No hay paraíso sin serpiente

¿Dónde están los revolucionarios?

La pregunta, en medio de una revolución, puede parecer pueril, sin embargo, es muy oportuna. Los revolucionarios debemos estar constantemente examinado, discutiendo la ideología revolucionaria y adecuándola al paso de los tiempos. La revolución es un proceso en constante avance, las condiciones cambian, las metas varían, el objeto estratégico se aclara, y sobre todo, las exigencias se hacen más complejas. Estas características hacen imprescindible un continuo análisis, una constante de la teoría y la práctica revolucionaria. De esta manera los revolucionarios piden mantenerse a la vanguardia del proceso. Quien no esté atento a  estos cambios, quién no se prepare para adecuarse a ellos, corre el riesgo de quedarse rezagado, perder su condición de vanguardia y convertirse en un lastre.

¿En qué lugar del camino nos encuentran?

Para dar respuesta a esta pregunta debemos tener muy claro hacia donde nos dirigimos, es decir, cual es nuestro objetivo estratégico. La definición de la estrategia fija el rumbo de la Revolución y es, en definitiva, el alma de la discusión y de la definición ideológica.

Entre nosotros, a medida que avanzamos en el proceso revolucionario, la discusión en torno a los objetivos estratégicos y la manera de llegar a ellos, ha aumentado. Esto es buen augurio, sin embargo, es necesario no perder de vista que la discusión de los diferentes proyectos, sobre todo en etapa de definiciones, no sólo es teórica, si no que va a la práctica, los proyectos buscan posiciones y se deslindan. Es decir, la discusión es también una lucha por la conducción del proceso, por imponer una estrategia, y esta lucha se agudiza a medida que la revolución conquista esclarecimientos.

La Revolución Bolivariana en su desarrollo ha pasado por varias etapas caracterizadas por confrontaciones entre los que, desde adentro y desde afuera del proceso, se oponen al desarrollo pleno de la Revolución Bolivariana, y los que pugnan por dar pasos firmes hacia las conquistas de metas cada vez más revolucionarias. No es objeto de este trabajo hacer un recuento de esos períodos, baste recordar el deslinde del 11 de abril, la derrota de la meritocracia petrolera, para sólo nombrar algunos de los más resaltantes momentos que marcan estas etapas. Cada una de estas fases se desarrolló en medio de una fuerte, aunque no evidente, excitación teórica, y trajo consigo una definición, dentro y fuera del proceso, de personas y de ideas. Podemos generalizar diciendo que: las crisis del proceso han sido precedidas de una turbulencia teórica, y su desenlace ha significado un avance para la Revolución. A medida que la Revolución, avanza, las situaciones que enfrentan son más complejas y reclaman más precisión teórica y esfuerzo práctico. En la medida que nos acerquemos a la definición estratégica, en esa medida tenemos más enemigos y, en esa medida la situación no reclama más agudeza en las ideas. No son tiempo de improvisación.

Después del 15 de agosto, entramos en una etapa similar a la de la Gran Colombia luego de la victoria de Ayacucho. Derrotado va el enemigo exterior, el foco de las tensiones políticas se trasladó al interior de la Revolución. En aquella oportunidad se trataba de la disputa con la neoligarquía terrateniente, que transformó las glorias de la guerra de independencia en leguas de tierras, morocotas, poder político y traición. Esta neolgarquía se enfrentó a la corriente bolivariana que defendía a la Gran Colombia y la liberación de los esclavos. Hoy la historia se repite, después del 15 de agosto, derrotado (temporalmente) el enemigo externo, el foco de las tensiones se traslada al interior de la Revolución Bolivariana y, como en la época de la independencia, pretenden parar a la Revolución frustrando los cambios profundos en la economía. Ayer era la liberación de los esclavos, hoy es la base económica del socialismo. De esta manera, sin cambios en las relaciones económicas, el espíritu revolucionario no encontrará asideros materiales y se replegará nuevamente a lo profundo de las catacumbas.

La Revolución Bolivariana, se encuentra en la misma encrucijada donde fue derrotado Bolívar. En aquella oportunidad la oligarquía salió victoriosa y pospuso los sueños bolivarianos hasta nuestros días. Nunca, como hoy, el pueblo había llegado a una encrucijada similar a aquella, al punto donde hay posibilidades de avanzar y concluir la obra que Bolívar dejo inconclusa. De aquí, que la pregunta que surge es.

¿Cómo hacer para resolver, esta vez, de manera victoriosa las circunstancias bolivarianas?

Antes de intentar la respuesta debemos dotarnos de algunas precisiones teóricas:

Nunca, como hoy, la humanidad había sido una sola. La globalización del mundo hace que las condiciones objetivas y la subjetividad que ellas sustentan estén globalizadas. Podemos decir que la existencia mundial determina en última instancia la conciencia mundial. De allí que las ideas surgidas por la Revolución Cubana sean patrimonio de toda la humanidad, y la conducta fascista del imperio del norte sean un peligro para toda la especie, o que las condiciones de producción en Alemania o en Inglaterra  sirvan de laboratorio para una elaboración teórica en Venezuela, o que el ejemplo de Chávez sea guía para todo el continente. Las condiciones objetivas para la Revolución están maduras en todo el planeta, corresponde a las fuerzas locales crear las condiciones espirituales.

Es importante destacar un dato histórico: las clases dominantes, las clases explotadoras, nunca han peleado por sus intereses. Se valen para esto de las clases explotadas, son ellas las que han librado las batallas que conducen a la perfección de su propia explotación. La pelea fundamental entre Revolución y contrarrevolución se da en el seno de las clases explotadas, una parte de ellas extrañadas de sí mismas en virtud de la ideología de la dominación, enfrentada a la otra parte, la que ha adquirido conciencia de la ideología de la Revolución.  De esta manera entendemos que la lucha fundamentalísima de la Revolución es por la conquista del alma de amplios sectores de las clases explotadas. Y esa conquista, ya lo dijo el Che, no se consigue con las armas melladas del Capitalismo, no se consigue con las recompensas materiales, al contrario son las ideas, es el espíritu la columna principal de esta batalla.

Veamos ahora cuales son las características del momento y escuchemos sus voces:

En Venezuela tenemos condiciones óptimas para adelantar las tareas de la Revolución Bolivariana Socialista. Por supuesto que están maduras las condiciones objetivas. Además, tenemos un líder que ha establecido una conexión amorosa con el pueblo, que hace posible sustituir la cultura de la dominación por la cultura de liberación.

Ya dijimos que la lucha es la misma de la época de Bolívar, estamos viendo una oportunidad única de culminar la obra de redención de los humildes que el Libertador dejó inconclusa, para eso debemos ubicarnos en el momento: saber de qué ideas se valen los enemigos de la revolución, qué fuerzas tienen, qué planes desarrollan; y debemos precisar qué ideas motorizan la acción de los revolucionarios. Cuáles son nuestras debilidades, cuáles nuestras fortalezas y las acciones que de este diagnóstico se desprenden.

Algunos pasos y precisiones son necesarias para avanzar en el camino de hacer realidad los sueños bolivarianos: no hay paraíso sin serpiente, no hay revolución sin contrarrevolución. Reconocer esto es una candidez suicida. Destacamos que la mejor manera de vencer a los enemigos de adentro y de afuera es fortaleciendo a la revolución, nuestra consigna debe ser: Fortalezcamos la revolución y derrotemos a la contrarrevolución.

Los peligros de esta etapa son de dos tipos: los que vienen del exterior de la Revolución y los que provienen del interior del proceso.

Los que provienen del exterior de la Revolución están vigentes. Ilusos los que piensan que los enemigos imperialistas y sus agentes nacionales están resignados. El imperio necesita derrotar a la Revolución Bolivariana y borrar su “mal ejemplo” de la faz de la tierra, no puede permitirse vacilaciones, no cesará en su empeño de acabar con nosotros, con el proceso y con el Comandante.

En este momento están en desarrollo varios planes y todos tiene un patrón común: desestabilizar al gobierno para justificar la intervención de la OEA y del imperio. Todas las fracciones de la oposición los apoyan, sólo esperan cuál de ellos avanza para plegarse. La oposición ha desempolvado su talante fascista. Todos de alguna manera se regodean con la  posibilidad de la muerte de Chávez, piensan que así resolverían el problema que para ellos significa un pueblo dispuesto a construir su futuro.

Hay un plan electoral coordinado por Súmate. La visita de María Corina Machado a Bush, no fue un hecho aislado ni trivial, forma parte de un fino procedimiento desestabilizador diseñado con paciencia. Allí también participan las encuestadoras coqueteando con los números que favorecen a Chávez, de esta manera piensan ganar el prestigio que les dará la autoridad a la hora de suplantar a la voluntad popular. Simultáneamente critican al CNE. Preparan todo para una salida tipo Ucrania. Gritarán ¡fraude! Y el eco se sentirá en la OEA. Insulsa vendrá como vino Gaviria, pero ahora en mejores condiciones para la infamia, tiene un mandato en la OEA, ya han prestigiado a las ONG, ya las encuestadoras estarán legitimadas (si mordemos el peine de alabarlas hoy), adelantan campaña en el exterior desprestigiando al Estado venezolano y a sus poderes, tiene todo preparado.

Otro plan es el magnicidio, ya el Comandante lo ha denunciado en varias ocasiones. Aquí queda al descubierto, una vez más, la cara fascista de la oposición venezolana, ninguno de ellos ha condenado la intención criminal. Esperan agazapados detrás del biombo democrático que el magnicidio tenga éxito, y contribuyen con su actitud a crear las condiciones para concretarlo.

Además, encontramos la desestabilización con paramilitares, el susurro a los militares, la campaña contra PDVSA, todo buscando desestabilizar, poner en vilo la gobernabilidad y facilitar la intervención de la OEA.

Añadido a esto, trabajan sobre la Revolución ahondando las diferencias, sembrando cizaña, aprovechándose de nuestros errores y debilidades.

Existe otro peligro, más sutil pero mucho más terrible, es difícil de percibir por eso puede hacer mucho daño, ha sido causa del fracaso de otras revoluciones. Este peligro es el que surge de las disputas internas mal sumidas y de la discusión interna deficientemente abordada. Esta situación abre cauce a muchos peligros: al no darse una buena discusión interna, la Revolución no puede definir la estrategia, como consecuencia no puede avanzar, se estanca y al estancarse es fácil presa de la contrarrevolución. Ya lo dijimos, la discusión interna de los diferentes proyectos buscan posiciones y se delimitan. En otras palabras la discusión es también una lucha por la conducción del proceso, y esta lucha se agudiza a medida que la revolución conquista definiciones estratégicas. Es por eso que es imprescindible, urgente, vital fijar las fronteras teóricas de la Revolución, para poder saber con propiedad qué y quiénes están dentro de la Revolución y qué y quiénes están afuera. Y de esta manera podemos decir con absoluta propiedad: “dentro de la Revolución todo, fuera de la Revolución nada”. Conociendo los linderos teóricos de la Revolución la discusión será más abierta, rica y productiva.

No obstante, no es suficiente defender la Revolución contra sus enemigos internos y externos. Aunado a esto es necesario que la Revolución demuestre una gran eficiencia y una gran honestidad. Es por eso que el Comandante hace una llamado para la lucha contra la corrupción, el burocratismo, una lucha por la conquista la eficiencia. Debemos reflexionar estos problemas que hoy confronta la Revolución. La clave del asunto está en la afirmación del Comandante cuando dice: No es posible superar la pobreza material y espiritual dentro del Capitalismo, solo con el Socialismo podemos construir un mundo mejor. Es necesario ahondar en este concepto. La eficacia, la corrupción, el burocratismo, no son independientes del sistema imperante, y no son problemas de individualidades, son problemas sistemáticos. De allí que no podemos aspirar a construir una eficacia socialista usando “ las armas melladas del Capitalismo”. El Socialismo es el rumbo y la meta de la Revolución. En la medida que somos más socialistas nos acercamos a la eficacia revolucionaria, en la medida que somos más capitalistas nos alejamos de la meta revolucionaria y el proceso será más ineficiente. Algo que debemos recalcar: la Revolución no puede ser eficaz si no es socialista.

Ante estos peligros y estas tareas debemos jugar cuadro apretado en el campo bolivariano, defensa cerrada de la Revolución. Toda acción nuestra, por pequeña que sea, debe tener un alto contenido de movilización popular. Sólo el pueblo movilizado conscientemente alrededor de objetivos políticos puede garantizar la defensa de la Revolución. La unidad de los revolucionarios es imprescindible para avanzar, no hay cabida para la pelea subalterna, para lo mezquino, no podemos tolerar discusiones bizantinas que sólo nos distraen.

Es urgente una campaña admirable contra la corrupción, el despilfarro, la ostentación. Quien muestre una riqueza no cónsona con el ejercicio revolucionario debe salir del gobierno. Los funcionarios de la Revolución deben ser, como la mujer de César, muy honesto y también parecer muy honestos.

Nosotros proponemos como principios definitorios e irrenunciables de la Revolución:

Apoyo al Comandante Chávez: ser chavista no es un asunto de mera declaración. No se puede ser chavista sin ser coherente con el pensamiento del Comandante, es decir, todo el que sea chavista debe ser, por lo tanto, Bolivariano antiimperialista, debe querer superar al capitalismo como forma determinante de la economía nacional, debe ser partidario del Socialismo como forma determinante de nuestra economía. Es en ese marco que no podemos dejarnos engañar por las múltiples serpientes que las oligarquías inventan para sólo cambiar la superficie del capitalismo, dejando su esencia productora de miseria intacta.

 

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