Religiosidad Popular Latinoamericana

Un escenario de cinco siglos  de lucha de clases

 Por Gonzalo Abella

 

En la Sud América precolombina predominaba una religiosidad caracterizada por el animismo y por un vínculo directo entre los seres humanos y los espíritus protectores sin instituciones formales intermediarias. Excluimos de esta generalización únicamente las sociedades andinas fuertemente verticales, donde la religión ya cumplía una función legitimadora de la división social y en cuya doctrina ya se vislumbra una intención clasista y manipuladora.

En las comunidades federadas predominantes, los ancianos operaban como intérpretes calificados (por su mayor proximidad al mundo de los muertos), pero la presencia y coexistencia de los espíritus con los vivos era aceptada y sentida por casi todos.

En síntesis: un mundo horizontal de espíritus fraternos y serenos, angustiados o rencorosos, giraba en torno a las comunidades también horizontales que hacían ofrendas a los primeros y buscaban protecciones mágicas ante los últimos.

La Invasión Europea intenta imponer una estructura religiosa de dogma rígido e inapelable, ya manipulada por siglos para el sometimiento y el control de los pueblos.  Como superestructura ideológica este corpus doctrinario había sido testado con anterioridad en el mundo campesino europeo y en la lucha del Vaticano contra la Reforma (una reforma en esencia no menos manipuladora pero cuestionadora del absolutismo y del poder papal).

Frente a esta religión de la sumisión, la resistencia animista mágica evoca por entonces a los espíritus de la tierra para combatir la opresión extranjera. Y esta religiosidad animista va a nutrir todavía en el siglo XIX (y en el siglo XX) la mística de muchos sectores rurales que encabezarán o apoyarán movimientos insurgentes y liberadores.

Pero ya en el siglo XVIII se produce entre los oprimidos un sincretismo religioso de base animista que da un perfil único, americano, a la religiosidad popular.

En el mapa España y Portugal se repartían casi toda Sudamérica. En realidad nunca controlaron militarmente más del 10 % del territorio. Las redes de la resistencia afroamericana (comunidades de esclavos prófugos) y los pueblos originarios supervivientes se aliaron y fueron al encuentro de nuevos actores sociales: entre ellos, las comunidades indígenas cristianas, que practicaban una autogestión colectivista agrícola después de la expulsión de los jesuitas. En los territorios inexpugnables o liberados, zonas de encuentro multicultural y alianzas defensivas, los mitos y las leyendas africanas se mezclaron con el animismo indígena. También entre los inmigrantes europeos más humildes traídos en condiciones miserables para “poblar” las nuevas villas (y entre los desertores también europeos) renació el antiguo animismo aldeano de brujas y hombres lobos, de espectros y hadas buenas, que la Inquisición había reprimido pero no liquidado en el Viejo Continente.

En ese marco de encuentros fraternos y sincretismos nuevos, las colectividades agrícolas de indios cristianos estaba haciendo una nueva lectura del Evangelio: lejos del Vaticano y cerca de la tierra trabajada en comunidad, Cristo era más el profeta de los oprimidos y de su rebeldía que el resignado mensajero de la desolación inevitable que nos rodea en este valle de lágrimas. La otra vida, el Reino del Padre, podía construirse sobre tierra americana.

A finales del siglo XVIII América del Sur se encontraba convulsionada por sucesos extraordinarios a nivel mundial y continental: Enciclopedismo, Independencia norteamericana,  Revolución Francesa, la gesta de Tupac Amaru y Micaela Bastidas en el Perú, la de Tupac Katari en la actual Bolivia, los grandes levantamientos afroamericanos, la aguda diferenciación de clases entre los criollos, las guerras guaraníticas. Todos sabían que las convulsiones políticas  y sociales del Continente tendrían definiciones trascendentes al comenzar el siglo siguiente. 

En nuestro continente se enfrentaban dos proyectos para el futuro sudamericano: el mantenimiento del ya caduco poder colonial o su sustitución por las logias “independentistas” aliadas al colonialismo inglés y su ambición por nuevos mercados. Para las mayorías multiculturales, cada vez más vinculadas entre sí en los inmensos territorios todavía libres de nuestra América, la opción entre estas dos corrientes no era fácil, pues colonialistas y logistas masónicos “independentistas” tenían una óptica común en cuanto a la necesidad de la expropiación de tierras a los “bárbaros”... Sólo que el colonialismo caduco de España era mucho menos eficaz que las logias independentistas detrás de las cuales estaba el colmillo británico. Finalmente las grandes mayorías entran por pacto a la lucha insurgente, y al final de la gesta los próceres auténticos que las convocan son dejados de lado por la máquina del poder y entonces las aspiraciones de las mayorías son nuevamente postergadas.

Pero nos interesa el comienzo del proceso insurgente del siglo XIX más que su abortado o postergado final.  

En el cielo de la ideología se advertían los nubarrones de la crisis. Si los colonialistas “empecinados” adherían al catolicismo, en el seno del catolicismo, bajo su cúpula conservadora, había un sector jesuita que conspiraba contra el Poder y un sector franciscano abiertamente antiesclavista. Si los “independentistas” (hacendados esclavistas “ilustrados”) adherían a la Masonería, en el seno de los francmasones, bajo su cúpula de aristocracia intelectual, había surgido una disidencia “jacobina” (los yorkistas) que no aceptarían juzgar a los pueblos originarios y a los afroamericanos como simples “bárbaros”.

El animismo sincrético por su parte era francamente trasgresor e insurgente. Los cultos afroamericanos habían reconstruido un mundo espiritual donde espíritus de antiguos guerreros y reinas africanas (y su corte de exús y pombagiras) compartían el poder con espíritus amerindios y hasta con un San Jorge justiciero venciendo al Dragón del colonialismo. Los curas rebeldes por su lado anunciaban que la Revolución popular era el brazo de Dios.

La Leyenda del cacique guaraní misionero Sepé Tiarajú en el Sur Brasileño ilustra esta visión mística plebeya que asalta el Reino de los Cielos como anuncio simbólico de la posibilidad del Asalto al Cielo en la Tierra. Sepé Tiarajú existió de verdad, fue uno de los líderes de la resistencia misionera en plena guerra guaranítica, y cayó combatiendo contra el colonialismo portugués, hombro con hombro con los jesuitas disidentes que habían quedado en las misiones desobedeciendo a su propia Compañía. La leyenda que lo va agigantando en la memoria y la devoción popular comienza atribuyéndole desde su nacimiento un rasgo físico profético: un lunar en la frente, en forma de Cruz del Sur que brillaba en la noche. Cuando muere en combate, Nuestro Señor Jesús lo viene a buscar y lo lleva con él a reinar desde el Cielo. El Vaticano dice que no, pero los abuelos indios lo vieron, por eso en Río Grande do Sul existe un pueblo que se llama Sâo Sepé... ¡y que el Vaticano se tome su tiempo para discutirlo! Dicho sea de paso, el Vaticano ha tenido que ser muy amplio, muy amplio con la religiosidad popular latinoamericana. El cantautor argentino Jorge Cafrune cantó un vals criollo que hoy todavía se evoca en procesiones y misas:

Virgen morenita

India fue tu cuna

Porque india tú naciste

Por la Gracia de Dios

 

Cuatrocientos años antes, Cafrune hubiera sido quemado en la hoguera de la Inquisición por hereje.

El catolicismo que se expandió finalmente por la América morena no fue el inquisidor sino el persuasivo. Releído desde comunidades y barrios humildes, llevó primero consolación y después la posibilidad de fachadas legales para la organización de la lucha popular por sus derechos.

El Catolicismo romano se había hecho demasiado popular en Latinoamérica para ser controlable desde una cúpula acomodada y distante que subestimó por demasiado tiempo la teología reelaborada desde abajo. Ya en el siglo XX la simpatía del Papado por los regímenes más conservadores impulso una franca rebeldía en amplios sectores del cuerpo eclesial. El imperialismo norteamericano advirtió en los sesenta que el cura guerrillero Camilo Torres no era una excepción sino un anuncio inquietante. El protestantismo (especialmente en sus variantes metodista y luterana) también cuestionaba moderadamente el Orden Mundial imperialista, y la evangelización de muchas comunidades indígenas no las hacía tan sumisas como deberían ser. Mientras se esperaba por un Juan Pablo II o a un Benedicto XVI que pusiera orden y frenara a los disidentes, la CIA inventó o auspició iglesias “cristianas” más controlables, como la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días, cuyos templos lujosos se asientan en las tierras más fértiles (o, por ejemplo, sobre el Acuífero Guaraní) previendo las tribulaciones y penurias que la Biblia anuncia para los días finales en que los ministros de Dios deberán estar convenientemente aprovisionados; y cuyos archivos proveen a quien desee verlos del árbol genealógico (y los vínculos familiares) de cualquier potencial guerrillero latinoamericano. Con los Testigos de Jehová la relación del imperialismo fue más contradictoria: financió su instalación en la Cuba de Fidel, por su prédica de renuncia a cualquier acto de lucha junto a la comunidad, aunque ese acto sea en defensa propia; pero combatió a los Testigos que se negaban al servicio militar obligatorio en Occidente por objeción de conciencia.

Con la electrificación rural y la expansión de la radiodifusión en zonas periféricas y rurales surge un nuevo impulso de la manipulación religiosa que luego se hará fuerte en la TV; es el fenómeno tan conocido de las sectas “pentecostales” alienadoras que intentan neutralizar toda práctica social que no esté encaminada a pagar el “diezmo” salvador de las almas.

Su éxito se basa en la necesidad urgente de los más pobres y excluidos, que no pueden esperar por la agricultura orgánica ni por la cooperativa de vivienda ni por la lucha reivindicativa organizada, pues tienen hambre hoy. Las sectas les ofrecen una cadena interminable de milagros inmediatos testimoniados por gente como ellos; y entonces son el juego de azar espiritual en el cual se invierte el dinero que se tiene y hasta el que no se tiene.

Droga y pentecostalismo son dos formas autodestructivas impulsadas por el mismo plan imperial de desorganizar a las mayorías descartables, mayorías empobrecidas al máximo y que sobran en un mundo de producción y servicios automatizados y robotizados, donde lo que escasea no es la mano de obra sino el agua y el oxígeno.

Sin embargo el nuevo pentecostalismo tiene un riesgo para el plan neoliberal. Los nuevos pastores no conocen la pobreza por opción: son pobres ellos mismos. Y algunos se toman en serio el mensaje que proclaman y, emancipados de la secta madre, pasan a ser organizadores de las demandas populares.

Si los cultos afroamericanos (donde hay manipuladores inescrupulosos) son expresión de la antigua resistencia esclava, las sectas pentecostales (donde hay rebeldes) nacieron para la manipulación, para ser opio del pueblo.

Pero una cosa es el opio, otra cosa es la cocaína y otra muy diferente es la coca, la planta sagrada de la América andina. La coca anda hoy en la wiphala, y en la forja de la nueva resistencia etnocultural que se suma a la rebeldía latinoamericana. Junto a obreros, campesinos, empleados, maestros y estudiantes, los descendientes de los pueblos originarios convocan a sus antiguos espíritus para enfrentar el saqueo neoliberal de los recursos no renovables. Los antiguos espíritus de la montaña, la selva y la pradera se enfurecen ante la soja transgénica, el monocultivo forestal, las plantas nucleares, el maíz mutilado, las bases yanquis  y los agroquímicos cancerígenos. O sea que los antiguos espíritus se integran al movimiento antiglobalización, y asumen una postura claramente anticapitalista.

Cuando las trasnacionales montan sus empresas contaminantes en nuestros pobres países endeudados, y tratan de enfrentar a sus empleados (desesperados por conservar el trabajo) contra los vecinos (desesperados por la contaminación), la sabiduría tradicional es un factor de educación, sensibilización y recuperación de estrategias de supervivencia sustentables; y nos da elementos para la resistencia aún ante el escenario peor, como puede ser la coyuntura de un bloqueo de las trasnacionales a la importación y la exportación de un estado que aspire a ser soberano. Pero la sabiduría tradicional muchas veces viene envuelta en un vestido de leyendas, mitos y rituales que son inseparables de su esencia. Para la forja de un amplio frente popular antimperialista, conocer este teatro de la lucha de clases es imprescindible.

 

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