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RELACIÓN MADRE- HIJA
El objetivo de este trabajo es revisar algunos «saberes» acerca de
la relación madre hija generalmente aceptados, tanto en el ámbito de
lo popular como dentro del campo Psi, así como sus consecuencias para
esta relación.
Debo aclarar que todo lo que sigue se refiere, como el grueso de la
producción Psi, a un contexto particular, el de la clase media
occidental. Las relaciones madre hija en clases altas y en clases bajas
y marginales, así como en otras culturas, presentan algunas similitudes
pero también algunas particularidades que justifican un estudio
diferencial que está todavía pendiente de realización.
Lo primero que aparece al abordar el tema es que la relación
entre madres e hijas es una «relación complicada». Pero, pensándolo
bien ¿qué relación familiar no lo es? Surge entonces la pregunta ¿por
qué la relación madre hija tiene esa cualidad de inextricable?
Como terapeuta familiar tengo ocasión de trabajar esta relación en
vivo con los dos polos, el de la hija y el de la madre, en este contexto
se hacen visibles matices y paradojas que resultan interesantes. Tomemos
por ejemplo una situación clínica:
Una mujer de 50 años, ama de casa tradicional que ha comenzado
recientemente a trabajar fuera de casa, con hijas de 25, 23, 16 y 15 años
pide una entrevista por un «grave conflicto» con sus dos hijas
menores. Estas le contestan de mala manera, son desordenadas, discuten
airada e interminablemente entre sí cuando les pide colaboración en lo
doméstico.
Hasta aquí nada fuera de lo normal tratándose de adolescentes, lo
notable es que ella está muy asustada porque "me dan ganas de
ahorcarlas, pero literalmente", nunca pensó que podría llegar a
sentir una rabia tan intensa hacia sus hijas.
Como psicóloga, yo puedo comprender su sentimiento como válido, y
asociarlo a su mayor cansancio y a la frustración de no sentirse acompañada
en su tarea de llevar el hogar. Lo llamativo es que este sentimiento de
rabia no estuviera registrado por la paciente en la gama de los
sentimientos posibles. También podría llamar la atención la
intensidad de la rabia en una «buena madre».
Para entender ésta y otras situaciones, resulta útil poner la relación
madre hija en perspectiva histórica y social.
Deconstruyendo los saberes acerca de la relación madre hija, se hace
evidente que, sobre esta relación, se acumulan los mitos derivados de
la mística femenina en dosis tóxicas.
Estos mitos sobre la maternidad inciden sobre la relación madre hijos
de ambos sexos. Pero en la relación madre hija, adquieren características
especiales y consecuencias específicas por el hecho de que ambas
protagonistas son mujeres, y están sometidas a expectativas similares.
Paula Kaplan ha recopilado el mito de la «madre perfecta» y su
contracara, el mito de la «mala madre», que incluyen definiciones,
mandatos y prohibiciones combinadas para madre e hija dada la
pertenencia de ambas al género femenino. Las madres son hadas, en la
imagen idealizada. Y las madres son brujas en la desidealización.
KAPLAN enumera 5 definiciones míticas de la madre perfecta:
la madre da la vida
la medida de una buena madre es una hija perfecta
las madres son fuentes inagotables de sustentación
las madres saben naturalmente cómo criar a sus hijos
las madres no se enojan
Y también otras 5 características míticas de la mala madre:
las madres son inferiores a los padres
las madres necesitan el consejo de los expertos para criar hijos
las madres son pozos sin fondo de necesidades
la proximidad madre hija no es saludable
las madres son peligrosas cuando tienen poder.
Si revisamos cualquiera de estas afirmaciones, encontraremos que
resultan cuanto menos cuestionables.
Tomemos por ejemplo la afirmación: la madre es «dadora» de vida. Si
profundizamos un poco, encontramos que la madre no «da» la vida, sí
la transmite, al igual que el padre, y sí la aloja y esto es lo específico.
La madre gesta al hijo/a, durante 9 meses brinda su cuerpo para que el
embrión se desarrolle.
Dicho esto, conviene comentar que el peso de los mitos es tan importante
que es frecuente encontrar, en los escritos de autoras que los revisan y
cuestionan, «confesiones» de malestares y angustias asociados a la
idea de estar cometiendo una malvada herejía, de "estar sacando
los pies del plato", al cuestionar estos mitos. Debo «confesar»
que yo también he compartido esa experiencia.
Otra afirmación: "existe un «instinto maternal» por el cual la
madre sabe "naturalmente" lo que su hijo/a necesita y se lo
brinda, obteniendo en ello su propia satisfacción. Este instinto forma
parte de la mujer normal". Ahora bien, como ha demostrado E.
Badinter todo indica que la conducta maternal es resultado de un
aprendizaje, facilitado en la mujer desde la más tierna infancia por
las características de su socialización.
En torno a esta idea de un «instinto maternal» surgen unas cuantas
cuestiones.
Si la conducta maternal es resultado de la activación de un instinto,
entonces la madre se hace equivalente a NATURALEZA, a biología
contrapuesta a CULTURA. Ahora bien, si lo que caracteriza a la humanidad
es la cultura, la madre ¿es no humana?. ¿Es éste uno de los orígenes
de ese otro mito, el del «enigma femenino»? ¿Puede la mujer tener
experiencias «naturales sin que sean mediatizadas por la cultura?
Además, en esta concepción de la maternidad como instinto, se da una
paradoja relacional. Porque si lo que la madre hace en la crianza es
expresión de su naturaleza, de su instinto, lo que la madre da no es un
trabajo sino simplemente sustentación, «amor», que, por otro lado, no
podría evitar porque es una conducta instintiva.
De este modo, la madre no es reconocida como «trabajadora». Por ello,
para obtener retribución, valorización por su tarea, a la madre solo
le quedaría hacer notar su dedicación. El recurso habitual para ello
ha sido la queja, queja por el sacrificio «INTRINSECA Y FATALMENTE
LIGADO A LA MATERNIDAD». Con su consecuencia para la hija: de la hija
se espera mayor comprensión y mayor retribución ya que ella es también
mujer y está destinada al sacrificio.
Otro problema con el mito del instinto maternal es que plantea un modelo
único de «maternidad normal» donde la fusión con el hijo y el deseo
de posesión exclusiva, quedan naturalizados como pertenecientes a la
biología de un «instinto maternal». La madre temprana, la madre pre-edípica,
es concebida, así, como la madre de los cuidados, de la satisfacción
de necesidades, no es una madre con discurso, con una identidad
cultural.
Un análisis más cuidadoso permite pensar que esa «simbiosis natural»
resulta irreal dado que, como no podría ser de otro modo, la primera
relación madre hijo/a está inmersa en un medio cultural, por lo tanto
la simbiosis madre hijo parece, más bien, derivar de una postura ideológica
que tiende a definir a la mujer en función únicamente de su hijo. Esta
actitud maternal temprana parece entonces estar ligada, mas bien, a un
discurso social internalizado por la mujer e instalado como ideal del
yo, que postula la fusión con el hijo/a como deseable, como «normal»
y otorga a las madres una «característica» retentividad.
Hoy nos resulta evidente que la madre, además de cubrir necesidades
primarias, también aporta cultura. Y que muchas madres no son
fatalmente retentivas. Se escucha decir a las madres, cada vez más
genuinamente, "deseo que los chicos se vayan a vivir por su cuenta
de una vez".
Seguir desarrollando el carácter mítico de todas estas afirmaciones
sobre las madres derivadas de la cultura denominada patriarcal, me
llevaría más del espacio de que dispongo en esta comunicación. Como
muestra del profundo desencuentro que la acumulación de estos mitos
pueden producir entre madre e hija, sirva una escena de la película El
Club De La Buena Estrella entre una madre de unos 65 años, mujer fuerte
modelo tradicional y su hija en los 30, sofisticada ejecutiva de una
editorial. Están en la peluquería, discuten, la hija estalla:
"por más que me esfuerzo nada de lo que hago lo apruebas" La
madre, sonríe con cierta asombrada complacencia y murmura:
"pensaba que no te importaba lo que opino".
En nuestra cultura las madres han sido idealizadas o acusadas de todos
los males. El mito de la madre perfecta que satisface todos las
necesidades de sus hijas genera culpa e inhibición de la hostilidad, o
produce, en las hijas que no fueron totalmente satisfechas, una sensación
de estafa.
Recuerdo el caso de una joven paciente que reprochaba airadamente a su
madre, ama de casa fulltime, el que le preparara "solo una
minuta" cuando (la hija) volvía a su casa tarde a la noche después
de trabajar y estudiar. La demanda no era ya que la madre le prepara
comida, ni que la esperara despierta y la acompañara en la cena, la
hija se sentía habilitada a reclamar, como prueba de amor maternal, que
la madre le preparara una comida «a la carte».
En la «mala prensa» que tiene la relación madre hija pienso que
bastante responsabilidad tenemos los profesionales Psi, que también
acostumbramos responsabilizar a las madres de todas las dificultades,
grandes o pequeñas, que aquejan a sus hijos. Rara vez, por ejemplo,
investigamos al padre, y cuando lo hacemos rara vez vamos más allá de
la calificación «padre ausente».
En la base de esta postura Psi está la concepción psicoanalítica
acerca de la femineidad.
La construcción de la subjetividad femenina postulada por Freud incluye
a grandes rasgos: amor fusional a una madre fálica, desilusión por la
madre castrada y por la propia castración atribuida a la madre, pasaje
al padre, búsqueda del hijo donado por un hombre.
En Freud las posibilidades amorosas de las mujeres están orientadas
claramente hacia el varón: padre, marido, hijo. La relación
madre-hija, para Freud, es una relación de rivalidad por el padre, y
solo incluye elementos amorosos en las etapas primitivas y arcaicas, las
preedípicas, pero se trata de un amor fusional. Estos elementos
amorosos son peligrosos pues la fijación a ellos le impiden a la niña
llegar a ser una mujer normal.
Para Freud, lo primitivo hace referencia a la indiscriminación yo-no yo
y a la ambivalencia, y siempre la relación con la madre ejerce
influencias negativas, trae conflictos en la adultez. Esto es así
porque es una relación fusional. De allí todo amor entre mujeres es
sospechoso de contener elementos primitivos, inmaduros.
El falocentrismo y la centración en la castración, en la diferencia
anatómica, de Freud, crean un campo de hostilidad y descalificación
mutua entre madre e hija que se visualiza inevitable, y que se extiende
a toda relación entre mujeres. La teoría psicoanalítica no puede
explicar, más que con una referencia a una hipotético desarrollo de
tipo masculino, los rasgos de amor maduro (genitalidad) que se observan
en la experiencia femenina y en la clínica con mujeres. Las mujeres, en
efecto, tenemos también experiencias de solidaridad femenina. No todo
es rivalidad edípica.
En descargo de Freud, es conveniente advertir que esta definición del
psiquismo femenino y su consecuencia: la calificación de la relación
madre-hija o como fusión o como rivalidad, era, posiblemente, una
descripción adecuada en la época de su construcción.
¿Qué pasa ahora si madres e hijas pueden ser sujetos de deseo? ¿Cómo
se agrava o se suaviza la problemática de esta relación en esta época
de fin de siglo, en esta nueva edad de la cultura, la posmodernidad que
caracterizó Lyotard como condición cultural del capitalismo tardío, y
que está signada por cambios de tanta importancia que se supone afectan
la construcción de las subjetividades?
La madre sacrificada generaba en sus hijas una «neurosis de deuda
afectiva y moral» al decir de Alicia Lombardi. Las madres de estos
tiempos, no responden, tan cabalmente al menos, a los caracteres de
madre sacrificada, ¿tendremos entonces hijas menos culposas?
Si se atenúa la carga de género postergado, ¿desaparece la madre que
transmite "yo no pude pero vos vas a poder"? ¿Podrán las
hijas dejar de recibir ese mensaje tan ambivalente que les produce toda
una serie de sentimientos conflictivos: lástima por la madre
sacrificada, responsabilidad por rescatarla o por vengarla, estímulo y
esperanza por salvarse de un destino trágico y a la vez culpa por poder
ella llevar una vida mejor?
Las mujeres, grandes transmisoras de los valores sociales, por el lugar
de custodias de la moral que nos señala la cultura, y porque seguimos
estando a cargo casi exclusivo de la primera infancia de nuestros hijos,
¿qué transmitimos? ¿Qué modelo de femineidad? ¿Existe una misión
femenina de cuidado por las relaciones? ¿O ésa es una misión que
corresponde a todo ser humano?
¿Qué mensaje transmitimos a nuestras hijas sobre la sexualidad? ¿Qué
sienten una madre y una hija cuando el mensaje es: "tenés derecho
a ejercer tu sexualidad pero tené cuidado porque la gente es mala y
comenta"?
Otro «must» de nuestra época, el ideal de juventud eterna para todos,
aleja cada vez más la imagen de la mujer maternal, la matrona, la
madraza con un regazo mullido en donde cobijarse.
Esto parece tener que ver con la situación planteada, por ejemplo, por
una atractiva y brillante universitaria de 20 años que se siente mal
con su madre, la siente inadecuada, que "no es madre". La
madre tiene 50 años, es separada, coqueta, buen cuerpo, viste a la
moda. Desarrollado el tema, surge que la hija se sentiría más conforme
si su madre fuera una matrona de batón y ruleros. Para la madre, como
era de esperar, esa posibilidad resulta impensable. Tradicionalmente,
estas necesidades contrapuestas en madre e hija se resolvían
recurriendo al sacrificio de la madre.
¿Qué pasa hoy? En su lucha por la liberación, ¿la madre se confunde
con la hija? La hija, ¿ve más dificultado su acceso a ser una mujer
adulta? Las madres jóvenes y atractivas ¿pueden favorecer el
desarrollo de la hija porque las comprenden más, y no las cargan con el
peso de su sacrificio? ¿O pueden dificultarlo porque se transforman en
rivales imbatibles (además de lindas son experimentadas)?
¿Es concebible la hostilidad entre madre e hija como forma de lograr la
diferenciación, y no tanto como rivalidad edípica?
Los factores específicamente femeninos de rechazo hacia la madre en las
hijas parecen haber estado relacionados con las características que
hacen a la madre un objeto desvalorizado: sumisa, vulnerable, sometida,
víctima, dependiente, atrapada en lo doméstico.
Si la madre no presenta esas características sino por el contrario
constituye un modelo femenino valorizado ¿encontraremos en las hijas
tanta hostilidad?
Si concebimos a la mujer como una persona por derecho propio, y no un
ser definido únicamente en función del varón, ¿encontraremos tanta
rivalidad?
Tomemos un caso por ejemplo. Una mujer casada muy autónoma, exitosa
profesional y buena ama de casa, con una relación conflictiva con su
propia madre «modelo sacrificio», y que no deja de extrañarse por la
fluidez de la relación con su hija, joven y brillante profesional recién
casada, refiere con cierto asombro y agrado que durante un viaje suyo de
fin de semana, la hija le comenta con naturalidad que había invitado a
sus hermanos solteros a comer el domingo y había cocinado los fideos
que tradicionalmente su madre preparaba.
Parece posible para una hija sentirse orgullosa de ser parecida en algo
a su madre y para una madre sentirse agradada por este parecido. ¿Podemos
concebir, hoy, una relación satisfactoria entre madre e hija? Relación
satisfactoria no significa, por supuesto, una relación sin conflictos,
porque los conflictos son inherentes a la vida. Pero si son otros
conflictos diferentes, que no incluyan fatalmente el circuito «desvalorización-sacrificio-culpa»,
podemos esperar que será una relación más satisfactoria para ambas.
Resulta evidente que las relaciones madre hija en estos momentos no
presentan caracteres únicos, sino que están muy ligadas a las características
socio culturales de las familias. Nos encontramos en etapas de transición
donde conviven los modelos tradicionales llamados patriarcales y los
modelos más evolucionados, tanto en la propuesta social como en el
ideal del yo de las mujeres. Vaya un ejemplo de ello: una joven
profesional de 26 años pregunta inquieta si el sentirse y el desear
estar activa durante su segundo embarazo era signo de no aceptación de
su femineidad/maternidad. La inquietud le surge a causa del comentario
crítico de amigas coetáneas, frente a su pretensión de seguir con su
vida normal en su tercer mes de embarazo.
A pesar de estos conflictos, hay evidencias, hoy, de que puede darse una
mirada femenina legitimante. Una circulación de la mirada entre mujeres
donde la mirada de una semejante pasa a ser importante para nuestra
confirmación. Es posible, y cada vez más frecuente, encontrar hoy,
entre mujeres valorizadas, una relación de cuidado mutuo, de
enriquecimiento, que, lejos de reducirse a una fusión o a una rivalidad
trágica, constituye un vínculo que está mas bien en la línea de la
hermandad.
¿Adónde nos llevan todos estos cambios? Como dice Adrienne Rich
"La puerta en sí misma no hace promesas, es solo una puerta".
Una salida del encierro.
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