Cómo afrontar la depresión
económica y la encerrona política
Por Luis Bilbao
Por un camino tan sinuoso que pareciera llevar siempre al punto
de partida, la crisis argentina se desliza hacia el momento de eclosión. La
velocidad aumentó en los últimos meses para acelerarse en agosto, cuando el
riesgo de la cesación de pagos puso en vilo al país y la solución hallada por
el gobierno consistió en rebajar salarios de estatales y jubilaciones.
Fracturadas, acosadas por el capital financiero de un lado y del opuesto por
signos elocuentes de una movilización de masas con perspectiva creciente, las
clases dominantes se ven empujadas a repetir el movimiento de 1989/90, cuando
entregaron a Estados Unidos la capacidad de arbitrar entre sus irreconciliables
fracciones. Sólo que la experiencia vivida desde entonces y la magnitud sideral
de la crisis presente provoca arrestos de oposición en franjas del capital
conscientes de estar amenazadas de muerte. Washington está lanzado en su
propósito de crear un Area de Libre Comercio de las Américas (ALCA) y presenta
las cosas de modo tal que no restan dudas respecto de su intención de
transformar en provincias a toda América Latina y el Caribe (1).
Así, a fines de agosto, con cuarenta meses de recesión, un
abismo de miseria y la imposibilidad de pagar los compromisos de la deuda
externa, el gobierno tambalea y las clases explotadas y oprimidas comienzan a
despertar del letargo que las mantuvo fuera del escenario político desde la
derrota de las grandes huelgas ferroviaria y metalúrgica de 1991.
En la rodada, voces y gestos se entremezclan y confunden: la
Unión Industrial Argentina pide aumento general de salarios y seguro de
desempleo; autoproclamados dirigentes de desocupados exigen “planes trabajar”
por $120 pesos mensuales; conspícuos portavoces de la alta burguesía claman por
una reprogramación (de hecho moratoria) de la deuda externa; funcionarios
sindicales gimen explicando la necesidad de fortalecer el Estado para que éste
pueda aplicar “políticas activas” que permitan a las patronales programar
ganancias y así dar lugar a una efectiva reiniciación de la explotación a gran
escala; representantes de dios con y sin sotana convergen en la necesidad de
conciliar capital y trabajo para salir de la ciénaga; algún concejal con
veleidades trueca habituales graznidos de difamación por propuestas de “unidad
revolucionaria” en desesperado intento por ascender a diputado en las
elecciones de octubre próximo; mientras tanto en las estructuras políticas
burguesas el caos es total: los principales candidatos de la UCR hacen campaña
en oposición a su propio gobierno; el partido Justicialista lleva en la Capital
Federal a un hombre del riñón oficialista; los fragmentos del Frepaso están en
todos lados y en ninguno se los ve como aquello que intentaron ser...
Está en curso y a máxima velocidad aquello que reiteradamente
estas páginas señalaron como proceso de realineamiento social y político.
En este panorama, el clamor generalizado apunta a dos objetivos
centrales: salir de la depresión económica y acabar con una dirigencia a la que
acusa de corrupción y atribuye ineptitud y falta de energía.
Se trata por tanto de dar respuesta efectiva -en lo inmediato y
con perspectiva estratégica- a estas dos demandas centrales. Y confrontar tanto
como la realidad lo exija con las respuestas falsas y engañosas que por
interés, ignorancia o desesperación, van a la búsqueda del consenso de las
masas y sus vanguardias tras una política de conciliación de clases y
cretinismo parlamentario. Se trata asimismo y simultáneamente de redoblar
esfuerzos por evitar que el desmoronamiento en curso de la democracia burguesa
arrastre las libertades democráticas y los derechos civiles.
Una vez más sobre el carácter de la crisis
Aun a riesgo de redundar, es preciso insistir acerca de cuáles
son las raíces de la situación que hoy abate al país. En la primera edición de Crítica,
hace diez años, el primer artículo comenzaba con la siguiente afirmación: “La
crisis del mundo en la última década del siglo XX es la crisis del capitalismo”.
En las páginas siguientes aquel artículo mostraba, con datos y cifras tomadas
de la mejor prensa comercial internacional, que bajo una superficie de éxitos
el capital sufría el mal irremediable descripto por Marx como baja
tendencial de la tasa de ganancia, y que su aparente fortalecimiento al
calor de lo que entonces denominamos “contraofensiva global estratégica”, no
era más que el efecto pasajero de aquella contraofensiva a la cual el
proletariado mundial no estaba en condiciones de ponerle límites -por causas
que se hacían evidentes con el desmoronamiento de la Unión Soviética- y que era
exclusivamente esa razón la que impedía que el muy avanzado grado de deterioro
del sistema se manifestara como tal y en cambio tomara la forma de avasallante
victoria, la cual era sin embargo el preludio de una muy cercana y
extremadamente agravada reaparición de la crisis.
Hela allí. Ha transcurrido una década y quienes frente a estas
aseveraciones soltaban con suficiencia adjetivos descalificantes como
“apocalíptico”, “catastrofista”, o “dogmático”, tras haber bebido hasta la
última gota el veneno de la adopción de fórmulas socorridas por bien
promocionados intelectuales orgánicos de la burguesía, siempre a la mano para
pergeñar argumentos a favor del escepticismo o la conversión, se muestran
consternados ante el vuelco de la situación. A algunos el espanto les ha a
agudizado a tal punto la percepción, que intuyen la magnitud de lo que viene,
aunque se resisten a nombrarlo. Porque lo que hay por delante es una situación
que, no importa cuánto se sostenga y qué caminos tome, desemboca
inexorablemente en un colapso general, en una inmensa conmoción social cuyo
desenlace tiene sólo dos alternativas: revolución o contrarrevolución. Mientras
esta opción no se resuelva -y puede transcurrir mucho tiempo, porque estamos
hablando de una etapa histórica, no de una coyuntura inmediata- el sistema
sobrevive exclusivamente sobre la base de avanzar día por día en detrimento de
las condiciones de vida y de trabajo del conjunto de la población.
Una crisis de sobreproducción, una crisis estructural del
sistema como la que vive hoy el capitalismo mundial, precisamente en un momento
histórico en el que ninguna fuerza social de envergadura se le opone organizada
y conscientemente, puede resolverse mediante la destrucción masiva de bienes y
mercancías excedentes (a propósito, cabe recordar que para el capital la fuerza
humana de trabajo es una mercancía), o por la abolición de la propiedad privada
de los medios de producción y la edificación planificada de una sociedad
socialista. No hay espacio en estos períodos históricos para resolver el
desempleo masivo, lograr aumentos de salarios, mejora en las condiciones de
trabajo, reformas progresistas en la vida económica, política y cultural de la
población. Los progresistas que no asumen esta realidad -que lo es al margen de
cualquier juicio de valor sobre ella- se derriten en segundos o se pasan lisa y
llanamente al campo enemigo. No es preciso dar ejemplos. Pero sí es preciso
remarcar, para quienes durante los ’90 creyeron o quisieron creer que había una
tercera vía, una alternativa menos exigente -conducta que dio lugar a la
progresión fatídica Frente del Sur, Frente Grande, Frepaso, Alianza, Cavallo-
que todo lo que venga, si se repitiera con el mismo molde, sería una caricatura
trágica de esta comedia patética.
En lugar de alimentar falsas esperanzas y correr tras quimeras,
corresponde hablar de frente a los trabajadores y la juventud. La verdad quema
y puede ser repelida por muchos. Pero a esa temperatura se funde el acero
necesario para encarar una lucha que no se limita a cambiar el precio de la
esclavitud cotidiana ni a demandar limosnas para una sobrevivencia subhumana.
No se trata de vituperar a quienes retrocedan ante ella. Se trata de organizar
a quienes no la teman. Y seguir fraternalmente la prédica con los demás. La
confianza, la esperanza, deben basarse en la verdad. Y es mentira que se pueda
salir de la actual depresión y dar respuesta duradera a la desocupación, los
salarios miserables, las jornadas de 12 horas de trabajo, la marginalización masiva,
la decadencia social y cultural intolerables, con cualquier variante de
intervención del Estado en la economía. Una militancia aguerrida sólo puede
forjarse con la verdad como primera y principal arma de combate: que otros
ganen votos con mentiras; que otros edifiquen aparatos con ilusiones. Los
revolucionarios marxistas vamos a recorrer el duro camino que la clase obrera y
la juventud tienen por delante con la verdad como estandarte.
Depresión, sindicalismo y política
En un marco histórico diferente la depresión empujaría a un
fortalecimiento de las organizaciones de clase, tal como ha ocurrido en otros
momentos de la lucha del proletariado mundial. Pero el impacto sostenido del
derrumbe de la Unión Soviética, la destrucción paralela de los grandes partidos
obreros y los sindicatos (comunistas, socialistas y cristianos) a escala
mundial, con su correlato local sui generis de degradación extrema y
liquidación del movimiento y el sindicalismo peronistas, produce sobre las
masas trabajadoras el efecto inverso: desagregación y ensimismamiento. Este
curso objetivo de la clase obrera se proyecta al conjunto de la sociedad con
resultados devastadores. El aumento de la delincuencia no es sino la expresión
de una lucha desesperada por el reparto de la renta nacional, de los arrojados
a la marginalidad que no encuentran canales organizativos propios y
reconocibles, sindicales o políticos. Al otro extremo de la clase trabajadora,
la misma fuerza negativa corporiza en universitarios, profesionales e
intelectuales, exacerbando el individualismo y la irracionalidad en todos los
planos. Esta combinación degrada hasta límites intolerables las condiciones de
convivencia cotidianas y hace extremadamente difícil la afirmación de un
accionar político basado en la conciencia, la organización, la asunción
racional de una estrategia común.
He allí la base social de conductas insólitas en cuadros
políticos e intelectuales, incluso con trayectorias de lucha respetables –y en
ciertos casos admirables- y de los propios partidos y organizaciones sociales y
políticas que se proponen enfrentar la crisis. La fuga electoralista de
prácticamente la totalidad de la izquierda considerada revolucionaria tiene su
contraparte en la degradación sin freno de la dirigencia sindical poco tiempo
atrás clasificable como honesta y combativa. Y en ambos casos la función
determina los métodos y crea, si no los tiene, los órganos necesarios. No se
trata por tanto de fenómenos individuales. Es la fuerza ciega de la crisis que
arrastra a quienes no entienden su profundidad o, entendiéndola, no se deciden
a afrontarla, o decidiéndose, repiten conductas dictadas por la costumbre.
Valiosos luchadores sindicales que pocos años atrás resolvieron sumarse al
Frente Grande y metamorfosear el Congreso de Trabajadores Argentinos en una
central de dirigentes sin bases -es decir, resolvieron cambiar una política de
clase que daba sus primeros pasos por una combinación de accionar político
policlasista con el sindicalismo de aparatos-se ven hoy reducidos a la nada en
el campo político y en sus sindicatos empujados a oficiar como gerentes de la
crisis proponiendo rebajas salariales y listas de retiros voluntarios (2). El
símbolo trágico de esta caída quedó graficado en uno de los actos más
ignominiosos de la historia del movimiento sindical argentino: los dirigentes
de Ctera y la CTA levantando la Carpa Blanca tras la victoria electoral de la
Alianza, para marchar desde el Congreso al ministerio de Educación y entregarle
la ofrenda al ministro Juan Llach (nadie menos que el segundo de Domingo
Cavallo durante el gobierno peronista, y verdadero creador y gestor del “plan
de convertibilidad”). El gesto era lógico porque Llach era entonces ministro
del gobierno que esos mismos dirigentes integraban y por el que habían hecho
campaña. Pero las consecuencias son obvias: ¿cómo, con qué propuesta, con qué
autoridad, podrían estos mismos dirigentes oponerse ahora de manera efectiva a
la gestión de Cavallo?
No obstante la magnitud de las responsabilidades individuales,
es claro que la clave está en la incomprensión del momento histórico y la
consecuente adopción de un camino político que llevaba inevitablemente al
suicidio. En 1997 calificamos el fenómeno entonces en curso como “Segunda
campaña de cerco y aniquilamiento”, en referencia al exterminio de cuadros
sindicales y políticos llevado a cabo por la dictadura, repetido de manera
incruenta bajo los gobiernos de la UCR y el PJ -los partidos que antes habían
sido base política de aquel genocidio perpetrado por los militares- mediante la
maniobra de José Bordón que dio lugar al Frepaso primero, y la constitución de
la Alianza después (3). Basta recordar que la fracción hegemónica de la CTA
hizo campaña por Bordón en 1995 y por De la Rúa en 1999 para medir la magnitud
destructiva de ese período.
No se debería minimizar el efecto de esta cooptación general de
cuadros sindicales y políticos por parte de la clase enemiga; de hecho, aun
cuando ella misma se inscribe en y se explica por un momento histórico de
extrema confusión ideológica y franco retroceso político del proletariado
mundial, es el factor que explica la sobrevivencia de la convertibilidad y,
ahora, la del propio gobierno.
Sin embargo, de aquí en adelante el problema no estriba en esa
ausencia, así como tampoco en lo que haga o deje de hacer la dirigencia, que
sin distinción de ningún género está como nunca alejada de las bases y
desprestigiada ante los trabajadores, la juventud, los profesionales y el
conjunto de la sociedad. Esto la hace política y sindicalmente débil en
términos coyunturales y estratégicos, situación que debilita al movimiento
obrero frente a las patronales y el gobierno, pero plantea perspectivas ciertas
de superación de toda una etapa histórica. Por detrás del panorama directamente
perceptible hay una clase obrera y una juventud que han roto históricamente con
el peronismo, con los partidos de la burguesía, y lo expresan tomando distancia
-la más de las veces de manera pasiva- rrespecto de los aparatos y sus
dirigentes. Ahora la dificultad está en la afirmación de nociones completamente
diferentes a las comúnmente aceptadas y sostenidas durante décadas, sobre todo
en el trabajo sindical.
El punto de partida y la perspectiva se plantean de modo muy
diferente al período 1992/94, cuando tres vertientes históricas del movimiento
obrero convergieron en un llamado a edificar una instancia política denominada
entonces Congreso de Trabajadores Argentinos y cuyas direcciones serían luego
arrastradas por los partidos patronales. Salvo excepciones -que sin duda
contarán sobremanera en la práctica- no existe en esta instancia aquella base organizada
y con gran disposición de lucha que se manifestó en el congreso fundacional del
CTA, cuando unos cinco mil activistas se reunieron fraternal y democráticamente
en 1992 para iniciar un camino independiente. El curso adoptado por la mayoría
en la dirección de la CTA provocó confusión, retraimiento y dispersión. Esto a
su vez abrió resquicios para la aparición de corrientes manipuladas por la
iglesia y por sectores del PJ -apoyadas sobre todo en franjas de desocupados- a
la vez que dejó espacio para que la burocracia tradicional recuperara espacio
sindical y político (4).
El fracaso de la expectativa cifrada en el CTA originario vino a
acelerar y completar la pérdida de confiabilidad de los trabajadores en la
dirigencia sindical. Siguiendo una tendencia que se verifica en todo el mundo,
en Argentina los sindicatos pierden afiliados y los aparatos se sustentan en
las Obras Sociales, desvirtuando a la vez una y otra función. Sólo por
excepción un sindicato tiene arraigo en las bases. Si en un pasado no tan
lejano la relación del activo militante con el aparato se caracterizaba por la
dura oposición y las caracterizaciones rotundas, ahora el signo predominante es
la indiferencia, la ajenitud.
En el mundo de los aparatos, debe necesariamente imponerse el
más poderoso. Esto explica el relativo fortalecimiento de las fracciones de la
CGT que además ahora, ante la previsible agudización de la crisis y tras el
proyecto de “unión nacional”, apuntan a reunificarse. Como contrapartida
ineludible se acentúa la volatilización de la CTA, incapaz de frenar la
reducción de salarios y los despidos masivos de lo que constituye su principal
base de sustentación, los empleados del Estado, y su involuntario
desplazamiento hacia una base social que por definición no puede sustentar un
aparato, aunque pueda ser víctima de él: los desocupados.
De aquí en más, por tanto, los trabajadores conscientes además
de encarar la búsqueda -más urgente que nunca- de una expresión política que
unifique como clase y frente al poder a todos los explotados y sus aliados,
afrontarán la igualmente impostergable tarea de analizar y replantearse
presupuestos históricamente afirmados como noble conducta sindical, que en
realidad encubren una adhesión estructural al sistema capitalista y son en
última instancia los que llevaron a transformarse en su opuesto a aquel
esperanzado y potente esfuerzo de miles de hombres y mujeres provenientes de
las más diversas experiencias que alumbraron el Congreso de Trabajadores
Argentinos.
Es preciso preparar y llevar a cabo una embestida estratégica
contra la sujeción de los sindicatos al Estado. Esto presupone enfrentar desde
el descuento de la cuota sindical a través de las patronales, hasta la metódica
subordinación a la maraña de leyes que en cualquier conflicto de envergadura
dejan la última palabra al gobierno (es decir a las patronales) a través de las
instituciones estatales. Entre otros muchos conceptos que el activo sindical
deberá debatir a fondo están por ejemplo los de las Obras Sociales o la
remanida “defensa de las fuentes de trabajo”. Bajo apariencia muy noble,
maquilladas con palabras malversadas como solidaridad, la atención de la salud
por parte de los sindicatos es una completa tergiversación que no sólo
contribuyó a destruir el hospital público, una conquista histórica de los
trabajadores, sino que dio lugar al fortalecimiento de aparatos en manos de
pseudodirigentes que se enriquecen con la enfermedad de los trabajadores y
utilizan ese poder para anclarse en las estructuras sindicales.
Del mismo modo, la noción “fuente de trabajo” encubre el hecho
fundamental de que ninguna empresa existe para dar trabajo, sino para generar
lucro. El absurdo de pretender que una empresa que da pérdida se mantenga para
que sus empleados sigan cobrando un salario es insostenible, pero sobre todo es
nefasto porque inocula en la conciencia del trabajador la noción de que él y su
familia viven al margen de la marcha de la sociedad en su conjunto y, por lo
tanto, no debe pensar en ella como tal, sino en su problema individual. Bajo
una apariencia combativa, se sostiene en realidad una posición reaccionaria que
defiende el atraso y la ineficiencia, colocando a la clase obrera a contramano
de la historia y a remolque de burgueses que se presentan como portadores de lo
nuevo y del futuro.
Hay una lógica profunda en la aceptación social del Cavallo del
primer período y la expectativa, afortunadamente fugaz, que generó con su
reaparición de la mano del Frepaso y la UCR: en ausencia de una conciencia
propia (para sí, decían Marx y Engels) los trabajadores y con ellos todas las
clases y sectores subordinados, expresaron con aquella adhesión su ruptura
profunda aún no transformada en conciencia con el peronismo histórico, que
inoculó en la ideología obrera estas concepciones de conciliación de clases y
paternalismo burgués, según las cuales al trabajador no le cabe más que “ir de
casa al trabajo y del trabajo a casa”, mientras de la economía, la sociedad y
la política se ocupan otros. El trabajador debe limitarse a luchar por “sus derechos”;
y estos serían cobrar como extras las horas excedentes a la jornada de 8,
cobrar doble los feriados, ocuparse exclusivamente de su tarea desentendiéndose
por completo de la función social y la marcha de la empresa donde deja su vida.
Con apariencia combativa y de defensa de los intereses de los trabajadores,
todo se pone así cabeza abajo. Estos son sólo algunos ejemplos de cómo bravos
luchadores con sentimientos de solidaridad y fraternidad, son utilizados al
servicio del sistema. El sindicalismo peronista (asumido inconscientemente por
la casi totalidad de los luchadores sociales, aun cuando se consideren de
izquierda o marxistas), debe ser combatido no simplemente ni fundamentalmente
en la figura de sus dirigentes, sino ante todo y sobre todo en sus concepciones
profundas. Y esta lucha hay que asumirla ya mismo y a gran escala, aunque
muchos compañeros honestos y combativos que ocupan cargos sindicales se sientan
inicialmente atacados cuando se les dice que deben rechazar la idea de tener
batallones de funcionarios permanentes pagados por la cuota sindical que
descuenta la patronal, que si es necesario deben abandonar los edificios
lujosos, que contra la privatización de la salud no deben aferrarse a las obras
sociales sindicales sino luchar por el hospital público, que ante el hecho
concreto de un cierre de empresa o disminución de la producción y despidos, la
incondicional defensa del empleo no puede exigir a la patronal la “defensa de
la fuente de trabajo” sino que debe poner en cuestión la propiedad privada de
la empresa, la gestión en función del lucro y por ese camino llegar al punto en
cuestión: cómo se organiza una sociedad, en función de qué, y quién puede
hacerlo en un rumbo contrario al que marcha actualmente.
No basta con “enfrentar el modelo”. No es un modelo lo que está
en crisis, sino un sistema. Y no en este país, sino en el mundo. De nada valdrá
cortar mil rutas si no se corta de un tajo y definitivamente con la ideología
de la conciliación de clases y sus innumerables ramificaciones en todos los
órdenes. En 1994, cuando ya el CTA torcía definitivamente su rumbo, un grupo de
luchadores marxistas fundó la Universidad de los Trabajadores con una
consigna que hoy, ante el avance acelerado de una crisis total, adquiere una
actualidad de vida o muerte: “Cambiar desde la raíz la cultura y la política”.
Es imperativo y urgente asumir esta exigencia. Porque el enemigo de clase ya
tiene montado un muy completo dispositivo destinado a desviar nuevamente a
miles de luchadores; para atrapar a unos en diferentes variantes defensivas del
sistema capitalista; aislar a otros; y como última instancia, reprimir a todos.
Preparativos de recambio patronal
Todo indica que está en vías de consolidación una coalición
compuesta por el ala alfonsinista de la UCR, el sector de Duhalde en el PJ, la
UIA, las dos CGT y la jerarquía de la iglesia con sus múltiples tentáculos,
destinado a consolidar un parapeto ante la inexorable explosión del actual
esquema de poder. No tardará en formarse, explícita o solapadamente, una
fracción militar que se adose a este bloque. Ya en nuestra Réplica a la
Carta a los argentinos señalábamos que los alineamientos programáticos del
capital no guardaban relación con las siglas de los partidos patronales y en
cambio se entrecruzaban a través de las diferentes fracciones de cada uno de
ellos (5). Tal parece que ha llegado la hora del realineamiento formal y acaso
de conformación de nuevos partidos burgueses.
Para los que ahora se pronuncian como
opositores, la tabla de salvación en el plano económico -aunque está en
discusión y previsiblemente no dará jamás lugar a un acuerdo de fondo- consiste
en variantes más o menos maquilladas de keynesianismo, es decir, la salvación
del capitalismo por el aparato del Estado. A diferencia de lo que les sucedió
en años anteriores, los defensores de esta línea de acción tienen a su favor el
hecho de que esta tendencia está imponiéndose nuevamente en el mundo tras el
estrepitoso fracaso del así llamado “neoliberalismo” y la ausencia de cualquier
otra teoría que venga en su reemplazo, como no sea alguna variante de
“neokeynesianismo” (la utilización del “neo”, una década atrás como prefijo de
un supuesto corpus teórico para condenar al entonces fracasado y vituperado
keynesianismo y ahora para sustituir a la panacea tan velozmente malograda, no
es otra cosa que el certificado de indigencia teórica del capitalismo de frente
a la crisis más grave de su historia).
Pero no será con los recursos teóricos y
prácticos que desembocaron en la descomunal crisis planetaria reaparecida desde
mediados de los '70 y postergada por una contraofensiva global estratégica
de la cual el “neoliberalismo” es sólo un aspecto, como se resolverá su
reaparición decuplicada en apenas una década. Una mera intervención del Estado
como agente económico no podría lograr más que una reactivación de cortísimo
aliento, sin contar con que incluso esto se haría a expensas de los
trabajadores: el programa que llevó la iglesia argentina a este cónclave
preparatorio de la “unión nacional” propone, entre otras barbaridades, la
extensión de la jornada laboral en dos horas, sin pago (“contibución solidaria”
la denominan, con su habitual cinismo sin límites), para sostener la
convertibilidad y evitar la cesación de pagos.
Si se lograra respaldo político para semejante “unión nacional”,
habría pujos de reactivación económica, que tras 40 meses de recesión
aparecerían ante la población como un regalo del cielo (esto mismo, dicho sea
de paso, está planteado como posibilidad para el actual equipo gobernante si
logra eludir la ofensiva de la oposición señalada). Pero incluso en esa
hipótesis, la crisis reaparecerá de inmediato, corregida y aumentada, tanto por
la lógica interna como por el impacto creciente y demoledor de la situación en
los centros metropolitanos. Proponer o esperar la salida del desastre en el que
está sumida la nación mediante una inyección keynesiana, incluso si está
alentada por las mejores intenciones, es una quimera. Y en términos de accionar
político, es una quimera reaccionaria: contribuir a una convergencia de las
fuerzas sociales acosadas por la crisis con personajes como Duhalde y Alfonsín,
tras un proyecto financiado por Techint y bendecidos por la curia, es mucho más
que un error: si para los gerentes sindicales (de la central que sean) y los
partidos de la burguesía es la única posibilidad de aferrarse a un madero en
medio del maremoto, para los genuinos dirigentes sindicales (también: sean de
la central que sean) y para el activismo sindical o político no comprometido
con el capital, es una nueva forma de suicidio, más absurda y dolorosa aún que
la de los “frentes” que desembocaron en la Alianza.
Reagrupamientos a la izquierda del espectro político
El desconsuelo de quienes por diferentes razones quieren
persistir en la búsqueda de una “tercera posición” se manifiesta de las más
diversas maneras tras la debacle de la Alianza. En los mejores casos, impulsa a
personalidades y personajes de los más variado orígenes y trayectorias a la
convergencia con la resistencia de las masas. La denominada Alternativa para
una República de Iguales (ARI), pareció ser un eje de recomposición para estos
sectores, al menos hasta el momento en que fue impostergable la discusión de
candidaturas, que reiteró la historia del Frepaso con incorporación de
oportunistas de última hora y la patética reincidencia en la búsqueda de
figuras de la farándula, completada con la revelación de que el ex jefe del ex
Frepaso está también en esa empresa, pero sobre todo con el ingreso formal del
aparato vaticano en la persona de Mario Cafiero.
Como quiera que sea, esta fase de realineamiento general de
fuerzas sociales y políticas presenta arduas exigencias tácticas para el activo
militante y los nuevos contingentes de jóvenes y trabajadores que se suman a la
lucha. Está planteada la necesidad de eludir las trampas del muy difundido
pensamiento ultraizquierdista -es decir, el mecanicismo típico de un
pensamiento ajeno al marxismo- que en última instancia desconoce la necesidad
de vencer al enemigo y se solaza escuchando su propia voz. Vencer a las clases
dominantes requiere definir con lucidez y exactitud el centro adonde golpear, y
hacerlo minuto a minuto, dado que nada hay más mutable que un bloque
sociopolítico en medio de una durísima confrontación de clases, y en función de
esta definición cambiante buscar en todo momento y en el plano que corresponda
las formas más abarcadoras de frente único, es decir, la unidad social y política
de las masas.
Simultáneamente es preciso eludir otra trampa, no menos
peligrosa, que consiste en desentenderse de los rasgos distintivos de aquellos
nuevos individuos, grupos o sectores de clases que se suman a la resistencia,
cuya condición de permanentes o transitorios sólo puede definirse en el curso
de los acontecimientos.
Hay situaciones de sencilla resolución; pero otras requieren una
caracterización correcta no ya de la situación nacional, sino del
extraordinariamente complejo juego de fuerzas en el plano internacional, su
dinámica general, el estado de cada uno de sus principales actores y el curso
de la coyuntura paso a paso. Parece innecesario señalar qué tipo de
organización qué calidad de cuadros podrán -y cuáles no podrán- responder a
estas exigencias. Pero el desafío está ya sobre la mesa. En la edición anterior
de Crítica publicamos una nota titulada “La gran prueba”. Aparte la
comprobación del colapso de la Alianza, ese texto sostenía que
“es
previsible que la próxima fase de la evolución política en Argentina recupere
el protagonismo (independiente o subordinado, pero protagonismo) de las masas
como factor predominante. Esto puede ocurrir mediante pasos intermedios, como
por ejemplo la irrupción del movimiento estudiantil, la juventud y los
desocupados, cada uno por su carril en un primer momento. Pero fatalmente
culminará con la reaparición del movimiento obrero y específicamente del
movimiento obrero industrial en la lucha social y política, por fuera y en
contra de las estructuras sindicales hoy extraordinariamente debilitadas. La
historia antigua y reciente del la clase obrera de Argentina reaparecerá con
todo su vigor y también con sus múltiples vertientes. Esto actualizará un muy
duro combate ideológico y político que tendrá lugar ante todo en el seno de la
vanguardia. Cualesquiera sean los ritmos de esta marcha inexorable, la
burguesía no podrá de ahora en más ejercer su poder como clase limitándose a
alquimias electorales. Este es el rasgo fundamental de la fase en que ingresa
el país” (6).
Sobre la base de este pronóstico, a fines de noviembre de 2000,
el texto afirmaba que la gran prueba planteada por la historia a los
revolucionarios marxistas era encaminarse hacia la recomposición de sus
fuerzas. Basta observar la conducta durante el último medio año de
organizaciones, grupos e individuos que se identifican como tales, para
comprobar cuán lejos están de haberla pasado satisfactoriamente: se trataba de
dar respuesta práctica, en los hechos y para 30 millones de habitantes, a las
exigencias de una aceleración brutal de la crisis. La constitución de bloques electoralistas
-opuestos por el vértice no ya a la neceesidad de unidad social y política de
los trabajadores y el pueblo, sino al nivel de conciencia y el estado de ánimo
de la clase obrera, la juventud y el conjunto de la población- tales como el
Polo Social, Izquierda Unida o Polo Obrero (cuyos componentes tienen como único
acuerdo la calificación de Fidel Castro como contrarrevolucionario al que hay
que derrocar); la apuesta ciega a una forma de lucha y un sector social -los
piqueteros- como sucedáneo de organización y conciencia de masas; la fuga de
pequeños equipos verbalmente comprometidos con la revolución hacia
microespacios propios a los que se pretende reducir la realidad; la renuencia
de agrupamientos y cuadros dispersos a dar el paso hacia la recomposición de
fuerzas marxistas en un partido de los comunistas, desarma a la militancia y la
deja librada al más crudo empirismo.
Aquí parados, se impone recordar que “sin teoría revolucionaria
no hay acción revolucionaria”. Quienes han abandonado esta certeza y navegan
aguas abajo llevados por la corriente, no están en falta. Pero quienes no
desdeñan las enseñanzas de la historia de la lucha de clases ni se orientan con
el último librito llegado de París o el próximo espasmo de una sociedad
desesperada, debieran sacar conclusiones sin más demora y obrar en
consecuencia. Porque los truenos y relámpagos a la vista anuncian que la
tormenta se desata. Los que tienen el timón en sus manos reemplazan rápida y
efectivamente sus cartas de navegación para afrontarla, mientras la militancia
está a la deriva. Es fácil medir la distancia a salvar: ¡basta ver a
revolucionarios esforzándose por llevar un cura al Senado o por acceder a
cualquier precio a un carguito parlamentario frente a una realidad dominada por
una catástrofe social, mientras las burguesías y el imperialismo responden con
proyectos de dolarización hemisférica y maniobras militares e instalación de
bases estadounidenses del Bravo a Tierra del Fuego!
No será el oportunismo que complementa su electoralismo
desaforado con incremento de las horas (24, 48, 72) de la Huelga General que le
pide a los gerentes sindicales; o con idéntica lógica promueve 24, 48, 72 horas
de piquetes; no será saltando del gobierno a conglomerados de emergencia para
salvar la cara como hace la cúpula de la CTA; o soltando la mano de la Señora
Fernández para aferrarse a la de la Señora Carrió, como se dará respuesta
válida a esta realidad inocultable.
Incluso para tomar las decisiones aparentemente más simples,
como posicionarse frente a un paro, una concentración, una acción contra el
hambre o la represión, hace falta mucho más que buena voluntad. Ni hablar del
punto clave de un accionar de verdad comprometido con la revolución: la lucha
por el poder. Pero incluso limitados a lo más simple, el problema es mayúsculo.
Como prueba bastan ejemplos cotidianos: desde la cultura política empirista que
predomina en las ideas y la práctica habituales, nadie se asombrará si un
destacamento revolucionario denuncia determinados nombres de personeros del
capital, sea en el espectro partidario o sindical, o converge tácticamente con
otros cuya figura, por una u otra razón, es menos odiosa al activo militante.
¿Pero qué hacer si se trata de momentos inversos, cuando se imponen alianzas
con fuerzas sin duda ubicadas del otro lado de la barrera de clases, o se hace
necesario exponer públicamente a aquellos personajes del medio político o
sindical que por convicción o por connivencia con el enemigo de clase,
contribuyen a confundir, desviar y desarmar a las masas?
Estos problemas cruciales de una dirección política son por
demás simples para la conducta izquierdista -nos referimos al izquierdismo
condenado por Lenin como “enfermedad infantil del comunismo” en el famoso
folleto así titulado, cuya lectura es siempre recomendable- habitual en los
agrupamientos sectarios: de un lado están los revolucionarios y de otro los
contrarrevolucionarios y “traidores”. Revolucionarios son, claro, cada uno de
los grupos en cuestión. Contrarrevolucionarios y traidores, los demás. El
acervo marxista asegura sin embargo que el izquierdismo es una cara de la
medalla, cuya faz inversa muestra el rostro del oportunismo. Quien lo dude
puede observar a prototipos de esta clase de revolucionarios,
vociferantes durante años contra todo y todos, que hace diez años proclamaban
que la clase obrera estaba a la ofensiva y la caída del capitalismo a la orden
del día y ahora se deshacen en desdorosas contorsiones para obtener votos y
acceder a algún cargo institucional, o incluso para poder simplemente
participar de las elecciones.
La lucha contra el capital es una cosa seria. El enemigo es muy poderoso. Y así como no se lo puede vencer con grititos y desplantes, tampoco se lo podrá doblegar con votos. Tanto menos con desesperación vanguardista. Sólo la fuerza de las masas, conscientes y organizadas, podrá con él. Y aunque lo parezca, no es sencillo saber qué hacer y cómo, en cada momento histórico, para avanzar tras esta condición imprescindible de una estrategia revolucionaria consistente. Ese saber reclama una organización munida de capacidad teórica, hecha carne y militancia en un número suficientemente elevado de cuadros comprometidos con la abolición del capitalismo. Reclama, sin pérdida de tiempo, una concepción y una práctica internacionalistas -muy específicamente latinoamericana- de la confrontación de clases, la organización revolucionaria y el accionar cotidiano, ajena y contrapuesta del modo más rotundo a la verbosidad vacía de quienes desde hace décadas reemplazaron el internacionalismo con conductas irresponsables. La aparente paradoja de estas tareas urgentísimas estriba en que, para quienes proponemos la lucha por el poder y el socialismo, la condición inseparable para cumplirlas es encontrar y transitar de modo sistemático y sostenido el camino hacia las masas en tanto se realizan los máximos esfuerzos por avanzar en la efectiva recomposición de las fuerzas revolucionarias marxistas.
Lucha de clases, elecciones y libertades democráticas
En suma, la tarea de la hora consiste en transformar las
innumerables, crecientes y cada vez más resueltas luchas sociales, en lucha de
clases. Una no implica necesariamente la otra: no hay lucha de clases sin
conciencia de clase. Si el proletariado no se asume como clase opuesta a la
burguesía, su lucha se limita a resistir los aspectos más inhumanos e injustos
del capitalismo. Esto no es en ningún caso desestimable; pero, aparte la
determinación que se tenga de luchar por la abolición de la explotación o por
limitarse a reformarla, ocurre que en medio de una depresión económica a su vez
integrada en una crisis mundial del sistema, no hay modo de obtener siquiera
pequeñísimas victorias permanentes contra los peores excesos patronales. La
participación en todas y cada una de las luchas que provoca la crisis es una
exigencia fuera de discusión. Lo que sí está en discusión es la forma de
participación. No es preciso hacer un tratado al respecto. La única fórmula
necesaria es muy sencilla, aunque de difícil aplicación: propagar en todo
momento, y siempre en el modo adecuado a la circunstancia específica, la idea
de que no hay solución real y duradera sin un cambio de la clase que ejerce el
poder político. Esta es la base, el mínimo común denominador. A partir de allí,
se avanzará tanto como la circunstancia y las personas involucradas lo
permitan.
En consecuencia, la lucha concreta (sea un corte de ruta para
exigir un subsidio, una movilización para impedir despidos o una huelga para
evitar rebajas salariales) será encarada como un paso en la gran tarea de armar
la fuerza de masas capaz de arrancarle el poder a la burguesía. Todo lo que
contribuya a la concientización, la unidad de la clase y sus aliados y la
organización, será positivo. En cambio deberá ser rechazada toda conducta o
posicionamiento que contribuya a confundir el objetivo y la conciencia que de
él se tiene, a debilitar la confianza en la fuerza propia y la capacidad para
obtener pequeños triunfos, a romper o postergar la unidad de las masas, a
impedir la organización plural y democrática.
Las elecciones y los cortes de rutas que dominan hoy la
coyuntura no escapan a estas exigencias. La carrera electoral en que se hallan
empeñadas numerosas tendencias que se consideran a sí mismas revolucionarias y
marxistas, lejos de contribuir a la unificación social de los trabajadores, la
conciencia de clase y la organización de masas, son motor de todo lo contrario.
Esta afirmación no presupone que una fuerza anticapitalista no deba participar
por definición en una contienda electoral de la burguesía. Y no sufriría mella
si, como todo hace prever, candidaturas de izquierda obtienen ventajas en los
comicios. Es por demás obvio que en este cuadro general las fórmulas
electorales genéricamente de izquierda obtendrán más votos que los habituales.
Y esto no es negativo en sí mismo. El punto es que campaña y resultados no
unifican, no concientizan y organizan. Tanto menos lo que viene luego de un
éxito relativo. Y quien dude al respecto no tiene más que observar lo ocurrido
con quienes no hace tanto festejaban lo que suponían un triunfo extraordinario
en la elección de concejales por la Ciudad de Buenos Aires.
Pero es posible encarar una línea de acción que permita utilizar
estas elecciones como herramienta eficaz para los objetivos señalados. A
comienzos de año, antes de que se acelerara la crisis y con la previsión de que
la demolición de la Alianza aumentaba las chances electorales de la izquierda,
se conformó un Bloque de Rechazo apuntado a levantar sobre la base de una
pluralidad de organizaciones, corrientes, agrupamientos y militantes no
organizados, un Voto de protesta con un programa capaz de unir a millones y sin
presentar candidatos. En el marco dado, ésta es la única táctica de
intervención que puede incidir positivamente en los objetivos antes planteados.
La propuesta de votar candidatos “revolucionarios”, incluso dejando de lado
quiénes y qué son esos candidatos, como propaganda (es decir, como forma de
educación de las masas) es exactamente lo inverso de lo que exige la orden del
día. El amplísimo rechazo a la experiencia de los últimos 18 años con los
partidos y la falsa democracia de la burguesía no puede ser encauzado con una
foto diferente en un afiche más, por mucho que vaya acompañado de consignas
altisonantes. El espectáculo ofrecido por el Polo Obrero e Izquierda Unida
denunciándose mediante solicitadas en los diarios por no aceptar tal o cual
lugar en las listas y frustrar la "unidad", es todo lo contrario de
lo que una organización revolucionaria debe ofrecerle a las masas.
Mientras tanto, a la vez que multiplica su
oferta electoral ocupando todo el espectro político, el capital avanza
sistemáticamente en la captación del hastío generalizado respecto de las
prácticas políticas vigentes. Expresiones de ultraderecha se apoyan en hechos y
conductas por todos conocidos que prueban cuán lejos está el actual régimen de
una genuina democracia; pero lo hacen para propugnar formas dictatoriales; y
están ganando un enorme espacio en toda la sociedad con discurso que tiene como
eje la oposición a la “política” -arteramente reducida a la farsa
parlamentaria- y los “políticos”, término que está convirtiéndose en sinónimo
de vago, aprovechado y ladrón.
Una política revolucionaria debe tomar cuenta
de esta evolución negativa en amplias franjas de todas las clases y sectores. Y
debe hallar el modo de contrarrestarla en su accionar cotidiano, pero muy
especialmente en los momentos de campaña. El grueso de la clase obrera que
mantiene su empleo, la masa de desocupados, la juventud que creció en medio de
la mentira y la manipulación al servicio del robo y la explotación, las clases
medias desesperadas, no pueden reconocerse en un candidato que pide votos,
aunque lo haga con verborrea revolucionaria. La gran tarea es unir a esa masa
diversa, en lugar de fragmentarla en supuestas opciones electorales, que además
no lo son en ningún sentido. El rechazo palpable en las filas de los
trabajadores y más ostensible aún en la juventud no debe quedar en manos de los
fascistas. Es preciso mostrar un camino por fuera de estas elecciones amañadas
en las que se derrochan fortunas incalculables y que parecen un festival sobre
las ruinas de un país; un camino enderezado a forjar una fuerza de masas contra
el imperialismo y el capitalismo. Y es posible hacerlo, con una campaña
unificada que en lugar de poner a competir candidatos enarbole un programa de
reivindicaciones sentidas por las masas; que en lugar de sostener que esos
objetivos pueden alcanzarlos uno, diez o veinte diputados, explique hasta el
cansancio que requieren la participación directa, consciente y organizada de
las víctimas de la crisis. Y que pruebe en los hechos que todo esto lo afirma
al margen y en contra de la repugnante disputa por un cargo.
Está claro que las organizaciones lanzadas
por el camino del electoralismo no retrocederán. Pero el movimiento vivo está
fuera de ellas. Y es posible darle cuerpo en un multifacético bloque de rechazo
que levante una voto de protesta y de propuesta, con un programa básico común
al que cada agrupamiento u organización puede articular además de acuerdo con
sus características (7).
En cuanto a los cortes de rutas y calles,
el primer punto es afirmar que los revolucionarios marxistas estarán siempre y
en cualquier circunstancia en toda lucha genuina de los trabajadores con o sin
empleo. Esto no supone el seguidismo y mucho menos la aceptación de conductas
de ostensible manipulación de la desesperación de los desocupados por aparatos
de diferente signo, sea la iglesia y el PJ, sea una organización ajena a los
principios del movimiento obrero. Pero hay tantas realidades como casos de
cortes de rutas y calles. Esa distinción ha de ser el primer paso para tomar
posición ante una situación particular. No existe, no puede ni debe existir
nada parecido a un “partido piquetero”, como proponen quienes han decidido
arrojarse por despeñadero electoralista. El partido que debemos construir es el
que aúne a los obreros con y sin trabajo. Un partido independiente de los
patrones, el Estado, la burocracia y por supuesto de la iglesia.
Ha habido y seguirán levantándose ejemplos
de piquetes que constituyen el punto más elevado hoy de la lucha de clases. Y
los hay que expresan maniobras de partidos burgueses infiltrados (una
metamorfosis de las “manzaneras” de Duhalde y el episcopado en la Provincia de
Buenos Aires), entre otras falsificaciones de menor cuantía. Esto no importa en
última instancia porque es claro que el enemigo tratará siempre de desvirtuar
toda forma genuina de lucha de clases. Lo que de verdad importa es advertir a
los luchadores sociales que formas insurreccionales sin fuerza y extensión para
transformarse en tales con perspectivas de éxito se vuelven en contra de los
objetivos buscados. Repitámoslo: la revolución es una cosa seria. Rechaza a la
vez las fórmulas, los dirigentes prefabricados (por la iglesia o por quien
sea), y los sabihondos con aspiraciones electorales. Y no es el método lo que
está en discusión. Una organización revolucionaria no descarta ningún método
útil para avanzar tras la victoria que busca. Se trata de saber cuándo éste es
útil efectivamente, y cuándo opera contra la unidad social y política de las
masas explotadas y oprimidas; cuándo empequeñece y encasilla los objetivos de
quienes las asumen; cuándo aísla y socaba el respaldo del resto de la sociedad
y abre espacio para la represión sin reacción de masas. Es por demás obvio que
después de un límite en la lucha social, la burguesía responde invariablemente
con la represión. El punto no es si ésta llegará o no, sino qué harán las masas
en ese momento, porque de ello depende que los revolucionarios puedan articular
la resistencia y buscar la victoria. Es preciso evitar a todo precio la
repetición de políticas que extrapolan un método de lucha, lo aplican con
prescindencia de los efectos que producen sobre los trabajadores y el pueblo y
provocan así el aislamiento de la militancia más activa, dejándola a merced de
la represión. Está a la vista el efecto que sobre los trabajadores con
ocupación producen los cortes de ruta que les impiden llegar a su trabajo o
prolongan sus ya intolerablemente largas jornadas. Hay que tener también en
cuenta a las clases medias, empujadas a la desesperación por la guadaña de la
crisis y más que proclives a aceptar propuestas de “mano dura” para “poner
orden”.
Por otro lado, no hace falta argumentación
para concluir que salvo casos muy excepcionales, un piquete de 30, 50 o 100
personas provocando reacciones negativas en decenas de miles que se ven
afectadas sin saber siquiera de qué se trata, es un desatino que la militancia
y la sociedad toda pagarán muy caro si no lo corrigen a tiempo. Una estrategia
seria debe tender a aislar al enemigo. Y debe diseñar políticas cuidadosamente
elaboradas para todos los aliados, posibles aliados y sectores que sin llegar a
serlo nunca, pueden ser neutralizados. Todo accionar que contribuya a que la
burguesía pueda sumar voluntades a favor de sus métodos en el ejercicio del
poder está enderezada contra los intereses de las masas, no importa cuánto
repita la palabra revolución. Los episodios que recientemente dieron lugar a
acusaciones de infiltración policial hablan por sí mismos: carece por completo
de importancia que alguien sea o no un agente provocador si realiza acciones
que aparecen, o pueden ser presentadas ante los trabajadores y la juventud,
como provocaciones.
Si además se apela a este método como
recurso electoral, entonces el desvío es completo.
La lucha consecuente contra la
desocupación, que sin duda debe reclamar subsidios para quienes carecen de todo
ingreso, sólo puede cumplir una función históricamente positiva si se une a la
de los trabajadores ocupados y exige -con los métodos de lucha que la realidad
reclame, una vez que éstos son asumidos por las masas- la disminución de la
jornada de trabajo de quienes tienen empleo (y trabajan de 10 a 16 horas
diarias), por supuesto sin disminución del salario de bolsillo, y gradualmente
encadena las demandas de modo tal que las masas comprendan por qué hay
desocupación y cuál es el único camino para resolverla. Esta es la línea de
acción que habrá de llevar la militancia consciente; y va de suyo que ella no
se limitará a quedar sentada en volantes y periódicos, sino que será conducta y
bandera en la lucha codo a codo con los hermanos de clase sin empleo.
Frente antimperialista continental
Fenómenos como la quiebra de Aerolíneas Argentinas, el desfalco
del denominado “megacanje” y la exposición ante las masas del papel que juega
la deuda externa, han abierto un espacio nuevo a la lucha antimperialista. Las
últimas exigencias del Fondo Monetario Internacional, que sin ocultamientos y
luego de imponer la disminución de los salarios estatales sostiene la necesidad
de reducir aún más los salarios en las empresas privadas y planea otro recorte
presupuestario de 3000 millones de dólares para el próximo año, harán más
amplio y candente ese espacio. Diez años de sumisión ante el saqueo, diez años
de cerebros lavados en universidades y publicaciones supuestamente serias, se
desintegran en pocas semanas para dar lugar a un sentimiento inverso, que
coloca al imperialismo en general y específicamente al estadounidense, como lo
que es: el enemigo público número uno. Si a esto se suma la escasamente
difundida realización de maniobras militares con marines yanquis y la
proliferación de bases militares en Argentina y la región (8), se concluye que
un factor de primordial peso en las luchas por venir será la identificación del
imperialismo como enemigo por parte de las masas.
Develar y denunciar el papel del imperialismo, y disponerse con
energía a reunir el mayor arco de fuerzas posibles para enfrentarlo sea en su
apariencia de gerentes del FMI, infantes de marina o demócratas al uso, es una
herramienta clave tanto en la búsqueda del punto de convergencia de las ideas
del socialismo científico con los sentimientos más directos de los trabajadores
y la juventud, como en la impostergable tarea de frenar y revertir la ofensiva
imperialista.
Tras estos objetivos, los revolucionarios marxistas chocarán con
un obstáculo difícil de sortear. Ya está articulada la intención de partidos
burgueses, burócratas sindicales, obispos reaccionarios y nacionalistas de todo
pelaje dispuestos a manipular ese sentimiento. El frente contrarrevolucionario
que ocupó el palco en la Plaza de Mayo el 31 de mayo de 2000, la primera vez
que en la historia del movimiento obrero de Argentina la ultraderecha explícita
encabezó un acto de los trabajadores, es un antecedente que de ningún modo debe
ser olvidado, puesto que constituye una prueba insoslayable de la línea
adoptada por el enemigo y el punto de desarrollo que ha alcanzado (9).
Aquí también, como respecto de la condena a las instituciones de
la democracia burguesa, las fuerzas reaccionarias se montan en un hecho
objetivo: el creciente sentimiento antimperialista en el conjunto de la
sociedad. La omisión por parte de los revolucionarios frente a ese fenómeno
equivaldría a empujar a las masas a la trampa tendida por franjas de la
burguesía e incluso por el propio imperialismo a través de aparatos que manipula
clandestinamente, haciéndolos aparecer como furiosos nacionalistas. Mientras
que la simple adhesión a semejante aquelarre equivaldría a un suicidio.
No se puede desconocer que algunas expresiones del capital,
incluso del gran capital, tienen contradicciones reales con Estados Unidos. Ese
factor irrebatible será utilizado para intentar la repetición de la maniobra
estratégica consistente en llamar a la “unidad nacional”, recomponer una
alianza policlasista y colocar a la clase obrera bajo la dirección política de
una supuesta “burguesía nacional”. No es algo a futuro: tal línea de acción ya
está en marcha y con mucho más camino recorrido del que podría desprenderse de
las paupérrimas exposiciones orales de Moyano. Buena parte del Polo Social
articulado en torno al cura Luis Farinello forma parte de este proyecto.
Mantener la independencia respecto de estos engendros
protofascistas no es sólo cuestión de principios, sino de lisa y llana defensa
propia. Pero eso en ninguna hipótesis podría llevar a desconocer la lucha
antimperialista y tanto menos a abroquelarse con el frente que previsiblemente
se formará, con muy similares propuestas económicas para salir de la depresión,
pero desde el flanco liberal conocido como “centroizquierda”, que puede
eventualmente ser el ARI o adoptar otra conformación y denominación. De hecho,
una política en la práctica revolucionaria deberá converger en un momento con
aquéllos y en otro con éstos, porque así lo demandrá la necesidad de enfrentar
al imperialismo y defender los derechos civiles y las garantías democráticas.
Al margen de estos dos ejes de lucha no hay acción revolucionaria. Pero ni la
defensa de la soberanía nacional frente al imperialismo, ni el combate por las
libertades democráticas, pueden ser sostenidas con coherencia y continuidad si
las masas no comprenden y asumen hasta sus últimas consecuencias la lucha
contra el capital y por la victoria de un gobierno de los trabajadores y el
pueblo.
El dilema está claro: sólo los revolucionarios marxistas pueden
llevar hasta sus últimas consecuencias el combate cuyos primeros escarceos se
muestran ahora. Pero ellos no son nada sin las fuerzas objetivas que, por las
condiciones históricas dadas, están hoy comprometidas en la lucha contra el
imperialismo y por las libertades democráticas.
No hay motivo para asustarse: siempre ha sido así para toda
genuina organización revolucionaria. Y va de suyo que no hay recetario a seguir
para orientarse día por día en la lucha política que este complejísimo
escenario plantea. Sólo un colectivo múltiple, capaz de tener hondas raíces en
la clase obrera, la juventud y los movimientos sociales de todo tipo a la vez
que tiene ojos y cerebros para reconocer, evaluar y transformar en resoluciones
ejecutivas -sobre todo eso: muy ejecutivas, mientras todas las demás corrientes
vacilan y trastabillan- los cambios en las relaciones de fuerzas
internacionales y locales, los estados de ánimos de la sociedad, los niveles de
conciencia y organización del proletariado, podrá resolver satisfactoriamente
este tránsito que exige eludir simultáneamente toda expresión de sectarismo y
de adaptación al curso espontáneo de la sociedad.
En cualquier caso, para delinear y articular su respuesta a la
depresión económica, la opresión imperialista, la defensa de las libertades
individuales y las garantías democráticas, los revolucionarios marxistas deben
salir necesariamente del marco nacional e instalarse en el contexto internacional
y específicamente latinoamericano. No puede haber lucha antimperialista al
margen de un programa con eje en la unidad latinoamericana, articulado mediante
un programa con consignas tales como defensa incondicional de Cuba,
enfrentamiento directo y militante con el Plan Colombia y la militarización del
hemisferio, repudio a la deuda externa de la región y recuperación de las
riquezas saqueadas a través de ésta en el último cuarto de siglo, lucha contra
el anexionismo implícito en el ALCA.
La opción no es, no puede ser, optar por “el imperialismo menos
malo”, como ya se dice en ciertos medios. No desconocer las brechas que abre la
cada día más grave confrontación entre los tres centros del imperialismo
mundial, de ningún modo supone alinearse con uno de ellos. Del mismo modo, los
hechos trascendentales en curso en América Latina que muestran a sectores de la
gran burguesía resistiendo frente a la voracidad estadounidense, no podrían dar
lugar a reproducir en esa escala lo que negamos fronteras adentro: la
subordinación al programa y la dirección política del capital nativo.
Esta perspectiva está siendo recorrida en prácticamente todo el
continente por una avenida de doble mano: desde la socialdemocracia y un sector
del aparato vaticano, a través de una subordinación total al capital asociado
con el imperialismo europeo; desde el pseudonacionalismo, penetrado por grandes
capitales locales, entre los que también se hallan tentáculos del Vaticano,
mediante la búsqueda de coaliciones para una supuesta “salvación nacional”. La
conflictiva relación Alfonsín-Duhalde grafica la tangencialidad de ambos
proyectos al cabo incompatibles en términos políticos. La definición de la
fuerza hegemónica en la conducción del Frente Amplio de Uruguay (véase esta
misma edición), indica el curso adoptado ya con nitidez por una fuerza de masas
con definición genérica de izquierda. Las turbulencias en el PT brasileño,
exponen la lucha frontal entre las líneas de subordinación al capital, hoy
hegemónicas, y los esfuerzos por definir una política propia de los
trabajadores (10).
No hay modo de superar esta encrucijada sin posicionarse a la
vez contra el imperialismo en todas sus expresiones, por la incondicional
defensa de las libertades democráticas hoy muy frontalmente amenazadas y sin
moverse un ápice de la estrategia apuntada hacia un gobierno de los
trabajadores y sus aliados, es decir la más nítida definición en la palabra y
en los hechos por la independencia política de los explotados y oprimidos.
Recomposición de fuerzas marxistas
Está a la vista la responsabilidad de la militancia marxista
ante este desafío histórico. Desde su situación de debilidad y en un marco en
el que todavía prevalece la retracción, desarticulación y confusión del
proletariado a escala mundial, será necesario impedir que la manipulación de la
sociedad acosada por la depresión económica lleve a una encerrona política. En
su actual estado, las organizaciones que se reivindican revolucionarias
marxistas no podrán afrontar tamaña responsabilidad. Sólo una recomposición de
sus fuerzas -concepto distante por igual del sectarismo y el frentismo de
izquierda- podrá presentarse ante las masas como una alternativa válida frente
a los caminos que proponen las diferentes fracciones del capital.
No será con invocaciones como se recorrerá el camino hasta el
punto en que la convergencia de cuadros y agrupamientos llegue a transformar
cantidad en calidad y se arribe a una recomposición que pueda constituirse en
el punto de partida efectivo en la lucha por el derrocamiento del sistema, la
asunción del poder político por los órganos democráticos de las grandes masas y
la construcción del socialismo. Por lo demás, está claro que nada de esto
ocurrirá en el ámbito exclusivo de un país. Con todo, cabe conminar a los
luchadores revolucionarios que habitan este país y no están dispuestos a
someterse a la hegemonía del nacionalismo o el liberalismo burgués, a todos
quienes -participen o no en campañas electorales- entiendan y asuman cuáles son
los caminos reales de la historia, a esforzarse en el máximo de sus
capacidades; a recorrer el tramo restante hacia la realización de un congreso
fundacional del partido que el proletariado y el pueblo necesitan, para encarar
el único camino posible: el de la revolución y el socialismo.
1.- Esta política ha acumulado contradicciones de diverso género y magnitud, al punto de provocar cambios muy significativos en el mapa político hemisférico, los cuales gravitan de manera directa sobre la situación argentina. Crítica adelantó esta perspectiva desde su primera edición. Ver específicamente El Cono Sur y la crisis mundial, ponencia al VII° Encuentro del Foro de São Paulo; N° 17, Agosto 1997. Un punto especial de cambio estuvo dado por la asunción de Hugo Chávez en Venezuela Crítica N° 21, mayo 1999. Los cambios producidos en los últimos dos años y el cuadro de situación actual serán analizados con detalle en la próxima edición.
2.- Un ejemplo es el reciente conflicto en Firestone. Ver cobertura en El Espejo N° 102, 103, 104, con crónicas y análisis de Diego Gutiérrez, Claudio Marín y Jorge Montero.
3.- Luis Bilbao, Segunda campaña de cerco y aniquilamiento, en Periodismo y Militancia, Búsqueda, Buenos Aires, mayo de 2001, pág. 119
4.- Antes de condenar a los activistas o dirigentes sindicales que recorrieron esta parábola, las organizaciones que se consideran marxistas y revolucionarias deberían preguntarse -y responder públicamente- para qué están los partidos, cuál es el cometido histórico que la teoría les asigna y qué estaba haciendo cada uno mientras esa masa de luchadores sindicales que fundó el CTA era arrastrada por la ideología y los aparatos de la burguesía. Luego de cumplido este requisito, por cierto será necesario exponer ante la clase trabajadora y el pueblo el papel que muchos de aquellos sindicalistas están cumpliendo hoy.
5.- Crítica N° 20, pag. 31. Texto reimpreso en Nº 25, pág. 14.
6.- La gran prueba, Crítica N° 25; pág. 6.
7.- El Bloque de Rechazo confeccionará una boleta de distribución masiva para votar con ella el 14 de octubre, con puntos tales como: Con 8 hs. de trabajo hay trabajo para todos; Salario mínimo igual a la canasta familiar; No al pago de la deuda externa; Contra el ALCA y el Plan Colombia; por la reestatización de las empresas privatizadas; defensa de la escuela pública y laica; anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir; No al arancelamiento universitario; asambleas de trabajadores y jóvenes para discutir qué país queremos; gobierno provisional de los trabajadores y el pueblo, etc.
8.- Ver Le Monde diplomatique, Edición Cono Sur, Buenos Aires, septiembre 2001.
9.- En esa oportunidad a Hugo Moyano, de la CGT 2, lo acompañó como orador el secretario del obispo Primatesta (el compinche en Córdoba del asesino general Menéndez durante la dictadura). En el palco estaban además Franco Caviglia (el segundo de Domingo Cavallo), Aldo Rico y Luis Patti (torturadores, representantes de la dictadura), Lorenzo Miguel (que desde la UOM colaboró con el secuestro de activistas clasistas) y una caterva de ladrones de ladrones y traidores imposible de enumerar. Ver El Espejo N° 84; Buenos Aires, 5 al 8 de junio de 2000; y Periodismo y militancia; op. cit, pág. 238.
10.-
En diciembre próximo el Foro de São Paulo será escenario de este histórico
combate ideológico y político. Crítica llevará allí, como lo hace
con regularidad desde 1989, cuando su equipo participó en la fundación de esta
instancia continental, una ponencia articulada frente a este cruce de
caminos, en un marco internacional de crisis severa con pronóstico cierto de
inexorable agravamiento. Esta ponencia será publicada en una edición extra de
la revista.