Argentina
como clave regional
Dilemas de la transcición en Suramérica a comienzos del siglo XXI
Por
Luis Bilbao
Transcurridos apenas cinco años del
siglo XXI, Suramérica como totalidad ha ingresado a una fase histórica
cualitativamente diferente de la que determinó su curso durante el largo ciclo
precedente. En rigor, esa fase se inscribe en otra mayor, determinada por la
crisis general del capitalismo y su principal consecuencia política en el
hemisferio: la autonegación y desarticulación de los grandes movimientos
nacional-burgueses que dominaron el escenario político de la región durante
prácticamente todo el siglo XX. Se trata por tanto, si se permite la imagen, de
una transición dentro de la transición.
Tomando prestada una expresión de la
ciencia económica, podría decirse que la “onda larga” del devenir político
iniciada en los ’70 tuvo su primera fase con el debilitamiento y fragmentación
de las grandes fuerzas políticas de masas nacional-burguesas en América Latina.
Luego los aparatos dirigentes de aquellas fuerzas de masas se autonegaron para
servir como ariete imperialista en la aplicación de medidas anticrisis
(superexplotación del trabajo asalariado, traslación de la plusvalía de las
burguesías locales a los centros metropolitanos mediante argucias financieras,
saqueo descarado de las materias primas). La tercera fase está en curso: el
movimiento de autodefensa de las burguesías suramericanas es acompañado por un
intento de recomposición de formas híbridas de nacionalismo burgués y
reformismo clásico. Hay que decirlo para comenzar y sin rodeos: si este proceso
desembocara en la reconstitución de movimientos nacional-burgueses o
popular-reformistas con respaldo de masas, todo el ciclo de medio siglo de
luchas revertiría y los obreros y campesinos latinoamericano-caribeños
sufrirían una derrota histórica, que a su vez repercutiría con efectos
devastadores a escala mundial. Simultáneamente, sin embargo, estas formas
híbridas hoy dominantes significan un límite que Estados Unidos no puede
admitir en ningún sentido. El papel que en ese conjunto juega la Revolución
Bolivariana de Venezuela agrega un factor revulsivo, que a la vez empuja y
frena a los gobiernos de la región obligados a tomar distancia de Washington:
si no siguen el ejemplo de las medidas radicales que aplica Hugo Chávez en
favor de las masas y en defensa de la soberanía y el crecimiento, estarán
amenazados por obreros, campesinos y juventudes embanderados con un proceso que
ya ha proclamado la necesidad de transponer el capitalismo y edificar un nuevo
socialismo; si intentan emularlo mientras frenan el ímpetu de aquella
revolución, día a día más identificada con la Revolución Cubana, corren el
riesgo de chocar con sus socios-enemigos y ser derrocados por ellos. En el
centro de este dilema, el Departamento de Estado estadounidense no disimula su
estrategia: el empleo de la violencia a escala hemisférica, con punto de
partida en Venezuela y Cuba y apoyo en su dispositivo militar continental.
No hay modo de eludir esta evidencia:
Suramérica está ante la revolución, la guerra y la contrarrevolución. La
batalla está por delante; advertirlo no implica pesimismo y mucho menos duda,
sino todo lo contrario: la certeza de que están dadas las condiciones para
afrontarla y ganarla. Para ello es preciso ante todo despejar las incógnitas
principales, los dilemas teóricos, políticos y estratégicos, a partir de cuya
respuesta se podrá orientar la tarea revolucionaria. Se trata de plantear,
debatir y resolver, en el fragor de la lucha política diaria, el carácter del
momento histórico que vive el mundo; el estado real material, de conciencia,
organización y disposición del proletariado internacional; la
necesidad/posibilidad de un Frente Antimperialista a escala nacional, regional
y mundial; la teoría del partido requerido por una revolución social; la
relación Frente Antimperialista-Partido Revolucionario.
Coyuntura
histórica
La base para interpretar la situación y
la dinámica del cuadro político continental está en la crisis del capitalismo a
escala mundial, con centro en las metrópolis imperialistas, reaparecida como
factor determinante en el último cuarto del siglo XX (1). La profundidad y
magnitud de esa crisis clásica del sistema (sobreproducción de bienes y
servicios), se enmarca en un momento histórico sin precedentes, en el cual el
capital tiene la iniciativa estratégica a escala mundial y la lucha
interimperialista por el control de los mercados se manifiesta de manera
constantemente agudizada, gravitando sobre el conjunto de contradicciones que
atraviesan el planeta.
Lejos de ser una novedad, esta
situación se ha repetido cíclicamente desde que el capitalismo se impuso a
escala global. Factores nuevos se presentan sin embargo en dos terrenos:
#
la aceleración de una revolución permanente en la ciencia y la tecnología, que
potencia el desarrollo de las fuerzas productivas y transforma sin pausa las
formas de producción y las relaciones individuales y sociales;
#
la inexistencia en la conciencia de las masas proletarias del mundo
(geométricamente acrecidas precisamente por el avance vertiginoso en la
universalización de la ley del valor), de su propia condición de tales y de que
la respuesta a los innumerables, crecientes e insoportables sufrimientos
materiales y espirituales de la vida contemporánea está en la abolición del
capitalismo y la creación de un sistema socialista mundial.
La subjetividad de las masas es un
factor objetivo para la revolución. La caída de la URSS y la identificación de
este cataclismo histórico con el definitivo fracaso del socialismo produjo un
efecto letal en la conciencia de cientos de millones de obreros en todo el
mundo, clausurando para la inmensa mayoría todo horizonte más allá del sistema
capitalista. Como no podía ser de otra manera, esto redundaría en el
debilitamiento de las organizaciones sociales y políticas de la clase trabajadora.
Entrelazadas, estas causas y consecuencias permearían a toda la sociedad,
ganando masivamente a las juventudes y la intelectualidad y estableciendo una
dialéctica negativa que diezmó organizaciones, personalidades y proyectos
socialistas de la más amplia gama. La asunción plena y formal de los programas
anticrisis del capitalismo (denominados ‘neoliberalismo’) por parte de los
principales partidos socialdemócratas europeos y los movimientos
nacional-populistas en América Latina, traduce la magnitud del cimbronazo
histórico.
El desconocimiento del impacto profundo
que en las masas del mundo produjo la consumación del fracaso de la primera
revolución socialista (un fracaso que, en rigor, había ocurrido medio siglo
antes), es una de las causas principales de los desvíos de equipos y cuadros
revolucionarios que sufrieron un vertiginoso distanciamiento de la realidad
hasta llegar a la irracionalidad autoalimentada como fuente de todo su
accionar. Si una autocrítica debe hacer el equipo responsable de Crítica de
Nuestro Tiempo es que, habiendo señalado este factor desde el primer
momento, y pese a haber corregido una y otra vez la magnitud de su alcance, no
lo hizo sin embargo en el momento y grado suficientes como para no errar en la
previsión de la conducta de las masas obreras tanto en los países imperialistas
como en el mundo semicolonial, lo que naturalmente llevaría a errores en cuanto
a la capacidad de los estrategas imperialistas para manejar la coyuntura (2).
Si antes de la Primera Guerra Mundial
las masas obreras tenían un horizonte socialista y antes de la Segunda Guerra
Mundial aquella esperanza colectiva se bifurcaba en dos líneas (la de quienes
la veían realizada en la Unión Soviética y la de quienes, enfrentados con
aquélla, proponían la superación del capitalismo por vía evolutiva), pero ambas
con el objetivo socialista como definición, en la reiteración actual del cuadro
económico planetario que precedió a las dos guerras mundiales no existe como
noción enraizada en las masas la idea de alternativa anticapitalista. Se
combinan entonces la proletarización creciente en un marco de ininterrumpida
actualización del modo de producción, crisis capitalista, ausencia de
conciencia de clase y ausencia de voluntad socialista en las masas
trabajadoras, todo lo cual redunda en un ensanchamiento sin precedentes de la
capacidad de acción de las burguesías internacionales y nacionales.
A esto se suma la asimilación de las
lecciones de la Historia por parte de las clases dominantes, que se traduce en
líneas de acción destinadas a mantener y ahondar las divisiones y los factores
paralizantes en las filas obreras. La cada vez más marcada estratificación
salarial -con beneficios a menudo muy elevados para sectores clave del
proletariado industrial en detrimento de todo el espectro asalariado, sin
excluir a las capas profesionales proletarizadas- gravita tanto más sobre el
acontecer político inmediato cuanto más dramático es el número y la situación
de los desocupados. Además, como nunca antes, las clases dominantes penetran y
actúan en las organizaciones sociales y políticas de las masas, comprando y
manipulando cuadros en función de los intereses estratégicos del capital.
Siguiendo la expresión de Marx y Engels para referirse a la realidad objetiva
del proletariado y su conciencia de sí mismo, puede decirse que la
universalización de las relaciones capitalistas y los propios paliativos hallados
por las clases dominantes para contrarrestar los efectos de la crisis
estructural han resultado en un crecimiento numérico explosivo de la clase
obrera en sí; pero al mismo tiempo, como resultado de ese mismo aumento
arrollador -que proletarizó profesionales, técnicos, científicos y capas
medias- combinado con las sucesivas derrotas y frustraciones de la perspectiva
socialista, prácticamente ha hecho desaparecer la clase obrera para sí.
Éste es a grandes pinceladas el boceto
de la coyuntura histórica. Ahora bien, en este ciclo prolongado, los factores
que inhiben la respuesta obrera no han impedido el agravamiento sistemático de
la crisis del capital. El resultado es que los efectos del recrudecimiento
acelerado de la crisis se dirimen hoy exclusivamente en el terreno de las
clases dominantes, que disputan entre sí la captación y distribución de
porciones cada vez mayores de la plusvalía mundial sin apenas resistencia por
parte de las clases explotadas, que a escala internacional no cuentan con
programa, organización, liderazgo ni banderas para ocupar el lugar que la
crisis exige.
No es posible trazar una estrategia y
elaborar un programa eficientes si no se parte de esta comprobación. La
estridente paradoja de que esto ocurra precisamente cuando la necesidad y la
posibilidad objetivas de la realización del socialismo son mayores que nunca en
la Historia, no hace menos real la falta de conciencia y la desorganización de
la clase obrera mundial. A cambio, asegura que hay fundamentos objetivos más
que suficientes para una tarea estratégica de recomposición en todos los
planos. Pero hay dos jugadores ante el tablero del ajedrez mundial: frente a
las fuerzas de la revolución, están las fuerzas de la contrarrevolución (cosa
que desconocen como norma los hablistas atacados por la enfermedad infantil del
comunismo). El desenlace de la convulsiva crisis que amenaza al mundo no es
fatal. La derrota no ya de las fuerzas revolucionarias, y siquiera de las
clases explotadas, sino de la propia humanidad, es una posibilidad cierta. La
victoria requiera ciencia, lucidez, energía y audacia sin cortapisas para la
acción. La victoria requiere quitarle la iniciativa al imperialismo y las
burguesías locales, cambiar la relación de fuerzas, recrear una conciencia de
pertenencia clasista y una voluntad revolucionaria en las masas, articular en
cada país el accionar de millones y organizar la capacidad de intervención
centralizada de cientos de miles de cuadros; requiere crear y enarbolar una
bandera común para las víctimas de la crisis en todo el planeta. Considerarse
vanguardia en esta fase de la coyuntura histórica exige acometer estas tareas
estratégicas y ser capaz de dotarse del conjunto de tácticas para alcanzar
tales objetivos (3).
Suramérica
como vanguardia internacional
Decíamos más arriba que Suramérica ha
ingresado en una fase histórica cualitativamente diferente a la que rigió su
movimiento durante el cuarto de siglo precedente. Falta subrayar que ese paso
no se verifica en el resto del mundo y precisar (o, más apropiadamente,
comenzar la ardua tarea de precisar, con el máximo de detalle y extensión), las
características de la nueva fase.
La transformación cualitativa se
muestra hoy a la vista de todos con el rugido de la Revolución Bolivariana de
Venezuela y el realineamiento sistemático y creciente de los países del área en
un bloque objetivamente contrapuesto a la voluntad estadounidense para la
región.
Así como en todo el ciclo anterior
predominó el fenómeno de transformación de las grandes fuerzas políticas de
masas de naturaleza populista nacional-burguesas en dóciles, eficientísimos y
últimos instrumentos del capital financiero para afrontar la crisis del sistema
mediante partidos con respaldo de masas (el PRI en México, el peronismo en
Argentina fueron los principales exponentes de un fenómeno que se puede
rastrear en cada país), ahora se asiste a una rearticulación de aquéllas y
otras fuerzas sociales y políticas en torno a un factor determinante: la
necesidad de resistir a la descontrolada voracidad imperialista, obligada a su
vez por la aceleración de la crisis del capitalismo mundial.
Antes de que fuera perceptible, este vuelco
potencialmente decisivo era previsible para una teoría que no se limitara a la
mera repetición de recetarios y en cambio se abocase a estudiar las corrientes
profundas que trazan el curso de la historia. Ahora, en los primeros tramos de
la nueva etapa, todos quienes nos proponemos situarnos y actuar en función de
una resolución anticapitalista para la gran confrontación en marcha, estamos
obligados a un esfuerzo teórico para adentrarnos en el conjunto de
contradicciones que determinan la coyuntura histórica e impulsan a las fuerzas
en pugna.
Conviene empezar por decir que, frente
a esta tarea, nada es más letal que adoptar alguna forma de continuidad de las
líneas de análisis y acción que, durante las dos últimas décadas, mostraron una
total incapacidad para interpretar el curso de los grandes acontecimientos que
dieron vuelta como un guante la realidad política internacional y nacional. A
riesgo de ser malentendidos, es preciso asumir que para recomponer la teoría y
la organización de las fuerzas revolucionarias marxistas, se impone trazar un
corte más tajante aún que cuando fue necesario enfrentar a quienes, en medio
del derrumbe de la Unión Soviética, quedaron alelados y paralizados o, en el
otro extremo, vieron un formidable avance del proletariado en pos de la
revolución socialista mundial, para aunarse unos y otros, una década después,
ya en el terreno nacional, confundiendo en 2001 la contraofensiva de un sector del
capital en Argentina con una victoria revolucionaria.
A la vez, es imperativo tomar distancia
de toda simulación charlatanesca de la teoría revolucionaria marxista: en
momentos de extraordinaria aceleración histórica, la incapacidad para la acción
inhabilita y transforma en su contrario a todo cuadro o equipo militante, por
muy loables que sean sus intenciones. Sin arrogancia de ningún género, Crítica
sigue inconmovible sobre las bases teóricas y analíticas que desde su fundación
le permitieron marcar una posición en la teoría y en la militancia durante este
período extraordinario de la lucha revolucionaria mundial.
El punto de partida de “la transición
dentro de la transición” en Suramérica está definido ante todo por lo que no
es: y no es la respuesta socialista del proletariado y su vanguardia
revolucionaria marxista a la crisis sin precedentes del sistema capitalista.
Más aún: no es el resultado de la movilización de la clase trabajadora como
tal. Los cambios que han determinado el viraje del curso político general en la
región, resumibles en el freno y empantanamiento del Alca y la creación de una
balbuciente Comunidad Suramericana de Naciones, resultan sobre todo del choque
de intereses entre las burguesías regionales y el imperialismo estadounidense
(con algo más que el visto bueno de la Unión Europea), en un contexto de
prolongada desmovilización de la clase obrera industrial en toda el área (4).
Fue por tanto en el marco de la
desmovilización de la clase obrera regional como comenzó a tomar cuerpo una de
las posibles resultantes del complejísimo choque de fuerzas a escala
internacional y, naturalmente, hizo saltar en pedazos los esquemas teóricos que
no partían de esa complejidad. Este es sólo uno de los muchos costos que ahora
deben pagar las fuerzas revolucionarias. Porque el giro regional ocurre con la
iniciativa política en manos de la burguesía. Y allí donde se instaura una
dinámica revolucionaria, como es el caso de Venezuela, ésta no proviene del
empuje proletario, sino a la inversa: por todo un período y aun en estos
momentos, los trabajadores no han tomado la iniciativa sino en casos puntuales
y efímeros. Es esta realidad inobjetable la que impidió a la mayoría de las
fuerzas revolucionarias del continente y el mundo comprender el carácter y la
dinámica del gobierno de Hugo Chávez. Corregir con cinco años de retraso la
caracterización respecto de la Revolución Bolivariana es, al margen de toda
consideración, un paso meritorio y extraordinariamente positivo. Pero en tanto
no se corrijan las causas que impidieron no sólo comprenderla cuando apareció,
sino y sobre todo adelantar que, dada la particular conformación ya señalada
del cuadro de situación mundial, el fenómeno como tal adquiría carácter de
necesidad, se continuará desconociendo factores determinantes de la realidad
política y sosteniendo desviaciones oportunistas o izquierdistas que dificultan
la resolución revolucionaria de la crisis. Esto es verdad para el análisis de
la situación de conjunto en Suramérica, pero lo será también para la ubicación
respecto de los pasos que en el futuro inmediato dé el gobierno venezolano.
No es por falta de inteligencia o
perspicacia que el grueso de organizaciones y cuadros de definición
revolucionaria desconoció el brusco cambio de orientación manifestado a escala
regional con la realización de un encuentro de presidentes suramericanos,
instancia geopolítica jamás recurrida desde las guerras de emancipación del
siglo XIX. Hubo una demora de años hasta comenzar a registrarlo (en la mayoría
de los casos para denostarlo). El convocante de aquella reunión, que tendría
lugar en Brasilia, el 31 de agosto de 2000, fue Fernando Henrique Cardoso; el
principal impulsor de esa nueva instancia fue Hugo Chávez. Como quienes toman
las decisiones en el Departamento de Estado estadounidense no miran con
anteojeras, ante tal convocatoria vieron la magnitud de lo que estaba en juego
e hicieron un movimiento de emergencia, destinado a contrarrestarla y recuperar
una iniciativa que se le escapaba de las manos: un día antes de la reunión de
12 presidentes suramericanos en Brasilia, el 30 de agosto, William Clinton
desembarcaría con inusitado despliegue de fuerzas en Cartagena, para lanzar el
Plan Colombia. Allí el jefe
imperialista exigió que todos los países del área se comprometieran con el
dispositivo militar de control regional proyectado por Washington. Apenas horas
después, 12 presidentes, lejos de acatar la orden, la desafiaban no ya
negándose a integrarse al dispositivo militar, sino denunciándolo como serio
riesgo de extensión del accionar bélico a toda la región.
Algo fundamental había ocurrido: la
crisis capitalista adoptaba la forma de choque entre las burguesías
suramericanas encabezadas por Brasil y el imperialismo estadounidense. En el
centro de ese fenómeno nuevo, sin embargo, estaba la Revolución Bolivariana, lo
cual le confería un carácter particular. Dijimos en ese momento “Ya no es una
presunción: el cuadro geopolítico hemisférico ha consumado un drástico giro,
tras el cual Estados Unidos se ve desafiado -como nunca antes en dos siglos de
historia- por un conjunto diverso de países suramericanos, a cuya vanguardia
marchan, aunque por carriles diferentes, los gobiernos de Brasil y Venezuela”
(5).
Washington respondió redoblando
presiones y esgrimiendo ya sin ocultamientos la amenaza militar. Al mes
siguiente afirmamos: “‘Sudistán’ existe. La república imaginaria diseñada por
los estrategas del Departamento de Estado y el Pentágono para ensayar la
represión a una sublevación popular, es la inexorable prolongación del Plan
Colombia, puesto en movimiento por el presidente William Clinton el pasado 30
de agosto en Cartagena. En la percepción de quienes trazan la política exterior
de Estados Unidos, ‘Sudistán’ es América Latina. Y el operativo ‘Cabañas 2000’,
llevado a cabo en Córdoba (Argentina) con derroche de dinero, tecnología y
armamento, es una muestra de lo que espera Washington en la región y de sus
aprontes para responder. Pero acaso el factor más alarmante es que urgido por
recuperar la iniciativa a escala continental, reubicar bajo su férula a
gobiernos arrastrados por una fuerza centrífuga e impedir la consolidación de
un bloque regional que escape a su estricto control, la Casa Blanca está
obrando de modo tal que sus decisiones implican una acelerada desestabilización
político-institucional en la región, a la que ofrece como alternativa una
variante, aún con perfiles borrosos, de regímenes afirmados sobre la
militarización de la vida política” (6).
Los hechos admiten siempre diferente
interpretación; pero si se los ignora replican cobrando un alto precio: cuatro
años y medio después, el fracaso del Alca y la conformación de la Comunidad
Suramericana de Naciones dan una idea de la trascendencia de aquel viraje.
Desde una perspectiva revolucionaria, obrera y socialista, ¿qué actitud
correspondía adoptar en aquel momento frente al obvio rumbo de colisión entre
un multiforme y apenas esbozado bloque de gobiernos suramericanos frente a
Estados Unidos? ¿Cómo conquistar el corazón y la conciencia de las grandes
mayorías sin participar en la primera fila de ese combate?
Frente
antimperialista, partido y clase obrera
Para el pensamiento revolucionario
marxista aquella pregunta no debería dar lugar a duda. Es en relación con
fenómenos análogos que la naciente Revolución Rusa, amenazada por la guerra
imperialista a escala mundial, teorizó en el IV° Congreso de la Internacional
Comunista el concepto de Frente Antimperialista. Pero aquí y ahora ocurrió lo contrario
de lo que debía esperarse de quienes se reclaman de aquella tradición:
prácticamente sin fisuras, en Argentina las fuerzas del más amplio arco de
izquierda coincidieron en desconocer los hechos. Como parte de ese
distanciamiento de la realidad, no se le atribuyó significado alguno a la gira
de la secretaria de Estados estadounidense Madeleine Albright por la región
algunos meses después ni al efecto de su visita a Buenos Aires. En
consecuencia, no se observaron los movimientos producidos en el seno de las
clases dominantes en Argentina, que además entraba en ese nuevo cuadro regional
en medio de un cataclismo económico. A los fines del balance que intentamos, es
obligado repetir una referencia ya citada anteriormente. Un artículo escrito en
julio de 2001 para Crítica, bajo el subtítulo ‘Preparativos de recambio
patronal’, adelantaba lo siguiente:
“Todo indica que está en vías de
consolidación una coalición compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el
sector de Duhalde en el PJ, la UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia
con sus múltiples tentáculos, destinado a consolidar un parapeto ante la
inexorable explosión del actual esquema de poder (...) Tal parece que ha
llegado la hora del realineamiento formal y acaso de conformación de nuevos
partidos burgueses” (7).
El análisis de la situación argentina a
partir de la crisis general del capitalismo, la lucha interimperialista y la
creciente confrontación de las burguesías regionales con los centros
imperiales, permitía adelantar el golpe de Estado que ocurriría seis meses más
tarde. Como sucede habitualmente, quienes en diciembre de 2001 vieron una
insurrección espontánea y una revolución popular a la que sólo le faltaba
llegar a la Casa Rosada, malinterpretaban de tal manera la situación porque
tenían una completa incomprensión de la realidad y la dinámica internacionales.
Esa incomprensión no ha cambiado; pero sus consecuencias sí, porque son aún más
graves en la nueva coyuntura.
Desde antes incluso de la asunción de
la Alianza, era posible prever la necesariedad, para la burguesía, de un cambio
drástico de rumbo, razón por la cual el sector hegemónico de aquella coalición,
con cada éxito político que obtenía en la carrera electoral y la disputa
interna, sólo cavaba más honda su propia tumba. De hecho, no sólo se podía
adelantar el inexorable cambio de régimen, sino que se podía prever las fuerzas
componentes y el programa que levantarían. Puede leerse en Crítica en la
edición citada:
“Proponer
o esperar la salida del desastre en el que está sumida la nación mediante una
inyección keynesiana, incluso si está alentada por las mejores intenciones, es
una quimera. Y en términos de accionar político, es una quimera reaccionaria:
contribuir a una convergencia de las fuerzas sociales acosadas por la crisis
con personajes como Duhalde, Alfonsín, tras un proyecto financiado por Techint
y bendecido por la curia, es mucho más que un error: si para los gerentes
sindicales (sean de la central que sean) y los partidos de la burguesía es la
única posibilidad de aferrarse a un madero en medio del maremoto, para los
genuinos dirigentes sindicales (también: sean de la central que sean) y para el
activismo sindical o político no comprometido con el capital, es una nueva
forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que la de los ‘frentes’ que
desembocaron en la Alianza” (8).
Nos referíamos a la arrolladora marcha
de un frente policlasista comandado por el capital con un programa keynesiano
de reactivación, encabezado por Duhalde y Alfonsín y que aún no tenía como
candidato presidencial a quien coronarían más adelante. Resulta tragicómico ver
casi cuatro años después cómo están ubicados los protagonistas de las
izquierdas que en aquellos momentos gritaban aunados y en desafinado coro “que
se vayan todos”: mientras buena parte de ellos integra el gobierno de Néstor
Kirchner, el resto denuncia que éste no es sino la continuidad lineal de los de
la década anterior. Mientras tanto, en Brasil ganó el PT y en Uruguay el Frente
Amplio. Y el mismo fenómeno ocurre en relación con ambos gobiernos dentro y
fuera de esos países: subordinación según la noción de “enemigo principal” o
acelerada toma de distancia respecto de la realidad. Un ejemplo de esto basta
para medir la dimensión de lo que está en juego: no se hallará una sola
organización revolucionaria que trepide en denunciar la agresividad yanqui corporizada
en la amenaza cierta de intervención militar en el continente, a partir de Cuba
y Venezuela. Sin embargo, esto aparece como motivo de denuncia, no de
articulación de una respuesta efectiva. Es como si la guerra en ciernes fuese
un detalle. Se puede parangonar esta alienación deliberada con lo ocurrido, en
un contexto muy diferente, en los años ’70 en Argentina: la ofensiva
imperialista con las fuerzas armadas y franjas burguesas como vanguardia era
vista y denunciada por todos. Pero se persistía en líneas de acción que en
lugar de aunar a las masas y prepararlas para impedir el golpe de Estado
diagramado en Washington, apuntaban a lo inverso: el ahondamiento de la
fractura entre vanguardia y masas y la disgregación de éstas por confusión y
ausencia de un punto de referencia. Esto ocurre ahora con numerosas
organizaciones revolucionarias a escala suramericana.
Ahora bien, si la región como tal está
a la vanguardia de la situación internacional, si en ese conjunto juegan un
papel fundamental los gobiernos de Cuba y Venezuela, el generalizado y
prolongado repliegue de la clase obrera, la dilución y confusión de una
perspectiva socialista, la inexistencia de organizaciones revolucionarias
marxistas con arraigo de masas, facilita lo que está a la vista: la imposición
de respuestas de carácter capitalista a la crisis del sistema. Pero como estas
respuestas no lo son sino en términos extremadamente parciales y breves, y como
el imperialismo redobla sus ataques para recuperar la iniciativa y el control
de la región, resulta que Suramérica marcha a la vanguardia en una
confrontación con el imperialismo bajo la hegemonía de fuerzas políticas que,
sea por pertenencia de clase, por desvío o por franca degeneración, representan
el interés y el programa del capital, es decir, en este punto de desarrollo y
crisis del sistema, encarnan una perspectiva anacrónica que en hipótesis alguna
puede arribar a una victoria frente al imperialismo. He allí la enorme
significación política de la actitud de Chávez, quien desde hace varios meses
comenzó a plantear que no hay solución en el marco del capitalismo y es
necesario recrear el socialismo del siglo XXI. He allí la importancia decisiva
del concepto de Frente Antimperialista, es decir, del reconocimiento de una
situación en que urge sumar todo lo posible contra la arremetida imperial (y
quitarle al enemigo tantos aliados como sea posible), sin deducir de allí que
la burguesía local -necesariamente asociada y dependiente del capital
financiero internacional cuando se ve obligada a confrontar al proletariado- es
un “enemigo secundario”.
Se trata entonces de una situación que
pondrá a prueba a cuadros y organizaciones revolucionarias que, flanqueadas por
el oportunismo y el ultraizquierdismo, deben ser capaces de afrontar el comando
de una encarnizada lucha antimperialista en función de una estrategia de
organización obrera y revolución socialista, frente a gobiernos representativos
de burguesías regionales en actitud de resistencia al capital financiero
internacional.
Sin
teoría revolucionaria...
Hasta el momento las fuerzas
revolucionarias no han respondido apropiadamente a los dilemas estratégicos
planteados por ese fenómeno político que hoy define el panorama continental, a
saber, la convergencia de gobiernos de diferente naturaleza y carácter en un
bloque de resistencia al imperialismo. A la imprevisión primero y el tardío
reconocimiento después del viraje suramericano con alcance mundial, le siguieron
posicionamientos polares: alineamiento subordinado o llano desconocimiento del
cambio encarnado en Argentina por el gobierno de Néstor Kirchner, en Brasil con
Lula, en Uruguay con el Frente Amplio, aparte la presencia singular de Hugo
Chávez en Venezuela.
De un lado están entonces quienes
comenzaron por no prever la dinámica que provocaría la necesidad de poner
límites al desenfrenado avance destructor del imperialismo, siguieron por
desconocer acontecimientos de la magnitud estratégica de la llegada de Hugo
Chávez al gobierno de Venezuela, luego desconocieron el significado de las políticas
regionales adoptadas por el gobierno brasileño de Fernando Henrique Cardoso
-con argumentos incuestionables en la aabstracción de un planteo pero
relativizados hasta la invalidación en el marco concreto de realineamiento
hemisférico-; más tarde desestimaron la proyección de la victoria del PT,
mientras en Argentina preparaban el asalto a la Casa Rosada cuando la clase
obrera y el conjunto de la ciudadanía les daba ostensiblemente la espalda y
abría espacio para la llegada de Kirchner, y ahora deniegan todo valor a la
victoria del Frente Amplio en Uruguay.
Del otro lado, se encuadran quienes,
con las particularidades de cada país, se subordinan y diluyen en las
estructuras y los programas de acción de cada uno de los gobiernos señalados y,
en el caso Venezolano, se alinean en el flanco de las fuerzas oficialistas que
tratan de sofrenar los pasos de Chávez y proponen “ayudar a la gestación de una
burguesía nacional”. Estas dos franjas principales en que se divide el grueso
de las organizaciones de izquierda conforman una tenaza capaz de neutralizar a
grandes contingentes de luchadores y contribuir de manera decisiva a la derrota
de la nueva oleada revolucionaria que se anuncia a escala continental. Frente a
esa tenaza del izquierdismo pseudomarxista y los oportunismos de diferente
denominación, el pensamiento y la acción revolucionaria marxistas están
conminados a realizar un supremo esfuerzo para recomponerse y superarse.
La primera línea de combate con las
posiciones del izquierdismo y el oportunismo reside en el bagaje teórico que
asume cada corriente. En franca colisión con una grave -aunque muy seductora-
simplificación de la teoría marxista consistente en interpretar la realidad y
adoptar posiciones políticas a partir de supuestas “contradicciones
principales” y “contradicciones secundarias” (un recurso expositivo de Mao Tse
Tung, transformado en lección de filosofía), la teoría marxista propone otra
visión de la realidad mundial y, en consecuencia, otra manera de plantear
nuestra intervención militante.
El mecanicismo implícito en aquella
simplificación tiene consecuencias políticas devastadoras. En el ángulo
opuesto, la interpretación libresca del marxismo no sólo conduce a iguales
resultados, sino que realimenta la idea de entender y actuar según el par
“principal-secundario”. Esto último es sanamente lógico puesto que, como
resulta fácil comprender, diferenciar lo principal de lo secundario es la
primera manifestación de la inteligencia y una función elemental para la
sobrevivencia en cualquier circunstancia, tanto más en la lucha política.
Si alguien se empeña en una
irremediable disputa con su cónyuge en el mismo momento en que entra un asesino
a su casa, además de aparecer como un tonto incurable, probablemente terminará
perdiendo la vida. Cualquiera comprenderá que no ha sabido “diferenciar la
contradicción principal de la contradicción secundaria”. Aunque resulte
curioso, abundan aquellos que, en función de dirigentes, actúan de esta manera.
Con sobrada razón las personas sensatas se burlan de ellos; pero si éstas están
dispuestas de verdad a divorciarse, deberían cuidarse de que el esquema de la
“contradicción principal” los arrastre a quedar para siempre amarrados a
quienes dicen detestar.
Ocurre que el carácter de principal o
secundario de una contradicción es constantemente cambiante y que la realidad
sólo puede ser aprehendida a partir de un abigarrado conjunto de
contradicciones en permanente mutación interrelacionada. Ese movimiento, por lo
demás, no tiene idéntica significación y resolución en cualquier situación.
Cada factor y su permanente cambio determinará funciones, ubicaciones y
desenlaces diferentes. Por lo cual, para mayor complicación, tampoco se puede
apelar al recurso de creer que es válido moverse según la noción “contradicción
principal-contradicción secundaria” en un momento dado -mucho menos en una
etapa.
En términos metodológicos, se trata del
milenario combate entre la lógica formal y la lógica dialéctica. “La lógica
formal es, a la vez, el primer paso de todo conocimiento y el punto de partida
de todos los errores”, señaló Trotsky, palabra más o menos, en alguno de sus
escritos (aunque sus epígonos insisten en no atender la primera afirmación de
la proposición). Pero los problemas teóricos no terminan allí; porque un modo u
otro de reflexión se puede apoyar en una concepción materialista u otra
idealista. Y aquí, también, aparte las dificultades propias del asunto, en las
filas revolucionarias cunde la confusión por otras causas: en medio del
cataclismo provocado por la desaparición de la Unión Soviética aparecieron quienes
identificaron materialismo dialéctico con stalinismo (??!!) y tiraron todo
junto por la borda (con el agravante de que no pocos arrojaron el niño y les
quedó el agua sucia). Este es igualmente un combate de siglos y no se resolverá
para facilitar la coyuntura. Con todo, asumiendo que “no hay acción
revolucionaria sin teoría revolucionaria”, la militancia -y más aún quien se
considere dirigente- tiene por delante un arduo camino de estudio, trabajo y
elaboración para que su accionar en esta nueva circunstancia histórica
contribuya a la derrota del imperialismo y la victoria de la revolución
socialista.
Argentina
en el nuevo cuadro suramericano
Mientras despliega sus líneas de acción
en función de la confrontación estratégica con el bloque regional, el
Departamento de Estado hace hincapié en Argentina: si no es pensable a corto y
mediano plazos que, aunque por razones diferentes, los gobiernos de Venezuela y
Brasil declinen su posición contraria a los intereses económicos y geopolíticos
de Estados Unidos, esa posibilidad no es descartable en Argentina. Si las
clases dominantes, fracturadas y enfrentadas sobre este punto, invirtieran el
curso de convergencia con Brasil y Venezuela para constituir realmente una
Comunidad Suramericana de Naciones (ya formalmente existente pero no actuante),
la ruptura del bloque en gestación y la gravitación sobre países vecinos podría
cambiar el sentido actual del movimiento de la región. Ahora bien ¿cuál es la
situación de un país al que cabe tan grande responsabilidad?
La debilidad estructural de la
burguesía local y el estado de confusión, desorganización y parálisis de la
clase obrera, da lugar a una situación que rechaza toda simplificación. Es
precisamente la simplificación caricaturesca de la realidad argentina lo que
conduce a un encadenamiento de errores y desviaciones que contribuyen a dejar
por entero el escenario político en manos de una burguesía en extremo escuálida
y fragmentada.
Esta problemática no comienza con el
gobierno Kirchner. Recurriremos a un texto de marzo de 1989 (durante la campaña
electoral que daría la victoria al PJ conducido por la camarilla asociada con
Carlos Menem), para resumir una metodología y una interpretación que permitió
prever el curso de los acontecimientos y hace inteligible el cuadro actual. Así
describíamos la situación mientras se derrumbaba el gobierno de Raúl Alfonsín:
“Argentina se desliza hacia un
colapso histórico. No se derrumba, no cae ruidosamente. Las columnas que
sostienen el sistema capitalista se agrietan más y más, los cimientos se
resquebrajan, toda la arquitectura social, económica y política se inclina casi
imperceptiblemente; pero no se desploma.
No hay energía en ninguna de las dos
clases que rigen el destino social. Por eso la crisis toma la forma de una
lenta, inexorable, desesperante decadencia.
(...) Estamos habituados a observar la
actitud exitista que considera imprescindible ver avances, triunfos y grandezas
allí donde no los hay. O aquella que sólo recurre a la realidad para buscar
signos negativos que avalen la renuncia a los presupuestos teóricos del
marxismo, la confianza en las masas y la certeza de que la acción decidida y
correctamente encaminada de la vanguardia pueden contrarrestar la acción del
enemigo de clase. Pero entre el optimismo panglossiano y el pesimismo como
recurso para ponerse las pantuflas y ocupar un rinconcito en el edificio
resquebrajado del capitalismo, está la posibilidad de esforzarse para tener los
pies en la tierra y los ojos en el horizonte, fundar la audacia en la voluntad
revolucionaria y en la fuerza de la teoría, asumir la militancia como una
condición de vida y subordinar las urgencias individuales a las necesidades del
movimiento de masas.
(...) La verdad es que en Argentina el
deterioro es global. La crisis lo corroe todo: el salario, las condiciones de
vida, la educación, la conducta individual, las relaciones humanas. Todo
aparece cada mañana peor que el día anterior. La caída económica se manifiesta
en la sistemática, creciente e imparable disminución del poder adquisitivo de
los asalariados. La declinación política se hace visible en la conducta del
gobierno, en la penosa propaganda electoral, la estatura de los candidatos.
El hombre, la mujer, el anciano, el
adolescente que sufre este proceso de irresistible caída cotidiana, por regla
general no lo comprende. Su conducta se va adecuando inconscientemente a los
imperativos de la sobrevivencia. Los valores humanos se ponen de lado; los
objetivos se achican; la mezquindad se agiganta en la misma medida en que
aumentan la insatisfacción individual y la frustración colectiva.
¿Por qué esta degradación? ¿Qué
mecanismo la impulsa? ¿Qué fuerzas la alimentan? ¿Cómo detenerla?
Seis años atrás, cuando el país salía
del espanto de la dictadura, el conjunto social reaccionó como activado por una
descarga eléctrica: se puso de pie, levantó banderas de justicia, solidaridad,
progreso, libertad. Las elecciones llevaron al poder a la más avanzada de las
alternativas que la burguesía pudo ofrecer al electorado. El presidente Raúl
Alfonsín constituyó el gobierno republicano más genuino de toda la historia
argentina, el régimen comparativamente más respetuoso de las libertades
públicas en 170 años. Al lado de esa afirmación terminante se puede decir, sin
error, que el suyo fue el peor gobierno de nuestra historia: nunca la entrega
al imperialismo fue tan descarada y total; nunca decayó a niveles más bajos la
condición de trabajo y de vida de las grandes masas; nunca se llegó a tal punto
de clausura de cualquier perspectiva de desarrollo y mejoría. El gobierno que
concitó el apoyo y la esperanza de la inmensa mayoría de la población termina
unánimemente repudidado; el hombre que se presentó como abanderado de la
democracia culmina su mandato enviando al Congreso una ley que trata de darle
forma jurídica a la doctrina de la seguridad nacional. Y el conjunto social, a
la inversa de lo ocurrido seis años atrás, se muestra aletargado,
desconcertado, sin confianza ni esperanza. Así concluye, en apenas un lustro,
la alternativa más avanzada y progresista que pudo presentar la burguesía
frente a la crisis.
Hay que retener esta contradicción
porque en ella reside la clave de la situación política nacional. Y en su
resolución, reside el futuro del país.
La crisis argentina es la crisis del
sistema capitalista. En un país con extraordinarios recursos naturales y en un
momento en que las conquistas de la ciencia y la tecnología a nivel mundial
ponen al alcance de la mano las realizaciones más fantásticas, la única
explicación posible del retroceso económico y la degradación de las condiciones
de vida de la población es el agotamiento, la incapacidad, la inviabilidad del
sistema que rige las condiciones de producción y distribución de la riqueza.
Pero la crisis del capitalismo no se
resuelve en el terreno económico. El rasgo decisivo de la crisis argentina es
que pese al agotamiento irreversible del sistema, no hay lucha de clases. La
lucha de clases, en el sentido marxista del concepto, presupone lucha política
en función de un proyecto propio de la clase obrera. Quienes miden el nivel de
la lucha de clases por los innumerables conflictos sindicales, a menudo
heroico, mediante los cuales los asalariados resisten la sostenida ofensiva
económica del capital, no sólo confunden un concepto. Al ocultar el problema,
cierran toda perspectiva de resolución de la crisis. No hay lucha de clases sin
conciencia de clases. Y no hay conciencia de clase sin una organización que,
dialécticamente, la recepte, la traduzca en términos políticos, y la lleve de
vuelta a las masas.
Es precisamente porque no hay lucha de
clases que la crisis adopta la forma de decadencia y degradación
ininterrumpidas en todos los órdenes, sin excluir a las propias organizaciones
sindicales y políticas de los trabajadores. Por esta vía, la crisis capitalista
no lleva a la revolución. Con prescindencia del heroísmo de las masas y la
voluntad de su vanguardia.
La burguesía no tiene energía porque
históricamente es una clase exhausta. Todo lo positivo que el sistema
capitalista podía ofrecer a la humanidad ya lo ha dado. Y hace muchas décadas
que no sólo no contribuye al desarrollo, sino que es su freno, mientras
alimenta la miseria, la enajenación, la violencia, la muerte, y amenaza incluso
con el exterminio de la humanidad. Esto que es verdad a escala internacional,
referido a las grandes potencias capitalistas, es más evidente y patético en
relación con las burguesías de los países dependientes.
La clase obrera no tiene energía porque
está en un período de transición y aún no asume su papel histórico. Durante décadas,
el movimiento obrero en Argentina se expresó políticamente en el peronismo. La
esencia del peronismo como ideología es la conciliación de clases. La captación
masiva de los asalariados por el populismo burgués, bajo la apariencia de un
salto político adelante de los trabajadores representó una trampa histórica que
emasculó por décadas la potencia revolucionaria de la clase obrera. Mientras
transcurrió la experiencia y el sistema pudo alimentarla con reformas o
maniobras políticas, el movimiento obrero traducía su poderosa fuerza de clase
a través de los sindicatos y, de tanto en tanto, a través del Partido
Justicialista. Se trataba de una fuerza sin destino; o más bien,
inexorablemente destinada a fracasar. Pero se expresaba como tal y esa
expresión era suficiente para, por un lado, mantener oxigenado el tejido
social, y por otro, limitar la voracidad del capital. La contradicción,
entonces, consistía en que la inviabilidad final se manifestaba sin embargo en
un vigor concreto, capaz de sostener a la propia clase y al conjunto social.
La experiencia de sistemáticas
frustraciones minó paulatinamente al peronismo como dirección reconocida y
confiable para la masa trabajadora. Poco a poco, la clase obrera tomó distancia
de su dirección peronista. Hubo saltos cualitativos en este proceso, como por
ejemplo el Cordobazo, punto simbólico de ruptura social histórica. Como
símbolo, el Cordobazo marca el momento en que el peronismo debe afrontar un
papel francamente antiobrero y contrarrevolucionario y la clase obrera deja de
ser peronista, en el sentido en que lo fue durante las dos décadas y media
anteriores.
Pero se trata de un desarrollo desigual
y sobre todo incompleto. La clase obrera ya no es peronista, pero todavía
no es socialista. Rompe con su dirección burguesa pero no construye una propia;
descree de sus líderes pero no talla otros o lo hace a su imagen de ese
momento: vacilantes, confusos, en muchos casos dispuestos a gestos heroicos
pero sin consistencia; desconfía de la conciliación de clases pero no asume la
perspectiva política de la lucha de clases; mira de soslayo a Perón y a los
candidatos que éste les impone, pero los vota.
Aun así, presenta combate. Su sola
presión de clase movilizada impide la consolidación de los proyectos burgueses;
mina el sistema; inviabiliza las instituciones de la pseudodemocracia
capitalista y pone en crisis a la clase enemiga. Esta no ya capaz de
mantener la estabilidad de sus instituciones; pero es todavía
suficientemente fuerte para sostener el sistema de explotación.
La secuencia de batallas y derrotas
desde aquel simbólico 29 de mayo de 1969 (elecciones en 1973, victoria y caída
de Cámpora –dos derrotas de diferente signo- huelgas y coordinadoras en junio y
julio de 1975, golpe militar en 1976, resistencia y demolición sistemática de
la dictadura, elecciones de 1983, conquista de grandes espacios democráticos,
recomposición del peronismo mediante los ‘renovadores’, recomposición de la
burocracia sindical, impotencia frente a la ofensiva económica y política de la
burguesía encarnada en el alfonsinismo, victoria de Menem dentro del peronismo,
arribo a las elecciones de 1989 sin alternativa) llevó al límite el
descreimiento y alejamiento de las bases obreras respecto de sus direcciones
sindicales y políticas peronistas.
Pero la contradicción en este caso
-visible sobre todo a partir de diciembbre de 2003, cuando asume Alfonsín-
consiste, a la inversa del período anterior, en que el objetivo cuestionamiento
a la dirección burguesa peronista, y en esa medida la posibilidad de que las
luchas abran la perspectiva de una victoria real de los explotados frente a los
explotadores, se manifiesta en la ausencia de vigor y protagonismo de la clase
obrera. El salto histórico deja a los trabajadores momentáneamente sin aliento.
Ya no están encuadrados ni se sienten convocados por la dirección
peronista. Pero todavía no cuentan con organización y liderazgo propios.
La clase obrera no puede sostenerse a sí misma como fuerza gravitante en la
sociedad. El capital financiero internacional no tiene contrapeso alguno. Entra
en el escenario nacional como un batallón de piratas en una isla habitada por
luchadores sin armas, sin organización y sin voluntad de combate. La burguesía
carece de fuerza para cualquier otro proyecto que no sea el sálvese quien
pueda. He allí el origen y la mecánica de la decadencia permanente” (9).
Lejos estábamos en aquel momento de
sospechar el punto al que llegaría la caída. Aun así, 16 años después es
posible comprobar la diferencia entre una posición basada en el análisis de las
clases y su dinámica, frente a las metodologías impresionistas -cuando no
deliberadamente mentirosas- para interpretar los acontecimientos y el devenir
de la vida social. Fueron la ausencia de la clase obrera como tal ante la
embestida imperialista, así como la obligada avidez ciega de la burguesía
local, los factores que dieron paso al saqueo y la devastación. Y es cuando ese
proceso llega por propio agotamiento a su culminación, cuando se replantea el
conflicto: en 2001 un sector de aquella burguesía entregada a la ilusión de su
asociación con el imperialismo resuelve, in extremis, cambiar de
política. La clase obrera seguía ausente. Quienes ignoraron la realidad en los
’80, a falta de luchas sindicales, descubrirían un “nuevo sujeto social”, al
que denominarían piqueteros, siguiendo la iniciativa de la prensa
comercial (no faltó un híper revolucionario que, sin pudor, llamara a formar un
“partido piquetero”). Y en rara unanimidad, ante la maniobra estratégica
del capital un arco casi completo de las expresiones consideradas
revolucionarias y progresistas propusieron “que se vayan todos”, dejando por
completo libre el camino a la operación de recuperación del orden político para
la burguesía.
Al día siguiente de las elecciones el
resultado de tales posiciones estuvo a la vista: “En la mañana del 28 de abril
los cómputos oficiales indican que el peronismo de Carlos Menem obtuvo el
24,1%; el peronismo de Néstor Kirchner el 22,0%; el radicalismo y aliados a
derecha de Ricardo López Murphy el 16%; el radicalismo y aliados a izquierda y
derecha de Elisa Carrió el 14,2%; el peronismo de Rodríguez Sáa el 14,1%; el
radicalismo solitario de Leopoldo Moreau el 2,3%; la alianza PC-MST denominada
Izquierda Unida el 1,7%; el PS el 1,2% y el llamado PO un 0,6%. El voto en
Blanco fue del 0,86% (el más bajo desde 1946!) y el Voto Protesta de 1,62%,
sobre una participación del 80% del padrón: el nivel más bajo de abstención y
rechazo activo desde 1995. El signo más relevante de estas elecciones es la
ausencia de la clase obrera como tal en la disputa política” (10).
El entonces presidente Eduardo Duhalde
pudo, en buena ley, felicitarse al comparar su desempeño con el de equipos
dirigentes de partidos que se consideran de vanguardia revolucionaria: sin
ningún obstáculo -sin siquiera un intento por parte de quienes dicen
representar los intereses de los trabajadores por buscar un desenlace
diferente- las clases dominantes habían recuperado el control institucional del
poder.
No abundaremos en las citas de
sucesivos textos que antes y después de ese período clave entre 2001 y 2003
registran la lucha contra el sectarismo y el reformismo, que en todo caso
pueden ser hallados en las colecciones de Crítica y Eslabón o
en sus respectivos sitios de internet (11). Importa en cambio insistir en que
las clases dominantes recuperaron no sólo el control de la sociedad, sino la
expectativa esperanzada de una mayoría abrumadora de la población. La burguesía
desplazada del poder en diciembre 2001, así como el imperialismo
estadounidense, se cuidaron muy bien de impedir que sus victoriosos rivales
llevaran a cabo la faena. Hubo de hecho un frente único de todas las fracciones
del capital y el imperialismo para limitarse a colocar piezas propias en las
posibles fórmulas vencedoras, sin chocar de frente con el proyecto ni sus
timoneles. Sólo cuando una sucesión de acontecimientos aleatorios puso a
Kirchner como candidato primero y como presidente electo después, el capital
financiero mostró los dientes el mismo día en que Menem desistió de concurrir a
la segunda vuelta: “este es un gobierno para dos años”, dijo en primera plana
el diario La Nación, refiriéndose al presidente electo Néstor Kirchner.
Pero no comenzaron las dentelladas hasta después de un año, en el primer
trimestre de 2004, cuando el gobierno ya se había afianzado y el nuevo
presidente contaba con el respaldo de un 70% de la ciudadanía. La tarea estaba
cumplida y era posible disputar otra vez la hegemonía sin el riesgo del
descontrol.
Al influjo de una devaluación inicial
del 400% y otras circunstancias coyunturales que no es el caso analizar aquí,
desde la asunción de Duhalde la economía dio un brusco giro ascendente y cambió
por completo el panorama nacional. Tras un interregno de saneamiento que devoró
un ministro de economía, asumió la cartera Roberto Lavagna con un programa de
reactivación de corte keynesiano. Ministro y plan fueron transferidos por
Duhalde a Kirchner. Eventuales recambios ministeriales sólo acentuarían éste o
aquél rasgo de una política basada inequívocamente en la intervención del
Estado para regular y promover el giro económico, mientras se reprograma y
renegocia la deuda externa. Como parte de la reorientación económica, la
política exterior se vuelca al Mercosur, a la Comunidad Suramericana de
Naciones, desdeña el Alca, choca con los símbolos estadounidenses y se reclina
hacia la Unión Europea. Una suma de gestos positivos respecto de Venezuela, en
momentos de extrema tensión del gobierno bolivariano con la Casa Blanca,
completa un entramado “progresista” en las relaciones exteriores. Todo esto,
incluido el cambio del voto contra Cuba por la abstención en la Comisión de
Derechos Humanos de la ONU -lo repetimos en estas páginas- fueron lineamientos
adoptados por el gobierno de Duhalde, quien ahora ostenta el cargo de
coordinador general del Mercosur. El envío de tropas a Haití fue en cambio
decisión de Kirchner (avalada por el Congreso), aunque fuerza es reconocer que
en esta medida contraria a todo discurso de soberanía y antimperialismo la
presión del gobierno brasileño tuvo un papel decisivo.
Mientras tanto, el supuesto “movimiento
piquetero” -una de las fantasías más insólitas aparecidas en la literatura de
filiación marxista- se evaporó y las cúpulas se fragmentaron hasta configurar
un espectro más disperso y más impotente que el de los aparatos que
usufructuaron del fenómeno (situación que, dicho sea de paso, plantea ahora
como una de las tareas principales de los revolucionarios marxistas la
respuesta a los remanentes sanos del activismo en ámbito de los desocupados, de
modo que las urgencias diarias de este sector no se contrapongan con una
estrategia de lucha común entre trabajadores con y sin empleo). Paralelamente,
la cúpula de la CGT se unificó en inequívoca coincidencia con el gobierno, en
tanto la CTA, sombra de sí misma, lidió sin suerte con la imposible tarea de no
ser oficialista ni opositora, sino todo lo contrario, y afronta ahora una más
de las crisis internas que la vaciaron de contenido en los últimos años. En el
mismo período, expresiones de vanguardia clasista, sin definiciones
estratégicas ni orientación política, fueron arrastradas por tendencias
sectarias a un aislamiento del que ahora, algunas de ellas, pugnan por salir.
Todo esto ocurrió sin un solo caso de movilización del proletariado como clase
y sin ninguna lucha de envergadura de los obreros industriales. Luchas
salariales dispersas, hasta el momento sin programa a la vista para unificarlas
en un gran movimiento reivindicativo nacional, se perfilan pese a todo como una
posibilidad de reversión del cuadro resumido en este párrafo.
En este punto de desmovilización y
fragmentación extrema de la clase obrera con y sin ocupación, y de contraataque
del capital financiero internacional y sus agentes locales, es cuando reaparece
la simplificación mortal del “enemigo principal” o el irresponsable
desconocimiento de su existencia y gravitación. Porque, naturalmente, tanto el
imperialismo estadounidense como sus socios locales embisten ahora sin
subterfugios contra Kirchner y amenazan incluso la continuidad institucional,
en la certeza de que ya está desactivada la bomba.
El verdadero estado de la clase obrera y el conjunto de la sociedad se intuye al tener en cuenta que tales resultados se obtuvieron mientras la distribución de la renta acentuó vertiginosamente el sentido regresivo que arrastra desde décadas: los asalariados han perdido en tres años, según el sector de pertenencia, entre el 25 y el 50% de su ingreso real; los desocupados reciben subsidios de $150; aumenta el trabajo en negro y con salarios que no superan los $400; se han pagado más de 10 mil millones de dólares por intereses y amortizaciones de la deuda; el petróleo sigue drenando riquezas rumbo al Norte mediante mecanismos descarados en favor de Repsol. Las exigencias de la deuda externa tensionan otra vez las relaciones con el capital financiero internacional; la producción en aumento recupera los niveles previos a la crisis y la capacidad instalada muestra el límite para un crecimiento sostenido; se anuncia una crisis energética y se replantea la necesidad de recuperar YPF o permanecer impotente; caen los precios internacionales de materias primas que permitieron ingresos extraordinarios desde 2002; una combinación de forcejeo por la renta y amagues de ‘golpe de mercado’, en un marco de falta de hegemonía en el elenco gobernante y la consecuente debilidad relativa para responder a las presiones, da lugar a incongruencias dentro del propio plan oficial y parálisis ante resoluciones clave (Enarsa es sólo uno entre muchos ejemplos). En una suerte de irrealidad económica autopropulsada, el peso se revalúa frente al dólar empujado por los ingresos extra por exportaciones y exige maniobras destinadas a contrarrestar el efecto, las cuales concurren a alimentar la inflación, mientras el centro de los esfuerzos oficiales en materia de plan económico, aparte la reprogramación de la deuda, consiste en hallar más mercados para las exportaciones primarias de siempre. Todo esto en medio de la caída del valor del dólar y la multiplicación de signos de alarma en el sistema financiero internacional.