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20 de Febrero Jueves VI Ordinario Equipo de Liturgia Mercabá, 20 febrero 2025 Meditación A la pregunta de hoy de Jesús a sus discípulos (y vosotros, ¿quién decís que soy yo?), Pedro respondió, quizás como portavoz del grupo: Tú eres el Mesías. La versión de Mateo añade alguna cosa a la de Marcos, pero ésta parece más cercana a los orígenes.

A juicio de Pedro, pues, Jesús no era un profeta más, ni otro Elías, ni otro Juan Bautista ni cualquier otro profeta (que es lo que pensaba la mayor parte de la gente, a excepción de los enemigos de Jesús), sino que era el Mesías. Decir Mesías era decir Ungido del Señor para llevar a cabo la misión encomendada, y confería una singularidad a Jesús que le colocaba por encima de los profetas.

Jesús, aun reconociendo el acierto de la designación (revelada a Pedro por el Padre celestial), les prohíbe terminantemente divulgarlo. Ya sabemos que la expresión podía dar lugar a equívocos, y prestarse a interpretaciones falsas o abusivas. Y que con ella podía confundirse a Jesús con un líder carismático capaz de emprender una campaña revolucionaria y violenta. Por eso, para no ser motivo de alarma, ni provocar a los dirigentes del pueblo y a las autoridades imperiales, era mejor no divulgarlo.

Quizás se encuentre aquí la razón de la terminante prohibición de Jesús. Eso es lo que parecen indicar al menos sus instrucciones y precisiones: El Hijo del hombre tiene que padecer mucho, tiene que ser condenado por los senadores, sumos sacerdotes y letrados, ser ejecutado y resucitar a los tres días.

Jesús lo tenía muy claro, y por eso podía explicarlo con toda claridad. Su futuro mesiánico no será el de un militar triunfante, ni el de un hábil político, sino el de un condenado a muerte por las autoridades legítimamente constituidas.

Pero no el de un condenado a muerte tras haber sido capturado en una campaña militar, o tras haber cosechado repetidos triunfos en campañas diversas. Sino el de un condenado a muerte que había sufrido previamente la incomprensión de los que estaban investidos de autoridad judicial y habían hecho recaer sobre él la grave acusación de blasfemia.

Su futuro es, pues, el de un condenado a muerte, pero también el de un resucitado (a los tres días) de entre los muertos. Es un futuro en el que habrá sufrimiento, y sufrimiento abundante (el Hijo del hombre tiene que padecer mucho), pero también gloria.

Habrá gloria porque el condenado es un hombre inocente, que será rescatado por el Dios que es juez supremo de vivos y muertos, muy por encima de esos jueces que le condenaron injustamente a una muerte ignominiosa entre dos malhechores.

Pedro no entiende ni acepta este diseño de futuro, y por eso se lleva aparte a Jesús (como si tuviera ascendencia sobre él) y lo increpa para que deseche pensamientos tan nefandos. Esto se hace merecedor de un severo reproche por parte de Jesús, y en presencia de los demás (para que no alimentasen las mismas fantasías) le contesta: ¡Quítate de mi vista, Satanás! Tú piensas como los hombres, no como Dios.

La reacción de Jesús resulta casi violenta, y tiene la dureza de las descalificaciones, pues está viendo momentáneamente en su discípulo a un aliado de Satanás, que pretende desviarle de su camino y de la voluntad de su Padre, cuando él no ha venido para otra cosa que para eso.

Pensar como los hombres es aquí no pensar como Dios y, por tanto, oponerse en cierto modo a sus planes, que es lo que hace expresa y radicalmente el demonio (ese mismo que le tienta a hacer actos de poder como transformar las piedras en panes o arrojarse desde el alero del templo). En efecto, ése fue el demonio que le tentó a seguir su trazado y a someterse a su poderío haciendo un simple acto de adoración, el mismo que le tentará por boca de los miembros del Sanedrín a bajar de la cruz estando clavado a ella. Tras la increpación de Pedro, ve Jesús al mismo tentador del desierto, y de ahí la dureza de la respuesta: ¡Apártate de mi vista!

Nosotros podemos ver hoy las cosas desde otra perspectiva diferente a la que tenía Pedro (y los demás discípulos) en aquel momento. Nosotros vemos hoy las cosas desde los acontecimientos consumados y desde sus interpretaciones redentoras. Por eso disponemos de más y mejores elementos de juicio para hacernos una idea más ajustada a la realidad.

Aun así, nos sigue costando mucho asimilar el pensamiento (= plan) de Dios sobre su Hijo y su obra salvífica, culminada en el Calvario. Así como nos cuesta también, y quizás mucho más, asimilar el proyecto de Dios sobre cada uno de nosotros, un proyecto de gloria que pasa inevitablemente por la cruz. Act: 20/02/25 @tiempo ordinario E D I T O R I A L M E R C A B A M U R C I A
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