El
escenario mundial fue sacudido entre 1989 y 1991 por
la conmoción de los fenómenos que culminarían
con la caída de los países de Europa
del Este y la Unión Soviética. El impacto
repercutió en el conjunto de la clase obrera
y pueblos de todas las latitudes, en organizaciones
y partidos. Y disparó teorías sobre
la extinción del proletariado y el fin de las
ideologías. En síntesis el triunfo de
la dominación (en este número aniversario
se hallará un conjunto de artículos
al respecto).
Desde
la primera edición, las páginas de Crítica
asumieron una caracterización neta de la etapa:
crisis capitalista de sobreproducción, lucha
interimperialista entre los principales centros de
poder mundial y el ingreso a uno de los períodos
más reaccionarios en la historia de las luchas
obreras y populares (1).
A contramano de la idea dominante del triunfo final
del capitalismo sobre el mapa del mundo. En medio
de la ofensiva ideológica y política
del imperialismo, la superación del capitalismo
no estaba en la visión de futuro de quienes
serían víctimas de la expropiación
y el saqueo.
Es
así como el dato gravitante hasta la actualidad,
sería la ausencia del proletariado en el centro
del combate con un programa, organización y
perspectiva de lucha por el poder. Por el contrario,
conceptos, análisis y arsenal teórico
de la Revolución serían puestos bajo
la lupa del descrédito apresurado y la posmodernidad
efímera.
Debates cruciales
Pocos
años antes habían quedado planteadas
en el ideario marxista y de las izquierdas las grandes
líneas estratégicas, de plena actualidad,
que configuran los dilemas de la Revolución
y el socialismo.
El
20 de octubre de 1984 el Comité Central del
Partido Comunista de China definió, en el marco
de la reforma de su estructura económica la
necesidad de “instituir un sistema de planificación
en el que se aplique la ley del valor y desarrolle
la economía mercantil socialista”. Y
enfatizaba que “ (..) la economía planificada
por un lado y la aplicación de la ley del valor
y el desarrollo de la economía mercantil por
el otro, no deben excluirse recíprocamente,
sino ir juntos de la mano. Sería erróneo
contraponer lo uno a lo otro” (2).
En la misma dirección el informe del entonces
secretario general al XIII Congreso del PCCH realizado
el 25 de octubre de 1987 proponía “desechar
toda interpretación dogmática del marxismo
así como todo punto de vista erróneo
agregado al marxismo e imprimir, sobre la base de
la nueva práctica, un nuevo desarrollo a la
teoría del socialismo científico”.
Se presentaba como un aporte y un avance en la teoría.
En
el mismo período un sector de la cúpula
y el partido de la Unión Soviética impulsó
(en una pugna de tendencias que abarcaban posturas
procapitalistas, de afirmación stalinista y
virajes socialdemócratas), una profunda reforma
política que revelaría de manera descarnada
la degeneración del sistema imperante. Y fundamentalmente
la implosión del stalinismo como caricatura
del socialismo. 1986 es el año de la Perestroika
(reestructuración), encabezada por Mijail Gorbachov,
secretario general del Partido Comunista de la URSS.
Al romperse la losa burocrática el estallido
múltiple mostró también la ausencia
de organización y dirección genuina
en sentido revolucionario. El avance de la ciencia
y la libertad de pensamiento fueron nudos irresolubles
para la nomenclatura en la competencia con el imperialismo.
La caída de la URSS dejó planteados
los dilemas teóricos, políticos y organizativos
de la transición, los problemas de la democracia
de los trabajadores, es decir, la dictadura del proletariado.
Hacia
1985 Cuba encaró el Proceso de rectificación
de errores y tendencias negativas. El 19 de abril
en el acto central por la conmemoración de
Playa Girón Fidel Castro explicitó el
mecanismo de rectificación. En diciembre de
1986 afirmó: “Los errores y desviaciones
no están llevando a Cuba hacia el socialismo
y el comunismo sino hacia un sistema peor que el capitalismo”.
La rectificación se fundamentó en la
“vuelta al Che” que implicaba un proceso
de movilización de la sociedad, desburocratización
y plena participación. En el centro de las
polémicas lanzadas estaba la oposición
entre el socialismo y el mercado, entre la planificación
y la vigencia del valor capitalista en el funcionamiento
de la sociedad. Los escritos económicos del
Che serían una de las palancas para afrontar
el ciclo que se iniciaba: “entendemos que durante
cierto tiempo se mantengan las categorías del
capitalismo y que este término no puede determinarse
de antemano, pero las características del período
de transición son las de una sociedad que liquida
sus viejas ataduras para ingresar rápidamente
a la nueva etapa. La tendencia debe ser, en nuestro
concepto, a liquidar lo más rápido posible
las categorías antiguas entre las que se incluye
el mercado, el dinero y, por tanto, la palanca del
interés material, o, por mejor decir, las condiciones
que provocan la existencia de las mismas. Lo contrario
haría suponer que la tarea de la construcción
del socialismo en una sociedad atrasada, es algo así
como un accidente histórico y que sus dirigentes,
para subsanar el error, deben dedicarse a la consolidación
de todas las categorías inherentes a la sociedad
intermedia, quedando sólo la distribución
del ingreso de acuerdo al trabajo y la tendencia a
liquidar la explotación del hombre por el hombre
como fundamentos de la nueva sociedad, lo que luce
insuficiente por sí solo como factor del desarrollo
gigantesco cambio de conciencia necesario para poder
afrontar el tránsito, cambio que deberá
operarse por la acción multifacética
de todas las nuevas relaciones, la educación
y la moral socialista, con la concepción individualista
que el estímulo material directo ejerce sobre
la conciencia, frenando el desarrollo del hombre como
ser social” (Sobre el sistema presupuestario
de financiamiento).
Fidel
se pronunció de manera tajante en el XXV aniversario
del asalto al Cuartel Moncada, en diciembre de 1988:
“Lo que sí les puedo decir a los imperialistas
y a los teóricos del imperialismo, que Cuba
jamás adoptará métodos, estilos,
filosofías, ni idiosincrasias del capitalismo.
¡Eso sí lo puedo decir! El capitalismo
ha tenido algunos logros tecnológicos, algunos
logros en organización, hay algunas cosas de
la tecnología, o algunas experiencias organizativas
que pueden utilizarse, ¡pero nada más!
Socialismo y capitalismo son dos cosas diametralmente
distintas, por definición y por esencia”.
Se
trataba de algo más que las paradojas y controversias
de una época.
Estaba
en juego el devenir del pensamiento revolucionario,
sus organizaciones y su estrategia.
La crisis y su impacto
en el pensamiento de izquierda
Tomaremos
algunos de los momentos clave en el debate ideológico
y político y acontecimientos en el curso seguido
por la realidad mundial y latinoamericano-caribeña
en particular, que sepultarían a poco andar
las quimeras de un capitalismo pujante y de un nuevo
orden mundial sustentable. A lo largo de estos quince
años, se desencadenaría la arremetida
guerrera de Estados Unidos y un cambio cualitativo
en el escenario de América Latina y el Caribe.
El socialismo reapareció como horizonte del
siglo XXI. En ese sentido la dinámica seguida
por el Foro de São Paulo (FSP) ha sido un espejo
del recorrido de partidos y organizaciones políticas
en una década y media. En ese encuadre rescataremos
el combate de ideas llevado adelante en las treinta
y tres ediciones de Crítica de Nuestro Tiempo.
Como
hilo conductor tomaremos el recorrido del FSP desde
su potencialidad inicial, al trazar una línea
divisoria frente al imperialismo, hasta su declinación,
cuando las direcciones hegemónicas de fuerzas
fundadoras como el Partido de los Trabajadores de
Brasil (PT) y el Frente Amplio uruguayo fueron ganadas
por la gobernabilidad burguesa (3).
La
respuesta del capitalismo a la etapa de crisis aguda,
el llamado neoliberalismo, se desplegó en el
escenario inédito de la ausencia política
de los trabajadores. Las masas obreras, campesinas,
marginalizadas, las juventudes, las mujeres, los pueblos
originarios, reaccionaron a la crisis desde una situación
de transición en sus representaciones políticas,
sociales y sindicales.
Una
disputa estratégica se abrió por la
conquista de las conciencias de las masas entre la
socialdemocracia, la democracia cristiana y el marxismo.
A la que se sumaría la reaparición del
eclecticismo en todas sus variantes. La protesta surgiría
sin continuidad con el ciclo histórico de luchas
obreras en el continente, ese hilo estaba cortado
y lo estaría por todo un período.
En
el sentido más amplio, la izquierda afrontó
desafíos claves en los años posteriores
al derrumbe de la URSS. La situación de tránsito,
de combates internos y relaciones de fuerzas circunstanciales
alcanzaron perfiles más netos hacia fines de
los 90 y principios del nuevo siglo.
El itinerario del foro
de São Pablo
La
izquierda de América Latina y el Caribe colocó
una línea de diferenciación entre dos
momentos. Su expresión fue el Encuentro de
partidos y organizaciones de izquierda de América
Latina y el Caribe convocado por el Partido de los
Trabajadores de Brasil entre el 2 y el 4 de julio
de 1990 (4). El
otro pilar estaba en el Partido Comunista de Cuba.
El Encuentro fue la reacción de un sector de
la izquierda frente al quiebre, virajes y el revisionismo
de organizaciones y dirigentes de la izquierda en
el mundo que ingresaron de lleno en la conciliación
de clases y/o el oportunismo. Ante ese pasaje a la
ideología dominante uno de los objetivos era
la búsqueda de ejes programáticos y
organizativos comunes.
Desde
la experiencia de la Organización Latinoamericana
de Solidaridad (OLAS) en 1967 motorizada por la Revolución
Cubana, no había surgido un centro de gravitación
con fuerza de masas capaz de realizar un llamamiento
al conjunto. Ese papel lo cumplió el PT brasileño.
Veintitrés años después de aquella
iniciativa otro era el cuadro.
Las
consecuencias del fenómeno dialécticamente
dual de la caída de la URSS permanecen hasta
hoy. El hecho positivo del quiebre de la losa stalinista
fue al mismo tiempo una derrota del proletariado y
oprimidos del mundo. La debacle no fue producto de
las masas organizadas y conscientes en el reclamo
de avanzar en el socialismo. Cabe señalar hasta
dónde el error en esta caracterización
selló la suerte de partidos y organizaciones.
El derrumbe abrió la compuerta al imperialismo
y el aluvión sembró la despolitización
generalizada y el desarme político y moral
de las conciencias y las voluntades en las ideas de
la Revolución y el socialismo.
Estas
discusiones estaban presentes al interior de la mayoría
de las organizaciones y partidos reunidos. La pluralidad
estaba en que grandes fuerzas contenían en
su interior el debate entre reforma y revolución
y en muchos casos la prédica revolucionaria
no era asumida en la acción política.
Las
posturas oscilaban entre quienes veían al capitalismo
fuerte y triunfante y quienes (como las posiciones
vertidas en Crítica), percibían un debilitamiento
estratégico y fortalecimiento coyuntural del
imperialismo. Y el PT, por integrar a todas las corrientes
y tendencias de la izquierda latinoamericana, era
de hecho en aquel momento una síntesis de todo
el arco presente. La convergencia se daba también
en un momento en el cual Estados Unidos delineaba
el mercado único de Alaska a Tierra del Fuego,
bajo su control.
Este
Encuentro y los subsiguientes se convirtieron en un
termómetro de los cambios en las relaciones
de fuerzas sociales y políticas en el continente,
del devenir contradictorio de muchas de las organizaciones
componentes y de la situación abierta con la
irrupción de la Revolución Bolivariana
a fines de los 90, la conformación del Foro
Social Mundial a comienzos del nuevo siglo y la llegada
al gobierno de partidos como el PT y el Frente Amplio
en Uruguay. Con un nuevo hito en enero de 2006: el
acceso a la presidencia de Evo Morales en Bolivia.
Cuba ha expresado, en soledad (acompañada por
organizaciones y equipos de envergadura política
dispar), la defensa del cuerpo ideológico-teórico-político
creado por los trabajadores del mundo a lo largo de
dos siglos y la defensa de una sociedad donde el lucro
no es el eje de la vida.
La
segunda reunión de partidos y organizaciones
de izquierda, en México, donde tomaría
el nombre de Foro de São Paulo, tradujo un
cambio significativo. La idea de que se asistía
a una victoria del capitalismo estaba en el centro
de las polémicas, junto al desconcierto por
el supuesto fracaso del socialismo, se creía
asistir a una era de crecimiento y estabilidad en
el marco imbatible e inapelable del sistema burgués.
El reformismo crecía en organizaciones que
ingresaban el campo político luego de años
de lucha militar como el FMLN, el FSLN y la noción
de democracia sin contenido de clase ganaba espacio,
avanza en la formulación y en la práctica
política de partidos y dirigencia.
El
clima imperante en la reunión del FSP en Nicaragua,
al año siguiente, era distinto. Los datos confirmaban
que las democracias no se profundizaban. Venezuela
era un paradigma, con Carlos Andrés Pérez,
el gran exponente de la socialdemocracia, desencadenó
con su política el Caracazo. Haití y
Perú sumaban a una dinámica de conflictividad
creciente. La Declaración de Managua consolidó
al FSP como organización regional estable de
carácter antiimperialista y en sentido global
anticapitalista. Pero marcó la tensión
entre posturas reformistas y revolucionarias y mantuvo
un equilibrio, ante la imposibilidad de prevalencia
de una posición sobre la otra. Con todas sus
debilidades, la importancia del FSP estaba en el hecho
mismo de su existencia y muy especialmente en la decisión
de un conjunto heterogéneo ideológica
y políticamente de no alinearse con el enemigo
imperialista. Sin duda las imágenes de la guerra
de Irak en 1991, como antesala de un porvenir no lejano,
contribuyeron a empujar a fuerzas reformistas y populistas
a una convergencia con organizaciones revolucionarias.
Si
bien desde el comienzo participaron fuerzas de distintos
continentes, toda la izquierda mundial estuvo presente
en Managua. No existía en esa fecha organización
ni centro político capaz de generar un acontecimiento
de esas dimensiones. Estaban en curso los procesos
de paz en El Salvador y Guatemala, intentos en Colombia,
frente a los cuales el FSP decidió participar
y enviar delegaciones. Era una voz antiimperialista
en el escenario internacional, con una clara definición
contra la política de intervención de
Estados Unidos.
La
reunión en La Habana en 1993 marcó un
punto de inflexión en varias direcciones. Así
como la primera reunión en San Pablo había
estado signada por el derrumbe del socialismo real,
el de México por la sensación de un
capitalismo triunfante, el desarrollo sustentable
y una estabilidad global, en Managua ese análisis
fue desdibujado por el hecho palpable de la recesión
en los países desarrollados y su manifestación
en los países del Tercer Mundo, en Cuba el
signo político estuvo dado por la posibilidad
real de que partidos integrantes del FSP accedieran
al gobierno. Era el caso del PT y el Frente Amplio
uruguayo. 112 partidos y organizaciones de izquierda
de América Latina y el Caribe, 72 observadores
e invitados de América del Norte, Europa, Asia
y África estuvieron presentes en las jornadas.
Cuba
atravesaba el período especial, particularmente
difícil y riesgoso. En ese momento se implementaba
la despenalización de la tenencia de divisas
y el propio Fidel fue claro al señalar que
no estaban avanzando en el socialismo, sino que se
trataba de defender “las conquistas del socialismo”.
Dos
ejes fueron predominantes en los debates: el enfrentamiento
al neoliberalismo y la solidaridad con Cuba. Los temas
abordados en La Habana han sido líneas de debate
y acción en todo el continente: el costo social
del ajuste, la desregulación del Estado, las
privatizaciones, la deuda externa, las consecuencias
del desmantelamiento de la salud, la educación,
el desempleo, el saqueo de las riquezas naturales
y el patrimonio nacional (gas, petróleo, agua).
Temáticas traducidas en la multiplicación
de la lucha del movimiento de masas en todas las geografías.
Una Declaración firmada por las mujeres participantes
del FSP retomó discusiones precedentes y puso
en evidencia el mantenimiento de la cultura patriarcal
en partidos y organizaciones de la izquierda latinoamericana
y caribeña. Los delegados, mayoritariamente
masculinos, no reflejaban la participación
plena de las mujeres en las luchas de América
Latina y el Caribe. La problemática sería
asumida a partir de entonces en los Foros subsiguientes.
En
su intervención en el Foro, Fidel enfatizó:
“La batalla prioritaria es –a mi juicio-
derrotar al neoliberalismo, porque si no derrotamos
al neoliberalismo desaparecemos como naciones, desaparecemos
como Estados independientes y vamos a ser más
colonia de lo que nunca lo fueron los países
del Tercer Mundo”.
El
V Encuentro del FSP realizado en Montevideo en mayo
de 1995 tuvo como antecedente la irrupción
zapatista el 1º de enero de 1994 en la localidad
mexicana de Chiapas, en paralelo a la firma del Tratado
de Libre Comercio entre Estados Unidos, México
y Canadá. La coincidencia expresaba la reaparición
del reclamo social en el nivel de confrontación
de las armas y la voluntad de lucha nunca acallada.
Retomaba un debate que colocaría en el centro
la cuestión del poder. Contradictoriamente,
el zapatismo habría de potenciar una línea
de pensamiento que llegaría a teorizar la perspectiva
de que no hay que tomar el poder.
La
denuncia de la deuda externa que estuviera diluida
y tildada por las vertientes socialdemócratas
de voluntarismo y ulraizquierdismo reapareció
con virulencia. Un tema central (y premonitorio de
la situación vivida hoy especialmente por el
PT y el Frente Amplio) fueron las discusiones acerca
del callejón sin salida que deberían
enfrentar las fuerzas con posibilidad de alcanzar
el gobierno si no estaban dispuestas a tomar medidas
anticapitalistas. El FSP trasuntaba la temperatura
de las luchas sociales incrementadas en el continente.
No obstante, la tensión en la relación
de fuerzas internas se mantenía. La idea no
saldada de “profundizar la democracia”
desde fuera o dentro de gobiernos burgueses (que equivale
al compromiso con la política del enemigo)
reaparecía una y otra vez.
Otro
emergente detonaba, aún imperceptible para
la mayoría de las corrientes marxistas y de
izquierdas del continente. En Crítica nº
11 de julio-septiembre de 1995, señalábamos,
bajo el título “Las fuerzas armadas en
el nuevo escenario continental”: “A fines
de 1994 el teniente coronel Hugo Chávez, conocido
por haberse levantado en armas contra el gobierno
socialdemócrata de Carlos Pérez en 1992,
visitó Cuba. En Argentina Chávez ha
sido presentado como la expresión venezolana
de los militares ultraderechistas comandados por Mohamed
Seineldín y Aldo Rico, conocidos como carapintadas
(NR: por haberse alzado con las caras pintadas contra
el gobierno constitucional de Raúl Alfonsín
entre 1988 y 1990). El discurso que se reproduce a
continuación, así como diversas manifestaciones
suyas en una reciente visita a Argentina, indican
que se trata de un fenómeno diferente. El carácter
específico de ese fenómeno está
aún por verse. No cabe duda, en cambio, que
se trata precisamente de un caso particular que se
inscribe en un fenómeno necesariamente general,
que con características particulares tomará
cuerpo en todo el continente. La omisión de
este dato de la realidad es un signo de la singular
pérdida de perspectiva estratégica de
buena parte de la izquierda latinoamericana. No es
el caso de Fidel Castro, que en su discurso de bienvenida
al militar venezolano replantea, en las condiciones
concretas de la realidad continental de fin de siglo,
la conducta clásica de los revolucionarios
marxistas frente a estas expresiones de resquebrajamiento
del aparato estatal burgués”.
El
Salvador fue la sede del VI Encuentro del FSP en julio
de 1996 con la temática de la crisis y las
alternativas al neoliberalismo, pero fue en agosto
de 1997 en el Encuentro de Porto Alegre donde recrudeció
la polémica entre el reformismo y el proyecto
revolucionario. Una fase se había cumplido
desde la caída de la URSS, cuando se precipitaba
el abandono de principios y el aislamiento. Porto
Alegre fue revelador por lo que indicaba respecto
al desenvolvimiento de partidos con fuerte caudal
electoral. En Montevideo un debate duro había
sido el concepto de “fortalecer el Estado”,
en contraposición al supuesto propósito
neoliberal de debilitarlo. En aquella ocasión
fue eliminada la expresión de la Declaración
Final.
La
polémica no era menor. La sola propuesta de
fortalecer el Estado lleva a ingresar al terreno de
la conciliación de clases y cambiar la estrategia
de la revolución por la de reforma. A dos años,
la necesidad de partidos con peso electoral de plantear
un programa de gobierno sin romper el marco del sistema
provocó la introducción del concepto.
Con una aceleración de actitudes tendientes
a replantear drásticamente el carácter
del FSP o incluso reemplazarlo. Tal fue el caso del
Partido Socialista de Chile que, aun cuando no asistió
a Porto Alegre, en un Encuentro previo de ese arco
afín de ideas planteó el imperativo
de asumir una política de alianzas con fuerzas
políticas denominas de centro y centroderecha
para facilitar el acceso al gobierno en varios países.
Si bien el intento no prosperó, esa ofensiva
estaba abierta y tenía peso real.
Un
cambio se verificaba en relación con la etapa
inicial del FSP. Si la realidad vigente desde fines
de los 80 hizo imprescindible buscar la convergencia
en la diversidad más amplia del campo de las
izquierdas, a fines de los 90 era imperativo eludir
toda ambigüedad y trazar una línea de
diferenciación neta. Las fuerzas integrantes
del FSP presentaban dos campos en conflicto: aquellas
comprometidas con la “gobernabilidad”
en el marco del sistema vigente y, las que asumían
una estrategia contra el capitalismo. El desafío
estaba para las corrientes revolucionarias, la necesidad
de articular una línea política de masas
para plantarse como opción ante los pueblos
acosados por la crisis capitalista. Permanecía
como un rasgo del FSP desde sus comienzos, el hecho
de que la bandera de la revolución estaba como
expresión de sectores internos de partidos
cuyas direcciones alineaban un compromiso cada vez
mayor con la política conciliacionista. La
gran tarea del período era convertir esa decisión
en fuerza organizada y capacidad de acción
a nivel continental.
El
escenario en que discurrían los debates estaba
atravesado por la permanencia de las FARC colombianas,
el levantamiento zapatista, los posibles triunfos
electorales de la izquierda en Suramérica,
la incorporación del movimiento revolucionario
centroamericano a la participación político
partidaria, con logros importantes en la representación
parlamentaria (Nicaragua, El Salador, Guatemala),
la fuerza de organizaciones campesinas como el Movimiento
Sin Tierra de Brasil y análogas en Paraguay,
Ecuador, entre otras.
Renacer antimperialista
En
mayo de 1998 reapareció el fenómeno
de la insurrección revolucionaria. Indonesia
fue el foco. Como reacción a la aplicación
de las medidas del Fondo Monetario Internacional (FMI),
los estudiantes universitarios tomaron la vanguardia
del movimiento social a los que se sumarían
obreros y campesinos.
India
y Pakistán demostraron la inconsistencia de
las argumentaciones que contraponían el proceso
de globalización a la existencia misma de los
Estados nacionales. India fue la prueba de que bajo
control imperialista los avances en la internacionalización
(propio del capitalismo desde su génesis),
lejos de unificar al mundo lo fractura y lejos de
borrar las cuestiones nacionales las exacerba. Lejos
de neutralizar la lucha antiimperialista la coloca
en un plano central. Las explosiones nucleares en
India seguidas por las de Pakistán y el lugar
de China como potencia creciente, replantearon el
cuadro de situación internacional en una dinámica
de choque acelerado en términos de imperialismo-nación.
Meses
después ocurría otro tembladeral en
la escena mundial. El 27 de octubre de 1998 irrumpió
la crisis del sudeste asiático. La contraofensiva
ideológica del imperialismo había tenido
hasta entonces un apoyo material.
La
aparición de los “países emergentes”
parecía dar respaldo en algún punto
a los defensores del capitalismo. El desplome de Tailandia,
seguido por Malasia, Indonesia, Filipinas, Korea del
Sur, Taiwan, culminado con la crisis en Hong Kong,
puso una lápida a la imagen de los “tigres
asiáticos” como alternativa para los
países atrasados y dependientes. Se desplomaba
el espejismo de crecimiento con profundización
de la democracia y desarrollo sustentable. Por el
contrario, la expresión del entonces presidente
de la Reserva Federal de Estados Unidos, Alan Greenspan,
“exhuberancia irracional de los mercados”,
daba cuenta de la burbuja de la especulación
financiera. La eclosión de esos países
abrió la posibilidad de retomar la iniciativa
en la lucha ideológica en otro plano. La oleada
de sentimiento antiimperialista que invadió
esa región se desplazaría hacia América
Latina.
Fue
precisamente en América Latina donde hizo punta
con el fenómeno político de la Revolución
Bolivariana, con Hugo Chávez en la presidencia.
Un claro indicador de una realidad latente, con su
especificidad, en todos los países del continente:
la crisis de los partidos burgueses y una nueva situación
del movimiento popular. El centro gravitante con peso
movilizador de masas pasaría a centrarse cada
vez más en Venezuela. Por su parte Cuba podía
mostrar la victoria de su resistencia. Una derrota
más de Estados Unidos y lacayos políticos
e intelectuales que vaticinaron el derrocamiento de
Fidel y el quiebre del socialismo cubano.
Como
contrapartida y con efectos negativos sobre todas
las fuerzas políticas del continente se consumaría
el viraje del PT de Brasil. El giro a la derecha que
el sector hegemónico de su dirección,
iniciado en 1995 (luego de la derrota electoral a
manos de Fernando Henrique Cardoso), llegó
al punto de transgredir lo que había sido una
regla inamovible en la tradición petista, la
democracia interna.
El
programa de gobierno del PT ingresó a la “gobernabilidad”,
con bases pseudodesarrollistas, en una clara apertura
hacia la burguesía brasileña. La izquierda
no pudo alcanzar su cohesión ni unificarse
detrás de una política común
que pudiera contraponer la dinámica de la mayoría.
Esa limitación se extendió a la imposibilidad
de llevar adelante una tarea que surgía como
necesidad de la etapa: convocar a sus pares latinoamericanas
y caribeñas a un proceso de recomposición.
La
imposibilidad de convivir en un mismo partido se hizo
manifiesta aún cuando la ruptura, llegaría
luego de que el PT asumiera el gobierno con la figura
de Lula como presidente en enero de 2003. En definitiva,
cuando comenzara a implementar el programa económico
de la burguesía.
Otro escalón en
la afirmación teórica
En
el marco de los 40 años de la Revolución
Cubana, Fidel se ubicó una vez más en
el centro de la lucha teórico-política
frente al tema de la globalización al explicar
que era un fenómeno “inexorable”.
El problema estaba en el signo capitalista del fenómeno
globalizador. Y definió como perspectiva emancipadora,
la globalización socialista. De ahí
que crear conciencia y la batalla de ideas serían
parte de los grandes desafíos históricos.
El
13 de diciembre de 1997 en el X período de
sesiones de la IV Legislatura de la Asamblea Nacional
del Poder Popular en el Palacio de las Convenciones
expresó que: “la globalización
es un fenómeno inevitable. Eso es el resultado
de la tecnología, de los medios modernos de
transporte, de comunicación, de los avances
científicos del mundo (..) no somos nacionalistas,
no es el nacionalismo nuestra idea esencial aunque
sí amamos profundamente nuestra patria. Nos
consideramos internacionalistas y el internacionalismo
no está reñido con el amor a la patria,
con la tierra que ve nacer al ser humano. Hablaba
por eso de la identidad. Ni el amor a la tierra en
que se nació es incompatible con un mundo unido
y con una globalización, de otro carácter
que yo llamaré socialista”.
Desde
México la réplica fue planteada por
el zapatismo en la figura de su dirigente Marcos:
“¡Silencio! Nada se puede hacer, es la
fatalidad de la globalización imponiéndose
en silencio inapelable y en religioso conformismo.
No debe preocuparnos que esta resignación ya
ha llegado hasta La Habana, sino que la destrucción
de las Naciones, (que aparejada, esa sí irremediablemente
a la globalización) se nos presenta como algo
evidente, natural, incuestionable y sin contradicciones”.
No es un debate nuevo. La contraposición entre
entender la tendencia del sistema a la ampliación
constante del mercado como algo inherente al capitalismo,
o afirmarse en el carácter regresivo de la
defensa de los localismos (lo que no implica como
señala Fidel desafección ante las propias
raíces), no sólo pone en juego la cuestión
teórica del funcionamiento objetivo del capitalismo,
sino que tiene un correlato político, el localismo
deviene regresivo en el planteamiento de la cuestión
del poder.
En
la Ideología Alemana, Marx y Engels analizaban
en 1846 la internacionalización del mercado
y el avasallamiento del capital de todo localismo:
“(..)
este desarrollo de las fuerzas productivas (que entraña
ya, al mismo tiempo, una existencia empírica
dada en un plano histórico-universal, y no
en la vida puramente local de los hombres) constituye
también una premisa práctica absolutamente
necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría
la escasez, y por tanto, con la pobreza, comenzaría
de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable
y se recaería necesariamente en toda la inmundicia
anterior, y, además, porque sólo este
desarrollo universal de las fuerzas productivas lleva
consigo un intercambio universal de los hombres, en
virtud de lo cual, por una parte el fenómeno
de la masa desposeída se produce simultáneamente
en todos los pueblos (competencia general), haciendo
que cada uno de ellos dependa de las conmociones de
los otros y, por último instituye a individuos
histórico-universales, empíricamente
mundiales, en vez de individuos locales. Sin esto,
1) el comunismo sólo llegaría a existir
como fenómeno local; 2) las mismas potencias
del intercambio no podrían desarrollarse como
potencias universales y, por tanto insoportables,
sino que seguirían siendo simples circunstancias
supersticiosas de puertas adentro, y 3) toda ampliación
del intercambio acabaría con el comunismo local
(..) Por tanto, el proletariado sólo puede
existir en un plano histórico-mundial, lo mismo
que el comunismo, su acción, sólo puede
cobrar realidad como existencia histórico-universal.
Existencia histórico-universal de los individuos,
es decir, existencia de los individuos directamente
vinculada a la historia universal”.
Fin de una era política
A
diferencia de 1991, aparecía con mayor nitidez
y los hechos lo avalaban, que lo que estaba en crisis
era el capitalismo. Y se abría otra oportunidad
en la perspectiva revolucionaria.
Tres
hechos delineaban la dimensión de los cambios
en el terreno internacional: la guerra contra Yugoslavia,
lanzada el 24 de marzo de 1999, era la guerra en el
corazón de Europa, el polvorín de los
Balcanes y el cambio de naturaleza de la Organización
del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) el 24
de abril de ese año. La conversión de
la OTAN, luego de cincuenta años, implicaba
que ampliaba su jurisdicción a todo el mundo
y, de instrumento militar defensivo, pasaba a ser
fuerza ofensiva.
En
terreno latinoamericano, la sublevación de
masas en Ecuador puso al Estado al borde de la desarticulación.
Mostró también la necesidad de dar cauce
político a los movimientos sociales e hizo
resurgir los debates en torno a la noción histórica
de la inviabilidad de una revolución conducida
por fracciones de la burguesía. Y Venezuela
sepultaba, el 6 de diciembre de 1998 a los dos partidos
que durante cuarenta años habían gobernado
el país. Como parte de su estrategia revolucionaria
Chávez daría nuevo vigor a la OPEP.
El vaciamiento de las instituciones corruptas y de
la estructura partidaria vigente, habría de
explotar de distintas formas en todos los países.
Además, la asunción durante las últimas
dos décadas del programa de crisis capitalista
por parte de los movimientos burgueses nacional-populistas
(PRI en México, el APRA en Perú, el
MNR en Bolivia, el puntofijismo en Venezuela, el peronismo
en Argentina), precipitó la desagregación
de estas organizaciones. El caso ejemplificador sería
el quiebre de Argentina en todos los planos, económico,
político-institucional, cultural, moral, en
diciembre de 2001.
Las
sesiones del X Encuentro del Foro de São Paulo
en Managua, capital de Nicaragua en febrero de 2000,
tuvieron esa convulsión como escenario. A diez
años de su constitución, la importancia
del FSP estaba en haberse sostenido a lo largo de
la década del saqueo imperialista de los 90.
El tema controversial fue la conformación de
alianzas progresistas en un cuadro donde el agravamiento
de la crisis económica impedía sostener
la ficción democrática. Se trataba del
agotamiento neoliberal como cuerpo conceptual y receta
económica y la búsqueda de reemplazo
rescataba fórmulas keynesianas.
Hacia
mediados de 2000 comenzaba a gestarse un nuevo eje
político en América Latina: Venezuela
y Brasil iniciaban la búsqueda de una convergencia
suramericana. En especial frente a la ofensiva imperialista
de control anexionista de los mercados latinoamericanos
y caribeños a través del ALCA y el Plan
Colombia como mecanismo de militarización a
manos de Estados Unidos.
Como
expresión de las formas de resistencia de los
años 90, en especial las manifestaciones de
protesta de Seattle en 1999 y los movimientos antiglobalización
(neoliberal) en Estados Unidos y Europa, una diversidad
de organizaciones, culturas políticas, movimientos
campesinos, de juventud, de mujeres, neoanarquistas,
ONGs, intelectuales, una pluralidad ideológica
convergió en las calles de manera paralela
a las reuniones de la ONU y otros organismos multilaterales.
Fue la antesala del Foro Social Mundial (FSM), idea
nacida en Europa en el año 2000 (por iniciativa
de una franja de la socialdemocracia europea y apoyo
de gobiernos de la Unión Europea). La primera
sede fue la ciudad brasileña de Porto Alegre
en enero de 2001. Se trataba de una instancia de confluencia
social, no de partidos o dirigencia política.
Su declaración de principios definía
al FSM como instancia de coordinación descentralizada
y en red. La restricción a la política
partidaria y movimientos de liberación armados,
generó conflictos, como la prohibición
de la presencia de Fidel Castro y de las FARC colombianas,
afirmados en la naturaleza pacífica de los
principios del FSM. Era el reflejo de la despolitización,
las visiones antipartido y antiorganización,
la falsa polarización entre lo social y lo
político, que ganaron a amplios sectores militantes,
de las juventudes y pequeña-burguesía.
No obstante, la dinámica latinoamericana introdujo
rápidamente la necesidad de pronunciarse ante
la agresión imperialista, puso en cuestión
el papel del FSM como mero laboratorio de ideas y
espacio folklórico y la urgencia de organizarse
para afrontar los retos del momento.
El
Foro de São Paulo realizado en diciembre de
2001 en Cuba tuvo como escenografía el atentado
terrorista del 11 de septiembre de ese año
a las torres del Centro Mundial del Comercio en Nueva
York. El golpe en el núcleo del poder económico
y con peso simbólico decisivo, trastocó
la imagen del imperialismo en todo el mundo en tanto
potencia invulnerable. Estados Unidos perdía
la iniciativa y comenzaba a retroceder, lo que no
significaba desconocer la magnitud de su fuerza. Los
atentados desencadenarían la represalia militar
y la espiral guerrera estadounidense. Las imágenes
de víctimas civiles y del pueblo de Estados
Unidos, a fuego cruzado entre la práctica del
terror y el imperialismo que los gesta y alimenta,
puso a prueba definiciones teóricas y políticas
decisivas, la distancia entre la política marxista
revolucionaria y el terrorismo.
El
gobierno de Cuba, el Partido Comunista cubano y Fidel
tomaron posición de inmediato. El 22 de septiembre
de 2001, en un discurso pronunciado en la Tribuna
Abierta de la Revolución en San Antonio Baños,
Fidel expresó: “Cualesquiera que fuesen
las causas profundas, los factores de orden económico
y político y los grandes culpables que lo trajeron
al mundo, nadie podría negar que el terrorismo
constituye hoy un peligroso fenómeno, indefendible
desde el punto de vista ético, que debe ser
erradicado. Es comprensible el estado de irritación
unánime por el daño humano y psicológico
causado al pueblo norteamericano por la muerte sorpresiva
e insólita de miles de inocentes ciudadanos,
cuyas imágenes estremecieron al mundo. ¿En
beneficio de quiénes? De la extrema derecha,
de las fuerzas más retrógradas y derechistas,
de los partidarios de aplastar la creciente rebeldía
mundial y arrasar con todo lo que quede de progresista
en el mundo. Fue un enorme error, una colosal injusticia
y un gran crimen, sean quienes fueren los organizadores
y los responsables de tal acción”.
El
29 de septiembre, en Ciego de Ávila ratificó
que: “El terror fue siempre instrumento de los
peores enemigos de la humanidad para aplastar y reprimir
la lucha de los pueblos por su liberación.
No puede ser nunca instrumento de una causa verdaderamente
noble y justa. A lo largo de la historia, casi todas
las acciones por alcanzar su independencia nacional,
incluidas las del pueblo norteamericano, se llevaron
a cabo mediante el empleo de las armas, y nadie cuestionó
ni podría cuestionar jamás ese derecho.
Pero el empleo intencionado de las armas para matar
a personas inocentes como método de lucha es
absolutamente condenable y debe ser erradicado como
algo indigno e inhumano, tan repugnante como el terrorismo
histórico de los Estados opresores”.
Consciente
de los “oscuros nubarrones” que se divisaban
“en el horizonte del mundo” explicitó:
“No hablo en nombre de país alguno del
mundo pobre y subdesarrollado. Lo expreso por convicción
profunda y a partir de la tragedia que sufren estos
pueblos, que fueron explotados y humillados durante
siglos y donde, aun sin guerra, la pobreza y el subdesarrollo
heredados, el hambre y las enfermedades curables matan
a millones de personas inocentes cada año.
Para esos pueblos, salvar la paz con dignidad, con
independencia y sin guerra es piedra angular de la
lucha que unidos debemos librar por un mundo verdaderamente
justo de pueblos libres”.
El
mundo asistía al agotamiento de la ofensiva
estratégica del capitalismo imperialista lanzada
hacia fines de los 70, victoriosa a fines de los 80
y dominante en los 90. Culminaba el período
en que la burguesía imperialista estadounidense
pudo mostrarse al mundo como defensora de la democracia
burguesa.
La
amenaza de nuevos atentados, permitió al gobierno
de Estados Unidos justificar el recorte de las libertades
civiles y democráticas dentro del mismo país.
Los atentados y la respuesta del imperialismo humillado
trazaron una frontera entre dos períodos. Ahora
marchaba, sin máscaras, tras la bandera de
la guerra (5).
La
escalada, multifacética, se expresó
en la invasión y bombardeos a Afganistán
e Irak, el desembarco militar pasó a ser “guerra
preventiva” y el asesinato de personas “daños
colaterales”. La amenaza sistemática
se extendió a Siria, Irán, Corea del
Norte, ubicados en una lista de condenados como “ejes
del mal”. La Triple Frontera (Argentina, Brasil
y Paraguay), Cuba, Venezuela, Bolivia, ingresarían
con premura al circuito de zonas y países demonizados.
Para Medio Oriente y Líbano estaba listo el
brazo armado del Estado de Israel. Los detenidos en
Guantánamo, la masacre en la población
irakí de Hadita, las cárceles de Abu
Ghraib y las prisiones secretas de la CIA en Europa,
han sido la muestra de la ignominia y la decadencia
del imperialismo de Europa y Estados Unidos. Una vez
más, el imperialismo ratificaba la imposibilidad
material de resolver la crisis de sobreproducción
sin apelar a la violencia. Vale recordar el análisis
de Marx y Engels en el Manifiesto comunista de 1848
al señalar respecto a las crisis de sobreproducción:
“¿Cómo se sobrepone a las crisis
la burguesía? De dos maneras. Destruyendo violentamente
una gran masa de fuerzas productivas, por la conquista
de nuevos mercados y la explotación más
intensa de los antiguos. ¿De qué modo
lo hace pues? Preparando crisis más extensas
y más violentas y disminuyendo los medios de
prevenirlas”.
En
los debates del FSP en La Habana este ciclo estaba
en sus comienzos. Con la participación de 513
delegados e invitados los ejes fueron la defensa de
los cinco patriotas cubanos presos en las cárceles
de Estados Unidos, el auge de los sentimientos antiimperialistas
a nivel mundial, la reiteración de la condena
a las consecuencias catastróficas del neoliberalismo
y en especial el rechazo al ALCA. Y el apoyo necesario
para el gran emergente: la Revolución Bolivariana.
A propuesta del delegado de la Unión de Militantes
por el Socialismo de Argentina, el FSP discutió
y aprobó el envío de una Comisión
a Caracas, decisión que nunca se concretaría.
La
condena al terrorismo precipitó la discusión
sobre la no criminalización de los movimientos
populares y de liberación por mejores condiciones
de vida, la independencia y la soberanía de
sus pueblos. En esa dirección se planteaba
que la lucha que han desarrollado el FSLN de Nicaragua,
el FMLN en El Salvador, las FARC en Colombia, no es
terrorismo. Hubo un gran peso de la apelación
a no abandonar los principios y evitar caer en la
postura de hacer a la izquierda potable para Estados
Unidos y los dueños de los capitales locales.
Suramérica como
vanguardia internacional
El
11 de abril de 2002 Estados Unidos apuntó de
manera directa a Venezuela y con el brazo ejecutor
de la burguesía y la oligarquía venezolanas
promovió un golpe de Estado. En solo dos días,
una movilización popular revirtió el
golpe. Una derrota para Estados Unidos, que se reiteraría
entre diciembre de ese año y febrero de 2003,
cuando la acción convergente de trabajadores,
población y fuerzas armadas, quebrara el sabotaje
petrolero.
El
viernes 12 de abril de 2002 Crítica de Nuestro
Tiempo había convocado a un acto en la Facultad
de Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires
(UBA) como parte de un plan de difusión de
la realidad venezolana que contrarrestara la manipulación
de los medios de comunicación y el desdén
de las izquierdas frente a la revolución en
curso. La actividad en Buenos Aires se convirtió,
con más de 500 participantes y un arco de personalidades
de la política, la cultura y la intelectualidad,
en el repudio a los hechos golpistas, la defensa de
la democracia bolivariana y la exigencia de resguardar
de la vida del presidente Chávez. A los quince
días, organizado también por Crítica,
tendría lugar en el Auditorio del Rectorado
de la UBA una Conferencia a cargo de Guillermo García
Ponce, coordinador en ese momento del Comando Político
de la Revolución. Chávez había
sido restituido por la respuesta movilizadora y popular.
La lección del pueblo venezolano representó
un ejemplo de incalculable valor y una victoria inapelable
frente a Estados Unidos.
El
nuevo cuadro de situación se expresó
en los debates de partidos y organizaciones del Foro,
pero paradojalmente el nuevo clima se reflejaba en
un desplazamiento de fuerzas importantes hacia la
gobernabilidad y la conciliación. En diciembre
de 2002, el XI Encuentro del FSP en Guatemala iniciaba
la segunda década de su existencia. El documento
base, estaba muy lejos de una propuesta de confrontación
acorde con la situación imperante; planteaba
una visión latinoamericana, retomaba los datos
de la crisis, el peso de la deuda externa, la “inviabilidad
neoliberal y la necesidad de un nuevo orden justo
y capaz de habilitar un desarrollo equilibrado y ecológicamente
sustentable”. Aun así, la certeza de
que Estados Unidos colocaba al mundo al borde de la
guerra, remarcó la postura por la lucha por
la paz, la soberanía nacional y la autodeterminación
de los pueblos, junto a la consideración de
la crisis en Argentina y en la región Sur.
Las perspectivas abiertas para las fuerzas progresistas
en el terreno electoral estaban en primer plano. La
reunión estaba impregnada por el acceso de
Lula al gobierno brasileño y el tono dominante
era la gobernabilidad. Y el FSP era saludado como
“embrión de un nuevo y democrático
poder mundial de la sociedad civil organizada”.
Las tensiones al interior entre este avance y las
expresiones que persistían en una línea
revolucionaria, se tradujo en la imposibilidad de
reunir al FSP hasta julio de 2005, nuevamente en San
Pablo.
La unidad suramericana
El
avance ideológico y político de la Revolución
bolivariana aceleró el fenómeno en curso
de la convergencia de un bloque de países objetivamente
contrapuesto a Estados Unidos en la región.
El punto de partida de esa transición no expresaba
la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia
revolucionaria marxista a la crisis del sistema capitalista.
No era el resultado de la clase trabajadora para sí.
Los cambios que determinaron el viraje del curso político
general de la región, han tenido en su base
la reacción de las burguesías locales
ante el avance del imperialismo sobre su apropiación
de la plusvalía. Y han expresado la presión
desigual por su nivel de unidad, conciencia y organización,
de las masas latinoamericanas. Es esta realidad compleja
la que se expresó en las victorias contra Estados
Unidos: el fracaso del ALCA en la Cumbre de las Américas
en noviembre de 2005 en Mar del Plata (con la presencia
de Chávez en el Estadio marplatense en un acto
político de masas, la realización simultánea
de la Cumbre de los Pueblos y una marcha multitudinaria
contra Bush); la creación de una aún
débil Comunidad Suramericana de Naciones; y
el ingreso de Venezuela al Mercosur en la reunión
de mandatarios en Córdoba en julio de este
año.
La
asunción de Evo Morales a la presidencia de
Bolivia, sumó una cabeza más a la perspectiva
revolucionaria. Un ejemplo contundente fue la decisión
del mandatario boliviano, de nacionalizar este año
los recursos energéticos en una fecha simbólica
para la clase trabajadora: el 1º de mayo. Disparó
así el debate sobre la recuperación
de las riquezas naturales, en especial el petróleo
en los pueblos del Sur.
El
imperialismo respondió con múltiples
presiones en todos los planos para doblegar gobernantes,
funcionarios y países; uno de sus instrumentos
ha sido la firma de Tratados de Libre Comercio. Pese
a los intentos, no pudo alcanzar su objetivo: la fragmentación
de Suramérica. Pero la batalla está
en curso. Como parte del combate estratégico
y político, Cuba y Venezuela habían
firmado, el 14 de diciembre de 2004, y este año
lo hizo Bolivia, la Alternativa Bolivariana para las
Américas (ALBA). En esta ocasión, los
tres países firmaron el Tratado de Comercio
de los Pueblos, con un criterio solidario y de complementariedad.
El ALBA expresa el proyecto de integración
política a partir de la soberanía, la
organización y conciencia de los obreros, campesinos,
jóvenes, mujeres, estudiantes y los movimientos
de masas tras el objetivo de la Unión de Naciones
Suramericana.
De
hecho, el nuevo Mercosur surgido en julio último
con el ingreso de Venezuela significó, además
de acuerdos estratégicos en infraestructura,
energía (que incluso implica negocios privados
de las burguesías), avances regionales en propuestas
de moneda común, Banco regional, coordinación
política. Y la propuesta del mandatario bolivariano
de plantearse, ante la actitud bélica de Estados
Unidos, una defensa común.
La
audacia estratégica de Chávez encuentra
un arco de gobiernos que oscila entre un capitalismo
humanizado, con perfil desarrollista-keynesiano y
la ilusión del despegue de la burguesía
nacional, el reformismo evolutivo y formas regresivas
y retardatarias, que aparecen en gran medida de manera
combinada. En síntesis, expresiones directas
o indirectas de la política del capital. La
propuesta de humanizar el capitalismo y el intento
de avanzar al socialismo por medio de reformas, desemboca,
como ha demostrado la historia, en fracaso y abriendo
la compuerta a la derecha. Distante de la postura
que reafirma la idea de que es posible alcanzar un
nuevo nivel de vida de la población, desarrollo
y crecimiento en el marco del capitalismo, es el proceso
complejo y caótico de la transición,
que implica el combate entre la permanencia de mecanismos
capitalistas, con la perspectiva de la socialización
de los medios de producción, la cultura y la
política.
En
un marco de desagregación de las corrientes
revolucionarias, no es casual que ingresen nuevamente
al ruedo las nociones desarrollistas-keynesianas que
proponen apuntalar al Estado sin cuestionar las bases
del capitalismo. Una vez más está planteada
la lucha estratégica, no ya entre reforma y
revolución, sino entre socialismo o barbarie.
Es desde esta confrontación teórica
que adquiere su mayor significación el papel
de Chávez al plantar la bandera del socialismo.
Ubicado
en esa batalla de ideas, el 30 de enero de 2005, en
el Foro Social Mundial de Porto Alegre, Chávez
definió una línea para el continente:
“Negar los derechos a los pueblos es el camino
al salvajismo, el capitalismo es salvajismo (..) al
capitalismo hay que trascenderlo por la vía
del socialismo, por esa vía es que hay que
trascender el modelo capitalista, el verdadero socialismo”.
A partir de entonces el desafío sería
la construcción del socialismo del siglo XXI.
Y la consigna retomaba la voz de Rosa Luxemburgo,
Socialismo o barbarie. La parábola de los 90,
del derrumbe y la desmoralización, culminaba.
En su lugar reaparecía la bandera del socialismo.
En Caracas, en el VI Foro Social Mundial, en un encuentro
con movimientos antiimperialistas, Chávez enfatizó
la urgencia por conformar un frente antiimperialista
mundial.
En
este cuadro latinoamericano, se consumaría
la parábola de cooptación del Foro de
São Paulo por fuerzas reformistas, negando
su vigor originario. La cita en San Pablo en 2005
fue un punto de inflexión. El tema central
“La integración de los pueblos y naciones
de América Latina” incorporó a
la reunión a la red de emprendimientos de micro
y pequeños empresarios. El texto exaltaba la
gran colaboración de esa Red para el proceso
de integración en América Latina y su
contribución a los avances de los movimientos
progresistas y de izquierda y promovía la inclusión
de un taller de empresarios. La definición
se correspondía con la situación interna
del PT, que iniciaba la desagregación de importantes
corrientes y personalidades. En diciembre de 2005,
el Primer Encuentro Regional del Cono Sur en Montevideo
tuvo lugar con el Frente Amplio en el gobierno. A
poco andar, estallaría un virulento debate
en las fuerzas revolucionarias del FA ante el curso
seguido por la gestión de Tabaré Vázquez.
El
eje de la confrontación con el imperialismo
y la ratificación del socialismo tenía
otro epicentro. Las figuras de Fidel como continuidad
de las ideas del marxismo y la Revolución,
de Hugo Chávez como motor político de
la transición hacia el socialismo del siglo
XXI y Evo Morales como síntesis de la unidad
social y político de obreros, campesino e indígenas,
configuran la perspectiva de una nueva oportunidad
histórica. Ese fue uno de los mensajes de Fidel
en el acto de masas realizado junto al presidente
venezolano en la Ciudad Universitaria en Córdoba,
el 21 de julio de este año, luego de las sesiones
del nuevo Mercosur. Por su parte, Chávez se
proyecta en el plano internacional, con la determinación
antiimperialista y por el socialismo. En días
se dirime la posibilidad de ser elegido para ocupar
una banca permanente en el Consejo Nacional de las
Naciones Unidas en el bienio 2007-2008. Otra pieza
ha ingresado en el tablero continental, en México
se inaugura luego del fraude electoral en los comicios
a presidente, una fase de resistencia civil y de inestabilidad
ante la desestructuración del sistema político.
Estados
Unidos acaba de sufrir otro revés en Líbano,
con la derrota militar de Israel y el ahondamiento
de su desprestigio en la opinión mundial. La
reacción será equivalente a la magnitud
de lo que está en juego. Impedir la guerra
imperialista es una tarea de la hora. En La Habana,
entre el 11 y 16 de septiembre el Movimiento de No
alineados discutió acerca de la situación
mundial.
A
quince años de la aparición de Crítica
de Nuestro Tiempo, la lucha de clases afronta otro
punto de partida.

(1).-
La reaparición de la crisis del capitalismo
a escala mundial como factor dominante en el último
cuarto del siglo XX, en un momento histórico
en el cual el capital ha tenido la iniciativa estratégica
en todos los continentes, la lucha interimperialista
por el control de los mercados se ha manifestado a
través de un conjunto de contradicciones que
atraviesan las relaciones mundiales:
# La pugna de los grandes centros del capital por
el control de los mercados y por la succión
de la plusvalía universal. Eventualmente esta
pugna puede llevar a situaciones bélicas
#
Confrontación de las burguesías imperialistas
con sus propios pueblos, con sus trabajadores, con
sus masas oprimidas, aplastadas, desocupadas, marginalizadas.
#
Confrontación de las burguesías imperialistas
aliadas con las burguesías de los países
del Tercer Mundo, contra los pueblos de ese Tercer
Mundo y contra sus trabajadores.
#
Choque de las burguesías imperialistas contra
los países del Tercer Mundo como tales, es
decir, incluidos sectores significativos de sus clases
dominantes.
(2).-
China: Reforma y apertura, Informes, documentos, discursos.
Ed. Política, La Habana, 1990.
(3).-
Las ediciones de Crítica de Nuestro tiempo
contienen el análisis completo de los Foros
en su desarrollo.
(4).-
La izquierda latinoamericana frente a la crisis mundial,
Luis Bilbao, Búsqueda Editora, 1990
(5).-
Crítica Nº 32: Teoría y Práctica
del Frente Único Antiimperialista; Luis Bilbao,
Octubre 2005 - Marzo 2006.