Dos hechos seguramente trascendentales signaron la elección presidencial que el pasado 28 de octubre le dio la victoria a Cristina Fernández: la ausencia en el comicio de los dos partidos históricos, el PJ y la UCR, y la suma del 95% de los votos emitidos válidos obtenidos por los candidatos que, sin defender un programa claro y definido, intentaron mostrarse como los mejores gerentes del sistema capitalista y, en el más bajo nivel intelectual y político que jamás haya visto la república, desenvolvieron una campaña donde no se trató ninguna cuestión de fondo y todo se restringió al apretado marco de la economía de mercado.
La conclusión no podría ser más evidente: los dos partidos burgueses con los que las clases dominantes controlaron al país durante un siglo ya no son más instrumentos aptos para eso; la necesidad de edificar una alternativa contra ellos todavía no ha logrado hacer pie en ningún sentido.
Pero en esa contradicción queda atenazado el país. La fantasía de una recuperación económica a partir de la cual se superará la situación que llevó al colapso de 2001 se desvanecerá en poco tiempo. Y si entonces no ha aparecido una fuerza política capaz de conquistar el corazón y la conciencia de la mayoría de los argentinos, la crisis sólo podría llevar a completar la desintegración del país en todos los órdenes arrastrando a la nación a un cataclismo frente al cual los días de diciembre 2001/enero 2002 aparecerán como apenas un débil ensayo.
Las cifras
Con el 45,29% de los votos emitidos válidos, se impuso como presidente para el período 2007-2011 Cristina Fernández, esposa del actual presidente Néstor Kirchner y designada candidata por éste, sin la participación de ninguna instancia del pequeño aparato político que les sirve de instrumento: el Frente para la Victoria (FpV).
Una inusual abstención del 28% (la más elevada desde 1928), contribuyó a que la disputa se resolviera en primera vuelta. De acuerdo con la Constitución reformada en 1994, se impone quien obtenga el 45% de los votos emitidos válidos o, con 40%, mantenga una diferencia de 10 puntos respecto del segundo. A los efectos del porcentaje, además de la abstención, no se computan los votos blancos (4,8%), nulos (1,1%) y recurridos (0,2%), es decir, más del 32% de los 27 millones 90 mil 192 ciudadanos habilitados para votar.
Así, los porcentajes se miden en este caso sobre el 68% del total y dejan por fuera, aunque por muy diferentes razones, a alrededor de 9 millones de ciudadanos.
El segundo puesto lo ocupó otra mujer, Elisa Carrió, con el 23,04%. En tercer lugar, con el 16,91%, llegó Roberto Lavagna, ex ministro de Economía desde marzo de 2002 hasta diciembre de 2005, el hombre que atravesó las presidencias de Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner durante el período en quáa, con el 7,64%. Lejos, con un paupérrimo 1,45%, quedó Ricardo López Murphy, que en 2003 había obtenido el 16,34%.
Estas cinco fórmulas no son sino combinatorias de personajes de los fenecidos partidos del capital: Unión Cívica Radical (UCR) y Partido Justicialista (PJ). Fernández aludió a su condición de peronista sólo en el último tramo de la campaña, cuando algunas encuestas anunciaron que podía no alcanzar el mínimo del 40% para que no hubiese segunda vuelta. También desaparecieron las formaciones coyunturales, Frente Grande, Frepaso y ARI, que en período anterior habían ocupado el espacio vacío dejado por las dos formaciones clásicas.
Un doble ejemplo de la disgregación y el debilitamiento lo ofrece la provincia de Mendoza, gobernada hasta el 10 de diciembre por Julio Cobos, disidente radical que completara la fórmula de Fernández y asumirá en esa fecha como vicepresidente: en aquella provincia hubo tradicionalmente tres partidos: UCR, PJ y Partido Demócrata, acompañados marginalmente por dos o tres siglas de izquierdas. En esta oportunidad hubo 36 listas. Y el candidato por el cual Cobos hizo campaña perdió la elección a manos de una fórmula del FpV, que naturalmente apoyó a Fernández-Cobos para la votación nacional.
La apatía del electorado fue el rasgo sobresaliente de la campaña. Eso se trasuntó en la abstención pero también en un dato insólito y sin precedentes: el 92% de los designados Presidentes de Mesas electorales rechazó su participación. El gobierno estuvo obligado a movilizar a los empleados del Poder Judicial para salvar la situación.
Saldo electoral
Si se exceptúa a su esposo, Fernández será la mandataria con menor votación desde que el país retornó a la institucionalidad en 1983. Pero además, Fernández perdió en todas las ciudades grandes del país: Buenos Aires, Córdoba, Rosario, La Plata, Mar del Plata y otras.
Más significativo aún es el hecho de que la base electoral de su victoria, el Gran Buenos Aires, provienen de los antiguos exponentes de la derecha y la ultraderecha peronista, que sólo se sumaron a la fórmula para mantener su continuidad en cada distrito, donde se comportan como señores feudales. El candidato en la provincia de Buenos Aires, por lo demás, fue Daniel Scioli, un enemigo jurado de Fernández y de Kirchner, a cuya campaña apoyó el otro contrincante de la pareja presidencial, Eduardo Duhalde.
Las izquierdas
Las candidaturas de izquierdas completaron la caída que sin solución de continuidad vienen sufriendo en el último cuarto de siglo. Parece difícil negar que la clase obrera, el estudiantado, las juventudes, el pueblo en general, desecharon en grado absoluto a quienes se autodefinieron como
representantes de un cambio social más o menos profundo.
Quien más votos obtuvo en ese espectro fue el cineasta Fernando Solanas, candidato de una coalición formada apenas tres meses antes de la elección: 1,6%. El Movimiento Socialista de los Trabajadores, alcanzó el 0,7%. El Partido Comunista, completando una parábola lamentable, llegó al 0,4%.
Otras formaciones discuten todavía si obtuvieron una décima más o una décima menos.
Para completar el cuadro, los sectores que desde la izquierda se incorporaron al gobierno y la estructura política de Kirchner, fueron arrasados en sus intentos por lograr candidaturas: ninguno de los principales representantes de esas formaciones accedió siquiera a disputar los cargos a que aspiraba y por los cuales hicieron campaña al interior del FpV y en muchos casos ante la sociedad en general.
No hay modo de defender con palabras esta aplastante verificación de los hechos. Con la elección del 28 de octubre se llega al final de un camino de errores graves y desviaciones aun más ominosas, que requieren una urgente y decidida acción a favor de la unidad social y política de los trabajadores y el pueblo, como base indispensable para la recomposición de fuerzas revolucionarias marxistas (1).
Lo que vendrá
Todo indica que el gobierno de Fernández deberá afrontar un cuadro nacional e internacional por completo diferente al que le tocó en suerte a quien la designó para el cargo, en gesto magnífico de comprobación de la desaparición de todos los instrumentos políticos del capital según criterios
republicanos.
Estados Unidos ha entrado en una recesión cuyo pronóstico y profundidad están todavía por verse.
Incluso si no se verifica el constantemente amenazante riesgo de colapso financiero internacional, Argentina no se verá beneficiada por los precios de las materias primas alimenticias y mucho menos por la tregua que el imperialismo dio al gobierno anterior para que sacara al país del desgobierno total y los consecuentes peligros de conmoción social.
El crecimiento de arrastre del PBI no hará sino acentuar los reclamos de los asalariados; e incluso no es impensable que reaparezcan algunas formas de expresión de desocupados y marginalizados, pese a la emasculación de que ha sido objeto este movimiento con la cooptación de algunos dirigentes por parte del gobierno.
Para intentar contrarrestar su debilidad estructural, que es sencillamente insostenible en términos estratégicos, el elenco gobernante ha resuelto impulsar un Pacto Social. En Santiago, la Unión Europea y sus socios en la región tradujeron ese concepto como "cohesión social". Pretenden cristalizar la actual relación de fuerzas sociales y en el caso argentino, la que surge de las elecciones. Pero ésa es la apariencia superficial: la verdadera relación de fuerzas no se expresó en las elecciones. Incluso en la hipótesis de que las fuerzas revolucionarias no lográramos constituir una representación genuina de la voluntad popular, las contradicciones internas del conjunto social y del entramado político burgués estallarán. No hay "pacto social" que detenga esa dinámica inexorable.
Además, el gobierno deberá tomar definiciones en el terreno que más rédito político le ha dado en los últimos años: el de la unión suramericana. El desarrollo y desenlace de la reciente cumbre iberoamericana en Santiago es indicativo del tipo de definiciones planteadas: el discurso del presidente
español José Rodríguez, que desencadenaría los episodios por todos conocidos, fue en realidad una vulgar reivindicación de lo que se ha dado en llamar "neoliberalismo". Su voz sonó como una campana que anuncia el fin del recreo. Hugo Chávez, Daniel Ortega, Evo Morales, Carlos Lage y Rafael Correa adelantaron que no volvían a clase con semejantes profesores imperialistas. Habrá que definirse frente a esa opción que partió irremediablemente a la cumbre.
Un primer paso lo dio Kirchner cuando en entrevista con el diario La Nación, siete días más tarde y cuando el mundo comentaba el ridículo papel del rey de España, dijo al periodista que más lo ataca y con menos empacho reproduce las opiniones de la embajada estadounidense en Buenos Aires, que "Juan Carlos es el político más inteligente de España y uno de los más importantes de Europa".
Pese a esta confesión de amoríos, no se puede esperar un cambio brusco de la posición internacional argentina bajo el gobierno Fernández. Continuará aferrado a la retórica sudamericanista; continuará alineándose con Israel para contribuir al aislamiento de Irán; comenzará a estrechar lazos con el ala demócrata del partido único estadounidense; acentuará su aproximación a Chile y Brasil en detrimento de la relación con Venezuela. Pero es previsible que no dará definiciones netas en ningún sentido. Ésa, la indefinición, será en el mejor de los casos el rasgo dominante de Fernández. Aunque no debe descartarse una hipótesis menos favorable: si la situación precipitara, si las presiones brutales que ya están a la vista para que Argentina se aparte de Venezuela estuvieran acompañadas por un cuadro social y político que lo acompañase, podría ocurrir que Fernández intentara sostener su gobernabilidad sobre la base de concesiones al imperialismo, por vía de aproximación al imperialismo europeo representado por aquellos países donde más puso el acento en los últimos meses: Alemania, España y Francia. Subir al palco de la celebración de la victoria a Segolene Royal y luego designar al presidente de Peugeot como embajador argentino en París y a un conocido sionista, Héctor Timerman, como embajador en Estados Unidos; visitar antes de las elecciones, acompañada de un grupo de empresarios alemanes radicados en Argentina a Angela Merkel; piropear al ínclito Borbón que habló sin libreto en Santiago (2); recibir al presidente español al día siguiente del desaguisado de la cumbre iberoamericana, son otros tantos signos de que tal como el de su esposo, el gobierno de Fernández carece de base social, de fuerza organizada, de definición ideológica y de voluntad política para siquiera dar los primeros pasos de la revolución que Argentina reclama.
Ése no es, sin embargo, el problema. Pedir una revolución a este gobierno es un error desmesurado, cuyas consecuencias ya han comenzado a pagar quienes lo cometieron, aunque de manera menos visible que aquellos que resolvieron la coyuntura igualando a Kirchner con Menem.
El problema consiste en hallar el camino para la unidad social y política de las mayorías con un programa antimperialista y anticapitalista. Un programa de unión latinoamericana y de freno a la carrera demencial de Estados Unidos hacia la guerra. Una estrategia de revolución, a partir de la certeza de que sólo la clase trabajadora y el conjunto multifacético de sus aliados potenciales pueden llevarla a cabo.

(1).- Ver Argentina como clave regional; Luis Bilbao; Ediciones Fuenap, Buenos Aires, septiembre de 2007.
(2).- Ver Argentina no callará, en Documentos para la militancia, pág. 136.