre iguales, hacer que el otro se rebaje para elevar su propio sentimiento de poder, es característico de canallas.

   Con las personas que tengo un trato más intimo es muy raro que tanto ellos como yo tengamos que recurrir a estas expresiones: lo hacemos, pero como meras formalidades, sabiendo que en realidad no hace falta, porque cuando nos pedimos algo o necesitamos ayuda, sabemos que el otro nos ayudará, siempre que le sea posible, sin que debamos rogarle, y cuando nos equivocamos, somos capaces de explicarnos razonablemente (si es que hace falta) el porqué de nuestros errores, de modo que no es necesario disculpar nada.

 

 

 

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