Ejemplo de lucha contra el izquierdismo
Razón y sinrazón
Por
Isaac Deutscher
Al adoptar esta conducta de avestruz los socialdemócratas
eran fieles a su carácter. Tanto mayor, señalaba Trotsky, era entonces la
responsabilidad del Partido Comunista. Empero, sus dirigentes no tenían
conciencia de la magnitud y la naturaleza del peligro. Con falso
ultrarradicalismo se negaban a establecer ninguna distinción entre el fascismo
y la democracia burguesa. Sostenían que, puesto que el capitalismo monopolista
estaba empeñado en fascistizar a la democracia burguesa, todos los partidos que
figuraban en el campo del capitalismo estaban condenados a sufrir este proceso.
Así, pues, todos los gatos eran pardos: Hitler era un fascista, pero también lo
eran los jefes de los partidos burgueses tradicionales, tanto los derechistas,
como los centristas; también lo era particularmente Brüning, que ya gobernaba
por decreto; y más aún lo eran los socialdemócratas, que formaban el “ala
izquierda del fascismo”. Esto no era un simple abuso de la inventiva política,
pues en su base se encontraba una orientación política errónea y una estrategia
falsa. Los propagandistas comunistas proclamaban una y otra vez que “Alemania
vivía ya bajo el régimen fascista” y que “Hitler no podía hacer que las cosas
fueran peores de lo que eran bajo Brüning, el Canciller del Hambre” (1).
Pero, replicaba Trotsky, al proclamar que el
fascismo se había impuesto ya, los comunistas de hecho daban por perdida la
batalla antes de que ésta hubiera comenzado; en todo caso, al decirles a las
masas que Hitler no sería peor que Brüning, las desarmaban moralmente frente a
Hitler. Y para un partido obrero era una locura negar o hacer borrosa la
distinción entre el fascismo y la democracia burguesa. Cierto era que uno y
otra eran “sólo” formas y métodos diferentes del régimen capitalista; pero,
dadas las circunstancias, la diferencia de forma y método tenía una importancia
capital. En una democracia parlamentaria, la burguesía mantenía su dominio por
medio de una amplia transacción social con la clase obrera, transacción que
exigía una negociación constante y presuponía la existencia de organizaciones
proletarias autónomas, partidos políticos y sindicatos. Desde el punto de vista
del marxista revolucionario, estas organizaciones formaban “islas de democracia
proletaria dentro de la democracia burguesa”, bastiones y baluartes desde los
cuales los obreros podían luchar contra el régimen burgués en general. El
fascismo significaba el fin de la transacción social y de la negociación entre
las clases; no tenía ninguna necesidad de los canales que habían hecho factible
la negociación. Y no podía tolerar la existencia de ninguna organización
autónoma de la clase obrera. Extrayendo una enseñanza de la evolución del
fascismo italiano y, sin duda, razonando también a partir de la experiencia del
sistema unipartidista bolchevique, Trotsky describió vigorosamente de antemano
el monopolio totalitario del poder por Hitler, bajo el cual no habría lugar
para partidos obreros y sindicatos independientes.
Esta sola razón bastaba para obligar a los
marxistas y a los leninistas a defender la democracia burguesa, o más bien las
“islas de democracia proletaria dentro de ella”, contra el ataque fascista. Al
decir que los socialdemócratas formaban “el ala izquierda del fascismo” y que
tarde o temprano “llegarían a un acuerdo con los nazis”, la propaganda
stalinista pasaba por alto la imposibilidad objetiva de tal acuerdo (2). (Debe
añadirse que los dirigentes socialdemócratas también abrigaban esta ilusión; en
1933 hicieron efectivamente el intento suicida de lograr un acomodo con Hitler)
(3). Trotsky no tenía duda de que Hitler destruiría todo vestigio del movimiento
obrero, tanto del reformista como del comunista. Su pronóstico se desprendía de
la idea de que el nacional-socialismo sólo podía tener por finalidad la
atomización completa de la sociedad alemana.
Era incorrecto pues, considerar al régimen de
Brüning como un régimen fascista, aun cuando marcara el fin virtual de la
amplia transacción entre el capital y el trabajo en que se había basado la
República de Weimar. Brüning era incapaz de aplastar al movimiento obrero (e
incapaz también de resistir, efectivamente, al nacional-socialismo). Aparte el
apoyo del partido católico del centro y la “tolerancia” socialdemócrata, sólo
podía contar con los recursos normales de las instituciones burocráticas. Con
estos recursos solamente no podía suprimir a la clase obrera organizada, de
suerte que la estructura política seguía siendo la misma que bajo la República
de Weimar. Sólo la fuerza dinámica del nacional-socialismo podía pulverizarla.
El colapso de la transacción entre las clases había preparado el escenario para
una guerra civil en la que el nazismo y el movimiento obrero en su conjunto
serían los verdaderos antagonistas. El régimen de Brüning era “como una pelota
en la cúspide de una pirámide”: se apoyaba en un precario equilibrio entre dos
campos opuestos. Mientras tanto los nazis reclutaban millones de partidarios,
atizaban la histeria y reunían una enorme fuerza de ataque, en tanto que los
socialistas y los comunistas por igual marcaban un compás de espera y
saboteaban virtualmente la movilización de su propia fuerza.
Unas cuantas citas servirán para ilustrar en
parte la urgencia, e incluso la exasperación, con que Trotsky argumentaba:
“el régimen de Brüning es un preludio
pasajero y efímero de la catástrofe ... los sabelotodos que pretenden no ver
ninguna diferencia entre Brüning y Hitler, dicen en realidad que da lo mismo
que nuestras organizaciones existan o que ya estén destruidas. Debajo de esta
verbosidad pseudoradical se oculta la pasividad más sórdida ... todo obrero
pensante ... debe estar consciente de esto y no debe dejarse engañar por la
hueca y putrefacta charlatanería que ... identifica a Hitler y Brüning como una
misma cosa. ¡Os equivocais! replicamos nosotros. Os equivocais vergonzosamente
porque temeis a las dificultades que depara el futuro, porque os aterrorizan
los grandes problemas a que os enfrentais. Deponeis las armas antes de que la
lucha comience, proclamais que ya hemos sido derrotados. ¡Estais mintiendo! La
clase obrera está dividida ... debilitada ... pero aún no está aniquilada. Sus
fuerzas todavía no están agotadas. El régimen de Brüning es un régimen de
transición. ¡De transición a qué! O a la victoria del fascismo, o a la victoria
de la clase obrera ... los dos campos
sólo se están preparando para la batalla decisiva. Si se identifica a Brüning
con Hitler, se identifica la situación anterior a la batalla con la situación
posterior a la derrota; se admite la derrota de antemano; se exhorta en efecto
a la capitulación sin dar la batalla. La abrumadora mayoría de los obreros, de
los comunistas en particular, no quiere tal cosa. La burocracia stalinista
tampoco la quiere. Pero no debemos tomar en cuenta sus buenas intenciones con
las que Hitler empedrará el camino hacia su infierno ... debemos denunciar
hasta el fin el carácter pasivo, tímidamente vacilante, derrotista y
declamatorio de la política de Stalin, Manuilsky, Thaelmann y Remmele. Debemos
hacer ver a los obreros revolucionarios que el Partido Comunista todavía tiene
la clave de la situación pero que la burocracia stalinista intenta cerrar con
su llave las puertas de la acción revolucionaria” (4).
Los
dirigentes socialdemócratas prometían lanzar una gran ofensiva en el momento en
que Hitler intentara tomar el poder; mientras tanto, pedían calma y moderación
a los obreros. Los stalinistas se jactaban de que si Hitler tomaba el poder los
obreros lo barrerían. Un importante parlamentario comunista, Remmele, dijo en
el Reichtag: “que Hitler tome el poder; pronto quedará en bancarrota y entonces
llegará nuestro día”. A esto replicó Trotsky:
“la gran ofensiva debe lanzarse antes de
que Brüning sea reemplazado por Hitler, antes de que las organizaciones obreras
sean aplastadas ... Es una infamia prometer que los obreros barrerán a Hitler
una vez que éste haya tomado el poder. Eso prepara el camino para el triunfo de
Hitler ... si la clase obrera alemana ... permitiera que el fascismo tomara el
poder, si diera muestras de una ceguera y una pasividad tan fatales, no habría
razón alguna para suponer que, después de la toma del poder por los fascistas,
esa misma clase obrera despertaría inmediatamente de su letargo y los barrería.
Nada parecido ha sucedido en Italia [después del triunfo de Mussolini]. Remmele
razona exactamente de la misma manera que aquellos discurseadores pequeño
burgueses de Francia que [en 1850-51] estaban convencidos de que si Louis Bonaparte
se colocaba por encima de la República, el pueblo se alzaría ... el pueblo, sin
embargo, que permitió que el aventurero tomara el poder, demostró claramente
ser incapaz de barrerlo del poder posteriormente ... terremotos históricos y
una guerra tuvieron que ocurrir antes de que fuera derrocado. [De la misma
manera exactamente habría de terminar este tipo de “lucha” contra Hitler, a
cuyo lado Mussolini y Napoleón III aparecerían como “benignos y casi
humanitarios farmacéuticos de pueblo”]. “Nosotros somos los vencedores de
mañana”, alardea Remmele en el Reichtag. “No nos asusta que Hitler asuma el
poder”. Esto significa que la victoria de mañana será la de Hitler, no la de
Remmele. Y entonces más valdría que os grabarais esto en las narices: la victoria
de los comunistas no vendrá tan pronto. “No nos asusta” que Hitler asuma el
poder: ¿qué es esto sino la fórmula de la cobardía vuelta al revés? “Nosotros”
no nos consideramos capaces de impedir que Hitler asuma el poder; peor aún:
nosotros, los burócratas, hemos degenerado hasta tal punto que no nos atrevemos
a pensar seriamente en combatir a Hitler. Por lo tanto “no nos asustamos”. ¿De
qué no os asustais: de luchar contra Hitler? Oh, no ... a ellos no los asusta
la victoria de Hitler. No les asusta negarse a luchar. No les asusta confesar
su propia cobardía. ¡Vergüenza!” (5).
Dando la alarma cuando todavía era tiempo de
darla, Trotsky esperaba que los socialistas y los comunistas se pusieran en pie
de lucha. Su situación distaba de ser irremediable, pero se deterioraba
rápidamente; y lo que él pedía no era menos que la preparación para la guerra
civil y la disposición a librarla. A los socialdemócratas que predicaban la
moderación y a los stalinistas que desafiaban a Hitler a que tomara el poder,
su llamado les pareció una provocación irresponsable y malévola o, en el mejor
de los casos, el delirio de un Quijote. Los acontecimientos habrían de probar
con lujo de crueldad de qué lado estaban la irresponsabilidad, la malevolencia
y el quijotismo. Habría de demostrar que, de todas las vías de acción que tenía
ante sí la izquierda alemana, la guerra que habría impedido el ascenso de
Hitler al poder era de hecho la menos arriesgada y, en efecto, la única que
podría haberle ahorrado a Alemania y al mundo los terrores del IIIer Reich y
los cataclismo de la Guerra Mundial. Al comenzar su campaña Trotsky estaba
convencido de que una izquierda unida aún podría derrotar a los nazis casi sin
combatir, del mismo modo que los bolcheviques y los mencheviques habían
derrotado a Kornilov en agosto de 1917, un ejemplo que él evocó con frecuencia.
Trotsky argumentó que una demostración de fuerza socialista-comunista aún
podría disolver la masa de seguidores de Hitler, aquel “polvo humano” que había
adquirido la fuerza de un alud sólo porque se movía en un vacío político y no
encontraba ninguna resistencia coherente. Lo que favorecía a la izquierda hasta
cierto punto era también el hecho de que la derecha tradicional no había hecho
todavía causa común con Hitler, aun cuando algunos potentados de la industria y
la banca alemana lo apoyaban ya. En cuidadosos exámenes de todas las circunstancias
estratégicas y tácticas, Trotsky analizaba las actitudes ambiguas de las
oligarquías capitalistas, los Junkers, el ejército, el Stalhelm y la policía,
todos los cuales estaban desgarrados entre su deseo de utilizar al nazismo y el
temor que éste les inspiraba, entre su esperanza de aplastar al movimiento
obrero con las manos de Hitler y la aprehensión de que éste pudiera lanzar a
Alemania a una guerra civil cuyo resultado no podía preverse. Hindenburg, los
magnates industriales y la oficialidad del ejército estaban todavía indecisos:
de ahí las disputas y las desavenencias entre ellos y los nazis. Hacía falta la
acción socialista-comunista vigorosa para aumentar más aún la indecisión, para
agrandar ante los ojos de todos los dirigentes conservadores los riesgos que
implicaba su apoyo a Hitler, para profundizar sus vacilaciones y divisiones, y
para neutralizar cuando menos a algunos de ellos. La desorientación y la
inacción en la izquierda, al reducir los riesgos, sólo arrojaría a la gran
burguesía, al ejército y a Hindenburg en brazos de los nazis.
Un “frente unido” de socialistas y comunistas
aún podría transformar todo el panorama político. La misma amenaza mortal pendía
ahora sobre ambos partidos, aun cuando ninguno de los dos tuviera conciencia de
ella. Esto de por sí debería haber sido suficiente para hacerlos unir sus
fuerzas. La sola idea, por supuesto, resultaba repugnante para los jefes
socialdemócratas. El anticomunismo había sido el fundamento de su política
desde 1918 y la causa de que se hubiesen aferrado al “mal menor” de
Hindenburg-cum-Brüning en lugar de aliarse con el comunismo contra Hitler. Una
y otra vez Trotsky mostró cómo, al aferrarse al mal menor, ellos no hacían más
que abrirle la puerta al mal mayor del nazismo. Pero esto era para él una razón
adicional para que los comunistas hubieran hecho del frente unido la cuestión
central de toda la política obrera.
No lo hacían porque estaban enredados en la
línea del “tercer período” de la Comintern. El Partido Comunista no podía ni
siquiera intentar abrir los ojos de los millones de obreros socialdemócratas al
peligro que los amenazaba a todos cuando sus propios dirigentes eran ciegos
ante ese peligro; y la prohibición de un acuerdo con el Partido Socialdemócrata
dictada por Moscú, no permitía el acercamiento efectivo de los comunistas a ese
partido. La diaria vituperación stalinista contra los “socialfascistas”
ahondaba innecesariamente la división de la clase obrera, daba a los jefes
socialdemócratas una excusa plausible para su anticomunismo y les hacía tanto
más fácil seguir su política desastrosa. Sólo un llamado comunista, genuino y
convincente, a la conciencia y a los intereses socialdemócratas por igual, un
llamado repetido infatigablemente en los oídos de toda la clase obrera, podía
haber destruido las barreras que separaban a los dos partidos.
El frente unido formado por ellos habría
tenido que ser, no un juego diplomático parlamentario con cordialidades huecas
e insinceras, al estilo del Comité-Soviético de 1924-26 (o, bien podríamos
añadir, del Frente Popular de 1936-38), sino la preparación y la organización
conjunta para el combate común. Los dos partidos y sus sindicatos tendrían que
“marchar separados pero golpear unidos” y ponerse de acuerdo entre sí sobre
“cómo golpear, a quién golpear y cuándo golpear”. Para ello no tenían que
renunciar a ninguno de sus principios ni buscar ningún reacomodo ideológico. Los
comunistas nunca debían olvidar que los socialdemócratas sólo podían ser, en el
mejor de los casos, sus “aliados provisionales e inciertos”, que siempre verían
con temor la acción extraparlamentaria y podrían abandonar la lucha en su
momento más crítico. Con todo, los comunistas tenían el deber de impulsarlos a
la acción. Si los socialdemócratas cedían a la presión, tanto mejor; si no,
millones de sus seguidores verían cuando menos cuál era la posición de cada
partido y estarían más dispuestos a responder a un llamado puramente comunista
a la acción. Ya en 1930-31 difícilmente pasaba un día sin que se produjeran
encuentros aislados pero sangrientos entre los obreros y los grupos de asalto
nazis; pero en esos encuentros la militancia de los obreros se malgastaba sin
ningún propósito definido. Sólo esporádicamente se ponían de acuerdo los
socialistas y los comunistas para rechazar conjuntamente un ataque nazi.
Comentando uno de esos casos, Trotsky exclamó: “¡oh jefes supremos! ¡oh, siete
veces sabios de la estrategia! ¡aprended de esos obreros ... haced lo que hacen
ellos! Hacedlo en mayor escala, en escala nacional”. Durante el transcurso de
1931 los grupos de asalto de Hitler aumentaron de 100 mil a 400 mil miembros.
Trotsky instó a la izquierda alemana a formar sus propias milicias antinazis y
a concertar la defensa mutua de los locales de sus partidos, de los comités de
fábricas, sindicatos, etc. Con las Guardias Rojas rusas en mente, escribió:
“cada fábrica debe convertirse en un baluarte antifascista, con sus propios
comandantes y sus propios batallones. Es necesario trabajar con un mapa de los
cuarteles y los bastiones fascistas en cada ciudad y en cada distrito. Los
fascistas están tratando de cercar los bastiones proletarios. Los cercadores
deben ser cercados” (6).
Los jefes del movimiento obrero alemán no
podían obligarse a pensar y actuar en términos de una guerra civil, en parte
porque Hitler, a medida que avanzaba hacia el poder, repudiaba de cuando en
cuando cualquier idea de un golpe de Estado y cualquier intención de utilizar
la violencia. Declaraba que asumiría y ejercería el poder en forma
constitucional; y estas seguridades surtían su efecto. “El adormece a sus
adversarios”, amonestaba Trotsky, “con el fin de agarrarlos dormidos y
asestarles un golpe mortal en el momento indicado. Su reverencia ante la
democracia parlamentaria puede ayudarlo a establecer en el futuro inmediato una
coalición en la que su partido obtendrá los puestos más importantes con la
intención de usarlos más adelante para un golpe de Estado”. “Esta astucia
militar, no importa cuán llana y simple sea, rezuma una fuerza tremenda porque
está calculada para satisfacer las necesidades psicológicas de los partidos
intermedios que quisieran resolverlo todo pacífica y legalmente, y –esto es
mucho más peligroso- porque satisface la credulidad de las masas populares”
(7).
Pravda y Rote Fahne se referían ahora a
Trotsky como el “sembrador del pánico”, el “aventurero” y el “instrumento de
Brüning”, que instaba a los comunistas a abandonar la revolución proletaria, a
defender la democracia burguesa y a olvidar que “sin una victoria previa sobre
el socialfascismo no podemos vencer al fascismo” (8). No sin cólera, pero con
infinita paciencia, Trotsky rebatió incluso los argumentos más absurdos a fin
de que sus ideas fueran claras para quienes se veían confundidos por los trucos
polémicos. Infatigablemente continuó denunciando la falacia de que “no podía
haber victoria sobre el fascismo sin una victoria previa sobre el
social-fascismo”, señalando que, por el contrario, sólo cuando el fascismo
hubiese sido derrotado podrían los comunistas contender efectivamente contra
los socialdemócratas, y que la revolución proletaria en Alemania sólo podría
desarrollarse a partir del éxito de la resistencia al nazismo.
Todo fue en vano. Todavía en septiembre de
1932, unos cuantos meses antes de que Hitler se convirtiera en Canciller,
Thaelmann, en una sesión del Ejecutivo de la Comintern, repitió lo que había
dicho Münzenberg: “en su folleto sobre como debe derrotarse al
nacional-socialismo, Trotsky da una sola respuesta, que es esta: el PC Alemán
debe hacer causa común con el PS. Esta, según Trotsky, es la única en que la
clase obrera alemana puede salvarse del fascismo. O el PC, dice él, hace causa
común con los socialdemócratas, o la clase obrera alemana estará perdida
durante diez o veinte años. Esta es la teoría de un fascista y
contrarre-volucionario en completa bancarrota. Esta es en verdad la peor
teoría, la teoría más peligrosa y criminal que Trotsky ha concebido en estos
últimos años de su propaganda contrarrevolucionaria” (9).
“Uno de los momentos decisivos de la Historia
se avecina”, replicó Trotsky, “... en que la Comintern como factor
revolucionario puede ser borrada del mapa político durante toda una época
histórica. Que los ciegos y los cobardes se nieguen a reconocer esto. Que los
calumniadores y los plumíferos a sueldo nos acusen de estar coludidos con la
contrarrevolución. ¿No ha venido a ser contrarrevolución todo lo que ...
interrumpa la digestión de los burócratas comunistas? ... Nada debe ocultarse,
nada debe empequeñecerse. Debemos decir a los obreros avanzados con la mayor
claridad posible: después del ‘tercer período’ de temeridad y jactancia se ha
iniciado el cuarto período de pánico y capitulación. En un esfuerzo casi
desesperado por sacar a los comunistas de su letargo, Trotsky puso en palabras
toda la fuerza de su convicción e hizo sonar una vez más en sus oídos una
campana de alarma: “¡Obreros comunistas! Vosotros sois centenares de miles,
vosotros sois millones ... si el fascismo llega al poder pasará como un tanque
terrorífico sobre vuestros cráneos y vuestros espinazos. Vuestra salvación
reside en la lucha despiadada. Sólo una unidad combativa con los obreros
socialdemócras puede traer la victoria. Apresuraos, obreros comunistas; teneis
muy poco tiempo que perder” (10).
...
Trotsky atacó el “nacionalcomunismo” de
Thaelmann y de la Comintern con el máximo vigor, denunciando el absurdo del
“Plebiscito Rojo” [para derrocar el gobierno de Brüning]. La acción, argumentó, era
tanto más repugnante cuanto que los comunistas y los nazis seguían siendo, sin
poder remediarlo, enemigos mortales. Los stalinistas trataban de justificarse
aduciendo que los socialdemócratas le allanaban el camino al nazismo. Eso era
completamente cierto, comentaba Trotsky; pero, si los socialdemócratas le
allanaban el camino a una victoria nazi, ¿debían los comunistas acortarlo? A
veces sucede que los partidos de la revolución y la contrarrevolución atacan al
mismo enemigo “moderado”, desde polos opuestos. Pero un partido marxista puede
permitirse hacer tal cosa sólo cuando la marea crece en su favor, y no cuando
crece, como sucedía en Alemania, en favor de la contrarrevolución. “Echarse a
la calle con la consigna de ‘abajo el gobierno de Brüning y Braun’ es una
aventura temeraria cuando toda la correlación de fuerzas es tal que el gobierno
de Brüning y Braun sólo puede ser reemplazado por un gobierno de Hitler y
Hugenberg. La misma consigna adquiriría un significado completamente diferente
si presagiara la lucha directa de la clase obrera por el poder”.
1 Durante todo 1931 (y la primera mitad de 1932) estos
profundos diagnósticos y pronósticos figuraron casi diariamente en Rote Fahne y
fueron aprobados oficialmente por la internationale Presse Korrespondenz y la
Kommunistische Internationale (véase también XI Plenum IKKI y
Kommunistischeskii Internatsional, 1932, N° 27-30). No sólo Mólotov, Manuilsky,
Piatnitski y otros dirigentes rusos, sino portavoces del comunismo europeo como
Togliatti (Ercoli), Thorez, Cachin, Lenski, Kuusinen y otros se aseguraron
cumplidamente a sí mismos y a sus seguidores que el único camino a la salvación
era aquél por el que Thaelmann conducía al Partido alemán.
2 Trotsky, What next? Prefacio y capítulos I-II, Ecrits, vol. III, pp. 109-113.
3 Otto Wels, el líder de los socialdemócratas en el Reichtag,
utilizó una de sus últimas oportunidades para hablar desde la tribuna
parlamentaria a fin de proclamar la disposición de su partido a apoyar al
gobierno de Hitler en el campo de la política exterior. A ese precio esperaba
salvar a su partido de la destrucción por los nazis. Pero Hitler no aceptó la
oferta.
4 Trotsky, What next? pp. 38-39;
Ecrits, vol. III, pp. 129-130.
5 Trotsky, What next? pp. 60-62;
Ecrits, vol. III, pp. 143-145.
6 Trotsky, Germany, the Key to the
International Situation, pág. 41; B.O, N° 27.
7 Trotsky, What next? pp. 147-148
8 Una antología de los textos polémicos stalinistas alemanes
contra Trotsky constituirían una lectura instructiva aunque insoportablemente
monótona. Incluso un hombre como W. Münzenberg escribió: “Trotsky propone ...
un bloque de los partidos Comunista y Socialdemócrata. Nada podría ser tan
perjudicial para la clase obrera alemana y para el comunismo y nada
beneficiaría al fascismo tanto como la realización de una proposición tan
criminal ... quien propone semejante bloque ... sólo ayuda a los jefes
socialfascistas. Su papel es en efecto ... sencillamente fascista”. (Rote
Aufbau, 15 de febrero de 1932). Münzenberg concluyó esta campaña polémica
suicidándose.
9 Compárese Rote Aufbau, loc. cit. con
XII Plenum y IKKI, parte III; Kommunistischeskii Internatsional, 1932, N°
28-29, pp. 102-103, 111 et passim. Thaelmann
confiaba tranquilamente en que « Alemania, por supuesto, no ser hará
fascista: nuestras victorias electorales lo garantizan ... el avance
irresistible del comunismo lo garantiza”.
10 Trotsky, Germany, the Key to the International Situation, pág. 44.
Tomado de:
Trotsky, el profeta desterrado
Isaac Deutscher
Capítulo II:
Razón y sinrazón
Ed.
ERA, México. Cuarta edición, 1979