Desde
el momento en que apareció la primera edición
de Crítica, el 8 de octubre de 1991, en la
política internacional ocurrieron dos movimientos
de signo inverso pero análogos en su profundidad
y amplitud. Es improbable que a lo largo de la historia
moderna pueda hallarse semejante reversión
en uno y otro sentido en un período de 15 años.
Crítica
nació, precisamente, como respuesta al primero
de ellos: una explosión reaccionaria de alcances
jamás vistos. Los efectos del Termidor de la
Revolución Francesa en los últimos años
del siglo XVIII, la derrota de la Comuna de París
en el último tercio del siglo XIX, o la degeneración
stalinista de la Revolución Rusa en los años
30 del siglo XX, pese a su significación histórica,
no pueden compararse a lo ocurrido en la última
década del siglo XX.
En
tal coyuntura, para quienes fundamos Crítica
la clave consistía en defender la interpretación
marxista del sistema capitalista y, desde allí,
la noción de partido revolucionario. Es probable
que no hayamos medido en su exacta magnitud el precio
a pagar por tal posicionamiento; pero, en todo caso,
se trata de un error cuantitativo: no cabían
dudas de que en el período inmediato futuro
resultaría inviable dar pasos efectivos en
la edificación de un partido que mereciese
ese nombre. En cuanto a la defensa de conceptos teóricos,
el alud de conversiones súbitas en el mundo
académico, en los partidos denominados comunistas
y socialistas, en los sindicatos de trabajadores,
adelantaba el lugar que nos tocaría ocupar
en ese período cuya duración era, naturalmente,
imposible de calcular con precisión.
Aun
para quienes tienen claramente definida una perspectiva
estratégica, hay dos maneras de afrontar una
coyuntura histórica adversa: adaptarse a la
situación para ocupar posiciones, o trazar
el horizonte y remar contra la corriente. Nosotros
elegimos la segunda. Conocíamos los riesgos
de tal opción. Porque así como la decisión
de mimetizarse en la ola reaccionaria alimenta las
tendencias al oportunismo, el carrerismo individual
y la degradación moral sin límites (basta
mirar hoy ciertos poros del oficialismo para comprobarlo),
la decisión inversa obra como un imán
para charlatanes, cobardes incapaces de la acción,
arribistas sin agallas tan proclives como el que más
a corromperse por un cargo o una prebenda.
Bien
cabe la sospecha de que en este sentido la diferencia
entre una y otra opción es a favor de la primera,
puesto que al mantener un nexo constante con el movimiento
social objetivo, y en la medida en que éste
se desarrolle positivamente, salvará a todas
sus partes componentes. Desde luego hay aquí
un presupuesto teórico contrario a la noción
–con la cual Crítica se identifica- según
la cual el movimiento espontáneo de la clase
obrera no supera por sí mismo los límites
reivindicativos, por lo cual la concepción
y aptitud revolucionaria debe provenir de la vanguardia
conciente y organizada. Pero como quiera que esta
noción misma fue vilipendiada y arrojada al
costado, asumirla condenaba a un aislamiento relativo
que se transformaría en absoluto sin una lucha
constante en todos los sentidos, sobre todo en las
propias filas.
Eso
no es todo: por lo mismo que la teoría revolucionaria
es el punto de encuentro entre la Historia y la coyuntura,
además de los demoledores efectos que una y
otra línea de acción conllevan sobre
los cuadros de carne y hueso, el desafío mayor
es mantener las posiciones con las cuales se habrá
de formar a esos cuadros mientras se atraviesa el
tramo regresivo. En este plano, naturalmente la primera
opción carece de sustento. Pero la segunda
no tiene garantía automática: la teoría
revolucionaria es lo contrario de la simplificación
y el dogma. Sin embargo la reacción impulsa
a aferrarse a respuestas simples para problemas de
inextricable complejidad. Así como los cristianos
primitivos, perseguidos por el imperio romano, hallaban
fuerza en la belleza insondable de sus cantos gregorianos
desde las catacumbas, un revolucionario aislado de
la masa y a contramano del flujo en la coyuntura,
es compelido a encerrarse en verdades prístinas
y potentes, repetidas entre iguales, para afrontar
el irracional rechazo del mundo exterior a esas propuestas.
De
manera que, además del riesgo del hablismo
impotente, un peligro mayor era que en el frío
glacial del aislamiento se esterilizara el arma de
la crítica, para convertirse en un bisturí
sin filo empuñado por una mano que trastocó
la ciencia en versículo y la pasión
en oficio.
Estuvimos
dispuestos a pagar el precio de esos riesgos. Y lo
pagamos.
Hoy,
a 15 años de distancia (un suspiro en la Historia)
las cosas han cambiado en el terreno suramericano
y a partir de allí es posible reafirmar una
estrategia revolucionaria en la acción. Es
verdad que ese suspiro del devenir social puede significarnos
todo nuestro aliento. Pero el hecho es que ahora no
se trata de defender una noción teórica
y realizar esfuerzos que de antemano están
acotados por el momento histórico. Por el contrario,
la realidad política planetaria ha dado una
vez más un giro de 180 grados, de modo que
es ahora, ahora mismo, cuando se verá si tuvo
sentido fundar esta revista cuando se desmoronaba
la Unión Soviética y el imperialismo
se proclamaba definitivo vencedor.
Teoría
y revolución
Si
acaso es algo en sentido histórico, lo realizado
en estos primeros 15 años es entonces una contribución
para la edificación de un partido revolucionario;
una organización capaz de encabezar, orientar
y, en el momento decisivo conducir, el proceso revolucionario
replanteado hoy frente a la crisis estructural del
capitalismo mundial, cuyo eje está, precisamente,
en nuestra región.
El
azar ha querido que después de redactadas estas
páginas, el presidente venezolano Hugo Chávez
formulara un llamado a la formación de un partido
revolucionario único en Venezuela, como condición
para avanzar en la Revolución Bolivariana.
La coincidencia es casual (al punto que exigió
la reescritura de estos párrafos). Pero la
dinámica no: sea como sea que se desenvuelva
un proceso revolucionario, en un momento dado de su
desarrollo requiere de un partido como condición
insoslayable.
En
este momento, además de Venezuela dos países
reclaman con extrema urgencia la existencia de un
partido revolucionario con arraigo de masas y capaz
de actuar efectivamente sobre la coyuntura: Bolivia
y México. En todo y por todo diferentes entre
sí, estos tres procesos están, a mediados
de septiembre de 2006, en un punto crucial de su evolución
y sólo con un instrumento eficiente para centralizar
fuerzas sobre objetivos precisos, definidos en función
de una estrategia preestablecida, podrán evitar
que la reacción internacional y nacional se
imponga sobre las fuerzas de la revolución.
No
por acaso Chávez le puso fecha al propósito:
a mediados de 2007 deberá realizarse el Congreso
fundacional. Luego de su victoria en las elecciones
del 3 de diciembre próximo, el presidente venezolano
afrontará una agudización de las contradicciones
en todos los planos, que eventualmente puede desembocar
en un enfrentamiento armado. Sin partido, el gobierno
revolucionario no tendría otro recurso que
apelar a la Fuerza Armada Nacional (FAN) como instrumento
de ejercicio efectivo del poder. Pero si una fuerza
armada profesional es una clave del éxito en
la confrontación militar, su transformación
en mecanismo de gobierno bien podría ser la
tumba de la revolución. Y esto a pesar de que,
como es bien sabido, en los últimos años
se ha podido probar el compromiso de la mayoría
de la oficialidad con el proceso de profundas transformaciones
revolucionarias en curso en Venezuela. Sólo
la fuerza de las clases comprometidas con la revolución
puede vencer a la burguesía y el imperialismo
en el momento crucial. Pero, a su vez, sólo
un partido político revolucionario puede articularse
en el conjunto social -específicamente en la
clase trabajadora, el campesinado y el conjunto de
sectores excluidos y oprimidos- para viabilizar la
participación conciente y organizada de las
masas; sólo los cuadros revolucionarios (y
tanto mejor si entre ellos abundan militares revolucionarios)
férreamente organizados, munidos de una perspectiva
estratégica y tácticas científicamente
definidas, pueden realizar la tarea de encauzar la
potencia de las masas tras el objetivo de la revolución.
Esto
se ve con mayor claridad hoy en Bolivia, donde el
conjunto popular tiene un grado y nivel de participación
sin comparación en el hemisferio, pero la insuficiente
conformación del Movimiento al Socialismo (MAS)
como partido revolucionario plantea severas dificultades
al gobierno para afrontar la lucha contrarrevolucionaria
que el imperialismo y la burguesía ya ha desatado.
La Asamblea Constituyente que se desarrolla en Sucre
es el centro de una revolución que demanda
el concurso de un partido revolucionario. Los cuadros
dirigentes que asumen esa necesidad, como ocurre en
Venezuela, chocan con dificultades y limitaciones
que no son exclusivas de tal o cual país, sino
remanentes de un período histórico ya
agotado pero aún no superado en la teoría
y en los hechos.
Otro
es el caso de México, donde el fraude descarado
de la reacción en el escrutinio de la elección
presidencial deja como saldo un país quebrado
al medio, con un movimiento de masas en pie de lucha
tras el PRD (Partido Revolucionario Democrático).
Este partido, pese a su denominación, no es
revolucionario y tampoco es de naturaleza obrera.
No obstante, ha seguido hasta el momento una línea
de defensa de su victoria electoral que, luego de
tres meses y cuando las instituciones del régimen
proclamaron contra toda evidencia la victoria del
PAN (Partido de Acción Nacional), resolvió
mantener la movilización y desconocer al gobierno
de Felipe Calderón. La dinámica de choque
no podría ser más frontal. Andrés
Manuel López Obrador, el candidato al que se
le escamoteó la presidencia, ha mantenido una
posición irreductible, respaldada por una constante
movilización.
El
16 de septiembre la movilización dio un paso
sin precedentes. Reunidos en el Zócalo un millón
25 mil 724 ciudadanos registrados para participar
formalmente de una Convención Nacional Democrática
(CND) escogieron a López Obrador como "presidente
legítimo". México tiene entonces
un gobierno paralelo, respaldado por un movimiento
democrático de masas y por tres partidos (el
PRD, el Partido de los Trabajadores y Convergencia),
que conformaron un Frente Amplio. Se trata de un acontecimiento
histórico que conmueve los cimientos de México
y proyecta una onda expansiva a todo el hemisferio,
incluido Estados Unidos. Una medida de ese impacto
la adelanta la posición del propio ex titular
del PRD, Cuahtemoc Cárdenas, a quien el PRI
le arrebató también la presidencia legítimamente
ganada en elecciones: rechazó la idea de crear
un gobierno paralelo, argumentando que es "un
craso error, de altísimo costo para el movimiento
democrático". Retomando la experiencia
de Benito Juárez, el gobierno de la CND tendrá
su sede en la Capital del país, pero será
«itinerante», se financiará «con
la cooperación ciudadana» y será
«austero y sobrio», según las definiciones
de López Obrador.
No
es imposible que antes de que estas páginas
estén impresas la derecha mexicana haya resuelto
reprimir a los insurrectos. Las multitudes que desde
hace semanas ocupan el Zócalo tienen plena
conciencia de esa posibilidad, pero lejos de desalojar
el lugar histórico, extienden la ocupación
con más y más personas llegadas de todo
el país. La matanza de estudiantes en 1968
es una referencia inevitable. Como quiera que sea
(y es presumible que el PAN retrocederá ante
la hecatombe que desataría un ataque represivo),
la división del régimen, la fractura
de la burguesía y la confrontación social
en curso en un integrante del Nafta (Acuerdo de Libre
Comercio de América del Norte, integrado además
por Estados Unidos y Canadá), plantea una crisis
inesperada y de imprevisibles derivaciones.
La
idea y su momento
¿Cómo
actuar en estos tres países ante situaciones
que, por su propia esencia, debe resolverse en uno
u otro sentido en plazos relativamente breves?
Uno
de los puntales de la labor de Crítica fue
defender, en franca colisión con la degradación
de la teoría del partido revolucionario y la
caricaturización de su expresión organizativa
concreta, la necesidad de asumir la interdependencia
vanguardia-masa, conciencia obrera-organización,
como punto de partida de toda estrategia de construcción
partidaria. Enfrentamos así la noción
–vieja de medio siglo- según la cual
todas las condiciones para la revolución estaban
dados a escala mundial, excepto la existencia «del
Estado Mayor del proletariado». El pensamiento
metafísico (y factores de otro orden que no
corresponde considerar aquí), transformó
la idea de que la destrucción stalinista en
todos los planos se resolvía constituyendo
un equipo de dirección capaz, aguerrido y resuelto.
Si
durante el período anterior esa posición
produjo errores que inhabilitaron a equipos militantes
de enorme valor potencial, las cosas son diferentes
ahora, cuando a escala latinoamericana queda abierta
la fase histórica de edificación de
nuevos partidos revolucionarios en cada país
y en la región como tal. A partir de ahora,
los diversos componentes del pensamiento y la acción
revolucionaria no tienen otra alternativa sino elevarse
a la altura de la demanda histórica y mostrarse
capaces de cumplir su papel en la revolución
en marcha. Aquellas organizaciones o cuadros que no
lo hagan no quedarán, como hasta ahora, simplemente
sosteniendo líneas erradas: serán pasto
del enemigo y alimento de la contrarrevolución.
En
el cuadro de situación mundial dado tras el
derrumbe de la Unión Soviética y la
precipitación de una añeja degeneración
de los partidos socialistas y comunistas (así
como, en otro plano, de los epígonos de Trotsky
y Mao), el primer dilema a resolver pasó a
ser la unidad social y política de las grandes
masas. Crítica afirmó –y actuó
en consecuencia- la imposibilidad de edificar un verdadero
partido revolucionario marxista al margen de esa categoría
fundamental.
Paralelamente,
en innumerables oportunidades a lo largo de estos
15 años debimos explicar nuestra diferenciación
entre «revolucionario» y «marxista»;
la idea de que se puede ser revolucionario sin ser
marxista y viceversa. Difícilmente se encuentre
alguien dispuesto a negar el conocido axioma de Lenin:
«sin teoría revolucionaria, no hay acción
revolucionaria». Al decir teoría revolucionaria,
queda sobreentendido que se alude a la teoría
marxista. Pero en la vida real se impone una tendencia
espontánea a obrar en sentido inverso, en el
doble sentido de planificar y llevar a cabo la acción
al margen los fundamentos teóricos, y de subestimar
el papel del estudio, la reflexión y la elaboración
como parte inseparable de la praxis militante. Los
partidos y organizaciones revolucionarias que se empeñan
formal y sistemáticamente en el estudio y la
enseñanza del marxismo son tan raros como un
elefante blanco. Por otra parte, la fuerza de aquella
afirmación leninista, habitualmente interpretada
de una manera ajena a Lenin, oscurece un aspecto clave
de su contenido al quedar congelada por una visión
metafísica y perder su sentido dialéctico:
sin teoría revolucionaria no hay acción
revolucionaria sostenida en el tiempo; de la misma
manera que no hay teoría revolucionaria, al
margen del devenir de la lucha social.
Pues
bien: ahora ha llegado el momento de poner a prueba
también estos conceptos: en los tres casos
descriptos, existe unidad social y política
de las grandes masas, las fuerzas revolucionarias
que las conforman no se reconocen –por regla
general- como marxistas, mientras que buena parte
de las organizaciones y cuadros que se consideran
marxistas o bien están por fuera de aquellas
formaciones, o bien desechan la búsqueda y
defensa de la unidad social y política de las
masas como eje de una estrategia anticapitalista y
de construcción partidaria, lo cual equivale
a decir que no asumen posiciones revolucionarias en
los hechos (a menos que se entienda por tal hablar
a los gritos y condenar a todo el mundo por traidor
y agente imperialista).
Hay
dos evidencias irrefutables:
-
las organizaciones que se consideran a sí mismas
como revolucionarias marxistas, salvo excepciones
no han sido partícipes (ni hablar de motoras)
de los procesos que dieron lugar a la unidad social
y política de las grandes masas;
-
las organizaciones que se camuflaron para adaptarse
en un cuadro de situación adverso a la revolución,
o bien pasaron por completo al campo de la contrarrevolución,
o bien se mantienen de manera parasitaria en las formaciones
a las que el cambio positivo de la situación
dio lugar.
En
otras palabras: a la hora de las definiciones, el
sectarismo y el oportunismo son incapaces de obrar
como factores de vanguardia en la construcción
del partido revolucionario que la coyuntura exige.
Batalla
estratégica
En
suma, a la vuelta de 15 años está planteada
la posibilidad de producir en América Latina
una transformación cualitativa en la realidad
político-organizativa de decenas de millones
de explotados y oprimidos, lo cual supone inaugurar
una nueva etapa histórica en la lucha de clases
a escala internacional.
Posibilidad
no es certeza. Entre la inestable coyuntura actual
y aquel objetivo, media un combate cuyo resultado
no está escrito. La primera batalla es por
poner en pie partidos revolucionarios con nítido
perfil de clase, resuelta definición socialista
y armados desde un comienzo con sólidas convicciones
democráticas respecto de su relación
con las masas y con la propia militancia. Pese a ciertos
rasgos de apariencia común, hay diferencias
cruciales entre estas fuerzas políticas de
masas pasibles de ser transformadas en partidos revolucionarios
y los movimientos nacional-burgueses que dominaron
en la región durante todo el siglo XX. No obstante,
para decirlo con las palabras de los maestros, «lo
viejo tiende a renacer en la nueva forma que crece»;
por lo que el desenlace del fenómeno en curso
más que de una batalla depende de una larga
guerra ideológica, política, organizativa
- podría decirse una guerra cultural, para
subrayar su sentido abarcador y profundo- de cuyos
resultados pende el futuro.
En
el plano más general de esta guerra la confrontación
que todo lo domina es contra el imperialismo estadounidense
y sus agentes locales en cada país. Pero en
el terreno concreto de la construcción de partidos
revolucionarios el enemigo toma otra carnadura y a
menudo desdibuja por completo su verdadera naturaleza.
Estas páginas sostuvieron mucho tiempo atrás
que, cuando llegara el inexorable auge de masas, habría
una cruda confrontación entre las tres grandes
corrientes ideológico-políticas con
raíces históricas en las clases obreras,
campesinas y populares, a saber, el socialcristianismo,
la socialdemocracia y el marxismo revolucionario.
Este combate pudo verificarse en el primero y originalmente
más potente movimiento político de masas
del continente, el Partido dos Trabalhadores de Brasil.
Los resultados están a la vista. Allí
se pudo comprobar la convergencia de socialdemócratas
y socialcristianos contra las diferentes vertientes
del marxismo, que en el momento crucial no estuvieron
a la altura de la exigencia histórica. En la
parábola del PT pudo verse la brutal transformación
de obreros y militantes revolucionarios en portavoces
de la socialdemocracia y el socialcristianismo, lo
que equivale a decir, en testaferros del imperialismo
europeo, el cual utilizó instrumentos desde
hace décadas transformados en arietes del gran
capital (en primer lugar la mal llamada Internacional
Socialista) para penetrar, desviar y corromper a cuadros
y organizaciones. Luego se vio en Argentina un fenómeno
análogo pero de carácter preventivo:
la iglesia y el reformismo clásico se unieron
para impedir que se formara un Partido de los Trabajadores,
ante el justificado temor de que en este país
un organización similar a la de Brasil tendría
una envergadura y una dinámica diferente (no
reiteraremos aquí nuestra interpretación
del papel del Partido Laborista en la historia argentina
y su potencia latente), que acabaría redundando
en la reorientación del PT brasileño
para dar lugar a un bloque de naturaleza obrera, campesina
y anticapitalista que habría cambiado por completo
el curso político de la región . Por
eso y para eso nació el Frepaso. Pero aquí
las tendencias de definición marxista más
que no estar a la altura de la batalla, siquiera tomaron
cuenta a comienzos de los ’90 de que el activo
de la clase obrera estaba ante una batalla estratégica.
El caso mexicano, con la conformación del PRD
es diferente, aunque se inscribe en el mismo marco.
Con
estos precedentes se inaugura ahora, centrado en Venezuela,
este combate estratégico en torno a la organización
del partido único de la revolución convocado
por Chávez. Desde la limitada posición
de un órgano de propaganda revolucionaria marxista,
basados en nuestras definiciones originarias y en
líneas estratégicas ya esbozadas por
Chávez, Crítica bregó por ese
propósito en los últimos cuatro años,
desde que se avizoraba el choque luego corporizado
en la imprevista forma de un golpe de Estado sin resistencia
previa y su fracaso en 47 horas. De manera que ahora
no hay espacio para la duda: no sólo en Venezuela,
sino en cada país al Sur del Río Bravo,
es imperativo respaldar en todos los planos la concreción
de ese plan.
Como
queda dicho, Crítica sostiene la necesidad
de que ese partido, que deberá congregar en
una síntesis superadora todas las fuerzas revolucionarias
de Venezuela, defina en sus conceptos fundantes la
pertenencia a las clases explotadas y oprimidas, la
necesidad de promover y garantizar estatutaria y efectivamente
la participación plena de obreros, campesinos,
jóvenes, intelectuales, artistas, amas de casa,
pequeños productores del campo y la ciudad,
en la conformación y funcionamiento de todos
sus órganos componentes, en la discusión
y resolución de programas y estrategias, en
la promoción y elección de sus direcciones,
todo ello sin confundir democracia con charlatanería
horizontalista y ratificando la necesidad de una efectiva
centralización para la acción.
La
conducta de un partido hacia las masas es una prolongación
de su accionar respecto de su propia base militante.
La democracia interna (imposible de confundir con
aquello que la burguesía denomina con la misma
palabra), es la única garantía de enraizamiento
profundo y constante en el conjunto social sobre el
que se apoya y del cual se nutre. Esto supone plena
libertad para el debate y la crítica; derecho
a tendencia para organizar esos debates en los períodos
previos a Congresos que deberían realizarse
en plazos no superior a los dos años; elección
directa de los representantes desde las bases y en
sucesivos planos, hasta llegar a los y las delegados/as
que elegirán la dirección nacional;
creación de órganos destinados a controlar
la idoneidad y probidad de la membresía y dirección;
y último, pero de primera importancia, política
de educación intensa de cuadros y militantes,
con centro en la historia mundial y nacional de la
lucha de clases, interpretación del mecanismo
de funcionamiento del sistema capitalista, fundamentos
filosóficos del pensamiento revolucionario
y experiencias recientes de los procesos revolucionarios
en América Latina y el Caribe.
No
hace falta repetir que, en nuestra opinión,
esos nuevos partidos de masas en gestación
en la región deben definirse programática
y estratégicamente por el socialismo. Pero
es en cambio imprescindible subrayar que no los entendemos
como partidos revolucionarios marxistas. Por el contrario,
sostenemos que éstas deben ser instancias de
unidad social y política de las masas en el
sentido más amplio y abarcador. Como puede
entender cualquier persona con juicio, en el actual
punto de desarrollo de la conciencia de las masas
latinoamericanas, eso supone no ya la existencia sino
la predominancia de ideologías objetivamente
confrontadas con el materialismo histórico
y la dialéctica materialista. Por lo mismo
que no estamos dispuestos a aceptar que se puede ser
marxista y católico (y en estos 15 años
hemos tenido enfrentamientos teóricos por esa
causa con muy queridos y respetados compañeros
de lucha, de quienes nada ni nadie nos podrá
separar), no podríamos suponer que la expresión
orgánica de masas imbuidas de religiosidad
ostentara definiciones contrarias a esos sentimientos
y creencias. Los partidos en gestación deberán
integrar la pluralidad que objetivamente compone a
las masas populares. Los revolucionarios marxistas
no podemos permitir que se confunda el materialismo
con el idealismo (entendidos estos términos
en el sentido filosófico, que es exactamente
el inverso a su significación corriente en
el habla popular), porque esa concepción teórica
está (o, mejor dicho: ¡debería
estar!) en el punto de partida de todos nuestros análisis,
interpretaciones y decisiones para la acción.
Pero mucho menos podríamos intentar transformar
la realidad social y cultural de nuestros pueblos
con un golpe de mano, como acostumbran a hacer ciertas
sectas y aparatos en asambleas inermes para defenderse
de operaciones de este tipo. Aquella transformación,
por la que bregamos sin descanso ni concesiones, resultará
de la revolución cultural que si bien acompaña
necesariamente a todo proceso revolucionario genuino,
sólo podrá completarse mucho tiempo
después de la victoria sobre el capital, en
un transcurso necesariamente sinuoso en el que la
ciencia supere a la enajenación religiosa,
las supercherías y el trastrueque conceptual
de la cotidianeidad capitalista.
Las y los revolucionarios marxistas, es decir, quienes
se sienten genuinos comunistas, deben asumir esta
obviedad cuyo desconocimiento derivó en el
pasado -y sigue haciéndolo en la actualidad-
en deformaciones incontrolables en todos los planos
de la teoría y política, con nefastas
consecuencias. Es preciso incorporar la idea de que
las y los revolucionarios marxistas deben sostener
posiciones contrarias al mundo conceptual dominante
sin ocultarlas, resignarlas o imponerlas, mientras
redoblan los esfuerzos por educar y persuadir, mediante
la multiplicación de medios de propaganda y
agitación (es decir, de muchas ideas para pocas
personas y pocas ideas para muchas personas).
Esto
supone contar con los instrumentos necesarios para
tales objetivos: revistas, editoriales, periódicos
a todos los niveles, folletos, programas y emisoras
de radio y televisión, portales de internet,
páginas web y boletines por correo electrónico
masivo, salas de teatro, grupos corales, instancias
de educación musical, planes de formación
teórica desde el más elemental al más
alto nivel, etc. Todo lo cual requiere organización,
finanzas y, claro está, disposición
a la militancia y el sacrificio.
Pero
esa tarea, esas instancias organizativas y funcionales,
deberán estar imbricadas y supeditadas a la
edificación, fortalecimiento y afianzamiento
del partido revolucionario que contenga a todos/as
quienes han resuelto enfrentar la opresión
imperialista y la explotación capitalista.
Las
raíces
En
el punto de partida de una fase en la que se moldearán
nuevas organizaciones políticas de masas, cabe
abrir un paréntesis para releer el capítulo
del Manifiesto Comunista donde se explicita la relación
de los revolucionarios marxistas con lo que Marx y
Engels denominaron entonces «los demás
partidos de la oposición», es decir,
las diferentes corrientes confrontadas con el capital
o sus manifestaciones más brutales:
«(Los comunistas) luchan, pues, por alcanzar
los fines e intereses inmediatos de la clase obrera,
pero en el movimiento actual representan al mismo
tiempo el futuro del movimiento. En Francia, los comunistas
adhieren al Partido Socialista Democrático,
contra la burguesía conservadora y radical,
sin por ello abandonar el derecho de mantener una
posición crítica frente a las frases
y a las ilusiones provenientes de la tradición
revolucionaria.
En
Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer la circunstancia
de que este partido consta de elementos contradictorios,
en parte socialistas democrático en el sentido
francés del término, en parte burgueses
radicales.
Entre
los polacos, los comunistas apoyan al partido que
establece la revolución agraria como condición
de la liberación nacional, el mismo que suscitó
la insurrección de Cracovia de 1846.
En
Alemania el Partido Comunista luchará al lado
de la burguesía, en la medida en que ésta
actúe revolucionariamente, dando con ella la
batalla a la monarquía absoluta, a la gran
propiedad feudal y a la pequeña burguesía
reaccionaria.
Pero
todo esto sin dejar un solo instante de laborar entre
los obreros, hasta afirmar en ellos con la mayor claridad
posible la conciencia del antagonismo hostil que separa
a la burguesía del proletariado, a fin de que
los obreros alemanes sepan convertir de inmediato
las condiciones sociales y políticas que forzosamente
ha de traer consigo la dominación burguesa
en otras tantas armas contra la burguesía,
a fin de que, tan pronto sean derrocadas las clases
reaccionarias en Alemania, comience de inmediato la
lucha contra la propia burguesía (...)
En
una palabra, los comunistas apoyan por doquier cualquier
movimiento revolucionario contra las condiciones sociales
y políticas imperantes.
En
todos los movimientos destacan el problema de la propiedad,
cualquiera que sea la forma más o menos desarrollada
que pueda haber adoptado, como el problema fundamental
del movimiento.
Por
último, los comunistas trabajan en todas partes
en pro de la vinculación y el entendimiento
de los partidos democráticos de todos los países.
Los
comunistas repudian el ocultamiento de sus puntos
de vista y de sus intenciones. Declaran francamente
que sus objetivos sólo podrán alcanzarse
derrocando por la violencia todo el orden social preexistente.
Las clases dominantes pueden temblar ante una revolución
comunista. Los proletarios no tienen nada que perder
con ella, salvo sus cadenas. Tienen, en cambio, un
mundo por ganar».
Prueba
a fuego para la vanguardia
En
el punto de encuentro de estos lineamientos y la inspirada
divisa de Simón Rodríguez, «inventamos
o erramos», tomará forma el accionar
de quienes asuman el pensamiento revolucionario marxista
en el próximo período histórico.
Dependiendo
de las circunstancias en cada país se adecuarán
las formas de intervención. Los hombres y mujeres
resueltos a comprometerse en el combate contra la
sociedad de clases estarán en el ojo del huracán
que la crisis del capitalismo mundial desata sobre
la humanidad. Estados Unidos marcha a la guerra contra
nuestros pueblos.
Todas
las líneas de acción destinadas a amarrarle
las garras son justificadas; el concepto general de
frente antimperialista a escala mundial, asumido hoy
por los cuadros principales en los gobiernos de Cuba,
Venezuela y Bolivia (y encarnado en la reciente XIV
cumbre del Movimiento No Alineado), es una clave en
torno a la cual podrá desarrollarse en los
hechos una estrategia de revolución socialista.
Los partidos de masas en gestación constituyen
el escenario privilegiado en el que se deberá
actuar con lucidez y energía, combatiendo a
la vez el sectarismo y la fuerza constante que arrastra
hacia el oportunismo y el conciliacionismo. Para quien
se considere revolucionario/a marxista, no importa
en qué país desarrolle su lucha, esa
labor urge hoy en términos concretos en Venezuela,
Bolivia y México. En Brasil se presenta la
inmensa labor de sostener la unidad social y política
alcanzada en el período anterior por el PT
y puesta en riesgo estratégico hoy por la descomposición
de ese partido y el desprendimiento de fuerzas revolucionarias
que, hasta el momento, no resumen una línea
de acción centrada en la necesidad de impedir
esa brecha por la cual el imperialismo se apronta
a penetrar como una tromba destructiva. El fenómeno
social y político que corporizó en el
PT debe ser rescatado, es un acervo invalorable para
la lucha socialista en todo el continente y no puede
ser malbaratado con desplantes sectarios sin perspectiva
estratégica o temores y vacilaciones frente
a la urgencia de un programa revolucionario para la
acción.
En
América Latina urge forjar una Asociación
en la cual converja y se rehaga a sí mismo
el pensamiento revolucionario universal, como vanguardia
de una era de inmensos desafíos y grandes victorias.
La
liviandad con que en los últimos años
se anunciaron caricaturas de internacionales no debe
dar lugar al chovinismo o la estrechez localista:
la revolución es internacional; internacional
ha de ser el pensamiento y la acción que la
realice. Crítica tiende la mirada sobre sus
primeros 15 años para corregir errores y desviaciones
y afrontar con renovado vigor esa empresa.
Buenos Aires, 16 de
septiembre de 2006.