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Intervenci�n durante el curso de los festejos de los 100 a�os del nacimiento del padre Jos� Kentenich, en Schoenstatt, Alemania.
"Como desde el a�o 1962, a causa del Concilio, deb�a ir todos los a�os a Roma, tuve muchas oportunidades de hablar sobre el padre, tanto con sus hijos como con sus opositores. Cada vez fui adquiriendo la convicci�n de que el padre era un hombre de gran virtud y de innegable talento, con una visi�n de la Iglesia, de su futuro, de la acci�n del laicado, que me parec�a prof�tica. Su gran devoci�n a nuestra Madre, la Virgen Sant�sima, acab� por conquistarme plenamente y me sent� llamado, por el Se�or, a ayudar a este hombre de Dios y a su hermosa obra.
Cardenal Ra�l Silva Henr�quez, Chile
�Qu� vi yo en el padre, para m� totalmente desconocido, que me conquist�?: Su gran amor a la Madre de Dios fue el se�uelo que me atrajo irresistiblemente. Amar y no amar las mismas cosas, es la se�al de la verdadera amistad, seg�n dice Cicer�n. En m� se realiz� la verdad de este aforismo. Admir� en �l su fe inquebrantable: am� a la Iglesia, am� a su Congregaci�n, mantuvo la esperanza contra toda esperanza. No le o� nunca quejarse de las penas pasadas; no le o� nunca culpar a nadie; su caridad no ten�a limites. Admir� en �l su fortaleza en todas las situaciones de la vida, a�n en las m�s dif�ciles, como fueron sus prisiones; fue superior a todas ellas; realmente era el hombre fuerte que descansa en el Se�or y pod�a decir: 'De El viene mi salvaci�n, es mi alc�zar, es mi roca, no vacilar�'.
Realmente es cosa admirable e incre�ble que en sus prisiones, como si estuviera en plena libertad, organizaba obras, creaba institutos de bien y santidad. S�lo quien tiene al Se�or consigo puede hacer tales cosas. Admir� en �l su apertura, su visi�n de la Iglesia que lo llamaba a escuchar la voz de los tiempos, que lo llamaba a poner en tela de juicio antiguas y respetables actitudes eclesiales, que no le parec�an adaptadas a transmitir el mensaje de Cristo al hombre de hoy. Fue, tal vez sin saberlo, un precursor del Concilio. Pero todo esto que �l ve�a por amor a la Iglesia, le cost� no pocas l�grimas. Admir� en �l su capacidad de inteligencia, su saber, su mentalidad de cient�fico que aplicaba sus conocimientos a su tarea evangelizadora. No fue un hombre superficial; fue un hombre de Dios apoyado en el saber, fue un maestro en el noble y verdadero sentido de la palabra. Admir� tambi�n en �l su carisma de educador. El persegu�a el ideal de impregnar el coraz�n del hombre moderno de Cristo, el Se�or, de manera que la fe impregnase toda su vida y su quehacer e hiciera que este ideal de la uni�n integral del hombre con Cristo, 'penetrara por entero la intimidad de la persona y la llenara de entusiasmo por un abnegado servicio a los hombres'.
Termino mi breve exposici�n: he cre�do encontrar en mi vida a un aut�ntico hombre de Dios, a un santo. En nuestro caminar es el maestro que ha venido a resolver nuestras dudas, que nos ha hecho arder el coraz�n, vaciando en �l la verdad de las Escrituras Santas y nos ha hecho encontrarnos con el Mes�as: era �l el Maestro resucitado que en el camino de nuestras vidas ha querido acompa�arnos.
Doy gracias al Se�or por esta visita suya a mi alma y lo bendigo por lo poco que he podido hacer por Cristo el Se�or, vivo en la persona del P. Kentenich."
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