I. Sobre los cambios: Una cuestión de metabolismo

 

¿Alguna vez les pasó encontrarse con alguien que no veían hace mucho tiempo, y notarlo muy cambiado – para peor – , acusando en su rostro y en su cuerpo los golpes de la vida, los sufrimientos, los excesos (ya sea de alcohol, de drogas...o de comida)?

   Hace unos años me crucé en un antro a una chica con la que había tenido trato por unos pocos meses, tiempo atrás. No habían pasado más que dos años y medio desde que la había conocido, y dios...se veía terrible. Qué tristeza. Creo que tenía veinte años, y ya estaba acabada.

   A veces también sucede que en primera instancia una persona se ve bien (o digamos: normal, envejecida de la manera que se podía esperar, y nada más), pero al entablar conversación, se nota un cambio de actitud. Y lo que decía antes de “los golpes de la vida”: tal vez éstos no repercutan en el exterior de la persona, pero sí en el interior, en su manera de pensar y de sentir. Cuántos se vuelven amargados, desconfiados al extremo, adquieren un semblante abatido, o bien se tornan débiles mentales, “maduran” y se entregan a las convenciones que dicta la sociedad (de las cuales antes se burlaban), renunciando a todo lo que represente un desafío y requiera esfuerzos. Cuántos pierden el ímpetu de la juventud, el buen humor, el sonreír desafiantes ante el peligro. Cuántos pierden, en definitiva, la salud (por más que un doctor les dijera que están sanos). Y cuántos parecen haber vuelto de una guerra, llenos de horribles cicatrices emocionales que los vuelven feos, quedando marcados para toda la vida, irremediablemente jodidos... 

 

   No me avergüenza decir que sufrí mucho. Toda mi adolescencia (la cual ¿terminó? hace rato) fue horrible, pasé años enteros sin motivación alguna para vivir. ¿Qué me ocurrió entonces, que fuera tan malo? Crecí, maduré, nada más – ni nada menos (“el dolor comienza con el entendimiento”). Pero sucesos malos, significativamente malos, no hubo ninguno. Más recientemente, sí que los hubo (el año pasado, 2006, fue el peor de mi vida adulta), pero para entonces mi personalidad estaba hace tiempo formada y definida, y estos sucesos, los cuales – se me ha a creer – no toca vivir a todo el mundo, no me perjudicaron más que momentáneamente, y no me cambiaron. Incluso me reconforta saber que soy lo suficientemente fuerte para soportar esta clase de cosas. Me siento ahora más fuerte, pero no hay que engañarse: estos eventos no hicieron mas que consolidar aquello que ya había en mi, y confirmar que yo era de tal manera – es decir: alguien fuerte. “Quien no tenga de joven un corazón duro, no lo tendrá jamás”. Ahora mismo ni siquiera pienso que sea tan malo, lo que tuve que vivir... Una salud como la mía puede permitirse esas colisiones. Con cada día que pasa, los sucesos que en un momento me parecieron terribles, me van pareciendo, cada vez más y más, simples nimiedades. Eso se llama “digerir” los sufrimientos, los sucesos. Quien está bien constituido, puede pasar mayor cantidad de comidas fuertes, y digerirlas con mayor rapidez. Es una metáfora, claro – las comidas fuertes serían sucesos importantes (se nota que intuyo que quienes me han de leer serán en su mayoría infradotados, ¿no?).

   Es necesario conocerse, saber cuándo se está listo para la vida. Es muy común en los jovenzuelos (y más aun en las jovenzuelas), creer que pueden llevarse el mundo por delante, siendo aun niños, meros bosquejos de personas. Y así viven, “a mil”, sin detenerse un momento a pensar, hasta que de repente se dan cuenta: están jodidos, traumados, en cinco años se quemaron, y ahora lucharán toda la vida para reconstituirse. Toda la vida luchando para arreglar lo que rompieron en cinco minutos (pues esos cuatro o cinco años, cuanto tengan cincuenta, se darán cuenta que fueron cinco minutos).  

 

 

II. Elegancia en el sufrimiento

 

“Las vivencias horrorosas nos hacen pensar si quien las experimenta no es él mismo horroroso.”

                                                                               Nietzsche, Más allá del bien y del mal

 

   Alguna vez he pensado que a ciertas personas les viene muy bien tener a mano un par de vivencias que consideren terribles u horrorosas, para justificarse ante sí mismos por estar mal, por sufrir. Necesitan razones para sufrir con la conciencia tranquila, sin sentirse tontos ante sí, y también para inspirar compasión (y hasta admiración) en los demás. El martirio es el ultimo consuelo de quienes se dan cuenta que no pueden evitar vivir sufriendo miserablemente.

   Estos seres enfermizos tienen la necesidad de justificar el dolor que sienten con sucesos externos. Si fueran más valientes aceptarían que su dolor viene desde adentro. O que, en muchos casos, esos sucesos son provocados por ese mismo dolor, debilidad, o lo que sea que les aqueje.

   Yo pienso que hay que cuidarse mucho de ser autocompasivo, de creer que se tiene todo el derecho de sufrir, de vivir quejándose, lloriqueando por una cosa o la otra. A todos les gusta pensar que las cosas que le ocurren son las peores. Esa actitud es una mierda. Yo creo que es mejor pensar que las cosas suceden, y eso es todo: ni siquiera hay que sentirse muy especial, por más que le suceden a uno cosas especialmente malas. Como dice una bonita canción, “Life is unfair, kill yourself or get over it” (La vida es injusta, matate o superalo – Black Box Recorder, Child Psychology).

   En los peores momentos, en los que pareciera que la vida se ensaña con uno, no está mal recurrir al estoicismo y decir con Epicteto: “Culpar a otros de nuestras desgracias es una muestra de ignorancia; culparnos a nosotros mismos constituye el principio del saber; abstenerse de atribuir la culpa a otros o a nosotros mismos es muestra de perfecta sabiduría.”

   Al pensar en esta clase de gente que muestra abiertamente lo mucho que sufre, y relata con detalles sus desgracias, se me venía a la mente esta otra frase de mi amigo Nietzsche: “el dolor profundo ennoblece y separa del resto”. Separa, en tanto que distingue y diferencia, pero también en tanto que aísla. Por eso me llamó siempre la atención que ciertas gentes que se jactaban de sufrir hondas dolencias no fueran capaces de guardarse el más mínimo dolor para sí, que necesiten siempre espectadores para el espectáculo de su sufrimiento. Hay quienes atraviesan la vida como actores, en el peor sentido posible (no me extenderé  aquí, pero hay maneras y maneras de actuar, de disfrazarse, de engañar. Hay quienes actúan simplemente para no ser molestados. Lo que condeno es la actitud de buscar compasión, de provocar lástima). La vanidad del histrión, contemplada en toda su magnitud, me da ganas de vomitar...o mucha risa, según el caso.

   Hay que saber sufrir en soledad; hay que saber mantener la elegancia en el sufrimiento.

 

 

 · 2007 ·

 

 

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