Compromiso por el cambio para el nuevo siglo
Documento
presentado por
la dirección del Frente Amplio
Ante un mundo que se ha modificado en las
décadas transcurridas desde su fundación, el Frente Amplio ha encarado en
profundidad un proceso de análisis e interpretación crítica de la realidad;
recogiendo experiencias y valores acumulados a lo largo de la historia por las
generaciones que nos precedieron en la formulación de utopías, caminos y luchas
por la superación del hombre; y
proyectando todo ello hacia el futuro como horizonte hacia el cual avanzamos.
Entendemos que la actualización
ideológica, al igual que la actualización programática y estratégica, constituyen
un proceso permanente y necesario en tanto formamos parte de la sociedad -tan
cambiante como las circunstancias-, y es un proceso unitario de pensamiento y
acción en torno a los valores y principios que en 1971 motivaron la fundación
del Frente Amplio.
Vivimos un tiempo de transformaciones
civilizatorias. El vertiginoso avance científico técnico de las últimas décadas
del siglo XX ha transformando profundamente todos los aspectos de la vida
humana.
Las cambios ocurridos en el mundo, que sin
embargo no han modificado sus realidades más hirientes; la situación por la que
atraviesa nuestro país, luego de transcurridos largos años desde la reapertura
democrática sin que se concretaran las justificadas expectativas de los
uruguayos; las crecientes responsabilidades que la ciudadanía ha otorgado a
nuestra fuerza política y los desafíos que nos esperan por delante; así como la
esencia misma de nuestra condición de izquierda -sujeto y objeto de cambio
permanente en la búsqueda del progreso-; motivaron un proceso de reflexión
colectivo, llevado a cabo por los frenteamplistas a lo largo y ancho de todo el
país durante un año, que tuvo como resultado las siguientes definiciones que
renuevan nuestra convocatoria a los uruguayos para construir una realidad más
justa y solidaria para las mujeres y los hombres de nuestro país y del mundo.
Capítulo I
El desarrollo humano integral y la
liberación del individuo en sociedad como horizonte de la izquierda.
Nuestra historia nos impulsa moral y
políticamente. Treinta años después de aquel entonces los frenteamplistas
reafirmamos nuestra vocación humanista.
La razón de ser del Frente Amplio son los
hombres y mujeres de nuestro tiempo y del tiempo por venir. Trabajamos por la
realización integral de cada uno de ellos en el marco de una sociedad donde la
plena vigencia de los Derechos Humanos en cuanto pilares universales,
interdependientes, indivisibles y en evolución, sea una realidad cotidiana.
Creemos que es posible construir una
sociedad más humana que la actual. Una sociedad en la que los derechos de los hombres no sean considerados
mercancías; en la que el trabajo sea
efectivamente el valor sobre el cual se sustente la supervivencia y la prosperidad
de la gente; y en la cual el Estado
opere como un articulador entre los diferentes sectores, capaz de asegurar cohesión social y
territorial, acceso universal a los servicios esenciales, y el desarrollo de
actividades que requieren inversiones de gran alcance y a largo plazo.
Reivindicamos también la libertad y la
igualdad como nuestros principales valores.
La libertad es la condición más fascinante
de la vida humana. Sin ella no hay paz,
ni democracia, ni pueden desarrollarse las personas.
El compromiso con la libertad es nuestra
razón de ser. Un compromiso de emancipación colectiva basada en el respeto a
cada individuo y, simultáneamente, en el compromiso solidario de todos.
En lo que a la igualdad refiere, creemos
que los seres humanos no solamente han de ser iguales ante la ley, sino que más allá de ello han de serlo ante la vida, lo que es más importante aún;
el principio de igualdad bien entendido lleva a tratar de forma desigual a los
desiguales para garantizarlo.
En función de ello, postulamos la igualdad de oportunidades como
principio rector en la organización y funcionamiento de una sociedad más justa
y solidaria.
Reafirmamos nuestra condición de
herramienta política comprometida con
la paz , la democracia y el desarrollo sustentable.
Porque desde la política , desde los
valores que le dan sentido ético y desde la acción para hacerlos realidad, se
pueden afrontar exitosamente los desafíos del mundo actual y de la sociedad en
que vivimos para construir entre todos un futuro mejor para nuestra generación
y las generaciones venideras.
Sólo a partir de los instrumentos
políticos –partidos e instituciones democráticas- podremos organizar
también una convivencia pacífica,
plural, tolerante e integradora
Queremos más y mejor democracia. Y ello
pasa por mejorar los mecanismos de información, participación y representación
ciudadana.
Queremos una sociedad plural en su mayor
amplitud. Una sociedad que asegure el respeto a la diversidad, de las
diferencias culturales, de raza, de orientación sexual, de las capacidades
diferentes, de las distinta edades y etapas de la vida, y la plena igualdad
entre los sexos, con pleno ejercicio de sus derechos. Asumimos la igualdad
en la diferencia como una de los desafíos del nuevo tiempo.
Para los frenteamplistas la ciudadanía es,
con lo que ella implica en derechos y responsabilidades, sujeto y objeto de
nuestra acción.
Trabajamos por un desarrollo sustentable,
porque el crecimiento económico. por sí solo, no implica la prosperidad de la
gente.
Una sociedad próspera es también una
sociedad comprometida – ante sí misma y ante el futuro- con los principios de
responsabilidad ecológica, que apuesta
decididamente al desarrollo de la cultura, la construcción colectiva de la
identidad nacional, y asegure el acceso democrático a la información y al
conocimiento.
Hoy, como ayer, expresamos nuestro irrenunciable compromiso con los más
desposeídos, que son quienes más sufren los devastadores efectos del llamado
modelo neoliberal.
Queremos y trabajamos por un Uruguay sin
exclusiones, y por eso no somos neutrales ante las hirientes condiciones de
desempleo, pobreza, marginalidad e incertidumbre que hoy padecen tantos compatriotas.
Fieles a José Artigas, para quien “los más
infelices” han de ser “los más privilegiados”,
el compromiso con quienes viven
en tales condiciones es la mayor riqueza del Frente Amplio
No nos resignamos a vivir en un mundo
hegemonizado por fuerzas e intereses que cuestionan la paz, la soberanía y la
identidad de los pueblos. Rechazamos
el imperialismo, el colonialismo,
como también toda otra manifestación de intolerancia y chauvinismo.
Impulsamos una auténtica integración
regional en el marco de una
Latinoamérica más unida y fuerte en la lucha contra toda forma de violencia y
contra la pobreza (que también es una forma de violencia), y a favor de la globalización de la paz, la democracia,
la justicia y el progreso en esa patria común de la humanidad que es planeta en
el cual vivimos. Porque sólo sobre la dignidad de los pueblos puede edificarse
una auténtica convivencia internacional.
En tanto herramienta política del pueblo
uruguayo, el Frente Amplio es un proyecto y un proceso de progreso.
Nuestra tradición, una tradición de la
cual nos sentimos orgullosos, nos impulsa
a nuevos inicios en este nuevo siglo que reclama una ilusión que le dé
contenido y sentido a la vida de los uruguayos.
Capítulo II
1. Mundialización de las oportunidades y de los
problemas, globalización e integración regional: un nuevo mundo es posible.
Vivimos en un mundo interdependiente y en
el cual ninguna nación, por poderosa que sea,
puede resolver por sí sola sus problemas o imponer a las demás su
voluntad Hay una situación
internacional nueva marcada por la globalización manifiesta en los niveles tecnológicos, de las comunicaciones
y financiero, que define las relaciones internacionales y tiene enorme
trascendencia en la evolución interna de los países. El fenómeno de la
mundialización o globalización como se le ha dado en llamar, es un dato
gravitante de la realidad en el mundo que nos toca vivir. Supone la progresiva
transformación de la estructura de las relaciones económicas, sociales y
culturales a escala mundial en un sistema transnacional cada vez más integrado,
único y global, en un contexto marcado por las condiciones creadas por el nuevo
esquema unipolar posterior a la caída del Muro de Berlín, y la extensión del
neoliberalismo como ideología hegemónica. La mundialización, globalización o
internacionalización, entendida como el proceso de acercamiento e integración
de culturas, naciones y estados, es un proceso inevitable y conveniente y se ha
dado a lo largo de la historia de la humanidad y particularmente a partir de
los siglos XV y XVI con distintos grados de intensidad y velocidad. Ese proceso
tiene hoy dos características básicas:
por un lado la extensión y velocidad
con que se desarrolla como
consecuencia del despliegue de la revolución científico-técnica y el desarrollo
de las comunicaciones; y a su vez la relación asimétrica en “dominados” y
“dominadores” que la caracteriza y que ha contribuido a agravar las
desigualdades de la sociedad contemporánea.
El incremento sustancial del grado de
mundialización se manifiesta en mayor nivel de intercambio comercial,
financiero, productivo y tecnológico y en nuevas y más profundas formas de
relacionamiento y comunicación Ello se
ha acompañado de cambios en las políticas económicas con una hegemonía de
políticas de apertura y liberalización en los países dependientes, para una
mayor inserción y expansión del capitalismo central. El propio desarrollo de
las fuerzas productivas ha llevado al sistema capitalista a una nueva fase de
“capitalismo global” en la que se persigue mediante la recomposición de la tasa
de plusvalía, el alza de la tasa de ganancia mediante la combinación de una
profunda reconversión tecnológica, en especial en los países centrales, y un
deterioro de las condiciones de trabajo a nivel global, en especial en los países dependientes. El
pensamiento neoliberal se ha “apropiado” de la globalización a nivel
ideológico. A nivel económico, el mundo se ha convertido en la principal
«unidad operativa» para el capital financiero y las Empresas Transnacionales,
produciendo cuantiosos beneficios injustamente distribuidos. La “globalización
financiera” permite cuantiosos movimientos de capital en forma instantánea, que
ante la carencia total de regulación, es predominantemente de carácter
especulativo, en desmedro de su orientación hacia la producción y aumentando la
vulnerabilidad de las economías nacionales. Hoy surge con claridad que el
neoliberalismo conduce a callejones sin salida, que es inviable y que, por
ende, puede ser enfrentado, contenido y derrotado por la lucha unida de los
pueblos, por una conjunción de máxima amplitud de la izquierda unida y de los
movimientos populares y sociales. Luchamos por un nuevo orden internacional más
justo reafirmando nuestra clara postura antiimperialista.
El propio imperialismo se ha
transnacionalizado y modificado. Ya no se trata de la dominación económica y
cultural de un Estado sobre otros, sino de un conjunto de multinacionales que a
través de la concentración de poder económico y del conocimiento
científico-tecnológico, controlan y dominan los mercados mundiales definiendo
incluso las políticas de los Estados más poderosos de la Tierra, impulsando,
por supuesto, la no intervención estatal en los mercados.
Un orden mundial injusto, que sus
beneficiarios han querido entronizar como un pretendido “nuevo orden mundial”
al que no nos resignamos.
Crecientes desigualdades entre países
ricos y pobres; concentración del desarrollo económico en escasas áreas del
planeta y en pocas manos mientras al mismo tiempo regiones inmensas padecen
hambre y carencias sanitarias elementales; enormes diferencias sociales;
incapacidad para erradicar la pobreza, la marginalidad y la inseguridad;
intolerancia ante las diversidades culturales; imposiciones militares a los más
débiles, el drama ecológico producto de la depredación del medio ambiente, y
tantas otras injusticias que presenciamos habitualmente, son las
características de ese orden de cosas al que nos resistimos y que queremos
cambiar.
No confundimos la realidad de la
globalización del mundo, con la ideología que ha hegemonizado este proceso a un
altísimo costo.
La liberalización absoluta de las
economías, la desregulación, las privatizaciones, la reducción del estado y del
rol de la sociedad a su mínima expresión no son, como se pretende, realidades inexorables propias del fenómeno de
la globalización, sino una opción ideológica que no compartimos. El comercio
libre no ha existido más que como ideología. A nivel de la relación entre los
pueblos y naciones, se han perpetuado prácticas imperialistas, se ha
consolidado la existencia de una hegemonía militar en el nuevo contexto
unipolar post guerra fría, y persisten términos de intercambio y un
relacionamiento desigual entre países pobres y desarrollados.
Ante esta
realidad sostenemos que otro mundo es posible y que el desarrollo de las
fuerzas productivas y la creatividad humana puede y debe volcarse a favor de la
superación del estado actual de cosas. Otro puede y debe ser el rumbo y la orientación del proceso
de globalización mundial en curso, que minimice sus impactos negativos y
despliegue las enormes oportunidades que el actual desarrollo de la humanidad
ha alcanzado en beneficio de las grandes mayorías del planeta. .
Nuestros pueblos tienen ante sí la tarea
de gobernar la globalización. La mayor participación pública y de la sociedad
civil organizada en el proceso, la democratización de los organismos
internacionales, el desempeño los medios de comunicación, y la regulación de los procesos económicos desatados,
constituyen aspectos centrales de esa reorientación. Debemos impulsar
particularmente, la administración democrática del conocimiento, la información
y la cultura, y la implementación de
mecanismos reguladores del control de los flujos financieros como la
Tasa Tobin u otros aplicables a las transacciones al contado de divisas con el
objetivo de promover los movimiento de largo plazo y la inversión productiva
desalentando la especulación, y aumentar la autonomía de las políticas
económicas nacionales.
Las respuestas a las inequidades de la
globalización hegemonizada por el capital financiero y el pensamiento
neoliberal, y a las nuevas formas de la opresión y sujeción que suponen, deben ser nacionales, regionales y
mundiales. En ese sentido los movimientos progresistas del mundo deben asumir
el desafío de pensar y actuar local y globalmente a la vez, lo que supone la
necesidad de proyectar las políticas locales a los planos regional y mundial
articulando alianzas entre países con intereses comunes, y estrechando los
vínculos con quienes piensan igual a lo largo y ancho del planeta. La reciente
victoria de Sudáfrica y el movimiento social coordinado que lo respaldó frente
a las multinacionales del medicamento que querían impedirle la fabricación de
medicinas a bajo costo para enfrentar el SIDA, muestra uno de los caminos que
las luchas antiimperialistas pueden tomar en este milenio recién iniciado.
A nivel político partidario, debemos
practicar y fomentar la coordinación entre movimientos y partidos afines, y a
nivel social, vincular los esfuerzos desarrollados a nivel de la sociedad civil
en este sentido. Los acentos internacionalistas planteados por los movimientos
populares y socialistas desde su origen son un punto de apoyo desde dónde
avanzar en este campo. A su vez, a nivel particular, la experiencia del Foro de
San Pablo desarrollada desde 1990, y la del Foro Social Mundial lanzada en
enero de 2001, constituyen experiencias valiosas en esa dirección que nuestra
fuerza política ha alentado y asumido con responsabilidad, y en los que debemos
seguir avanzando porque aún resta mucho por hacer.
En las estrategias nacionales, adquiere singular
importancia la perspectiva de la integración regional, particularmente para los
países de menor desarrollo.
El proceso de interrelación de los
procesos económicos ha sido acompañado de otro de similar importancia: la
consolidación de grandes bloques regionales en torno a la principales potencias
económicas del globo, en América del Norte, el Sudeste Asiático y la Unión
Europea. Los procesos de integración en el resto de las regiones y países para
interactuar con ellos desde mejores condiciones de fuerza, resulta necesario y
políticamente conveniente.
Debemos enfrentar este mundo de bloques
con un relacionamiento basado en la cooperación y en la unidad de América
Latina, que permita un relacionamiento de nuevo tipo con los organismos
financieros internacionales como el Fondo Monetario Internacional y el Banco
Mundial, con las grandes transnacionales, y con la potencia hegemónica en la
región, con mayor paridad y sin condicionamientos ni intervencionismos. El Plan
Colombia es un claro ejemplo del modo de relacionamiento entre pueblos y países
que no compartimos, en tanto supone la intromisión en los asuntos internos de
un país hermano que vulnera su soberanía y compromete la seguridad e
independencia del conjunto del continente.
La integración de los pueblos
latinoamericanos ha sido y es un objetivo histórico fundamental para el Frente
Amplio. Concebida con la riqueza y amplitud que el concepto supone, trasciende
los acuerdos meramente comerciales con los que se ha pretendido identificar el
programa de integración en la región. La verdadera integración debe
incluir acuerdos comerciales pero no
limitarse a ello en el marco de un proyecto global de mayor aliento. Debe
incluir, la coordinación económica y financiera, la complementación productiva,
el intercambio tecnológico, la cooperación y el emprendimiento de proyectos
comunes de investigación científica, la coordinación de políticas de transporte
y comunicaciones, el encare de
problemáticas sociales comunes, y el desarrollo de la integración cultural de
nuestros pueblos.
En esta perspectiva el proyecto del
Mercosur emprendido en 1991 por nuestro país, que debiera representar una
oportunidad para el Uruguay y la región, aún no ha sido aprovechada en su
potencialidad debido a las orientaciones neoliberales que han prevalecido en
los gobiernos de sus países, lo que ha contribuido al franco deterioro de las
condiciones de vida en la región y ha reducido en los hechos el proyecto de
integración regional provocando su estrechamiento, de alguna manera expresado
en su propia denominación, en tanto nuestra región no es solamente un mercado
ni puede ser reducida a ello. El hecho de que el Mercosur sea una herramienta
imperfecta no invalida la integración en sí. Por el contrario, es necesario
replantear el Mercosur desde una perspectiva de izquierda. Impulsamos un
proyecto de integración regional económica, pero también social, política y
cultural, para lo cual resulta necesario desplegar nuevos esfuerzos para
establecer entendimientos y plataformas comunes con los movimientos
progresistas de la región, propiciar la institucionalización, la
democratización del proceso, y la mayor participación de la sociedad en él.
El ingreso mismo del país al Mercosur fue
objeto de un amplio debate al interior de la sociedad uruguaya, producto del
intercambio fecundo del conjunto de los actores políticos, y constituye una
apuesta estratégica asumida colectivamente por el país que ha significado
costos elevados para importantes sectores de uruguayos. Cualquier cambio de
esas definiciones o emprendimientos nuevos en materia de integración, deben
procesarse con los mayores niveles de transparencia y amplitud democrática
sobre la base de la defensa de los intereses nacionales; encarado sobre la base
de la igualdad y reciprocidad de los países, desde dentro del Mercosur , y sin
aceptar condicionamientos unilaterales que supongan la desprotección de nuestra
economía en beneficio de las más desarrolladas sin contrapartidas que
beneficien al país.
2. Un acuerdo social por el crecimiento
económico con progreso humano en un modelo de desarrollo sustentable.
Nunca antes como ahora la humanidad tuvo
tanta capacidad de innovarse ni dispuso de tanta riqueza, pero también nunca
antes ha sido tan grande la diferencia entre ricos y pobres, ni ha habido
tantas expresiones de fracturas y exclusiones sociales.
Solamente desde una perspectiva progresista
y de izquierda puede asumirse la responsabilidad histórica de elaborar e
impulsar un proyecto que, como alternativa al decadente fundamentalismo
conservador, revitalice el humanismo y ponga la economía al servicio de la
gente. Asumir en relación a ello la importancia del desarrollo económico, del
crecimiento, para lograr la superación de la calidad de vida de la población, y
la búsqueda de los caminos de diálogo y encuentro de la sociedad en torno a ese
objetivo, constituye un desafío fundamental.
La inmensa mayoría de los analistas
coinciden en que el impacto de las reformas estructurales de los noventa en
Uruguay, -inspiradas casi al pie de la letra en las recetas del Consenso de
Washington- se vio amortiguado, si se lo compara con el conjunto de la región.
Este desempeño de las políticas puede tener explicación en: las condiciones de
entorno externo favorable que vivió el país hasta 1998; y el vigor mostrado por
las organizaciones de la sociedad civil, que encontraron vías de acuerdos y de
movilización que frenaron los embates más fundamentalistas de la derecha. Para
dar sólo dos ejemplos: plebiscito contra la ley de empresas públicas de 1992 y
reforma constitucional sobre ajustes de pasividades de 1989. Esto muestra de
que si se plantean objetivos claros, de extendido impacto existe en nuestra
sociedad espacio para acuerdos que involucren a amplios y disímiles sectores.
La aplicación de las políticas dominantes,
-que además de sus contenidos económicos y sociales implican un modelo
institucional con signos autoritarios, no dialogante y de imposición unilateral
de resoluciones – que orientan los innegables cambios sociales, culturales y en
la base productiva, van generando fragmentación, crisis de representación y
legitimidad de las organizaciones sociales históricas, surgimiento de otras
nuevas, repliegue hacia lo individual y cuestionamientos a la efectividad de la
acción colectiva, así como surgimiento de nuevos emprendimientos sociales.
El retroceso del Estado, la
sobre-exposición a los choques externos, el desmantelamiento del aparato
productivo y la crisis de participación han ambientado el debilitamiento cada
vez mayor de las redes solidarias, de seguridad y equilibrio social. Se destaca
entre estos el fenómeno de la concentración de la pobreza en los sectores más
jóvenes de la sociedad lo que anuncia, de no ser abordado urgentemente, una
polarización de la sociedad uruguaya de imprevisibles consecuencias.
El acuerdo social tras un modelo de
desarrollo justo y con futuro implica dar cuenta de estos fenómenos, saber que
si bien el modelo de la derecha tiene todavía margen de aplicación, no puede dar más, a no ser aumentar la deuda
social y productiva. Se le agota cada vez más rápidamente la capacidad de
generar consensos activos en torno a sus políticas. La izquierda es la única
fuerza política que puede y quiere concretar el amplio acuerdo social que el
país necesita.
Los desafíos del crecimiento sustentable,
de la superación de las desigualdades, de la profundización democrática con el
fin de ampliar y profundizar la creación de ciudadanía deben ser recogidos por
un proyecto de país de amplio consenso, que al principios del nuevo milenio le
de a las grandes mayorías esperanzas, horizontes de realización individual y
colectiva; que permita la expresión de los más débiles, que escuche a las
organizaciones de trabajadores, de productores y empresarios con voluntad de
acuerdo. Desde nuestro punto de vista la construcción de este proyecto
nacional pasa por la convocatoria a un Acuerdo Social por el crecimiento
económico con progreso humano en un modelo de desarrollo sustentable.
La seña de identidad central del acuerdo
social planteado por el gobierno progresista tiene que ser la democratización,
el involucramiento de todos los sectores que apuestan al progreso y el
crecimiento con justicia. Hay que apostar a la potencialidad del rico tejido
social de organizaciones, asociaciones, gremios, sindicatos y cámaras. Se trata
de una convocatoria amplia, sin exclusiones, en la que cada sector deberá
contribuir a los objetivos planteados.
El acuerdo no elimina el conflicto sino
que debe generar una manera distinta de resolverlo y de búsqueda de síntesis,
que se debe realizar bajo el signo de la participación, del involucramiento y
del compromiso.
El proceso de diálogo y búsqueda de
acuerdos no se puede agotar en los temas económicos sino que tiene que incluir
a aquellos derechos sociales, políticos y culturales que construyen ciudadanía,
los que pueden dotar de sentido de desarrollo integral al crecimiento
productivo. De lo que se trata es de generar un modelo de crecimiento que
genere los consensos sociales que hoy no existen.
3. Por un
Estado activo y regulador a favor del interés común
Los derechos sociales y económicos de la
gente y el necesario desarrollo económico para su plena realización requieren
de la intervención pública sobre la economía para garantizar su vigencia. La
naturaleza, el rol y la gestión del Estado adquiere verdadero sentido en
relación a los objetivos perseguidos para una sociedad y por extensión para su
modelo económico en un momento determinado.
Las nuevas circunstancia de la situación
mundial y nacional suponen la necesidad de reflexionar sobre la relación
estado-mercado, redefinir su naturaleza y
su rol en nuestras sociedades, y encarar su transformación y reforma.
Pero ello debe hacerse, a diferencia de lo que sostiene el pensamiento
conservador, en función de objetivos claros que redunden en beneficio del
conjunto de la sociedad y en definitiva, en su superación y transformación en
una nueva sociedad que garantice el desarrollo pleno de los individuos en un
marco de justicia, de igualdad y de libertad. Es precisamente a partir de esa
nueva sociedad, de ese nuevo horizonte de valores según el cual queremos
organizar nuestra vida, que definimos qué Estado y qué servicios públicos
necesitamos y cómo gestionarlos, y en ello se fundamenta nuestra defensa de un
Estado que sea capaz de combinar eficiencia económica y redistribución social.
Vivimos en una sociedad donde el mercado
tiene un papel importante y debemos saber aprovechar para todos sus
oportunidades, pues la competencia en
el mercado es clave para que los ciudadanos puedan disponer de mercancías y
servicios mercantiles en cantidad, calidad y precios razonables. Pero el libre
funcionamiento del mercado no asegura que éste opere adecuadamente. Por eso
mismo, impulsamos un proceso de reforma reguladora del mercado que evite sus
frecuentes descompensaciones y efectos desigualitarios.
En nuestro proyecto el Estado y el mercado
no son incompatibles ni enemigos. Propugnamos un mejor Estado y un mejor
mercado. Ello supone un Estado concebido actor que opera en distintos
ámbitos articulando el conjunto de la sociedad. No hay contradicción Estado /
mercado, pues mientras el Estado es un actor que opera en distintos ámbitos, el
mercado es uno de esos ámbitos en lo que opera el Estado. Una de las funciones
centrales del Estado es evitar las prácticas monopólicas u oligopólicas que
muchas de las grandes empresas privadas producen en el mercado con el objetivo
de maximizar su ganancia o su poder, distorsionándolo o anulando los aspectos
beneficiosos para los consumidores,.
Vivimos en un mundo a su vez, donde se ha
desarrollado una nueva área de trabajo a nivel de la sociedad que no pertenece
a la órbita estatal ni a la de la empresa capitalista, sino a la del conjunto
de instituciones y emprendimientos sociales con fines públicos o privados y sin
fines de lucro, denominado “tercer sector”. Modalidad que en nuestro país se ha
expresado, con matices, en mutualistas, cooperativas, clubes deportivos,
Organizaciones No Gubernamentales (ONGs), fundaciones, proyectos auspiciados
por iglesias, etc. Este sector puede ser concebido como complementario del
Estado y de las instituciones regidas por la lógica de la ganancia empresarial,
razón por la cual el relacionamiento del Estado con esta área debe ser asumido
con creatividad desde una lógica progresista y transformadora. Cabe esperar
también que aparezcan otro tipo de movimientos sociales cuestionadores, como
frentes sociales de defensa de la tierra, del trabajo y de la producción
nacional, de defensa de la soberanía y las empresas del Estado; que también
pueden ser esenciales al desarrollo del proyecto democrático.
No revisar y adaptar el actual modelo
estatal a los nuevos tiempos es la mejor forma de condenar al Estado a una
lenta agonía. Asumimos el desafío de reformar el Estado, tanto por compromiso
ético como por nuestra convicción en la importancia de su rol como garantía de
cohesión social. La reforma del Estado no supone inexorablemente la reducción
genérica de su tamaño, transciende este aspecto; debe orientarse a desarrollar
un nuevo modelo de relacionamiento entre el sector público y la sociedad civil,
entre el sector público y los actores económicos, y entre el funcionario
público y el ciudadano.
Nuestro objetivo es lograr la conformación
de un Estado que vele por los derechos esenciales de la gente y reasigne
recursos para dar cumplimiento a los mismos; un Estado que gestione y controle
los sectores estratégicos de la nación; un Estado articulador, orientador,
coordinador de grupos e iniciativas, técnicamente capacitado para ejercer el
liderazgo en los emprendimientos colectivos así como para apoyar iniciativas
privadas que apuntalen el desarrollo económico y promoverla y orientarla en
aquellas áreas que no puede o decide no encarar en función de sus objetivos
prioritarias; un Estado regulador de la
actividad privada cuando la misma no contemple el bienestar general, el medio
ambiente o el patrimonio nacional. Un Estado que, en definitiva, controle las
áreas estratégicas vitales para el desarrollo del país, y oriente, promueva o
se asocie con el capital privado cuando sea necesario, en función del beneficio
del país y el objetivo superior de lograr la superación de la calidad de vida
de las grandes mayorías de la sociedad.
En ese sentido las empresas públicas
constituyen un patrimonio colectivo que debe ser preservado en función de todo
ello, gestionadas con eficacia, eficiencia, y con los niveles necesarios de
control que garanticen la necesaria transparencia al conjunto de los ciudadanos
que son, en definitiva, sus únicos “accionistas” legítimos.
Una sociedad integrada, que no deje “nadie
afuera” implica un compromiso de todos los actores. Implica un Estado
responsable, capaz de articular políticas públicas de integración social, de
orientación de la actividad productivas, de investigación e innovación. Un
Estado dinámico que gaste con objetivo de ayudar al desarrollo y que recaude
con justicia, con fines redistributivos e incentivando la producción. Un estado
capaz de llevar adelante políticas exteriores que defienda el lugar del país en
el mundo.
Un Estado que deje lugar al mercado, ayudando
con regulaciones transparentes a aquellos sectores más débiles como las
pequeñas y medianas empresas urbanas y rurales, habilitando la competencia real
que hoy impiden la prácticas oligopólicas y monopólicas. Hay que generar reglas
que permitan el desarrollo del sector social de la economía, incentivando a
partir de políticas crediticias, comerciales, tributarias y de capacitación los
emprendimientos de carácter asociativo.
Nuestro país cuenta con un
sector cooperativo muy desarrollado, con capacidad de propuesta y
variadas experiencias asociativas que es fundamental que cuenten con un marco
institucional que propicie su desarrollo. Un Estado que promueva la eficiencia
y el compromiso de sus funcionarios públicos, cambiando la práctica clientelística
para el ingreso y el ascenso; recuperando la carrera administrativa que vincule
el ascenso al desempeño y no al tiempo transcurrido en el cargo o al favor del
jerarca de turno; recuperando el concepto de “servidor público” que, sobre la
base de un salario digno, y la participación en la planificación, ejecución y
control de las tareas en la medida de la especificidad de cada una, comprometa
a los funcionarios en el desempeño de su tarea al servicio del pueblo, que es
quien en última instancia los contrata.
Debemos enfrentar al burocratismo, al
corporativismo, y a la corrupción que tanto daño le ha hecho al funcionamiento
del Estado y a la sociedad en su conjunto.
No hay que olvidar que durante años
nuestro Estado se fue hipertrofiando, porque el manejo de su dirección se
transformó en causa propia. Los directores trataron de perpetuarse en la
dirección de las empresas y se practicó amiguismo y clientelismo, camino por la
cual se fue burocratizando el Estado, lo que no fue cuestión de personas sino
cuestión de historia y de marco global. Ese marco global, también involucró a
los trabajadores, y ayudó a que se erosionara el valor moral del trabajo y de
los trabajadores.
La burocracia no es de derecha ni de
izquierda, puede tener los dos rostros y ambos están prohijados por la humana tendencia al menor esfuerzo.
La burocracia necesita poder y tranquilidad: la democracia formal le sirve, la
democracia real no pues el burócrata siempre trata de atesorar información y
canales logrando aparecer como imprescindible. Todos podemos terminar como
burócratas si no nos purifica el huracán de la democracia real, el juicio
colectivo y permanente de los compañeros y los ciudadanos. Pero esto no existe,
debe ser rescatado con la lucha y con la actualización ideológica; significa
“meterse en la gestión”, en la participación, en el rescate de un ética del
trabajo y del trabajador, y en el papel de múltiples funciones del Estado.
4. Educación,
tecnología y empleo como clave del desarrollo
Una de las características más
sobresalientes de la realidad a la que nos enfrentamos es la importancia que ha
adquirido la capacidad de innovación y el saber en el mundo contemporáneo.
Vivimos en la “sociedad del conocimiento” con las oportunidades y los desafíos
que ello supone.
La globalización económica y el nuevo
entorno tecnológico han alterado radicalmente el propio concepto de trabajo,
las formas de producción, y ha provocado cambios profundos en la estructura ocupacional.
A su vez, el desarrollo científico y técnico ha adquirido una relevancia
estratégica y tiene implicancia concreta en la conformación de las relaciones
de poder en el mundo y en las sociedades.
Ahora como nunca el conocimiento y la información son poder. Ello
explica el importante crecimiento de la inversión en investigación científica y
desarrollo producido en las últimas décadas del siglo XX en los países
desarrollados, encarado a nivel privado por las empresas y a nivel público por
los Estados. La capacidad de innovación adquiere una importancia creciente en
las sociedades y en las economías por su fuerte impacto productivo e incidencia
en los aspectos cultural y social. Por tanto en la actualidad, la consistencia
del desarrollo económico y la prosperidad de los países está cada vez más
ligado a su desarrollo tecnológico, y a la posesión de sistemas educativos
fuertes y sistemas de comunicaciones modernos y potentes.
En esta perspectiva resulta indispensable
tanto el despliegue de políticas activas en investigación y educación y
desarrollo a nivel nacional, como la superación de las enormes diferencias en
el acceso y la distribución que en este plano existe entre países y regiones
del mundo con importantes consecuencias de dominación y subordinación. La
socialización del saber constituye una reivindicación central en el programa de
la izquierda en el siglo XXI. Es condición elemental para la democratización
indispensable de la sociedad del conocimiento.
La inteligencia humana y el conocimiento
son en última instancia las claves determinantes de todo progreso. Por ello,
promovemos una fuerte apuesta a la educación en todos sus niveles como espacio
fundamental para la enseñanza, el desarrollo, la consolidación y la elaboración
colectiva de los principios éticos aplicables a toda la actividad humana.
Hoy más que nunca importa que los jóvenes
aprendan y obtengan capacidades que les
habilite su desempeño laboral; pero resulta fundamental además, que desarrollen
un espíritu crítico y solidario que los prepare para el pleno ejercicio de sus
derechos, sus responsabilidades ciudadanas, y para hacer frente a los nuevos
desafíos que un mundo en permanente transformación les depara.
El peso de la educación, la investigación
y el avance que la tecnología ha adquirido, han transformado el mundo del
trabajo y nos plantean el desafío de eliminar las dificultades y potenciar la
oportunidades que ello representa para los trabajadores. El Uruguay no es ajeno
a esas transformaciones que se manifiestan en una peligrosa dualidad: mientras
algunos sectores trabajan, producen y consumen como nunca, otros parecen ser
productiva y socialmente excluidos para siempre, aún también de la posibilidad
de trabajar, o ven afectados su ingresos y beneficios sociales. Asumir esta
realidad para modificarla es y será parte medular de nuestro compromiso
fundamental.
En este marco la educación ocupa un lugar
clave y un papel que debe ser privilegiando. Reafirmamos la importancia que la
educación ha tenido y debe tener en la sociedad y como necesidad vital para los
individuos, en tanto proceso de adaptación e incidencia en el medio físico y
social y como forma de aprovechar el mejor y principal recurso que siempre será
el recurso humano.
La educación debe ser un proceso
permanente, porque la sociedad implica relaciones muy diversas, complejas y
cambiantes y porque el nivel de conocimientos y técnicas requeridas se
acrecienta en la actualidad. Tenemos un sistema educativo de historia muy
prestigiosa pero que ha sido devaluado por sucesivos gobiernos conservadores al
punto de que en la actualidad no se ajusta a las necesidades nacionales. Por
tanto queremos un sistema educativo que responda a las necesidades de nuestro
pueblo.
Los principios consagrados históricamente
en las bases programáticas del Frente Amplio en cuanto a laicidad,
obligatoriedad, gratuidad, autonomía, participación, asistencialidad, que deben
servir de base a la Educación Pública, forman el núcleo principal de la
profunda transformación del sistema que promovemos, garantizando así el derecho
fundamental de los seres humanos a la educación. El Estado debe ser el
responsable principal de la educación permanente de la comunidad, asumir sus
compromisos ineludibles en esa área, con la preocupación fundamental de que la
enseñanza pública en todos los niveles sea de la más alta calidad y no una
enseñanza inferior destinada a los sectores carenciados de la sociedad.
El sistema educativo debe procurar
recuperar el sentido de identidad nacional. Las transformaciones requeridas en
tanto manifestación y práctica de la vida social, se deberán llevar adelante
con el protagonismo del conjunto de la sociedad, especialmente de los docentes
y de todos los sectores vinculados a la educación, tomando como referencia la
amplia elaboración aportada a lo largo de los años.
La acción educacional que llevan a cabo
los organismos públicos tiende en nuestro proyecto, a desarrollar en los
educandos la capacidad para vivir en un mundo cambiante, dinámico, con
aceleradas transformaciones culturales (técnicas, ideológicas, políticas)
incidiendo en ese mundo con creatividad y responsabilidad, siendo capaces tanto
de promover cambios como de resistirlos cuando éstos afecten los valores esenciales (aquellos que hacen a
la solidaridad, la libertad, la cooperación, el respeto a la individualidad)
promoviendo una nueva ética de relacionamiento social basada en el respeto a la
diversidad cultural, étnica y de género. El sistema educativo propenderá a
eliminar las discriminaciones por razones de raza, género o condición social
para que los resultados sean realmente justos. La noción de cultura productora
será una guía firme de la enseñanza pública; ella implicará que todos sus
educandos aprendan a trabajar pensando y a pensar trabajando.
5.
Profundización de la democracia y de la ciudadanía
La profundización y la extensión de la
democracia configuran en sí mismas un objetivo fundamental para la izquierda.
La defensa de las instituciones democráticas y de los derechos que implica ha
sido y es parte esencial de nuestra propuesta, tal como ha mostrado la historia
reciente con el esfuerzo y el sacrificio que miles de frenteamplistas brindaron
para obtener su recuperación y consolidación. El sufragio universal, el
pluripartidismo, las libertades de expresión, reunión y asociación; las
garantías de los derechos humanos; el estado de derecho, el gobierno de las
mayorías y el control de las minorías, han sido sostenidas a lo largo de toda
nuestra vida política.
Para la profundización del sistema
democrático, constituyen pilares fundamentales: la ampliación de los canales de
participación y los mecanismos de incidencia efectiva de los ciudadanos
descentralizando el poder; la mayor democratización de los medios de
comunicación masivos, garantizando el acceso efectivo a todos los sectores e
individuos que quieran utilizarlos para expresar sus ideas, y no sólo a
aquellos que tienen poder de compra de los espacios o los medios; la
democratización de la economía, entendida como la búsqueda de una mayor
igualdad en la distribución de la riqueza y en el poder de decisión que ello
implica.
El desarrollo de los medios de producción
de hoy en día, permite eliminar sin mayores dificultades las situaciones más
extremas de pobreza y exclusión social a nivel mundial; la democratización del
conocimiento mediante el derecho a acceder a un mayor número de años de
educación a todos los individuos, y la limitación de los derechos de propiedad
intelectual individual de acuerdo a normas de uso colectivo y a un período de
tiempo limitado.
También puede y debe procurarse la
transparencia financiera de los partidos políticos a través de la publicación
periódica de sus ingresos y egresos, detallando sus gastos en publicidad, y la
prohibición de las donaciones anónimas altas. A su vez, el control de los actos
del Estado no sólo en cuanto a su forma o legalidad, sino también en cuanto a
su contenido, así como el establecimiento del derecho de acceso a sus
expedientes: “habeas data”.
Reivindicamos la política como el ámbito de resolución de los asuntos públicos
que conciernen a la sociedad en su conjunto, como espacio de acción colectiva y
de servicio. Quienes detentan mayor poder económico y el poder político
desde un punto de vista conservador, devalúan la política como campo de acción
e incentivan la despolitización de la sociedad, porque ello les permite
afirmarse en su poder.
Asumimos la ciudadanía como objeto y
sujeto de la acción política. En esa doble condición debemos fortalecerla renovando las
bases democráticas de la sociedad y promoviendo mecanismos que acerquen más la
política a la gente; que permitan su mayor protagonismo en forma
organizada e individual.
En ese marco, las formas de garantizar el
pleno ejercicio de los derechos, el contrapeso de los poderes, tanto los
clásicos como el de los medios de comunicación, así como la transparencia de
todo acto que incida sobre la ciudadanía y, especialmente, la mejora de los
mecanismos de representación y participación popular, merecen una atención
jerarquizada de nuestra parte. En las políticas de izquierda del mundo actual cobran cada vez mayor
importancia las políticas fundadas en el ejercicio de los derechos de los
ciudadanos en tanto que tales, protagonizados en forma individual o colectiva;
desde las audiencias públicas por problemas ambientales u otros, a los boicots
de los consumidores, la llamada “desobediencia civil” en distintas cuestiones,
y las experiencias más innovadoras en materia de reclamos de acceso a la
información o de protección frente a la burocracia, la lucha contra la discriminación
por sexo, raza u orientación sexual.
Promovemos la descentralización y la
jerarquización adecuada del ámbito local en tanto expresión cercana y directa
de lo que es la sociedad civil. La acción municipal, por su proximidad a los
ciudadanos, es tal vez el campo más fértil para el desarrollo de una acción
política innovadora, transparente y progresista. Un campo en el que hemos hecho
mucho y en el que aún tenemos mucho más por hacer. Sobretodo en el campo de
seguir transfiriendo capacidad de decisión a los trabajadores y a la comunidad.
Es imprescindible encarar con más fuerza
la articulación entre el gobierno, los trabajadores y la comunidad; tanto en el
plano departamental como en el ámbito nacional. Es impensable el gobierno
progresista si no se jerarquiza la posibilidad de que los trabajadores aporten
cada vez más en el plano de la gestión de las empresas del Estado; así como la
necesidad de aumentar la capacidad de decisión de los usuarios. Todo lo cual ,
sin embargo, debe ir de la mano de la necesario recuperación de los mejores
valores éticos del trabajo y de los trabajadores, del aumento de los principios
de solidaridad y responsabilidad del trabajo; el respeto real a los fueros
sindicales sin transformarlos en privilegio de los dirigentes o en
posibilidades para la utilización individual al margen de las necesidades
colectivas. A la hora de la actualización ideológica, los frenteamplistas sentimos
el imperativo moral de recuperar las mejores tradiciones de los compañeros que
nos antecedieron, y que el auge de las ideas neoliberales dificulta concretar.
6. El trabajo en todas sus formas, columna
vertebral de nuestro proyecto
Nuestro proyecto político reconoce en el
trabajo su principal referencia. El valor de la creación productiva, del
esfuerzo innovador, son insustituibles no como componentes del crecimiento
económico sino como cimientos de un modelo de desarrollo integral. Construir
una sociedad en la que el trabajo, en sus múltiples expresiones, sea la
principal preocupación colectiva es nuestro gran desafío.
El trabajo estuvo en el origen del ser
humano, es la base de la organización social y por lo tanto en la base del
desarrollo de las sociedades. La historia de la sociedad es la historia de la
organización del trabajo, así como la historia de las concepciones políticas es
la historia de cómo se organizan los pueblos para trabajar.
No ha habido desarrollo del valor
creciente del individuo y del ser social al margen de la historia de la
organización del trabajo. El papel cada vez más importante del individuo en la
historia del desarrollo de las sociedades está íntimamente ligado al aumento de
la dignidad del trabajo y, al mismo tiempo, de la dignidad de los trabajadores.
Las ideas de libertad, democracia y
participación estuvieron siempre unidas a la forma y al papel que le cupo a
hombres y mujeres en la organización del trabajo.
El trabajo, en definitiva, es un valor
sobre el que se levantaron todos los demás valores. Y por esta razón, está en
la base de las tareas del Frente Amplio tendientes al rescate y la
actualización de los valores ideológicos sobre los que se asentó toda su
práctica, desde sus orígenes y sus antecedentes a la actualidad y los
tiempos de cambio y de transformaciones
que se avecinan y que protagonizarán los frenteamplistas para realzar el
destino de los orientales.
Ello va unido, indudablemente, a la lucha por seguir enalteciendo el valor del
trabajo y la dignidad de los trabajadores.
En la época actual porcentajes importantes
de nuestra población son condenados a vivir sin trabajo, sin seguridad social o
sin ingreso suficiente para sus necesidades vitales y las de su familia. La primacía absoluta del capital sobre el
trabajo, y en particular del capital especulativo sobre el capital productivo,
nos parece absolutamente irracional y antihumana. La legislación laboral debe
ser actualizada de acuerdo con las realidades económicas y sociales de nuestro
tiempo y en tal sentido se requieren urgentemente normas revitalizadas sobre
consejos de salarios, convenios colectivos, fuero sindical, seguros, estímulo a
la sindicalización y protección a los trabajadores no organizados.
La creación de fuentes de trabajo estable
y con salario digno es la prioridad absoluta y solamente es posible con un
apoyo sistemático y sostenido al sector productivo básico que es el único que
puede crearlos en las cantidades que se requieren.
La seguridad social que cubre necesidades
vitales del ser humano desde el nacimiento hasta la muerte, debe ser
proporcional a las necesidades de los distintos sectores de la sociedad y no
puede ser objeto de negocio ni de especulación por parte de empresas privadas.
La participación de los trabajadores
organizados en la dirección de las empresas e instituciones del Estado es una
garantía de eficiencia y contralor que ha probado ser socialmente muy
conveniente. Consideramos que los sindicatos han sido el instrumento principal
que han tenido los trabajadores en la larga y difícil lucha por sus derechos y,
en particular, creemos que la constitución de la central única es el mayor
logro en la historia laboral de nuestro país y de la región.
La lucha por un país productivo y
solidario está en el centro del esfuerzo de los frenteamplistas y ello está
indisolublemente ligado a la lucha por el trabajo y por una nueva organización
del trabajo. El Frente Amplio ha tratado y trata de ser la organización que
expresa al más amplio espectro de trabajadores y de gente vinculada al trabajo:
trabajadores manuales e intelectuales, asalariados, propietarios y vinculados a
la producción familiar, administrativos y profesionales universitarios, los que
están en actividad y los que se han jubilado, formales e informales, del campo
y la ciudad, de la industria y del comercio... El Frente Amplio trata de
expresar a todos los orientales que, de una forma u otra están o estuvieron
vinculados al mundo del trabajo y que forman la inmensa mayoría de la
población.
El principal objetivo del Frente Amplio es
la construcción de una nueva organización del trabajo, sobre bases solidarias y
en las que se resalte la cooperación y la exaltación de las relaciones de
iguales entre sus iguales, pues de lo que se trata es de darle un lugar en la
nueva sociedad a todos los que de una forma u otra, ahora o en los tiempos por
venir, están dispuestos a encontrar nuevas formas de relación con el trabajo,
con la producción y el intercambio, con el comercio y con las profesiones
universitarias.
El pleno ejercicio del derecho al trabajo
y su dignidad para el desarrollo integral del ser humano, para su liberación de
las necesidades materiales básicas y el ejercicio del derecho al descanso y el
disfrute del tiempo libre, constituye un objetivo central de nuestro proyecto y
motivo permanente de nuestro trabajo.
7. El combate
de la pobreza como compromiso ético y desafío prioritario
La pobreza es el problema número uno de la
sociedad contemporánea. Siempre hubo desigualdades en la sociedad humana, pero
nunca han sido tan aberrantes como las que se dan hoy entre ricos y pobres,
tanto a nivel mundial como a nivel nacional. Se ha desarrollado el fenómeno de
la exclusión social como realidad que castiga a un numero creciente de
personas.
En nuestro país, como agravante, la
pobreza afecta fundamentalmente a los niños y por tanto al futuro de la
sociedad. Descuidarla ahora no implica solamente traumatizar el presente sino
también y más aún comprometer el porvenir. Un futuro ya comprometido por la
creciente emigración de jóvenes uruguayos que buscan fuera de frontera las
oportunidades que aquí no se dan.
Se pueden utilizar varios criterios para
cuantificar la pobreza. Todo ellos registran su dramático crecimiento de la
misma. En todos los casos la pobreza implica grandes desigualdades, ingresos
insuficientes, carencias vitales de alimentación, salud, educación, vivienda,
seguridad social y condiciones de vida digna, deterioro biológico, psíquico,
social y ambiental y algún grado de marginación o exclusión social.
La pobreza tiene su origen en la estructura
de un sistema económico y social esencialmente injusto y por tanto los
encares parciales son insuficientes y
solamente un enfoque integral y
participativo puede ser eficaz.
El necesario enfoque integral para
enfrentarla supone combinar políticas de empleo y de ingreso, de distribución
de la riqueza, la inversión compensatoria en los servicios públicos básicos,
participación popular y democratización de la sociedad. Además de integral, el
enfoque de la pobreza debe ser diferencial. Se deben corregir las tremendas
desigualdades de hoy y para ello es imprescindible un tratamiento preferencial
para los sectores más carenciados, por lo menos en lo que respecta a las
necesidades vitales de salud, educación y seguridad social. En el Uruguay de
hoy esos tres sistemas -necesarios
para el ser humano desde su nacimiento hasta su muerte- son inversamente
proporcionales a las necesidades de la gente. Los que necesitan más de la
salud, de la educación y de la seguridad social son los que tienen menos y
peores servicios. Y por tanto es absolutamente prioritario, modificarlos para
que sean directamente proporcionales a dichas necesidades.
Solucionar el problema de la pobreza
requiere también un enfoque participativo que involucre no solamente a los
afectados por el problema sino a toda la sociedad en su conjunto. La pobreza no
tiene un origen individual sino social, y no es solamente una cuestión
económica, sino también una cuestión social, cultural, ecológica y hasta moral.
Supone sin duda también, implementar junto al conjunto de modificaciones
económicas que impulsamos, cambios radicales en el sistema impositivo de modo
de que no se grave a todos por igual, sino que pague más quien tiene más, y
pueda encararse las medidas necesarias para enfrentar y erradicar la pobreza.
El principio básico de justicia que
inspira toda la política social progresista y especialmente el tratamiento de
este problema, no es otro que el gran principio rector de la revolución
artiguista: “¡Que los más infelices sean los más privilegiados!”
8. El Frente
Amplio: una fuerza política al servicio
de los uruguayos
El Frente Amplio es una fuerza política profundamente arraigada en el colectivo
social, una herramienta de cambio y para los cambios progresistas al servicio
del pueblo uruguayo. No nos conformamos con administrar el futuro sino que
pretendemos liderarlo, construirlo colectivamente, entre todos, aportando
nuestros valores, principios, experiencias y esperanzas como contribución a la
superación de la sociedad uruguaya y el mejoramiento del país.
Una fuerza política esencialmente
pluralista en que
confluyen organizaciones y personas progresistas de distintos orígenes
filosóficos, ideológicos y sociales, convencidos de la necesidad de promover e
instrumentar cambios en la sociedad uruguaya que mejoren la vida de sus gente,
recogiendo de la tradición y del ideario artiguista buena parte de su propuesta
y su vocación de lucha transformadora.
Una fuerza política unitaria. La unidad sin exclusiones de la
izquierda en torno a un programa y la construcción de una estructura para el
trabajo común en función del objetivo compartido, es una experiencia histórica
destacada y la razón última del crecimiento y el protagonismo adquirido por el
Frente Amplio en el Uruguay a lo largo de sus treinta años de historia. La
unidad en la diversidad ha sido un pilar fundamental en su desarrollo.
Una fuerza política con experiencia y
vocación de gobierno al servicio de los cambios. A partir de 1989 la ciudadanía nos
confió el gobierno municipal en la capital del país; responsabilidad y
distinción refrendada consecutivamente en los próximos actos electorales por un
número creciente de montevideanos. Así lo quiso en el año 1989 el 34 %, en el
año 1994 el 44%, y en el año 2000 el 58% de los ciudadanos montevideanos.
El Frente Amplio al frente de la
Intendencia Municipal de Montevideo ha demostrado a lo largo de una década de
que hay otra forma de gobernar. Se ha transformado radicalmente el departamento
a través de la implementación de tres líneas rectoras del programa presentado a
la ciudadanía: la descentralización política y administrativa abriendo la
participación social y política a los montevideanos con la intención manifiesta
de compartir el poder con la sociedad y acercar la gestión pública al
ciudadano; la implementación de un plan
ambicioso de políticas sociales dirigidas a aquellos sectores que más lo necesitan
con protagonismo de la población involucrada y articulando la experiencia
acumulada en la sociedad sobre el enfoque integral de las mismas; y la
aplicación de un plan de obras de fuerte impacto en la calidad de vida de los
montevideanos, dentro del cual se destaca la extensión del servicio de
saneamiento a prácticamente la mitad de la población del departamento que
carecía de este servicio de salubridad e higiene ambiental básico. Junto a ello
se ha impulsado: la justicia tributaria; la revalorización del espacio público;
las políticas de viviendas con oferta de predios para su construcción
mayoritariamente por la modalidad cooperativa; la preservación ambiental; el
apoyo a la producción en el Montevideo Rural y el Mercado Modelo; la reforma de la gestión municipal a través
de su informatización y nuevas modalidades de gestión de los recursos humanos y
materiales; la cooperación internacional y la apuesta al desarrollo cultural y
a la construcción de un imaginario colectivo de contenido progresista.
Hemos demostrado en los hechos que hay
otra manera de hacer política y de gobernar. El ejercicio del diálogo y la
articulación de las diversas realidades e intereses en beneficio del interés
general, así como la transparencia en la gestión del manejo de recursos,
diversos mecanismos de control institucional y social, y la elaboración
participativa del presupuesto; son señas de identidad de su experiencia de
gobierno, que se diferencia claramente de los estilos de gobiernos practicados
con anterioridad en el país.
El Frente Amplio es en definitiva una
fuerza política que encarna una esperanza. Expresa el anhelo creciente de los uruguayos por
construir un país más justo y solidario con oportunidades para todos.
Es por eso una fuerza política
profundamente progresista y democrática, pacífica y pacificadora, que convoca a
recorrer juntos, el camino del cambio a la uruguaya y la transformación
nacional.
9. Una causa común para todos los progresistas
uruguayos :un mejor país para un nuevo
siglo.
Somos una fuerza joven y como tal tenemos más sueños que recuerdos. Queremos
hacer realidad nuestros sueños y sabemos que ello sólo será posible sobre bases
de amplios y sólidos consensos políticos
pues hay una mayoría social que cree que es posible un Uruguay mejor y
que vale la pena trabajar para construirlo.
Paradójicamente, la aplicación dogmática
del modelo neoliberal conservador y los gravísimos niveles de deterioro que han
provocado en la estructura económica y social del Uruguay, han generado las
condiciones para la concreción de acuerdos amplios para su derrota y
superación. Ha crecido drásticamente el número de uruguayos afectados por la
pobreza que a su vez afecta con más fuerza a jóvenes y niños.
Los trabajadores han sumado al problema de
la reducción de sus ingresos, del salario real, problemas nuevos como el
subempleo, el empleo precario sin prestaciones sociales básicas, y el
crecimiento a niveles históricos del desempleo como problema central de nuestro
tiempo. Las capas medias vinculadas a la industria, las actividades del sector
público y la educación, se han debilitado enormemente. La desarticulación del
aparato productivo del país, la crisis por la que atraviesa el agro. la
industria y el comercio, han aumentado los sectores sociales desconformes con
las políticas aplicadas durante los últimos años. Las políticas aplicadas en
desmedro del desarrollo del conocimiento y la investigación científica, han
perjudicado a los sectores de intelectuales y profesionales de la educación. Al
mismo tiempo, la carencia de políticas que afronten la superación de esos
aspectos y de las nuevas problemáticas vinculadas a la ecología y el deterioro
del medio ambiente, la discriminación de género, étnica o sexual, los perjuicios
que afectan a los consumidores, etc., han generado el surgimiento de nuevos
actores en la sociedad civil que se nuclean en organizaciones no
gubernamentales y de distinto tipo demandando soluciones y acciones concertadas
ante esta realidad.
El gran desafío es concretar la expresión
política de la creciente voluntad de cambio en nuestra sociedad en torno a un
programa de transformaciones.
Creemos en la necesidad de agrupar a todos
los progresistas uruguayos en torno a esa causa común. La construcción del
Encuentro Progresista como alternativa real, conformado por la confluencia de
personas y sectores provenientes de las diversas tradiciones políticas e
ideológicas del país, constituye una experiencia realmente en este sentido, y
un camino por donde caminar.
La unidad de todos los sectores
progresistas de nuestra sociedad en torno a un programa común para cambiar el
país a favor del pueblo es la mayor conquista política de la izquierda uruguaya
y un avance revolucionario hacia los cambios.
Esa unidad política en el marco de un pluralismo democrático a
la interna y a la externa, por encima de ideologías y tradiciones, se articula
en torno a los ejes programáticos prioritarios definidos claramente en el
Otro Programa presentado a la ciudadanía en el marco de la campaña
electoral de 1999:
· la Justicia Social, a través del desarrollo de políticas
sociales integradas, de salud, educación, vivienda y seguridad social, con el
objetivo de corregir las gravísimas e intolerables desigualdades de nuestra
sociedad.
· el País Productivo, mediante la
implementación de políticas económicas (tributos, producción, comercio,
inversión, investigación y tecnología) dirigidas hacia el objetivo de apoyar al
sector productivo a fin de crear
fuentes de trabajo estables.
· la Democratización de la Sociedad y del
Estado, con políticas hacia la cultura, seguridad, comunicaciones, medio
ambiente, gestión estatal, que profundicen la democracia dentro del país con la
mayor participación popular, y la política internacional orientada hacia la
consecución de un orden mundial más justo.
Convocamos a la
unidad de los progresistas en base a un programa de cambios cada vez más
necesario para el país y su gente, desde nuestra experiencia de trabajo junto a
los uruguayos para ello, y en torno al compromiso con los valores esenciales de
la justicia, la libertad la solidaridad y la búsqueda del progreso de nuestra
gente.
Estamos convencidos de que otro mundo es posible y
de la necesidad de la unión de todos los progresistas para lograr un mejor país
para el nuevo siglo.