Un cuarto de siglo del movimiento feminista

 

Como afrontar la nueva realidad
 de las mujeres latinoamericanas

 

El Movimiento Feminista permanece aún en una transición que no logra enraizar su potencial rebelde en el nuevo cuadro continental. Sacudido por la derrota de los idearios que definieron su recorrido durante más de dos décadas, la autocrítica y la parálisis actual expresan una búsqueda donde el signo dominante será la confrontación. No existe movimiento feminista y de mujeres como tal, capaz de actuar como detonante o punto de confluencia de la movilización social, aún cuando el protagonismo femenino ha sido descollante en América Latina y el Caribe y numerosas feministas (agrupadas o individualmente),se han integrado a esas gestas. Las mujeres han desafiado la pobreza y el desempleo, a través de la organización de la protesta y la subsistencia, mediante múltiples formas autogestionarias, autónomas y asamblearias para defender la salud, la educación y enfrentar el hambre. Y también sumando su voz y su energía a la defensa de las riquezas y el patrimonio nacional, a las perspectivas emancipatorias que reaparecieron con un grito bolivariano. Venezuela, Bolivia, Brasil, Argentina, son exponentes diversos de un arco de realidades en las cuales las mujeres sellaron su impronta. Sin embargo, los debates y las líneas de acción han estado por detrás de estos fenómenos.

 

                El feminismo atraviesa un momento de declinación y esas limitaciones se expresan en el conjunto del movimiento de mujeres. El estancamiento se observa en la falta de profundización teórica sobre la fase actual del capitalismo; la ausencia de replanteos políticos y autocríticas profundas con una perspectiva centrada en el movimiento de masas y no desde la lógica endogámica de los grupos sectarios. En un sentido puede decirse que de persistir en esta dinámica se consume a sí mismo. Sin embargo el repliegue actual responde a la culminación de un ciclo y a las dificultades propias de una transición negativa que aún no ha forjado su momento superador. 

                A partir del VII Encuentro Feminista Latinoamericano y Caribeño realizado en Chile en 1996, se perfilaron dos tendencias en abierta contraposición: la crisis y degradación de las ideas que aparecían imbatibles en los 80, ligadas a la profundización democrática, vigencia de la equidad de género y derechos humanos; la constitución de las Autónomas e Institucionalizadas[1] como grandes emergentes de la polémica en curso.

                Las páginas de Crítica de Nuestro tiempo han seguido con detalle el curso de estas controversias[2] que reflejan dos líneas contrapuestas: la lucha contra el capitalismo y el patriarcado y la conciliación de clases e integración en la gobernabilidad del sistema, con perspectiva de género. A su vez, el terreno de quienes se afirman en una postura confrontativa contiene -y no podría ser de otra manera- las visiones autonomistas que, refractarias a toda idea de construcción política, y muy especialmente de partido revolucionario (aún sosteniendo posturas de clase y anticapitalistas), han diluido el potencial contestatario en el idealismo utópico o, en muchos casos, en la afirmación del atraso y el eclecticismo, en una vuelta, hoy reaccionaria, a las visiones anarquistas del siglo XIX[3]. Confunden el valor incuestionable de las estrategias de supervivencia (múltiples formas de microemprendimientos y modalidades de economía solidaria en pequeña escala) para paliar el hambre y la desocupación, con el verdadero enfrentamiento al capitalismo en el siglo XXI para lograr, en palabras de Fidel Castro: la “globalización socialista”, (la cual tiene sin duda mediaciones programáticas, políticas y organizativas que están en el centro de los desafíos del continente).

                La ausencia de respuestas se acentúa con el agravamiento de la crisis. Es así como han sido factores determinantes para la desarticulación de numerosos grupos de mujeres, el desmantelamiento de estructuras estatales que eran proveedoras de subsidios. Ese espacio, que aparecía legitimado para peticionar, viable para encarar proyectos y programas progresistas se clausuró y con él un sector del feminismo que encontraba allí su soporte, al carecer de base social genuina donde apoyarse. Una de sus consecuencias fue lanzarse a la carrera de los cargos, lo cual implicaba ajustar las banderas a los límites que los aparatos partidarios del sistema podían tolerar. Esta situación, verificable con sus particularidades en toda América Latina, tuvo su manifestación en Argentina, cuando a mediados de los 1990 un sector del movimiento feminista y de mujeres declinara uno de sus puntos de unidad histórico: “anticonceptivos para no abortar; aborto legal para no morir” y lo reemplazara por procreación responsable y derechos reproductivos, fracturando así la reivindicación totalizadora del derecho a decidir de las mujeres, demanda clave porque desenmascara un aspecto fundamental de la opresión ancestral de género.

El punto de inflexión de los balances de fin y principios de siglo

                Si bien los cambios en las relaciones entes los sexos ha sido uno de los grandes temas del siglo precedente, las jornadas de irrupción colectiva en la calle (que con su especificidad marcaron las décadas de los 60, 70 y parte de los 80), dieron lugar a un desplazamiento donde el enfrentamiento al poder constituido fuera ocupado por la cooptación por parte del mismo de las banderas de lucha de las mujeres.

                Un buen testimonio de este recorrido lo dio la publicación Fempress en su edición especial al finalizar el siglo XX[4], donde era palpable el peso en el pensamiento y la acción de la caída de la URSS y las consecuencias de la respuesta del capitalismo en crisis: el neoliberalismo. Las expresiones que en su momento vertiera la abogada argentina Haydée Birgin eran claras al señalar cómo “en los primeros años de la década de los 80 y ante la apertura democrática en la región”, un sector importante del movimiento redefinió su acción y comenzó a discutir “el lugar de las mujeres y una política de cara al Estado”, al considerar que éste dejaba de “ser sólo un blanco de pura impugnación para constituirse en un espacio de articulación con la sociedad”, lo que implicaba “formular demandas para traducirlas en políticas públicas”. Allí se plasmaba una caracterización de la etapa que a poco andar mostraría su falacia, ya que no era la fortaleza del capitalismo, ni el impulso de políticas públicas (similares a las concretadas en los llamados Estados Benefactores) lo que estaba en curso, sino la crisis del sistema capitalista y su manifestación en el continente a través del saqueo imperialista. La  incomprensión del fenómeno provocó frustración, reflujo y dispersión. Es imperativo registrar el fracaso de esta línea. Porque asistimos hoy al quiebre y desprestigio del neoliberalismo y es esta misma situación la que abre nuevamente una puerta a las expectativas en la colaboración de clases y en un capitalismo con base en un desarrollo nacional industrialista, con márgenes de soberanía y distribución más amplia de la riqueza producida socialmente.

                Por su parte, la antropóloga mexicana Marta Lamas explicitaba los rasgos del capítulo que se cerraba: “En la actualidad en México hablar del feminismo es referirse a un reducido grupo que denuncia la subordinación de las mujeres, que remacha con la perspectiva de género o que exige cuotas en los aparatos partidarios o en el Congreso”. Con sentido crítico continuaba: “Tal vez la principal lección aprendida por el movimiento feminista a fines de los 90, es la inexistencia de la unidad natural de las mujeres; la unidad tiene que ser construida políticamente”. Y ponía todo en cuestión al mirar el futuro y confiar en las “jóvenes, que viven otras expresiones del sexismo, que enfrentan otros problemas existenciales y que tienen otras aspiraciones. Las jóvenes inventarán el nuevo feminismo (tal vez con un nombre distinto)”, apuntaba, tomando uno de los nudos en debate: “Las feministas, ilusionadas con la reivindicación de la igualdad o seducidas con la glorificación de la diferencia[5], han desarrollado un activismo extremo, donde ha sido menos importante obtener un logro político que compartir la sensación de pertenencia, comunicar al mundo sus creencias y disfrutar el placer indudable de la relación grupal”. La conclusión es clara: “salir del gueto feminista”, y buscar cómo “coordinar a sectores de mujeres comunes y corrientes a luchar por lo que significa, práctica y políticamente el sexismo; no se manifiestan las subordinadas, las discriminadas, las oprimidas, sólo se escucha la voz de sus defensoras, las feministas”.

                Son dos cuestiones a resolver: una de ellas teórica y política, ya que implica una definición de fronteras de lucha frente al poder local y el imperialismo; la otra, quebrar el sectarismo y el aislamiento. O sea, encontrar la convergencia con el conjunto de las mujeres, que equivale a encontrar la vía de confluencia con las masas trabajadoras y populares.

                Otro momento clave fue el Encuentro Feminista realizado en Costa Rica en el año 2002, donde se marcaron los parámetros de la reflexión crítica al centrar el debate en Globalización y Feminismo. La importancia de estas polémicas radica en que comienza a analizarse en un arco mayor del feminismo la naturaleza de la crisis latinoamericana, signada por el proyecto anexionista y la violencia militarista del imperialismo. Ya en los 90, en el marco de la reacción desatada sobre los pueblos latinoamericanos, la idea misma de movimiento feminista entró en cuestión junto al problema de la identidad del sujeto “mujeres” como constituyente del feminismo. En esas controversias, aportaron los trabajos de Marta Fontenla y Magui Bellotti[6] al señalar, con relación a los discursos en boga sobre el carácter transformador de la deconstrucción y desestabilización de las identidades, que “una política de pura deconstrucción puede ser un interesante experimento, cultural, pero no posibilita la formación de movimientos sociales ni la apertura hacia una transformación en términos de igualdad social, respeto a las diversidades y democracia política participativa y radical”. Afirma entonces que difícilmente puedan desmantelarse la opresión de las mujeres o la explotación de clase a través de una práctica y un pensamiento exclusivamente dirigidos a desestabilizar las identidades”. Y remata con un argumento de peso, que no toda deconstrucción es deseable, ya que “basta ver los efectos de la “deconstrucción” del paradigma de pleno empleo y del discurso y la práctica de los derechos laborales y sociales que se ha hecho desde las políticas neoliberales y su incidencia en el debilitamiento del sujeto constituido por la clase obrera (en su sentido amplio, comprensiva de todos los asalariados), para entender que aquí también necesitamos criterios, juicios de valores, que nos permitan discernir qué conceptos y prácticas aportan o no en el sentido de la sociedad y el mundo que pretendemos”.

                La mirada crítica también apuntó al retroceso producido por “la reducción del espacio público al espacio institucional en detrimento del diálogo directo con la sociedad”, al “énfasis en la participación político-institucional, con perspectiva de género, tanto a nivel nacional como internacional, incluso en los organismos financieros multilaterales (FMI, BM, BID), en menoscabo a la crítica a esas instancias de poder”, y la proliferación de ONG´s , que contribuyeron a la “fragmentación y privatización” del movimiento feminista”. El tono de estas argumentaciones (presentes en las discusiones de latinoamericanas y caribeñas), revelaba los puntos de inflexión ante una nueva realidad mundial.

                Es en este clima que circuló un documento para el IX Encuentro Feminista en Costa Rica[7]. Uno de sus puntos fundamentales era el rechazo a la globalización y el ataque a las políticas feministas que implicaron la integración “con perspectiva de género” en las que denomina“instituciones de la oligarquía internacional” (BM, BID, FMI).

                El tratamiento de la globalización era equívoco. Si “la globalización -como alertaba el material correctamente- ha sido nociva para el planeta, la naturaleza, los animales y los seres humanos”, ha “diluido y despolitizado el lenguaje, el arte, la teoría y la práctica del feminismo”, ha generado “individuas divididas y funcionales al sistema”, es porque su desarrollo ha sido la dinámica implacable del lucro y la mercantilización creciente de la vida social y las conciencias. Otro puede ser el curso de una globalización basada en la socialización de las fuerzas de la producción, la cultura y la política. También proponía para el feminismo una ubicación social y puntos de articulación: “el movimiento como tal, tiene que ser progresista, es decir, de izquierda, como lo fue desde sus inicios y en sus distintas etapas, de lo contrario tiene poco que ofrecerle a la gran mayoría de las mujeres que siguen siendo pobres (...) ha de poder hacer coaliciones con otros movimientos antidiscriminatorios, al tiempo a que ayudamos a otros movimientos a no ser sexistas”. La definición de izquierda es siempre compleja y así expresada abstracta, mucho más cuando la referimos, desde una perspectiva de clase, con el movimiento de masas real. No obstante interesa la ruptura con una etapa. De manera contundente la explicita en un párrafo: “Cinco años después de Beijing[8] las mujeres del mundo estamos más pobres, más violentadas y más marginadas de los espacios de poder real y sin embargo, decimos que hemos avanzado porque ahora estemos presentes en el discurso de los poderosos y la perspectiva de género en todas o casi todas sus políticas y proyectos”.

                Las ideas están. Cómo volver a ser un “movimiento crítico, subversivo, transgresor” requiere de un balance para observar que si bien siempre hubo sectores que han resistido la integración al sistema, otras fueron las tendencias prevalentes que precipitaron la situación actual. Y exige elaborar estrategias que centren la mirada en las masas latinoamericanas y caribeñas.

                Otras orientaciones surgieron en los últimos años en la perspectiva de coordinar la actividad feminista con otros sectores y tomar distancia de cualquier modalidad de encierro. Llevando sus planteos al límite, han declarado la terminación de las reuniones propias de mujeres y en consecuencia la necesidad de encarar ámbitos mixtos. El concepto de ciudadanía es el hilo conductor de esta visión, el cual para ser pleno, debe contener la equidad de género. Bajo la prédica de la amplitud -siempre bienvenida- esta línea entraña los riesgos de un nuevo desvío. Las nociones de actores sociales, movimientos de la civilidad, ciudadanía, diluyen el carácter del enfrentamiento en una sociedad dividida en clases, que preserva, entre sus formas de opresión, el patriarcado.

                Las instancias de debate entre mujeres no desembocan por sí mismas en la unilateralidad del gueto si son parte del movimiento real de la sociedad en cada período. Son dos momentos de una sola estrategia. Estas concepciones suelen traducir los vaivenes ciclotímicos de modas y la necesidad constante de centrismo de capas medias, intelectuales, académicas y el peso del pensamiento reformista y conciliacionista en sectores obreros y populares.

 

Apéndice:

Aborto, una reivindicación clave en la lucha de las mujeres.

Relevamiento de un derecho que irrita al poder

                El control sobre la sexualidad y la reproducción humana ha sido a través de la historia un campo donde se dirimen dos planos entrelazados, las posiciones científicas, filosóficas, morales y religiosas en torno al inicio de la vida, un terreno donde la ciencia desafía una y otra vez supuestas verdades metafísicas, eternas y religiosas. Y las relaciones de poder concretas vinculadas a políticas poblacionales que definen desde Cumbres y Conferencias líneas de acción hacia las mujeres, en particular, las pobres del mundo. La sexualidad está atravesada por relaciones de poder, de clase y opresión de género y en ese ámbito operan la burguesía y el imperialismo para manipular este derecho de las mujeres.

                La labor desplegada por miles de voces femeninas en todos los continentes ha permitido difundir algunas nociones de difícil refutación: el aborto como derecho y el conocimiento de la magnitud de las cifras de muerte por prácticas clandestinas en América Latina y el Caribe que lo ubican como un verdadero problema social y político que requiere respuesta desde una planificación de salud pública y gratuita. Es decir su legalización como parte integral de un programa de educación sexual y planificación familiar.

                Es un tema donde la clandestinidad que lo rodea genera hipocresía e impunidad. Desde los médicos que cobran honorarios ejerciendo la doble moral, al negar en el hospital público lo que facilitan en la medicina privada, hasta las parteras y enfermeras que lo desarrollan en las peores condiciones de insalubridad.

                En Crítica de Nuestro Tiempo nº 9 (julio-agosto-septiembre de 1994) sosteníamos que datos sobran para mostrar que “el aborto clandestino recluta sus víctimas entre los sectores populares, es la tragedia que viven miles de mujeres sin medios económicos suficientes, en una sociedad donde el derecho a una buena maternidad, a proporcionar un crecimiento y manutención digna, no está garantizada para la mayoría de las mujeres trabajadoras y del pueblo”.

                Y agregábamos: “El acceso a la interrupción de embarazos no deseados en condiciones adecuadas de salubridad constituyen en esta sociedad un privilegio de clase. La ideología dominante opera sobre la opresión interna de las mujeres, la culpa, y sobre la aceptación interior profunda de que su lugar básico en la sociedad es el de ser reproductora (..) En el control de la posibilidad procreadora de las mujeres, ya sea por parte del marido, la iglesia o el Estado, se expresa uno de los cimientos de su opresión histórica”.

                Pese a los mecanismos de ocultamiento y al difícil acceso a los datos -aunque variable según los países-, se han realizado investigaciones confiables que concluyen que el aborto es considerado entre la primera y la tercera causa de muerte materna en América Latina y el Caribe. Las estadísticas son elocuentes[9]. En los países donde las interrupciones voluntarias del embarazo son legales la mortalidad materna por aborto es de una cada 3700 intervenciones, mientras que en los países semicoloniales se produce una cada 250. Por cada 10 nacimientos ocurridos en Brasil, Colombia, Perú y República Dominicana, hay cuatro abortos, con un total de cuatro millones por año en Latinoamérica. En Brasil, más del 90% de los abortos clandestinos es autoinducido y realizado en forma arriesgada.

                La necesidad de contar con información y seguimiento sistemático impulsó que en noviembre de 1992 se realizara en Lima una reunión de representantes de varias redes y organizaciones latinoamericanas de mujeres sobre “Situación del aborto en América Latina, Perspectivas y Estrategias”, con la presencia de Católicas por el derecho a decidir; la Red de Salud de las mujeres latinoamericanas y del Caribe; Servicios Integrales para la Mujer y el Cladem (Comité de América Latina y el Caribe para la defensa de los derechos de la mujer). En mayo de 1994 en una segunda reunión efectuada en Montevideo, Cladem asumió la tarea de efectuar un estudio comparativo sobre Argentina, Bolivia, Brasil, Colombia, Chile, Ecuador, El Salvador, Honduras, México, Panamá, Paraguay, Perú, Puerto Rico y Uruguay.

                En América Latina y el Caribe las discusiones sobre el aborto surgieron con la aparición de los primeros códigos donde se planteaban ya las bases para bloquear la introducción de la despenalización[10]. El aborto es considerado delito, y sólo se lo toleraba para proteger la buena reputación de la mujer y la familia. Hacia fines del siglo XIX se esbozó, aunque de manera difusa, la noción de aborto terapéutico (Uruguay 1889 y Colombia 1890). Entonces como ahora, actuaba el papel rector de la iglesia para definir sobre el tema. Durante la segunda mitad del siglo XX se eliminó la figura de aborto por causa de honor y hubo avances en la inclusión, como no punibles del aborto terapéutico, eugenésico, ético y el aborto social.

                Con el inicio de los 80 los países que en el mundo permitían el aborto a petición de las mujeres (sin aclarar motivos) y por lo general durante el primer trimestre de gestación, ascendían al 39%. El 25% de la población mundial vivía en países que adoptaban indicaciones médico-sociales; el 18% en países donde el aborto sólo era permitido para salvar la vida de una mujer gestante y el 8% vivía bajo regulaciones que autorizaban el aborto por indicaciones médicas amplias, como es el caso de evitar un grave riesgo en la salud femenina. Sólo el 10% de la población mundial vivía en países donde el aborto se hallaba totalmente prohibido, sin excepción alguna.

                La tendencia mundial a la despenalización se presenta de manera inversa en los países latinoamericanos y caribeños, donde el rasgo dominante es la prohibición. El aborto es técnicamente ilegal en un marco que va desde excepciones por causas terapéuticas, eugenésicas o por violencia sexual. Sólo se registran como excepciones Cuba y Puerto Rico.

                En Cuba, a partir de la Revolución, las normas de salud garantizan el aborto accesible, gratis y legal para cualquier mujer que lo desea. En Puerto Rico fue la decisión del Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Roe versus Wade que permitió extender a Puerto Rico en 1973, el derecho al aborto, pero la inexistencia de una política pública promueve la desinformación, alienta las presiones de sectores religiosos, gubernamentales en detrimento de la medida En el año 2002 se estimaron cerca de 17000 abortos anuales y siete clínicas que los realizan [11]. Figuran como lugares donde la interrupción del embarazo no es legal ni siquiera para salvar la vida de la madre: República Dominicana, Haití, Chile y Colombia. En la dinámica regresiva se sumaron El Salvador y Honduras. El Salvador tiene una de las legislaciones más restrictivas del mundo, donde al aborto no está permitido siquiera para salvar la vida de la mujer y desde 1999 se estableció la protección del derecho a la vida desde el momento de la concepción.

                En Uruguay está penalizado desde 1938, pero se registran avances a partir del 10 de diciembre de 2002, cuando en la conmemoración del Día de los Derechos Humanos, la Cámara de Diputados aprobó el proyecto de ley de Defensa de la Salud Reproductiva y en su artículo 1º habilita hasta las 12 semanas la interrupción voluntaria del embarazo cuando la madre considere que no puede continuarlo. Actualmente la despenalización tiene media sanción en la Cámara de Diputados y el martes 13 de abril comenzó su consideración en el Senado. La discusión ha precipitado polarizaciones en la sociedad y al interior de los partidos. Por su parte, el presidente uruguayo Jorge Batlle, explicitó que de aprobarse el proyecto, lo vetaría. Según la información registrada por los medios de ese país y por RIMA 14/4/04), tanto la calle como el recinto estaban colmados por partidarios a favor y en contra. Y fue posible observar la presencia de legisladores bolivianos que seguían el debate porque en su país están presentados dos proyectos de ley para la despenalización del aborto con un contenido semejante al uruguayo. La presión extrema de la iglesia católica abroqueló a los senadores de derecha en el rechazo a la ley en las jornadas del miércoles 14 y la sesión quedó pospuesta hasta el 4 de mayo.

                En Brasil, si bien es delito los gobiernos estaduales preservan un margen, de acuerdo al partido que detente el gobierno, para que existan mejores posibilidades de realizar abortos en el sistema sanitario.

                El único caso en que el aborto es permitido por razones de planificación familiar es el Código Penal de Chiapas, que contempla distintas formas dentro de los primeros 90 días de gestación.

                En Argentina lo avances entre los años 2000 y 2003 se dieron en la sanción de leyes referidas a la salud reproductiva y la procreación responsable con el acceso a la información y acceso gratuito a métodos contraconcepcionales. El aborto está penalizado y sólo puede autorizarlo un juez en casos de violación, cuando se trata de “mujeres idiotas o dementes”, o cuando corre serio riesgo la salud de la madre (la realidad ha mostrado sin embargo que la letra no se traduce en las conductas jurídicas y médicas). Según las últimas cifras del año 2000 (son las más recientes) reconocidas por el ministerio de Salud de la nación, el número de abortos provocados aumentó a más de medio millón al año. Los egresos por complicaciones de aborto, que mantenían una estabilidad: 53871 (1990); 53978 (1995); dieron un salto hace cuatro años al llegar a 78894, la cantidad más grande en la historia argentina. El signo a considerar es que el incremento se registra en menores de 20 años. A partir del año 2000 hubo muerte materna en menores de 15 años por primera vez en el país; el 35% de las muertes maternas en adolescentes como producto de embarazos que concluyeron en abortos[12]. Las estadísticas ministeriales indican que, en todo el país la edad promedio de las mujeres que llegan a los hospitales públicos bajo de 25 años en 1995, hasta un promedio de entre 15 y 19 en 2001.

Pobreza, aborto y manipulación demográfica

                Las Conferencias sobre Población y Desarrollo (El Cairo, 1994; CEPAL, Chile, marzo 2004) son escenario donde suelen plantearse tramposas conexiones entre los derechos de las mujeres y los intereses poblacionales del imperialismo, siempre bajo un barniz progresivo. La manipulación demográfica ha sido una de las prácticas implementadas[13]. Las propuestas promovidas desde los centros de poder hacia los pueblos latinoamericanos y caribeños, africanos y asiáticos para limitar el crecimiento de la población y en esa perspectiva se promueven en una doble faceta: positiva al encauzar líneas de planificación familiar y despenalización del aborto; y regresiva cuando esas políticas son levantadas por los responsables de la militarización y saqueo de los pueblos y encubren que la verdadera causa de la pauperización y miseria es la explotación capitalista), reiterando argumentaciones maltusianas[14]. Ellas sostienen que la sobrepoblación es la causa de la pobreza de los países semicoloniales dando sustento además a las visiones de neto corte racista. La forma extrema ha sido la esterilización forzosa practicada en países latinoamericanos como Brasil, Bolivia, Haití en las décadas de 1960 y 1970. En Puerto Rico por ejemplo a mediados de los 70 el 35% de las mujeres en edad de procrear habían sido esterilizadas. Esa práctica era tan habitual que se la llamaba simplemente “la operación”[15]. No se trata del pasado. Las denuncias reaparecen aunque no tengan la forma de campañas masivas.

                La lucha de las mujeres por el derecho a la legalización del aborto es contraria a e independiente de las maniobras que la clase dominante y el imperialismo ejercen alrededor de esta temática. En la historia del marxismo y la Revolución, la postura clásica ha promovido “la abolición incondicional de todas las leyes contra el aborto o contra la difusión de literatura médica sobre medidas anticonceptivas”, al considerar las leyes punitivas como “particularmente perniciosas para las masas oprimidas”[16].

                Las posturas ideológicas y las estrategias políticas que han definido la actividad de un amplio sector del feminismo (al que referíamos en la primera parte de este texto) se manifiestan al fijar posición frente a estos temas. Un ejemplo es la Declaración de las organizaciones feministas, de mujeres y jóvenes de América Latina y el Caribe (Cairo + 10, marzo de 2004, en referencia a los 10 años cumplidos de la Conferencia de Población y Desarrollo realizada en El Cairo en 1994)[17], reunidas en el II encuentro de Redes y Campañas de la región, dedicadas al trabajo por la promoción y defensa de los Derechos Humanos de las mujeres en el campo de la Salud Sexual y Reproductiva, presentada en la reunión de Mesa Ampliada del Comité Especial de Población y Desarrollo del período de sesiones de la CEPAL, Comisión Económica para América Latina). La lógica del contenido se centra en la demanda a los Estados de América Latina y el Caribe a recordar que diez años atrás acordaron sumar “esfuerzos, ideas, creatividad y decisiones políticas para construir una herramienta que sirviera a la causa de la justicia económica, la democracia, la equidad y la ciudadanía”. Ocurrió lo contrario. Pero continúa: “Celebremos porque hace 10 años el movimiento feminista y el movimiento de mujeres fueron reconocidos por el sistema de Naciones Unidas como protagonistas indispensables en la construcción de un desarrollo verdaderamente humano. Pero en un mundo que tiene el dinero para constatar que hay agua en Marte mientras millones de seres humanos no acceden al agua potable, con celebrar no alcanza”. No se trata de desconocer la importancia de la presencia, demanda y presiones en todas las instancias, incluidas aquéllas dominadas por los verdugos de la clase trabajadora y los pueblos. El problema está en que ésta ha sido una estrategia de integración con perspectiva de género. Y en un marco de dudosa ingenuidad puede suponerse que esta es la vía para conquistar la “equidad” y el “desarrollo”, la salud y la justicia.

                El texto cuestiona sin nombrarla la ofensiva guerrera de Estados Unidos y también sin nombrarla a la iglesia y las engloba bajo “los nuevos fundamentalismos hacen guerras preventivas con la excusa de la paz en el mundo” y “los fundamentalismos de siempre (esos que se demoraron 500 años para perdonar a Galileo) (que) quieren acabar con el laicismo de nuestros Estados”. La noción de “nuestros Estados” es un exceso de concesión a las burguesías locales (salvo los casos de Cuba y en gran medida Venezuela). El tono vuelve a la apelación para que se prioricen recursos para universalizar la educación secundaria, “incluir a millones de migrantes, de pueblos y poblaciones desplazadas y marginadas del goce de todos sus derechos en una región donde el pago de los intereses aumenta las deudas”. Son tareas a resolver. Sin duda, no de la mano del capital, por el contrario requiere como paso inexorable, la ruptura con la dependencia del imperialismo.

            La estrategia hoy, genuina, verdadera, es de confrontación. Se cerró el ciclo de la integración y también de la lucha marginal, sectaria, de gueto. El enfrentamiento al patriarcado es indisoluble de la lucha contra el modo de producción capitalista. De lo que se trata es de encontrar los puntos de unidad de las grandes masas a nivel continental, en una perspectiva antiimperialista y anticapitalista. La lucha de las mujeres renacerá nutrida en la unidad latinoamericana forjada desde los trabajadores/as, las mujeres, los jóvenes, las múltiples expresiones dispersas de rebeldía y resistencia que nunca pudieron ser acalladas.



[1] Las Autónomas son aquéllas que rechazan los financiamientos encaran su acción por fuera de las instituciones, entendiendo bajo ese nombre no sólo a los organismos del Estado, sino a quienes son vistos como los representantes directos del patriarcado y el neoliberalismo: las Naciones Unidas y el Banco Mundial. El feminismo institucionalizado es aquél que recibe recursos externos y estatales.

[2]  Crítica de Nuestro Tiempo nº 24, agosto-septiembre-octubre 2000; Mujer y partido revolucionario, Cristina Camusso, página 56.

[3] Expresiones de esta línea han sido los planteos por la conformación de Comunidades Feministas (Mujeres Creando en Bolivia), como espacios desde donde desarrollar políticas antipatriarcado.

[4] Especial Fempress (Red de comunicación alternativa de la Mujer, Chile, 1999). Feminismos de fin de siglo.

[5] Feminismo de la igualdad: plantea la equiparación entre los sexos en todos los órdenes de la vida social; Es visualizado como heredero del proyecto político de la modernidad. Feminismo de la diferencia: niega todo proyecto igualitario, al entender el poder como masculino. Por el contrario, plantea conjugar diferencia con libertad. Ve la capacidad de transformación femenina en la separación, aislarse y construir lo propio. Ambas perspectivas presentan problemas. En el primer caso, el poder suele analizarse (no por todos los sectores del feminismo) por fuera de su naturaleza de clase. La diferencia, abre una vía peligrosa de segregación y no pocas veces regresiva, de exaltación del atraso (en Francia las discusiones han girado en torno al significado del respeto a las culturas, el velo en las escuelas, la poligamia de los inmigrantes, entre otros temas). Esta línea tiene puntos de conexión con las corrientes autonomistas.

[6] Bellotti Magui: ponencia presentada en la 20º Jornada Feminista: “Construyendo rebeldías contra el sexismo, el heterosexismo, el racismo y la pobreza”, Atem 25 de noviembre, Buenos Aires, 10/11/2001. Fontenla Marta: Brujas nº 16, 1990. Fontenla Marta-Bellotti Magui: Brujas nº 23 (1996) ; 24 (1997); 25 (1998).

[7] Globalización y Feminismo: documento elaborado por Alda Facio para el IX Encuentro Feminista Latinoamericano y del caribe.

[8] Refiere a la IV Conferencia Mundial sobre la Mujer, septiembre de 1995.

[9] Estudios del Instituto Alan Guttmacher, citados por la investigación “El aborto clandestinoen América Latina, Perfil de una clínica”, Jennifer Stricker; Angela Heimburger y Karen Rodríguez, 2001.

[10] Ibidem

[11] Salud.pro-Mujer, tomado por Rima (Red Informativa de Mujeres, 31/3/04).

[12] Bianco Mabel: “La adolescencia en la Argentina: sexualidad y pobreza”, citado en artículo Clarín 8/3/04.

[13] Crítica de Nuestro tiempo nº 9, julio-agosto-septiembre 1994. “Debate rumbo al Congreso Mundial Beijing95”; Cristina Camusso, página 168.

[14] El británico Thomas Malthus sostenía a fines del siglo XVIII y principios del XIX que las luchas obreras por condiciones de trabajo y mayores salarios eran inútiles, ya que cualquier mejora en su nivel de vida llevaría automáticamente a un aumento en la población que lo cancelaría. La sobrepoblación era la causa de la pobreza de los países coloniales y semicoloniales. El crecimiento poblacional avanzaba más rápidamente que la capacidad de la tierra en producir alimentos.

[15] La esterilización forzosa es la práctica racista llevada a cabo por el imperialismo de obligar a la mujer a que se haga una operación irreversible, que le impida quedar embarazada de nuevo.

[16] Artículo escrito por Lenin en 1913 en el periódico Pravda del partido Bolchevique.

[17] Ver: Crítica de Nuestro tiempo nº 9, página 186-87.

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