En el umbral de una nueva fuerza política de masas
Por Luis Bilbao
Después de incontables desvíos y postergaciones, en los tramos
finales de 2002 hay suficientes signos indicativos de que en el disgregado
cuadro político argentino comienza a insinuarse, y hasta cierto punto
imponerse, una fuerza centrípeta, una exigencia espontánea y creciente del
activo social hacia una política propia y unitaria. Queda así planteada
objetivamente la posibilidad de una recomposición en el futuro inmediato.
Es una carrera contra el tiempo. La evolución de la crisis (ver Documentos
para la Militancia, en página 18) se presenta de manera dramática: mientras
en todo el país surgen nucleamientos de diferente naturaleza que se proponen
formar una herramienta política de masas, y en una vuelta de campana la Central
de Trabajadores Argentinos asume una posición semejante en un documento
preparatorio de su IV Congreso (1), el desactivado Movimiento de Trabajadores
Argentinos, sumado a varios de los más importantes sindicatos industriales, en
una operación política a gran escala converge con asesinos y torturadores bajo
el manto de un nuevo títere que convoca a “la primera revolución del siglo XXI”
(2)
Por sobre las impresiones inmediatas, que aluden a un vigoros
crecimiento de este bloque, sin embargo, privan las caracterizaciones. El
intento de revigorización del peronismo encabezado por Adolfo Rodríguez Saá y
respaldado por un ala de la burguesía, núcleos militares ultrarreaccionarios,
las “62” y la iglesia, sólo puede imponerse como movimiento declaradamente
fascista. Y esto, a no dudarlo, tendrá insuperables obstáculos no sólo en la
clase obrera y la juventud, sino en amplios sectores de las capas medias. No se
trata de desechar ese peligro. Ni mucho menos. Pero ganar esa batalla exige, en
otro flanco, un requisito previo y decisivo.
Muertos y sepultados los grandes movimientos populistas que
dominaron el panorama político latinoamericano durante todo el siglo XXI, su
reemplazo a escala de masas supone un combate histórico que en Argentina
afronta hoy una instancia crucial. ¿Quién ganará la conciencia y el corazón de
las masas? ¿Las formaciones alimentadas por la socialdemocracia europea, las
fuerzas dependientes del aparato vaticano (que no deben confundirse con las organizaciones
revolucionarias cristianas)? ¿O la perspectiva revolucionaria socialista
Digámoslo sin rodeos: si en el período histórico abierto con lo
que vulgarmente se denomina “fin del neoliberalismo” (que en realidad es la
irrupción, a la vista de todos, de la crisis capitalista), no arraiga en el
seno de las masas trabajadoras y populares una conciencia clasista y una
perspectiva socialista, a mediano plazo el fascismo se impondrá. La reiteración
de experiencias como las que llevaron desde el Frente del Sur a la Alianza,
pasando por el Frente Grande y el Frepaso, sólo podrían alimentar la
desmoralización, la desconfianza y la disgregación social. Pero aun tomando
debida cuenta de la gravedad de la situación, es evidente que hay menos espacio
para todos ellos que para quienes defendemos una perspectiva de organización de
masas con objetivos sociales y políticos correspondientes a las necesidades y
demandas de las grandes mayorías. No es evidente, en cambio, que en el ancho y
turbulento cauce de las fuerzas dispuestas a luchar contra las clases
dominantes y sus cambiantes instrumentos de poder, haya coincidencias respecto
del rumbo a tomar en lo inmediato.
Coyuntura y estrategia
Entre las variantes posibles que afronta el país colapsado, la
de una convergencia de corrientes reales de la sociedad, que sobre la base de
intereses comunes en medio del cataclismo elabore un plan de acción política y
se encolumne tras él, es la única que podría evitar que la detonación final de
la crisis produzca un enfrentamiento violento entre las propias víctimas, una
aceleración aún mayor de la penetración y el saqueo imperialistas, e incluso la
disgregación territorial del país. Aun en el marco de la confusión y
desideologización actuales una herramienta política de masas, concebida como
frente único antimperialista, plural en su composición, democrática en su
funcionamiento, podría mostrar un objetivo compartible y comprensible para los
trabajadores y el conjunto del pueblo. Y obrar como base social para la
recomposición de las fuerzas revolucionarias. Es evidente que si hay un punto
posible de unidad social y política en la fase de disgregación y decadencia
múltiple que viven la clase obrera y el conjunto de la sociedad argentina, ése
es el renaciente sentimiento antimperialista, al que se suma la creciente
comprensión de que no hay salida sin alguna forma de unidad con América Latina.
Entre la situación actual y la asunción de una perspectiva claramente
anticapitalista, por tanto, en Argentina el punto de partida en todos los
sentidos es la conciencia antimperialista
No es la primera vez, en el último período histórico, que
comienza a tomar fuerza un proyecto de creación de una nueva fuerza política de
masas. El ejemplo más reciente fue el conjunto de corrientes que darían lugar
al Frepaso, en los años ’90. Aparte la carga obvia de aquella experiencia, en
esta oportunidad pesa, acaso de manera decisiva a mediano plazo, un cuadro
internacional de acelerado agravamiento de la crisis capitalista, visible ahora
en el corazón del sistema y expresado en la irracionalidad desatada del equipo
gobernante en Washington. El dramático panorama planteado por la furia
intervencionista y guerrerista de los principales gobernantes estadounidenses
agudiza al extremo los dilemas económicos y políticos en Argentina y polariza
sin atenuantes a sus fuerzas sociales. Ello no obstante -y aquí reside el otro
factor decisivo de la coyuntura- la completa disgregación y parálisis de la
clase obrera deja a uno de esos polos sin representación consciente y
organizada. En esta inédita encrucijada histórica gravita además el derrumbe
teórico de las dos grandes corrientes de pensamiento alternativo al de los
partidos y teóricos de las clases dominantes: el reformismo y el izquierdismo
(entendido éste último en el sentido que Lenin le da: enfermedad infantil del
comunismo). Dado que la coyuntura se aproxima a un cambio significativo, es
preciso ocuparse de este aspecto, habitualmente denominado factor subjetivo
Reformismo y ultraizquierdismo tienen más rostros de los que a
simple vista podría creerse. Y la identificación es menos sencilla cuando, por
obvias razones, los actores cambian rápidamente de maquillaje. Pero el punto
importa porque en el próximo período la manera en que la vanguardia social y
política interprete las posiciones y conductas de quienes encarnaron aquellas
dos corrientes tendrá un inmediato efecto en el curso de los acontecimientos.
Primero, en la opción entre dos bloques principales, con Adolfo Rodríguez Sáa
de un lado y las múltiples fuerzas promotoras de una “herramienta política de
masas” por el otro; y segundo en la forma organizativa, programática y política
que adopte esta última
Con la aceleración descontrolada de la crisis se han precipitado
también los saltos y reacomodamientos de última hora. Resultan grotescos los
esfuerzos de intelectuales elevados a la efímera gloria del Frente Grande, el
Frepaso y la Alianza (la Sra. Beatriz Sarlo o el Sr. José Nun, por ejemplo),
empeñados ahora en salvar su figura ante la magnitud de las tonterías que
sostuvieron con gesto de sabios apenas unos años atrás, cuando se convencieron
de que la solidez del capitalismo dejaba un ancho margen para perfeccionar el
sistema y se lanzaron a ocupar el sitial de teóricos a la izquierda del poder
real. Fueron el taparrabos intelectual del Frepaso y la Alianza, no obstante lo
cual ahora sonríen desde fotos con otros aliados mientras arrojan pullas contra
sus ex mentores. Pero no son más elegantes las contorsiones de quienes a
comienzos de los años ’90 vieron al proletariado mundial lanzado en una
victoriosa ofensiva final (el diputado Luis Zamora y el concejal Jorge
Altamira, entre tantos otros) y apenas una década después oscilan entre el
completo abandono de la idea de revolución y la fuga desorbitada hacia la
búsqueda de nuevos “actores sociales”. Entre unos y otros, con menos exposición
pública pero en más de un caso con mayor responsabilidad directa, hay una
cantidad de nombres empeñados ahora en reciclarse con discursos retocados y
propuestas a tono con las nuevas y perentorias exigencias de las bases en estos
nuevos tiempos
Desde luego no se trata de condenar individuos. Un proceso de
aglutinación de fuerzas y recomposición política de la clase obrera y el
conjunto de sus aliados necesariamente deberá rescatar e incluir a cuadros
arrastrados por -y en ciertos casos responsables de- fuerzas que no supieron
interpretar, mucho menos manejar. Se trata de asumir que la deriva catastrófica
que culminó en la Alianza o en la destructiva esterilidad de aparatos sectarios
no radica en errores o fracasos individuales. Es la quiebra irreversible de
concepciones basadas en pseudoteorías y formulaciones librescas y arbitrarias,
a partir de las cuales se edificaron interpretaciones y propuestas ajenas a la
realidad profunda de la situación mundial y nacional. El reformismo y el
izquierdismo no pueden dar cuenta de la crisis; mucho menos proponer una
salida. Lo cual no obsta para que unos y otros aceleren hoy nuevamente sobre
sus propios pasos: nada más lógico que la perplejidad o el desvarío ante el
curso de los acontecimientos
El punto en cuestión es, sin embargo, la gravitación de
concepciones y programas ajenos a una perspectiva revolucionaria en una
circunstancia clave como la que afronta el país. Desde un punto de vista más
general, el hecho es que una nueva fase del desencadenamiento de la crisis
capitalista encuentra al proletariado mundial sin haber superado la rémora
histórica de la socialdemocracia y el stalinismo. Los pasos dados en esa
dirección, que incluyen imponentes huelgas y manifestaciones, están lejos de
dar lugar a un cambio cualitativo. Y en consecuencia, la crisis tiende a
dirimirse sin la participación independiente del proletariado en el escenario
mundial. Por otro lado, cada día resulta más evidente que el plano dominante en
el conjunto de contradicciones que cruza al planeta es el dictado por la
competencia interimperialista, seguido por el choque día a día más ostensible y
violento de los centros mundiales del capital con los países semicoloniales.
No es un curso sorprendente. El análisis riguroso de la realidad de nuestro tiempo permitía prever esta perspectiva desde que, en el marco de una crisis estructural del capitalismo altamente desarrollado, el derrumbe de la Unión Soviética trastocó los parámetros de la política mundial. Mientras reformismo e izquierdismo se embarcaban en sus quimeras, en la primera edición de Crítica podía leerse:
“Se puede
afirmar que Estados Unidos se halla en una coyuntura de relaciones de fuerzas
internacionales a su favor: a la desaparición del Pacto de Varsovia y el
desmembramiento de la URSS se suman los efectos de la brutal derrota de Irak.
Como paradójico resultado de su debilidad –el cuadro económico interno- y su
fuerza -esa circunstancial correlación favorable- se asiste hoy a una ofensiva
global de Washington en procura de oxígeno para su economía, que afecta
fudamentamentalmente a los países subdesarrollados pero golpea también a sus
aliados del G-7. Por otra parte, no se podría descartar que esta situación de
predominio coyuntural animara a la Casa Blanca a emprender alguna aventura
militar en un intento por aventar los peligros potenciales hoy delineados en el
panorama político mundial u otros que imprevistamente pudieran aparecer
Pero las bases estructurales del sistema mundial impiden de manera absoluta en lo inmediato la consolidación de esa correlación de fuerzas favorable, es decir, el afianzamiento de un Nuevo Orden Mundial presidido por Washington. Por el contrario, el agravamiento sistemático de todos los factores críticos señalados plantea la certeza estratégica de un cambio en la actual correlación de fuerzas, en detrimento de Estados Unidos” (3).
En cuanto a las perspectivas económicas y sus consecuencias,
decíamos pocos meses después
“No podrá haber salida del cuadro descripto sin un saneamiento profundo, muy drástico, de la economía en los países altamente desarrollados. Este cuadro va a abrir cuatro grandes ejes de confrontación, que marcarán el curso político del mundo de aquí en más:
# como
resultado de la crisis del capitalismo se va a agravar la competencia
interimperialista, la pugna de los grandes centros del capital por el control
de los mercados y por la succión de la plusvalía universal. Eventualmente esta
pugna puede llevar a situaciones bélicas
# otra área de
confrontación es la de las burguesías imperialistas con sus propios pueblos,
con sus trabajadores, con sus masas oprimidas, aplastadas, desocupadas,
marginalizadas. Esto es muy importante porque afecta el equilibrio de los países
del Primer Mundo, quiebra su homogeneidad, limita su capacidad de movimiento y
puede, eventualmente, llegar a paralizarlos
# un tercer
ámbito de confrontación es el de las burguesías imperialistas aliadas con las
burguesías de los países del Tercer Mundo, contra los pueblos de ese Tercer
Mundo y contra sus trabajadores, que reaccionan contra esta crisis multiplicada
# y un cuarto
eje se presenta en el choque de las burguesías imperialistas contra los países
del Tercer Mundo como tales, es decir, incluidos sectores significativos de sus
clases dominantes
Descartamos de plano, terminantemente, la hipótesis de una recomposición del capitalismo mundial sin este choque múltiple. Pero también rechazamos la idea de que de tal conflagración pudiera salir un capitalismo airoso, democrático, humanista, adecuado a las necesidades del ser humano” (4)
Sobre esta base conceptual, desde el período final del gobierno
de Raúl Alfonsín era teóricamente necesario y políticamente imperativo levantar
como eje para la acción las banderas de unidad social y política de los
trabajadores y el conjunto de sus aliados tras un programa antimperialista. A
la vuelta de una larga y oscura década, cuando se replantea la posibilidad de
una nueva fuerza política de masas, los hechos están allí para constatar cómo
actuó cada quién desde entonces. Pero el tiempo transcurrido no es un espacio
neutro, un vacío en el devenir de la historia. Lo ocurrido durante este lapso,
la experiencia de las clases y las conductas de sus vanguardias no son inocuas
a la hora de definir qué hacer ante la nueva coyuntura. La idea de que se trata
de una mera demora de un fenómeno anunciado una década atrás es un cretinismo
que conduce a conductas políticas encastradas como engranaje perfecto en el
mecanismo de la contrarrevolución.
Así, mientras el discurso reformista, basado en un reclamo del
ciudadano común propone “la unidad para salvar al país” y a falta de la Sra.
Rosa Castagnola corre tras la Sra. Elisa Carrió, la retórica izquierdista
descubre una situación revolucionaria, apela a una dudosa creatividad literaria
para embelesarse con un “partido piquetero” o para desechar toda idea de
partido y abdicar de la ahora condenada noción de “toma del poder”. Pero tales
vaciedades no serán menos estériles y perniciosas que los dislates de los
cuales provienen
Tarea
política y lucha ideológica
Estas dos corrientes serán obstáculos de peso ante la tarea de
edificación de una nueva fuerza política de masas. Contra ellas está planteada,
aunque en otro marco y con diferentes perspectivas, la misma lucha ideológica
librada durante el período pasado: mostrar al activo militante los fundamentos
objetivos de la crisis mundial del capitalismo, de donde se desprende que en el
próximo período histórico no sólo no está planteada una perspectiva de reformas
económicas, mejoras sociales y profundización de la democracia, sino que se
trata, por la vía que sea, de todo lo contrario. Y al mismo tiempo, mostrar
teórica y prácticamente el papel histórico crucial del proletariado como única
posibilidad de transformar la crisis capitalista en revolución socialista, pero
partiendo del reconocimiento objetivo de su situación actual, de la
degeneración teórica de quienes se proclaman vanguardia y del hecho crucial
para resolver la encrucijada histórica: la recomposición social, política e
ideológica de la clase obrera sólo podrá ocurrir en el curso del combate
político hoy planteado a escala mundial, al cual las fuerzas proletarias no
ingresan -como antes de la primera y la segunda guerras mundiales- con grandes
partidos de masas socialistas y comunistas en los que confiaba, con las
banderas rojas al viento y con la esperanza del socialismo en el corazón y la
inteligencia
El extraordinario desarrollo de las fuerzas productivas
verificado durante el siglo XX y, en consecuencia, la objetiva aproximación de
la sociedad mundial a la posibilidad del socialismo, se presenta hoy ante miles
de millones de seres humanos bajo el prisma del derrumbe de la URSS. Ya pasó -y
su fugacidad es todo un dato- el momento en el cual la propaganda imperialista
impuso a escala planetaria la idea de que el capitalismo había triunfado
históricamente y sólo cabía limarle las aristas porque era a la vez innecesaria
e impensable una sociedad cuyo motor no fuera el lucro, basada en la propiedad
colectiva de los medios de producción. En una década toda aquella farsa tomada
y reproducida por reformistas y oportunistas -que obró como somnífero sobre las
juventudes en todo el mundo- ha sido transformado en su contrario. El cloroformo
se transmutó en gas hilarante, lacrimógeno o letal, según se lo mire desde una
perspectiva teórica, política o social.
Aceleración de la crisis
El mundo -y específicamente Argentina- afronta pues un
agravamiento acelerado y generalizado de la crisis estructural del capital. La
lucha interimperialista escala cada día hacia formas más crudas de
confrontación, en una dinámica que necesariamente lleva a choques bélicos,
siquiera indirectos. Sólo la enorme disparidad en términos militares entre los
tres grandes centros del imperialismo hace que esa perspectiva ominosa se
postergue. Pero basta observar el aumento en los presupuestos militares de
Alemania y Japón, así como sus conductas en ese terreno durante los últimos
cinco años, para concluir hacia dónde irá el mundo si no se detiene la
irracionalidad capitalista.
Mientras tanto la crisis del sistema se manifiesta en la
acentuación de la injerencia imperialista en los países subordinados, en la
militarización de la política en relación con América Latina y en el
guerrerismo desembozado en otras áreas del mundo, bajo la transparente capucha
de “lucha contra el terrorismo.
Por el momento, la pugna entre Estados Unidos, Europa y Japón
(en la que juegan un nuevo y potencialmente decisivo papel Rusia y China) se
dirime principalmente en otro campo de batalla: las semicolonias, nuestros
países, disputados como mercados, como fuente de materias primas baratas y como
territorio de indiscriminado saqueo financiero. Y es esa descontrolada exacción
dictada por la magnitud de la crisis la que se expresa más y más en todo el
planeta como lucha antimperialista o, para decirlo según la previsión de 1992,
como “choque de las burguesías imperialistas contra los países del Tercer Mundo
como tales, es decir, incluidos sectores significativos de sus clases
dominantes.
En 2002 y desde hace por lo menos tres años, esto no es ya un
análisis prospectivo, sino una realidad dominante. La burguesía brasileña
trabando el Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y dando vuelta con
ello todo el cuadro geopolítico regional es un hecho insoslayable. Negarse a
verlo es como creer que, a la intemperie, es posible evitar la mojadura
limitándose a afirmar que no llueve. Pero el diluvio está allí: el presidente
brasileño convocó a una instancia geopolítica sin precedentes: los Presidentes
Sudamericanos, reunidos en Brasilia en 2000 y en Guayaquil recientemente. Y
Estados Unidos responde con la tenaza brutal del ALCA y el Plan Colombia: el
propósito de ocupación mercantil y militar de todo el hemisferio.
¿Pueden los genuinos revolucionarios dejar la lucha
antimperialista en manos de grandes burgueses locales y agentes del
imperialismo europeo con arrestos antiyanquis? ¿Qué clase de estrategia
proponen quienes en medio de este complejísimo nudo de la historia
latinoamericana se contentan con gestos demagógicos respecto de una
“horizontalidad” que en los hechos viola la más elemental participación
democrática de la militancia y con vagas alusiones a un poder que no se debería
“tomar”, sino “construir”? ¿Ignoran la magnitud de la crisis y la brutalidad
sin límites de la respuesta que preparan la burguesía y el imperialismo o la
intuyen y esconden la cabeza bajo estas liviandades imperdonables? ¿Qué
intereses defienden quienes en en este cuadro son capaces de bombardear a las
revoluciones que resisten al imperialismo, acometer contra toda experiencia
unitaria de las masas, apelar a los peores métodos para obtener un cargo de
concejal, o para pasar de concejal a diputado
Una y otra vez a lo largo de la historia, cuando irrumpe la
crisis violenta del sistema y se presenta la posibilidad cierta de la
revolución, aparecen estas voces representativas del reformismo camuflado y el
izquierdismo cómplice. Los revolucionarios marxistas sólo pueden sentir
desprecio por esta clase de charlatanes.
Es imperativo y urgente afirmar un punto de unidad social y
política para las masas. Para las masas en su estado actual: confusas,
desmoralizadas, desideologizadas, disgregadas al extremo, acuciadas a cada instante
por una crisis económica devastadora en todos los órdenes. Eso es hoy una
herramienta política de masas, cuyo mínimo común denominador sólo puede ser la
identificación de un enemigo visible por millones: el imperialismo. “Cerrar
filas contra los yanquis” es la consigna que puede abroquelar a millones de
víctimas, en un marco organizativo capaz de contener no sólo esas magnitudes,
sino las diferencias de todo orden que supone el actual cuadro social. Eso es
en esta coyuntura un frente antimperialista. Y la articulación de una
herramienta política de masas de este tipo no puede hacer concesiones de ningún
género: ¡allí están agazapados la burguesía y el imperialismo (que además de
disputas tienen intereses y enemigos comunes) para intentar encauzar la
desesperación de las masas en un movimiento fascista!
En este punto, la aparición de múltiples expresiones de búsqueda
de una nueva fuerza política de masas y el vuelco que esa presión objetiva
provocó en la dirección de la CTA, constituyen una plataforma clave para dar un
paso decisivo y en plazos perentorios. Ya están en formación juntas promotoras
por una herramienta política de masas en innumerables localidades de todo el
país. Son también numerosas las Asambleas que discuten el tema y avanzan en esa
misma dirección. Seccionales y corrientes internas de la CTA se han pronunciado
al respecto, en ciertos casos con notable radicalidad y claridad:
“La clase obrera tiene que gobernar (...) la central debe
ponerse a la cabeza de las luchas. Construir un movimiento político y social,
encabezar un frente nacional y popular, un frente de liberación nacional o
frente único que busque unificar y direccionar, sin hegemonismos ni
sectarismos, a todas las expresiones sociales y políticas enfrentadas al
neoliberalismo y que se exprese como táctica en las proximas elecciones” (5)
El periódico El Espejo, que desde 1994 defiende
consecuentemente esta perspectiva y que es en sí mismo un punto de encuentro de
numerosas corrientes de pensamiento y cuadros sindicales, sociales y políticos
comprometidos con la edificación de una herramienta política de masas, registra
en sus páginas innumerables expresiones en el mismo sentido (6)
Fuera de duda, hay en el movimiento real de la sociedad una
tendencia objetiva hacia la convergencia y la búsqueda de una salida política.
No extraña, así, que luego de haber suspendido el Congreso programado para
septiembre, la CTA volviera sobre sus pasos y, tras un fallido intento por
posponerlo hasta abril de 2003 (es decir, luego de las elecciones), se
concluyera en un llamado para el 9 y 10 de diciembre próximo. Ésta puede ser
una fecha clave. La militancia sindical, barrial, estudiantil y política,
debería tomar nota y empeñar sus mejores esfuerzos para que allí converjan
todas las fuerzas dispuestas a comenzar a escribir un nuevo capítulo de nuestra
historia.
Dicho esto, hay que apresurarse a subrayar la diferencia
conceptual, la distancia política y la divergencia estratégica que subyacen en
las líneas de convergencia actualmente gravitantes.
En primer lugar, se trata de trazar la línea que separa la
noción de frente único antimperialista de la del “frente popular”. El primero
fue teorizado en el II° Congreso de la Internacional Comunista. El segundo fue
la forma vulgarizada por Gueorgui Dimitrov en los años 30 según el molde
stalinista. El frente único antimperialista fue el gigantesco salto estratégico
dado por la IC en su primera fase, antes de la gangrena stalinista, para
incorporar a la noción de revolución internacional lo que luego sería llamado
“tercer mundo”, es decir, los países coloniales y semicoloniales. El frente
popular fue el marbete bajo el cual la dirección stalinista impuesta en la URSS
escondió el abandono de una estrategia revolucionaria y trazó la línea de
subordinación de la clase obrera a conducciones burguesas en todo el mundo.
Esas opciones estratégicas se replantean hoy.
En segundo lugar, la señalada dinámica de convergencia se
produce cuando el movimiento obrero como tal no participa en la vida política.
Cuando los mayores sindicatos industriales se alínean con la última criatura
del capital y otros sindicatos (como la CTA, que sólo en su nombre puede ser
considerada una genuina central), no sólo están cribados por innumerables
diferencias y fracturas internas, sino que además son en muchos casos
instrumentos de aparatos internacionales temibles no por la fuerza de sus
ideas, sino por su capacidad económica: la socialdemocracia a través de la
CIOSL (Comité Internacional de Organizaciones Sindicales Libres) y su filial
latinoamericana ORIT (Organización Regional Internacional del Trabajo,
históricamente penetrada por la CIA), y el Vaticano a traves de la CMT (Central
Mundial del Trabajo) y su brazo regional CLAT (Central Latinoamericana de
Trabajadores, a la cual pertenece la dirección hegemónica de ATE y la CTA)
Estos factores contrarios a la creación de una herramienta
política de los trabajadores y el conjunto de sus aliados han sido definitorios
en los últimos años. Nada de lo ocurrido con la Propuesta Política de los
Trabajadores (PPT), el Congreso de Trabajadores Argentinos (CTA) y el Frepaso,
se entiende sin esta intrusión permanente.
Pero el cuadro actual, nacional e internacional, es en todo y
por todo diferente. Desde que en 1982 estuvo objetivamente planteada la
posibilidad de edificar una nueva fuerza política de masas, que fijara un punto
de unidad social y política para las grandes mayorías por fuera y en contra de
los dos grandes partidos que dominaron el siglo XX -la Unión Cívica Radical y
el Partido Justicialista- el país ha cambiado al punto de resultar
irreconocible en su superficie. Las cifras estremecedoras que por estos días
registran que uno de cada cuatro habitantes sufre hambre y tres de cada cuatro
no satisface sus necesidades mínimas, el espectáculo de ejércitos de
desharrapados errando por las calles de Buenos Aires al caer la noche, en busca
de restos de comida en la basura, adelantan que todo paso positivo hoy en la
organización de las masas se dará sobre un terreno cualitativamente diferente
al que diera nacimiento a la PPT en 1990 y al CTA en 1992.
En modo alguno podrá obviarse el examen histórico de estos 20
años; del papel de cada corriente política y de la posición adoptada en cada
momento crucial por los cuadros partidarios e intelectuales que gravitaron en
el decurso de los acontecimientos. Pero serán los imperativos urgentes que
martillan hoy sobre la conciencia del activo militante en las filas de los
trabajadores, las organizaciones de desocupados, las instancias barriales y las
corrientes estudiantiles, acompañados todos por aquellas organizaciones
partidarias que comprendan el fenómeno en curso, los que darán vida y moldearán
la herramienta política de masas. Sería pueril suponer que el movimiento vivo y
tumultuoso de decenas de miles de hombres y mujeres acuciados por la crisis se
regirá por el análisis ponderado de las posiciones defendidas y los papeles
asumidos por las diferentes instancias dirigentes en los últimos 20 años. Sería
doblemente pueril, sin embargo, suponer que las conclusiones de aquel examen,
seguramente amargas, resultan innecesarias o caben simplemente a intelectuales
ajenos a las urgencias de la acción (7).
Son múltiples los factores que pesan en la conducta de los
individuos y las masas en instantes de crisis y cambios profundos. Y aunque en
la superficie aparezcan sólo los aspectos emocionales, o la inercia dictada por
conductas y relaciones talladas por el tiempo, el resultado de apariencia
irracional está determinado en última instancia por una racionalidad fincada en
otro plano, cuyas raíces están en la experiencia colectiva, es decir, en causas
reales.
Quien no descubra e interprete esas causas, quien por desinterés
-o por mezquina conveniencia- relegue ell análisis sistemático del curso
político y social histórico, y más específicamente el de las dos últimas
décadas, no estará a la altura de la inmensa tarea planteada a la militancia.
Nada más letal que refugiarse en verdades generales a la hora de la acción en
medio de un cataclismo. Nada menos eficiente que lanzarse a la acción sin la
perspectiva que sólo puede dar el acervo teórico afirmado por la lucha de
clases, el sacrificio y la inteligencia de los luchadores revolucionarios a lo
largo de la historia.
NOTAS:
1.- El texto oficial del documento puede hallarse en nuestra página en internet: www.geocities.com/nuestrotiempo
2.- En un acto de lanzamiento de la candidatura de Adolfo Rodríguez Saá, el 30 de agosto en el Luna Park, en Buenos Aires, junto al represor Aldo Rico y el comisario torturador Luis Patti, estaban el secretario general del sindicato de camioneros Hugo Moyano, el de la Unión de Transporte Automotor Juan Palacios (ambos del MTA), el secuestrador de obreros de la Unión Obrera Metalúrgica Lorenzo Miguel y el informante de los servicios para desaparecer trabajadores del SMATA Jorge Rodríguez.
3.- El mundo después de la guerra del Golfo... y sin la URSS; Crítica N° 1, octubre de 1991, pág. 11.
4.- Luis Bilbao, Curso de Formación Política para los Trabajadores, N° 1, Primera clase, 21/8/92. Ediciones del Centro de Estudios Marxistas Pedro Milesi, Buenos Aires, agosto de 1992. También en “Perspectivas del socialismo a 25 años de la muerte del Che”, Crítica N° 4, noviembre de 1992, pág. 30.
5.- Declaración del segundo plenario de la CTA de La Plata, Berisso y Ensenada; La Plata, 14 de julio de 2002. El texto completo puede también ser hallado en nuestro sitio en internet: www.geocities.com/nuestrotiempo
6.- El Espejo tiene su Redacción en 15 de noviembre 1459, Capital Federal; Tel: (011) 4305-3608; puede consultarse el sitio internet en:
http://ar.geocities.com/elespejo2000
7.- La información sobre este período y nuestra posición ante los diferentes debates planteados pueden hallarse en El abismo y horizonte; Búsqueda, Buenos Aires 1994; y Periodismo y militancia; Búsqueda, Buenos Aires 2001.