Ejemplo de lucha contra el izquierdismo

Razón y sinrazón

Por Isaac Deutscher

 

  Al adoptar esta conducta de avestruz los socialdemócratas eran fieles a su carácter. Tanto mayor, señalaba Trotsky, era entonces la responsabilidad del Partido Comunista. Empero, sus dirigentes no tenían conciencia de la magnitud y la naturaleza del peligro. Con falso ultrarradicalismo se negaban a establecer ninguna distinción entre el fascismo y la democracia burguesa. Sostenían que, puesto que el capitalismo monopolista estaba empeñado en fascistizar a la democracia burguesa, todos los partidos que figuraban en el campo del capitalismo estaban condenados a sufrir este proceso. Así, pues, todos los gatos eran pardos: Hitler era un fascista, pero también lo eran los jefes de los partidos burgueses tradicionales, tanto los derechistas, como los centristas; también lo era particularmente Brüning, que ya gobernaba por decreto; y más aún lo eran los socialdemócratas, que formaban el “ala izquierda del fascismo”. Esto no era un simple abuso de la inventiva política, pues en su base se encontraba una orientación política errónea y una estrategia falsa. Los propagandistas comunistas proclamaban una y otra vez que “Alemania vivía ya bajo el régimen fascista” y que “Hitler no podía hacer que las cosas fueran peores de lo que eran bajo Brüning, el Canciller del Hambre” (1).

  Pero, replicaba Trotsky, al proclamar que el fascismo se había impuesto ya, los comunistas de hecho daban por perdida la batalla antes de que ésta hubiera comenzado; en todo caso, al decirles a las masas que Hitler no sería peor que Brüning, las desarmaban moralmente frente a Hitler. Y para un partido obrero era una locura negar o hacer borrosa la distinción entre el fascismo y la democracia burguesa. Cierto era que uno y otra eran “sólo” formas y métodos diferentes del régimen capitalista; pero, dadas las circunstancias, la diferencia de forma y método tenía una importancia capital. En una democracia parlamentaria, la burguesía mantenía su dominio por medio de una amplia transacción social con la clase obrera, transacción que exigía una negociación constante y presuponía la existencia de organizaciones proletarias autónomas, partidos políticos y sindicatos. Desde el punto de vista del marxista revolucionario, estas organizaciones formaban “islas de democracia proletaria dentro de la democracia burguesa”, bastiones y baluartes desde los cuales los obreros podían luchar contra el régimen burgués en general. El fascismo significaba el fin de la transacción social y de la negociación entre las clases; no tenía ninguna necesidad de los canales que habían hecho factible la negociación. Y no podía tolerar la existencia de ninguna organización autónoma de la clase obrera. Extrayendo una enseñanza de la evolución del fascismo italiano y, sin duda, razonando también a partir de la experiencia del sistema unipartidista bolchevique, Trotsky describió vigorosamente de antemano el monopolio totalitario del poder por Hitler, bajo el cual no habría lugar para partidos obreros y sindicatos independientes.

  Esta sola razón bastaba para obligar a los marxistas y a los leninistas a defender la democracia burguesa, o más bien las “islas de democracia proletaria dentro de ella”, contra el ataque fascista. Al decir que los socialdemócratas formaban “el ala izquierda del fascismo” y que tarde o temprano “llegarían a un acuerdo con los nazis”, la propaganda stalinista pasaba por alto la imposibilidad objetiva de tal acuerdo (2). (Debe añadirse que los dirigentes socialdemócratas también abrigaban esta ilusión; en 1933 hicieron efectivamente el intento suicida de lograr un acomodo con Hitler) (3). Trotsky no tenía duda de que Hitler destruiría todo vestigio del movimiento obrero, tanto del reformista como del comunista. Su pronóstico se desprendía de la idea de que el nacional-socialismo sólo podía tener por finalidad la atomización completa de la sociedad alemana.

  Era incorrecto pues, considerar al régimen de Brüning como un régimen fascista, aun cuando marcara el fin virtual de la amplia transacción entre el capital y el trabajo en que se había basado la República de Weimar. Brüning era incapaz de aplastar al movimiento obrero (e incapaz también de resistir, efectivamente, al nacional-socialismo). Aparte el apoyo del partido católico del centro y la “tolerancia” socialdemócrata, sólo podía contar con los recursos normales de las instituciones burocráticas. Con estos recursos solamente no podía suprimir a la clase obrera organizada, de suerte que la estructura política seguía siendo la misma que bajo la República de Weimar. Sólo la fuerza dinámica del nacional-socialismo podía pulverizarla. El colapso de la transacción entre las clases había preparado el escenario para una guerra civil en la que el nazismo y el movimiento obrero en su conjunto serían los verdaderos antagonistas. El régimen de Brüning era “como una pelota en la cúspide de una pirámide”: se apoyaba en un precario equilibrio entre dos campos opuestos. Mientras tanto los nazis reclutaban millones de partidarios, atizaban la histeria y reunían una enorme fuerza de ataque, en tanto que los socialistas y los comunistas por igual marcaban un compás de espera y saboteaban virtualmente la movilización de su propia fuerza.

  Unas cuantas citas servirán para ilustrar en parte la urgencia, e incluso la exasperación, con que Trotsky argumentaba:

“el régimen de Brüning es un preludio pasajero y efímero de la catástrofe ... los sabelotodos que pretenden no ver ninguna diferencia entre Brüning y Hitler, dicen en realidad que da lo mismo que nuestras organizaciones existan o que ya estén destruidas. Debajo de esta verbosidad pseudoradical se oculta la pasividad más sórdida ... todo obrero pensante ... debe estar consciente de esto y no debe dejarse engañar por la hueca y putrefacta charlatanería que ... identifica a Hitler y Brüning como una misma cosa. ¡Os equivocais! replicamos nosotros. Os equivocais vergonzosamente porque temeis a las dificultades que depara el futuro, porque os aterrorizan los grandes problemas a que os enfrentais. Deponeis las armas antes de que la lucha comience, proclamais que ya hemos sido derrotados. ¡Estais mintiendo! La clase obrera está dividida ... debilitada ... pero aún no está aniquilada. Sus fuerzas todavía no están agotadas. El régimen de Brüning es un régimen de transición. ¡De transición a qué! O a la victoria del fascismo, o a la victoria de la clase obrera ...  los dos campos sólo se están preparando para la batalla decisiva. Si se identifica a Brüning con Hitler, se identifica la situación anterior a la batalla con la situación posterior a la derrota; se admite la derrota de antemano; se exhorta en efecto a la capitulación sin dar la batalla. La abrumadora mayoría de los obreros, de los comunistas en particular, no quiere tal cosa. La burocracia stalinista tampoco la quiere. Pero no debemos tomar en cuenta sus buenas intenciones con las que Hitler empedrará el camino hacia su infierno ... debemos denunciar hasta el fin el carácter pasivo, tímidamente vacilante, derrotista y declamatorio de la política de Stalin, Manuilsky, Thaelmann y Remmele. Debemos hacer ver a los obreros revolucionarios que el Partido Comunista todavía tiene la clave de la situación pero que la burocracia stalinista intenta cerrar con su llave las puertas de la acción revolucionaria” (4).

Los dirigentes socialdemócratas prometían lanzar una gran ofensiva en el momento en que Hitler intentara tomar el poder; mientras tanto, pedían calma y moderación a los obreros. Los stalinistas se jactaban de que si Hitler tomaba el poder los obreros lo barrerían. Un importante parlamentario comunista, Remmele, dijo en el Reichtag: “que Hitler tome el poder; pronto quedará en bancarrota y entonces llegará nuestro día”. A esto replicó Trotsky:

“la gran ofensiva debe lanzarse antes de que Brüning sea reemplazado por Hitler, antes de que las organizaciones obreras sean aplastadas ... Es una infamia prometer que los obreros barrerán a Hitler una vez que éste haya tomado el poder. Eso prepara el camino para el triunfo de Hitler ... si la clase obrera alemana ... permitiera que el fascismo tomara el poder, si diera muestras de una ceguera y una pasividad tan fatales, no habría razón alguna para suponer que, después de la toma del poder por los fascistas, esa misma clase obrera despertaría inmediatamente de su letargo y los barrería. Nada parecido ha sucedido en Italia [después del triunfo de Mussolini]. Remmele razona exactamente de la misma manera que aquellos discurseadores pequeño burgueses de Francia que [en 1850-51] estaban convencidos de que si Louis Bonaparte se colocaba por encima de la República, el pueblo se alzaría ... el pueblo, sin embargo, que permitió que el aventurero tomara el poder, demostró claramente ser incapaz de barrerlo del poder posteriormente ... terremotos históricos y una guerra tuvieron que ocurrir antes de que fuera derrocado. [De la misma manera exactamente habría de terminar este tipo de “lucha” contra Hitler, a cuyo lado Mussolini y Napoleón III aparecerían como “benignos y casi humanitarios farmacéuticos de pueblo”]. “Nosotros somos los vencedores de mañana”, alardea Remmele en el Reichtag. “No nos asusta que Hitler asuma el poder”. Esto significa que la victoria de mañana será la de Hitler, no la de Remmele. Y entonces más valdría que os grabarais esto en las narices: la victoria de los comunistas no vendrá tan pronto. “No nos asusta” que Hitler asuma el poder: ¿qué es esto sino la fórmula de la cobardía vuelta al revés? “Nosotros” no nos consideramos capaces de impedir que Hitler asuma el poder; peor aún: nosotros, los burócratas, hemos degenerado hasta tal punto que no nos atrevemos a pensar seriamente en combatir a Hitler. Por lo tanto “no nos asustamos”. ¿De qué no os asustais: de luchar contra Hitler? Oh, no ... a ellos no los asusta la victoria de Hitler. No les asusta negarse a luchar. No les asusta confesar su propia cobardía. ¡Vergüenza!” (5).

  Dando la alarma cuando todavía era tiempo de darla, Trotsky esperaba que los socialistas y los comunistas se pusieran en pie de lucha. Su situación distaba de ser irremediable, pero se deterioraba rápidamente; y lo que él pedía no era menos que la preparación para la guerra civil y la disposición a librarla. A los socialdemócratas que predicaban la moderación y a los stalinistas que desafiaban a Hitler a que tomara el poder, su llamado les pareció una provocación irresponsable y malévola o, en el mejor de los casos, el delirio de un Quijote. Los acontecimientos habrían de probar con lujo de crueldad de qué lado estaban la irresponsabilidad, la malevolencia y el quijotismo. Habría de demostrar que, de todas las vías de acción que tenía ante sí la izquierda alemana, la guerra que habría impedido el ascenso de Hitler al poder era de hecho la menos arriesgada y, en efecto, la única que podría haberle ahorrado a Alemania y al mundo los terrores del IIIer Reich y los cataclismo de la Guerra Mundial. Al comenzar su campaña Trotsky estaba convencido de que una izquierda unida aún podría derrotar a los nazis casi sin combatir, del mismo modo que los bolcheviques y los mencheviques habían derrotado a Kornilov en agosto de 1917, un ejemplo que él evocó con frecuencia. Trotsky argumentó que una demostración de fuerza socialista-comunista aún podría disolver la masa de seguidores de Hitler, aquel “polvo humano” que había adquirido la fuerza de un alud sólo porque se movía en un vacío político y no encontraba ninguna resistencia coherente. Lo que favorecía a la izquierda hasta cierto punto era también el hecho de que la derecha tradicional no había hecho todavía causa común con Hitler, aun cuando algunos potentados de la industria y la banca alemana lo apoyaban ya. En cuidadosos exámenes de todas las circunstancias estratégicas y tácticas, Trotsky analizaba las actitudes ambiguas de las oligarquías capitalistas, los Junkers, el ejército, el Stalhelm y la policía, todos los cuales estaban desgarrados entre su deseo de utilizar al nazismo y el temor que éste les inspiraba, entre su esperanza de aplastar al movimiento obrero con las manos de Hitler y la aprehensión de que éste pudiera lanzar a Alemania a una guerra civil cuyo resultado no podía preverse. Hindenburg, los magnates industriales y la oficialidad del ejército estaban todavía indecisos: de ahí las disputas y las desavenencias entre ellos y los nazis. Hacía falta la acción socialista-comunista vigorosa para aumentar más aún la indecisión, para agrandar ante los ojos de todos los dirigentes conservadores los riesgos que implicaba su apoyo a Hitler, para profundizar sus vacilaciones y divisiones, y para neutralizar cuando menos a algunos de ellos. La desorientación y la inacción en la izquierda, al reducir los riesgos, sólo arrojaría a la gran burguesía, al ejército y a Hindenburg en brazos de los nazis.

  Un “frente unido” de socialistas y comunistas aún podría transformar todo el panorama político. La misma amenaza mortal pendía ahora sobre ambos partidos, aun cuando ninguno de los dos tuviera conciencia de ella. Esto de por sí debería haber sido suficiente para hacerlos unir sus fuerzas. La sola idea, por supuesto, resultaba repugnante para los jefes socialdemócratas. El anticomunismo había sido el fundamento de su política desde 1918 y la causa de que se hubiesen aferrado al “mal menor” de Hindenburg-cum-Brüning en lugar de aliarse con el comunismo contra Hitler. Una y otra vez Trotsky mostró cómo, al aferrarse al mal menor, ellos no hacían más que abrirle la puerta al mal mayor del nazismo. Pero esto era para él una razón adicional para que los comunistas hubieran hecho del frente unido la cuestión central de toda la política obrera.

  No lo hacían porque estaban enredados en la línea del “tercer período” de la Comintern. El Partido Comunista no podía ni siquiera intentar abrir los ojos de los millones de obreros socialdemócratas al peligro que los amenazaba a todos cuando sus propios dirigentes eran ciegos ante ese peligro; y la prohibición de un acuerdo con el Partido Socialdemócrata dictada por Moscú, no permitía el acercamiento efectivo de los comunistas a ese partido. La diaria vituperación stalinista contra los “socialfascistas” ahondaba innecesariamente la división de la clase obrera, daba a los jefes socialdemócratas una excusa plausible para su anticomunismo y les hacía tanto más fácil seguir su política desastrosa. Sólo un llamado comunista, genuino y convincente, a la conciencia y a los intereses socialdemócratas por igual, un llamado repetido infatigablemente en los oídos de toda la clase obrera, podía haber destruido las barreras que separaban a los dos partidos.

  El frente unido formado por ellos habría tenido que ser, no un juego diplomático parlamentario con cordialidades huecas e insinceras, al estilo del Comité-Soviético de 1924-26 (o, bien podríamos añadir, del Frente Popular de 1936-38), sino la preparación y la organización conjunta para el combate común. Los dos partidos y sus sindicatos tendrían que “marchar separados pero golpear unidos” y ponerse de acuerdo entre sí sobre “cómo golpear, a quién golpear y cuándo golpear”. Para ello no tenían que renunciar a ninguno de sus principios ni buscar ningún reacomodo ideológico. Los comunistas nunca debían olvidar que los socialdemócratas sólo podían ser, en el mejor de los casos, sus “aliados provisionales e inciertos”, que siempre verían con temor la acción extraparlamentaria y podrían abandonar la lucha en su momento más crítico. Con todo, los comunistas tenían el deber de impulsarlos a la acción. Si los socialdemócratas cedían a la presión, tanto mejor; si no, millones de sus seguidores verían cuando menos cuál era la posición de cada partido y estarían más dispuestos a responder a un llamado puramente comunista a la acción. Ya en 1930-31 difícilmente pasaba un día sin que se produjeran encuentros aislados pero sangrientos entre los obreros y los grupos de asalto nazis; pero en esos encuentros la militancia de los obreros se malgastaba sin ningún propósito definido. Sólo esporádicamente se ponían de acuerdo los socialistas y los comunistas para rechazar conjuntamente un ataque nazi. Comentando uno de esos casos, Trotsky exclamó: “¡oh jefes supremos! ¡oh, siete veces sabios de la estrategia! ¡aprended de esos obreros ... haced lo que hacen ellos! Hacedlo en mayor escala, en escala nacional”. Durante el transcurso de 1931 los grupos de asalto de Hitler aumentaron de 100 mil a 400 mil miembros. Trotsky instó a la izquierda alemana a formar sus propias milicias antinazis y a concertar la defensa mutua de los locales de sus partidos, de los comités de fábricas, sindicatos, etc. Con las Guardias Rojas rusas en mente, escribió: “cada fábrica debe convertirse en un baluarte antifascista, con sus propios comandantes y sus propios batallones. Es necesario trabajar con un mapa de los cuarteles y los bastiones fascistas en cada ciudad y en cada distrito. Los fascistas están tratando de cercar los bastiones proletarios. Los cercadores deben ser cercados” (6).

  Los jefes del movimiento obrero alemán no podían obligarse a pensar y actuar en términos de una guerra civil, en parte porque Hitler, a medida que avanzaba hacia el poder, repudiaba de cuando en cuando cualquier idea de un golpe de Estado y cualquier intención de utilizar la violencia. Declaraba que asumiría y ejercería el poder en forma constitucional; y estas seguridades surtían su efecto. “El adormece a sus adversarios”, amonestaba Trotsky, “con el fin de agarrarlos dormidos y asestarles un golpe mortal en el momento indicado. Su reverencia ante la democracia parlamentaria puede ayudarlo a establecer en el futuro inmediato una coalición en la que su partido obtendrá los puestos más importantes con la intención de usarlos más adelante para un golpe de Estado”. “Esta astucia militar, no importa cuán llana y simple sea, rezuma una fuerza tremenda porque está calculada para satisfacer las necesidades psicológicas de los partidos intermedios que quisieran resolverlo todo pacífica y legalmente, y –esto es mucho más peligroso- porque satisface la credulidad de las masas populares” (7).

  Pravda y Rote Fahne se referían ahora a Trotsky como el “sembrador del pánico”, el “aventurero” y el “instrumento de Brüning”, que instaba a los comunistas a abandonar la revolución proletaria, a defender la democracia burguesa y a olvidar que “sin una victoria previa sobre el socialfascismo no podemos vencer al fascismo” (8). No sin cólera, pero con infinita paciencia, Trotsky rebatió incluso los argumentos más absurdos a fin de que sus ideas fueran claras para quienes se veían confundidos por los trucos polémicos. Infatigablemente continuó denunciando la falacia de que “no podía haber victoria sobre el fascismo sin una victoria previa sobre el social-fascismo”, señalando que, por el contrario, sólo cuando el fascismo hubiese sido derrotado podrían los comunistas contender efectivamente contra los socialdemócratas, y que la revolución proletaria en Alemania sólo podría desarrollarse a partir del éxito de la resistencia al nazismo.

  Todo fue en vano. Todavía en septiembre de 1932, unos cuantos meses antes de que Hitler se convirtiera en Canciller, Thaelmann, en una sesión del Ejecutivo de la Comintern, repitió lo que había dicho Münzenberg: “en su folleto sobre como debe derrotarse al nacional-socialismo, Trotsky da una sola respuesta, que es esta: el PC Alemán debe hacer causa común con el PS. Esta, según Trotsky, es la única en que la clase obrera alemana puede salvarse del fascismo. O el PC, dice él, hace causa común con los socialdemócratas, o la clase obrera alemana estará perdida durante diez o veinte años. Esta es la teoría de un fascista y contrarre-volucionario en completa bancarrota. Esta es en verdad la peor teoría, la teoría más peligrosa y criminal que Trotsky ha concebido en estos últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria” (9).

  “Uno de los momentos decisivos de la Historia se avecina”, replicó Trotsky, “... en que la Comintern como factor revolucionario puede ser borrada del mapa político durante toda una época histórica. Que los ciegos y los cobardes se nieguen a reconocer esto. Que los calumniadores y los plumíferos a sueldo nos acusen de estar coludidos con la contrarrevolución. ¿No ha venido a ser contrarrevolución todo lo que ... interrumpa la digestión de los burócratas comunistas? ... Nada debe ocultarse, nada debe empequeñecerse. Debemos decir a los obreros avanzados con la mayor claridad posible: después del ‘tercer período’ de temeridad y jactancia se ha iniciado el cuarto período de pánico y capitulación. En un esfuerzo casi desesperado por sacar a los comunistas de su letargo, Trotsky puso en palabras toda la fuerza de su convicción e hizo sonar una vez más en sus oídos una campana de alarma: “¡Obreros comunistas! Vosotros sois centenares de miles, vosotros sois millones ... si el fascismo llega al poder pasará como un tanque terrorífico sobre vuestros cráneos y vuestros espinazos. Vuestra salvación reside en la lucha despiadada. Sólo una unidad combativa con los obreros socialdemócras puede traer la victoria. Apresuraos, obreros comunistas; teneis muy poco tiempo que perder” (10).

...

         Trotsky atacó el “nacionalcomunismo” de Thaelmann y de la Comintern con el máximo vigor, denunciando el absurdo del “Plebiscito Rojo” [para derrocar el gobierno de Brüning]. La acción, argumentó, era tanto más repugnante cuanto que los comunistas y los nazis seguían siendo, sin poder remediarlo, enemigos mortales. Los stalinistas trataban de justificarse aduciendo que los socialdemócratas le allanaban el camino al nazismo. Eso era completamente cierto, comentaba Trotsky; pero, si los socialdemócratas le allanaban el camino a una victoria nazi, ¿debían los comunistas acortarlo? A veces sucede que los partidos de la revolución y la contrarrevolución atacan al mismo enemigo “moderado”, desde polos opuestos. Pero un partido marxista puede permitirse hacer tal cosa sólo cuando la marea crece en su favor, y no cuando crece, como sucedía en Alemania, en favor de la contrarrevolución. “Echarse a la calle con la consigna de ‘abajo el gobierno de Brüning y Braun’ es una aventura temeraria cuando toda la correlación de fuerzas es tal que el gobierno de Brüning y Braun sólo puede ser reemplazado por un gobierno de Hitler y Hugenberg. La misma consigna adquiriría un significado completamente diferente si presagiara la lucha directa de la clase obrera por el poder”. 

1 Durante todo 1931 (y la primera mitad de 1932) estos profundos diagnósticos y pronósticos figuraron casi diariamente en Rote Fahne y fueron aprobados oficialmente por la internationale Presse Korrespondenz y la Kommunistische Internationale (véase también XI Plenum IKKI y Kommunistischeskii Internatsional, 1932, N° 27-30). No sólo Mólotov, Manuilsky, Piatnitski y otros dirigentes rusos, sino portavoces del comunismo europeo como Togliatti (Ercoli), Thorez, Cachin, Lenski, Kuusinen y otros se aseguraron cumplidamente a sí mismos y a sus seguidores que el único camino a la salvación era aquél por el que Thaelmann conducía al Partido alemán.

2 Trotsky, What next? Prefacio y capítulos I-II, Ecrits, vol. III, pp. 109-113.

3 Otto Wels, el líder de los socialdemócratas en el Reichtag, utilizó una de sus últimas oportunidades para hablar desde la tribuna parlamentaria a fin de proclamar la disposición de su partido a apoyar al gobierno de Hitler en el campo de la política exterior. A ese precio esperaba salvar a su partido de la destrucción por los nazis. Pero Hitler no aceptó la oferta.

4 Trotsky, What next? pp. 38-39; Ecrits, vol. III, pp. 129-130.

5 Trotsky, What next? pp. 60-62; Ecrits, vol. III, pp. 143-145.

6 Trotsky, Germany, the Key to the International Situation, pág. 41; B.O, N° 27.

7 Trotsky, What next? pp. 147-148

8 Una antología de los textos polémicos stalinistas alemanes contra Trotsky constituirían una lectura instructiva aunque insoportablemente monótona. Incluso un hombre como W. Münzenberg escribió: “Trotsky propone ... un bloque de los partidos Comunista y Socialdemócrata. Nada podría ser tan perjudicial para la clase obrera alemana y para el comunismo y nada beneficiaría al fascismo tanto como la realización de una proposición tan criminal ... quien propone semejante bloque ... sólo ayuda a los jefes socialfascistas. Su papel es en efecto ... sencillamente fascista”. (Rote Aufbau, 15 de febrero de 1932). Münzenberg concluyó esta campaña polémica suicidándose.

9 Compárese Rote Aufbau, loc. cit. con XII Plenum y IKKI, parte III; Kommunistischeskii Internatsional, 1932, N° 28-29, pp. 102-103, 111 et passim. Thaelmann confiaba tranquilamente en que « Alemania, por supuesto, no ser hará fascista: nuestras victorias electorales lo garantizan ... el avance irresistible del comunismo lo garantiza”.

10 Trotsky, Germany, the Key to the International Situation, pág. 44.

Tomado de:

Trotsky, el profeta desterrado

Isaac Deutscher

Capítulo II: Razón y sinrazón

Ed. ERA, México. Cuarta edición, 1979

 

Hosted by www.Geocities.ws

1