Desde
hace por lo menos cinco mil años la sociedad
dividida en clases recibe sin cesar la crítica
de los oprimidos y explotados por la vía de
los hechos. En esa dimensión, en ese terreno,
se ubica este intento de penetrar la realidad de nuestro
tiempo.
La
fusión de las luchas sociales del naciente
movimiento obrero industrial con el pensamiento más
avanzado de su época dio lugar al socialismo
científico. Y plasmó un siglo y medio
atrás en un cuerpo teórico denominado
marxismo.
Por
estos días, los sucesos que conmueven a la
región del mundo donde por primera vez la humanidad
intentó dejar atrás su prehistoria,
son manipulados como argumento contra los principios
forjados por aquella conjunción de lucha y
reflexión.
No
es la primera operación en gran escala contra
la herramienta teórica del ansia ancestral
del hombre por vivir sin cadenas. Y no será
la última. Pero como las anteriores y las futuras,
ésta mostrará a poco andar su irremediable
impotencia. Porque no es teórica la base de
la confrontación.
El
argumento de los defensores del statu quo no puede
ser explícito porque no reside en la razón,
sino en la fuerza; no busca la perfección del
ser humano sino que expresa la alineación del
individuo enfrentado por definición con sus
semejantes. Para ellos, por tanto, la teoría
no existe y no debe existir. A cambio de razón
teórica tienen recursos para expropiar antiguos
sueños del hombre cristalizados en palabras
hermosas: democracia, libertad, justicia, que en sus
manos son árboles secos, espectros nocturnos,
estériles, mentira.
En
cambio la razón asiste a quienes sufren la
naturaleza inhumana del capitalismo, a quienes se
rebelan contra él. La interpretación
racional de la realidad es por sí misma un
himno contra la propiedad privada de los medios de
producción, contra la economía de mercado,
contra la doctrina y la práctica del capitalismo,
contra el espectáculo horrendo del mundo contemporáneo.
Por
eso los que sufren y los que se rebelan, deben adueñarse,
aprender a emplear y empuñar con decisión
el arma de la crítica. “Todo lo real
es racional; y todo lo que es racional en la mente
de los hombres será realidad”, decían
los fundadores del socialismo científico. Los
instrumentos teóricos legados por el pensamiento
humano a través de miles de años y corporizados
en el marxismo permiten que la razón desmenuce
la realidad para interpretarla y hacen posible contraponerle
una respuesta que no tiene nada de utópico,
de sueño irrealizable, sino que es precisamente
lo único real, aunque circunstancialmente parezca
lejano e imposible.
Que
lo digan si no aquellos que a la razón que
analizó y condenó la realidad monstruosa
del stalinismo –esa negación práctica
y teórica del marxismo- le opusieron la fortaleza
aparentemente inconmovible del PCUS y la Unión
Soviética, la realidad.
Esa
realidad de hierro y de granito, inapelable e invencible,
se esfumó ante los ojos azorados de quienes
le cantaban loas burlándose de los argumentos
que anunciaban la inexorabilidad de su caída.
Pues bien: ¡que se burlen ahora de los argumentos
que prueban la inexorabilidad de la catástrofe
a la que lleva el capitalismo!
No;
la única verdad no es la realidad, como pretende
el más ramplón de los postulados pseudoteóricos
del pensamiento capitalista. La realidad se mueve,
cambia sin cesar, se transforma constantemente. La
única verdad es la que descubre las leyes de
ese movimiento, interpreta la direccionalidad del
cambio y, así, puede ser actor, protagonista
de la transformación que, desde luego, la afectará
a ella misma. Y esa es, también, la única
libertad, fusionada con la verdad en un todo indisoluble
de pensamiento y acción.
Claro
que no es fácil descubrir las leyes que rigen
el movimiento del mundo de hoy, interpretar el curso
vertiginoso de los acontecimientos y actuar efectivamente
sobre ellos. Tanto menos porque lo que fuera el marxismo
oficial durante décadas, desvirtuó a
tal punto la herramienta que a menudo parece inservible.
La tarea exige esfuerzo, rigor, seriedad. No se parece
en nada al papel de los pontífices que visten
los oropeles del ritual y leen las sagradas escrituras.
Y excede las fuerzas no ya de un individuo, sino de
cualquiera de los equipos conocidos. La necesaria
coincidencia entre quienes desde la defensa del capitalismo
o la apología del marxismo oficial se opusieron,
asistidos por siderales presupuestos y poderosos medios
de difusión, al ejercicio de la crítica
marxista, se combina con los reveses de la lucha revolucionaria
concreta para dificultar al máximo la empresa.
Con esas limitaciones insalvables, ponemos esta arma
en sus manos. O, más precisamente, esta parte
incompleta y sin pulimento del arma que está
en proceso de producción en América
Latina.
En
el marasmo contemporáneo se destacan factores
que no caben en él, que no pierden la serenidad
y no recurren a tirar convicciones por la borda con
la vana esperanza de sortear la tempestad refugiándose
en un rinconcito de la bodega en la nave pestilente
del capitalismo.
Precisamente cuando el oleaje recién anunciaba
su enfurecida embestida, los marxistas que tienen
el mérito y la fortuna de encabezar un pueblo
en la resistencia victoriosa contra el capitalismo,
comenzaron a arrojar lastre y reforzar convicciones,
afinar conceptos teóricos y a afirmar en el
arma de la crítica –como proponían
Marx y Engels- la crítica de las armas que
en sus manos hoy ponen una barrera temible al imperialismo.
La
reivindicación del pensamiento económico
de Ernesto Guevara por parte del Partido Comunista
de Cuba fue el prólogo de un consistente e
ininterrumpido desarrollo de un marxismo vital, arraigado
con impar firmeza en las masas y envarado en una decisión
revolucionaria con pocos precedentes en la historia.
Como hace tres décadas y media, cuando reorganizó
a los sobrevivientes del Granma, Fidel Castro sigue
siendo el alma mater –ahora de todo un pueblo-
en ese salto al futuro de extraordinaria osadía
y coraje. Y de extraordinario realismo.
Pero las islas, ya se sabe, son apenas la parte visible
de montañas sumergidas. Hay decenas de marxistas,
centenares de miles de revolucionarios y decenas de
millones de obreros y campesinos en América
Latina que, expresamente o no, van en la misma dirección
que trazan los comunistas cubanos. Y que forjan organizaciones
y obtienen victorias, como ejemplifica en el más
alto nivel el partido de los Trabajadores de Brasil.
Esta
Crítica de Nuestro Tiempo es fruto directo
de ese fenómeno abarcador, bullente de incógnitas
y contradicciones, de él depende y a él
se remite. Nace justamente de la decisión de
marxistas de todo el continente de pulir y aceitar
el arma de la crítica; de interpretar la realidad
con criterio científico; de afirmar los principios
forjados en el duro yunke de la lucha de clases internacional,
en el mismo momento en que por diferentes vías
acometen la tarea de alcanzar la unidad social política
de los trabajadores latinoamericanos y organizar a
los pueblos del continente para la lucha antiimperialista
y socialista. Se pone en movimiento para ser vehículo
de búsqueda y afirmación, de investigación
y debate, tras el objetivo de recomponer en un nivel
superior las fuerzas humanas, teóricas y organizativas
de los revolucionarios marxistas en América
Latina y el Caribe y de allí a todo el mundo.
Está en sus manos para resistir la ofensiva
del enemigo y preparar la contraofensiva de nuestra
clase y nuestros pueblos.