De la autoridad
Por Federico Engels
Algunos socialistas han emprendido ultimamente
una verdadera cruzada contra lo que ellos llaman “principio de autoridad”.
Basta con que se les diga que éste o el otro acto es “autoritario” para que lo
condenen. Hasta tal punto se abusa de este método sumario de proceder, que no
hay más remedio que examinar la cosa un poco más de cerca. Autoridad, en el
sentido de que se trata, quiere decir: imposición de la voluntad de otro a la
nuestra; autoridad supone, por otra parte, subordinación. Ahora bien; por muy
mal que suenen estas dos palabras y por muy desagradable que sea para la parte
subordinada la relación que representan, la cuestión está en saber si hay medio
de prescindir de ella, si –dadas las condiciones actuales de la sociedad-
podemos crear otro régimen social en el que esta autoridad no tenga ya objeto y
en el que, por consiguiente, deba desaparecer.
Examinando las condiciones económicas,
industriales y agrícolas, que constituyen la base de la actual sociedad
burguesa, nos encontramos con que tienden a reemplazar cada vez más la acción
aislada por la acción combinada de los individuos. La industria moderna, con
grandes fábricas y talleres, en los que centenares de obreros vigilan la marcha
de máquinas complicadas movidas a vapor, ha venido a ocupar el puesto del
pequeño taller del productor aislado: los coches y los carros para grandes
distancias han sido sustituidos por el ferrocarril, como las pequeñas goletas y
falúas lo han sido por los barcos a vapor. La misma agricultura va cayendo poco
a poco bajo el dominio de la máquina y el vapor, los cuales reemplazan, lenta
pero inexorablemente, a los pequeños propietarios por grandes capitalistas, que
cultivan, con ayuda de obreros asalariados, grandes extensiones de tierra. La
acción coordinada, la complicación de los procedimientos, supeditados los unos
a los otros, desplaza en todas partes a la acción independiente de los
individuos. Y quien dice acción coordinada dice organización. Ahora bien, ¿cabe
organización sin autoridad?
Supongamos que una revolución social hubiera
derrocado a los capitalistas, cuya autoridad dirige hoy la producción y la
circulación de la riqueza. Supongamos, para colocarnos por entero en el punto
de vista de los antiautoritarios, que la tierra y los instrumentos de trabajo
se hubieran convertido en propiedad colectiva de los obreros que los emplean.
¿Habría desaparecido la autoridad, o no habría hecho más que cambiar de forma?
Veamos.
Tomemos, a modo de ejemplo, una fábrica de
hilados de algodón. El algodón, antes de convertirse en hilo, tiene que pasar,
por lo menos, por seis operaciones sucesivas; operaciones que se ejecutan, en
su mayor parte, en diferentes naves. Además, para mantener las máquinas en
movimiento, se necesita un ingeniero que vigile la máquina de vapor, mecánicos
para las reparaciones diarias y, además, muchos peones destinados a transportar
los productos de un lugar a otro, etc. Todos estos obreros, hombres, mujeres y
niños están obligados a empezar y terminar su trabajo a la hora señalada por la
autoridad del vapor, que se burla de la autonomía individual. Lo primero que
hace falta es, pues, que los obreros se pongan de acuerdo sobre las horas de
trabajo; a estas horas, una vez fijadas, quedan sometidos todos sin ninguna
excepción. Después, en cada lugar y a cada instante, surgen cuestiones de
detalle sobre el modo de producción, sobre la distribución de los materiales,
etc; cuestiones que tienen que ser resueltas al instante, so pena de que se
detenga inmediatamente toda la producción. Bien se resuelvan por la decisión de
un delegado puesto al frente de cada rama de producción o bien por el voto de
la mayoría, si ello fuese posible, la voluntad de alguien tendrá siempre que
subordinarse; es decir, que las cuestiones serán resueltas autoritariamente. El
mecanismo automático de una gran fábrica es mucho más tiránico que lo han sido
nunca los pequeños capitalistas que emplean obreros. En la puerta de estas
fábricas, al menos en cuanto a las horas de trabajo se refiere: “¡lasciate ogni
autonomia, voi che entrate!” (*). Si el hombre, con la ciencia y el genio
inventivo, somete a las fuerzas de la naturaleza, éstas se vengan de él
sometiéndolo, mientras las emplea, a un verdadero despotismo,
independientemente de toda organización social. Querer abolir la autoridad en
la gran industria, es querer abolir la industria misma, es querer destruir las
fábricas de hilados a vapor para volver a la rueca.
Tomemos, para poner otro ejemplo, un
ferrocarril. También aquí es absolutamente necesaria la cooperación de una
infinidad de individuos, cooperación que debe tener lugar a horas muy precisas,
para que no se produzcan desastres. También aquí, la primera condición para que
la empresa marche es una voluntad dominante que sanje todas las condiciones
secundarias. Esta voluntad puede estar representada por un solo delegado o por
un comité encargado de ejecutar los acuerdos de una mayoría de interesados.
Tanto en uno como en otro caso, existe autoridad bien pronunciada. Más aún:
¿qué pasaría con el primer tren que arrancara, si se aboliese la autoridad de
los empleados del ferrocarril sobre los señores viajeros?
Pero, donde más salta a la vista la necesidad
de la autoridad, y de una autoridad imperiosa, es en un barco en alta mar.
Allí, en el momento de peligro, la vida de cada uno depende de la obediencia
instantánea y absoluta de todos a la voluntad de uno solo.
Cuando he puesto parecidos argumentos a los
más furiosos antiautoritarios, no han sabido responderme más que esto: “ah! Eso
es verdad, pero aquí no se trata de que nosotros demos al delegado una
autoridad, si no ¡de un encargo!”. Estos señores creen cambiar la cosa con
cambiarle el nombre. He aquí cómo se burlan del mundo estos profundos
pensadores.
Hemos visto, pues, que, de una parte, cierta
autoridad, delegada como sea, y de otra, cierta subordinación, son cosas que,
independientemente de toda organización social, se nos imponen con las
condiciones materiales en las que producimos y hacemos circular los productos.
Y hemos visto, además, que las condiciones
materiales de producción y de circulación, se extienden inevitablemente con la
gran industria y con la gran agricultura, y tienden cada vez más a ensanchar el
campo de esta autoridad. Es, pues, absurdo hablar del principio de autoridad
como de un principio absolutamente malo y del principio de autonomía como de un
principio absolutamente bueno. La autoridad y la autonomía son cosas relativas,
cuyas esferas varían en las diferentes fases del desarrollo social. Si los
autonomistas se limitasen a decir que la organización social del porvenir
restringirá la autoridad hasta el límite estricto en que la hagan inevitable
las condiciones de la producción, podríamos entendernos; pero, lejos de esto, permanecen
ciegos para todos los hechos que hacen necesaria la cosa y arremeten con furor
contra la palabra.
¿Por qué los antiautoritarios no se limitan a
clamar contra la autoridad política, contra el Estado? Todos los socialistas
están de acuerdo en que el Estado político, y con él la autoridad política,
desaparecerán como consecuencia de la próxima revolución social. Es decir, que
las funciones políticas perderán su carácter político, trocándose en simples
funciones administrativas, llamadas a velar por los verdaderos intereses
sociales. Pero los antiautoritarios exigen que el Estado político autoritario
sea abolido de un plumazo, aun antes de haber sido destruidas las condiciones
sociales que lo hicieron nacer. Exigen que el primer acto de la revolución
social sea la abolición de la autoridad. ¿No han visto nunca una revolución
estos señores? Una revolución es, indudablemente, la cosa más autoritaria que
existe; es el acto por medio del cual una parte de la población impone su
voluntad a la otra parte, por medio de los fusiles, bayonetas y cañones, medios
autoritarios si los hay; y el partido victorioso, si no quiere haber luchado en
vano, tiene que mantener este dominio por medio del terror que sus armas
inspiran. ¿La Comuna de París habría durado acaso un solo día, de no haber
empleado esta autoridad de pueblo armado frente a los burgueses? ¿No podemos,
por el contrario, reprocharle el no haberse servido lo bastante de ella?
Así pues, una de dos: o los
"antiautoritarios" no saben lo que dicen, y en este caso no hacen más
que sembrar la confusión; o lo saben, y en este caso traicionan el movimiento
del proletariado. En uno y otro caso, sirven a la reacción.
Octubre de 1872 a marzo de 1873.
Publicado en diciembre de 1973 en el Almanacco
Repubblicano per l’anno 1874. Reproducido de Carlos Marx-Federico Engels, Obras
Escogidas, Tomo II; Editorial Progreso, Décima edición, Moscú 1974.