América Latina en el final de una etapa histórica
Qué viene después
Por Luis Bilbao
Sucesivos reveses políticos de Estados Unidos acompañan el
agravamiento de una crisis económica estructural compartida con la Unión
Europea y Japón, que continúa su marcha inexorable pese a los esfuerzos por
negarla o camuflarla. El inesperado fracaso estadounidense en la reunión de la
Organización Mundial de Comercio realizada en Cancún en septiembre pasado, dejó
como saldo la constitución de un bloque de países (el Grupo de los 20, al que
ahora anuncia su adhesión China) capaz de plantarse como límite ante las
exigencias de Washington. Como prolongación de la sublevación boliviana y la
destitución del presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, la denominada Cumbre
Iberoamericana produjo a mediados de noviembre una declaración opuesta a los
ejes fundamentales de la política estadounidense, bajo la presión de un
“Encuentro Social Alternativo”, que simultáneamente y en el mismo escenario de
Santa Cruz de la Sierra, reunió organizaciones populares y revolucionarias de
15 países. Esa misma fuerza potenció las contradicciones intercapitalistas que
desde hace un lustro traban el desarrollo del Area de Libre Comercio de las
Américas (ALCA) y provocó un fracaso apenas disimulado de Estados Unidos en la
reunión de cancilleres del ALCA, realizada en Miami la semana siguiente (1).
Como se verá, el fracaso estadounidense en su intento de
imponer el ALCA es paradojal en más de un sentido: Washington no logró la
aceptación de los mecanismos mediante los cuales pretende de un lado cerrar el
continente a sus competidores de ultramar y de otro absorber de sus socios
menores una mayor cuota de la plusvalía hemisférica. Sin embargo, en la medida
en que Brasil, a la cabeza de un bloque de países dispuestos a negociar en
mejores términos con la Casa Blanca, al no clausurar de modo terminante la
posibilidad de que el nuevo tratado en discusión (ALCA ligth, descafeinado o alquita, como se lo ha llamado) avance sobre
la soberanía de cada Estado nacional, deja abierta la posibilidad de que las
burguesías locales involucradas en aquel bloque pierdan en poco tiempo (2004,
el período de discusión antes de la activación, o no, del ALCA) el terreno
ganado entre la Cumbre de presidentes suramericanos, en agosto de 2000, y la
reciente reunión de Miami. Más importante aún es el hecho de que con ALCA o
ALCA descafeinado, los trabajadores y
las masas populares cargarán sobre sus hombros la crisis que tratan de
contrarrestar con estos recursos los dueños del capital, metropolitano o local.
En todo caso, más visible que estos dos acontecimientos y
con mayores consecuencias inmediatas de carácter político es el curso de la
invasión a Irak, donde Estados Unidos comienza a sufrir los efectos de una
guerra de resistencia que acelera y agudiza los sentimientos antimperialistas
ya reinstalados como factor de peso en el escenario político internacional.
Otro factor revelador del curso de la situación mundial es
la reversión notable operada en la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN). Crítica subrayó en su momento la peligrosidad extrema del paso
dado cuando este dispositivo militar imperialista anunció un drástico cambio de
naturaleza y carácter precisamente en el momento en que cumplía medio siglo de
existencia. En aquella oportunidad, durante la celebración del aniversario en
Washington se anunció que la OTAN pasaba de estructura regional defensiva a
mecanismo ofensivo y con jurisdicción internacional. Esto significaba no sólo
la creación de un aparato militar imperialista único, sino su legitimación para
actuar, obviamente bajo el mando inapelable de Estados Unidos, en cualquier
punto del planeta. Alemania y Francia no replicaron. Sin embargo, después de
septiembre de 2001, cuando Washington intentó utilizar a la OTAN según su
designio, obtuvo resultados exactamente inversos: la OTAN planetaria -es decir,
la subordinación directa de las fuerzas armadas europeas a Estados Unidos- se
mostró inviable y la Unión Europea aceleró hacia la articulación de una fuerza
armada propia, de hecho contrapuesta a la OTAN. La invasión a Irak, realizada
por Estados Unidos sin legitimación por parte de las Naciones Unidas, con la
oposición explícita de Francia y Alemania y acompañada militarmente sólo por
Gran Bretaña y España, subraya esta dinámica.
Frente a esta suma de factores que golpean con dureza la
hegemonía ideológica y política de que gozó Estados Unidos durante los últimos
veinte años, los estrategas imperialistas tratan ahora de engañar a la opinión
pública internacional respecto del curso de la situación económica planetaria.
Mediante la exhibición equívoca de cifras de reactivación económica se pretende
contrarrestar la conciencia cada día más extendida respecto de la crisis que
vive el capitalismo altamente desarrollado.
Esta nueva contraofensiva comunicacional se apoya en la
recuperación de los niveles de actividad de la economía estadounidense: 7,2% en
el último trimestre de 2003. En Argentina, donde la euforia ha hecho perder
todo sentido de las proporciones a los apologistas del nuevo gobierno, se toma
el dato como el fin de toda preocupación. Sin embargo, esa reactivación está
alimentada por una situación fiscal que pasó de un superávit del 2,4% durante
el último año de gobierno de William Clinton, a un déficit del 3,5% en 2003 y
un estimado del 4,3% para 2004 (el mismo período para el cual se impuso a
Argentina un superávit del 3%) y por los gastos de guerra, a lo cual
corresponde sumar la escandalosa manipulación de índices.
Basta un ejemplo: “Si una computadora tiene ahora el doble
de capacidad de otra que costaba lo mismo un año atrás, se calcula que el
precio ha caído el 50% (...) la inversión en computadoras ha subido en un 54%
en términos reales desde 2000. En términos de dólar, el gasto cayó un 8%” (2).
No es el objetivo de esta nota analizar en detalle la marcha de la economía
mundial. Es preciso decir, sin embargo, que lejos de contradecir el análisis
indicativo de una crisis estructural, estos datos lo reafirman en un nivel
superior: el párrafo citado, además de revelar la manipulación estadística,
indica a las claras cómo evoluciona el verdadero nudo del problema: el aumento
de la productividad, la caída del valor de la masa de bienes producidos,
provoca el derrumbe de la tasa de ganancia y lleva al paroxismo la competencia
interimperialista. Un índice menos manipulable reafirma esta evidencia: el
Nasdaq, con 5000 puntos y en alza hacia el año 2000, está hoy en 1200 puntos...
y en baja.
Por otra parte, en los últimos cinco años Estados Unidos
aumentó el gasto a un promedio del 7,7% anual y el plan de incremento en gastos
militares de George W. Bush supone un aumento real del 20% para el 2020. De
acuerdo con estos cálculos, incluso tomando como válidas las proyecciones más
optimistas de crecimiento, en los próximos diez años “el presupuesto
estadounidense es mucho peor de lo que las previsiones oficiales indican. Entre
los expertos independientes de Washington, el consenso es que las cifras
oficiales no contemplan un déficit acumulativo de alrededor de 5 billones
(5.000.000.000.000). Más que un presupuesto que retorna al superávit hacia
2012, Estados Unidos verá probablemente déficits promedios del 3% durante la
próxima década” (3).
Para financiar este desbalance fuera de control, Estados
Unidos depende más y más del endeudamiento externo. De allí que tenga una
particular significación el hecho de que “el ingreso neto de inversiones en
bonos y acciones estadounidenses cayó de 50 mil millones en agosto a sólo 4 mil
millones en septiembre, el nivel más bajo desde la crisis causada por el
colapso de Long Term Capital Management en octubre de 1998” (4). Esta situación
está traduciéndose en un sostenido incremento del precio del oro (400 dólares
la onza a fines de noviembre), una caída del dólar frente al euro y podría
estar augurando un nuevo colapso bursátil. Alemania, Francia y Japón no distan
cualitativamente de este panorama.
Habrá que seguir paso a paso el desenvolvimiento económico
en los tres centros imperialistas durante el futuro inmediato y extraer de los
hechos conclusiones que revaliden o no la afirmación de que, lejos de iniciar
su superación, la crisis del capital se agrava a paso acelerado y sin control.
De hecho, economistas desarrollistas sostienen la hipótesis contraria a la
nuestra (5). Como quiera que sea, tanto las políticas económicas aplicadas en
los centros imperialistas como los resultados y las consecuencias de todo orden
en curso en América Latina, llevan a una coincidencia sin fisuras: el neoliberalismo está sepultado: en
Estados Unidos, Francia, Alemania y Japón, se apela de manera desenfrenada al
déficit fiscal para contrapesar la caída en tirabuzón; en el resto del mundo,
si no se hace lo mismo -por imposición del FMI- gobernantes y opositores
sostienen siquiera retóricamente la necesidad de hacerlo.
Desafío
histórico
América Latina transita el fin de la etapa denominada neoliberal por caminos marcadamente
diferenciados pero con factores comunes que obrarán a favor o en contra del
imperialismo según quién conduzca su dinámica: las burguesías locales o
genuinos gobiernos de los trabajadores y el pueblo. La batalla por esa
preeminencia estratégica está en curso ahora mismo. Entre tantos otros, hechos
tales como la realización del Congreso de la Internacional Socialista en San
Pablo (ver artículo siguiente), o la designación de un funcionario de la Central
de Trabajadores Argentinos como representante oficial del gobierno ante el
Vaticano, deben ser interpretados como movimientos de piezas en el ajedrez de
la batalla entablada. Mientras tanto, este año no tuvo lugar el encuentro
correspondiente del Foro de São Paulo. El Encuentro Social Alternativo,
realizado en Santa Cruz de la Sierra del 12 al 15 de noviembre, tampoco llegó a
articularse como bloque antimperialista capaz de gravitar en la contienda
señalada, con todo el valor que tuvo esta convocatoria, por primera vez
planteada como contraparte frente a la Cumbre Iberoamericana, la instancia
prohijada por la Unión Europea.
El vacío provocado por esa ausencia está siendo ocupado por
propuestas desarrollistas de actualización capitalista. Pero fracasado en los
años 1960, cuando todavía estaba en auge la economía mundial de posguerra y
Argentina no había enajenado las palancas fundamentales de su aparato
productivo, el desarrollismo no tiene hoy siquiera la chance de intentar un
despegue sin antes romper los lazos de sujeción al imperialismo y tomar como
punto de partida una muy drástica redistribución de ingresos en favor de las
clases desposeídas. No sólo la historia, sino la comprobación cotidiana permite
aseverar que nada de esto puede llevar a cabo un gobierno del capital, siquiera
en su versión más progresista.
La recuperación de la iniciativa política por parte de la
burguesía en Argentina (analizada en la edición anterior de Crítica)
no podría ser exitosa a mediano plazo sino al precio de un mayor
empobrecimiento del país y una sangrienta derrota de las masas. El cuadro
actual deberá necesariamente resolverse en favor de la clase obrera y el arco
más amplio de sus aliados estratégicos, o en favor del imperialismo y los
socios que se le sometan sin condiciones.
Así, se presenta de manera descarnada la urgencia por
resolver en los hechos la dialéctica entre clase, organización de masas y
dirección revolucionaria, a partir de una realidad determinada por la ausencia
de toda instancia de unidad social, ausencia de un genuino partido de los
comunistas y sostenida ofensiva local y regional por parte de estructuras y
cuadros al servicio de la socialdemocracia y el socialcristianismo.
Por todo un período la contradicción entre una crisis sin
precedentes del sistema capitalista y el retroceso también sin precedentes en
la conciencia y la organización del proletariado internacional, se levantó como
una muralla para la acción política revolucionaria. El reinado ideológico del
capital ya no es lo que fue en los años 1990. De hecho, convulsiones de los más
diversos géneros muestran a escala mundial un dato nuevo y determinante: el
imperialismo ha vuelto a aparecer ante las masas -y específicamente ante las
juventudes- como el gran enemigo. Esa contramarcha puede computarse como una
recuperación de terreno por parte de las fuerzas revolucionarias; no obstante,
la confusión persiste y la distancia ganada está todavía lejos de plasmar en el
terreno político. El agotamiento del llamado neoliberalismo y la reasunción de una conciencia de lucha por parte
de sectores sociales afectados replantean aquella contradicción, aunque sigue
gravitando con fuerza decisiva el hecho de que el proletariado, a escala
mundial y en cada país, lejos de ocupar la vanguardia ideológica y política, o
bien se mantiene paralizado, o bien marcha tras otros estamentos sociales,
cuando no directamente de la burguesía dependiente del imperialismo. Con
excepciones que no rompen la regla, la teoría que se reivindica marxista no da
cuenta de esta realidad. Y en no pocos casos se niega a sí misma en un proceso
de constante degradación.
La propia idea dominante respecto del carácter de la crisis
que atravesamos prueba estas afirmaciones. Por convención, la etapa histórica
cuyo convulsivo fin se observa a escala mundial y en todos y cada uno de los
países de América Latina, se ha dado en llamar neoliberalismo. Ninguna fórmula convencional es inocente. Esta fue
impuesta desde los grandes medios de comunicación, pero adoptada con fruición
en la mayoría de los ámbitos de izquierdas y, sin reparo de ningún tipo, por la
academia y el periodismo. En la imposición de aquella fórmula, había ya una
contundente victoria ideológica de las clases dominantes, que a su vez indicaba
qué estaba ocurriendo al otro lado de la frontera social, en las clases
explotadas y oprimidas.
Se denominó neoliberalismo
a un conjunto de medidas apuntadas a contrarrestar la caída de la tasa de
ganancia que le carcomía los cimientos y lo acorralaba ideológica y
políticamente en todo el mundo. Era el medicamento extremo, de destructivos
efectos secundarios, aplicado a un cuerpo agónico. Una nueva y más drástica expresión
de lo que Marx denominó autofagia del sistema capitalista. No obstante, fue
presentada y aceptada por las masas como expresión de vigor del sistema y
prueba de que no era posible rebelarse contra él.
Una respuesta fácil para explicar este resultado
aparentemente insólito es atribuírselo a los medios de comunicación,
potenciados por el formidable salto tecnológico del último cuarto de siglo.
Imputar a la prensa comercial el curso de la política fue uno más de los rasgos
culturales que predominarían desde entonces en la intelectualidad:
justificación del statu quo,
teorización de la impotencia, elaboración minuciosa del “cambio puntual”. En
otras palabras: elogio de la irracionalidad y la cobardía (6).
Pero la imposibilidad de los escasos equipos revolucionarios
marxistas para explicar lo obvio y lograr que esto se transformara en acción
política tuvo otras razones, de carácter histórico y alcance global, que
permitieron convencer al mundo, atravesando clases sociales, culturas y
posiciones ideológicas, de algo que sí resultaba evidente para miles de
millones de personas: la muerte del socialismo y la victoria definitiva del
capitalismo. Como la evidencia del Sol girando en torno de la Tierra, aquélla
invertía la realidad. Pero llevaría tiempo descubrir el engaño. Y el
capitalismo en su conjunto utilizó al máximo ese plazo extra.
Hay una siniestra ironía en el curso de esa inflexión
histórica: el “neo” liberalismo no venía a reemplazar al socialismo, sino al
keynesianismo. Y éste, se sabe, había sido el antídoto utilizado in extremis en un cuerpo envenenado por
el liberalismo (7). ¿Por qué reemplazar al salvador de Occidente precisamente
cuando éste se mostraba vencedor y qué tenía de “neo” este sustituto respecto
del liberalismo que, a fines del siglo XIX, mostró con crudeza su impotencia
hasta desembocar en la Revolución Rusa en 1917? Inútil preguntarlo: los
cultores del flamante comodín verbal -defensores y detractores- se negaron
siquiera a tratar el punto.
Ahora, menos de dos décadas después, habrá que hacerlo. El neoliberalismo es un perro muerto y a él
se le atribuye el cataclismo que sacude al mundo. Ni siquiera altos
funcionarios de las finanzas internacionales se privan de denostarlo (8). Pero
es precisamente en este punto que recobra fuerza la tramoya lingüística, la
victoria ideológica inicial y de gran alcance que permite tergiversar
nuevamente el punto de partida para la comprensión de la realidad: el ciclo
agotado es... el del neoliberalismo.
El paso siguiente está a la vista: en reemplazo se propone
algo que teóricos presurosos y buscadores de frases de impacto denominan ya, oh
sorpresa, neokeynesianismo; una
fórmula menos inocente aún que la anterior, y de más peligrosas consecuencias.
Por motivos de comunicación directa con las víctimas de este
desenlace puede resultar efectivo apelar a la fórmula neoliberalismo para explicar su derrumbe. La dialéctica entre las
palabras y las cosas obra en uno u otro sentido; y si antes el vocablo encubrió
la realidad ahora, arrastrado por ella, puede muy bien obrar como pseudónimo
del sistema mismo, cosa que está ocurriendo en diversos escenarios del mundo.
Pero la respuesta es diferente cuando el objetivo consiste en afirmar un
programa de acción para afrontar la crisis. Sea que se trate de un equipo de
propaganda marxista, una fuerza de oposición con peso real o un gobierno
empeñado en resolver la demanda de las masas, el diagnóstico de la situación no
puede eludir ni maquillar la realidad a la hora de definir qué respuesta habrá
de darle; qué medidas de orden económico habrá de proponer o adoptar.
Precisamente porque el mundo no asiste al fracaso del neoliberalismo, sino al agotamiento de
un recurso del imperialismo frente a la crisis; porque ésta no es otra cosa que
la reiteración cíclica de la caída de la tasa de ganancia y la sobreproducción
capitalista, no hay espacio objetivo para reformas positivas en la relación
entre las clases y la organización social. Y es también por las razones que
determinaron el profundo retroceso del proletariado mundial en todos los
planos, que toda respuesta deberá partir de un dato decisivo: la ausencia de un
factor objetivo clave para abolir el capitalismo: la subjetividad de las masas.
Sí: la subjetividad de las masas (y su traducción en formas organizativas y
conductas políticas) es un factor objetivo a la hora de definir qué hacer ante
la crisis del sistema.
En cualquier hipótesis, reforma o revolución no es una
opción. No hay espacio real para conquistas duraderas en la actual coyuntura
histórica. Lo inverso es verdad: repitiendo en escala ampliada la encerrona de
la gran crisis que desembocaría en la II Guerra Mundial, la dinámica del
capitalismo actual cierra toda chance de mejoras y replantea la dramática
alternativa asumida por los revolucionarios de entonces: socialismo o barbarie.
Después del neoliberalismo no viene
la simple reiteración de una economía regulada en un cuadro estable de
democracia liberal. En Argentina, esa ilusión arrastró a buena parte de la
militancia hacia el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Cuando tuvieron el gobierno
en sus manos, cuadros comprometidos y experimentados no podían comprender el
rumbo en que eran arrastrados, resumido en el hecho de que su gobierno
convocara como ministro de Economía a Domingo Cavallo, artífice del gran viraje
neoliberal. Pero había una lógica
consistente detrás de aquella designación, cuya base es la ya señalada: en el
actual contexto de crisis mundial la democracia liberal sólo es sostenible para
llevar a cabo el plan del gran capital imperialista. Salir de éste implica
necesariamente superar aquélla. Por estos días una fantasía semejante a la de
la Alianza en Argentina hace estragos en la cúpula del Partido de los
Trabajadores de Brasil (en el mismo sector interno que, no por acaso, apoyó
públicamente la candidatura de Fernando de la Rúa en Argentina e hizo viajar a
Lula a Buenos Aires para comprometerse con semejante posición). Y el fenómeno
se repite en Argentina con el gobierno de Néstor Kirchner.
La imposibilidad de reformas progresistas duraderas estaba
ya planteada desde comienzos de lo 80, cuando las dos grandes corrientes de la
izquierda se alinearon tras la doble falacia que cerraría el camino a la
comprensión de la coyuntura histórica que se abría: adaptación “progresista” al
capitalismo triunfante, o adhesión a la ofensiva proletaria mundial encabezada
por los obreros soviéticos... mientras el capitalismo veía avanzar su crisis
estructural y los obreros de los países del ex Pacto de Varsovia, en masa,
pedían el retorno al capitalismo.
La interpretación de esta coyuntura excepcional y la
consecuente conducta de partidos y cuadros que se reivindican marxistas
contribuyó a que las masas fueran ganadas ideológica y políticamente por las
clases dominantes. Nada de lo que ocurre hoy puede ser comprendido sin esa
victoria del capital. Argentina es también en ese sentido un modelo puro (9).
De tal manera, podría decirse que la crisis del sistema
penetró en el propio pensamiento anticapitalista, primer paso de una dinámica
que en pocos años pulverizaría partidos y organizaciones sociales y produciría
volteretas grotescas en dirigentes e intelectuales. No ha faltado nada en este
período: desde la formulación pseudoteórica que propone hacer la revolución sin
tomar el poder, la presentación en sociedad de un nuevo pensamiento para tomar el poder y no hacer la revolución,
hasta la propuesta de crear un partido piquetero.
Cuando esta suma de desvíos culminó en el resultado electoral de abril pasado
(véase la reseña e interpretación en la anterior edición de Crítica)y en la
fulgurante aparición de Kirchner, organizaciones, dirigentes y comentaristas
que contribuyeron a la confusión y la parálisis no se hicieron cargo de su
responsabilidad.
Lo viejo reaparece travestido
en las nuevas condiciones
En semejante panorama, las clases dominantes ocuparon todo
el escenario político y aprovecharon al máximo la ausencia de una estrategia
alternativa y la progresiva desaparición o marginalización de las estructuras
sindicales y políticas de la clase obrera. Puesto que en definitiva no hay muro
capaz de detener la lucha social, ésta se expresaría entonces determinada por
la espontaneidad, sin conciencia ni objetivos propios, lo cual en términos
leninistas supone que los combates dados no constituían, en rigor, lucha de
clases. En términos electorales esto se tradujo en monopolio absoluto del voto
proletario por parte de los partidos burgueses tradicionales y la nueva
corriente travestida que obraría como red para pescar en aguas revueltas y
retornar luego al puerto de partida. Helos allí, en torno al Partido
Justicialista.
Al otro lado de la barricada, de modo más o menos
articulado, más o menos consciente, innumerables tendencias impregnadas por una
historia plagada de desvíos, incomprensión y frustraciones, encarnaron la
voluntad revolucionaria. La mayoría de éstas comenzaron por tomar distancia de
la teoría marxista, identificada (por obra de las mejores y las peores
intenciones), con aberrantes experiencias organizativas y políticas. A partir
de allí se abriría un abanico de posiciones con la predominancia de dos: la
adaptación reformista y la búsqueda revolucionaria por caminos diferentes a los
hasta entonces tenidos como tales.
La negación de la negación, esperable y posible, no tuvo
lugar sin embargo: prácticamente la totalidad de las nuevas fuerzas sociales y
políticas de masas, aparecidas y consolidadas durante este período, convencidas
de estar renovando el anquilosado espectro de las izquierdas, en realidad
dieron un fantástico salto atrás, para caer en posiciones teóricas,
organizativas y políticas que el movimiento revolucionario internacional
experimentó, combatió y superó desde comienzos del siglo XIX (10).
Un caso diferente fue el de las corrientes doctrinaristas
que invocando a Marx, Lenin o Trotsky (o a los tres), se elevaron al cielo -al
mundo metafísico de fórmulas literariamente emparentadas con lo mejor del
pensamiento revolucionario, pero enajenadas de la realidad en la misma medida
en que se negaron a ver la fase histórica que atravesaba el proletariado
mundial- desconocieron las tareas centrales de la época y cayeron en la trampa
de sostener que todo estaba dado para la revolución, excepto el Estado Mayor.
De allí a considerarse el jefe en torno del cual se aglutinaría ese Estado
Mayor, mediaba un paso que más de un cuadro valioso estaría dispuesto a dar,
sin comprender la dinámica en la que se vería atrapado (11).
Como quiera que sea, lo cierto es que la aceleración de la
crisis del sistema capitalista no se vio acompañada por un desarrollo teórico,
político y organizativo, de la voluntad revolucionaria. Ese retraso explica a
su vez la incorporación de innumerables cuadros a la variante reformista y
plantea problemas tácticos y estratégicos de cuya resolución depende la
evolución y eventual desenlace de esta coyuntura histórica.
Tareas de la etapa
Por todo lo dicho, la coyuntura histórica en que ocurre el
fin del neoliberalismo, excluye a la
vez reformas significativas y duraderas y una inmediata victoria socialista.
Esto no se resuelve exigiéndole a un líder, un partido o un gobierno que rompe
amarras con el sistema capitalista. La norma impuesta en no pocas
organizaciones izquierdistas (en el sentido que Lenin da a esta palabra) según
la cual la sociedad no se divide en explotadores y explotados, sino en
traidores y traicionados, es una caricatura grotesca de posiciones
revolucionarias. El cambio de posiciones
por poses, ha contribuido en mucho al
vaciamiento ideológico del que han sido objeto las vanguardias en los últimos
años. Así, la defensa intransigente de una estrategia revolucionaria en
coyunturas complejas se ha transformado en actitudes histéricas, de
incalculable irresponsabilidad, frente al momento crucial que vive el planeta y
específicamente América Latina.
El cuadro coyuntural condiciona tipo, modo, profundidad de
las decisiones, plazos y caminos para cumplirlas. A una fuerza política
fehacientemente comprometida con los intereses de las masas nadie podría
negarle un margen muy amplio de acción. Esto, que es un axioma en cualquier
circunstancia, resulta vital en el inédito período histórico que atraviesan las
masas explotadas y oprimidas del mundo. El marxismo no es un catálogo de
principios (12), del mismo modo que el pragmatismo no es prueba de mayor
capacidad para “hacer política”.
De allí se desprende una crucial tarea teórica y militante
para el próximo período: impedir que la respuesta al ultraizquierdismo sea el
pragmatismo, y que éste ocupe el lugar de la comprensión científica de la
sociedad y la historia. Si las relaciones de fuerza aconsejan medidas
transitorias de contenido ambivalente o directamente impiden en una determinada
coyuntura la adopción de decisiones que resuelvan en términos prácticos aquella
oposición entre remendar el sistema o reemplazarlo, ello no deberá ser eludido
con frases grandilocuentes y conductas irresponsables, carentes de toda
traducción posible en una política de masas con sentido antimperialista y
anticapitalista, pero tampoco asumido como plataforma programática y tanto
menos como definición ideológica. El pragmatismo es la tumba de todo proyecto
revolucionario. La capacidad para responder de manera concreta a situaciones
concretas, la flexibilidad política, no es patrimonio del pragmatismo, así como
enarbolar principios frente a la demanda quemante de la realidad no tiene punto
de contacto con el marxismo. La única estrategia consistente para quienes se
comprometan hoy con una respuesta anticapitalista a la eclosión de la crisis
consiste en reivindicar y desarrollar la teoría científica de la revolución
social (esto es, según la expresión leninista, hacer propaganda; o sea educar a
las masas y acerar una vanguardia), y aunar esa labor con los dos corolarios
inseparables que de ella se desprenden: formar cuadros y organizarlos en un
partido revolucionario que -cuando las masas se muestren dispuestas- quiera,
sepa y pueda encabezar el combate por la toma del poder real y el ataque
frontal al corazón del sistema. Esta generalidad toma cuerpo en situaciones
concretas, diferentes en cada país y aun cada momento. Descubrirlas,
intepretarlas y darles respuesta: he allí la tarea de una dirección
revolucionaria.
Base social y transición
política
Todo lo anterior conduce a definir la situación actual como
período de transición. Este no tiene ni puede tener plazos ni formas
predeterminadas; por el contrario, podrá cubrirse en un lapso brevísimo o en
largos períodos según el desarrollo de acontecimientos imprevisibles que serán
diferentes en cada país. En sustancia, se trata del recorrido necesario para
que el proletariado pase, según la expresión de Marx, de “clase obrera en sí, a
clase obrera para sí”. No hay manera de transponer con éxito y de manera
duradera la barrera del sistema capitalista sin esta transformación. Quienes
creen que la conciencia de clase es un factor dado se equivocan tanto como
quienes suponen que sin esa conciencia se puede llevar a cabo una revolución
socialista.
Dos cuestiones enmarcan esta afirmación. La primera, alude a
las formas y plazos que supone la asunción de una conciencia “para sí”. La
segunda, a la definición misma de clase obrera. En debate con los hoy
eclipsados creadores de un nuevo
pensamiento (es difícil alcanzar una síntesis superadora del saber humano
mientras se maniobra por obtener una banca de diputado), en agosto de 2000
citábamos en Crítica la definición que Marx da sobre la condición obrera:
“Dentro del capitalismo, sólo es productivo el obrero que
produce plusvalía para el capitalismo o que trabaja para hacer rentable el
capital. Si se nos permite poner un ejemplo ajeno a la órbita de la producción
material, diremos que un maestro de escuela es obrero productivo si, además de
moldear la cabeza de los niños, moldea su propio trabajo para enriquecer al
patrono. El hecho de que éste invierta su capital en una fábrica de enseñanza
en vez de invertirlo en una fábrica de salchichas, no alterna en lo más mínimo
los términos del problema. Por tanto, el concepto de trabajo productivo no entraña
simplemente una relación entre la actividad y el efecto útil de ésta, entre el
obrero y el producto de su trabajo, sino que lleva además implícita la relación
específica social e históricamente dada de producción, que convierte al obrero
en instrumento directo de valorización del capital”. (El Capital, T I, pág. 426).
“(...) el carácter específico del trabajo productivo no se
halla vinculado para nada al contenido concreto del trabajo, a su utilidad
especial, al valor de uso determinado en que traduzca. Cuando Milton, por
ejemplo, escribía El Paraíso perdido, era un obrero improductivo. En cambio, es
un obrero productivo el autor que suministra a su editor originales para ser
publicados. Milton produjo El Paraíso
perdido como el gusano de seda produce la seda: por un impulso de la
naturaleza. Después de lo cual, vendió su producto por 5 llibras esterlinas. En
cambio, al autor que fabrica libros –manuales de economía política, por
ejemplo- bajo la dirección de su editor, es un obrero productivo, pues su
producción se halla sometida por definición al capital que ha de hacer
fructificar”. (Carlos Marx, Historia
Crítica de la Teoría de la Plusvalía, Editorial Cartago, Tomo IV, pág.
220).
Complementaba Marx estas definiciones con lo siguiente:
“El campesino, considerado como propietario de los medios de
producción (esto vale para todos los cuentapropistas, LB) es un capitalista;
considerado como obrero, es su propio asalariado. Como capitalista, se paga a
sí mismo su salario, obtiene una ganancia de su capital, se explota a sí mismo
como asalariado y se paga con la plusvalía el tributo que el trabajo adeuda al
capital (...) Es, gracias a ello, su propio capitalista y su propio obrero
asalariado. La separación de estos dos papeles constituye el estado normal en
este tipo de sociedad. Cuando no existe, como en este caso, se da por supuesta
su existencia, y con razón; la unión se considera puramente accidental, reputándose
el desdoblamiento como normal, aunque ambas funciones aparezcan reunidas en la
misma persona. En situaciones como éstas vemos de manera tangible cómo el
capitalista no es sino el funcionamiento del capital y el obrero el
funcionamiento de la fuerza de trabajo. Por lo demás, la ley del desarrollo
económico exige que éste asigne estas funciones a distintas personas”. Así, la
reversión de aquel desdoblamiento –el aumento en flecha del cuentapropismo-
expone una retrogradación muy aguda del sistema como tal.
Pero falta todavía voltear otro mito:
“En una fábrica, los peones no intervienen directamente en
la elaboración de la materia prima. Los obreros encargados de vigilar a los que
trabajan en esa faena son ya de una categoría un poco superior; los ingenieros
trabajan principalmente con la cabeza. Pero el resultado es el producto de ese
conjunto de obreros, que poseen fuerzas de trabajo de distinto valor.
Consideran como fruto simple del proceso de trabajo, este resultado se expresa
en mercancías o en productos materiales. Y todos en conjunto, en cuanto
obreros, son como máquinas vivas que fabrican estos productos. Del mismo modo,
si enfocamos el proceso de producción en su conjunto, vemos que cambian su
trabajo por capital y reproducen como capital, es decir, con una plusvalía, el
dinero del capitalista. El tipo de producción capitalista se caracteriza, en
efecto, por el hecho de separar y encomendar a personas distintas los diversos
trabajos, intelectuales y manuales; lo cual no impide que el producto material
sea el producto común de todas estas personas ni cada una de estas personas
sea, con respecto al capital, un obrero asalariado, un obrero productivo en el
sentido más elevado de la palabra” (Ib. Pág. 222 et. pas.).
Marx no deja una idea sin exprimirla hasta el final y
agrega:
“Un actor, incluso un clown, puede ser, por tanto, un obrero
productivo si trabaja al servicio de un capitalista, de un patrón, y entrega a
éste una cantidad mayor en trabajo de la que recibe de él en forma de salario.
En cambio, un sastre que trabaja a domicilio por días, para reparar los
pantalones del capitalista, no crea más que un valor de uso y no es, por tanto,
más que un obrero improductivo. El trabajo del actor se cambia por capital, el
de sastre por renta. El primero crea plusvalía, el segundo no hace más que
consumir renta” (Ib. Pág. 137)
Es a partir de estas bases teóricas que hablamos de proletariado. Basta trasladar la
definición al entorno inmediato para comprobar datos determinantes de nuestra
realidad contemporánea: en primer lugar, la clase obrera ha aumentado
numéricamente; en segundo lugar, ha elevado cualitativamente
su nivel de instrucción y capacitación técnica, teórica y cultural. El
hecho de que un ingeniero, un profesor de literatura, un abogado, un periodista
o arquitecto no se sientan obreros no cambia en absoluto el lugar que
objetivamente ocupan en el sistema de producción capitalista en su actual
estadio de desarrollo. Tampoco es menos cierto que en condiciones de estabilidad
socioeconómica, la falsa conciencia de los técnicos en computación, los
ingenieros industriales, los físicos atómicos o cualquier otro profesional
proletarizado, tiene un peso relevante, eventualmente decisivo a favor del
capitalismo, en el devenir político. De hecho, no hay modo de realizar un
cambio revolucionario socialista mientras esa situación se mantenga.
Sin embargo es un error grave suponer que esa falsa
conciencia requiere un período histórico para transmutarse, alcanzar una conciencia
de clase y asumir las consecuencias políticas que esto supone. A la vez, parece
obvio que tales estratos, en el camino de asunción de su realidad social y
política, pasen por las estaciones del nacionalismo desarrollista, el
reformismo socialdemócrata u otras propuestas que camuflan con llamados al
cambio la idea de preservar el sistema capitalista.
Desde luego, la degradación teórica de ciertas
organizaciones y autores que se reivindican marxistas no contribuye para que
estos contingentes numérica y cualitativamente decisivos del proletariado tomen
conciencia de su condición y se sumen a una propuesta revolucionaria. La
debacle teórica de quienes, en busca de lo que denominan “nuevos actores
sociales”, recalan en la invención de la categoría “piquetero”, puede medirse
por el hecho de que en una actitud demagógica frente a las víctimas más
castigadas del capitalismo están proponiendo como vanguardia estratégica al
sector más atrasado y socialmente inconsistente del proletariado, enajenando a
las franjas obreras con la verdadera capacidad de cambiar el sistema por el
simple hecho de que en sus manos está el funcionamiento del mecanismo de
producción y distribución de bienes. Semejante política sólo puede conducir a
la profundización de las divisiones en el seno de la clase obrera, prólogo de
un dramático fracaso que golpearía en primer lugar a los desocupados y de allí
al conjunto social.
La redención de las masas arrojadas a la marginalidad por la
crisis del capitalismo es inviable sin la revolución socialista. Esta a su vez
es impensable sin el protagonismo dirigente de los estratos más avanzados del
proletariado industrial. El hecho cierto de que grandes contingentes de
desocupados estructurales y marginalizados tienen ocasionalmente sectores
dispuestos a movilizarse -incluso cuando la clase obrera con empleo elude la
lucha, como es el caso en Argentina desde hace una década- no puede confundirse
con su capacidad para sostener la movilización, para asumir un programa revolucionario
y encabezar a una sociedad que busca convulsivamente alternativas ante el
flagelo de la crisis. Por el contrario, como se ve por estos días en Argentina,
la dependencia directa y extrema de los desocupados respecto de los subsidios
manejados por el Estado, incluso cuando alcanzan algún nivel de organización,
los hace víctimas de la manipulación destinada a dividirlos, a servir de base
de maniobra a aparatos del capital o ser utilizados como instrumento de
provocación. El fenómeno inverso está en curso en Venezuela, donde los obreros
petroleros -incluyendo técnicos de máxima calificación, ingenieros,
científicos, economistas, abogados, etc- recorren rápidamente el camino hacia
la conciencia de clase (véase en esta edición “Los trabajadores asumen la Revolución Bolivariana, pág. 35).
Entre ambos extremos puede hallarse toda la gama en los
países restantes. El desafío para los revolucionarios marxistas no consiste en
ver quien repite más veces que es necesaria la revolución socialista, sino en
encontrar los factores comunes que permitan unificar fuerzas sociales y
recorrer, tan rápido como sea posible en las condiciones dadas en cada momento
y lugar, el camino de la constitución del nuevo proletariado, que resultará de
la incorporación de todos sus componentes objetivos. El proletario medio del
siglo XXI no es un peón textil o metalúrgico, sino un técnico altamente
calificado o profesional con título universitario. Esto, desde luego, reclama
organizaciones, métodos y dirigencias necesariamente nuevos, entendiendo por
tales una superación efectiva de aquellos a que diera lugar el estadio
anterior. La noción de partido leninista no queda abolida, como sostienen
quienes abjuran de la revolución social, de la lucha por el poder o de ambos
objetivos. Vencer al capitalismo, más centralizado que nunca, requiere
instrumentos a la altura del perfeccionamiento alcanzado por el Estado burgués.
El nuevo proletariado está en condiciones de forjarlos. Pero es claro que
organizar y encabezar este nuevo proletariado requiere algo más que gritos
destemplados o buenos afiches electorales con el rostro de quienes se proponen
como vanguardia.
El impacto del derrumbe de la Unión Soviética (resultado de
una derrota con raíces en la década de 1920, pero realizada plenamente recién a
fin de siglo), sobre la conciencia de los trabajadores y las juventudes es un
factor mayor para comprender la realidad política mundial, regional y nacional.
Recuérdese la frase de Marx, tantas veces citadas aquí: “a una fuerza material
sólo puede vencerla otra fuerza material, pero las ideas, cuando penetran en
las masas, se transforman en una fuerza material”. Ocurre que en esta fase
histórica se materializó como poderosísima fuerza política la idea de que el
socialismo era peor que el capitalismo, combinada con el viraje de innumerables
cuadros hacia la convicción de que a un capitalismo todopoderoso e invencible
sólo se le podía contraponer la lucha por reformas parciales.
El mundo está frente al resultado paradojal de aquella
contraofensiva global estratégica, que precisamente por haber sido exitosa en
todos los terrenos y por haber llevado a casi punto cero la resistencia
económica del proletariado industrial mundial, liberó todas las fuerzas
inmanentes, autodestructivas, del sistema capitalista, conduciéndolo a la más
profunda y extensa crisis general en toda su historia. La destrucción de
partidos y sindicatos obreros en todo el mundo, tiene un doble contenido:
plasmó y aceleró la desmoralización y desmovilización de los trabajadores con
empleo, y a la vez mostró la necesidad histórica -y abrió la oportunidad- de
crear nuevas organizaciones a la medida de los nuevos tiempos.
Transición y programa
En América Latina el agotamiento del neoliberalismo, en los términos que lo hemos definido, da lugar a
una nueva configuración política regional, con Brasil encabezando, no sin
grandes dificultades, un conjunto de países constituido por Argentina,
Paraguay, Bolivia y, desde un ángulo propio, Venezuela. El gobierno del presidente
Luiz Inácio Lula da Silva ha asumido sin rodeos la estrategia del gran capital
brasileño relativa a la política económica consistente en negociar con
Washington desde posiciones de fuerza, limar las aristas más gravosas del ALCA
y lanzarse a la búsqueda y consolidación de un mercado para los productos
brasileños y suramericanos que, a los ya existentes en Estados Unidos y la UE,
sume países de Asia y Africa. Desde la posición de debilidad determinada por la
heterogeneidad de su gobierno y la ausencia de base propia, el presidente
Néstor Kirchner acompaña ese rumbo. Esta línea de acción encarna la necesidad y
única posibilidad de las burguesías suramericanas para afrontar a la vez la
descontrolada voracidad imperialista y la demanda creciente de las masas en
todos los terrenos. Cuenta además, dentro de ciertos límites, con el respaldo
de la UE frente a Estados Unidos. No sin ingenuidad, un alto ejecutivo de una
empresa europea define desde su ángulo de visión la tarea planteada: “(Con Lula
y Kirchner) los relojes de las dos naciones mayores del sur americano parecen
sincronizarse en el proyecto de fortalecer y engrandecer el bloque regional del
Mercosur (...) Si bien no faltan sectores que imaginan este nuevo lanzamiento
del bloque como un proyecto de proteccionismo ampliado, un amurallamiento
destinado a desconectar a la región del vasto proceso de integración económica
planetaria que se conoce como globalización, todo hace pensar que no será ésa
la resultante real de este nuevo intento, sino, más bien, la búsqueda de un
globalismo arraigado en las lógicas productivas de las naciones del Mercosur,
de un universalismo en el que éstas no resignen la especificidad de sus
culturas e intereses y del que puedan sentirse sujetos, no meras piezas de un
ajedrez ajeno” (13).
En efecto, el Mercosur es la palanca elegida para negociar
desde posiciones de fuerza con Washington y abrir nuevos horizontes a las
burguesías locales. Y no cabe duda de que se trata de la única vía posible para
huir hacia delante. Conviene en este punto recordar la caracterización y la
línea de acción trazadas por la Unión de Militantes por el Socialismo en su IV
Congreso, en noviembre de 2002:
“Si se confirma la victoria del PT en segunda vuelta el
continente estará ante una múltiple derrota de Estados Unidos. La segunda de
gran envergadura en cuatro meses en Sudamérica. La burguesía brasileña había
trazado ya con el gobierno de Fernando Henrique Cardoso una línea roja contra
el ALCA. Esa línea se engrosará a partir de ahora, pese a que un sector del PT
está, desde hace tiempo, a la derecha del actual gobierno en relación con este
dilema estratégico.
“La lucha contra el ALCA debe ser cuidadosamente definida
porque allí se presenta el punto en el que la lucha antimperialista en sus
términos más amplios es tangencial a la política de conciliación de clases.
Para los revolucionarios marxistas la oposición a la unificación continental
que plantea el imperialismo estadounidense no tiene el mismo carácter, la misma
dinámica ni el mismo contenido puntual que tiene para las burguesías
regionales. Además de la fractura que las divide entre socios menores de
Washington y defensores de la industria y el mercado propios, éstas se
dividirán en el próximo período entre quienes adoptarán un discurso
nacionalista y quienes, con la Unión Europea detrás, pretenderán sostener el
marco liberal. Esta será una prueba de fuego para los revolucionarios
marxistas, que tendremos que defender la nación frente a lo que sin duda será
una cada día más acentuada presión imperialista -que antes de no mucho se
traducirá abiertamente en el terreno militar- y al mismo tiempo tendremos que
levantar el estandarte de la democracia de masas como continuidad dialéctica de
la democracia liberal burguesa.
“Para nosotros lo opuesto al ALCA no es el Mercosur. Esa
noción, hoy popularizada en filas de izquierda, carece de todo y cualquier
fundamento desde el punto de vista de la clase obrera. Lo contrario al ALCA es
hoy la defensa de todo aquello que contribuya a instaurar una dinámica en cuyo
desenlace histórico aguarda la creación de una Confederación Socialista de las
Américas. El Mercosur puede sí ser un ámbito en el que se abroquelen las
burguesías regionales para resistir la embestida de un Estados Unidos minuto a
minuto más acuciado por su crisis económica. La coincidencia antimperialista,
sin embargo, deberá proyectarse en una estrategia y un conjunto de tácticas
propias, todas contrapuestas en fundamento y diferenciada en la acción ante las
masas a los intereses y políticas burguesas. Es dudoso que el PT pueda resolver
eso correctamente en una primera fase. Lo más probable es que se limite a la
diplomacia de “un Mercosur ampliado”. Esto deberá ser apoyado por los revolucionarios
marxistas, pero entendido como vía de transición hacia formas políticas
(Confederación, moneda única) y económicas (planificación de grandes
emprendimientos comunes) de asociación sudamericana en la cual la clase obrera
deberá constituirse como tal y disputar el poder político a esa escala. De modo
que, además de bregar con el máximo de nuestras capacidades por darle forma
concreta a un bloque antimperialista continental -es decir, que incluya a los
trabajadores y los pueblos de Estados Unidos y Canadá, como también propusimos
cuando participamos en la fundación del Foro de São Paulo- debemos asumir esas
dos magnas tareas históricas: la constitución de la clase obrera
latinoamericana como clase para sí, y la conformación de todos los instrumentos
necesarios para la lucha por el poder. Ese camino no vamos a comenzar a
recorrerlo ahora. Es el que venimos trazando y andando desde nuestra fundación”
(14).
Dos años después es evidente quiénes, cómo y cuánto han
andado aquel camino. Y la relación de fuerzas resultante de las líneas de
acción asumidas están a la vista: tiene más de un significado que el Mercosur
haya resuelto designar un Presidente y que el cargo le haya sido entregado a
Eduardo Duhalde (15). Mientras se redacta este artículo llega la noticia de que
Lula parte en una larga gira comercial hacia Oriente y lleva como invitado
especial al ex presidente argentino. Que Duhalde acompañe al titular del
Partido de los Trabajadores de Brasil inmediatamente después de haber expuesto
con claridad la necesidad de reprimir las manifestaciones de los desocupados,
es un símbolo de la dinámica impresa en esta alianza de clases definida por el
PT como única salida a la solución de los problemas de nuestros pueblos.
No es menos significativo, sin embargo, el curso tomado
desde entonces por la Revolución Bolivariana y su proyección como fuerza
actuante a escala suramericana, pese a la imposibilidad verificada hasta el
momento de articular sobre bases genuinas y con dinámica de masas un bloque
antimperialista continental.
La resultante es la pérdida de la iniciativa política por
parte de Estados Unidos en América del Sur y la conformación de dos grandes
corrientes que sin choques públicos pero no por ello con menor crudeza, se
disputan la primacía como conducción estratégica efectiva: el gobierno
brasileño, acompañado por el gran capital local y respaldado por la
socialdemocracia y el socialcristianismo de un lado; y el gobierno del
presidente Chávez, sin retorno enfrentado con la clase dominante de su país,
respaldado por los movimientos revolucionarios y populares de todo el
continente y, naturalmente, por Cuba. En este cuadro de disposición de fuerzas,
Washington torpedea con el máximo de brutalidad al gobierno de Chávez y
presiona con instrumentos diplomáticos y financieros a Lula, mientras la UE
ataca con sordina a la Revolución Bolivariana y saluda con alborozo la “madurez
y sensatez” del PT. A su vez, en instancias claves como la reunión de la OMC en
Cancún y del ALCA en Miami, opera el eje objetivo Brasilia-Caracas e impide a
Washington lograr sus objetivos, obligándolo a un retroceso sistemático en esos
terrenos. Mientras tanto, la ausencia de Lula en el Encuentro Social
Alternativo en Santa Cruz de la Sierra y el discurso programático de Chávez en
esa reunión, proyectan en otro plano la diferencia estratégica entre ambas
concepciones.
Dividir estas dos corrientes de proyección histórica es un
objetivo del imperialismo, buscado igualmente por la socialdemocracia y
socialcristianismo. Impedir esa división, buscar sistemáticamente la unidad
social y política a escala continental, dar constantemente la batalla
ideólogica, política y organizativa, es una tarea estratégica para los revolucionarios
marxistas de todo continente.
Es por estos vericuetos que discurre la transición. Las
masas obreras, campesinas, desocupadas y juveniles, no tienen banderas comunes
más allá del reclamo de trabajo, tierra, justicia. Hay sí una creciente
identificación de un enemigo común: Estados Unidos. No el concepto abstracto de
imperialismo, sino la imagen
despreciable de Bush. Las masas explotadas y oprimidas no enarbolan como
conjunto social una propuesta de sociedad alternativa, ni aun en sus más
elevadas formas de lucha, como quedó claro en Ecuador y Bolivia. En Brasil,
resulta obvio que los trabajadores y las masas desposeídas que llevaron a Lula
al gobierno confíen en él, crean en sus argumentos para pedir paciencia y le
den tiempo para obtener los cambios esperados; en Argentina, después de la
prueba de fuego que expuso la desubicación e incapacidad de las izquierdas, no
puede sorprender que el discurso de Kirchner genere expectativas positivas en
una mayoría de la sociedad; en Bolivia, no asombra que las mismas masas que
depusieron a Sánchez de Lozada le den tregua a su vicepresidente, Carlos Mesa,
y que incluso no rechacen de plano la idea de que éste termine su mandato en
2007, para entonces buscar un gobierno propio; en Ecuador no cabe sorprenderse
por el hecho de que el poderoso movimiento de masas que catapultó al poder a
Lucio Gutiérrez esté ahora desmovilizado y acaso ceda la iniciativa política a
sectores del capital que disparan contra el militar tránsfuga; en Venezuela,
aun con las pausas y desvíos de la ofensiva revolucionaria lanzada por Chávez,
es el único país donde se constata un avance sistemático de las masas en
términos políticos e ideológicos y también el único país de la región donde la
clase obrera industrial, desde sus estratos más avanzados, comienza -lenta y
contradictoriamente, como podía ser de otra manera- a recorrer un empinado
camino de autoorganización y asunción de una conciencia de clase.
Cuba, mientras tanto, al precio altísimo pagado a comienzos
de año para frenar una nueva embestida contrarrevolucionaria estadounidense,
con la que consciente o inconscientemente contribuyeron todos quienes
condenaron el fusilamiento de tres mercenarios, continúa en su papel de
vanguardia ideológica en medio de este panorama donde por un lado resalta la
reaparición generalizada de la movilización de masas y por otro el atraso y
desagregación.
Es a esta transición y en esta coyuntura que los
revolucionarios marxistas debemos responder. No se trata de una consigna. Sino
de un concepto. Lo elaboraron los máximos dirigentes de la Revolución Rusa -en
un cuadro por completo diferente, aunque con muchos puntos en común- en el
Cuarto Congreso de la Internacional Comunista, en 1922. La noción de Frente
Antimperialista allí afirmada es hoy la única herramienta común a los
trabajadores y los pueblos suramericanos capaz de permitir pasos concretos
hacia la unidad social frente a Estados Unidos, un enemigo que, sin iniciativa
política, sumando derrotas y atenazado por la crisis, tiene no obstante un
enorme poder destructivo, ya desplegado y a punto de poner en funcionamiento
con toda su fuerza letal.
No se debe dejar el menor espacio a los charlatanes
irresponsables que hablan del socialismo inmediato y dificultan la unidad de
las masas. No se debe ceder un milímetro en la lucha ideológica y política con
las innumerables expresiones de la burguesía y el imperialismo travestidas de
progresistas, populares o nacionaldesarrollistas que muestran los dientes a los
yanquis, pero no muerden y, sobre todo, impiden que los trabajadores adquieran independencia
política, organizativa y programática para dar la batalla. El frente único
antimperialista es la única instancia de unificación de grandes masas, a escala
nacional y suramericana, de organización y concientización de millones de
víctimas de la crisis capitalista. Todas las demandas democráticas y económicas
que las masas esbocen, serán consignas reivindicables en el programa de los
revolucionarios marxistas. Sólo nos diferenciaremos en la tenacidad e
intransigencia con que las defenderemos y en el hecho clave de que, en cada
instancia y en todo momento, propugnaremos la organización democrática, plural
y antimperialista de las masas como base de sustentación de un gobierno de los
trabajadores y el pueblo.
1.- Desarrollo y significado
de ambas reuniones fueron analizadas en “América Latina esboza su propuesta”,
Luis Bilbao, Le Monde diplomatique
edición Cono Sur; Buenos Aires, diciembre de 2003.
2.- “Altogether now”; The
Economist, London 22 de noviembre de 2003.
3.- “A flood of red ink”; The
Economist, London, 8 de noviembre de 2003.
4.- “Boom or gloom?”; The
Economist; London, 22 de noviembre de 2003.
5.- En un texto periodístico,
el economista brasileño Theotonio dos Santos sostiene que la economía mundial
está en “la primera fase de un nuevo ciclo de crecimiento”. Aun sin
explicitarlo ni referirse al tema, parecen coincidir con él economistas
argentinos como Eduardo Amadeo y Rubén Lo Vuolo, quienes en sendos libros de
reciente aparición (La salida del abismo;
Planeta, Buenos Aires, noviembre 2003 y Estrategia
económica para la Argentina; Siglo XXI, Buenos Aires, noviembre 2003,
respectivamente), desconocen la base internacional sobre la cual edifican sus
propuestas para la economía local.
6.- Un texto hecho a la
medida de esas funciones (y no por acaso recientemente reeditado), fue La sangre derramada –Ensayo sobre la
violencia política-, una suerte de justificación pseudofilosófica del
espíritu de derrota, claudicación y conversión ideológica que tomaría cuerpo en
el Frente Grande-Frepaso-Alianza. Véase por ejemplo este postulado teórico:
“Marx, hoy, al no existir el proletariado revolucionario superador, sólo podría
enaltecer a la burguesía revolucionaria desde sí misma, como parte de ella”.
José Pablo Feinmann, Seix Barral, Buenos Aires 2003.
7.- “Yo las defiendo (las
medidas que acentúan la participación del Estado en la economía) porque son el
único medio practicable de evitar la destrucción total de las formas económicas
existentes” (John M. Keynes; Teoría
general del empleo, el interés y el dinero; Planeta-Agostini; Buenos Aires,
1994).
8.- Es el caso de, entre
otros, el Sr. Joseph Stiglitz, prototipo de la irracionalidad del pensamiento
económico burgués al que se aferran en su naufragio teórico, político y moral
demasiados expertos y comentaristas de la materia. “Aunque nadie estaba
satisfecho con el sufrimiento que acompañaba a los programas del FMI, dentro
del Fondo simplemente se suponía que todo el dolor provocado era parte
necesaria de algo que los países debían experimentar para llegar a ser una
exitosa economía de mercado, y que las medidas lograrían de hecho mitigar el
sufrimiento de los países a largo plazo. Algún dolor era indudablemente
necesario, pero a mi juicio el padecido por los países en desarrollo en el
proceso de globalización y desarrollo orientado por el FMI y las organizaciones
económicas internacionales fue muy superior al necesario”, dice Stiglitz en su
best seller mundial El malestar en la
globalización, Taurus, Buenos Aires, 2002. El autor de esta nueva versión
de Caperucita Roja es Premio Nobel de Economía. Por su parte, en 1998 escribía
Paul Krugman en El teórico accidental:
“A finales del siglo XX casi nadie cree que haya alguna buena alternativa a una
economía de mercado; a lo sumo podemos esperar aliviar a la gente de los
aspectos más crueles de la economía” (Ed. Crítica; Barcelona 1999). Un año después
el mismo autor diría: “Olvidamos el asombro que sentimos cuando estos modelos ejemplares comenzaron a perderse en
el camino, un asombro que de hecho era totalmente apropiado porque no era de
ninguna manera obvio, incluso ahora, cómo pudieron salir tan mal las cosas” (De vuelta a la economía de la gran depresión;
Norma, Buenos Aires 1999).
9.- Los textos de Crítica
donde se encontrará nuestra posición en aquel debate pueden hallarse en www.geocities.com/nuestrotiempo.
Está disponible asimismo la colección completa de 29 volúmenes.
10.- Ver “Qué frenó la
construcción política de masas”; Cristina Camusso, Crítica N° 28,
agosto-octubre 2003; y “La gran prueba”, Crítica N° 25, diciembre 2000.
11.- Una penosa parábola
arrastró a este tipo de organizaciones y sus dirigentes, que combinaron
desviaciones electoralistas y virajes conceptuales y contribuyeron al
vaciamiento teórico y el colpaso político: poner a secretarios generales de
partidos que se proclaman revolucionarios e internacionalistas a disputar un
cargo de Concejal (y festejar como victoria histórica la obtención de ese
puesto); aferrarse a una categoría sin fundamento, a la que se denominaría
“piquetero” y se le atribuiría la capacidad de crear un partido; utilizar toda
expresión de lucha genuina para producir una victoria propia (manipulación en
las Asambleas barriales que irrumpieron en diciembre de 2001, intervención
ultrista y divisionista en las escasísimas luchas obreras de resistencia). El
desenlace está a la vista: rotundo desastre electoral (expresión patética de
esto fue que los dos cargos en la Legislatura de Buenos Aires obtenidos por el
PC y el PO en la figura de sus secretarios generales fueron perdidos),
multiplicación de las luchas intestinas, fraccionamiento extremo de los aparatos
“piqueteros” (con injerencia enorme del Estado mediante el manejo de los fondos
con los que se pagan subsidios), degeneración que lleva, como en el caso de la
empresa Sasetru, a choques entre obreros donde quienes se suponen vanguardia
emplean armas de fuego contra los propios trabajadores.
12.- “Los principios no son
el punto de partida de la investigación, sino su resultado final, y no se
aplican a la naturaleza y a la historia humana, sino que se abstraen de ellas;
no son la naturaleza ni el reino del hombre los que se rigen según los
principios, sino que estos son correctos en la medida en que concuerdan con la
naturaleza y con la historia”. Federico Engels, Anti-Dühring, Obras de Marx y Engels, T 35; Grijalbo, Barcelona
1977.
13.- “Integrarnos al mundo,
arraigarnos en el Mercosur”; Luis Ureta Sáenz Peña, Director general de PSA de
Peugeot-Citroen Argentina. Archivos del
presente, Buenos Aires, 2003.
14.- IV Congreso de la UMS-
Resolución internacional. Eslabón N° 41, Buenos Aires, diciembre de 2001. www.geocities.com/ums_ar
15.- Prueba adicional de nuestra afirmación, en la edición anterior de Crítica, de que el de Kirchner es por su base social y partidaria una continuidad lineal del de Duhalde, respaldado por Raúl Alfonsín.