El
auge y declinación del espejismo neoliberal
provocó sinuosos acomodamientos y resistencias
en el movimiento sindical. Por décadas el peronismo
expresó mayoritariamente un punto de unidad
social y política, bajo la iniciativa ideológica
de la burguesía. La centralización en
una sola Confederación General del Trabajo
(CGT) fue una clara manifestación de este fenómeno,
que tuvo como contraparte la sujeción política
al aparato estatal. La CGT, ya sea bajo su expresión
conciliadora como combativa, mantuvo el control del
movimiento obrero. Pero eso es cosa del pasado. Ahora
la confusión y dispersión predominan
y ponen su signo distintivo en el panorama político
argentino.
Fracturas,
reagrupamientos, tentativas de unificación,
con resultado dispar de los últimos años,
indican que está en crisis un sistema que dominó
durante medio siglo la historia sindical argentina.
El ciclo iniciado con las conquistas de las libertades
civiles y democráticas en 1983, luego de la
dictadura militar, marcó una transición
inconclusa en la búsqueda de una nueva identidad
sindical y política de la clase trabajadora.
La debacle económica, política e institucional
de diciembre de 2001 abrió un nuevo escenario
de desplazamientos.
Ahora,
después de mucho tiempo de total retracción,
la lucha por la renta se instaló en el escenario
político con un saldo de significativas conquistas
para los trabajadores/as. En los dos últimos
años irrumpió la lucha reivindicativa
salarial en Argentina, sin grandes conmociones y sin
romper lanzas con el gobierno. El martes 3 de abril
del corriente año en la provincia patagónica
de Neuquén, el asesinato de un trabajador docente,
causado por la represión policial a una movilización
por reclamos salariales, marcó un quiebre en
esta dinámica. Los reclamos de los maestros
tuvieron como epicentro más relevante y simultáneo
a las provincias de Santa Cruz, Salta, y Neuquén.
La contundente marcha desplegada en todo el país
y en todos los niveles de la educación, la
huelga general de la CTA y el paro de una hora de
la CTG pueden significar un punto de inflexión
en el carácter de las luchas sindicales y políticas
de los trabajadores/as en Argentina.
Génesis
de una decadencia
La
devastación operada en la década de
los 90, con la destrucción de conquistas históricas,
contó con la complicidad de las cúpulas
sindicales. Los sindicatos que expresaban los sectores
más concentrados del capital obtuvieron beneficios
como moneda de cambio a la adaptación al gobierno
de Carlos Menem (1989-1999). Mantenimiento de prerrogativas
corporativas como el monopolio de la representación
sindical por la personería gremial; integración
a las listas del PJ; la participación directa
en el negociado de las privatizaciones de las empresas
del Estado (Programas de Propiedad Participada); reforma
previsional; seguro por accidentes de trabajo. Los
llamados “gordos” en la jerga cotidiana,
o también “sindicalismo empresarial”
contenían al grueso de los gremios industriales
como petroleros del Estado; Federación Argentina
de Luz y Fuerza; mecánicos y metalúrgicos,
además de Ferroviarios, Federación Argentina
de empleados de Comercio y servicios. Los beneficios
para las cúpulas dirigentes se extendieron
a un trofeo mayor: las obras sociales sindicales.
El peronismo bajo la conducción de Menem operó
en el salvataje de los quebrantos. Por la ley 24070,
el Estado, con apoyo directo en muchos casos del Banco
Mundial, asumió las deudas de los sindicatos
y las obras sociales contraídas en el lapso
de 1989-1991.
A
comienzos de marzo de este año se abrió
un nuevo capítulo en la contienda. La Cámara
de Diputados aprobó el proyecto que otorga
a la CTA un lugar en el directorio de la obra social
de jubilados (Pami), lo que equivale a compartir con
la CGT ese ámbito decisorio. La ley, que deberá
discutirse en Senadores, provocó divergencias
al interior de la CTA, al punto que en los debates
parlamentarios dos de sus diputados actuaron en contraposición:
en un caso Edgardo Depetri, con identificación
plena con el actual gobierno votó a favor y
en el otro, Claudio Lozano lo hizo en contra, fundamentando
su conducta en la imposibilidad de que los trabajadores
elijan a sus representantes a través del voto
directo. Por su parte la CGT acciona para impedir
una resolución positiva en la Cámara
alta.
La
desregulación de las obras sociales implicó,
a partir de 1997, la posibilidad de cambiarla una
vez por año como parte del plan de reformas
impulsado por el Banco Mundial. El aporte (del 9%
en la actualidad) es un porcentaje fijo del sueldo.
En realidad este mecanismo significó un paso
en el proceso de privatización de la salud.
Las OS realizaron acuerdos con prepagas (nivel asistencial
privado) y se propusieron captar a los sectores de
asalariados con ingreso más elevados, ofreciendo
planes de salud mejores o directamente los servicios
de las empresas de la medicina privada. Está
en discusión una propuesta para pasar de obra
social una vez por año (como es ahora), pero
solo durante tres meses prefijados.
A
contramano de este fenómeno, el Sindicato Único
de Trabajadores y Empleados del Gobierno de la Ciudad
de Buenos Aires (Sutegba), mantiene cautiva en su
obra social, OSBA, a toda la masa asalariada, incluida
la profesional, que se ve así impedida de formalizar
otra opción. Esta situación diferenciada,
expresa acuerdos de reciprocidad entre las distintas
jefaturas de la Capital y el poderoso sindicato municipal.
El
tema de las OS es crucial en toda perspectiva de forjar
un nuevo sindicalismo. Está ligado a un cambio
de raíz en la cultura, signada por deformaciones
y corruptelas que han desvirtuado el papel de la organización
sindical de la clase trabajadora. No es solo un problema
de la burocracia sindical, es un dilema que tienen
por delante las corrientes que propician formas de
recomposición sindical.
En
Crítica de Nuestro Tiempo nº 6 de julio
de 1993 (1)
los médicos Rubén Espinosa y Alfredo
Facelli analizaban en referencia a la reconversión
de las obras sociales de los 90: “(..) la nueva
oligarquía financiera desarrolla un proyecto
que nada tiene de ingenuo y que, por el contrario,
se aprovecha de las fisuras congénitas que
el sistema presenta: un aporte asentado en los bolsillos
de los trabajadores, la recaudación en manos
de una dirigencia sindical burocratizada y corrupta,
la falsa representación que en ella tienen
los afiliados, prestaciones asistenciales cuando menos
ineficientes y trabadas en manos de las empresas privadas
y/o la corporación médica, las que han
reproducido hasta el infinito el mercantilismo, la
biologización y el individualismo característicos
del Modelo Médico Hegemónico, etc. Por
supuesto, lo que se propone no es resolver la esencia
del problema, sino cambiar de manos la caja de la
recaudación -de los sindicatos a las empresas
de seguro- y que ésta recaiga aún más
en los bolsillos de los trabajadores y, al mismo tiempo,
promover y facilitar la concentración en el
sector de los prestadores de servicios privados”.
Las
OS bajo el ropaje de conquista de los trabajadores,
trazan una historia que, emergente luego de 1955,
implicará la entrega de la asistencia médica
de la mayoría de la población a la medicina
privada, a sabiendas de que los sindicatos no podían
por sí mismos resolver la cuestión asistencial.
Es
así que desde su génesis misma, las
OS se constituyen como meros entes financieros de
las prestaciones médico-asistenciales, las
cuales adquieren de esa forma un profundo sentido
mercantilista. Un proceso antagónico sería
con una visión de sistema de salud integrado,
público y gratuito.
No
hay duda que un proyecto de esta envergadura no puede
concebirse de manera aislada, sino como parte de un
programa y una propuesta de país que rompa
con la lógica capitalista y que esté
consustanciado con un compromiso de unidad suramericana.
Allí está la brújula de la Alternativa
Bolivariana para las Américas (Alba), que busca
la integración de los pueblos en todos los
planos de la resolución de sus necesidades
de manera complementaria.
No
obstante, cabe pensar en una transición que
ponga en cuestión el mercado de la salud. Es
tarea de dirigentes sindicales y activistas gremiales
que asumen de verdad la defensa de los intereses de
los trabajadores/as, tomar en sus manos el debate
y encontrar las vías de ruptura con ese punto
de alienación mercantil. El tema provoca revulsivo
porque en la mayoría de los casos son los propios
trabajadores quienes se aferran a una idea de la salud
según cartilla de hotelería cinco estrellas,
con argumentos que tienen en su base objetiva las
limitaciones y el colapso de la salud pública.
A
comienzos de los 90 uno de los desenlaces del desmantelamiento
industrial, la implantación de la flexibilización
laboral, fue el punto de inflexión y ruptura
en la estructura unitaria de la CGT. En el marco de
la resistencia al avance del capital sobre las condiciones
de existencia de la clase trabajadora, tuvo lugar
el nacimiento del Congreso de los Trabajadores Argentinos
en 1992. Cuatro años después esta instancia
política sería definida como central
sindical. Pero antes, puso en cuestión debates
aún vigentes: la construcción de una
nueva identidad política, el significado de
la democracia sindical y la revisión crítica
del modelo vigente.
Como
parte de la confrontación al peronismo de Menem
y conformada con la preeminencia de los sindicatos
estatales, el CTA dio lugar a la afiliación
de los desocupados y las distintas modalidades de
trabajo informal y tercerizado, consecuencia de la
masificación del desempleo y la precarización
laboral.
Otra
corriente se escindiría de la CGT, liderado
por sindicatos del transporte (UTA), camioneros y
la Unión Obrera Metalúrgica (UOM) y
constituyó el Movimiento de Trabajadores Argentinos
(MTA). Esta y otras corrientes menores alcanzaron
un pico movilizador con la Marcha Federal del 6 de
julio de 1994 (2).
En
el centro de estos movimientos estaba el tránsito
de la resistencia economicista a la iniciativa política.
La relación de la lucha sindical y la lucha
política plasmó en un recorrido errático
en el cual dirigentes de la CTA se integraron al Frente
Grande-Alianza para dar lugar al calamitoso gobierno
de Fernando de la Rúa y Carlos Álvarez,
que tras sancionar días después la flexibilización
laboral, recorrió en pocos meses el camino
hacia el colapso que terminaría con su caída
en diciembre de 2001. Si bien las centrales sindicales
habían convocado a un paro nacional para el
13 de diciembre, las dirigencias sindicales estuvieron
por detrás del fenómeno y los trabajadores
no estuvieron presentes como clase, sino que su participación
se desplegó en el conjunto del pueblo en la
calle.
La
recuperación del esquema político institucional
(que se encontraba quebrado, igual que la estructura
de partidos), por parte de la clase dominante tuvo
una primera etapa con el gobierno de Eduardo Duhalde.
Significó una instancia de paréntesis
y de espera en el campo sindical. Pero será
la asunción de Néstor Kirchner a la
presidencia el 25 de mayo de 2003, el elemento motorizador
de un nuevo ciclo de realineamientos del sindicalismo
en general y peronista en particular. En 2004 se produce
la reunificación de la CGT, solo formal y atravesada
por una lucha fraccional de las partes componentes.
El internismo se precipitó una de sus vías
fue el antagonismo por la cooptación de asalariados
entre distintos sindicatos. En verdad se trataba de
la pelea por el ingreso a las arcas sindicales del
descuento por obra social y cuota sindical que realizan
por recibo de sueldo los empresarios. Sus protagonistas
principales fueron los sindicatos de Camioneros, Construcción
y Comercio. El grado de adscripción al gobierno
fue otro detonante. En el caso de la CTA, provocaría
posiciones fracturadas. Hugo Moyano, titular de la
CGT definió un claro alineamiento con el presidente
Kirchner y su proyecto de capitalismo desarrollista.
El gesto fue correspondido desde el oficialismo. Una
de las consecuencias ha sido la negativa, hasta la
fecha, de otorgar personería jurídica
a la CTA y preservar el privilegio a la CGT. En el
cuadro de tensiones (ya que ambos organismos sindicales
cuentan con representantes en diferentes instancias
del aparato estatal), la CTA obtuvo la concesión
de integrar el Consejo del salario a la par de la
CGT.
Reaparición
de la lucha salarial
El
proceso de reactivación iniciado en 2002, tras
la debacle del gobierno de la Alianza, tuvo múltiples
implicancias. Afincado en una brutal devaluación
del 400% que benefició a sectores empresariales,
significó la disminución de entre un
25 y un 50% del salario real de los trabajadores,
pero también permitió, al retomarse
la actividad económica, recuperar niveles de
vida violentados en el período anterior. Mientras
la implementación de una gigantesca red de
políticas asistenciales para millones de marginalizados
permitía su cooptación política
masiva, la mayoría de los asalariados buscaron,
después de una larga y temerosa pausa, recuperar
sus niveles de ingreso real.
Inicialmente
salieron con sus demandas los gremios docentes, estatales,
de la salud, postergados durante las décadas
precedentes. Entre mediados de 2004 y 2005 se desarrollaron
distintos conflictos sindicales que, aunque de manera
desigual, expresaban participación de las bases,
con nuevos liderazgos: telefónicos, subterráneos,
hospitales, encabezados por comisiones internas y
seccionales ganadas a las estructuras burocráticas.
Desde
el plano institucional, se verificaron cambios de
conductas: el ministerio de Trabajo reconoció
en no pocos casos a estas agrupaciones surgidas al
margen de las burocracias. Así se pusieron
en debate los nuevos convenios colectivos de trabajo.
Pero con esto, en un rápido movimiento reflejo,
la burocracia retomó la iniciativa. Un ejemplo
claro fue el caso del sindicato de los mecánicos
(Smata), que se puso a la cabeza de los reclamos y
paró la planta de Ford.
Este
sector sindical, aunado con el que conduce la CGT
y encabeza el camionero Hugo Moyano, condujo a la
aceptación de un techo para los aumentos salariales,
pactado con el gobierno, del 19% para el año
2006. 
Pese
a esta limitación, las peticiones de los trabajadores
mostraban el estallido de la flexibilización
laboral. Vale como ejemplo los conflictos telefónicos
(2005-2006) en los que introdujeron temáticas
como la inclusión de los trabajadores/as tercerizados
y los que se desempeñan en los call-center
en las discusiones de convenio. La recuperación
de la reducción de la jornada a 6 horas diarias
por trabajo insalubre fue también un logro
alcanzado por el gremio de subterráneos.
Se
trataba de reinstaurar conquistas perdidas en la ola
privatizadora de los 90 y de poner en evidencia las
múltiples modalidades de precariedad laboral
utilizadas por las patronales. Un mecanismo que actuó
eficazmente para la división interna de la
clase trabajadora. La experiencia de los obreros industriales
tuvo en casos como Papelera del Plata desarrollados
en 2005 y 2006 en Zárate (región fabril
de la provincia de Buenos Aires) la particularidad
de ser protagonizada por jóvenes generaciones
que chocaron con el trabajo flexibilizado y enfrentaron
los despidos. Los petroleros de la localidad de Las
Heras, en la provincia patagónica de Santa
Cruz, reclamaron en febrero de 2006 el aumento del
mínimo no imponible. Los conflictos mostraban
que era necesario pero también posible recuperar
en parte el poder adquisitivo del salario.
Para
fines de 2005 la disminución de la movilización,
el control burocrático, la despolitización
y fragmentación de la clase obrera, permitió
a las cúpulas sindicales actuar como gerentes
del Estado y las empresas frente a los trabajadores.
En
el primer trimestre de 2007 las discusiones paritarias
no han superado de manera significativa los parámetros
propiciados por el gobierno (15%) y fueron manejados
por las direcciones sindicales sin real conflictividad
en los gremios industriales concentrados en la CGT.
En el caso del sindicato telefónico de Capital
el reclamo llegó a 25% de aumento.
Han
sido los sectores docentes y de la salud, quienes
encabezaron las mayores demandas salariales, en especial
en las provincias sureñas y del norte del país.
En algunas regiones se registran altos indicadores
de desigualdad y carencias acumuladas por décadas.
La Patagonia (Santa Cruz y Neuquén) y la norteña
Salta, concentraron los picos más altos de
convulsión, motorizados por los empleados estatales
y en particular por el gremio docente. Fue la Asociación
de Trabajadores de la Educación neuquina (Aten),
la protagonista de una jornada trágica con
el crimen del profesor de química Carlos Alberto
Fuentealba, a quien un policía disparó
una granada de gas lacrimógeno directo a su
cabeza. Con el cerebro destrozado el desenlace fue
su muerte casi de inmediato.
El
empleo de la violencia represiva es habitual en la
provincia manejada por el gobernador Jorge Sobish,
del Movimiento popular Neuquino (MPN), un aliado de
la dictadura militar de 1976, defensor de las políticas
económicas llamadas neoliberales y candidato
a presidente en la contienda electoral de este año,
en un arco compuesto por figuras de la derecha conservadora
y empresarial. Hace diez años un 12 de abril
de 1997, en la ciudad neuquina de Cultral-Có,
una joven de 24 años que se dirigía
a su trabajo, Teresa Rodríguez, fue muerta
en una violenta represión de la policía.
Ella recibió un balazo calibre 9 mm en la cabeza.
Los docentes habían levantado un piquete en
la ruta 17 en reclamo por la rebaja de sus salarios,
con el apoyo de todo el pueblo. En aquel momento gobernaba
la provincia otro representante del MPN, Felipe Sapag.
Ese homicidio fue repudiado por todo el país
y un movimiento de desocupados tomó en nombre
de Teresa Rodríguez.
Por
su parte el sindicato docente cuenta en su recorrido
de las últimas décadas, con el enfrentamiento
sistemático a las políticas educativas
privatizadoras, que impidió en su momento la
implementación de la ley de Educación
de los años 90.
Las
luchas en Santa Cruz, verdadera antesala de las jornadas
neuquinas, tuvieron como ingrediente el hecho de producirse
en un ámbito que es residencia del presidente
Kirchner y donde fuera varios períodos gobernador.
La iglesia a través del obispo Juan Carlos
Romaniú articuló, en una primera fase,
un bloque opositor a partir de la protesta de los
maestros en reclamo de un incremento del salario básico
que cubra la canasta familiar ($ 2200). Hoy el básico
se sitúa en $ 161. Sobre esa cifra se calculan
los otros montos remunerativos que integran el salario
docente, como el título, la antigüedad
y el plus por zona. En cambio, el salario de bolsillo
se compone de un monto fijo no remunerativo de 600
pesos, y uno de presentismo de 250.
Junto
a los estatales nucleados en una Mesa de Unidad (integrada
por la CGT y la CTA), reclamaban la realización
de paritarias, suspendidas desde 1991 durante la gestión
de Kirchner, cuando la provincia fue declarada en
“emergencia económica”. El agravamiento
de las medidas huelguísticas y la decisión
del gobernador santacruceño Carlos Sancho de
enviar fuerzas de gendarmería a los establecimientos
escolares, produjo un estado de tensión tal,
que motivaron un hecho de notable contenido político:
la ausencia del presidente en el acto por los 25 años
de la guerra de Malvinas en Ushuaia, Tierra del Fuego,
ante la presunción de protestas docentes en
rutas y calles.
Un
nuevo cuadro de situación quedó diseñado
a partir del crimen de Fuentealba. Luego de seis años,
las dos centrales sindicales lanzaron un accionar
de frente único con una huelga general; por
24 horas y con movilización en todo el país
la CTA y de una hora la CGT.
Las
demandas neuquinas constituyen, junto a las de Santa
Cruz y Salta, la punta de lanza de un programa reivindicativo
salarial que denuncia el trabajo precario e ilegal
(con sueldos básicos misérrimos) y desenmascara
el desmembramiento educativo producido por la legislación
votada durante el gobierno de Menem y que la nueva
ley de Educación, aprobada un año atrás,
no ha superado. La promoción de la ley actual
tuvo como figura clave al actual ministro de Educación
y candidato a Jefe de Gobierno de la Ciudad Autónoma
de Buenos Aires por el Frente para la Victoria (con
apoyatura presidencial), Daniel Filmus y contó
con el acuerdo de los principales sindicatos docentes.
El
caudal movilizatorio de la jornada del 9 de abril,
bajo la consigna unificadora “Las tizas no se
manchan con sangre”, sobrepasó el límite
de las estructuras sindicales, mostró la participación
de las bases docentes, los movimientos de Derechos
Humanos y otros sectores gremiales, políticos
y sociales; hubo presencia de la población
en general que, sensibilizada por el crimen del trabajador,
acudió a la marcha y al acto para expresar
su repudio. Más de 30 mil personas marcharon
en Neuquén en una de las gestas movilizatorias
más grandes que registra la provincia.
El
valor político del fenómeno está
en que puso en evidencia un reflejo colectivo que
rechaza de manera visceral cualquier signo que se
equipare con la memoria del pasado, con la experiencia
del terrorismo de Estado. Es una barrera objetiva
y subjetiva que ha quedado afirmada en la conciencia
popular.
Entre
la represión en Neuquén y el empleo
de las fuerzas del Estado como mecanismo de disuasión
de las protestas, asumido como opción del gobierno
por el ministro del Interior Aníbal Fernández
(un ejemplo serían los gendarmes rodeando las
escuelas santacruceñas) está plasmado
el verdadero debate. La naturaleza de clase del Estado
capitalista, con su brazo armado para la represión,
en defensa de la propiedad privada y el orden de acuerdo
a los marcos de la constitucionalidad burguesa o violentando
esa misma legalidad cuando las circunstancias lo requieren.
La distancia en el quantum y cómo se reprime,
define el carácter de los períodos históricos,
las relaciones entre las clases y el desafío
que plantea a las clases dominantes el nivel de conciencia
y organización alcanzada por los explotados
y oprimidos de la sociedad en un momento determinado.
Se trata de comprender el fenómeno desde su
raíz: la democracia burguesa, aún aquella
en la que están vigentes a pleno las libertades
civiles y democráticas, es una dictadura del
capital.
Reagrupamientos
y debates
A
partir del reanimamiento de 2004 y 2005 surgió
la búsqueda de nuevas instancias de organización
por parte de activistas, delegados, dirigentes, en
su mayoría surgidos de esas luchas sindicales.
En diciembre de 2005 una serie de encuentros y plenarios
daría lugar al Movimiento Intersindical Clasista
(MIC), que luego de un momento de auge ingresó
en una suerte de paréntesis del que todavía
no se ha recuperado.
Otro
signo de búsqueda y vitalidad, aunque por debajo
de sus precedentes históricos, pudo verse en
la CGT de Córdoba. El 1º de mayo de 2006
sus dirigentes convocaron a discutir un programa político
en Huerta Grande, un nombre cargado de simbolismo
histórico, puesto que allí se organizaron
los grandes movimientos de resistencia a la dictadura
denominada “Libertadora” (que derrocó
a Juan Perón en 1955). Con soporte en los sindicatos
de Luz y Fuerza, Gráficos, docentes, municipales,
entre otros, la CGT Córdoba apuntó a
un programa cuyo valor radica en el intento de superar
el límite de las reivindicaciones inmediatas.
No obstante, también esa iniciativa quedó
empantanada a poco andar.
Las
vertientes sindicales han estado atravesadas por la
definición en torno a la relación con
el gobierno de Néstor Kirchner, el problema
de la autonomía y el papel de los trabajadores
en el accionar político.
La
CTA fue un ámbito donde quizás se dirimieron
estas controversias con particular virulencia. El
VII Congreso realizado en Mar del Plata el 30 y 31
de marzo de 2006, aceleró un acuerdo de cúpula
para impedir el desgranamiento de fuerzas entre tres
tendencias: el sector encabezado por el entonces secretario
general Víctor De Gennaro, impulsor de un movimiento
político-social que cobraría una forma
fugaz en el llamado Encuentro de Rosario (por la ciudad
de la provincia argentina de Santa Fe, en la que se
dio el primer paso), y que incluía a los partidos
Socialista, Comunista, una fracción radical
liderada por la titular de ese partido en la provincia
de Buenos Aires y organizaciones y agrupamientos políticos
que intenta hoy, con desigual suerte, constituirse
en algunos puntos del país y en la Ciudad de
Buenos Aires para las elecciones de este año.
Otra rama está liderada por el ex secretario
de Vivienda y Hábitat y dirigente de la Federación
de Tierra y Vivienda, parte orgánica de la
CTA, Luis D´Elía y el diputado oficialista
Edgardo Depetri, miembro de la Mesa Nacional del Frente
Transversal. A su vez, uno de los pilares de la CTA,
la Ctera (Confederación de Trabajadores de
la Educación de la República Argentina),
tiene a dirigentes principales en la conducción
nacional del ARI (Afirmación para una República
Igualitaria), escisión de la UCR, a la que
se sumaron grupos e individuos de otras procedencias,
en una constante movilidad de entradas y salidas.
La
consigna de la CTA: autonomía de los partidos,
el Estado y los patrones tuvo, como se ve, distintas
interpretaciones. Desde quienes buscaban preservar
alguna distancia del oficialismo y evitar la sujeción
directa al gobierno, a las corrientes integradas al
gobierno, para quienes “autonomía”
no implicaba “indiferencia” y presionaron
por convergir con el gobierno. Otros sectores integrados
también a esta organización, pero desde
el ángulo de las agrupaciones y listas de oposición,
se ubicaron haciendo eje en la denuncia al gobierno
en algunos casos, y otros, en la burocratización
de la CTA y la pérdida de autonomía.
Un tema quedó flotando pese a la votación
en contra y a favor del oficialismo, la incompatibilidad
entre ser parte de la dirección de la CTA y
al mismo tiempo ocupar cargos gubernamentales. De
Gennaro levantó la “unidad estratégica”
de la CTA, elevándose por encima de las fracciones
irreconciliables.
Las
desaveniencias se aceleraron en las elecciones para
elegir la conducción en septiembre de 2006.
De Gennaro dio un paso al costado, el docente Hugo
Yasky fue el candidato de consenso para que el sector
kirchnerista se sumara a la lista oficialista. Tendencias
de izquierda presentaron dos listas (a nivel nacional
y en algunas provincias) con dispar actuación
de acuerdo a las regiones, aunque muy distantes de
la lista oficial.
La
CTA ha desplegado tareas antiimperialistas en torno
a la Autoconvocatoria No al ALCA, la Cumbre de los
Pueblos, el Foro Social Mundial y mantiene un accionar
conjunto con una diversidad de organizaciones de América
Latina en particular y el mundo. Su actual secretario
general participó y la CTA se integró
a la Confederación Sindical Internacional (CSI)
fundada entre el 1º y el 3 de noviembre de 2006
en Viena (3).
Si
bien excede los alcances de este artículo el
análisis de esta confluencia (que será
tratada en una próxima edición de Crítica
de Nuestro Tiempo, no es posible soslayar que se trata
de la convergencia de dos estructuras de dimensión
internacional: la Confederación Internacional
de Organizaciones Sindicales Libres (Ciosl) y la Confederación
Mundial del Trabajo (CMT). La socialdemocracia y el
socialcristianismo. Con 307 centrales sindicales provenientes
de 154 países y una cantidad de miembros estimada
en 154 millones de asalariados se convierte en la
mayor central mundial de trabajadores en la historia
sindical. Las centrales sindicales de Cuba y China
no fueron admitidas en la nueva estructura internacional.
Tanto
su Declaración de Principios como su Programa,
con tono de apelación a los poderosos para
alcanzar un bienestar mayor para las poblaciones y
un registro de buenos deseos e intenciones sin desmarcarse
del sistema capitalista, se colocan por detrás
del nivel político que expresa la realidad
latinoamericana y caribeña, en especial, los
debates que, con eje en Venezuela, rompen el cerco
del reformismo capitalista y se aprontan a construir
el socialismo del siglo XXI.
Desde
las páginas de Crítica de Nuestro Tiempo
se ha planteado la confrontación estratégica
entre estas dos corrientes y el marxismo. El movimiento
conjunto de las dos primeras para impedir todo avance
del pensamiento revolucionario marxista. En el último
período hemos asistido a la ofensiva sistemática
contra el ideario marxista, que ubicaron a las ideas
de la revolución en reflujo y resistencia.
El presidente bolivariano Hugo Chávez plantó
las banderas del socialismo a la contraofensiva política
y organizativa. Como una paradoja de la historia,
las corrientes sindicales continúan en reflujo
y la clase obrera no ha reaparecido aún como
conciencia para sí.
El
encuadre ideológico y político de la
CSI provocó las primeras reacciones en Venezuela.
La dirigente sindical Marcela Máspero (miembro
del Colectivo de Trabajo en Revolución, CTR,
parte de la Unión Nacional de Trabajadores,
UNT), renunció el 3 de enero de 2007 a su cargo
y militancia en la Central Latinoamericana de Trabajadores
(Clat, expresión de la CMT en el continente).
Una medida necesaria, según fundamenta en su
decisión, para consolidar la unidad de los
trabajadores en América Latina en sentido revolucionario
y que entiende contrapuesta a la permanencia en la
Clat.
Así
lo expresan algunos de sus párrafos:
“
(..) Yo he tenido la fortuna de vivir el proceso bolivariano
en mi país, esa vivencia ha transformado mi
concepción del movimiento sindical y de otros
enfoques. Este proceso ha sido satanizado por la oligarquía
criolla y actores del propio movimiento sindical tradicional,
temerosos de perder sus privilegios, muchos de ellos
sobreviven sin representatividad ni legitimidad, refugiados
en las siglas de la CLAT.
(..)
Esa supuesta unidad (la CSI) fue una poderosa respuesta
al fracaso de un modelo sindical, a la defensiva e
incapaz de reformularse, basado en la colaboración
de clases, tal cual expresa en escenarios internacionales
como la OIT, donde se realizan alianzas antinatura
entre empresarios y trabajadores, que no expresan
las relaciones ni la realidad actual que se vive en
el mundo del trabajo, cuyos niveles de explotación
aumentan brutalmente, con la complacencia y alcahuetería
de instancias como esta”.
Definiciones
ante un año electoral
En
la CGT coexisten sindicatos que acompañaron
la devastación del gobierno de Carlos Menem,
sindicatos asociados a la figura de Eduardo Duhalde
y con una posible adhesión a la candidatura
del ex ministro de Economía de Duhalde y Kirchner,
Roberto Lavagna; y aliados formales del actual gobierno.
Si Moyano logra su objetivo de obtener un 30% de las
candidaturas legislativas para dirigentes cegetistas,
es posible que la organización respalde monolíticamente
al candidato oficial, sea Néstor Kirchner o
su esposa Cristina. De lo contrario, es probable que
una fracción poderosa –los “gordos”-
apoye la candidatura de Lavagna. Como queda dicho,
en la CTA la dispersión política es
total: una fracción apoyará a Kirchner,
otras a las candidaturas del ARI, otras a un posible
bloque “progresista” y, por fin, otras
a varias candidaturas testimoniales de extrema izquierda.
La
relación de Moyano con el gobierno tambaleó
con los sucesos en la localidad de San Vicente (provincia
de Buenos Aires) en ocasión del traslado de
los restos del general Juan Perón el 17 de
octubre de 2006 (4).
Luego se repararon. Pero los hechos pusieron al desnudo
la confrontación entre los sindicatos de la
Construcción y Camioneros, vehiculizada por
las patotas del negocio del fútbol reclutadas
y utilizadas por los dirigentes sindicales. La ausencia
de movilización en las bases se reemplaza por
el pago mercenario entre sectores víctimas
también del desalojo de la sociedad.
El
destape de la represión parapolicial desatada
durante el último gobierno peronista, en especial
a partir de 1974 por la banda de ultraderecha denominada
Triple A, aceleró reacciones encadenadas en
sectores del sindicalismo cegetista. El empapelado
de afiches con la consigna “No jodan con Perón”
impulsado por el sindicato de La Fraternidad (maquinistas)
buscaba, tras la preservación de la figura
del ex presidente, diluir y poner freno a la irrupción
de un pasado lacerante que mostraría sin atenuantes
el posicionamiento de cada sector del sindicalismo
ante el terrorismo gestado desde el nudo del poder
institucional con antelación al golpe militar
del 24 de marzo de 1976. Nada menos que la visibilización
de silencios, complicidades, delaciones o integración
neta a los comandos de represión. Con rapidez,
pedidos de investigación apuntaron al titular
de la CGT, por su vinculación con miembros
de otra de las bandas de extrema derecha que operaron
en los años 70, la Concentración Nacionalista
Universitaria, que luego se integrara en la Triple
A. Con inusual rapidez el tema abandonó los
lugares candentes del debate político.
Un
emblema de los 90 tuvo un punto de quiebre el martes
12 de febrero de este año. El Senado aprobó
la modificación del régimen de jubilaciones
que permite a los trabajadores retornar al sistema
estatal y coloca el tope del 1% a las comisiones de
las administradoras privadas (AFJP). Una temática
que no solo bifurcó posturas, sino que involucró
a sectores sindicales en el negocio de la privatización
jubilatoria (el llamado sindicalismo empresarial).
A su vez la lucha contra esta trampa fue una de las
banderas levantadas por el Congreso de Trabajadores
Argentinos (CTA) con una fuerte campaña movilizadora
que no pudo sin embargo revertir la tendencia individualista
y la lógica privatizadora imperante en la sociedad.
La
CGT ha tomado partido en las divergencias que enfrentan
a Argentina y Uruguay respecto a la instalación
de la papelera Botnia en la localidad entrerriana
de Gualeguaychú. En especial con el apoyo para
nacionalizar la protesta que llevan adelante los asambleístas
y el método de corte de rutas.
De
la palabra a la acción, Moyano garantizó
alojamiento, comida y transporte en cualquier punto
del país para expandir los reclamos. Realizó
además gestiones ante la Asociación
del Fútbol Argentino para que la consigna “No
a las papeleras”, esté impresa en las
entradas a los estadios y para que en todos los partidos
aparezca la bandera con la frase. Por su parte, la
CTA participa en acciones encaradas por los asambleístas.
Detrás
de los pronunciamientos surgen cuestiones de fondo
que hacen a las concepciones y metodologías
sindicales y lo que está en juego es la reflexión
acerca de la forma en que se definen los métodos
de lucha. Sin duda las definiciones son concretas
y remiten a las situaciones particulares, pero tienen
como común denominador el hecho de que serán
válidas aquellas medidas de lucha que faciliten
la unidad de los trabajadores y sectores del pueblo,
tanto en el plano nacional como en la perspectiva
de unidad suramericana, latinoamericana y caribeña.
En
el caso de los cortes de ruta, esta modalidad de enfrentamiento
despuntó a través de la reacción
y resistencia de los desocupados contra la masividad
del desempleo y la impunidad patronal, pero luego
se extendió a todas las manifestaciones del
conflicto social, y fue tomada también por
los asalariados. Respecto a la situación de
la pastera Botnia no hay duda que el método
de corte de ruta fractura a los trabajadores y pueblos
de ambos márgenes del río Uruguay, más
allá de la justeza de la protesta.
El
futuro
Los
intentos de recomposición a comienzos de los
90 de un sector del movimiento sindical plantearon
el tema del poder, la lucha política de los
trabajadores. La idea de tomar la política
en las propias manos y no delegar en los partidos
patronales, tuvo una expresión conceptual:
los trabajadores no podemos ser más columna
vertebral (formulación peronista clásica),
sino cabeza y conducción.
El
peronismo no es un punto de unidad social de la clase
trabajadora y el pueblo, ni siquiera al interior de
las distintas fracciones sindicales, políticas
y sociales que se abroquelan bajo esa identidad. Las
experiencias de los 60-70 fueron la manifestación
culminante de esa dinámica. Está planteada
una transición no resuelta, la superación
dialéctica del pasado que permita la convergencia
superadora de las distintas corrientes ideológicas
(izquierdas y peronistas en especial) con sus historias
de lucha y organización.
El
cierre de una etapa no implica necesariamente un saldo
positivo inmediato. La configuración política
institucional que gestó la alianza entre la
burocracia y el populismo burgués en las décadas
del 50 y 60 del siglo XX, caracterizado por una perspectiva
desarrollista-productiva dejó de ser funcional
a las políticas neoliberales del capitalismo
en crisis. Fue precisamente en los años 90,
cuando se puso en cuestión el modelo sindical
prevalente, el problema de la identidad de los trabajadores,
de la construcción de herramientas políticas
y sindicales para afrontar otro ciclo histórico.
El
nuevo cuadro continental y los cambios ocurridos en
Argentina abrieron polémicas que en el caso
del sindicalismo local remiten a su propio pasado.
Por un lado, la confianza en la recreación
de un Estado benefactor, con desarrollo del mercado
interno y mejoramiento salarial, de un capitalismo
productivo y expansión de acceso al consumo.
O la discusión de una organización social
donde lo que está en cuestión no es
el precio en el cual los trabajadores venden su fuerza
de trabajo, sino la perspectiva de una organización
de la sociedad no capitalista: el socialismo del siglo
XXI.
La
ausencia política de la clase trabajadora es
un elemento clave de la realidad argentina. Ese estado
deviene de una crisis profunda de representación
e identidad cuya resolución no se limita a
la frontera nacional.

*.-
Un anticipo de este artículo fue publicado
en América XXI nº 24 de marzo de 2007
(1).-
Crítica de Nuestro Tiempo nº 6 –
Julio-septiembre de 1993; Espinosa Rubén, Facelli
Alfredo: Ficción y mito de las obras sociales.
(2).-
Confluyeron hacia Plaza de Mayo columnas procedentes
del interior del país para manifestar la protesta
contra el gobierno de Menem.
(3).-
Nace una nueva confederación Sindical Internacional,
Carolina Escudero, América XXI nº 21-22,
diciembre 2006-enero 2007.
(4).-
Prueba de fuerzas en torno a Kirchner, Luis Bilbao,
América XXI nº 20, noviembre 2006.