1. Si la profunda crisis y el estallido social del 2001 significaron de alguna manera el cierre de una etapa histórica de fuerte ofensiva del capital, que se iniciara en la segunda mitad de los años setenta pero cuya consolidación y extensión atravesó a todas las capas de la sociedad durante la década del noventa, en el sindicalismo argentino pareciera recién iniciarse con aquella coyuntura un proceso de maduración de ciertas tendencias de revisión del modelo, las que si bien aun muestran un estado demasiado embrionario para poder definir su dimensión y direccionalidad, no por ello carecen de importancia.
De la crisis salió un sindicalismo fragmentado y seriamente debilitado, características que guardan directa relación con condiciones objetivas particulares: una desocupación masiva, el cincuenta por ciento de los trabajadores asalariados en negro bajo diversas formas de precarización, una virtual demolición del derecho del trabajo, una acción estatal dirigida a consolidar la pérdida de derechos; pero también con condiciones subjetivas no menos importantes: el agotamiento de todo un modelo de construcción y acción sindical, carente de respuestas a los desafíos del capital y de la acción estatal regresiva, con muy escasos índices de participación democrática real y parte importante de su dirección descalificada por los propios trabajadores.
En breves líneas nos proponemos justamente reflexionar sobre algunos de los aspectos señalados, en apenas un esbozo de análisis crítico muy embrionario y parcial.
2. Resulta interesante observar como el desprestigio de las direcciones sindicales fue alimentado y extendido por los sectores beneficiarios del mismo a todo lo sindical, en una muy hábil política de confusión intencionada donde la propia acción gremial pasó a ser para gran parte de la opinión pública una acción desprestigiada en sí, más allá de quién la llevara a cabo.
Así, en un eficaz mecanismo de debilitamiento por parte del capital respecto de la acción sindical, se viene impulsado desde hace años una extendida campaña de denuncia de corrupción en relación a un número amplio de dirigentes sindicales (1) pero a la vez se instrumentan todas las medidas necesarias para que esos dirigentes continúen a la cabeza de sus respectivas organizaciones: desde la consolidación de normas que limitan las garantías necesarias a cualquier participación democrática real en los gremios, hasta la complicidad para el despido de aquellos trabajadores que pueden ir asomando como posible oposición a estas direcciones sindicales en los lugares de trabajo, la agresión conjunta orquestada entre empresas, direcciones sindicales y aparato de seguridad, y las mismas políticas comunes en el Ministerio de Trabajo.
De esta manera, desde los sectores empleadores se ayuda a consolidar la posición de estos dirigentes sindicales y a la vez se los denuncia por corruptos, con plena conciencia de que con un poco de habilidad en el manejo de los medios de difusión masiva el desprestigio arrastra a todo el sindicalismo, incluyendo a los miles de trabajadores que comprometen diariamente la vida en representación de los intereses de todos sus compañeros, con absoluta honestidad y admirable espíritu.
Así lo sindical aparece en la opinión pública con valoración más negativa que la de los propios sectores de poder económico, y gran parte de la población prefiere creerle a aquellos que se apoderan del producto de su trabajo y no a los que aparecen como sus representantes en las organizaciones sindicales, sin diferenciar demasiado entre estos últimos.
3. En este punto parece necesario debatir el discurso desarrollado desde las organizaciones políticas de la izquierda argentina y desde varias de las experiencias de construcción sindical alternativas, muchas de ellas muy valiosas, ya que habitualmente se prefiere identificar el problema sindical con la corrupción, incluyendo en el concepto amplio de corrupción el de la permanencia en los cargos de dirección, sin advertir que precisamente el nivel de corrupción es consecuencia y no causa de cuestiones mucho más profundas y que tal como se elabora el mensaje hacia los propios trabajadores se termina coincidiendo en parte con el discurso hábil del capital al que me he referido en el punto anterior, generándose así cierta confusión que poco parece haber ayudado a una posible construcción sindical diferente.
Así, en lo que pareciera un errado intento de simplificación del mensaje hacia los trabajadores, se estaría cayendo en el juego de los grupos de poder económico, que prefieren limitar la impugnación de lo sindical como sinónimo de corruptela generalizada, evitando obviamente la discusión sobre las limitaciones esenciales del modelo vigente.
Pareciera ser que la ideología dominante en las direcciones sindicales alrededor del papel del Estado, del modelo de organización del propio gremio y en los lugares de trabajo, de la participación protagónica o no de los trabajadores representados, de las formas de acción gremial, de conflicto y negociación, pasan a tener importancia secundaria respecto del problema de la corrupción de la dirigencia.
Y en esa interpretación se intenta presentar modelos supuestamente alternativos que en realidad sólo se diferencian por la falta de corruptela y por una mayor identificación del empleador como adversario y del Estado como cómplice de la explotación, en un mensaje excesivamente simplificado y ambiguo que a veces hasta parece menospreciar la capacidad de entendimiento de los trabajadores (2).
En este enfoque, algunas de las experiencias alternativas terminan reproduciendo varios de los vicios del modelo sindical, generándose contradicciones que resultan muy difíciles de salvar (3).
En algunos sindicatos, agrupaciones opositoras que aparecen como clara expresión de la necesidad de los trabajadores afiliados con cierto grado de conciencia y capacidad de organización y conflicto, terminan reproduciendo mecanismos antidemocráticos que parecieran justificarse en el concepto de «los dirigentes lo hacen porque son corruptos pero nosotros lo hacemos porque somos buenos y más capaces o tenemos mayor claridad de análisis, y no podemos perder tiempo en que los compañeros lo entiendan».
Así, algunos intentos que surgieron como muy interesantes terminaron envolviéndose en viciados mecanismos de elección de candidatos y reproduciendo maniobras de limitación o ninguneo de la voluntad de los trabajadores supuestamente representados.
De este modo se construyen listas de oposición cuyos candidatos son digitados en pequeños acuerdos cerrados entre dos o tres organizaciones políticas revolucionarias, o entre estas y otras reformistas, o entre delegados combativos que ya se perfilan como pequeños caudillos con aspiraciones mayores.
Y en sindicatos supuestamente recuperados por los trabajadores, se multiplican maniobras destinadas a evitar la participación masiva en una suerte de necesidad de evitar discusiones que pueden estorbar la acción gremial, como si la misma no debiera ser justamente el resultado de un debate enriquecedor en cada uno de los lugares de trabajo y en el local sindical como la casa común de todos.
Hasta algunos delegados de honestidad personal indudable, que sacrifican sus vidas por el ideal de una sociedad mejor, no dudan en mentir en asambleas generales el mandato dado por sus representados en sus respectivos lugares de trabajo cuando no han podido convencerlos del error en que se hallan.
Y hay honestos dirigentes de sindicatos que deciden unilateralmente y sin consulta ni discusión cuando y cómo impulsar un conflicto, o cuándo finalizarlo, o qué y cómo negociar en una paritaria.
Así como igualmente honestas direcciones de seccionales o comisiones internas que a contramano de la necesidad y de la voluntad de sus respectivos representados- priorizan los enfrentamientos internos con las direcciones nacionales de sus sindicatos y desconocen cualquier concepto mínimo de organicidad (4) en función de sus concepciones particulares y sus posiciones político gremiales.
En esto tiene mucho que ver también la profunda contradicción a que son sometidos a veces los militantes o activistas de algunas organizaciones políticas, a los que se les exige reproducir acrítica y disciplinadamente en sus colectivos de trabajo o en sus sindicatos las posiciones decididas al interior de sus organizaciones. Se trata de una cuestión muy compleja y que encierra serias dificultades de respuesta, pero en todo caso pareciera que existe también la necesidad de un debate al interior de esas organizaciones (5), aunque debemos reconocer que no es un problema nuevo (6) ni limitado a la realidad argentina.
En este cuadro de confusión y desatinos, el resultado previsible es la multiplicación de las contradicciones, que a su vez alimenta la posibilidad de derrotas y retrocesos.
Y no es una cuestión menor– la aparición de nuevas direcciones que gradualmente se van constituyendo en burocráticas, y que a la larga o a la corta terminan siendo el caldo de cultivo de renovados casos de corrupción (7).
Así, si nos encerramos en la concepción de que el problema es la corrupción de los dirigentes, de una u otra forma terminamos ocultando las causas más profundas de la crisis del modelo, que en definitiva constituyen el origen que explica y no la consecuencia explicada por– esa corrupción.
Esto no significa en modo alguno plantear que hay que ignorar el fenómeno extendido de la corruptela en muchas representaciones sindicales, sino que no es posible encerrar en tan estrecho marco los déficits mucho más serios y profundos que presenta el modelo sindical en la actualidad, y que tomar ese problema en forma aislada o dándole carácter de esencial, como bandera de renovación, implica por un lado simplificar excesivamente la propuesta que se pretende diferenciada y por el otro caer en el mismo discurso tramposo de los sectores patronales. Este error demasiado común ha llevado a un efecto no buscado por los críticos opositores: la desafiliación masiva en muchos gremios (8).
4. En el mismo sentido cabe considerar la cuestión del régimen de personería gremial única, al que me he referido ya en anteriores trabajos.
No se puede ignorar que la aparición de la Central de Trabajadores Argentinos oxigenó en algunos aspectos la densa atmósfera de un modelo sindical que parece atravesar un largo proceso de descomposición.
Y en ese sentido generó entusiasmo en algunos sectores gremiales que esperaban quizás de esta nueva experiencia más de lo que por ahora– terminó significando.
Es que circunscribir la crítica al modelo sindical vigente en la multiplicidad de casos de corrupción en la dirigencia o en el régimen de personería gremial única, significa detectar algunos de los males importantes pero cerrar la mirada a aquellos esenciales (9).
Así, en pocos años de existencia, algunas de las organizaciones de la CTA han terminado reproduciendo fielmente varios de los vicios más graves de una fuerte tradición sindical: direcciones que prefieren no saber lo que piensan sus bases, y si lo saben no acatarlo, maniobras de fraude electoral casi idénticas a las más habituales en la CGT, manejo unilateral e inconsulto de los conflictos y procesos de negociación.
Esto no significa en modo alguno desconocer la importancia de la CTA como experiencia diferente de construcción sindical, la legitimidad de su reclamo de personería y la existencia al interior de la misma de sectores gremiales que intentan cambiar realmente el modelo desde su raíz. Como tampoco podemos descalificar globalmente a todas las organizaciones de la CGT, ignorando la multiplicidad de sindicatos y seccionales donde se intenta una construcción distinta de lo gremial.
5. En esta difícil coyuntura vale la pena detener la mirada en algunas experiencias de construcción sindical alternativa, las que resultan muy valiosas aunque tampoco se ven exentas de contradicciones.
Me refiero a comisiones gremiales internas que han podido instalarse firmemente en la realidad sindical a contramano de la voluntad de las propias direcciones de sus respectivos sindicatos.
Experiencias como la de la comisión gremial interna de la empresa Metrovías (transporte subterráneo de Buenos Aires), o de las comisiones de reclamos de algunas seccionales de la Unión Ferroviaria (10) o de la Asociación Bancaria (11).
También es el caso no menos interesante de algunas seccionales (12), y de corrientes internas de trabajadores (13).
La lista es larga me limito a referir en nota al pie y a solo título de ejemplo algunos casos que conozco algo más de cerca- pero demasiado insuficiente como para pensar aun en la generalización de una nueva realidad sindical alternativa.
Algunas de estas experiencias corresponden a gremios de la CGT y otras a organizaciones de la CTA, cada una presenta características diferentes, con aciertos y errores, configurando a veces intentos de reflexionar sobre la necesidad de una construcción sindical diferente y otras simplemente la acción emergente de la necesidad particular, algunas son más auténticamente democráticas que otras, pero cada una de ellas viene aportando con sus limitaciones propias a una concepción distinta de la construcción y acción sindical.
No casualmente, el proceso de multiplicación, crecimiento y consolidación de este sindicalismo diferente se dio especialmente a partir de la crisis del 2001 y con la movilización masiva en amplios sectores de la sociedad.
Pero tampoco por casualidad, varias de estas experiencias vienen sufriendo en la actualidad una fuerte ofensiva desde las direcciones centrales, los empleadores y el mismo gobierno, y parecieran haber perdido cierta capacidad de respuesta, ingresando así en lo que podríamos denominar zona de riesgo.
Es probable que ello tenga que ver con la dificultad en poder dar un salto cualitativo en el camino recorrido en estos años (14).
Y parte de esa limitación pareciera guardar justamente relación con la ausencia de un debate a fondo sobre el sindicalismo que se quiere construir.
Una posible reflexión a ensayar podría sostener que si no se instala esa discusión en forma extendida entre los propios trabajadores no se llega a superar el marco ideológico reiterativo de una concepción de construcción y acción sindical que ahoga a las experiencias de base en sus propias contradicciones.
En realidad, donde las limitaciones parecen adquirir mayor gravedad no es tanto en lo que hace a la acción sindical, donde muchas de estas nuevas experiencias han retomado viejas tradiciones de formas de conflicto y a su vez las han enriquecido con aportes propios de los nuevos tiempos (uso de la tecnología, atención al peso de la denominada opinión pública, etc.), sino en el plano de la construcción sindical, en la que aun en experiencias de base se puede advertir la reiteración de algunos vicios que llevan a limitar la participación democrática y el debate en común del conflicto y la negociación.
Podemos suponer, de acuerdo a algunas de las afirmaciones esbozadas, que las características esenciales del modelo institucional hacen necesariamente a aquella construcción sindical tradicional, vertical y burocrática (15), con absoluta dependencia de la intervención estatal y con determinados condicionamientos ideológicos que marcaron la historia del movimiento sindical argentino en las últimas décadas.
En esta línea de pensamiento, en aquellas experiencias que se pretenden diferentes, el marco lógico del modelo, es decir la construcción no participativa, forzosamente las haría entrar en contradicción consigo mismas (16).
Quizás un cotejo objetivo y puntual de los avances y retrocesos de los distintos ensayos de construcción gremial nos permitiría ir avanzando en lo afirmado.
6. Se podría cuestionar estas suposiciones desde el argumento de que la dificultad de participación reside también en la propia gente. Y se trata de una realidad que no se puede desconocer. En un trabajo anterior (17) hicimos referencia a que en realidad el fenómeno de la burocratización atraviesa la propia conciencia de los trabajadores
La instalación ya definitiva– de la carrera sindical, fenómeno extendido a casi la totalidad de los países, con trabajadores que se profesionalizan como representantes sindicales, tiene como contracara y sustento la decisión conciente o inconciente de la mayoría de los trabajadores de delegar las decisiones en sus representantes.
Esto ocurre en los sindicatos con comisiones directivas democráticas o no (18), pero también en los lugares de trabajo con los delegados gremiales, los que muchas veces se encuentran con que sus propias bases están esperando a que ellos decidan o indiquen qué es lo que hay que decidir.
El mecanismo de la licencia gremial obviamente acentúa este fenómeno pero no lo explica por sí mismo.
Así, de a poco y gradualmente, en escasas décadas de historia, la participación colectiva fue siendo desplazada por las decisiones de los cuadros sindicales profesionalizados, en un proceso que va adquiriendo características particulares en la medida en que el modelo sindical abandonó gradualmente el concepto inicial de autonomía y se integró paulatinamente a la institucionalidad estatal.
Es cierto que el fenómeno de las representaciones sindicales que se reiteran en sucesivos mandatos tiene como necesario sustento el fenómeno de burocratización de la organización sindical, internalizado en la conciencia de los propios trabajadores, que van acostumbrándose a delegar en sus cuerpos orgánicos las decisiones sobre la acción sindical a realizar.
Ahora bien, hemos señalado también con anterioridad que esta burocratización de lo sindical, en la medida que ha ganado la cultura gremial de los trabajadores, aparece también en las corrientes de oposición, las que no vacilan en reproducir mecanismos viciados de reemplazo de la voluntad de la clase, y que muchas experiencias de construcción clasista reiteran esta forma de construcción de lo sindical, desplazando la participación de las bases por acuerdos entre organizaciones políticas.
La cuestión entonces pasa por pensar si vale la pena enfrentar las características esenciales burocráticas del modelo de construcción sindical o con el argumento real pero tramposo– de que las mismas residen también en la conciencia de los trabajadores, reproducir los mismos mecanismos viciados de reemplazo de la voluntad colectiva.
Y la propuesta de análisis que se efectuó justamente hace hincapié en que la reproducción de las formas de construcción termina encerrando a las nuevas experiencias en contradicciones insalvables.
7. En este panorama de por sí bastante complejo, en un marco de descomposición de dimensiones inéditas en las representaciones sindicales, van extendiéndose de a poco, casi imperceptiblemente (19), fenómenos de fuerte represión hacia estas nuevas construcciones gremiales que aun con sus serias limitaciones no dejan de configurar un modo diferente de hacer sindicalismo.
Se puede observar en ese sentido que la aparición de estos intentos de construcción gremial desde abajo, más representativa y con criterios diferentes de acción sindical, parece haber generado en los últimos tiempos una muy dura respuesta desde algunas direcciones sindicales, desde sectores empleadores y desde el mismo aparato estatal.
Me refiero a las bandas de personas de civil armadas golpeando a trabajadores en conflicto y lo que resulta más preocupante aun– al uso cada vez más reiterado de las fuerzas de seguridad como grupos de choque al servicio de empleadores. La violencia se viene instalando a paso firme en el ámbito del conflicto colectivo laboral, pero estos hechos de suma gravedad parecen no mellar la indiferencia de gran parte de la sociedad, que prefiere mirar hacia otro lado antes que atender a las características alarmantes de algunos de estos episodios.
Quizás el embrión o caso inicial de este nuevo período que se va configurando cada vez con mayor evidencia como autoritario y represivo en los conflictos sociales, lo podamos ubicar en la brutal represión, en la localidad de Las Heras, a los trabajadores tercerizados de la industria petrolera patagónica.
De allí al asesinato del maestro Fuentealba en la provincia de Neuquén o al insólito atropello con su camioneta, de un funcionario del gobierno de Santa Cruz a un grupo de manifestantes, los episodios más graves de violencia parecían situarse en lugares lejanos de la Capital Federal, a miles de kilómetros de las grandes ciudades.
Pero en estos últimos meses esta violencia parece haber llegado también a Buenos Aires, y para quedarse.
Entre noviembre de 2007 y febrero de 2008, la agresión desatada contra los trabajadores del Casino de Puerto Madero adquirió características inusitadas: no solo porque los efectivos de la prefectura actuaron sin orden judicial ni instrucciones del Ministerio de Interior lo que lleva a la conclusión que respondieron a las órdenes del propio empleador como fuerza armada personal (20)– sino porque se multiplicaron las denuncias de torturas a los trabajadores detenidos durante los enfrentamientos.
En el conflicto desatado por el despido de más de cincuenta trabajadores en la autopartista Spicer del grupo multinacional Dana–, en la localidad de Grand Bourg, la policía provincial actuó también como fuerza al servicio de la empresa, con casi doscientos efectivos montando guardia al interior de la planta para asegurar que los trabajadores cumplieran sus tareas, y retirándose momentáneamente del lugar minutos antes del arribo de una banda de personas armadas que aparecieron sorpresivamente para agredir a trabajadores en conflicto, para retornar a sus puestos a los pocos minutos del retiro de los agresores.
En las líneas de subterráneos grupos de personas se desplazan por los lugares de trabajo amedrentando a trabajadores. Los delegados gremiales han denunciado ante la justicia penal hechos de agresión a varios compañeros y señalan que estos matones serían enviados por la dirección del gremio (UTA) y figuran registrados por la empresa como personal dependiente aunque no cumplen tarea alguna en el subte.
Dos delegados gremiales de la línea 60 de transporte urbano de pasajeros fueron duramente atacados por una banda de personas en las puertas mismas del Ministerio de Trabajo, en medio de un conflicto con la empresa y con la propia dirección de su gremio (también la UTA); terminando uno de ellos inconciente en la calle, y los dos debieron ser internados en un hospital cercano.
Hoy en la sede principal de la empresa Monsa (línea 60) una agencia de seguridad privada despliega personal que exhibe armas con actitud de amedrentamiento a los trabajadores.
En la ciudad de Mar del Plata, trabajadores de la pesca nucleados en la CTA y un abogado de esta central sindical fueron bárbaramente agredidos por matones armados en el interior mismo de las oficinas de la delegación regional del Ministerio de Trabajo, terminando algunos de ellos hospitalizados. Las victimas acusan como responsables de la agresión a dirigentes sindicales amarillos, vinculados a los grupos empresarios de la pesca.
Los trabajadores del Indec y sus delegados gremiales denuncian con preocupación la presencia amenazante de grupos de personas que supuestamente son nuevos empleados contratados por la intervención, los que aparecen con actitud agresiva cada vez que intentan una asamblea gremial.
Casas de activistas gremiales son baleadas por desconocidos, delegados de base son golpeados o amenazados, las fuerzas de seguridad reprimen cada vez con mayor violencia y los despidos de trabajadores con militancia sindical opositora a las direcciones de sus sindicatos están a la orden del día.
El fenómeno represivo se extiende y adquiere características cada vez más preocupantes, aunque con escasa repercusión en los medios de prensa (21).
En un gobierno que ha hecho públicamente de la bandera de los derechos humanos una de sus principales consignas, pareciera que estos hechos de violencia no encajan demasiado bien, especialmente si vemos que desde el Estado no hay respuesta eficaz o lo que es peor- se alienta la violencia o directamente se impulsa la misma en forma activa.
Es claro que no se trata ni por asomo del nivel de represión de la dictadura (22) y también cabe reconocer que en algunos casos el gobierno ha demostrado preocupación y algunos funcionarios han obrado para detener o investigar agresiones.
Pero no resulta suficiente si advertimos que arrastramos todavía una historia de violencia aun no saldada y que de poco sirve la denuncia o investigación de lo que pasó si permitimos que de una u otra forma se reitere una vez más.
Pero en todo caso, y a los fines de este trabajo, quizás lo importante pase por señalar que aun con características limitadas y contradictorias, estos ensayos embrionarios de construcción sindical son observados con preocupación y muchas veces objeto de fuertes ataques.
Es que no dejan de configurar un fenómeno sindical distinto y a la vez una señal de que se puede pensar en construir de otro modo, que podrá ser difícil pero no necesariamente imposible. Y como señal, demasiado preocupante para aquellos intereses que necesitan de un sindicalismo integrado como socio menor en un determinado modelo de acumulación.
8. Y con estas últimas observaciones intento cerrar lo que apenas es un ensayo de reflexión sobre algunos de los desafíos que deberán enfrentar estas experiencias alternativas de construcción gremial, en un muy breve análisis que por supuesto deja de lado cuestiones no menos importantes.
Entiendo que de la coherencia con que vayan avanzando estos intentos gremiales dependerá su futuro, pero estoy convencido de que la construcción desde lo colectivo no reemplazada por el representante capaz y conciente- es la mayor garantía para asegurarlo y evitar riesgos mucho mayores que los originados en las agresiones externas.
La multiplicación de estas agresiones nos dice también que en algo se está avanzando y que este avance no deja de generar preocupación en los beneficiarios del modelo.
Pero si lo que se construye no se revisa permanentemente es fácil terminar reiterando vicios muy arraigados y difíciles de erradicar, incurriendo así en contradicciones que pueden generar nuevas frustraciones. Y en este punto es claro que el riesgo mayor está en nosotros mismos.
Buenos aires, abril de 2008

(1).- Lamentablemente sobre bases ciertas.
(2).- Cuando no agudiza la confusión partiendo de la fantasía de una clase como sujeto social ya definido y plenamente conciente de las trampas ideológicas del capital, que sólo está esperando al mensajero de la revolución para decidirse a cambiar el sistema de la noche a la mañana, en una suerte de sueño espontaneísta que parece explicar algunas de las valoraciones deformadas de los hechos que rodearon a las movilizaciones sociales del 2001 y 2002.
(3).- Por supuesto que no todas son iguales y algunas aparecen como mucho más interesantes que otras en cuanto a su intento de perfilar una construcción y una acción sindical diferentes.
(4).- Por supuesto que no me refiero al deformado concepto de organicidad que se ha desarrollado desde las direcciones burocráticas, donde a los trabajadores solo les cabe acatar disciplinadamente lo que deciden sus dirigentes y donde éstos no están obligados a consultar a sus bases ni deben someterse a ningún control de gestión.
(5).- Quizás sería necesario avanzar, desde las propias organizaciones políticas de clase, en un debate, con referencia a nuestra historia y realidad, que permita una virtual teoría del trabajo sindical en la que se precise con mayor claridad el papel de las mismas y de sus cuadros militantes en los sindicatos.
(6).- Las viejas discusiones que terminaron en ruptura– entre sindicalistas y socialistas, son posiblemente uno de los más claros ejemplos de la complejidad del problema.
(7).- Basta rastrear la historia combativa inicial de algunos de los dirigentes sindicales corruptos de hoy para advertir el riesgo de reproducir las mismas.
(8).- No hago referencia a aquella presionada por los empleadores sino a los innumerables casos de desafiliación por descreimiento, o donde ambos elementos se conjugan.
(9).- Un intento de revisión interesante de este enfoque tan limitado aparece en algunos análisis sobre representación en los lugares de trabajo, efectuados por el Observatorio Jurídico de la CTA, en donde se presta atención a otras cuestiones que exceden el problema de la personería gremial y no son de menor importancia.
(10).- Como las de Victoria y Haedo entre varias otras.
(11).- Por ejemplo, la CGI Buenos Aires del Banco Provincia, entre otras, que multiplicó talleres de formación para activistas en Capital y Gran Buenos Aires e impulsa la conformación de delegados de base en las distintas sucursales.
(12).- Como las seccionales de SUTEBA Bahía Blanca o AMSAFE Rosario entre los trabajadores docentes, de Rosario en Comercio, de Bancarios en Mar del Plata o Rosario, o de ATE Sur entre los estatales, por citar solo unos pocos casos.
(13).- La experiencia interesante de los no docentes universitarios nucleados en el ETUN, cuya organización casi asamblearia se ha extendido a lo largo y ancho del país, o la de los contratados del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, y otras tantas que intentan construir desde abajo y en forma más democrática.
(14).- Entre otras falencias de no menor importancia, no han podido estas distintas experiencias encontrar un mecanismo eficaz de respuesta en común a determinados conflictos de peso, resultando aun demasiado primarios los intentos orgánicos de solidaridad ensayados.
(15).- En lo que entiendo es el uso correcto del término burocrático, que no coincide en general con el más extendido y habitual, ya que este último se confunde con el de corruptela y traición a los propios representados.
(16).- Claro que se trata de suposiciones sin posibilidad de comprobación inmediata en la praxis, en todo caso apenas hilvanadas al correr de los hechos con la sola pretensión de aportar a un debate urgente.
(17).- La Crisis del Modelo Sindical. Revista Crítica nº 34, octubre 2006/abril2007.
(18).- Obviamente los dirigentes no democráticos prefieren acentuar el fenómeno de la burocratización organizacional porque les permite acumular aun más poder de decisión con menos condicionamientos.
(19).- Por supuesto para la denominada opinión pública, no para los propios trabajadores afectados.
(20).- Y necesariamente a la sospecha de que se puede haber pagado en forma particular por sus servicios.
(21).- Salvo, por supuesto, en los de comunicación alternativa.
(22).- Como se afirma en algunos textos de denuncia, incurriendo en una confusión que no ayuda.