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América XXI
Mov. de Solidaridad Bolivariana
Solidaridad con Cuba
Cuba frente a la crisis del primer mundo
El PT-Brasil se apronta a gobernar
Presentación de Crítica de Nuestro Tiempo en Asunción
 

 

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EN LA NUEVA COYUNTURA MUNDIAL
Teoría y práctica del partido revolucionario
Luis Bilbao
A la memoria de mi padre,
irremplazable también como lector,
que alentó y acompañó al equipo fundador

Desde el momento en que apareció la primera edición de Crítica, el 8 de octubre de 1991, en la política internacional ocurrieron dos movimientos de signo inverso pero análogos en su profundidad y amplitud. Es improbable que a lo largo de la historia moderna pueda hallarse semejante reversión en uno y otro sentido en un período de 15 años.
Crítica nació, precisamente, como respuesta al primero de ellos: una explosión reaccionaria de alcances jamás vistos. Los efectos del Termidor de la Revolución Francesa en los últimos años del siglo XVIII, la derrota de la Comuna de París en el último tercio del siglo XIX, o la degeneración stalinista de la Revolución Rusa en los años 30 del siglo XX, pese a su significación histórica, no pueden compararse a lo ocurrido en la última década del siglo XX.
En tal coyuntura, para quienes fundamos Crítica la clave consistía en defender la interpretación marxista del sistema capitalista y, desde allí, la noción de partido revolucionario. Es probable que no hayamos medido en su exacta magnitud el precio a pagar por tal posicionamiento; pero, en todo caso, se trata de un error cuantitativo: no cabían dudas de que en el período inmediato futuro resultaría inviable dar pasos efectivos en la edificación de un partido que mereciese ese nombre. En cuanto a la defensa de conceptos teóricos, el alud de conversiones súbitas en el mundo académico, en los partidos denominados comunistas y socialistas, en los sindicatos de trabajadores, adelantaba el lugar que nos tocaría ocupar en ese período cuya duración era, naturalmente, imposible de calcular con precisión.
Aun para quienes tienen claramente definida una perspectiva estratégica, hay dos maneras de afrontar una coyuntura histórica adversa: adaptarse a la situación para ocupar posiciones, o trazar el horizonte y remar contra la corriente. Nosotros elegimos la segunda. Conocíamos los riesgos de tal opción. Porque así como la decisión de mimetizarse en la ola reaccionaria alimenta las tendencias al oportunismo, el carrerismo individual y la degradación moral sin límites (basta mirar hoy ciertos poros del oficialismo para comprobarlo), la decisión inversa obra como un imán para charlatanes, cobardes incapaces de la acción, arribistas sin agallas tan proclives como el que más a corromperse por un cargo o una prebenda.
Bien cabe la sospecha de que en este sentido la diferencia entre una y otra opción es a favor de la primera, puesto que al mantener un nexo constante con el movimiento social objetivo, y en la medida en que éste se desarrolle positivamente, salvará a todas sus partes componentes. Desde luego hay aquí un presupuesto teórico contrario a la noción –con la cual Crítica se identifica- según la cual el movimiento espontáneo de la clase obrera no supera por sí mismo los límites reivindicativos, por lo cual la concepción y aptitud revolucionaria debe provenir de la vanguardia conciente y organizada. Pero como quiera que esta noción misma fue vilipendiada y arrojada al costado, asumirla condenaba a un aislamiento relativo que se transformaría en absoluto sin una lucha constante en todos los sentidos, sobre todo en las propias filas.
Eso no es todo: por lo mismo que la teoría revolucionaria es el punto de encuentro entre la Historia y la coyuntura, además de los demoledores efectos que una y otra línea de acción conllevan sobre los cuadros de carne y hueso, el desafío mayor es mantener las posiciones con las cuales se habrá de formar a esos cuadros mientras se atraviesa el tramo regresivo. En este plano, naturalmente la primera opción carece de sustento. Pero la segunda no tiene garantía automática: la teoría revolucionaria es lo contrario de la simplificación y el dogma. Sin embargo la reacción impulsa a aferrarse a respuestas simples para problemas de inextricable complejidad. Así como los cristianos primitivos, perseguidos por el imperio romano, hallaban fuerza en la belleza insondable de sus cantos gregorianos desde las catacumbas, un revolucionario aislado de la masa y a contramano del flujo en la coyuntura, es compelido a encerrarse en verdades prístinas y potentes, repetidas entre iguales, para afrontar el irracional rechazo del mundo exterior a esas propuestas.
De manera que, además del riesgo del hablismo impotente, un peligro mayor era que en el frío glacial del aislamiento se esterilizara el arma de la crítica, para convertirse en un bisturí sin filo empuñado por una mano que trastocó la ciencia en versículo y la pasión en oficio.
Estuvimos dispuestos a pagar el precio de esos riesgos. Y lo pagamos.
Hoy, a 15 años de distancia (un suspiro en la Historia) las cosas han cambiado en el terreno suramericano y a partir de allí es posible reafirmar una estrategia revolucionaria en la acción. Es verdad que ese suspiro del devenir social puede significarnos todo nuestro aliento. Pero el hecho es que ahora no se trata de defender una noción teórica y realizar esfuerzos que de antemano están acotados por el momento histórico. Por el contrario, la realidad política planetaria ha dado una vez más un giro de 180 grados, de modo que es ahora, ahora mismo, cuando se verá si tuvo sentido fundar esta revista cuando se desmoronaba la Unión Soviética y el imperialismo se proclamaba definitivo vencedor.

Teoría y revolución
Si acaso es algo en sentido histórico, lo realizado en estos primeros 15 años es entonces una contribución para la edificación de un partido revolucionario; una organización capaz de encabezar, orientar y, en el momento decisivo conducir, el proceso revolucionario replanteado hoy frente a la crisis estructural del capitalismo mundial, cuyo eje está, precisamente, en nuestra región.
El azar ha querido que después de redactadas estas páginas, el presidente venezolano Hugo Chávez formulara un llamado a la formación de un partido revolucionario único en Venezuela, como condición para avanzar en la Revolución Bolivariana. La coincidencia es casual (al punto que exigió la reescritura de estos párrafos). Pero la dinámica no: sea como sea que se desenvuelva un proceso revolucionario, en un momento dado de su desarrollo requiere de un partido como condición insoslayable.
En este momento, además de Venezuela dos países reclaman con extrema urgencia la existencia de un partido revolucionario con arraigo de masas y capaz de actuar efectivamente sobre la coyuntura: Bolivia y México. En todo y por todo diferentes entre sí, estos tres procesos están, a mediados de septiembre de 2006, en un punto crucial de su evolución y sólo con un instrumento eficiente para centralizar fuerzas sobre objetivos precisos, definidos en función de una estrategia preestablecida, podrán evitar que la reacción internacional y nacional se imponga sobre las fuerzas de la revolución.
No por acaso Chávez le puso fecha al propósito: a mediados de 2007 deberá realizarse el Congreso fundacional. Luego de su victoria en las elecciones del 3 de diciembre próximo, el presidente venezolano afrontará una agudización de las contradicciones en todos los planos, que eventualmente puede desembocar en un enfrentamiento armado. Sin partido, el gobierno revolucionario no tendría otro recurso que apelar a la Fuerza Armada Nacional (FAN) como instrumento de ejercicio efectivo del poder. Pero si una fuerza armada profesional es una clave del éxito en la confrontación militar, su transformación en mecanismo de gobierno bien podría ser la tumba de la revolución. Y esto a pesar de que, como es bien sabido, en los últimos años se ha podido probar el compromiso de la mayoría de la oficialidad con el proceso de profundas transformaciones revolucionarias en curso en Venezuela. Sólo la fuerza de las clases comprometidas con la revolución puede vencer a la burguesía y el imperialismo en el momento crucial. Pero, a su vez, sólo un partido político revolucionario puede articularse en el conjunto social -específicamente en la clase trabajadora, el campesinado y el conjunto de sectores excluidos y oprimidos- para viabilizar la participación conciente y organizada de las masas; sólo los cuadros revolucionarios (y tanto mejor si entre ellos abundan militares revolucionarios) férreamente organizados, munidos de una perspectiva estratégica y tácticas científicamente definidas, pueden realizar la tarea de encauzar la potencia de las masas tras el objetivo de la revolución.
Esto se ve con mayor claridad hoy en Bolivia, donde el conjunto popular tiene un grado y nivel de participación sin comparación en el hemisferio, pero la insuficiente conformación del Movimiento al Socialismo (MAS) como partido revolucionario plantea severas dificultades al gobierno para afrontar la lucha contrarrevolucionaria que el imperialismo y la burguesía ya ha desatado. La Asamblea Constituyente que se desarrolla en Sucre es el centro de una revolución que demanda el concurso de un partido revolucionario. Los cuadros dirigentes que asumen esa necesidad, como ocurre en Venezuela, chocan con dificultades y limitaciones que no son exclusivas de tal o cual país, sino remanentes de un período histórico ya agotado pero aún no superado en la teoría y en los hechos.
Otro es el caso de México, donde el fraude descarado de la reacción en el escrutinio de la elección presidencial deja como saldo un país quebrado al medio, con un movimiento de masas en pie de lucha tras el PRD (Partido Revolucionario Democrático). Este partido, pese a su denominación, no es revolucionario y tampoco es de naturaleza obrera. No obstante, ha seguido hasta el momento una línea de defensa de su victoria electoral que, luego de tres meses y cuando las instituciones del régimen proclamaron contra toda evidencia la victoria del PAN (Partido de Acción Nacional), resolvió mantener la movilización y desconocer al gobierno de Felipe Calderón. La dinámica de choque no podría ser más frontal. Andrés Manuel López Obrador, el candidato al que se le escamoteó la presidencia, ha mantenido una posición irreductible, respaldada por una constante movilización.
El 16 de septiembre la movilización dio un paso sin precedentes. Reunidos en el Zócalo un millón 25 mil 724 ciudadanos registrados para participar formalmente de una Convención Nacional Democrática (CND) escogieron a López Obrador como "presidente legítimo". México tiene entonces un gobierno paralelo, respaldado por un movimiento democrático de masas y por tres partidos (el PRD, el Partido de los Trabajadores y Convergencia), que conformaron un Frente Amplio. Se trata de un acontecimiento histórico que conmueve los cimientos de México y proyecta una onda expansiva a todo el hemisferio, incluido Estados Unidos. Una medida de ese impacto la adelanta la posición del propio ex titular del PRD, Cuahtemoc Cárdenas, a quien el PRI le arrebató también la presidencia legítimamente ganada en elecciones: rechazó la idea de crear un gobierno paralelo, argumentando que es "un craso error, de altísimo costo para el movimiento democrático". Retomando la experiencia de Benito Juárez, el gobierno de la CND tendrá su sede en la Capital del país, pero será «itinerante», se financiará «con la cooperación ciudadana» y será «austero y sobrio», según las definiciones de López Obrador.
No es imposible que antes de que estas páginas estén impresas la derecha mexicana haya resuelto reprimir a los insurrectos. Las multitudes que desde hace semanas ocupan el Zócalo tienen plena conciencia de esa posibilidad, pero lejos de desalojar el lugar histórico, extienden la ocupación con más y más personas llegadas de todo el país. La matanza de estudiantes en 1968 es una referencia inevitable. Como quiera que sea (y es presumible que el PAN retrocederá ante la hecatombe que desataría un ataque represivo), la división del régimen, la fractura de la burguesía y la confrontación social en curso en un integrante del Nafta (Acuerdo de Libre Comercio de América del Norte, integrado además por Estados Unidos y Canadá), plantea una crisis inesperada y de imprevisibles derivaciones.

La idea y su momento
¿Cómo actuar en estos tres países ante situaciones que, por su propia esencia, debe resolverse en uno u otro sentido en plazos relativamente breves?
Uno de los puntales de la labor de Crítica fue defender, en franca colisión con la degradación de la teoría del partido revolucionario y la caricaturización de su expresión organizativa concreta, la necesidad de asumir la interdependencia vanguardia-masa, conciencia obrera-organización, como punto de partida de toda estrategia de construcción partidaria. Enfrentamos así la noción –vieja de medio siglo- según la cual todas las condiciones para la revolución estaban dados a escala mundial, excepto la existencia «del Estado Mayor del proletariado». El pensamiento metafísico (y factores de otro orden que no corresponde considerar aquí), transformó la idea de que la destrucción stalinista en todos los planos se resolvía constituyendo un equipo de dirección capaz, aguerrido y resuelto.
Si durante el período anterior esa posición produjo errores que inhabilitaron a equipos militantes de enorme valor potencial, las cosas son diferentes ahora, cuando a escala latinoamericana queda abierta la fase histórica de edificación de nuevos partidos revolucionarios en cada país y en la región como tal. A partir de ahora, los diversos componentes del pensamiento y la acción revolucionaria no tienen otra alternativa sino elevarse a la altura de la demanda histórica y mostrarse capaces de cumplir su papel en la revolución en marcha. Aquellas organizaciones o cuadros que no lo hagan no quedarán, como hasta ahora, simplemente sosteniendo líneas erradas: serán pasto del enemigo y alimento de la contrarrevolución.
En el cuadro de situación mundial dado tras el derrumbe de la Unión Soviética y la precipitación de una añeja degeneración de los partidos socialistas y comunistas (así como, en otro plano, de los epígonos de Trotsky y Mao), el primer dilema a resolver pasó a ser la unidad social y política de las grandes masas. Crítica afirmó –y actuó en consecuencia- la imposibilidad de edificar un verdadero partido revolucionario marxista al margen de esa categoría fundamental.
Paralelamente, en innumerables oportunidades a lo largo de estos 15 años debimos explicar nuestra diferenciación entre «revolucionario» y «marxista»; la idea de que se puede ser revolucionario sin ser marxista y viceversa. Difícilmente se encuentre alguien dispuesto a negar el conocido axioma de Lenin: «sin teoría revolucionaria, no hay acción revolucionaria». Al decir teoría revolucionaria, queda sobreentendido que se alude a la teoría marxista. Pero en la vida real se impone una tendencia espontánea a obrar en sentido inverso, en el doble sentido de planificar y llevar a cabo la acción al margen los fundamentos teóricos, y de subestimar el papel del estudio, la reflexión y la elaboración como parte inseparable de la praxis militante. Los partidos y organizaciones revolucionarias que se empeñan formal y sistemáticamente en el estudio y la enseñanza del marxismo son tan raros como un elefante blanco. Por otra parte, la fuerza de aquella afirmación leninista, habitualmente interpretada de una manera ajena a Lenin, oscurece un aspecto clave de su contenido al quedar congelada por una visión metafísica y perder su sentido dialéctico: sin teoría revolucionaria no hay acción revolucionaria sostenida en el tiempo; de la misma manera que no hay teoría revolucionaria, al margen del devenir de la lucha social.
Pues bien: ahora ha llegado el momento de poner a prueba también estos conceptos: en los tres casos descriptos, existe unidad social y política de las grandes masas, las fuerzas revolucionarias que las conforman no se reconocen –por regla general- como marxistas, mientras que buena parte de las organizaciones y cuadros que se consideran marxistas o bien están por fuera de aquellas formaciones, o bien desechan la búsqueda y defensa de la unidad social y política de las masas como eje de una estrategia anticapitalista y de construcción partidaria, lo cual equivale a decir que no asumen posiciones revolucionarias en los hechos (a menos que se entienda por tal hablar a los gritos y condenar a todo el mundo por traidor y agente imperialista).
Hay dos evidencias irrefutables:
- las organizaciones que se consideran a sí mismas como revolucionarias marxistas, salvo excepciones no han sido partícipes (ni hablar de motoras) de los procesos que dieron lugar a la unidad social y política de las grandes masas;
- las organizaciones que se camuflaron para adaptarse en un cuadro de situación adverso a la revolución, o bien pasaron por completo al campo de la contrarrevolución, o bien se mantienen de manera parasitaria en las formaciones a las que el cambio positivo de la situación dio lugar.
En otras palabras: a la hora de las definiciones, el sectarismo y el oportunismo son incapaces de obrar como factores de vanguardia en la construcción del partido revolucionario que la coyuntura exige.

Batalla estratégica
En suma, a la vuelta de 15 años está planteada la posibilidad de producir en América Latina una transformación cualitativa en la realidad político-organizativa de decenas de millones de explotados y oprimidos, lo cual supone inaugurar una nueva etapa histórica en la lucha de clases a escala internacional.
Posibilidad no es certeza. Entre la inestable coyuntura actual y aquel objetivo, media un combate cuyo resultado no está escrito. La primera batalla es por poner en pie partidos revolucionarios con nítido perfil de clase, resuelta definición socialista y armados desde un comienzo con sólidas convicciones democráticas respecto de su relación con las masas y con la propia militancia. Pese a ciertos rasgos de apariencia común, hay diferencias cruciales entre estas fuerzas políticas de masas pasibles de ser transformadas en partidos revolucionarios y los movimientos nacional-burgueses que dominaron en la región durante todo el siglo XX. No obstante, para decirlo con las palabras de los maestros, «lo viejo tiende a renacer en la nueva forma que crece»; por lo que el desenlace del fenómeno en curso más que de una batalla depende de una larga guerra ideológica, política, organizativa - podría decirse una guerra cultural, para subrayar su sentido abarcador y profundo- de cuyos resultados pende el futuro.
En el plano más general de esta guerra la confrontación que todo lo domina es contra el imperialismo estadounidense y sus agentes locales en cada país. Pero en el terreno concreto de la construcción de partidos revolucionarios el enemigo toma otra carnadura y a menudo desdibuja por completo su verdadera naturaleza. Estas páginas sostuvieron mucho tiempo atrás que, cuando llegara el inexorable auge de masas, habría una cruda confrontación entre las tres grandes corrientes ideológico-políticas con raíces históricas en las clases obreras, campesinas y populares, a saber, el socialcristianismo, la socialdemocracia y el marxismo revolucionario. Este combate pudo verificarse en el primero y originalmente más potente movimiento político de masas del continente, el Partido dos Trabalhadores de Brasil. Los resultados están a la vista. Allí se pudo comprobar la convergencia de socialdemócratas y socialcristianos contra las diferentes vertientes del marxismo, que en el momento crucial no estuvieron a la altura de la exigencia histórica. En la parábola del PT pudo verse la brutal transformación de obreros y militantes revolucionarios en portavoces de la socialdemocracia y el socialcristianismo, lo que equivale a decir, en testaferros del imperialismo europeo, el cual utilizó instrumentos desde hace décadas transformados en arietes del gran capital (en primer lugar la mal llamada Internacional Socialista) para penetrar, desviar y corromper a cuadros y organizaciones. Luego se vio en Argentina un fenómeno análogo pero de carácter preventivo: la iglesia y el reformismo clásico se unieron para impedir que se formara un Partido de los Trabajadores, ante el justificado temor de que en este país un organización similar a la de Brasil tendría una envergadura y una dinámica diferente (no reiteraremos aquí nuestra interpretación del papel del Partido Laborista en la historia argentina y su potencia latente), que acabaría redundando en la reorientación del PT brasileño para dar lugar a un bloque de naturaleza obrera, campesina y anticapitalista que habría cambiado por completo el curso político de la región . Por eso y para eso nació el Frepaso. Pero aquí las tendencias de definición marxista más que no estar a la altura de la batalla, siquiera tomaron cuenta a comienzos de los ’90 de que el activo de la clase obrera estaba ante una batalla estratégica. El caso mexicano, con la conformación del PRD es diferente, aunque se inscribe en el mismo marco.
Con estos precedentes se inaugura ahora, centrado en Venezuela, este combate estratégico en torno a la organización del partido único de la revolución convocado por Chávez. Desde la limitada posición de un órgano de propaganda revolucionaria marxista, basados en nuestras definiciones originarias y en líneas estratégicas ya esbozadas por Chávez, Crítica bregó por ese propósito en los últimos cuatro años, desde que se avizoraba el choque luego corporizado en la imprevista forma de un golpe de Estado sin resistencia previa y su fracaso en 47 horas. De manera que ahora no hay espacio para la duda: no sólo en Venezuela, sino en cada país al Sur del Río Bravo, es imperativo respaldar en todos los planos la concreción de ese plan.
Como queda dicho, Crítica sostiene la necesidad de que ese partido, que deberá congregar en una síntesis superadora todas las fuerzas revolucionarias de Venezuela, defina en sus conceptos fundantes la pertenencia a las clases explotadas y oprimidas, la necesidad de promover y garantizar estatutaria y efectivamente la participación plena de obreros, campesinos, jóvenes, intelectuales, artistas, amas de casa, pequeños productores del campo y la ciudad, en la conformación y funcionamiento de todos sus órganos componentes, en la discusión y resolución de programas y estrategias, en la promoción y elección de sus direcciones, todo ello sin confundir democracia con charlatanería horizontalista y ratificando la necesidad de una efectiva centralización para la acción.
La conducta de un partido hacia las masas es una prolongación de su accionar respecto de su propia base militante. La democracia interna (imposible de confundir con aquello que la burguesía denomina con la misma palabra), es la única garantía de enraizamiento profundo y constante en el conjunto social sobre el que se apoya y del cual se nutre. Esto supone plena libertad para el debate y la crítica; derecho a tendencia para organizar esos debates en los períodos previos a Congresos que deberían realizarse en plazos no superior a los dos años; elección directa de los representantes desde las bases y en sucesivos planos, hasta llegar a los y las delegados/as que elegirán la dirección nacional; creación de órganos destinados a controlar la idoneidad y probidad de la membresía y dirección; y último, pero de primera importancia, política de educación intensa de cuadros y militantes, con centro en la historia mundial y nacional de la lucha de clases, interpretación del mecanismo de funcionamiento del sistema capitalista, fundamentos filosóficos del pensamiento revolucionario y experiencias recientes de los procesos revolucionarios en América Latina y el Caribe.
No hace falta repetir que, en nuestra opinión, esos nuevos partidos de masas en gestación en la región deben definirse programática y estratégicamente por el socialismo. Pero es en cambio imprescindible subrayar que no los entendemos como partidos revolucionarios marxistas. Por el contrario, sostenemos que éstas deben ser instancias de unidad social y política de las masas en el sentido más amplio y abarcador. Como puede entender cualquier persona con juicio, en el actual punto de desarrollo de la conciencia de las masas latinoamericanas, eso supone no ya la existencia sino la predominancia de ideologías objetivamente confrontadas con el materialismo histórico y la dialéctica materialista. Por lo mismo que no estamos dispuestos a aceptar que se puede ser marxista y católico (y en estos 15 años hemos tenido enfrentamientos teóricos por esa causa con muy queridos y respetados compañeros de lucha, de quienes nada ni nadie nos podrá separar), no podríamos suponer que la expresión orgánica de masas imbuidas de religiosidad ostentara definiciones contrarias a esos sentimientos y creencias. Los partidos en gestación deberán integrar la pluralidad que objetivamente compone a las masas populares. Los revolucionarios marxistas no podemos permitir que se confunda el materialismo con el idealismo (entendidos estos términos en el sentido filosófico, que es exactamente el inverso a su significación corriente en el habla popular), porque esa concepción teórica está (o, mejor dicho: ¡debería estar!) en el punto de partida de todos nuestros análisis, interpretaciones y decisiones para la acción. Pero mucho menos podríamos intentar transformar la realidad social y cultural de nuestros pueblos con un golpe de mano, como acostumbran a hacer ciertas sectas y aparatos en asambleas inermes para defenderse de operaciones de este tipo. Aquella transformación, por la que bregamos sin descanso ni concesiones, resultará de la revolución cultural que si bien acompaña necesariamente a todo proceso revolucionario genuino, sólo podrá completarse mucho tiempo después de la victoria sobre el capital, en un transcurso necesariamente sinuoso en el que la ciencia supere a la enajenación religiosa, las supercherías y el trastrueque conceptual de la cotidianeidad capitalista.
Las y los revolucionarios marxistas, es decir, quienes se sienten genuinos comunistas, deben asumir esta obviedad cuyo desconocimiento derivó en el pasado -y sigue haciéndolo en la actualidad- en deformaciones incontrolables en todos los planos de la teoría y política, con nefastas consecuencias. Es preciso incorporar la idea de que las y los revolucionarios marxistas deben sostener posiciones contrarias al mundo conceptual dominante sin ocultarlas, resignarlas o imponerlas, mientras redoblan los esfuerzos por educar y persuadir, mediante la multiplicación de medios de propaganda y agitación (es decir, de muchas ideas para pocas personas y pocas ideas para muchas personas).
Esto supone contar con los instrumentos necesarios para tales objetivos: revistas, editoriales, periódicos a todos los niveles, folletos, programas y emisoras de radio y televisión, portales de internet, páginas web y boletines por correo electrónico masivo, salas de teatro, grupos corales, instancias de educación musical, planes de formación teórica desde el más elemental al más alto nivel, etc. Todo lo cual requiere organización, finanzas y, claro está, disposición a la militancia y el sacrificio.
Pero esa tarea, esas instancias organizativas y funcionales, deberán estar imbricadas y supeditadas a la edificación, fortalecimiento y afianzamiento del partido revolucionario que contenga a todos/as quienes han resuelto enfrentar la opresión imperialista y la explotación capitalista.

Las raíces
En el punto de partida de una fase en la que se moldearán nuevas organizaciones políticas de masas, cabe abrir un paréntesis para releer el capítulo del Manifiesto Comunista donde se explicita la relación de los revolucionarios marxistas con lo que Marx y Engels denominaron entonces «los demás partidos de la oposición», es decir, las diferentes corrientes confrontadas con el capital o sus manifestaciones más brutales:
«(Los comunistas) luchan, pues, por alcanzar los fines e intereses inmediatos de la clase obrera, pero en el movimiento actual representan al mismo tiempo el futuro del movimiento. En Francia, los comunistas adhieren al Partido Socialista Democrático, contra la burguesía conservadora y radical, sin por ello abandonar el derecho de mantener una posición crítica frente a las frases y a las ilusiones provenientes de la tradición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer la circunstancia de que este partido consta de elementos contradictorios, en parte socialistas democrático en el sentido francés del término, en parte burgueses radicales.
Entre los polacos, los comunistas apoyan al partido que establece la revolución agraria como condición de la liberación nacional, el mismo que suscitó la insurrección de Cracovia de 1846.
En Alemania el Partido Comunista luchará al lado de la burguesía, en la medida en que ésta actúe revolucionariamente, dando con ella la batalla a la monarquía absoluta, a la gran propiedad feudal y a la pequeña burguesía reaccionaria.
Pero todo esto sin dejar un solo instante de laborar entre los obreros, hasta afirmar en ellos con la mayor claridad posible la conciencia del antagonismo hostil que separa a la burguesía del proletariado, a fin de que los obreros alemanes sepan convertir de inmediato las condiciones sociales y políticas que forzosamente ha de traer consigo la dominación burguesa en otras tantas armas contra la burguesía, a fin de que, tan pronto sean derrocadas las clases reaccionarias en Alemania, comience de inmediato la lucha contra la propia burguesía (...)
En una palabra, los comunistas apoyan por doquier cualquier movimiento revolucionario contra las condiciones sociales y políticas imperantes.
En todos los movimientos destacan el problema de la propiedad, cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada que pueda haber adoptado, como el problema fundamental del movimiento.
Por último, los comunistas trabajan en todas partes en pro de la vinculación y el entendimiento de los partidos democráticos de todos los países.
Los comunistas repudian el ocultamiento de sus puntos de vista y de sus intenciones. Declaran francamente que sus objetivos sólo podrán alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social preexistente. Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución comunista. Los proletarios no tienen nada que perder con ella, salvo sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo por ganar».

Prueba a fuego para la vanguardia
En el punto de encuentro de estos lineamientos y la inspirada divisa de Simón Rodríguez, «inventamos o erramos», tomará forma el accionar de quienes asuman el pensamiento revolucionario marxista en el próximo período histórico.
Dependiendo de las circunstancias en cada país se adecuarán las formas de intervención. Los hombres y mujeres resueltos a comprometerse en el combate contra la sociedad de clases estarán en el ojo del huracán que la crisis del capitalismo mundial desata sobre la humanidad. Estados Unidos marcha a la guerra contra nuestros pueblos. Todas las líneas de acción destinadas a amarrarle las garras son justificadas; el concepto general de frente antimperialista a escala mundial, asumido hoy por los cuadros principales en los gobiernos de Cuba, Venezuela y Bolivia (y encarnado en la reciente XIV cumbre del Movimiento No Alineado), es una clave en torno a la cual podrá desarrollarse en los hechos una estrategia de revolución socialista. Los partidos de masas en gestación constituyen el escenario privilegiado en el que se deberá actuar con lucidez y energía, combatiendo a la vez el sectarismo y la fuerza constante que arrastra hacia el oportunismo y el conciliacionismo. Para quien se considere revolucionario/a marxista, no importa en qué país desarrolle su lucha, esa labor urge hoy en términos concretos en Venezuela, Bolivia y México. En Brasil se presenta la inmensa labor de sostener la unidad social y política alcanzada en el período anterior por el PT y puesta en riesgo estratégico hoy por la descomposición de ese partido y el desprendimiento de fuerzas revolucionarias que, hasta el momento, no resumen una línea de acción centrada en la necesidad de impedir esa brecha por la cual el imperialismo se apronta a penetrar como una tromba destructiva. El fenómeno social y político que corporizó en el PT debe ser rescatado, es un acervo invalorable para la lucha socialista en todo el continente y no puede ser malbaratado con desplantes sectarios sin perspectiva estratégica o temores y vacilaciones frente a la urgencia de un programa revolucionario para la acción.
En América Latina urge forjar una Asociación en la cual converja y se rehaga a sí mismo el pensamiento revolucionario universal, como vanguardia de una era de inmensos desafíos y grandes victorias.
La liviandad con que en los últimos años se anunciaron caricaturas de internacionales no debe dar lugar al chovinismo o la estrechez localista: la revolución es internacional; internacional ha de ser el pensamiento y la acción que la realice. Crítica tiende la mirada sobre sus primeros 15 años para corregir errores y desviaciones y afrontar con renovado vigor esa empresa.

Buenos Aires, 16 de septiembre de 2006.

 
 

REVISTA INTERNACIONAL DE TEORIA Y POLITICA

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