Tesis sobre el Guerrillerismo

Miguel Capa, Eugenio Greco y Alberto Franceschi

Edición electrónica: Secretariado Centroamericano, Centro Internacional del Trotskismo Ortodoxo. Julio, 2001
Tomado de Cuadernos Obreros, Tegucigalpa, 1993


Presentación por Eugenio Greco

l triunfo de la revolución cubana fue una conquista colosal del movimiento de masas que instauró el primer estado obrero en América Latina, a muy pocos kilómetros del más poderoso imperialismo del planeta. Pero, al mismo tiempo, provocó entre los luchadores antiimperialistas de nuestro subcontinente una adhesión amplísima a la que, según Castro y el Che Guevara, habría sido la estrategia victoriosa: el "foco" guerrillero. Miles de jóvenes en casi todos nuestros países asumieron como suya la concepción guerrillerista y tomaron las armas. Quince años después, esa generación de revolucionarios había sido aniquilada. Tal fue el resultado, sin ninguna excepción, de las experiencias de Yon Sosa y Douglas Bravo, los Tupamaros, el ERP y los Montoneros rioplatenses, De la Puente Uceda en el Perú, Marighela en Brasil y el propio Che en Bolivia. En muchos países, el accionar guerrillero fue, también, un catalizador fundamental de golpes de estado fascistoides, que causaron durísimas derrotas al movimiento obrero y de masas; tal el caso, por ejemplo, de la Argentina y el Uruguay.

Entre las corrientes que se reclaman socialistas cundió también la borrachera guerrillerista, que abarcó desde organizaciones pequeñoburguesas como el MIR chileno hasta toda un ala del trotskismo encabezada por Mandel. En cambio, el guerrillerismo fue combatido, desde la derecha, por los partidos comunistas y, desde la izquierda, por la tendencia trotskista encabezada por el Socialist Workers Party de los Estados Unidos y el Partido Socialista de los Trabajadores (hoy Movimiento al Socialismo ) de la Argentina. Esta tendencia, que constituyó la Fracción Leninista Trotskista , se dividiría años más tarde. El SWP norteamericano giró 180 grados y hoy reniega de aquellas posiciones. Nuestra corriente, la Liga Internacional de los Trabajadores - Cuarta Internacional (LIT-CI) , las sigue defendiendo.

Los argumentos con que los stalinistas y los trotskistas de la FLT combatíamos la concepción y estrategia guerrillera eran, por supuesto, opuestas por el vértice. Los stalinistas preconizaban por aquel entonces la existencia de una "etapa" burguesa y antifeudal de la revolución latinoamericana, a la cual había que defender frente al "fascismo". Semejante definición los conducía a frenar todo tipo de lucha, fuera guerrillera o de masas, en todos lados: defendieron a Batista contra Castro y a Somoza contra los sandinistas; paralizaron a los trabajadores chilenos bajo Allende para no desestabilizar lo que denominaron "vía chilena" de la revolución, es decir, la "vía pacífica al socialismo".

Nuestra corriente, al tiempo que combatía esta concepción etapista y reformista de los stalinistas, sostenía que el triunfo de la revolución sería fruto de la movilización de masas, y no de las acciones de una élite de combatientes guerrilleros aislados. Las catástrofes de Chile en un polo y las desventuras guerrilleras en el otro nos dieron la razón.

Tras la derrota de estas guerrillas castro-guevaristas de la "primera época", el guerrillerismo prácticamente había desaparecido de América Latina. Los escasos sobrevivientes o bien quedaron moral y políticamente deshechos, o bien terminaron de asesores de gobiernos burgueses con vestiduras izquierdistas. Este último triste fin fue, por ejemplo, el de Béjar ocupando altas funciones bajo el régimen militar de Velazco Alvarado, y el de Régis Debray, asesor del gobierno imperialista de Mitterrand. El propio líder montonero argentino Firmenich, desde la cárcel, sólo levanta su voz para pedir un lugarcito en la estructura de un partido burgués reaccionario como es el peronismo.

Se podría pensar que el guerrillerismo estaba definitivamente acabado en Latinoamérica. Pero no fue así. El triunfo de la revolución nicaragüense ha vuelto a impactar en el mismo sentido sobre sectores importantes de la juventud antiimperialista. Han renacido las guerrillas, como lo demuestran el FMLN en El Salvador, el M-19 y otros grupos en Colombia, Sendero Luminoso en el Perú... Ante esta realidad, quienes combatimos el guerrillerismo en el pasado, denunciándolo como un callejón sin salida para los revolucionarios latinoamericanos, que sólo podía llevarlos a una muerte heroica pero inútil y a provocar derrotas para el movimiento de masas, debemos salir nuevamente al cruce de una política y estrategia tan nefasta para los trabajadores latinoamericanos y los luchadores antiimperialistas.

Las Tesis que presentamos a continuación son sólo un primer paso en el duro debate que se reinicia. Como no tienen un carácter concreto sino de reafirmación general de los principios del socialismo obrero revolucionario, queremos, en esta introducción, señalar algunos aspectos particularmente importantes de la realidad de las revoluciones dirigidas por organizaciones guerrilleras o que hicieron guerrillas.


�Qui�n hace la Revoluci�n?

�La Guerrilla o las Masas?


esde Mao en adelante parece darse casi una ley: cuando triunfa una revoluci�n cuya direcci�n fue guerrillera o hizo guerrillas, se produce y generaliza una concepci�n equivocada: quien triunf� fue la guerrilla, no el movimiento de masas. Sin embargo, la realidad indica lo contrario: jam�s triunf� una organizaci�n guerrillera en base a su estrategia guerrillera (m�s bien siempre fueron derrotadas); siempre que hubo triunfos revolucionarios ellos fueron producto de grandes movilizaciones revolucionarias de masas. Algunas direcciones, como la castrista, ocultaron esa realidad; otras, como la sandinista, la reconocieron. Pero as� fue.

En el caso chino, la �Gran Marcha� fue en realidad una gran huida. Desde el punto de vista militar, el P.C. estaba cada vez peor, casi derrotado, aunque manten�a una poderosa influencia como partido pol�tico. Lo que salv� a Mao fue, parad�gicamente, la invasi�n japonesa. Toda China se levant� contra los japoneses. En toda ciudad, pueblo o aldea chinos surgieron organismos de resistencia al invasor, en los cuales participaban desde los trabajadores y campesinos hasta importantes sectores de la burgues�a. Mao, inteligentemente, volc� su partido hacia esas organizaciones de masas de resistencia y ese fue el secreto de su victoria. Mao fue, s�, la direcci�n pol�tica de la revoluci�n china. Pero no por haber hecho guerrillas �independientemente de que ello fuera necesario en su momento como t�ctica militar defensiva�, sino por el papel pol�tico que jug� como direcci�n del multitudinario levantamiento de las masas contra el imperialismo japon�s.

La experiencia cubana tiene elementos comunes con la china. Las dos acciones guerrilleras que reivindica Fidel Castro, el asalto al Moncada y el desembarco del Gramma, terminaron en sendas cat�strofes militares. Pero Castro era un gran dirigente pol�tico de masas, la m�xima figura de izquierda de un partido burgu�s de masas opositor a Batista, el Partido Ortodoxo. Fue el levantamiento contra la dictadura batistiana de los semiproletarios agr�colas y los campesinos pobres primero y de la clase obrera y el pueblo urbano despu�s, quienes dieron su fuerza al Ej�rcito Rebelde, desmoralizaron a las tropas del r�gimen y, por medio de la huelga general, abrieron las puertas de las ciudades fundamentales de Cuba al triunfo total de la revoluci�n.

Guevara, que se declaraba disc�pulo de Mao y de su estrategia de �Guerra Popular Prolongada�, de la periferia hacia el centro, del campo hacia la ciudad, extrajo de la experiencia cubana conclusiones opuestas a la realidad. Quiz�s por no ser �l mismo un dirigente pol�tico de masas, teoriz� esas falsas concepciones llev�ndolas al extremo. De all� surgi� la teor�a del �foco� guerrillero: la simple instalaci�n de un reducido grupo de combatientes en alguna zona de dif�cil acceso para el ej�rcito ya era el comienzo de la revoluci�n; ese peque�o grupo ir�a ganando el apoyo de la poblaci�n local y extendiendo su acci�n hasta convertirse en un ej�rcito y pasar de la guerra de guerrillas a la guerra convencional contra el ej�rcito enemigo. En el esquema del Che, las condiciones objetivas eran necesarias s�lo en el sentido de que hubiera una gran miseria de las masas y un r�gimen odiado; lo dem�s ven�a solo, como producto de la voluntad y hero�smo combatiente de un pu�ado de luchadores. La disposici�n o no de las masas a entrar en lucha no era tomada en cuenta por la estrategia foquista como un factor objetivo. Por supuesto, el Che reconoc�a la necesidad de un apoyo de masas para que la guerrilla triunfara. Pero ese apoyo de masas se lograr�a a fuerza del voluntarismo de los combatientes, no como una disposici�n de las masas para salir a la lucha. Era, en ese sentido, claramente antileninista, ya que Lenin siempre ubic� a la movilizaci�n revolucionaria de las masas como un factor objetivo, independiente de la voluntad de los revolucionarios.

La influencia de esta teor�a y estrategia castro-guevarista impregn� a todos los guerrilleros latinoamericanos. Es cierto que el auge de las luchas urbanas a fines de los �60 y durante los �70 (estallido estudiantil-popular en M�xico en 1968, �Cordobazo� argentino de 1969, etc.), junto a varias derrotas de la guerrilla rural, hicieron surgir una variante guerrillera urbana. Pero ella se basaba en los mismos principios que el foquismo rural guevarista: la �propaganda armada�, es decir el terrorismo urbano �ense�ar�a� a los trabajadores y al pueblo de las ciudades la necesidad de la lucha armada y los llevar�a a apoyar a la guerrilla.

En el caso nicarag�ense, los sandinistas estaban divididos en diferentes alas, desde la �Proletaria� que preconizaba las acciones urbanas, hasta la denominada �Guerra Popular Prolongada�, m�s cercana a la ortodoxia mao�sta. Pero todas ellas, tras largos a�os de combates contra Somoza, estaban diezmadas y reducidas a su m�nima expresi�n. En las v�speras mismas de la revoluci�n nicarag�ense, entre todas, sumar�a 50 o 100 militantes. Estando la guerrilla sandinista militarmente casi acabada, estall� la insurrecci�n de las masas tras el asesinato de Chamorro. El sandinismo se lanz� a la ofensiva, pero si bien ella sirvi� para distraer fuerzas gubernamentales hacia los frentes sur y del norte, no fue esa ofensiva militar la que dio el triunfo a la revoluci�n. Somoza cay� por la acci�n insurreccional de las masas urbanas, a la cual frecuentemente los destacamentos armados del sandinismo llegaban tarde o directamente no llegaban. Pero el sandinismo, que tuvo el gran m�rito pol�tico, no militar, de ser opositor intransigente y enemigo mortal de Somoza, fue visto por las masas como su direcci�n pol�tica. El pueblo insurrecto se llamaba a s� mismo �sandinista�, aunque no hubiera presente un solo militante ni combatiente sandinista. La direcci�n sandinista vio el proceso insurreccional y, abandonando toda teor�a guerrillerista, se volc� hacia �l, gan�ndose el papel de dirigente pol�tico de la revoluci�n.

Tuvo, adem�s, el gran m�rito y honestidad de reconocer la realidad tal cual fue. El comandante sandinista Luis Carri�n se�al�: � El elemento predominante de nuestra guerra ha sido la insurrecci�n �. El comandante Joaqu�n Cuadra relat�: � Estallaban miniinsurrecciones espont�neas que demostraban una gran combatividad y una extraordinaria firmeza por parte de las masas, mientras que las estructuras pol�ticas y militares de vanguardia experimentaban un notorio retraso �. El comandante Javier Carri�n sintetiz�: � La guerra se gan� pr�cticamente por la participaci�n del pueblo, sin eso, nosotros no hubi�ramos hecho gran cosa �. Y el propio comandante Ortega dijo: � ... el peso fundamental de la lucha armada lo llev� nuestro pueblo... Podr�amos decir que las masas estuvieron permanentemente insurrectas... La insurrecci�n popular en Nicaragua... fue un fen�meno que pari� todo el pueblo y fundamentalmente nuestros m�s humildes, m�s explotados y oprimidos trabajadores del campo y la ciudad... Fueron nuestras masas las que le dijeron a su vanguardia, el Frente Sandinista: ��Esta es la forma de lucha!�. Nosotros, la vanguardia, no hicimos m�s que ponernos al frente de esa voluntad, de esa decisi�n, de esa actividad popular � (Citado por Leonel Giraldo, Centroam�rica entre dos fuegos , Norma, Bogot�, 1981, p.p.. 33-35).

Lo mismo que hemos dicho de China, Cuba y Nicaragua podr�amos demostrarlo en cualquier otra revoluci�n triunfante, con direcci�n pol�tica guerrillera o sin ella. No es una organizaci�n militar la que hace una revoluci�n; las revoluciones las hacen las masas. No es una direcci�n militar la que dirige una revoluci�n; las revoluciones las dirigen direcciones pol�ticas, es decir, organizaciones o l�deres con quienes las masas identifican pol�ticamente sus intereses.

Por esa raz�n, mantenemos con m�s fuerza que nunca tras el triunfo de la revoluci�n nicarag�ense que es absolutamente necesario combatir pol�ticamente la estrategia guerrillerista y a las organizaciones que la defienden y la llevan a la pr�ctica. Si son la masas las que hacen las revoluciones, toda pr�dica, propagand�stica o pr�ctica (a trav�s de acciones) de que es una �nfima minor�a de guerrilleros la encargada de hacer la revoluci�n, es un factor de profunda desmovilizaci�n del movimiento de masas, va en contra de la revoluci�n.

Es obligaci�n de los marxistas decirle la verdad a las masas: �Son ustedes y s�lo ustedes los que pueden solucionar sus problemas si se movilizan en forma multitudinaria y apelando a todos los m�todos para luchar contra los explotadores, el imperialismo y el gobierno de turno! �No hay peque�o grupo ni minor�a, por m�s heroica que sea, que los salve de la miseria y la represi�n! �Hagan ustedes la revoluci�n, porque es necesaria, porque no hay otro camino y porque nadie la va a hacer por ustedes! �Las minor�as fracasan! �Ustedes, la mayor�a pueden y deben vencer!


El Problema Militar


odo lo anterior no niega una verdad de a pu�o: no hay revoluci�n que destruya el aparato de estado existente, en particular a las fuerzas armadas, si no se desarrolla un aparato militar de la revoluci�n. Este punto abre el segundo gran debate con los guerrilleristas.

El guerrillerismo tiene la concepci�n elitista acumulativa, gradualista de la cuesti�n del armamento. Elitista porque no ve el armamento como armamento de las masas, es decir como armamento de las organizaciones de masas, sino como armamento de �la vanguardia�, esto es de la propia organizaci�n guerrillera. Gradualista porque concibe el armamento como un proceso acumulativo, de menor a mayor, que comienza con el armamento del grupo que inicia la guerrilla y culmina en el armamento de un �ej�rcito popular� capaz de enfrentar y derrotar al ej�rcito burgu�s en una guerra convencional.

Nuestra concepci�n es opuesta y est� sintetizada en el documento que estamos introduciendo, cuando decimos que, si el proletariado quiere armarse no hay nadie que se lo pueda impedir y, que si no quiere hacerlo, no hay nadie que lo logre. Esto es extensivo a cualquier otro sector del movimiento de masas, por ejemplo los campesinos.

Hace ya muchos a�os, en la pol�mica con los guerrilleristas de la �primera �poca�, pusimos como ejemplo el caso boliviano. El 21 de agosto de 1971, el general Banzer lanzaba su golpe de estado ultrarreaccionario contra el d�bil gobierno populista del general Torres. Sectores del movimiento de masas salieron a enfrentar el golpe en las calles, y a ellos se sumaron las organizaciones guerrilleristas bolivianas. Fueron derrotados, pero lo que aqu� interesa es qu� sucedi� en esas pocas horas con el problema del armamento. As� relat� lo ocurrido Hubo Gonz�lez Moscoso, un dirigente trotskista fan�tico de la guerrilla: � La lucha fue feroz y heroica: m�s de 5,000 combatientes �pero el 90 por ciento de ellos sin armas... A �ltimo momento, el asalto a un dep�sito de armas nos proporcion� 1,300 rifles de la guerra del Chaco... � (Our rol inrol in battling against the military coup�, Intercontinental Press , New York, 1-11-71, N�mero 38, vol. 9).

El balance est� claro. Entre el Ej�rcito de Liberaci�n Nacional, el Partido Obrero Revolucionario (Combate) de Gonz�lez y el resto de grupos guerrilleristas, que se ven�an preparando desde hac�a entre 5 y 10 a�os para la �lucha armada�, s�lo hab�an logrado reunir 500 armas (el 10 por ciento de 5,000 combatientes). Pero cuando entr� a tallar el movimiento de masas, logr�, en cuesti�n de horas, 1,300 fusiles.

Este caso no es excepcional, sino la regla de todas las revoluciones. Los obreros revolucionarios rusos, en pocos meses, lograron enormemente m�s armas que todas las que acumularon durante d�cadas los terroristas rusos. La propia experiencia nicarag�ense lo confirma: los insurrectos de las ciudades se armaban como pod�an pero en forma masiva, sin necesidad de esperar las armas de los sandinistas. Estos, por su parte, si ten�an muchas armas no era como producto de una acumulaci�n, sino de la ayuda de la socialdemocracia europea y algunos gobiernos burgueses latinoamericanos, que afluy� hacia ellos despu�s de que comenz� la insurrecci�n masiva en Nicaragua y no antes. Y� si esos gobiernos, enemigos mortales de toda revoluci�n, enviaron tal ayuda a los sandinistas, ello sucedi� por la presi�n y simpat�a de las masas mundiales a favor de una revoluci�n contra el odiado Somoza. El propio armamento sandinista fue, pues, un producto indirecto de la movilizaci�n de masas.

Esto demuestra que el armamento es, ante todo, una tarea pol�tica que, como tal, depende estrechamente de la disposici�n a la lucha de movimiento de masas. Por eso mismo no se produce en forma gradual, sino a trav�s de un salto espectacular, cuando son las propias masas las que se proponen armarse. Entonces, no hay quien pueda detenerlas, ya que son trabajadores quienes est�n en las f�bricas de armas y son trabajadores uniformados quienes las manejas y las almacenan en los arsenales. Esto �ltimo podr�a discutirse en el caso de ej�rcitos superprofesionales de mercenarios, como dicen que era la Guardia Nacional somocista. No conocemos lo suficiente como para tomar posici�n en ese caso concreto, pero s� es p�blico el testimonio del propio Castro de c�mo, a medida que se desmoralizaba el ej�rcito batistiano, comenzaban a pasarse sectores de la tropa hacia el Ej�rcito Rebelde.

All� radica otra diferencia central con el programa militar de los guerrilleros. Ellos pr�cticamente no tienen pol�tica hacia la base del ej�rcito burgu�s: su l�nea maestra es ir a una guerra de ej�rcito contra ej�rcito. El leninismo, en cambio, plantea no una sino dos herramientas para el armamento de las masas: por un lado la creaci�n de destacamentos de autodefensa y milicias de trabajadores; paralelamente, la actividad pol�tica sobre la base del ej�rcito para ganarla para la revoluci�n oponi�ndola a la casta contrarrevolucionaria de los oficiales.

Esta actividad requiere de consignas propias, espec�ficas, que defiendan los intereses, reivindicaciones y derechos sindicales y pol�ticos de la tropa, frente al verticalismo militar, la prepotencia de los oficiales y el intento de utilizarla como carne de ca��n contra el pueblo. En s�ntesis, un programa de transici�n para desarticular al ej�rcito burgu�s ya que, como dec�a Trotsky, la insurrecci�n no es una lucha contra el ej�rcito sino por el ej�rcito.

Tomada as�, como tarea pol�tica que es, el leninismo se opone a la concepci�n guerrillerista de construcci�n de un aparato militar por fuera del movimiento y las organizaciones de masas. Sostiene como principio la construcci�n de un aparato militar, s� pero de las organizaciones de masas. Tal fue el caso del Comit� Militar Revolucionario del Soviet de San Petersburgo, que fue quien realiz� la insurrecci�n de Octubre. Un ejemplo que se vio confirmado en infinidad de oportunidades, entre otras con la construcci�n de las milicias sindicales y campesinas que derrotaron al ej�rcito burgu�s durante la revoluci�n boliviana de 1952. Lo mismo podr�amos decir de las organizaciones barriales de masas que hicieron la insurrecci�n contra Somoza en Nicaragua.


�Guerra Rural o Insurrecci�n Urbana?


ueda en pie una �ltima cuesti�n en la que nos interesa detenernos, el car�cter claramente urbano que va adquiriendo cada vez m�s la revoluci�n en toda Am�rica Latina. Los guerrilleristas m�s ortodoxos se niegan directamente a reconocerlo, como ocurre con el ELN colombiano, que sigue adhiriendo a la concepci�n de la �guerra popular prolongada� al estilo mao�sta. Sin embargo, esta tendencia es una realidad palpable, como ya dijimos desde fines de la d�cada de los �60.

La revoluci�n bajo la forma predominante de una guerra campesina o rural domin� claramente en el norte de Am�rica Latina desde, como m�nimo, la revoluci�n mexicana de comienzos de siglo (que, seg�n algunos autores, fue campesina en el norte, pero del proletariado rural no organizado como clase sino en los pueblos en la zona de Zapata). As� se dieron desde el movimiento de Sandino hasta la revoluci�n cubana, pasando por la guerra civil en Colombia, conocida como �la violencia�. (En el Cono Sur latinoamericano, en cambio, los procesos revolucionarios y la lucha de clases en general, tuvieron desde fines del siglo pasado un car�cter claramente urbano y proletario, debido al desarrollo industrial y al peso espec�fico y tradiciones de la clase obrera. En algunos pa�ses del Cono Sur (Per�, Brasil, Bolivia) hubo o hay tambi�n un fuerte componente campesino o rural, pero no es lo dominante).

Sin embargo, hace ya dos d�cadas que en toda Am�rica Latina, incluyendo el norte, la revoluci�n es predominantemente urbana, reflejando entre otras cosas, el fulminante proceso de concentraci�n de la poblaci�n en grandes ciudades como Sao Pablo, R�o de Janeiro, Lima, Bogot�, M�xico, etc�tera.

En El Salvador, el gran auge revolucionario, infinitamente m�s poderoso que la actual guerrilla rural del FMLN, fue el proceso urbano y obrero que derroc� al general Romero pocos meses despu�s de la ca�da de Somoza. Si ahora domina la escena la guerrilla rural, ello se debe a la traici�n del stalinismo, que comparti� el gobierno con el coronel Majano y desmoviliz� a las masas, permitiendo el rearme de la contrarrevoluci�n y el genocidio de la vanguardia revolucionaria salvadore�a en las ciudades. Por esa raz�n, como medida defensiva ante una derrota causada por un crimen pol�tico, cobr� auge la actual guerrilla. Pero todo indica que el proceso vuelve a desplazarse hacia las ciudades y hacia el movimiento obrero.

En Colombia, un pa�s de gran tradici�n guerrillera rural de masas, el mayor suceso revolucionario de las �ltimas tres d�cadas fue el paro c�vico nacional de 1977, una movilizaci�n con eje casi absoluto en las ciudades.

Si esto es as�, si la revoluci�n latinoamericana asume un car�cter claramente urbano y en la mayor�a de los pa�ses n�tidamente obrero, la actualidad de la insurrecci�n como v�a para la revoluci�n se hace evidente. Que ella se dar� combinada con todo tipo de luchas y m�todos, guerrilleros y no guerrilleros, en el campo, es una verdad absoluta. Pero que no habr� triunfo de la revoluci�n sino a trav�s de una insurrecci�n victoriosa en las ciudades es una verdad tanto o m�s importante que la anterior. En consecuencia, las ense�anzas de los bolcheviques, de quienes los trotskistas ortodoxos nos consideramos herederos, acerca del car�cter, el programa, la t�ctica y el programa militar de la revoluci�n, se hacen m�s actuales que nunca. Para recuperar esas ense�anzas y hacerlas carne en la vanguardia de luchadores revolucionarios latinoamericanos y en el movimiento obrero y de masas, el debate contra la concepci�n y estrategia guerrilleristas es una necesidad impostergable.


Lo nuevo: el Guerrillerismo Stalinista


n este debate ha entrado a terciar, al lado de los guerrilleros aut�nticos, un segundo contrincante: los partidos comunistas latinoamericanos. Ellos han pasado de enemigos ac�rrimos a admiradores entusiastas, propagandistas y, en algunos casos �P.C. salvadore�o, FPMR chileno� actores de la guerrilla. Este brusco giro a la izquierda, que abarca muchos otros aspectos de la pol�tica de los PCs latinoamericanos y del �tercer mundo�, fue dictado por poderosas razones. Las revoluciones cubana y nicarag�ense se hicieron no s�lo al margen sino en contra de los PCs. El ascenso revolucionario de las masas y el surgimiento de direcciones independientes de tipo peque�oburgu�s revolucionario, como los sandinistas y en su momento Castro, hicieron sonar las sirenas de alarma en el Kremlin. La vieja pol�tica de la burocracia sovi�tica y sus agencias en el extranjero de impedir la revoluci�n defendiendo directamente a reg�menes monstruosos como los de Batista y Somoza, ya no serv�a. La revoluci�n cubana pudo ser la excepci�n que confirma la regla; pero una segunda revoluci�n triunfante, la nicarag�ense, ya era demasiado. Por eso abandonaron la vieja pol�tica y dieron el giro.

La esencia del giro a la izquierda del stalinismo podr�a resumirse de la siguiente forma: si ya no podemos impedir las revoluciones oponi�ndonos frontalmente a ellas, destruy�moslas desde adentro. Para eso, en lugar de seguir acusando a las direcciones guerrilleristas y al resto de la izquierda de ultras y provocadores a sueldo del imperialismo, un�monos a ellos en un frente de izquierda; participemos de las luchas, incluso armadas, en vez de oponernos a toda lucha; por esa v�a, con paciencia y aparato, terminaremos controlando nosotros.

Esta nueva t�ctica ya le ha dado al stalinismo un �xito importante en El Salvador. Los guerrilleros salvadore�os odiaban a los reg�menes proimperialistas y quer�an destruirlos, igual que los sandinistas odiaban y quer�an destruir a Somoza. Pero desde que el P.C. salvadore�o se uni� a ellos en la guerrilla y comenz� a controlarla, el programa del FMLN ha ido bajando de tono hasta llegar a su propuesta actual: ya no se habla de liquidar a Duarte sino de establecer un �di�logo nacional� para �reorganizar� al gobierno genocida. En el camino qued� el cad�ver de uno que se opon�a: Salvador Cayetano Carpio.

En otra oportunidad podremos detenernos en todos los aspectos pol�ticos y program�ticos del giro a la izquierda del stalinismo latinoamericano. Lo que aqu� queremos enfatizar es que el nuevo auge del guerrillerismo que estamos viviendo puede tener efectos mucho m�s nefastos que la oleada anterior, precisamente porque ahora el stalinismo lo apoya e interviene en �l.

La estrategia guerrillerista, criminalmente equivocada, expresa las limitaciones de clase de honestos luchadores, apasionados por hacer una revoluci�n. Lo mismo podr�a decirse del entusiasmo por la guerrilla que se ha despertado en la base de los PCs, revolucionaria ferviente, aunque enga�ada por su direcci�n.

La direcci�n stalinista, en cambio, es fr�a y conscientemente contrarrevolucionaria. Propagandizar o hacer guerrilla es un buen negocio para ella precisamente porque es una estrategia que no conduce a la revoluci�n sino a su derrota. La guerrilla impide o dificulta que los trabajadores se autoorganicen y movilicen democr�ticamente, ya que impone una organizaci�n militar. Eso es precisamente lo que los stalinistas necesitan para poder seguir siendo una burocracia. La guerrilla da una salida hacia afuera de la clase trabajadora a miles de luchadores impacientes por hacer una revoluci�n. Eso le conviene a los bur�cratas para que no surja una direcci�n revolucionaria de la clase obrera y las masas.

Por el prestigio de la direcci�n sandinista y por el refuerzo que significa el cambio de posici�n del stalinismo, el combate pol�tico contra el guerrillerismo de quienes estamos por la revoluci�n socialista y por la construcci�n de un partido obrero revolucionario que la conduzca, debe ser y ser� encarnizado. Derrotar la concepci�n y estrategia guerrillerista es imprescindible para evitar nuevos y sangrientos contrastes de los trabajadores y un nuevo exterminio de otra generaci�n de luchadores honestos y valientes.


Tesis Sobre el Guerrillerismo

Por Miguel Capa, Eugenio Greco y Alberto Franceschi


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l programa del trotskismo es hacer la revoluci�n socialista mundial, movilizando en forma permanente a la clase obrera hasta lograr la destrucci�n del sistema imperialista mundial, la toma del poder por la clase obrera internacional y la construcci�n del socialismo a nivel mundial. Para llevar adelante este programa, el trotskismo se plantea la construcci�n de la Internacional, el Partido Mundial de la Revoluci�n Socialista, sin cuya conducci�n la revoluci�n socialista mundial no podr� triunfar. Por eso, las dos �nicas estrategias generales del trotskismo son: la movilizaci�n permanente de la clase obrera y las masas para la toma del poder y la construcci�n del partido. En relaci�n a su programa y sus estrategias, todo lo dem�s es t�ctico. No tenemos acuerdos program�ticos ni estrat�gicos con ninguna corriente, movimiento, tendencia o partido cuyo programa, organizaci�n y/o metodolog�a sean opuestos a la movilizaci�n independiente, democr�ticamente autoorganizada y permanente de los trabajadores a nivel internacional y nacional y a la construcci�n de la Internacional y sus secciones nacionales.


2


a revoluci�n obrera socialista, como toda revoluci�n en la historia, tambi�n es popular. La clase obrera no puede tomar y ejercer el poder si no es con la movilizaci�n y el apoyo de la mayor�a de la poblaci�n, es decir, sin la alianza de los trabajadores con las masas populares no proletarias explotadas y oprimidas por el sistema capitalista imperialista, sus reg�menes y gobiernos.

La necesidad de la alianza obrero-campesina-popular para hacer la revoluci�n socialista e instaurar la dictadura del proletariado se expresa en el terreno pol�tico, en la obligaci�n del partido obrero revolucionario de realizar una pol�tica de alianzas con las direcciones pol�ticas de esas clases y capas sociales. Esas alianzas no s�lo son l�citas, sino imprescindibles para movilizar a las masas y tomar el poder. As� lo demuestra la experiencia de los bolcheviques, que debieron pactar con los Socialistas Revolucionarios de Izquierda para llevar a los soviets al poder en Rusia en 1917 con el apoyo del campesinado.

Pero esta pol�tica de alianzas s�lo conduce a la revoluci�n socialista si la clase obrera y su partido revolucionario se mantienen independientes, actuando como direcci�n, como caudillo de todo el pueblo. Esto es as� porque las direcciones peque�oburguesas y burguesas son enemigas mortales de la movilizaci�n permanente y democr�ticamente autoorganizada de los trabajadores, de la toma del poder por �stos y de la revoluci�n socialista. Toda alianza con esas direcciones es, por lo tanto, t�ctica, moment�nea, un acuerdo para la acci�n com�n. Su objetivo es movilizar a las masas en la forma m�s amplia posible. S�lo puede y debe realizarse cuando esas direcciones encabezan, promueven o abren una brecha para la movilizaci�n de masas. Y est� destinada a romperse apenas esas direcciones traicionen al proceso revolucionario, como es inevitable por su car�cter de clase. As� ocurri� tambi�n en Rusia, donde los Socialistas Revolucionarios de Izquierda rompieron r�pidamente con los bolcheviques y se pasaron a combatir en el campo de la contrarrevoluci�n contra el poder sovi�tico.


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l surgimiento de direcciones peque�oburguesas independientes del stalinismo que han dirigido revoluciones triunfantes, como fue en su momento el castrismo y es ahora el sandinismo, puede llevarnos al error de creer que con estas direcciones y sus organizaciones nos une una estrategia com�n: la de hacer la revoluci�n pol�tica contra el r�gimen burgu�s de turno e independizar al pa�s del imperialismo. Ser�a un error grave, ya que no tenemos ninguna estrategia com�n con esas direcciones peque�oburguesas independientes del stalinismo. Ellas, como cualquier direcci�n peque�oburguesa, oscilan entre la burgues�a y la clase obrera. Juegan, ora un papel progresivo, ora un papel reaccionario. Pero a la larga es inevitable que traicionen a la revoluci�n, en alg�n punto del proceso revolucionario, por esa profunda raz�n de clase: son peque�oburguesas.

Para nosotros, la revoluci�n pol�tica es un momento de la revoluci�n socialista. Por eso si bien podemos coincidir con ellas en derribar a una dictadura proimperialista, no coincidimos en qui�n debe reemplazarla. Ellas est�n totalmente dispuestas, como lo demostraron el castrismo con Urrutia y el sandinismo con Chamorro y Robelo, a sustituir la dictadura por un gobierno burgu�s de colaboraci�n de clases. Nosotros luchamos para que tome el poder la clase obrera para hacer la revoluci�n socialista. Y, si podemos, lo hacemos inmediatamente ya que lo peor que le puede pasar a una revoluci�n es quedar estancada en la �etapa� de la revoluci�n pol�tica democr�tica, como tambi�n lo demuestra Nicaragua. Lo �nico que nos une a estas direcciones es que los dos estamos en contra del r�gimen dictatorial, pero estamos tajantemente divididos en lo que estamos a favor : ellos un nuevo gobierno burgu�s, nosotros un gobierno obrero y campesino. No hay, por lo tanto, ninguna estrategia com�n.

Incluso si esas direcciones, acorraladas entre el ascenso de masas y la agresi�n imperialista, se ven obligadas contra su voluntad a expropiar a la burgues�a y establecer un estado obrero, como hizo Castro, tampoco tenemos con ellas una estrategia com�n. Para nosotros, las revoluciones nacionales son momentos de la revoluci�n socialista internacional. La constituci�n de estados obreros tiene como objetivo fundamental y prioritario construir una palanca poderos�sima para ayudar al desarrollo de la revoluci�n mundial. Esas direcciones, precisamente por ser peque�oburguesas, son nacionalistas, no internacionalistas. Cuando toman el poder, hacen lo imposible por no expropiar y no ponen jam�s el pa�s al servicio de la extensi�n de la revoluci�n. Y, si expropian, establecen un r�gimen totalitario para desmovilizar a las masas y dedicarse a �construir el socialismo en el propio pa�s�. No hay, en consecuencia, ninguna coincidencia estrat�gica, por cuanto nuestra estrategia es opuesta a la de ellos: instaurar en el estado obrero un r�gimen leninista, el �nico que, apoy�ndose en la autoorganizaci�n y movilizaci�n democr�tica de los trabajadores, tiene como finalidad central el desarrollo de la revoluci�n socialista internacional.


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a diferencia entre las direcciones peque�oburguesas independientes y los aparatos tradicionales es que las primeras, en algunas coyunturas, s� quieren hacer una revoluci�n, as� sea solamente contra un r�gimen odiado, en tanto que los segundos son conscientemente contrarrevolucionarios. Por eso reivindicamos a las direcciones peque�oburguesas independientes, si se mantienen consecuentes con su propio programa, como grandes luchadores y h�roes de la revoluci�n democr�tica y antiimperialista, mientras denunciamos a los bur�cratas y stalinistas como contrarrevolucionarios.

Pero esta diferencia no nos puede ocultar que las direcciones peque�oburguesas independientes, por ese car�cter de clase, est�n mucho m�s cerca de la burocracia y del stalinismo que de nosotros. S�lo as� se explica que Castro se haya incorporado al aparato stalinista mundial; que los sandinistas, sin haberse incorporado, apliquen fielmente la pol�tica que les aconseja el stalinismo; y que los guerrilleros salvadore�os est�n siendo controlados por el stalinismo a�n antes de haber triunfado la revoluci�n democr�tica antiimperialista, y ya no proponen terminar con Duarte, sino compartir el gobierno con �l, es decir ya no son consecuentes ni siquiera con hacer la revoluci�n democr�tica antiimperialista. En conclusi�n, si bien es cierto que con las direcciones peque�oburguesas independientes podemos recorrer juntos un trecho del camino m�s largo del que podemos recorren con el stalinismo, no deja de ser eso, un trecho en el camino. Pero no estamos de acuerdo en la estrategia, es decir, a d�nde conducir ese camino.

Por esa raz�n, nuestra pol�tica de alianzas con las direcciones peque�oburguesas independientes, es igual que con el stalinismo, la burocracia sindical e incluso con direcciones burguesas nacionalistas: se reduce estrictamente a los acuerdos para la acci�n com�n, manteniendo nuestra total independencia pol�tica y organizativa, para movilizar a las masas y desplazarlos como direcci�n.


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l hecho de que las direcciones independientes cumplan un rol m�s progresivo en alg�n per�odo de la lucha de clases que el stalinismo y dem�s aparatos contrarrevolucionarios no significa que sean la mejor direcci�n posible de los sectores populares aliados del proletariado. Los trotskistas no abandonamos a eses sectores sociales a disposici�n de esas direcciones peque�oburguesas independientes. Nosotros luchamos para que sea la clase obrera la que dirija a sus aliados, lo cual significa desplazar de la direcci�n de los sectores populares no proletarios a las direcciones peque�oburguesas �guerrilla incluida�. Queremos que los campesinos pobres, el proletariado rural, la peque�a burgues�a urbana empobrecida, los marginales, el semiproletariado, etc., reconozcan como su direcci�n a la clase obrera y a su direcci�n revolucionaria trotskista o trotskizante, no a las organizaciones peque�oburguesas. Esto implica, entre otras cosas, que los trotskistas no aceptamos que los sectores populares no obreros sean un coto privado de las direcciones peque�oburguesas. Nuestro objetivo es que haya fracciones campesinas, peque�oburguesas bajas, etc�tera, trotskistas (aunque no tengamos fuerzas para llevarlo a la pr�ctica si nuestro partido es peque�o), que combatan a las organizaciones burguesas, peque�oburguesas y burocr�ticas en todos los sectores sociales, explic�ndoles que s�lo bajo la direcci�n y el gobierno de la clase obrera lograr�n destruir al r�gimen odiado y satisfacer sus reivindicaciones.


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oda pol�tica de alianzas implica acuerdos entre direcciones. Esos acuerdos pueden ser simples unidades de acci�n, frentes u organizaciones comunes. A diferencia de los acuerdos, que s�lo comprometen al partido a luchar por el punto com�n sobre el cual se acord�, los frentes ya implican la existencia de una direcci�n, es decir cierto grado de centralismo, y de organismos de base comunes. Por esa raz�n, el trotskismo jam�s baraja, ni siquiera como hip�tesis, hacer un frente, ni mucho menos una organizaci�n revolucionaria com�n, con organizaciones no obreras, sean ellas burguesas o peque�oburguesas, ya que ello significar�a que estar�amos dispuestos a aceptar la disciplina de esas organizaciones o, lo que es lo mismo, la perdida de la independencia del partido y de la clase obrera ante organizaciones no proletarias.

En cambio, s� aceptamos o impulsamos frentes u organizaciones comunes con otras direcciones u organizaciones obreras. Estamos en los sindicatos y en los soviets, que son frentes m�s o menos permanentes de la clase obrera, y es obligatorio que estemos. Podemos ser parte incluso de un partido obrero con direcciones obreras burocr�ticas proburguesas o stalinistas frentepopulistas para arrancar a una clase obrera atrasada del sometimiento a los partidos burgueses y conquistar la independencia pol�tica del proletariado.

En estos frentes, si son de masas o incluso si reflejan un fen�meno muy progresivo y din�mico de la vanguardia obrera, podemos llegar a disciplinarnos a ellos, Si, adem�s, el funcionamiento es democr�tico, nuestra disciplina puede llegar a ser casi total. Nunca nuestra disciplina es total, ya que un frente obrero puede aplicar una pol�tica contraria a nuestros principios: no� apoyamos ni nos disciplinamos a un sindicato de los maestros blancos norteamericanos, aunque sean la gran mayor�a de los maestros, si exigen que se segregue a los maestros latinos; no apoyamos ni nos disciplinamos a los sindicatos norteamericanos que manifestaban en apoyo a la guerra imperialista en Vietnam.

Estos frentes obreros son frentes y no simples acuerdos porque tienen cierto grado de centralismo, una direcci�n, organismos de base comunes donde las diferentes corrientes o fracciones luchan por imponer sus pol�ticas y que nosotros aspiramos y peleamos para que sean democr�ticos, cierta permanencia en el tiempo, etc�tera.

Tambi�n podemos hacer acuerdos pol�ticos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas, de la misma forma que los hacemos con direcciones burguesas o peque�oburguesas. Tanto los frentes como los acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias o reformistas tienen el mismo doble objetivo que los acuerdos que hacemos con direcciones no proletarias: movilizar a los obreros y destruir a la burocracia. Estamos en los soviets para movilizar a los trabajadores hacia el poder y desplazar a las corrientes reformistas que participan en el soviet. Estamos en un partido laborista para defender la independencia pol�tica de la clase y para desplazar a su direcci�n colaboracionista. Y hacemos un acuerdo como el del MAS y el PC argentinos para movilizar y hacer avanzar la conciencia de nuestra clase y ganarle la direcci�n de la vanguardia al PC.


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l Frente Unico Revolucionario, en cambio, es un frente entre nuestra organizaci�n trotskista y las corrientes obreras de vanguardia que evolucionan hacia nuestro programa. Es una transici�n hacia el partido obrero revolucionario. Si el frente cuaja, r�pidamente tender� a transformarse en partido obrero revolucionario. Lucharemos para que sea permanente y se organice en forma centralista democr�tica. Esto quiere decir, entre otras cosas, que nuestra disciplina a �l ser� absoluta, ya que tenderemos a disolver nuestra organizaci�n.

Al igual que los acuerdos con direcciones no proletarias y de los frentes y acuerdos con direcciones obreras contrarrevolucionarias, el Frente Unico Revolucionario busca la movilizaci�n de las masas. Pero es una t�ctica que se inscribe en la estrategia de construcci�n del partido. Por esta raz�n, se diferencia de aquellos en que no queremos destruir a las organizaciones obreras revolucionarias con las cuales hacemos el Frente Unico Revolucionario, sino fortalecernos todos haciendo un partido �nico. Si, en el desarrollo de nuestra pol�tica de Frente Unico Revolucionario, la evoluci�n de esas corrientes se detiene y cristalizan como centristas, el Frente Unico Revolucionario se rompe y los centristas se convierten en un nuevo obst�culo para la construcci�n del partido y deben ser tratados como tales,: acuerdos para movilizar a las masas y destruirlos a ellos.


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i bien los acuerdos y frentes que realiza el partido trotskista son t�cticas en funci�n de sus estrategias fundamentales de movilizar a las masas para la toma del poder por el proletariado y construir el partido, como principio general esas t�cticas son obligatorias. Uno de los principios del trotskismo y el leninismo, que lo diferencia del ultraizquierdismo y sectarios es precisamente la obligatoriedad de todo acuerdo o frente que ayuda a la movilizaci�n de las masas y/o a la construcci�n del partido.

Pero este principio se combina y supedita a otro: nuestra pol�tica no va dirigida a las direcciones, organizaciones o sectores de vanguardia del movimiento obrero a quienes les planteamos acuerdos o frentes o sobre los cuales queremos trabajar para ganarlos para el partido. Por el contrario, nuestra pol�tica y consignas son dictadas por las necesidades de las masas y, tomando en cuenta su conciencia, buscan tender un puente entre esa movilizaci�n y las tareas socialistas. Por eso, en cada coyuntura de la lucha de clases, el trotskismo levanta un programa de transici�n que arranca de las necesidades de la clase obrera y las grandes masas populares.

Todo intento de definir nuestra pol�tica y consignas a partir de las l�neas, inquietudes o necesidades de las organizaciones con las cuales hacemos acuerdos o frentes o de los sectores de vanguardia sobre los cuales privilegiamos la actividad para construir el partido, es revisionismo vanguardista. Nos lleva a alejarnos de la clase obrera y a capitular a sectores no proletarios, u obreros oportunistas o centristas y nos impide movilizar a las masas hacia el triunfo de la revoluci�n socialista.

Por eso mismo, nuestra relaci�n con las organizaciones con las cuales hacemos frentes o acuerdos y con los sectores de vanguardia sobre los cuales trabajamos es la cr�tica sistem�tica a sus posiciones, la confrontaci�n de nuestra pol�tica y consignas, extra�das de las necesidades de las masas y de su movilizaci�n, con las consignas y pol�ticas de esas organizaciones y sectores de vanguardia.

Nuestra corriente tiene una larga tradici�n de lucha contra el vanguardismo mandelista y contra una de sus expresiones m�s criminales: la capitulaci�n a las organizaciones guerrilleras. Esa batalla es uno de los jalones fundamentales en el desarrollo de lo que hoy es la LIT-CI. Si bien las actuales guerrillas y fen�menos de vanguardia no son id�nticos a las de la primera �poca castrista, las conclusiones generales de esa lucha hacen parte de la tradici�n y los principios de la LIT-CI.


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ara aplicar correctamente la pol�tica de alianzas y toda otra pol�tica trotskista es imprescindible hacer claras definiciones de clase y pol�ticas de las organizaciones y direcciones que act�an sobre el movimiento de masas y su vanguardia. El trotskismo rechaza toda definici�n de clase que tome en cuenta s�lo una caracter�stica o elemento: programa, composici�n social de la base, procedencia social de la direcci�n, forma organizativa, u otra. Todos estos elementos hacen parte de la definici�n, pero las dos caracter�sticas centrales son la direcci�n y la pol�tica.

El problema de clase de la direcci�n no es su origen social, sino si esa direcci�n se propone construir o no una organizaci�n obrera org�nicamente independiente de la burgues�a. Si se lo propone, es una direcci�n obrera y su organizaci�n es una organizaci�n obrera. Puede ser una direcci�n obrera sindical, stalinista, electoralista, sindical-burocr�tica, sindical-revolucionaria, bolchevique, pero es obrera. Si se propone organizar a todos aquellos que est�n dispuestos a votarla en las elecciones, o a hacer acciones armadas, o a cualquier cosa, sin importale la clase social, no es una direcci�n obrera, sino burguesa o peque�oburguesa. El hecho de que su base pueda ser mayoritariamente obrera , como es el caso, por ejemplo, del peronismo argentino, no cambia el car�cter de clase de la organizaci�n y de su direcci�n, s�lo la hace m�s nefasta y peligrosa.

El problema pol�tica se sintetiza en la pregunta: �qu� le propone esa direcci�n a la clase obrera? Seg�n la respuesta a esta pregunta puede ser una direcci�n obrera de derecha y proburguesa, como la burocracia sindical argentina, o proburguesa colaboracionista de clases, como la socialdemocracia, stalinista, clasista centrista, etc... S�lo es direcci�n obrera revolucionaria si es trotskista, es decir si levanta el programa de la revoluci�n socialista internacional, o trotskizante, es decir si es din�mica, va cada vez m�s hacia la izquierda, tiende hacia nuestro programa.

De estos dos elementos, el que prima, el punto de partida para toda definici�n, es el car�cter de clase. Definir a una organizaci�n a partir de una pol�tica coyuntural o un programa escrito m�s o menos radical es un error grave que nos arrastra inevitablemente al oportunismo. Es decir, nos dejar� desarmados, a nosotros y a nuestra clase, cuando esa direcci�n u organizaci�n cometa la inevitable traici�n al proceso revolucionario que se desprende inexorablemente de su car�cter de clase no proletaria.


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as organizaciones y direcciones guerrilleras no son obreras, sino burguesas o peque�oburguesas, por el solo hecho de ser guerrilleras. Su direcci�n no se propone construir una organizaci�n obrera en la clase obrera, sino organizar a todos los que est�n de acuerdo en hacer guerrillas, a servir de base a la guerrilla o a apoyar a la guerrilla. Su l�nea demarcatoria no es la clase obrera, sino los individuos de cualquier clase que quieran tomar las armas. Su programa y su pol�tica es hacer guerrilla.

Las organizaciones guerrilleras son un fen�meno distinto a los partidos pol�ticos que, eventualmente, hicieron guerrillas, como fue el caso, entre otros muchos, del PC chino, el castrismo y el PC vietnamita. Todos ellos eran partidos que, aunque en alg�n per�odo asumieron la guerrilla como forma fundamental de lucha, la supeditaron al partido. Las organizaciones guerrilleras no se supeditan a ning�n partido, sino que ellas supeditan a sus organizaciones y militantes �de superficie�. Cuando las organizaciones guerrilleras desarrollan una organizaci�n �de superficie�, sindical o pol�tica entre los trabajadores o la juventud, ella es el brazo pol�tico de la organizaci�n guerrillera. La organizaci�n guerrillera no es, pues, el brazo armado de un partido pol�tico (obrero o no), sino a la inversa. Los Montoneros argentinos, por ejemplo, tuvieron una numerosa Juventud Trabajadora Peronista llena de extraordinarios luchadores sindicales, as� como una juventud universitaria, secundaria, barrial, etc�tera. Cualquiera de ellas sumaba muchos m�s miembros que los combatientes Montoneros. Pero cuando Firmenich dio la orden de pasar a la clandestinidad y relanzar al guerrilla, todos esos militantes, sin voz ni voto, acataron la orden y abandonaron a su suerte a los trabajadores y a la juventud.

Al hacer de la guerrilla un programa y una estrategia permanente, las organizaciones guerrilleras jam�s pueden ser definidas como organizaciones obreras, ya que, como sosten�a Lenin: �El partido del proletariado no debe nunca considerar la guerra de guerrillas como el �nico, ni siquiera el fundamental medio de lucha, sino que debe supeditarse a otros, debe guardar la necesaria proporci�n con los principales medios de lucha, debe ser ennoblecido por la influencia educadora y organizadora del socialismo. Sin esta �ltima condici�n, todos, absolutamente todos los medios de lucha, en la sociedad burguesa acercar�n al proletariado a diferentes capas no proletarias situadas por encima o por debajo de �l...� (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, p�g. 215).

Las organizaciones guerrilleras son enemigas de la organizaci�n obrera. No vuelcan sus dirigentes, que muchas veces son extraordinarios luchadores, a organizar a los trabajadores, a construir en la clase obrera un partido, un sindicato, un soviet, sino que los vuelcan a organizar a los guerrilleros. Peor aun, utilizan a la clase obrera, si intervienen en ella, como abastecedora de combatientes, sacando as� de la clase (y enviando a la muerte) a valios�simos activistas y luchadores y debilitando as� la organizaci�n de la clase obrera. Y cuando no los sacan f�sicamente, los sacan en su actividad, ya que los usan como apoyo, para guardar armas o llevarlas, para hacer propaganda clandestina a favor de la guerrilla, etc�tera; de esta forma esos luchadores obreros no pueden, por razones elementales de seguridad, hacer ninguna o casi ninguna actividad de organizaci�n pol�tica ni sindical de la clase obrera.

El desarrollo de las luchas obreras puede provocar crisis entre los activistas y dirigentes de las organizaciones �de superficie� de la guerrilla que m�s reflejen a los trabajadores, al constatar que las �rdenes de los �comandantes� son nefastas para su clase. Esa crisis puede llevarlos incluso a romper con la organizaci�n guerrillera. Es una obligaci�n nuestra intervenir en esa crisis para profundizarla y ganar valios�simos individuos o grupos revolucionarios. Pero eso no nos debe llevar a confundir a la guerrilla con una organizaci�n obrera, ya que es exactamente lo opuesto.


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u car�cter de clase peque�oburgu�s hace de la organizaci�n guerrillera una enemiga de la movilizaci�n permanente y democr�ticamente autoorganizada de la clase obrera y el movimiento de masas. Como cualquier organizaci�n peque�oburguesa, oscila entre la clase obrera y la burgues�a, y pasa de la lucha m�s furiosa a las treguas m�s infames, por ejemplo la que firmaron los Montoneros argentinos con el gobierno burgu�s de C�mpora o el M-19 colombiano con Betancur. No educa a la clase obrera en que conf�e s�lo en sus propias fuerzas y en la movilizaci�n de sus aliados bajo su direcci�n, sino que le crea falsas ilusiones de que sus problemas se solucionar�n por la acci�n de un pu�ado de combatientes heroicos. No quiere, bajo ning�n concepto, la autoorganizaci�n democr�tica de los obreros, ni del pueblo urbano, ni de los campesino, sino que busca encuadrarlos en una estructura militar cerradamente totalitaria. No les dice a los trabajadores que deben ser ellos quienes tomen el poder, sino que la apoyen para que sea ella, la organizaci�n guerrillera quien tome el poder. Y, si logra tomar el poder, hace lo mismo que cualquier organizaci�n peque�oburguesa: instaura un r�gimen bonapartista, de f�rreo control sobre el movimiento de masas para evitar que se siga movilizando y de un cerrado nacionalismo opuesto a la extensi�n de la revoluci�n a la regi�n y al mundo.

La organizaci�n guerrillera es enemiga de la movilizaci�n permanente de las masas, tambi�n, porque sus acciones provacadoras desatan o sirven de excusa para desatar violentas represiones y hasta golpes de estado, que cercenan o hacen desaparecer las libertades democr�ticas arrancadas por el movimiento de masas y que, para los trotskistas y para Lenin, son herramientas formidables para la organizaci�n y despliegue amplio de la verdadera lucha de clases.

Por todas estas razones, la organizaci�n guerrillera es enemiga mortal de una estrategia fundamental del trotskismo: la movilizaci�n permanente y democr�ticamente autoorganizada de los trabajadores. El trotskismo, por el contrario, aunque nunca eleva a la guerrilla a forma fundamental y permanente de lucha, la acepta como una t�ctica justa cuando, en determinados momentos, ayuda a la movilizaci�n de las masas.


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a organizaci�n guerrillera es tambi�n enemiga de la segunda estrategia fundamental del trotskismo: la construcci�n de la Internacional y sus secciones nacionales. Al sacar de la clase obrera a valiosos dirigentes y cuadros revolucionarios, al empujar a la clase obrera a la pasividad v�a la espera de los combatientes salvadores, al provocar la represi�n y el golpe, las organizaciones guerrilleras refuerzan el peso de los aparatos contrarre�volucionarios en el seno de la clase obrera, en primer t�rmino del stalinismo. Sacar a gran cantidad de activistas combativos o revolucionarios del seno de su clase facilita enormemente la tarea de todas las burocracias obreras ya que esos mismos activistas, volcados a la lucha antipatronal y antiburocr�tica podr�an ser el fermento y direcci�n de la rebeli�n contra la burocracia y su aniquilamiento.

Por estas razones, la organizaci�n guerrillera es uno de los peores enemigos de la construcci�n del partido. Y cuanta m�s influencia tenga en la vanguardia obrera, m�s peligrosa es como enemigo. Incluso un partido oportunista de masas es m�s f�cil de combatir que la guerrilla, ya que, por la presi�n de la base, puede verse obligado, por ejemplo, a convocar a una huelga general aunque no quiera. Y con la huelga general la clase act�a como clase, se templa y renueva el activismo, se hace m�s f�cil construir el partido. La organizaci�n guerrillera, en cambio, puede salir a una huelga general que nadie quiere, provocando una derrota y mayor represi�n, como sucedi� en Colombia el 20 de junio de 1986. El partido oportunista de masas deja a la clase obrera y a los activistas en su lugar, aunque tratando de mantener pasiva a aquella y burocratizar o reprimir a �stos. Pero la guerrilla saca a la clase obrera de su lugar, haci�ndola mirar hacia sus acciones espectaculares, y saca de la clase obrera a los activistas molestos para la burocracia.

Combatir la pol�tica guerrillera es imprescindible para poder construir el partido. Si la guerrilla tiene una gran influencia en el movimiento obrero o en su vanguardia, hasta tanto no hayamos destruido esa influencia no habr� ninguna posibilidad de construir el partido obrero revolucionario de masas, ni siquiera un fuerte partido de vanguardia, ya que actuar� como un canal de desv�o de los activistas que rompen con la burocracia tradicional, llev�ndolos fuera de su clase y apart�ndolos del partido.


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as organizaciones guerrilleras son terroristas. En la casi totalidad de los casos, sus acciones no ayudan al desarrollo de la movilizaci�n, la organizaci�n y la conciencia de las masas. La guerrilla hace una �guerra de bolsillo� contra la burgues�a y su estado, exactamente opuesta a la guerra civil, en la cual la movilizaci�n obrera y de masas asume formas armadas, guerrilleras (en el sentido t�cnico del t�rmino), insurreccionales o de guerra convencional entre ej�rcitos como fue la guerra civil en Rusia. Las acciones terroristas de la guerrilla, al ser decididas por su propia cuenta, provocan confusi�n cuando no repudio del movimiento de masas. Al no tomar en cuenta a las masas, las acciones guerrilleras desatan o sirven de excusa para desatar una represi�n del r�gimen absolutamente desproporcionada con el nivel de movilizaci�n, organizaci�n y conciencia de aquellas; las masas quedan inermes, desorganizadas y no preparadas para enfrentar esa represi�n. Cada acci�n de la guerrilla, salvo las contad�simas excepciones en que, por casualidad, ayudan a la movilizaci�n, desorganiza, desmoviliza y desarma a los trabajadores. Por estas razones, los trotskistas no s�lo no apoyamos esas acciones, sino denunciamos ante los trabajadores su car�cter desmoralizador, desmovilizador y desorganizador. Nuestra �nica obligaci�n de principios en relaci�n a la guerrilla es defenderla de la represi�n del r�gimen burgu�s.

Las �nicas acciones guerrilleras que apoyamos son las que se ajustan estrictamente al criterio leninista: �... no se consienten, en t�rminos generales, las �expropiaciones� de bienes privados; las de bienes fiscales no se aconsejan y s�lo se admiten bajo el control del partido y a condici�n de que los recursos se destinen a las necesidades de la insurrecci�n . Las acciones guerrilleras bajo la forma del terror se aconsejan en contra de los agentes de la violencia del gobierno y de los miembros activos de las centurias negras, pero bajo las siguientes condiciones: 1) tener en cuenta la opini�n de las grandes masas; 2) tomar en consideraci�n las condiciones del movimiento obrero en la localidad de que se trate; 3) procurar no despilfarrar las fuerzas del proletariado...� (Lenin, Obras Completas , Cartago, Buenos Aires, 1960, Tomo XI, p�g. 216).

Por lo tanto, los trotskistas no apoyamos jam�s en general las acciones guerrilleras y, en particular, las repudiamos ante las masas en la inmensa mayor�a de los casos.


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l armamento del proletariado es parte de nuestro programa. Como cualquier otra tarea, no est� plantada en forma pr�ctica sino cuando el proletariado o sectores importantes de �l empiezan a entender su necesidad y se proponen armarse. Si el proletariado decide armarse, no hay fuerza en el mundo que se lo impida; y si no est� dispuesto a hacerlo no hay fuerza en el mundo que lo logre. Cuando la agudeza de la lucha de clases le plantea al proletariado objetivamente la necesidad de armarse, pero �ste a�n no lo entiende o no est� dispuesto a hacerlo, el partido no puede ir m�s all� de explicarle pacientemente que debe armarse, hasta que lo comprenda y pase a la acci�n.

El programa militar del proletariado es opuesto al de las organizaciones guerrilleras. Estas sostienen que hay que construir un ej�rcito que se enfrente al ej�rcito burgu�s; los trotskistas levantamos los comit�s de autodefensa en la perspectiva de la milicia obrera y el trabajo sobre el ej�rcito burgu�s para separar a su base popular de su c�pula contrarrevolucionaria, arrastrar a la primera hacia el campo de la revoluci�n y, confluyendo con las milicias obreras, hacer una insurrecci�n, no una guerra de ej�rcito contra ej�rcito. La necesidad de construir un ej�rcito s�lo se plantea a partir de la constituci�n del estado obrero o de la existencia de una aut�ntica guerra civil antes de la conquista del poder, la cual implica la existencia de zonas geogr�ficas en las cuales ya gobiernan los trabajadores.

Dado que el programa militar de la organizaci�n guerrillera es opuesto a la creaci�n de la milicia obrera, al trabajo sobre el ej�rcito burgu�s y a la insurrecci�n, tal programa y las acciones que la guerrilla efect�a, no acercan al proletariado a las armas, sino que lo alejan de ellas. La guerrilla es un obst�culo absoluto para nuestro programa militar trotskista de armamento del proletariado. Es, en consecuencia, inadmisible, que el trotskismo pretenda �educar� al proletariado en la necesidad de armarse haciendo propaganda favorable a la guerrilla y sus acciones. Es, por el contrario, imprescindible denunciar a la organizaci�n guerrillera y sus acciones ante el movimiento de masas si verdaderamente queremos que los trabajadores se armen.


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nte el ascenso de las luchas obreras, la guerrilla entra en una profunda crisis. Tal crisis se hace aun m�s aguda en las organizaciones guerrilleras que desarrollan organizaciones sindicales �de superficie�. Los militantes de esas organizaciones se ven sometidos a una doble presi�n: la de la direcci�n guerrillera y la de las luchas obreras, que act�an en sentido opuesto. Los cuadros sindicales de la guerrilla se ven obligados a optar entre las necesidades de los trabajadores y las �rdenes de los �comandantes�. Esta crisis se har� inevitablemente m�s profunda y explosiva cuando la direcci�n guerrillera, como cualquier otra direcci�n peque�oburguesa, se pase al bando de la burgues�a y/o pacte con el stalinismo, como no puede dejar de ocurrir por su car�cter de clase.

Es una obligaci�n de los trotskistas intervenir en esa crisis, no para evitarla, sino para profundizarla y desarrollarla. Esto es, para enfrentar a los militantes sindicales, juveniles, etc. de la guerrilla con la direcci�n guerrillera y llevarlos a romper con ella. Ser�a no principista incidir en esa crisis plante�ndole a la organizaci�n guerrillera el Frente Unico Revolucionario, ya que �ste es imposible con una organizaci�n peque�oburguesa. Por el contrario, tal planteo fortalecer�a a la direcci�n guerrillera, a la que dar�amos certificado de obrera revolucionaria. No se pod�a jam�s lograr que la JTP o sectores de ella rompieran con Firmenich si nosotros plante�bamos hacer un partido obrero revolucionario con Firmenich.

La t�ctica para profundizar la crisis de la organizaci�n guerrillera es, pues, la misma que con cualquier otra direcci�n burguesa o peque�oburguesa con influencia entre las masas o la vanguardia obrera: acuerdos para la acci�n com�n en el terreno de la lucha de clases; independencia completa de nuestro partido para aplicar una sistem�tica pol�tica de cr�tica y denuncia ante las masas de las inconsecuencias pol�ticas de la direcci�n guerrillera y de sus m�todos nefastos. En tales acuerdos, los trotskistas debemos privilegiar a los sectores obreros influidos por la guerrilla, lo que puede plasmar en la constituci�n de una tendencia sindical combativa, antipatronal, antigubernamental y antiburocr�tica. Nuestra gran lucha es para que estos sectores dejen de acatar a la guerrilla y rompan con ella.

Una consigna transicional en ese sentido debe ser llamarlos a que exijan a la guerrilla que se supedite y discipline a la clase obrera, a sus organizaciones de masas o a la corriente sindical clasista. Esta disciplina tiene un l�mite, el de los principios: jam�s la guerrilla puede verse obligada a desarmarse porque as� lo decida la direcci�n oportunista de una central obrera. Pero si esa central le exige que no haga m�s acciones, debe acatarla, salvo que sea en leg�tima defensa. Nuestra propuesta ser�a que la guerrilla sea uno de los destacamentos armados de la central obrera y ejecute acciones en funci�n de las necesidades de la lucha obrera y los deseos de los trabajadores.

Aunque nunca se ha dado que una organizaci�n guerrillera acepte esto, no lo podemos descartar hipot�ticamente. Pero ello no ocurrir�, en cualquier caso, sino a trav�s de una dura lucha interna y de la crisis y la divisi�n de la organizaci�n guerrillera. Los trotskistas debemos ser el polo obrero de esta discusi�n, es decir los m�s clara y en�rgicamente enfrentados a la direcci�n guerrillera en el programa, la pol�tica y los m�todos.

S�lo si tal ruptura se da habr� posibilidades de concretar un Frente Unico Revolucionario con los militantes sindicales de la guerrilla y el hipot�tico sector guerrillero que se discipline a ellos, ya que se habr�an transformado en una corriente obrera. Sin embargo, quedar� por ver si son una corriente obrera centrista cristalizada o si evolucionan hacia nuestro programa, ya que si son lo primero tampoco hay posibilidades de Frente Unico Revolucionario.


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