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Estambul. Ciudad áspera, de contrastes, con hermosos paisajes y monumentos que atestiguan una gloria pasada, una historia milenaria, y al mismo tiempo la reputación de ser un lugar hostil, violento y desagradable, con temperaturas extremas que resultan todavía más agobiantes debido a la gran humedad que hay tanto en invierno como en verano.................................................................
Nunca fui a Estambul. Una conocida mía que vive en Europa fue de vacaciones por una semana a Turquía, y me pasó esta foto y algunas más que documentan dicho viaje.
Así que como yo en el verano no me iba a ningún lado de vacaciones, miré largamente esta foto de aquí arriba, e imaginé como sería estar ahí... Me sumergí en el paisaje, me figuré en ese lugar con una mujer hermosa, de curvas hirientes y silencios inexpugnables (pues el palabrerío idiota es capaz de arruinar las mejores curvas). Y compuse esta pequeña música, que sería el equivalente de una postal de mis vacaciones imaginarias en Estambul. DESCARGAR AQUÍ: LINK
Mi conocida, ella misma dueña de proverbiales silencios (ni hablar de sus curvas), aparte de pasarme las fotos no hizo más comentario – por suerte – que éste sobre Turquía: “era todo muy caro”. Así que no condicionó en absoluto mi imaginación, podía mirar esta fotografía y pensar cualquier cosa. Y por supuesto, uno siempre llega a pensar en lo mismo...
Escuchamos en esta música una especie de energía malsana, enfermiza, un clima
opresivo y agobiante. El infernal verano de Estambul, en otras palabras – es
decir: según hemos leído.
Recientemente chateaba con una joven, quien me decía que entre la
facultad y el trabajo estaría ocupada de 8 AM a 9 PM todos los días, de modo
que en el año (que apenas comenzaba) no tendría nada de tiempo, pero que era
por una buena causa: pasar fin de año en Nueva York. Yo le dije: prefiero ser
pobre a no tener tiempo, que es lo mismo que no tener vida. Y respecto a sus
fabulosas vacaciones, me importan un comino, pues sabiéndome capaz de crearme
por mi cuenta sensaciones equivalentes a conocer paraísos impensados, infiernos
desoladores, limbos de una quietud exasperante y demás mundos extraños, sabiéndome
alguien con una vida interior tan inmensa…no necesito viajar a ningún lado.
Aquí, en este modesto cuarto, con sólo cincuenta centavos en mis bolsillos, me
siento rico.
Y no solo me siento rico, sino también generoso, de modo que les regalo a ustedes también la posibilidad de conocer lugares remotos mediante mi música. Hoy es Estambul, la próxima será otro lado. Que lo disfruten.
No quisiera que se me malinterprete: la idea de viajar me parece muy atractiva conceptualmente, sólo que no creo que valga la pena estar todo el año trabajando como un esclavo con el único consuelo de saber que uno podrá irse en el verano por cinco días a Nueva York, Paris, Roma o donde sea. También sé que para mucha gente viajar a un lugar lejano representa, simbólicamente, alejarse de sus problemas. Pero yo sé que viajar (“escapar”) no soluciona nada: si me tengo que sentir miserable (y a veces resulta inevitable hacerlo), lo haré en cualquier parte del mundo lo mismo que aquí, en mi hogar.
De hecho yo soy tan obstinado respecto a mis angustias, a mis conflictos internos, que si me estuviera sintiendo aquejado por ellos, menos que nunca me iría de donde vivo, pues me sentiría un cobarde. Me gusta enfrentarme a mis demonios, me place probarme que soy capaz de soportar grandes sufrimientos sin pedir ayuda y sin “alejarme” de las cosas (ni siquiera simbólicamente), sin hacer nada para aliviar esas dolencias, en definitiva.
Un par de meses atrás, otra señorita que vive en Bs. As., me envió una
carta electrónica desde Neuquen, adonde había ido por dos semanas. Me contaba
que estaba disfrutando su estadía allí, relajándose, al encontrarse lejos de
su casa, de su padre, y demás factores que le generaban estrés.
Yo vi su carta estando en un mugroso ciber de Buenos Aires (es casi redundante
llamar mugroso a un ciber, ¿verdad?), y por este factor, sólo pude atinar a
responderle de modo muy breve y con apuro. Así fue como al final de mi carta le
escribí: “espero que la sigas
pasando bien allá en Neuquen,
alejada de todo (aunque no de vos misma)”.
Música: Octavio M.
Grabada en febrero/marzo 2008.
