2006: nueva oportunidad para objetivos de siempre
Comando unificado de quienes
reivindican la revolución antimperialista y socialista. Hacia el Congreso
Fundacional de un partido revolucionario marxista
Por Luis Bilbao
A comienzos de 2006 bulle bajo la superficie una Argentina
diferente a la mostrada por los medios de difusión masiva y asumida como
verdadera por dirigencias de todo género. Lejos de la consolidación de una
perspectiva de estabilidad política, sostenido crecimiento económico y gradual mejoría
de la situación social, es todo lo contrario lo que el país tiene por delante
en un horizonte no tan lejano como suponen quienes centran su accionar en
preparar candidaturas para 2007 y 2011.
Esta afirmación no parte de lo ocurrido en Las Heras, Santa
Cruz, en la segunda semana de febrero. Aquella potente sublevación con base en
una huelga obrera y derivaciones aún en curso, es un signo por demás
elocuente; pero volverán a equivocarse
quienes pretendan hacer de esa lucha el centro para interpretar la coyuntura y
afirmar una estrategia.
A la vista de conductas recurrentes respecto de luchas
importantes de los trabajadores, pero excepcionales y aisladas respecto del
estado y el curso de la totalidad de la clase obrera y la sociedad argentinas,
es obligado subrayar que el fenómeno al que aludimos es más amplio, más
profundo y complejo que el mostrado por la huelga y movilización de Las Heras.
Se trata del fin de un período histórico en toda América Latina, en un marco de
crisis estructural capitalista a escala mundial que una vez más ingresa a una
fase de agudización. En Argentina esa fuerza gravita con trazos propios,
marcadamente contradictorios, al punto de desdibujar y confundir los rasgos
determinantes de la coyuntura.
No hay manera de delinear y aplicar una política correcta en
Argentina sin partir de aquella realidad mundial y regional. La vacuidad de
discursos elaborados a partir de conceptos que apelan a supuestos principios, y
eluden el análisis de la situación sobre la que se debe actuar, deriva de la
inexistencia no ya de una organización internacional de los trabajadores, sino
de la añeja deformación del pensamiento revolucionario que induce a
relacionarse con la realidad a partir de supuestos «principios», en lugar de
partir de ella observada con una metodología científica, es decir, materialista
y dialéctica.
Un siglo y medio atrás Engels denunciaba con mordaz precisión
esta deformación:
«el pensamiento no puede jamás obtener e inferir esas formas
de sí mismo, sino sólo del mundo externo. Con lo que se invierte enteramente la
situación: los principios no son el punto de partida de la investigación, sino
su resultado final, y no se aplican a la naturaleza y a la historia humana,
sino que se abstraen de ellas; no son la naturaleza ni el reino del hombre los
que se rigen según los principios, sino que éstos son correctos en la medida en
que concuerdan con la naturaleza y con la historia. Esta es la única concepción
materialista del asunto, y la opuesta concepción del señor Dühring es
idealista, invierte completamente la situación y construye artificialmente el
mundo real partiendo del pensamiento, de ciertos esquematismos, esquemas o
categorías que existen en algún lugar antes que en el mundo y desde la
eternidad» (1).
El idealismo como concepción inconsciente domina el pensamiento
y la acción no sólo de cuadros sindicales y sociales, sino y de manera
sobresaliente, el de la militancia revolucionaria.
Argentina es el modelo perfecto de los resultados que semejante
conducta por parte de cuadros y organizaciones revolucionarias produjo sobre la
coyuntura nacional: en medio de una profunda crisis económica, con masas en la
calle (aunque sin presencia del movimiento obrero como tal) en espontánea
rebelión interclasista contra los fundamentos mismos del sistema, licuado el
poder político burgués y con las clases dominantes carentes de aparatos
políticos y sindicales con capacidad de tomar control de la situación, la
coyuntura fue entregada sin disputa al capital, que logró recuperar la
iniciativa, recomponer un aparato político e imponer un liderazgo a partir del
PJ (con el apoyo silente de la UCR), en detrimento de cualquier variante que
reivindique una revolución aun en el más amplio e indefinido de los sentidos de
este concepto. Tal inesperado desenlace provocó una mezcla de desaliento en la
militancia y confusión en los cuadros medios, y dio lugar a crisis y rupturas
en los partidos y organizaciones sin excepción. Esta vez no se trata sin
embargo de una crisis más en la inexorable dialéctica de una organización
revolucionaria, que se renueva y depura al compás de la lucha de clases. Se
trata de la prolongación aumentada de la crisis detonada con el derrumbe de la
Unión Soviética dos décadas atrás y que ahora ha llegado a su punto terminal.
En Argentina la militancia revolucionaria organizada o
semiorganizada en estructuras de tipo partidario suma decenas de millares de
militantes formados y abnegados. Es una fuerza potencialmente decisiva frente a
la eventual ruptura del equilibrio político entre las clases dominantes y la
entrada del país en un estado de descontrol que pudiera derivar rápidamente en
situación revolucionaria. Como veremos más abajo, esa perspectiva no es
impensable y ni siquiera es lejana. Pensar y actuar la Revolución en Argentina
es hoy, ante todo, pensar y actuar para articular de manera efectiva una
respuesta política que permita recomponer esa masa militante, esa inmensa
fuerza desperdigada y desnortada que, pese a ser una clave en cualquier
desenvolvimiento de la vida social, carece de protagonismo político efectivo (y
esto es así incluso para aquellas organizaciones y cuadros que se han sumado al
gobierno), sencillamente porque carece de estrategia de lucha por el poder.
De modo que la búsqueda de una respuesta inmediata pero con
largo alcance que resuelva el juego de fuerzas centrífugas, instalado en todas
y cada una de las organizaciones que se definen a sí mismas como
revolucionarias, constituye una tarea de primer orden de importancia.
Militante,
Partido y Sociedad
Ninguna de las organizaciones y dirigencias revolucionarias, que
en 2001 confundieron la operación estratégica de un sector burgués con una
ofensiva revolucionaria del proletariado y sus aliados, ha hecho una revisión
crítica de sus posiciones. El pasaje de aquella supuesta ofensiva
revolucionaria a la victoria del PJ en 2003 y la desaparición electoral de las
izquierdas, completada hasta la reducción de éstas a la nada en 2005, no ha
merecido una línea de reflexión que busque la causa de estos errores
inverosímiles. Tal conducta equivale a admitir que el predominio político de
las clases dominantes es fatal; que una alternativa revolucionaria no puede disputar
la ideología y la expresión electoral de las masas y que la revolución vendrá
por arte de magia. Es el espontaneísmo economicista llevado a su máxima
expresión de incapacidad e irresponsabilidad; es la base sobre la cual se crea
en el militante un mecanismo de enajenación permanente, que le impide
comprender el estado de la conciencia de la clase en un momento determinado y,
por lo mismo, le cierra el paso a la elaboración y aplicación de tácticas
capaces de ensamblar en el proceso vivo, contribuir efectivamente a la
evolución positiva del conjunto y su vanguardia natural. En cambio, se produce
el fenómeno contrario: militantes y dirigentes se distancian de los
sentimientos y la comprensión del obrero, el estudiante o el vecino de un
barrio en conflicto; al no comprenderlos es imposible educar, persuadir y
organizar, tareas fundamentales de todo militante revolucionario. Así, para
relacionarse con el movimiento vivo sólo queda hacerlo a través de imposición,
sea por manipulación, maniobra de aparato o autoritarismo. Fatalmente esa
conducta hacia el exterior se traslada hacia las relaciones internas de la
organización, que en un proceso inconsciente para la mayoría de sus componentes
se transforma en un aparato burocrático, ajeno a la noción de partido
revolucionario leninista.
No importa cuánto se reivindique el nombre de Trotsky y se
condene al stalinismo: eso es precisamente la reiteración, mutatis mutandi,
del proceso de degeneración que sufrió en los años 1920 el Partido Comunista de
la Unión Soviética.
Esta dinámica de inocultable degeneración, sin embargo, no
admite una respuesta lineal, de contragolpe mecánico, a saber, la negación del
papel de vanguardia y del concepto leninista de partido. Existe y debe existir
una distancia subjetiva y objetiva del militante revolucionario respecto no
sólo del ciudadano corriente, sino incluso de quienes se involucran
circunstancialmente en un proceso de lucha. Las diferencias entre un
revolucionario socialista y un hombre o una mujer resueltos o empujados a la
lucha social, son muchas y muy hondas. La exterioridad del militante en relación
con un movimiento de lucha social tiene una base objetiva y reivindicable: al
asumir la perspectiva anticapitalista y dedicar su vida a la revolución, una
persona cambia valores y conductas y se distancia del ciudadano común. Negar
esa diferencia es propio de quienes encubren con retórica la cobardía o la
falta de determinación para romper con el modo de vida burgués. Asumir una
existencia de lucha afecta el lugar del individuo en la sociedad, sus
relaciones familiares, su cotidianeidad en todos los sentidos, e
inexorablemente lo diferencia de su entorno, excepto cuando está entre
compañeros, ámbito por definición minúsculo en relación con el conjunto social.
Un hombre o una mujer dispuestos a sumarse a una organización revolucionaria, a
asumir las reglas que esto implica, a consagrar su vida a la lucha contra el
sistema, no es -no puede ni debe ser- igual a quien, con mayor o menor
conciencia de ello, trata de lograr un lugar en la sociedad capitalista; no es
igual a quien incluso con conciencia de la explotación y la injusticia, en su
vida personal está dispuesto a someterse al yugo diario del capital pero
rechaza el concepto y la práctica de disciplina revolucionaria. Trazarse
objetivos individuales es lo opuesto de asumir una perspectiva de vida revolucionaria.
Determina conductas y forja caracteres diferentes. Un revolucionario, decía
Rosa Luxemburgo palabra más o menos, vive con un pie en el presente y otro en
el futuro. Es decir, vive en un desgarramiento constante.
El reformismo resolvió la contradicción integrando
organizaciones y militantes al sistema. Ser socialista, desde esa perspectiva,
es como no gustar del fútbol o negarse a pasar horas frente a un televisor: una
extravagancia sin mayores consecuencias; uno es diferente del compañero de
trabajo o del vecino, pero eso no se traduce en una práctica de vida diferente
en lo sustancial a la de los demás.
Lejos de negar esa diferencia, una genuina dirección
revolucionaria debe asumirla como virtud que a la vez es un riesgo constante
para la relación del militante con la sociedad en su conjunto y con la clase
obrera en particular. «El revolucionario es el escalón más alto en la especie
humana», decía el Che. ¿Es incorrecta, o acaso arrogante, esta definición?
Filisteos de diferentes congregaciones se apresurarán a decir que sí. Allá
ellos, felices con sus pantuflas. Nosotros reivindicamos la superioridad de
quien esté dispuesto a la generosidad, la entrega, el sacrificio de vida y
muerte que supone esforzarse por comprender las causas de la explotación y la
degradación y dedicar la vida a luchar contra ellas. No cejaremos en la tarea
de convocar a la juventud a atreverse a ocupar un lugar en ese sitio, que lejos
de todo privilegio, por el contrario sólo garantiza la satisfacción del combate
colectivo y de una victoria que no es individual ni inmediata.
Esta reivindicación intransigente no supone ensalzar la
diferencia, sino justamente lo contrario: exige entablar un combate sin tregua
por igualar a las masas en la comprensión de las lacras del capitalismo, en la
voluntad de luchar contra él, en la integración a instancias organizativas que
permitan el desarrollo de la conciencia y la militancia de la clase obrera, las
juventudes y el conjunto de la sociedad explotada y oprimida.
Una dirección revolucionaria debe saber que las virtudes que
hacen excepcional a un militante, no lo eximen de los vicios y debilidades
propios de cualquier ser humano; que la generosidad no excluye la mezquindad;
que la humildad es lo contrario de la altanería pero que ésta anida en aquella.
Y, sobre todo, que el indispensable conocimiento teórico de la realidad no
supone la posesión de respuestas adecuadas en cualquier momento y lugar. A la
vez, la respuesta espontánea de un movimiento vivo en situación de lucha puede
ser el máximo punto de apoyo para interpretar la realidad y transformarla. La
incomprensión de la naturaleza y dinámica de un conflicto determinado puede
desatar una cascada de consecuencias aberrantes, en medio de la cual las
condiciones distintivas de un militante se transformen en lo opuesto al valor
positivo que implica asumir una posición de vanguardia. Eso ocurrió, por
ejemplo, durante la erupción de Asambleas como consecuencia del estallido de la
convertibilidad y la caída del gobierno de la Alianza, en 2001/2002. En aquella
oportunidad el error garrafal de caracterización respecto de la coyuntura en
curso -error en cuya base está la inconsistencia teórica y la irresponsabilidad
política de direcciones autoproclamadas- puso literalmente a la militancia
contra el pueblo. (Empleamos deliberadamente esta categoría equívoca para
subrayar que en aquella formidable movilización no participó la clase obrera en
tanto que tal).
Es inseparable la capacidad de la burguesía y el imperialismo de
retomar el control de una situación escapada de sus manos, de la conducta de
las dirigencias de organizaciones que se consideran revolucionarias. Hoy
estructuras tales como Patria Libre (integrado al gobierno), Movimiento
Socialista de los Trabajadores (fracturado y sin rumbo), Partido Comunista
(reducido a su minimísima expresión luego del cataclismo electoral del cual fue
voluntario artífice en las elecciones parlamentarias de octubre último), o
Partido Obrero (capaz de celebrar un resultado del 0,4% de los votos como una
victoria, porque en dos poblados obtuvo concejales con elevada votación, poco
antes de que esos mismos concejales rompan con la organización lanzándole las
peores pullas), están cada uno en un sitio por completo diferente del cuadro
político actual. Pero todos estuvieron juntos en la realidad invertida del
pensamiento idealista, que transformó las
jornadas del 19 y 20 de diciembre de 2001 en el prólogo del asalto al
poder y, en lógica consecuencia de la concepción respecto del papel de la
vanguardia en una revolución, los lanzó a copar la conducción de las Asambleas
para barrer a alegados reformistas y traidores y alistar a las masas para
ocupar la Casa Rosada.
Al menos las direcciones de Patria Libre y del recientemente
autodisuelto Partido Comunista Congreso Extraordinario fueron consecuentes y
ahora, bajo el comando victorioso del cavallista jefe de gabinete Alberto
Fernández y la mirada escrutadora del duhaldista ministro de Interior Aníbal
Fernández, entraron por fin a la Rosada y están llevando a cabo su revolución.
El resto de aquel espectro se debate en la disgregación de sus filas mientras
repite que Néstor Kirchner es idéntico a De la Rúa y toma cada expresión de
lucha reivindicativa como prueba contundente de la voluntad de las masas por
acabar «con todos» para declarar de inmediato la revolución socialista. En el
paroxismo de la incongruencia, este conjunto se fractura a su vez en tres
grandes corrientes: una pretende reeditar en Argentina el (hasta hace algunos
meses) victorioso modelo frenteamplista uruguayo; otro definió con precisión
teórica su objetivo y lanzó la consigna «frente de izquierda 100%»; y un
tercero, más consciente de la magnitud de la debacle, trata de tomar distancia
del ultraizquierdismo desenfrenado y oscila entre la reiteración morigerada de
sus desvíos anteriores y la asunción de una estrategia revolucionaria marxista.
Este último sector ha abierto una posibilidad de debate,
autocrítica y recomposición, al dar lugar a una «Autoconvocatoria por el
reagrupamiento y confluencia política de los luchadores, las fuerzas populares
y la izquierda». Aunque en la oscura noche ultraizquierdista todos los gatos
son pardos, ésta es sin duda una oportunidad de debate serio en pos de la
recomposición del pensamiento y la militancia marxistas. La participación leal
en esa instancia tiene sin embargo como condición el rechazo, intransigente e
igualmente franco, a la idea de que es posible alcanzar el objetivo clave de
recomposición de fuerzas y fundación de un genuino partido revolucionario
apelando a la suma aritmética de las concepciones pseudoteóricas y las
conductas políticas con las cuales los equipos dirigentes se hicieron
responsables del desastre actual. No hay nombres en el índex; pero hay
conceptos, conductas, metodologías, que no tienen ni jamás tendrán lugar en un
partido capaz de asumir y llevar a cabo las tareas de la revolución socialista
en Argentina.
Esto es tanto más evidente, cuando aquellos mismos ejemplos se
repiten en cada conflicto puntual, en los que el accionar de una línea de
vanguardia transforma al militante en lo contrario de lo que debe ser. Allí
está, como uno más entre innumerables ejemplos, lo ocurrido en Las Heras. Un
conflicto reivindicativo de singular potencialidad, desembocó en lo que la
militancia debe tomar como signo de alerta rojo: una vez más en la historia
argentina las camarillas internas del peronismo utilizaron la lucha social para
dirimir por la violencia sus conflictos internos por el reparto del poder. Una
vez más, la mayoría de las fuerzas revolucionarias confundieron el significado
táctico y estratégico de una batalla puntual. El resultado ha sido por enésima
vez que el gobierno, en cuyas filas están los responsables del asesinato del
policía, monopolizó la defensa de los derechos humanos y, a través de la
burocracia sindical, transformó en victoria propia el resultado victorioso de
la lucha reivindicativa.
Los capitanes de pacotilla que llevan una y otra vez a la
derrota a sus soldados, no pueden ser comandantes. Tanto menos, si los
combatientes son representantes de las nuevas generaciones de obreros que
buscan un camino para sus anhelos de reivindicación social, no hay el menor
espacio para la transacción con ellos. Una línea política de tal manera errada
en medio de cualquier lucha social transforma al activista en irresponsable
actor de una frustración con efectos letales para la clase obrera en su
conjunto: divide a las bases, desmoraliza a quienes se embarcaron en la lucha,
aísla a la vanguardia, fortalece a los aparatos burocráticos y sus dirigentes.
La vanguardia se niega a sí misma en tales condiciones.
Si no asume y resuelve este conjunto de contradicciones, una
dirección que se pretende revolucionaria no es lo contrario de aquellas que se
asumen reformistas, sino la contracara gritona de la asimilación al sistema. En
consecuencia, si esta contradicción no es resuelta correctamente desde una
comprensión teórica ajustada y con una mano política férrea, el militante es
arrastrado a la falsa opción de transformarse en un energúmeno que vocifera y
condena mientras a su alrededor crece el vacío, o desistir de edificar una
organización de vanguardia.
Las vacuidades con las que se condena el concepto y la práctica
de vanguardia, haciendo el elogio mentiroso del democratismo y la
horizontalidad, calaron en franjas demasiado anchas del activismo en todas
partes, no sólo porque suenan como música de ángeles a los oídos de la pequeña
burguesía conflictuada, impulsada a enfrentar las aristas más descarnadas del
capitalismo pero renuente al combate frontal contra el sistema. La penetración
de nociones tan primarias, es inseparable de la degeneración de la noción de
partido revolucionario de vanguardia.
El resultado en la coyuntura actual es que la militancia se
divide en dos grandes conjuntos: el que apartado de la realidad concreta de las
masas se encapsula en un mundo virtual sostenido a fuerza de dogmatismo e
irracionalidad, y el consustanciado con el movimiento vivo pero atrapado por
él, negado a la organización y a la responsabilidad histórica de la vanguardia,
incapaz de dirigir la fuerza espontánea hacia la lucha política de masas y la
confrontación efectiva con el poder real. Aquél entrega por omisión la
resistencia social a las garras político-ideológicas del capital; éste,
reiterando el giro clásico del oportunismo y el centrismo, se subordina a las
corrientes que, invariablemente, impulsan la burguesía y el imperialismo para
afrontar situaciones de crisis extrema con medidas radicales por definición
destinadas a impedir la ruptura con los límites del sistema.
De manera que la incomprensión del momento histórico, la
corrupción organizativa, la degradación del papel del partido revolucionario
ante la sociedad y la impotencia que deriva de esto, son aspectos inseparables
de un mismo fenómeno. Se comprende así la negativa de ciertas dirigencias de
izquierdas a observar la propia conducta a la luz de resultados calamitosos:
corregir un milímetro en caracterizaciones y tácticas exige cambiar de cuajo
todo el discurso táctico y estratégico, todas y cada una de las columnas sobre
las cuales estas organizaciones y dirigentes se han sostenido durante décadas.
No parece probable esperar que esas dirigencias fallidas se
suiciden. Pero es menos probable -y, desde luego, inaceptable- que innumerables
cuadros revolucionarios sinceramente entregados a la causa del socialismo se
inmolen por persistir en una actitud ya no acientífica, ajena al pensamiento
marxista, sino directamente irracional.
Está planteada entonces una revisión profunda y franca de las
caracterizaciones que derivaron en tácticas y resultados hoy a la vista de
todos. La UMS propone a toda la militancia revolucionaria empeñarse en esta
tarea. No para proclamar vencedores, sino para hallar explicaciones y
respuestas. Para avanzar en la comprensión teórica de nuestro tiempo, del mundo
y el país sobre el cual debemos actuar. No es posible que Kirchner y el PJ
avancen en la recomposición del poder político de las clases dominantes, que un
espejismo burgués conquiste la conciencia de los trabajadores y el pueblo, sin
que la militancia (incluidos sectores revolucionarios hoy alineados con el
gobierno) se disponga a articular una respuesta eficaz en función de una genuina
revolución social.
Valor
táctico de una estrategia basada en la clase obrera
Decíamos antes que pensar y actuar la Revolución en Argentina es
hoy, ante todo, pensar y actuar para recomponer la inmensa masa militante
revolucionaria neutralizada por su fragmentación y falta de conducción
estratégica. Pero este propósito carece de cualquier perspectiva de éxito si se
apoya en sí mismo. El llamado «frentismo de izquierda» (forma bastarda del
sectarismo reducido a los límites de una estructura partidaria única), no
resuelve una perspectiva para la militancia revolucionaria por la sencilla
razón de que no es una solución para la perspectiva de la clase obrera.
No es posible organizar, galvanizar y conducir hacia la victoria
revolucionaria una vanguardia, al margen de lo que ocurra con aquello que da
sentido a ocupar un lugar en la primera línea: la fuerza social de la que se
destaca. Aquí hay dos temas: en primer lugar, cuál es la fuerza social a la que
se refiere una organización política; en segundo lugar, cómo se relaciona con
ella.
En los últimos años en Argentina las organizaciones que se
denominan marxistas no podrían haber estado más distantes del pensamiento y de
la práctica que en su momento asumieron Marx y sus genuinos continuadores:
tomaron como base social de la revolución a los desocupados; y con cuadros
recién salidos de la Universidad, vestidos de pobres y con pretensiones de
protagonismo, se plantaron ante ellos como jefes, para pedir «subsidios» (traducción
apenas disimulada de limosna). Por añadidura, no pocas de las organizaciones
que en fila pasaron a bautizar organizaciones «piqueteras» (otro dislate
conceptual) con siglas idénticas a las de sus partidos y en más de un caso
adoptaron el modus operandi propio de lo más corrupto de la
partidocracia burguesa, cobrando un porcentaje de aquella limosna. Caricatura
de una caricatura, los «movimientos piqueteros» en realidad arrastraron a los
partidos que los habían creado.
Nadie podría minimizar o relegar la importancia táctica y
estratégica de la masa de excluidos por la crisis del sistema. Una organización
que incurriera en ese error, quedaría irremediablemente por fuera de una
perspectiva cierta de lucha revolucionaria y toma del poder político. Con la
aparición de organizaciones de desocupados se vieron expresiones de abnegada
solidaridad, búsqueda sincera de formas alternativas para la sobrevivencia, y
de formas organizativas que prefiguran una línea de trabajo fructífero para la
concientización y organización de grandes contingentes humanos arrojados a la
miseria extrema, la ignorancia y la degradación. Sin embargo, incluso esas
expresiones nuevas e innovadoras de la lucha contra el sistema, fueron en más
de un caso desviadas, manipuladas y esterilizadas por una combinación de desvío
teórico y oportunismo político propiciado no sólo por individuos y pequeños
grupos a la caza de notoriedad, sino principalmente por organizaciones que
hallaron en esa base social la posibilidad de crecer como partidos
revolucionarios y lograr un lugar en la vida política nacional. El camino
recorrido en pocos años fue de la aparición genuina y espontánea de obreros
desocupados y sus familias (principalmente como resultado de la privatización
de YPF) que apelaron al corte de rutas para hacerse oír, al copamiento de los
remanentes de esas luchas y la movilización de desocupados en torno de la
demanda de subsidios. Contingentes de familias desesperadas por el hambre eran
cotidianamente cargadas en ómnibus para ser trasladadas al centro de Buenos
Aires a «hacer piquetes». Se teorizó la práctica de cobrar un porcentaje de los
subsidios para sostener «la organización» y se legitimó la idea de que sólo
quienes asistían regularmente a las actividades «piqueteros» tenían derecho a
las bolsas de alimentos y las remesas concedidas por diferentes estamentos del
gobierno.
Como cada partido creó su propio «movimiento piquetero» y la
práctica contagió a pequeños agrupamientos militantes en el conurbano bonaerense,
los cortes de calles y rutas se multiplicaron. Hubo un período en que
literalmente todos los días se producían numerosos cortes de calles y accesos a
la Capital Federal. Los trabajadores con ocupación no podían llegar a sus
lugares de trabajo. En una ciudad donde diariamente se desplazan de 8 a 10
millones de personas son presumibles los conflictos creados por tal metodología
de protesta. Una derivación de extraordinario valor potencial, como es la
adopción de una identidad por parte del luchador social, se transformó en su
contrario: la «identidad piquetera» tomó la forma de hombres y mujeres (la
mayoría de ellos jóvenes, con indudable decisión de lucha) encapuchados y
esgrimiendo palos que en no pocas ocasiones eran usados contra quienes reclamaban
por el derecho a desplazarse y en cualquier caso amedrentaban a buena parte de
la sociedad.
El hecho extraordinariamente positivo de que un excluido pueda
afirmarse como individuo en una lucha colectiva, se transformó en rechazo
individual a la sociedad excluyente mediante una conducta marginal. Lejos de
condenarla, los partidos la enaltecieron como expresión de combatividad y
desdeñaron cualquier esfuerzo por impedir la fractura social y política que
este accionar aceleró.
El poder político burgués actuó con habilidad ante el fenómeno:
para «mantener el orden», ordenó a la policía acordonar un área de varias
cuadras alrededor de los «piqueteros», con lo cual a menudo una marcha de 50 ó
100 personas producía la paralización de sectores enteros de la ciudad, por
regla general los centros de actividad comercial, administrativa y bancaria. El
corte de los puentes de acceso a la Capital impedía o dificultaba el transporte
de los trabajadores, que debían disponer de dos, tres o más horas adicionales
para llegar a sus trabajos o regresar a sus hogares. Por supuesto y por razones
obvias esto nunca ocurría en las zonas ricas de la ciudad, donde viven la
burguesía y las clases medias altas. Con el tiempo, los servicios de
inteligencia del Estado pasaron de la observación a la acción, armando sus
propios grupos «piqueteros», que agredían a ciudadanos no ya como el resultado
presumible de la situación, sino como método para ahondar y ampliar la fractura
que el caos cotidiano producía en la sociedad en general y, marcadamente, en la
propia clase trabajadora. Ajenas a los efectos ideológicos y políticos de
mediano y largo plazo que esta deriva social generaría, las dirigencias
supuestamente marxistas se aferraron al accionar irracional que promovía un
«piquete» por hora y anunciaba un «argentinazo» por mes, mientras la clase
obrera como tal, distante en todos los sentidos de los desocupados y cada día más
enfrentada objetiva y subjetivamente con los «piqueteros», se mantuvo
desmovilizada y por fuera de proceso político en marcha. Los medios de
incomunicación social, en su salsa, condenaban a los «activistas» y clamaba por
el «orden», echando nafta al fuego del malestar generalizado de una sociedad en
la que se hizo patente la fragmentación extrema, al punto de que cada individuo
asumió como y propia y normal una actitud de enfrentamiento constante con
quienquiera tenga en su proximidad.
Ahora bien: esto no resultaba de la sublevación de los
condenados de la tierra, sino de la práctica cotidiana de lo que dio en
llamarse «movimiento piquetero», que en los hechos involucraba a una franja
minúscula, proporcionalmente insignificante, de la masa de desocupados. Esta,
mientras tanto, comenzó a invadir silenciosamente la ciudad en cada atardecer,
para revolver la basura en busca de comida y restos vendibles. Ese ejército
taciturno de seres humanos arrojados a un estado de indigencia y degradación
sin mesura también recibió un nombre, que lo identificaría como nuevo actor del
colapso argentino: los «cartoneros». Cuando al caer el día la ciudad salía del
caos provocado por algunos cientos, a veces miles, de «piqueteros», surgían en
las sombras decenas, probablemente cientos de miles de «cartoneros».
Inicialmente estos nuevos protagonistas de la cotidianeidad
porteña provocaron el espanto del ciudadano común que en la puerta de su casa,
en el país de las vacas y los trigales, veía personas comiendo de las bolsas de
basura. Del horror a la compasión, y luego al rechazo por los efectos
devastadores sobre la higiene urbana, los trabajadores ocupados y las clases
medias pasaron finalmente a la indiferencia. El gobierno de la ciudad,
progresista, como se sabe, tuvo la iniciativa de proponer que se separara la basura
utilizable de la demás, para facilitar la labor de los «cartoneros», a los que
además se les daría un uniforme y una credencial. Esta osada línea de
intervención no prosperaría. Pero tuvo la virtud de mostrar la capacidad de
respuesta social del capitalismo de nuestro tiempo, además de corroborar que,
cuando irrumpe la crisis, los reformistas son tan ridículos e inocuos como
quienes arrojan brújula y bandera y caen bajo los efectos de la enfermedad
infantil del comunismo.
Mientras tanto, las usinas ideológicas y políticas del capital
local e imperialista avanzaron sistemáticamente en sus planes. Al cabo de un
período la propia práctica en las estructuras «piqueteras» hizo una selección a
la inversa y los aparatos fueron ganados por el clientelismo. Quienes
resistieron esa dinámica, quedaron aislados. Y la sesuda teoría del «partido
piquetero» (!!) se reveló en toda su condición visionaria: las estructuras más
significativas (y en más de un caso genuinas) de esa base social, se
incorporaron al gobierno, donde son ahora el ala combativa de un partido que
desesperadamente trata de construir la burguesía para salir del cementerio de
sus aparatos políticos del pasado. Las que nacieron y existieron como apéndices
de aparatos partidarios se disgregaron. Otros agrupamientos, inervados por
militantes abnegados y honestos, buscan un camino de salida.
Al margen incluso de un juicio de valor, es innegable que el
sector numérica y políticamente más significativo de lo que dio en llamarse
«movimiento piquetero» fue cooptado por el gobierno y asimilado al sistema. Sus
dirigentes son funcionarios; y sus bases clientes del aparato político que
intenta formar el sector del capital que se hizo del poder con el golpe de mano
de diciembre de 2001. En el otro extremo, los «cartoneros» -es decir, la masa
de desocupados y excluidos- sin cesar creciente, es ya parte del paisaje
natural de Buenos Aires, con apenas un dato diferenciador, provocado por la
reactivación económica: en ese ejército inerme de miserables hay menos hombres
adultos, más mujeres y, sobre todo, más niños.
Es el rostro espantoso, intolerable, insostenible, de la crisis
capitalista. Sólo que, aunque golpea a los ojos de cada habitante, se oculta a
la mirada por un fenómeno de negación colectiva y aparece como exactamente lo
inverso y domina la percepción social en Argentina y más allá de las fronteras:
la supuesta solución de la crisis, atribuida al gobierno Kirchner, sin
considerar o comprender hechos tan obvios que subleva tener que repetirlos: el
colapso político lo revirtió la burguesía durante el gobierno de Eduardo
Duhalde; la crisis económica no resolvió ninguna de las causas estructurales
que provocaron la explosión y… todo el cuadro político actual es inexplicable
sin un factor decisivo: el papel de las dirigencias autoproclamadas
revolucionarias.
Este desenlace, que pone en cuestión el curso de Argentina
durante todo un período por delante, tiene responsables. No hablamos de
individuos sino de concepciones encarnadas en organizaciones. Y no es posible
achacar esa responsabilidad a aquellas que están descartadas por definición, es
decir, las que no propugnan la revolución social. Por tanto, hay que buscarlos
entre las que, desde los 80 hasta el último período reseñado más arriba, en
lugar de procurar a todo precio y por todos los medios la unidad social y
política de los trabajadores y sus aliados, por sobre las diferencias
ideológicas, culturales y partidarias que naturalmente existen en los millones
de explotados y oprimidos, propiciaron una respuesta revolucionaria mediante la
incorporación de esa masa diversa en todos los sentidos a supuestos «partidos»
o «frentes» de izquierda, que no son partidos porque no son parte real de
la clase obrera; y por no ser partidos, no pueden tampoco ser un frente real
aun cuando se presenten bajo una misma sigla.
Simultánea y paralelamente, aquellas líneas de acción chocaron
con la tarea primera en medio de la crisis expresada en última instancia en el
desmoronamiento de la URSS y sus derivaciones posteriores en todo el planeta:
la recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas a escala nacional e
internacional.
A cambio, la militancia ha asistido al espectáculo de
«direcciones» que, tras interpretar que el proletariado mundial estaba a la
ofensiva en 1990, en pos de la revolución y el socialismo, por sí y ante sí
alumbraron aparatos insignificantes a los que denominaron Internacional. Con la
misma técnica que luego se utilizaría en relación con el «movimiento
piquetero», cada pseudo partido creó su propia internacional; envió cuadros a
«influenciar» a revolucionarios subdotados de otros países, necesitados de la
conducción incluso táctica de aquellas direcciones, cuya primera tarea
consistió en mostrar que todas las demás eran, en realidad,
contrarrevolucionarias al servicio del imperialismo. Cuadros talentosos, con
acervo teórico de inmenso valor, resolvieron financiar un militante aquí, otro
allá, para que su internacional orientara la revolución en cada país. Y de
paso, que denunciara a Fidel y el PC de Cuba por su papel contrarrevolucionario
dentro y fuera de Cuba. Cuando apareció Chávez en el escenario, se apresuraron
a explicar que era un bonapartista al servicio del imperialismo…
Parece una mala comedia; pero es el entramado real en el que se
formaron y actuaron millares de hombres y mujeres que, justamente, trataban de
acceder al «escalón más alto de la especie humana». Las leyes inexorables de la
dialéctica producen a menudo resultados crueles: cuanto más abnegado y
esforzado el militante, más enajenado su accionar; cuanto más prolongada su
vida de luchador y más intensa su participación en los combates de estos años,
más consolidadas las deformaciones conceptuales y metodológicas.
No hay margen para la ilusión de que este resultado pueda
revertirse con revistas de teoría, debates y reuniones. Aunque todo ello sea
necesario, sólo la irrupción del movimiento obrero real en la lucha social y
política podrá rescatar esa masa militante malograda por la encerrona histórica
que tocó en suerte.
Rasgos
de la nueva etapa histórica
El derrumbe de la URSS dio lugar a un fenómeno múltiple,
incomprendido o no asumido en toda su magnitud hasta hoy. En apretada síntesis
se puede resumir en dos aspectos determinantes:
1. ruptura de todas las barreras objetivas y subjetivas que
condicionaban y limitaban a los países centrales (imperialistas) en la economía
mundial capitalista; imposición arrolladora de las expresiones más brutales de
la ley del valor en todas las economías nacionales y en todos lo planos de cada
sociedad; explosión del desarrollo de las fuerzas productivas mediante la
revolución científico-técnica y, en consecuencia, crecimiento absoluto y
relativo del proletariado industrial en la sociedad.
2. dilución hasta la desaparición de la noción de socialismo
como alternativa al capitalismo; proceso masivo y acelerado a escala mundial de
pérdida de la conciencia de los trabajadores; consecuente debilitamiento y/o
extinción de partidos obreros en todo el mundo; adaptación de los restantes
(con apenas excepciones), a la idea y la práctica de que el capitalismo es
invencible y sólo se puede intentar obtener mejoras dentro de él; desarme
ideológico, organizativo y moral, de cientos de millones de trabajadores y
decenas de millones de revolucionarios en todo el mundo; condena a la
confusión, el individualismo y la enajenación a cientos de millones de jóvenes,
precisamente en el momento de su incorporación al ejército proletario
internacional numéricamente más poderoso de todos los tiempos y en una
coyuntura de crisis sin precedentes del sistema. Más rápido aún que la
proletarización masiva de profesionales antes independientes y la incorporación
aluvional de nuevos proletarios en áreas extremadamente sensibles para el
funcionamiento del sistema (como por ejemplo los técnicos y programadores en
computación), se produjo el fenómeno de desideologización y alienación completa
de más de la mitad de la población mundial, es decir, miles de millones de
seres humanos. Mientras crecía a ritmo desconocido el proletariado en sí,
menguaba hasta extinguirse el proletariado para sí.
La negativa a asumir ese momento histórico mundial y, a partir
de allí, la coyuntura regional y nacional, redundó en la imposibilidad de
comprender el papel objetivo del gobierno de Eduardo Duhalde primero y Néstor
Kirchner después: la lucha interimperialista y el ahogo de las sub-burguesías
locales asociadas, sobre la base de la completa ausencia de una opción teórica
encarnada en la voluntad y la conciencia de millones de ciudadanos, le daba al
capital una excepcional vía de escape.
El saldo inmediato está a la vista, como señala el reciente
Congreso extraordinario de la UMS, publicado en Eslabón Nº 65: «la
burguesía no sólo retomó el control social y la iniciativa política, sino que
ganó a buena parte de las organizaciones sociales y políticas identificadas
sinceramente con la revolución. A otro contingente, no menos sincero y no menos
revolucionario, al menos en las formulaciones e intenciones subjetivas, la
burguesía lo arrinconó en el aislamiento sectario».
Dejemos de lado en esta oportunidad lo ocurrido a las corrientes
e individuos que se dejaron convencer por falacias tales como «el fin del
proletariado», la «invencibilidad del capitalismo», la «crisis irreversible del
socialismo», entre otras vaciedades dominantes durante los últimos años. Al
otro extremo del derrumbe militante, las víctimas de la enfermedad infantil del
comunismo, impedidas de comprender la extraordinaria complejidad del mundo real
reprodujeron deformaciones históricas del pensamiento revolucionario:
espontaneísmo (como vimos se llegó a proponer un ‘partido piquetero’);
localismo llevado a límites absurdos (ahora Las Heras), idealismo mecanicista
como base para el razonamiento (interpretación antojadiza de la realidad
mundial, imprevisión primero y ceguera después ante un fenómeno de las
dimensiones de la Revolución Bolivariana).
En suma, la transmutación del análisis de la realidad por el
recurso sistemático al petitio principii, es decir afirmar aquello que
se debe demostrar, apelar a formulaciones abstractas válidas para todo tiempo y
lugar, impidieron comprender la extraordinaria complejidad de la coyuntura
histórica, tanto a escala mundial como nacional. Pero, atención: ninguna
complejidad debe oscurecer lo obvio y relegar o confundir el dilema que tienen
ante sí las clases dominantes en Argentina.
Eduardo Duhalde y luego, en otras condiciones, Néstor Kirchner,
llevaron a cabo una exitosa operación política que, en una paradoja sin
precedentes, recuperó credibilidad por parte de una sociedad hastiada y en
desesperada sublevación, mientras daba una nueva vuelta de tuerca en la
traslación de ingresos a favor del capital. Sin embargo, contra la opinión
predominante, hay que afirmar que esta operación exitosa carece de base
material para prolongarse en el tiempo sin saldar de manera neta la
confrontación esbozada en 2001/02. Las causas objetivas y subjetivas que
produjeron aquel choque social espontáneo, abortado y transformado en su
contrario por la inexistencia de organizaciones capaces de asumir las
necesidades de las masas y la complejidad de la lucha revolucionaria, lejos de
haberse resuelto, han agravado en todos los sentidos.
Por mucho que la realidad esté distorsionada y disfrazada, la
tensión de fuerzas entre burguesía e imperialismo de un lado, trabajadores y
conjunto de la población del otro, late en los cimientos de la sociedad;
explota aquí y allá de los modos más diversos e inesperados; busca expresión y
dirección política de clase; y no encontrándolas corre el riesgo estratégico de
invertir su sentido y transformarse en fuerza contraria a la revolución social.
Pero permanece bajo la superficie de las relaciones sociales y no deja por un
instante de agravarse.
Para decirlo todo de una vez: enmarcada en la lucha
interimperialista por el reparto de mercados mundiales, Argentina
-indiferenciada en ese punto del resto de América Latina- está de lleno en una
transición convulsiva dominada por una de las condiciones clave de una
situación revolucionaria: los de abajo ya no quieren y los de arriba ya no
pueden vivir como hasta ahora.
En su célebre clasificación, Lenin describió cuatro condiciones
para reconocer una situación revolucionaria:
«Estamos seguros de no equivocarnos cuando señalamos los
siguientes tres síntomas principales (de una situación revolucionaria): 1)
cuando es imposible para las clases gobernantes mantener su dominación sin
ningún cambio, cuando una crisis, en una u otra forma, en las ‘clases altas’,
una crisis en la política de las clases dominantes, abre una hendidura por la
que irrumpen el descontento y la indignación de las clases oprimidas. Para que
estalle una revolución no basta, por lo general, que ‘los de abajo no quieran’
vivir como antes, sino que también es necesario que ‘los de arriba no puedan’
vivir como hasta entonces; 2) cuando los sufrimientos y las necesidades de las
clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente; 3) cuando, como
consecuencia de las causas mencionadas, hay una considerable intensificación de
la actividad de las masas, las cuales en tiempos ‘pacíficos’ se dejan expoliar
sin quejas, pero que en tiempos agitados son compelidas, tanto por todas las
circunstancias de la crisis como por las mismas ‘clases altas’ a la acción
histórica independiente. Sin estos cambios objetivos, que son independientes
de la voluntad, no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la
voluntad de determinadas clases, una revolución es, por regla general,
imposible (...) la revolución no se produce en cualquier situación
revolucionaria; se produce sólo en una situación en la que los cambios
objetivos citados son acompañados por un cambio subjetivo, como es la habilidad
de la clase revolucionaria para realizar acciones revolucionarias de masas
suficientemente fuertes como para destruir (o dislocar) el viejo gobierno,
que jamás, ni siquiera en las épocas de crisis, ‘caerá’ si no se lo ‘hace
caer’» (2).
Toda clasificación -más si trata de relaciones sociales- tiene
rigideces y limitaciones que la inhabilitan cuando en lugar de ser tomada como
síntesis teórico-políticas se la adopta como fórmula matemática. Excluida esa
actitud, estas reflexiones de Lenin no sólo constituyen una formidable guía
para la acción, sino que, en los dos primeros puntos señalados, calzan con
inusual justeza con la realidad argentina actual. Nadie podrá dudar que los de
abajo no quieren vivir como lo hacen, y los de arriba no pueden sostenerse como
hasta ahora (¡por eso Kirchner es Presidente y el diario La Nación se limita a
repetir columnas insultantes, la más de las veces traducidas del inglés!). Sólo
algunos propietarios de empresas periodísticas, algunos titulares de organismos
encargados de estadísticas públicas y ciertos políticos enajenados, dudan que
la segunda condición planteada por Lenin se verifica –en este caso sí- con
precisión milimétrica en el país: «los sufrimientos y las necesidades de las
clases oprimidas se han hecho más agudas que habitualmente».
Pero falta, y de manera absoluta, la tercera condición: no hay
«una considerable intensificación de la actividad de las masas». Mucho menos
está presente «la habilidad de la clase revolucionaria para realizar acciones
revolucionarias de masas suficientemente fuertes como para destruir (o
dislocar) el viejo gobierno».
Partido
y Dirección
La contradicción entre la aguda vigencia de las dos primeras
condiciones y la no menos estridente ausencia de la tercera ha confundido una y
otra vez a la militancia. En los años 70, con una lectura arbitraria y
mecanicista de Trotsky, se concluyó que sólo faltaba «el factor subjetivo»,
entendido éste como el partido, el cual a su vez era entendido exclusivamente
como la existencia de un equipo que se atribuía las capacidades de una
conducción revolucionaria.
Ahora, cuando el dilema vuelve a plantearse y con mayor agudeza
aun que cuatro décadas atrás, es literalmente de vida o muerte que la
militancia revolucionaria no vuelva a incurrir en el mismo error de
simplificación (para nada exento de interés individual y corporativo).
Es preciso asumir en toda su dimensión y múltiple proyección la
afirmación de que «los cambios objetivos son independientes de la voluntad,
no sólo de determinados grupos y partidos sino también de la voluntad de
determinadas clases», y la certeza de que el «factor subjetivo» no
puede ser reducido a un equipo de dirección autoproclamada, porque una
dirección es inseparable de la masa a la que en teoría debe encabezar, y
mientras ésta tenga una subjetividad ajena a la idea de revolución estará
faltando un factor objetivo determinante, que cerrará el paso a una dirección
revolucionaria real, es decir, real en el devenir diario de la sociedad, del
movimiento de masas.
Los cambios objetivos son independientes de la voluntad de
partidos y clases, pero no de la labor acumulada de los revolucionarios. Ésta,
sedimentada en conciencia y organización, va sumando cantidades que en un
momento (ése sí independiente de toda voluntad y difícilmente previsible) se
transforma en calidad y produce el estallido revolucionario.
Hay que subrayar que ese momento teórico difiere en todo y por
todo de las cacerolas que atronaron Buenos Aires el 19 de diciembre de 2001 y
supuestamente voltearon al gobierno de la Alianza. El subrayado es una
advertencia para nada irónica: la confusión de cualquier explosión con una
situación revolucionaria acaba con la derrota del movimiento popular sublevado
y el aniquilamiento de las organizaciones revolucionarias.
En algunos casos, como en los años 70 del siglo pasado, esto
puede significar el aniquilamiento físico de la militancia. En otros, como el
período vivido entre 1983 y 2003, significa el aniquilamiento organizativo de
formaciones de definición revolucionaria, lo cual significa por extensión la
destrucción, desmoralización o neutralización de una fuerza militante clave en
la lucha social y política.
No es antojadiza la comparación de 1976 con 2003, aun cuando en
más de un sentido se trata del desenlace inverso de un período de conmoción
social. El 25 de mayo de 2003, con la asunción de Kirchner y la presencia en
sendos actos masivos de Fidel Castro y Hugo Chávez, plasmaba un cambio
volcánico en sentido positivo de lucha antimperialista y de emancipación social
mientras simultáneamente ocurría un reacomodamiento ideológico-político que
ubicaba al borde del abismo a las organizaciones asumidas como revolucionarias.
A partir de ese momento, éstas se desplazarían para ingresar al gobierno u
oponersele frontalmente y en todos los planos.
No es habitual asumir que un mismo fenómeno pueda concentrar
trascendentales factores positivos en el mismo nido en el que ocupan lugares de
prevalencia los huevos de la serpiente. Menos lo es afirmar que, o se comprende
esa ambivalencia brutal, o se clausura el camino para toda comprensión. Sin
embargo ése es el mensaje que necesitamos transmitirle a las y los
revolucionarios que en Argentina han luchado y siguen luchando contra el
capitalismo:
- el gobierno de Kirchner con los fascistas Gustavo Beliz y José
Bordón (para mencionar sólo a los más connotados del Opus Dei entre otros
tantos innumerables) y una cantidad igualmente significativa de mujeres y
hombres imbuidos de intenciones revolucionarias, abría el 25 de mayo de 2003 un
paréntesis dentro del cual se dirimiría nada menos que el curso histórico del
país;
- Marx sostenía, en un texto citado una y otra vez en estas
páginas, que si bien las sectas tienen justificación histórica en períodos de
retroceso de las luchas proletarias, cuando éstas reaparecen, aquéllas son
«reaccionarias en esencia» (3). La descripción que hemos resumido aquí no deja
lugar a dudas respecto del papel reaccionario de las sectas en este período.
Una conclusión lineal, por tanto, afirmaría que el colapso de las
organizaciones de la izquierda revolucionaria en Argentina, entendido como
destrucción de las sectas de izquierda y resultante de la irrupción del
kirchnerismo, es un factor históricamente positivo.
El hecho es que la ambivalencia del oficialismo actual no niega
su carácter de clase, de la misma manera que la relatividad del tiempo no
impide que un hombre envejezca y muera. El principio de la indeterminación,
fruto y motor del pensamiento idealista, traducido en formulaciones corrientes
tales como «éste es un gobierno en disputa», empuja a franjas importantes de
militantes revolucionarios a una trampa mortal.
No sólo por su origen y composición, sino ante todo por las
relaciones sociales de producción de las cuales es heredero y constantemente
reproduce en todos los planos y sentidos, el gobierno encabezado por Néstor
Kirchner es un engranaje del mecanismo del sistema capitalista. Esto no supone
una opinión respecto de las intenciones del Presidente y es tan obvio como el
hecho de que el funcionamiento del sistema requería en medio de la crisis un
engranaje con particularidades excepcionales. Esa misma excepcionalidad le será
demandada al elenco gobernante por la reaparición, bajo la forma que fuere, de
la crisis. Sólo que en la próxima vuelta, este equipo catapultado al poder por
la crisis será puesto en cuestión por ésta.
Ni en conceptos teóricos o formulaciones programáticas, ni en los
hechos puros y duros, durante tres años el gobierno no dio un solo paso
destinado a cambiar las relaciones de clase. De manera sistemática ha ocurrido
lo inverso; y está a la vista: desde la distribución del producto excedente
hasta los alineamientos con la burocracia sindical, desde el destino de los
resultados de la recuperación económica (fácilmente mensurable con el nivel del
salario real y la salida de 10 mil millones bajo la forma de pago al FMI) hasta
el curso de recomposición política que terminó subordinando cuadros combativos
a los restos en descomposición del aparato mafioso del PJ, desde la relación
con antiguos y nuevos grupos económicos hasta la que se verifica respecto de la
población en los actos públicos del Presidente, no podrá hallarse un solo hecho
que permita fortalecer ideológica, política, social o económicamente a los de
abajo en relación con las clases dominantes. La idea de «dar poder a los pobres
para acabar con la pobreza» no sólo no está en el léxico oficial: tampoco está
en sus líneas de acción de corto, mediano o largo plazos.
Por eso crece la economía y la pobreza a la vez; aumenta la
producción de riqueza y la marginalidad; se recompone el sistema institucional
al compás de una degradación vertiginosa de la política: porque el curso del
movimiento no va en el sentido de la participación consciente y organizada, en
el mejoramiento económico y social, en la educación y el protagonismo de las
mayorías, es decir, en el sentido del cambio de relaciones de fuerza y lugar
entre las masas, sino en favor del statu quo ante.
Estas afirmaciones no encarnan problemas mayores para quienes
por convicción, conveniencia o simple ignorancia, creen que la crisis del
sistema ha sido superada y sólo resta mejorar los términos de la distribución y
la calidad de las instituciones. Quienes tenemos la certeza de lo contrario,
sin embargo, debemos poner manos a la obra para afrontar lo que inexorablemente
viene.
Y aquí reaparece el dilema de qué hacer respecto de la legión
dispersa de militantes revolucionarios. Pero falta reconocer que tanto la
crisis como la respuesta y eventual solución tienen raíz y alcance
internacional. Y por lo tanto no es posible dar un solo paso si no se analiza
qué lugar ocupa el actual gobierno argentino en ese plano.
La contradicción que polariza a la militancia y la conduce a un
callejón sin salida estriba en la imposibilidad de asumir que un dato esencial
de la crisis que envuelve al planeta es la lucha interimperialista e
interburguesa, que se desenvuelve en el marco de la desorganización y
desideologización de la clase obrera mundial. Sin negar ninguno de los factores
que hacen de este gobierno un defensor del statu quo ante, es preciso
entender que surge como fruto de la lucha interburguesa en el plano interno y
de la lucha interimperialista en el plano internacional. Ese origen es tan
determinante de su condición como lo es su naturaleza de clase.
Para el pensamiento mágico, para pseudodirecciones
irresponsables que no preparan la batalla contra el poder real, esas
contradicciones carecen de relevancia. Pero quienes se propongan de verdad
desafiar y vencer a la burguesía y el capitalismo no pueden desestimar las
contradicciones del enemigo. La distancia entre la victoria y la derrota, entre
la vida y la muerte no de una persona, sino de millones y sobre todo de una
perspectiva histórica de emancipación y redención social estriba precisamente
en la capacidad para intervenir con estrategia y fuerza propias en la múltiple
confrontación que ocurre ahora mismo a escala planetaria.
De la misma manera que no es posible avanzar un milímetro en la
recomposición de la vanguardia sin partir del estado y la evolución de la clase
a la que ésta pertenece y se refiere, es igualmente imprescindible partir de la
realidad internacional y regional de la clase obrera y sus aliados. Dar
indicaciones para cada país desde un escritorio y enviar portavoces para
«influir» en la revolución mundial, es algo más que una caricatura grotesca del
internacionalismo: es una concepción y una práctica provinciana de la política.
Eso y nada menos es lo que han practicado y siguen practicando los charlatanes
irresponsables que desconocen realidades como la Revolución Cubana, encogen los
hombros frente a la Revolución Bolivariana, se solazan con la deriva reformista
de Lula, recuerdan que ya sabían cómo es Tabaré Vázquez, explican con
suficiencia despectiva el vuelco de la situación en Bolivia y para interpretar
lo que ocurre en Perú corren a buscar el ADN de un ex militar.
El provincianismo, en el mal sentido de la palabra, llega al
punto de que preclaros dirigentes de la revolución mundial acaban postulándose
como concejales… y salen chamuscados!
Basta con eso. El internacionalismo es en primer lugar pensar,
comprender y actuar desde y para una realidad internacional. La acción
revolucionaria internacional implica en primer lugar pensar, comprender y
actuar para enfrentar y vencer al centro vital del sistema: el imperialismo
estadounidense. En términos históricos, no hay ni podrá jamás haber una
revolución victoriosa en un país sin la derrota del imperialismo. No hay ni
podrá jamás haber recomposición de la vanguardia revolucionaria marxista sin la
afirmación en el tiempo del desarrollo consciente y organizado de la clase
obrera, lo cual supone al límite la derrota del imperialismo.
La dinámica de convergencia de gobiernos actuales no sólo en
América Latina y el Caribe sino en el hemisferio Sur del planeta, es una clave
para enfrentar a tamaño enemigo. Se trata de gobiernos de muy diferente
naturaleza y condición, pero esa convergencia, aun en su contradictorio
desenvolvimiento, va en detrimento del control, la base de sustentación y la
capacidad de acción del imperialismo. La revolución necesita ese espacio para
abrirse paso y defenderse, en momentos en que la crisis estructural lanza al
gendarme mundial contra el mundo, con todo su poder destructivo: tras las
invasiones a Afganistán e Irak, el Pentágono prepara una agresión atómica
contra Irán (probablemente se habrá consumada cuando estas páginas estén
impresas) y tiende líneas de inequívoca confrontación bélica hacia Suramérica y
el Caribe. No es un problema que otro debe resolver. Es el principal problema
de los revolucionarios resueltos a la revolución.
Ahora bien: no hay modo de adoptar una posición sólida frente al
gobierno argentino sin asumir este cuadro internacional. Así como resulta
transparente que la política oficial no cambió un ápice las relaciones de fuerza
entre las masas y las clases dominantes, es igualmente evidente que sí hubo
cambios en las relaciones internas de la burguesía y, por lo mismo, del
país respecto del imperialismo estadounidense. El proletariado, las juventudes,
la militancia, de uno u otro modo comprenden bien el papel del imperialismo,
cuyos estrategas están dispuestos a arrojar una bomba atómica sobre Irán con el
objetivo de golpear la conciencia de todo el mundo, para sostener su predominio
mediante el único medio que le resta: el terror. La militancia revolucionaria
en Argentina no podrá relacionarse con las masas sin ofrecerle una respuesta
creíble a esta conducta del máximo enemigo de la revolución.
En un contexto análogo -aunque incomparablemente menos grave- se
impuso entre la primera y la segunda guerra mundiales la noción teórica de
Frente Antimperialista y el accionar político en función de ella; no es un
descubrimiento reciente; es una elaboración de la Internacional Comunista en el
momento de mayor vigor de la Revolución Rusa y con la participación dirigente
de Lenin. Abandonar la política de Frente Antimperialista, sea para reemplazarla
con los Frentes Populares o por el sectarismo, es ni más ni menos que abandonar
la estrategia de los revolucionarios marxistas.
¿Alguien recuerda la Plaza del No, el 1º de mayo de 1990?
Entonces existía Izquierda Unida, que con todas sus insalvables debilidades (4)
era cualitativamente diferente de la caricatura patética que compusieron años
después el PC y el MST y expiró por fin el año pasado. En aquella oportunidad,
IU llevó unas 80 mil personas a la Plaza de Mayo. El país enfrentaba una
embestida imperialista brutal, que mediante la figura de Menem devastaría la
nación durante la década siguiente.
Pese a nuestra resistencia fueron designados como oradores
quienes habían sido candidatos a presidente y vice meses antes. Habíamos
planteado que ese punto era para nosotros condición de permanencia en la IU; y
determinó nuestra ruptura con ella (5).
En representación del MAS, Luis Zamora utilizó la tribuna para… condenar
a Fidel Castro!! El otro orador expuso -acaso sin saberlo- la propuesta de lo
que desde los años 30, con base en nociones defendidas por Dimitrov ante la ya
devaluada Internacional Comunista, el stalinismo denominó Frente Popular (6).
No faltan quienes dos décadas más tarde, y a la luz del
derrotero recorrido por Zamora desde entonces, sospechan que su discurso fue
obra de un agente contrarrevolucionario infiltrado: ¿a quién si no se le
ocurre, desde el interior de IU y como diputado de ese frente, ante una
multitud inequívocamente identificada con la Revolución Cubana y su dirección,
condenar a Fidel Castro y exigir «socialismo mas democracia» en Cuba? Es
difícil enfrentar tal interpretación, pero nuestra respuesta es inequívoca: a un
sectario. No hace falta ser agente de la CIA. Recuérdese la frase de Marx: «las
sectas son reaccionarias en esencia».
Tampoco el orador impuesto en aquella oportunidad por el PC se
libra de interpretaciones capciosas. Su trayectoria posterior contribuye
igualmente a abonar la teoría conspirativa. Pero la respuesta es la misma: eso
es el frentepopulismo.
No hace falta ser agente secreto del enemigo. El sectarismo y el
reformismo desaguan inconscientemente en el territorio de la burguesía y el
imperialismo (por eso, dicho sea entre paréntesis, pueden convivir contra toda
lógica durante largos períodos en circunstancias determinadas). El hecho es que
resulta inseparable lo ocurrido en el período posterior -la anomia de la
sociedad, la parálisis de la clase obrera, la desorientación de la militancia
ante lo que el mal periodismo denominaría «neoliberalismo menemista»- de lo
ocurrido aquel 1º de mayo de 1990. Imposible comprender el vuelco masivo de
militancia y grandes sectores del movimiento obrero y la juventud hacia lo que
sería el Frente Grande, luego Frepaso y Alianza, sin el impacto divisionista,
desmoralizador y confusionista que tuvo aquella Plaza del No.
Pero esto no es sólo pasado remoto e irreversible (perdimos la
batalla y el imperialismo se alzó con la riqueza material y moral del país). Se
repitió en Mar del Plata, con motivo de la contracumbre y el acto en el que
habló Hugo Chávez; sólo que en esa oportunidad, y ante la imposibilidad de
tener un protagonismo rupturista, un conjunto de organizaciones optó por hacer
su propio acto (7). Y acaba de reiterarse, esta vez como un calco, semanas
atrás, el 24 de marzo, en un escenario por completo diferente: en lugar de
moverse tácticamente según la estrategia del Frente Antimperialista, las
izquierdas súper revolucionarias provocaron un escándalo absolutamente
innecesario y rompieron una concentración de mucha gente -tanta como en aquella
nefanda Plaza del No- pero ante todo volvieron a actuar contra las bases
existentes para un frente antimperialista de enorme y decisiva potencialidad.
Es sencillo cargar las culpas sobre columnas identificadas con
el gobierno que montaron una provocación adelantándose a ocupar lugares
privilegiados en la Plaza. Pero quejarse porque entren en la escena grupos
provocadores, equivale a descubrir que existe un enemigo. ¡Resulta que no
podemos estar tranquilos en la Plaza! El nudo de la cuestión, sin embargo, está
en otro lado: la lectura de un documento -conocido o no por todos los
participantes- que obviamente no representaba el común denominador, es una
provocación, aun con el signo contrario, equivalente a la del ala oficialista
que participó en el acto.
Hay que advertir de algo a los dirigentes que reivindican la
conducta asumida el pasado 24 de marzo en la Plaza de Mayo: sin necesidad de
aliados, y sin enemigos, tampoco es necesaria dirección alguna; sencillamente
no hay batalla y mucho menos guerra. Una dirección y una vanguardia organizada
son necesarios precisamente porque la revolución social, para ser exitosa, debe
vencer poderosísimos enemigos, debe enfrentar innumerables batallas y ganar una
guerra. Esto sí requiere la capacidad de sostener alianzas y lograr que, si de
un lado éstas suman fuerzas en términos materiales, de otro no las resten en
sentido estratégico. Es la ciencia y el arte de la política. «A una fuerza
material sólo puede vencerla otra fuerza material», decía Marx. Pero este
lenguaje es incomprensible para sectarios y reformistas, cada uno empeñado en
su propio juego: enfrentar al enemigo con discursos y a los gritos.
El
imperialismo a la carga
Lo ocurrido en la Plaza de Mayo el pasado 24 de marzo, así como
la sublevación de Las Heras y la más reciente explosión en Subterráneos (que no
hemos tocado en estas páginas) prefiguran el escenario nacional de corto y
mediano plazos. Todo está envuelto en la ilusión sin fundamentos de que el país
ha salido de la crisis económica y tiene un prolongado período de desarrollo y
estabilidad por delante.
El único fundamento para esa ilusión es que las clases dominantes
han recuperado la iniciativa en todos los terrenos y, paralelamente, la
perspectiva revolucionaria y socialista se ha desprestigiado aún más al compás
de los desvíos sectarios y sus efectos de fragmentación y debilitamiento tanto
de las organizaciones revolucionarias como del movimiento sindical.
Incluso si el elenco gobernante se depurara de sus elementos
corruptos, ultraderechistas, mafiosos y proimperialistas y la política oficial
se afirmara en dirección a la unidad suramericana y la soberanía nacional, como
creen muchos de sus componentes, no habría espacio para la estabilización de
ese proyecto. Menos que nunca, en la fase agónica del imperialismo ninguna
variante de toma de distancia y asunción de una línea de acción independiente
tiene posibilidad de sostenerse sin transponer los límites del capitalismo.
Una corriente no articulada de pensamiento político sostiene que
la magnitud de la crisis y la cantidad de frentes de combate que se le abren a
Estados Unidos en todas las latitudes impedirá que Washington extienda sus
garras para detener el proceso en curso en Suramérica, lo cual daría espacio a
franjas del capital no monopolista, entrelazadas con otros centros imperiales y
economías de gran porte en el mundo para afirmar un programa no subordinado al
imperialismo yanqui. Nuestra opinión es la contraria: Estados Unidos se lanza a
la guerra. En todo el mundo. Sea el que sea el costo interno y mundial que deba
pagar.
Procesos históricos de este tipo no se desarrollan y resuelven
de un día para otro. Y, puesto que su concreción sería extraordinariamente
gravoso para el propio imperialismo, éste mismo intenta evitarlos. Pero no
retrocediendo, sino tomando caminos que realicen la tarea de destrucción
violenta sin su participación directa masiva. A través de los omnipresentes
servicios de espionaje; volcando cifras fabulosas para comprar funcionarios,
dirigencias políticas, intelectuales, periodistas; introduciendo cuñas en
grietas reales del campo que se le opone (como ocurre ahora mismo con la
parálisis del Mercosur a partir del choque entre Argentina y Uruguay y las
disputas económicas entre Brasil y Argentina, o con el proceso de aceptación
uno a uno de Tratados de Libre Comercio, o, peor aún, alentando situaciones
internas tales como las que ocurren con el Estado Zulia en Venezuela o el
Departamento de Santa Cruz en Bolivia, para dividir países y eventualmente
provocar guerras civiles).
En Argentina este accionar tiene otro terreno donde apoyarse y
ya están operando agentes visibles y encubiertos para explorarlos y detonarlos:
se trata de la fractura social, no entre burgueses y proletarios, sino entre
proletarios y proletarios, a partir de la cual es pensable una derivación de
enfrentamientos irreparables por todo un período. Dicho en otros términos: el
imperialismo y sus agentes internos promueve el fascismo; en el sentido preciso
del término y no en la interpretación predominante que le atribuye sólo el
rasgo de la violencia o la represión. Fascismo es el recurso del capital para
enfrentar la sublevación del movimiento social con sectores de la propia masa
oprimida y explotada. Como en la Alemania de los años 30, un sector de la
izquierda contribuye inconscientemente con esa dinámica. Hay también en el
gobierno franjas que, en este caso con plena conciencia, marchan en ese
sentido.
No es la invasión de marines lo que amenaza a Argentina. Es la
afirmación de una dinámica ya muy avanzada de disgregación social e impotencia
política. Las y los revolucionarios marxistas podemos y debemos detener esa
dinámica; enfrentar y vencer no sólo al enemigo de clase, sino a las
deformaciones que contribuyen con él.
Plan
de acción inmediata
A partir del panorama descripto, Crítica hace una propuesta a la
militancia revolucionaria marxista que comprende las urgencias de la hora y
está dispuesta a romper con los dos desvíos predominantes en las filas de
izquierdas: frentepopulismo e izquierdismo.
Existe un arco muy amplio dentro de las fuerzas revolucionarias
en el que hay acuerdo en términos programáticos. Esto es necesario,
imprescindible, pero no suficiente. Un Programa no garantiza nada si no existen
los acuerdos relativos a caracterización general de la etapa y demarcación de
las tareas a realizar.
Las resumimos de la siguiente manera:
1. unidad social y política de los trabajadores y el conjunto de
sus aliados
2. frente antimperialista (de manera diferenciada a escala
nacional, latinoamericana y mundial)
3. comando unificado de quienes reivindican ambos objetivos
desde la perspectiva de la revolución socialista
4. convocatoria en todo el país para, sobre la base del
involucramiento en la realización de estas tareas, abrir de manera orgánica a
partir del comando unificado un período de elaboración, debate y organización,
apuntado a la realización de un Congreso Fundacional de un partido
revolucionario marxista de los trabajadores.
Tanto la unidad social y política de las masas explotadas y
oprimidas como el frente antimperialista son ante todo una política y no
necesariamente una instancia organizativa. Determinan una línea de acción que
propugna en toda y cualquier circunstancia la dinámica de convergencia como
clase y expresión política unitaria. El eje inamovible en cada circunstancia es
la no subordinación de la clase obrera y sus aliados potenciales a programas y/u
organizaciones burguesas de cualquier tipo; tomando como punto de partida
explícito la advertencia de que no es subordinarse a la burguesía asumir las
tareas democráticas y antimperialistas que eventualmente encaren direcciones
políticas, sindicales o sociales que respondan directa o indirectamente a
intereses de la burguesía (y esto incluye en determinadas circunstancias al
propio gobierno).
Por ejemplo: la invasión a Irak, la agresión en curso contra
Irán y las amenazas crecientes contra Cuba y Venezuela (que se hacen ahora
extensivas a Bolivia), exigen la realización de acciones conjuntas con todas
las fuerzas dispuestas a oponerse a la guerra. Ese sólo punto basta para
promover en el país acciones y, eventualmente, organizaciones coyunturales o
regulares, en función de la noción frente antimperialista. Esa instancia, desde
una perspectiva democrática, asumirá asimismo la lucha contra la Escuela de las
Américas, las bases militares estadounidenses, las maniobras militares con
Estados Unidos, etc, al tiempo que promoverá la investigación y la justicia en
torno a operaciones represivas como el Plan Cóndor, el Plan Colombia, los
programas de pseudo combate al narcotráfico. Asumirá asimismo campañas de
información, debate y combate contra el Alca y los TLCs y contra el saqueo
permanente de la deuda externa.
A escala hemisférica, con eje y base en Cuba y Venezuela y sus
respectivas conducciones, promover un bloque antimperialista continental (que
busque incluir a grandes sectores dentro de Estados Unidos, al calor de las
movilizaciones de los inmigrantes latinos y la resistencia interna a la
guerra), con eje en la Paz, la soberanía y la convergencia político-económica
en torno de planes concretos como los que resume programa del Alba. Llamado
explícito a los gobiernos de Cuba, Venezuela, Bolivia, Brasil, Uruguay y
Argentina (probablemente en el corto plazo se puedan sumar Perú y Ecuador), a
la convergencia efectiva para constituir la Unión de Naciones Suramericanas y
emprender como punto de partida planes de alfabetización, de atención sanitaria
a los excluidos, obras de infraestructura tendientes a la integración,
instancias financieras propias e independientes de los organismos
internacionales del imperialismo, instancias políticas comunes que con base en
la elección directa avancen en la edificación de un andamiaje político unitario
para Suramérica.
En el plano mundial, promover e integrar una fuerza plural y
multifacética que a partir de un punto mínimo: Paz, explore constantemente la
posibilidad de incluir además objetivos tales como Fondo Humanitario
Internacional, Banco del Sur, etc.
En relación con los trabajadores y las juventudes en Argentina,
el objetivo de unidad social y política se apoyará en la recuperación de la
historia de lucha, organización y desarrollo político de la clase obrera y el
movimiento estudiantil. Los programas de La Falda y Huerta Grande constituyen
un punto de partida unificador desde el cual se promoverá la realización de
encuentros locales, regionales y nacionales a fin de discutir la necesidad de
superar la fragmentación paralizante del movimiento obrero, recomponer las
estructuras sindicales de la clase, las instancias gremiales de los estudiantes
y la expresión política unitaria de las mayorías.
En el fragor de la realización de estas tareas, el comando
unificado impulsará un enérgico proceso de recomposición desde las bases. Un
boletín de circulación interna llevará información y orientación al conjunto de
los involucrados, y promoverá la creación de organismos de base que a partir
del debate de las ideas que comiencen a circular, realice por si mismo la
selección de delegados a encuentros locales, regionales y nacionales que
deberán desembocar, en fecha a fijar por el propio comando unificado, en un
Congreso Fundacional que apruebe un Programa, un Plan de Acción y un Estatuto y
dé nacimiento al partido revolucionario marxista de los trabajadores, los
estudiantes y el pueblo.
1.- Friedrich Engels; Anti Dühring. OME 35/Obras de Marx y Engels; Grijalbo, Barcelona 1977; pág. 36.
2.- Lenin, Obras Completas, T XXII, pág. 310; Ed. Cartago. Las bastardillas son nuestras.
3.- Marx a, carta a Bolte, Correspondencia Marx/Engels. Editorial Cartago; Buenos Aires 1987; pág. 260.
4.- No decimos esto ahora: como parte integrante de señalamos desde el primer momento su inviabilidad en la medida en que no cambiase conceptos y métodos elementales. Ver «El abismo y el horizonte»; Búsqueda, Buenos Aires 1994.
5.- Ibid. En ese libro se hallará un documentado relato completo del debate interno en la IU y el Fral.
6.- Véase entre otros «Discurso de resumen ante el VII Congreso de la IC, 13 de agosto de 1935. Jorge Dimitrov, Selección de trabajos. Ediciones Estudio, Buenos Aires 1972, con prólogo elocuentísimo de Victorio Codovilla (téngase en cuenta que este texto fue publicado mientras el PC afrontaba las elecciones del año siguiente con la fórmula Alende-Sueldo.
7.- «Teoría y práctica del frente único antimperialista».
Crítica Nº 32; Buenos Aires, octubre 2005-marzo 2006.