Libertad
y autonomía sindical.
La crisis del modelo en Argentina y México.
Por
Guillermo Pérez Crespo
El
debate necesario
En
un trabajo anterior ensayamos algunas reflexiones alrededor de los conceptos de
libertad y autonomía en relación a la discusión sobre el nuevo modelo sindical
en Brasil.
Ahora
intentaremos seguir profundizando en la cuestión desde un ángulo diferente,
para lo cual repasaremos algunas premisas previas de las que partimos para
elaborar el análisis.
En
primer lugar hicimos referencia a que todo modelo de construcción sindical se
integra en un proceso histórico, y responderá en mayor o menor medida a los
intereses de los trabajadores según la capacidad de los mismos para configurar
la herramienta organizacional adecuada. En ese sentido insistimos en que
cualquier debate en base a posiciones cristalizadas y prescindiendo del marco
social integral –el que no puede agotarse en el análisis histórico pero tampoco
puede prescindir del mismo- lleva forzosamente a una trampa sin salida.
En
este encuadre necesario planteamos las dificultades que encierra el hecho de
que cualquier modelo sindical se construye al interior de una sociedad
sustentada en una economía capitalista, integrándose de una u otra forma en el
orden jurídico que esa sociedad ha edificado y en el que el control estatal ha
adquirido una relevancia central.
Otro
aspecto esencial al tema guarda relación directa con el protagonismo que en
este sistema le está reservado obviamente a la clase propietaria, la que tiene
la iniciativa y va modelando sucesivas variantes históricas que agotan y hacen
entrar en crisis los distintos modelos sindicales ensayados por los
trabajadores[1].
Finalmente
una constatación: la crisis del sindicalismo es generalizada pero no se revela
de igual manera en los países capitalistas centrales que en los países
dependientes[2].
Esta diferencia es aun mayor si comparamos los elementos que hacen al
agotamiento del modelo en Europa con los inherentes al que sufren las diversas
variantes del mismo en los países de América Latina[3].
En
relación a estas últimas premisas intentaremos abordar algunos elementos de dos
realidades sindicales que presentan algunos puntos en común en sus respectivos
desarrollos históricos: México y Argentina. Ensayaremos un pensar de ambos
modelos sindicales que pueda aproximarnos los puntos de contacto entre sí por
sobre las diferencias propias de sus
respectivos patrones históricos, culturales, sociales y económicos.
Obviamente
por razones de espacio y porque escapa a la intención de este trabajo un
análisis más exhaustivo, nos limitaremos a señalar brevemente algunos puntos
que entendemos importantes para la comparación.
Breves
líneas sobre la evolución del modelo sindical en México
El
proletariado mexicano fue consolidándose como clase en un acelerado proceso
entre finales del siglo XIX y principios del siglo XX, en donde paralelamente
se dieron tempranas experiencias de organización gremial, más sustentadas en un
artesanado todavía predominante que en trabajadores asalariados propiamente dichos[4].
Si
bien en las últimas décadas del siglo XIX el proceso de formación del
proletariado se acelera al compás de las inversiones productivas y la
acumulación capitalista, recién con posterioridad a 1910 puede encontrarse un
desarrollo de magnitud suficiente como para identificar sectores trabajadores
asalariados que pasan a protagonizar la construcción de la organización
sindical. En el plano de lo ideológico, fue preponderante el pensamiento
socialista utópico, aunque pronto se desarrollaron experiencias influenciadas
por corrientes anarquistas y comunistas.
En
la experiencia mexicana, la temprana integración del movimiento obrero en una
alianza de clases con fracciones de la burguesía consolidó una experiencia de organización y
construcción sindical más encuadrada en una política estatal que enfrentada a
la misma[5].
Los
acuerdos de la Casa del Obrero Mundial con Venustiano Carranza sentarán sólidas
bases para una política colaboracionista
por parte de sectores importantes de la dirección del movimiento obrero
mexicano.
Otros
sectores de orientación clasista seguirán impulsando organizaciones de
resistencia, muchas de las cuales terminan confluyendo en la Confederación del
Trabajo de la Región Mexicana (CTRM), y numerosos movimientos huelguísticos
llevan finalmente a la huelga general de julio de 1916[6].
La fuerte represión y el crecimiento interno de los sectores acuerdistas
derivaron en el fracaso de estas experiencias
La
constitución de 1917, en el gobierno de Carranza[7],
expresó esta realidad tan compleja e introdujo elementos importantes de un
derecho social que harán historia más allá de las fronteras mexicanas[8].
En
el artículo 123 de la nueva Constitución
se establecen la jornada máxima de ocho horas diarias, la limitación de la
jornada nocturna, la prohibición del trabajo en condiciones insalubres, la
prohibición del trabajo de menores de 12 años y la limitación de la jornada en
los menores de 16, el franco semanal, la protección de la maternidad en las
trabajadoras, el derecho a un salario mínimo y a la participación en las
utilidades de las empresas y otros derechos laborales. En el plano colectivo,
el derecho a formar sindicatos y a las huelgas y paros, con una frase que vale
la pena reproducir por su profundo contenido ideológico encubierto “las huelgas serán lícitas cuando tengan por
objeto conseguir el equilibrio entre los distintos factores de la producción,
armonizando los derechos del trabajo con los del capital…”.
En
1918 con el nacimiento de la Confederación Obrera Regional Mexicana (CROM) se
consolida una política de estrecha
colaboración con el gobierno, la que
marcó la historia futura del movimiento sindical mexicano. La
integración de Luis Morones y otros dirigentes al obregonismo fue determinante
en la estrategia de colaboración que llevó adelante el grueso del sindicalismo.
La constitución del Partido Laborista para intervenir en política en apoyo de
Álvaro Obregón abre a su vez una etapa de inclusión de dirigentes sindicales en
cargos de gobierno, lo que consolida toda la estrategia colaboracionista del
moronismo.
Fuertes sindicatos por actividad mantuvieron
en ese entonces posiciones clasistas y se manejaron en forma independiente de
la CROM. Algunas de estas organizaciones, de decisiva influencia anarquista y
comunista, confluyeron en 1921 en un intento de central alternativa, la
Confederación General de Trabajadores (CGT), que no consiguió mayor desarrollo
posterior y terminó derivando años después hacia posiciones acuerdistas con los
sectores más reaccionarios del capital.
La
CROM fue evolucionando hacia políticas cada vez más colaboracionistas y ajenas
a los intereses de sus representados, hasta que
luego de varias escisiones menores se produce la ruptura de 1933, con la
expulsión del sector de Lombardo Toledano, la conformación de la Confederación
General Obrera y Campesina de México (CGOCM) y, ya en 1936, la Confederación de
Trabajadores de México (CTM), bajo la dirección de Toledano, la que en poco
tiempo pasó a constituirse en la principal central sindical.
Claro
que la fundación de la CTM, impulsada por numerosos dirigentes clasistas se da
en pleno gobierno de Lázaro Cárdenas, cuya política de nacionalizaciones, de
reforma agraria y de avanzadas normas laborales terminó arrastrando una vez más
al sindicalismo mexicano a una estrategia homogénea de colaboración con la
burguesía.
Una
de las consecuencias más directas de esta nueva realidad se expresa en la
sindicalización masiva de los trabajadores estatales: la clasista Alianza de
Trabajadores del Estado, conformada en 1933, es reemplazada, desde una acción
netamente verticalista, por la Federación de Sindicatos de Trabajadores al
Servicio del Estado, constituida en 1936, con el apoyo total del gobierno
cardenista y con una clara ideología
participacionista[9].
Finalizado
el período cardenista, los gobiernos posteriores orientaron la política
económica en dirección claramente adversa a los sectores trabajadores, pero una
dirigencia ya absolutamente burocratizada y una concepción netamente
participacionista, todo ello en el difícil marco de la guerra mundial,
imposibilitaron una reacción contundente en el movimiento sindical. El Pacto
obrero-industrial de 1945, durante el período de Ávila Camacho, produce el
alejamiento de varios gremios de peso, entre ellos el de los trabajadores
ferroviarios, brutalmente intervenido por un grupo de matones liderados por el charro Díaz de León en 1949[10].
De
allí en más se puede visualizar un proceso casi lineal de profesionalización y
burocratización de las direcciones sindicales, desarrollándose lo que se
conoció como sindicalismo charro, cuyo principal símbolo fue el dirigente
máximo de la CTM Fidel López[11].
El
ajuste brutal de los noventa encontró al sindicalismo mexicano entrampado es
estos difíciles límites: una dirección en gran parte burocratizada, con una
clara concepción participacionista y ocupando muchos de sus hombres cargos en
los sucesivos gobiernos priistas no podía en modo alguno responder eficazmente
a la brutal ofensiva del capital.
El
sindicalismo en Argentina
Con
algunas similitudes y muchas diferencias[12],
el proceso de construcción sindical en la Argentina también fue temprano y
paralelo a la conformación de la clase trabajadora como tal.
La
organización de los trabajadores tipógrafos en 1857[13]
más tiene que ver con la etapa de predominio del sector artesanal y las
estrategias de construcción propias de los socialistas utópicos[14],
que con un sindicato propiamente dicho. Este recién aparecerá como tal en 1877,
con la fundación de la Unión Tipográfica[15].
Pero
muy pronto las corrientes ideológicas anarquistas y marxistas desplazarán al
socialismo utópico y marcarán a fuego la primera etapa del movimiento sindical
argentino.
En
la última década del siglo XIX las organizaciones gremiales se multiplicaron y
en 1891 se constituye la Federación de Trabajadores de la República Argentina,
de corta vida. Luego de varios otros intentos fallidos, en 1901 aparece la
Federación Obrera Argentina (FOA), la
que se fractura al año siguiente con el retiro de los socialistas, los que
conforman la Unión General de Trabajadores (UGT), disputándose ambas centrales
la conducción del movimiento obrero.
Pero
tanto anarquistas como socialistas partían de concepciones de clase que los
llevaban a enfrentar las políticas estatales. Las huelgas portuarias de 1902, a
las que siguieron medidas de fuerza de otras actividades, derivaron en la
sanción de la Ley de Residencia, destinada especialmente a reprimir el
movimiento obrero[16].
En
1904 sobre la base de los gremios de la FOA se constituye la Federación Obrera
Regional Argentina (FORA), ya claramente identificada con las posiciones
anarquistas.
En
1905 aparecen las primeras expresiones de lo que se denominó sindicalismo
revolucionario, que se diferencia claramente de las posiciones socialistas y
anarquistas, adhiriendo a doctrinas claramente economicistas que no se plantean
el enfrentamiento en el terreno político sino un proceso de acumulación de
conquistas sociales a través de la lucha gremial que derivará en una sociedad
diferente.
Los
fuertes conflictos sociales de 1909 llevaron a la constitución de la
Confederación Obrera Regional Argentina (CORA) que vuelve a nuclear a los
gremios socialistas y parte de los anarquistas, perdiendo gradualmente fuerza
la disminuida FORA.
La
fuerte represión a las luchas sindicales y serios errores de anarquistas,
socialistas y comunistas en la conducción de las mismas, permitió el
crecimiento en la década del veinte del sector sindical que rechazaba la acción
política revolucionaria.
El
regreso de los gremios sindicalistas y socialistas a la FORA les permitió ganar
la central sindical, lo que terminó derivando en la ruptura de la misma[17].
La
llegada del yrigoyenismo al gobierno y la estabilización económica y la oleada
de prosperidad de la década del veinte, permitieron un mejoramiento de la
situación de los trabajadores y terminaron de abrir las puertas a concepciones
sindicales que sustentaban su estrategia en prácticas negociadoras y aun
colaboracionistas[18].Y
si bien las tendencias revolucionarias recobraron fuerza con la revolución rusa
de 1917, el proceso de transformación en los gremios comenzó a expresar un
nuevo sindicalismo que ya en la década del treinta va a depositar muchas expectativas en la
negociación con el Estado.
Los
fusilamientos de Vasena en 1918, los de la Semana Trágica en 1919 y la bárbara
represión a los huelguistas de la Patagonia en 1920 marcaron un pico represivo
que golpeó muy fuertemente a los sectores sindicales más clasistas.
La
fundación de la Unión Sindical Argentina (USA) en 1922 es producto de la clara
preminencia de los sectores sindicalistas, y la constitución de la
Confederación General del Trabajo (CGT) en 1930 significa la definitiva
consolidación de un nuevo modelo sindical que ya no cuestionará políticamente
el sistema social y que sustentará mayoritariamente su estrategia en prácticas
de negociación y colaboración dentro de la legalidad estatal.
A
su vez, empieza a consolidarse cada vez más una profesionalización de
dirigencias sindicales que generará una conducción cegetista predominantemente
burocrática, que adopta un papel absolutamente prescindente ante las luchas
desatadas por los trabajadores rurales, del calzado, telefónicos, de comercio[19].
Ya en la década del treinta el sindicalismo
argentino consolida una diferente visión del Estado y de las estrategias de
construcción y organización sindical, priorizando la negociación y la
participación institucional y abandonando mayoritariamente las políticas de
cuestionamiento al régimen capitalista.
La
huelga de la construcción en los años 1935 y 1936 muestra una nueva conciencia
en el activismo gremial en relación a la necesidad de priorizar la organización
de sindicatos por actividad en reemplazo de las organizaciones por oficios.
Así
la llegada del peronismo al gobierno encontrará sustento en un nuevo
sindicalismo en gestación que ya poco tiene que ver con las viejas sociedades
de resistencia de principios del siglo XX[20].
Durante
el período de gobierno peronista se termina de consolidar este modelo sindical
que se desarrolla al calor de la relación estrecha con el poder político,
perdiendo el margen de autonomía que aun conservaba[21],
y permitiendo una mayor burocratización de las estructuras sindicales, donde el
vínculo con el gobierno termina pesando más que la representatividad en la base
para la elección de un dirigente sindical y para cualquier política de
conflicto gremial.
Este
modelo sindical negociador y participacionista, que se desarrolla y consolida a
la sombra del poder político, es el que imperará durante las siguientes
décadas. Las experiencias de la resistencia peronista luego del golpe de 1955 y
las de los distintos intentos clasistas de la década del setenta no pudieron
saldar en cambios de fondo que permitieran transformar el modelo.
La
ofensiva patronal de los noventa no encontró en la central sindical ni en los
sindicatos más poderosos mayor resistencia ni respuestas alternativas.
Direcciones absolutamente burocratizadas, temerosas de un enfrentamiento más
frontal con el poder político, e incapaces en su mayoría de movilizar a sus bases,
sólo atinaron a reiterar estrategias de conflicto que se revelaron
insuficientes para evitar la pérdida masiva de conquistas sociales.
Si
bien cualquier simplificación en estos temas es sumamente riesgosa, vale la
pena puntualizar –con las salvedades propias de dos realidades nacionales con
composición social, histórica, económica y regional diferentes- aspectos
comunes a ambas experiencias que justifican el intento comparativo.
Como
cuestión central cabe consignar que ambos procesos de conformación de las
estructuras sindicales presentan puntos en común, fundamentalmente en cuanto al
enorme poder adquirido por las mismas a mediados del siglo XX, el vínculo
estrecho con el poder político y el
significativo grado de burocratización de sus dirigencias.
En
la experiencia histórica mexicana la concepción de un sindicalismo integrado a
una política de Estado, con prácticas de negociación y participación que
desplazan al conflicto clasista, aparece más temprano. Ya en los primeros años
del siglo veinte, alcanza un punto importante con la Constitución de 1917 y
termina de consolidarse como modelo durante el gobierno cardenista en la década
del treinta.
En
la Argentina esta concepción de lo sindical recién va a empezar a desplazar
seriamente a las sociedades de resistencia y los viejos sindicatos clasistas en
la década del treinta, aunque se perfilan las primeras experiencias de este
tipo ya en la década del veinte. El modelo participacionista se va a consolidar
como tal durante el gobierno peronista en la segunda mitad de la década del
cuarenta.
Una
primera aproximación comparativa nos permite plantear la posible relación
directa entre estos modelos sindicales y los procesos de consolidación de los
Estados nacionales en Latinoamérica: parecería que es con los procesos de
nacionalizaciones, industrialización y construcción de identidad de estas
experiencias estatales, que se configuran como intentos de resistencia a las
políticas de dominación de los países centrales, que el modelo adquiere
sentido.
No
parece casual que el sindicalismo de participación se desarrolle más
temprana-mente en México que en Argentina, cuando de una revisión de los
procesos históricos respectivos se advierte que es en aquel país donde se
plantea con anterioridad una política nacionalista por parte de fracciones
importantes de la burguesía.
Estos
procesos históricos de afirmación nacional obligan a integrar en mayor o menor
medida a los sectores trabajadores y a sus organizaciones sindicales.
Los
gobiernos conservadores de la Argentina de las primeras dos décadas del siglo
optaron claramente por una construcción política económica dependiente de Gran
Bretaña y no hallaron motivo alguno para conciliar con la clase trabajadora que
recién se organizaba[22].
Los
gobiernos de Carranza y Obregón sí necesitaron de acuerdos con los obreros
asalariados de la ciudad, no solo para enfrentar la rebelión campesina sino
también para diseñar políticas económicas que presentaban ciertos aspectos
nacionalistas.
En
Argentina, recién con la llegada al gobierno del yrigoyenismo se abrió un
espacio de diálogo con sectores trabajadores que permitió el crecimiento de las
primeras organizaciones participacionistas[23].
Espacio que creció con las políticas de industrialización de la década del
treinta.
Pero
va a ser con la experiencia del cardenismo en México y del peronismo en
Argentina que se termina de consolidar definitivamente un tipo de sindicalismo
que muy poco tiene que ver con el de resistencia al capitalismo de principios
del siglo XX[24].
La
relación con el Estado presenta en un momento dado caracteres comunes a ambas
experiencias. Las estrategias de construcción, organización y conflicto se
sustentan en prácticas negociadoras y participacionistas, sin cuestionamientos
de fondo hacia las políticas estatales.
No
solo se acepta plenamente la legalidad estatal, sino que de forma más o menos
directa se institucionaliza la acción sindical dentro de los marcos precisos de
la misma.
Esto
va a permitir la obtención de numerosas conquistas sociales, ya no arrancadas
necesariamente al capital a través de luchas.
El
orden jurídico estatal va a regular la conformación de las estructuras
sindicales y va a incidir en mayor o menor medida en la adjudicación de representatividad
a las distintas organizaciones sindicales y sus dirigentes.
En
la normativa argentina a través del régimen de personería gremial única por
actividad. En la mexicana fundamentalmente a través de las Juntas de
Conciliación y Arbitraje, las que van a adjudicar a determinado sindicato la
representación y el poder de negociación colectiva respecto de los trabajadores
de las distintas empresas.
Pero
la acción estatal también va a incidir por omisión: la absoluta carencia de
normas claras sobre participación democrática de los trabajadores en la
conformación y dirección de sus organizaciones[25]
ha sido funcional a fenómenos de burocratización superiores a los de otras
experiencias sindicales[26].
Por
otra parte la relación entre las estructuras gubernamentales y sindicales ha
generado un accionar permanente en doble dirección: en este período histórico
las direcciones sindicales pesan en las internas partidarias y se constituyen
en grandes electores y a su vez desde los espacios de poder político se influye
en forma más o menos directa en muchas direcciones sindicales.
Así
se conformaron las dos estructuras sindicales más poderosas e influyentes de
Latinoamérica entre los años cuarenta y ochenta. Fueron construidas por los
trabajadores en base a sus respectivos experiencias históricas, se
caracterizaron por su concepción participacionista, su vínculo estrecho con el
poder político, la profunda y masiva burocratización de sus direcciones[27],
y la conformación de mecanismos de negociación y conflicto que sólo podían
responder a la realidad en que crecieron y se desarrollaron estas formas de hacer sindicalismo[28].
La
nueva realidad de los noventa
Ambos
modelos sindicales, el mexicano y el argentino, se revelaron impotentes ante la
brutal ofensiva del capital a nivel mundial que se fue consolidando en las
últimas décadas del siglo veinte.
Multiplicación
de los índices de desempleo, precarización de las condiciones de trabajo,
pérdidas salariales, la denominada flexibilidad laboral arrasó con gran parte
de las conquistas sin que las poderosas organizaciones sindicales de México y
Argentina pudieran oponer la más mínima resistencia.
Cabe
aclarar que esto no significa en modo alguno que no haya habido numerosos y muy
profundos intentos de resistencia por parte de los trabajadores a todo el
proceso de reestructuración capitalista[29]
sino que las mismas pasaron mayoritariamente por estructuras no orgánicas o por
lo menos con ciertos caracteres de marginalidad respecto de las principales
centrales sindicales.
La
industrialización acelerada del norte de México y el fenómeno de la brutal
explotación de la fuerza laboral en las grandes maquilas, encontraron un escaso
condicionamiento por parte de la estructura sindical. Más aun, la
multiplicación de fantasmales sindicatos de empresa y convenios colectivos de
empresa secretos para los propios trabajadores involucrados, solo es pensable
en el marco de profundo deterioro del sindicalismo charro.
Los
contratos colectivos de trabajo impusieron cláusulas flexibilizadoras,
supeditando los derechos de los trabajadores a los requerimientos de la
productividad.
En
el mayor ejemplo de concentración de la industria maquiladora, Ciudad Juárez,
los conflictos sindicales fueron promovidos casi en su totalidad por pequeños
sindicatos independientes, cada vez más golpeados, mientras que las principales
centrales sindicales adoptaron una actitud absolutamente pasiva.
Los
dirigentes sindicales se aseguran cuotas de poder a través de la Junta Local de
Conciliación y Arbitraje, las empresas se aseguran el manejo unilateral y
arbitrario de las condiciones laborales, y los trabajadores se alejan cada vez más de sus organiza-ciones[30].
Los
convenios colectivos en las maquilas de otras zonas del norte mexicano no son
mejores para los trabajadores: reparten poder entre la organización sindical
que decide qué trabajadores entran a trabajar en las maquilas y tiene poder
disciplinario sobre los mismos, y la empresa, que impone arbitrariamente y sin
condicionamiento alguno las condiciones de trabajo que necesita para asegurar
sus altos índices de productividad. La aparición de sindicatos funcionales a
las empresas, que no representan a los trabajadores sino que constituyen
verdaderas trampas para los mismos, son una condición esencial a las
condiciones de explotación y bajos salarios[31].
Fraudes
electorales sustentados incluso en acciones violentas para garantizar la
permanencia de direcciones sindicales irrepresentativas, presiones y amenazas a
trabajadores para que acepten convenios colectivos absolutamente patronales,
sindicatos de empresa que funcionan como apéndices de las mismas, el movimiento
sindical mexicano presenta enormes agujeros negros por los que se cuelan las
más brutales ofensivas patronales.
Las
acciones de resistencia parten mayormente de algunos sindicatos nacionales de
actividad, pequeños sindicatos independientes y organizaciones como el Frente
Auténtico del Trabajo (FAT), pero no consiguen afirmarse en una construcción
orgánica que se concrete en alternativa real al sindicalismo oficial.
En
México sigue siendo alto el nivel de sindicalización, pero se ha señalado que
la presencia de sindicatos no ha constituido un obstáculo para la innovación en
las empresas y la flexibilidad del trabajo[32].
En
Argentina, el movimiento sindical no tuvo respuesta alguna a la ofensiva del
capital de los años noventa. El 25 de julio de 1994 la CGT firmó, junto a la
Unión Industrial, otras organizaciones patronales y el gobierno, el Acuerdo
Marco para el Empleo, la Productividad y la Equidad Social, piedra angular de
todo el proceso flexibilizador de la década del noventa.
La
sanción de las leyes de la precarización laboral, la demolición de gran parte
del derecho social del trabajo conquistado por los trabajadores pocas décadas
antes, la multiplicación de los índices de desocupación y sobreocupación, el
masivo trabajo en negro, los cientos de convenios colectivos de empresa
homologados por el Ministerio de Trabajo donde las organizaciones sindicales
aceptan cláusulas de polivalencia, multifunción, salarios atados a productividad,
pérdida de tiempos de descanso.
Para
todo ello ha sido funcional una política estatal de complicidad con prácticas
claramente antidemocráticas y represivas al interior de las organizaciones
sindicales. Pero también fue necesaria la insuficiente respuesta de una gran
mayoría de trabajadores acostumbrados a delegar en sus dirigentes las
decisiones y la acción sindical, lo que no es más que la realidad
complementaria imprescindible del modo burocrático de participación.
Las
acciones de resistencia al ajuste han sido protagonizadas mayormente por
comisiones gremiales de base, estructuras sindicales inorgánicas, seccionales
sindicales del interior del país y algunos pocos gremios nacionales, varios de
ellos integrantes de una central sindical paralela y minoritaria[33].
Han contado con el apoyo de organizaciones de trabajadores desocupados y otros
movimientos sociales y fuerzas políticas, pero no de la burocratizada central
sindical oficial, que prefiere mirar para otro lado y no al país real que
estalla a cada paso.
Si
bien en Argentina el nivel de sindicalización se ha reducido en forma notoria,
aún se mantiene entre los más elevados del mundo[34].
Pero también en este país los trabajadores sienten que esta estructura sindical
se revela como muy poco eficaz para la defensa de sus intereses.
Algunas
consideraciones necesarias
No
se trata de incurrir en el error tan común de superficializar en modo extremo
el análisis de una realidad mucho más compleja de lo que parece: la
burocratización del movimiento sindical en ambos países tiene que ver con
cuestiones ideológicas muy profundas al interior de los propios trabajadores,
que han aceptado mayoritariamente este tipo de construcción sindical.
No
todas las direcciones sindicales burocratizadas se asientan en el fraude
electoral o en mecanismos de represión al interior de sus gremios. En ese
sentido es muy probable que un proceso electoral democrático en muchas
organizaciones sindicales diera como resultado el triunfo de las actuales
conducciones.
En
realidad se debería partir de conceptuar como burocrático no a un sector
dirigente sino al mismo modelo sindical, el que necesita por definición de este
tipo de conducción.
Eso
explicaría el porqué muchas experiencias de agrupaciones opositoras y
combativas que denuncian la falta de democracia interna, terminan reproduciendo los mismos vicios, si
bien en algunos casos en forma más moderada o desde otra visión de clase.
Alrededor
de estos puntos empiezan a plantearse algunos interrogantes que se presentan
como esenciales.
La
experiencia sindical mexicana nos muestra que en principio un régimen de
pluralidad sindical no constituye garantía de solución a los problemas de
fondo. Si bien la historia sindical argentina revela que el régimen de
personería gremial única por actividad ha sido hábilmente manipulado desde el
Estado para maniatar a los trabajadores, la pluralidad del modelo mexicano ha
abierto las puertas a infinidad de sindicatos empresarios y el control estatal
igualmente persiste y termina de reforzar el poder de las direcciones
burocratizadas.
Por
otra parte, la implementación de mecanismos que garanticen una mayor democracia
al interior de las organizaciones sindicales, si bien representaría un muy
importante avance, difícilmente constituya una solución de fondo, ya que no
cambia el modelo en la cabeza de los trabajadores[35].
Una
característica contradictoria de la crisis del modelo es la relación casi
automática entre la pérdida de poder que estas direcciones sindicales sufren al
exterior de sus organizaciones y la consolidación cada vez mayor de su poder al
interior de las mismas.
Claro
que esta contradicción no hace otra cosa que revelar los límites actuales de
este tipo de construcción sindical, donde se conjugan negativamente elementos
subjetivos -la concepción de la misma en la cabeza de los propios trabajadores-
y objetivos -los mecanismos que desde la propia legalidad estatal se diseñan en
función de sostener la permanencia de dirigencias funcionales al sistema-, para
dificultar cualquier práctica alternativa que permita pensar en un sindicalismo
de raíz y naturaleza diferente.
Un
debate profundo que se multiplique en la misma base sindical, cuestionando el
modelo de construcción y organización sindical, la relación con la
institucionalidad estatal, las formas de conflicto, aparece como imprescindible
para cualquier respuesta de fondo.
Así
como las sociedades de resistencia de la segunda mitad del siglo XIX debieron
dejar paso, en un proceso de transición cuyos tiempos y características fueron
diferentes en ambos países, a los sindicatos más profesionalizados de la
segunda mitad del siglo XX, la crisis de representatividad y de respuesta de
éstos a los tiempos del ajuste brutal deja entrever la necesidad y la urgencia
de un nuevo cambio hacia otras formas de organización y respuesta sindical.
[1] Coerción y consenso, represión e integración se combinan históricamente para desactivar las respuestas de los trabajadores organizados.
[2] Obviamente una multiplicidad de razones explican esta diferencia, pero en muchas oportunidades se ponen de relieve exclusivamente las históricas culturales y se silencian aquellas que atienden a componentes económicos de no menor importancia, entre ellos la división internacional del trabajo.
[3] Todos estos puntos, pero particularmente este último, parecen ser ignorados en numerosos análisis que se intentan sobre la crisis del modelo sindical en nuestros países. No solo en Argentina sino también en otros países latinoamericanos, resulta llamativo que las distintas referencias sobre la falta de respuesta del modelo sindical se esquematizan aislada y superficialmente prescindiendo de una reflexión más profunda que permita pensar el mismo en el marco general mundial o siquiera regional, lo que posibilitaría hallar algunos elementos comunes de la crisis que se configuran como constantes en las diferentes realidades.
[4] Sergio de la Peña, La clase obrera en la historia de México. Trabajadores y sociedad en el siglo xx. Edic. Instituto de Investigaciones Sociales de la UNAM y Siglo XXI editores, México 1984. También Silvia Cragnolino, Rebelión obrera en México: la huelga de Cananea, en Historia del Movimiento Obrero, edic. CEAL. Cragnolino sitúa en 1881 la primera huelga minera en Pinos Altos, Chihuahua, en la que fueron fusilados por el ejército cuatro trabajadores identificados como dirigentes de la protesta, tempranas víctimas del movimiento obrero en América Latina.
[5] Probablemente la incapacidad de los sectores agrarios de Villa y Zapata de darse una política hacia los trabajadores asalariados de la ciudad influyó en el alejamiento de cualquier posibilidad de acuerdo con las luchas campesinas.
[6] Que algunos autores identifican como la única huelga general en toda la historia del movimiento sindical mexicano.
[7] El mismo gobierno que en agosto de 1916 dictó un decreto castigando con pena de muerte la organización y participación en huelgas o medidas de protesta laboral.
[8] La Constitución mexicana de 1917 y la de la breve experiencia de la república de Weimar son reconocidas como hitos fundacionales del derecho social del siglo veinte.
[9] Eva Bargellini, México: Luchas sindicales y charrismo, en Historia del Movimiento Obrero, edic. CEAL, hace un interesante análisis alrededor de la concepción sindical que impregna este proceso, la que podría sintetizarse en la siguiente frase: “el Estado Mexicano no es un patrono porque representa los intereses del pueblo, no realiza tareas especulativas y es tutelar de las clases desvalidas; en cambio resulta indispensable transformar el cuadro de inseguridad, de abuso y de desorden que prevalece en las relaciones que existen con sus trabajadores…”
[10] De ahí la denominación irónica de “sindicatos charros” a las organizaciones sindicales colaboracionistas.
[11] Agustín Sánchez González, Los primeros cien años de Fidel, edit. Nueva Imagen, México 1997, traza una interesante semblanza de todo este proceso a través de las personas de los cinco lobitos, grupo de verdaderos gerontes sindicales que terminaron dominando a la CTM con puño de hierro. Fidel López falleció en su puesto de secretario general de la central a la edad de 97 años, con más de medio siglo en el cargo máximo de la organización.
[12] La principal diferencia radica en la cuestión agraria, de mucho mayor peso en la realidad mexicana, en especial en los inicios del movimiento sindical; pero también cobran enorme importancia aspectos relativos a la cuestión minera, la vecindad con Estados Unidos y la incidencia de la inmigración europea, entre otros.
[13] La Sociedad Tipográfica Bonaerense.
[14] Constituyó más bien una sociedad de socorros mutuos, aunque ya estaban presentes cuestiones organizativas que hacían a la construcción de lo sindical.
[15] Entre sus objetivos ya está el establecer una tarifa salarial. En 1878 organizó la que se considera la primera huelga en el país. Sobre estos años iniciales, Sebastián Marotta, El movimiento sindical argentino, edic. Libera, Bs As, 1975; también Jacinto Oddone, Gremialismo Proletario Argentino.
[16] Hugo del Campo, Los orígenes del movimiento obrero argentino, en Historia del Movimiento Obrero, edic. CEAL.
[17] La FORA 5º Congreso se constituyó en la expresión de varios gremios anarquistas que no aceptaron el resultado de la votación en el 9º Congreso.
[18] Hugo del Campo, De la FORA a la CGT, edic. CEAL
[19] A fines de 1930, la dirección de la CGT no vaciló en reivindicar aspectos positivos del gobierno de Uriburu, pasando por alto la represión sistemática contra numerosos dirigentes gremiales. Al respecto, Hugo Rapoport y Laura Golbert, El movimiento obrero argentino en la Década Infame, en Historia del Movimiento Obrero, CEAL.
[20] La división en CGT nº 1 y CGT nº 2 a principios de la década del cuarenta, no refleja en realidad concepciones antagónicas sino diferencias tácticas menores y cuestiones de liderazgo personal. Sobre esta compleja etapa histórica, es un clásico el libro de Murmis y Portantiero, Estudios sobre los orígenes del peronismo, edit. Siglo XXI, que permite enfrentar muchos de los mitos construidos al respecto. También son valiosos los aportes de Juan Carlos Torre, con varios trabajos sobre el tema, y los de Hugo del Campo.
[21] El intento fallido del telefónico Luis Gay y otros dirigentes sindicales de impulsar un Partido Laborista cierra definitivamente en esa etapa histórica cualquier posibilidad de autonomía real.
[22] No casualmente el primer gran debate estratégico alrededor de la participación política de la clase obrera se dio en la Argentina en oportunidad de la revolución de 1890.
[23] Contradictoriamente, es también durante este gobierno que se producen algunas de las represiones al movimiento obrero más recordadas por la historia.
[24] Aunque en este punto hay que ser muy cuidadoso con lo que se expresa: la concepción de este nuevo modelo sindical ya estaba en pleno desarrollo no solo en la cabeza de muchos dirigentes y trabajadores sino en el mismo accionar de numerosas organizaciones; sólo necesitó de estas precisas coyunturas históricas para terminar de consolidarse. Y por otra parte es difícil que estas experiencias históricas hubieran plasmado como lo hicieron sin esta previa conceptualización participacionista por parte de importantes sectores trabajadores.
[25] En esta cuestión se maneja muy hábilmente un doble discurso encubridor de la complicidad estatal respecto del déficit de garantías de participación democrática al interior de los sindicatos: por un lado se regula fuertemente desde el Estado el accionar de las organizaciones sindicales y se les reconoce y adjudica representatividad legal, y paralelamente, ante los reclamos de una regulación del sistema de participación, se aduce el principio de autonomía sindical en base al cual supuestamente el Estado no puede intervenir en la vida de las organizaciones sindicales.
[26]
La
denominada burocratización sindical es inherente al proceso histórico de
profesionalización de cuadros sindicales, por eso está de un modo u otro
presente también en la generalidad de las estructuras sindicales europeas y
americanas, pero con características muy diferentes según cada realidad.
[27] Que a su vez derivó en numerosos casos de corrupción de cuadros sindicales y de traición hacia los trabajadores representados.
[28] Es importante reiterar que no se trata de experiencias únicas, ya que este modelo sindical creció y se expandió por gran parte de Europa y América. Se eligió el análisis del modelo sobre estos dos casos particulares por las características especiales que presentan, y por configurar probablemente la expresión más acabada y compleja del modelo sindical participacionista en Latinoamérica.
[29] Vale la aclaración por toda la mitología construida con éxito –por lo menos en el caso argentino- alrededor de la supuesta ausencia de resistencia por parte de los trabajadores a la ofensiva del capital. Al respecto, son muy valiosos los trabajos de Iñigo Carrera sobre las experiencias de resistencia de los trabajadores en la Argentina.
[30] María Eugenia de la O., Ciudad Juárez, un polo de crecimiento maquilador, en Globalización, Trabajo y Maquilas, varios autores, edit. Plaza y Valdés, México 2001.
[31] Cirila Quinteros, La maquila en Matamoros: cambios y continuidades, México 2001; Alfredo Hualde, Todos los rostros de la industrialización: precariedad y profesionalización en la maquiladora de Tijuana.
[32] Enrique de la Garza Toledo, La
construcción socioeconómica del mercado de trabajo y la reestructuración
productiva en México, en Reestructuración
Productiva, mercado de trabajo y sindicatos en América Latina, edit.
CLACSO, Bs As 2000.
[33] Algunas de las experiencias más importantes de resistencia salieron de la CTA, central que se plantea como alternativa al sindicalismo de la CGT, aunque en varios de sus gremios también se advierte la reproducción de vicios relativos a la autonomía y a la democracia y participación de los trabajadores.
[34] Según el Ministerio de Trabajo, estaría afiliado el 37 % de los trabajadores de la actividad privada.
[35]
Claro que
constituiría una solución instrumental para poder encarar en mejores
condiciones el debate de fondo al interior de las organizaciones sindicales.