La gran prueba
Por Luis Bilbao
A la memoria
de Néstor Galina, que presidió el Primer y Segundo Encuentros de los comunistas
consciente de la enfermedad que lo acosaba. Lo recordaremos siempre en su vibrante
discurso de apertura y luego, en la clausura, con el puño en alto cantando La
Internacional al frente de un aguerrido contingente de cuadros revolucionarios
dispuestos a recomponer las fuerzas marxistas.
Argentina ingresa de lleno en una fase de realineamiento a gran
escala de fuerzas sociales y políticas. Hay instantes de la vida social y la
lucha política en los que se juega mucho más de lo que comprenden incluso sus
más enérgicos protagonistas. Son esos momentos en los que las fuerzas que
trazan el curso de la historia definen un rumbo, sea cual sea su signo, hacia
el cual se encaminarán durante todo el tiempo que demande agotar las causas que
lo determinaron. Y es en ese punto de definición donde el factor subjetivo (los
partidos, eventuales personalidades relevantes con prescindencia incluso de sus
cualidades) juega un papel principal y hasta concluyente. Eso es lo que ocurre
en Argentina a partir del nuevo año, comienzo además del primer siglo del
tercer milenio.
Los fundamentos de esta afirmación están a la vista: al cabo de
un año en el gobierno la Alianza ha agotado la expectativa generada en los
sectores sociales que antes habían confiado en el Frepaso y que, a través de
éste, sacaron a la UCR de la tumba y la reubicaron en el poder. Este factor
condiciona de manera decisiva el cuadro actual y las perspectivas futuras,
aunque el componente determinante continúa siendo que la burguesía mantiene
incólume la iniciativa política. Mientras tanto la clase obrera continúa en
estado de disgregación y parálisis, resultante de la imposibilidad de afirmarse
como clase consciente tras un objetivo político cuando completó su ruptura
histórica con el peronismo.
En esto último pesaron causas de orden histórico e internacional
que excedieron largamente las responsabilidades y posibilidades de las
organizaciones y cuadros revolucionarios actuantes en el último tercio del
siglo XX. Sin embargo, el decurso conocido no era fatal. No tiene sentido
sumergirse en debates sobre “lo que hubiera ocurrido si...”, (actitud que
ciertos autores, muy a tono con los tiempos, han intentado transformar en nueva
disciplina a la que denominan historia contrafactual). Las
lamentaciones respecto del pasado -para no hablar de quienes explican el
devenir social por la traición de tal o cual dirigente- son una forma de
la deserción respecto de las exigencias actuales y futuras. Esto no habilita
para negarse a pesar y medir con el máximo rigor la conducta pasada de partidos
e individuos y el papel de las concepciones defendidas por cada uno. El
panorama actual es también resultante de la conducta de cuadros y
organizaciones que desde las filas de la clase obrera actuaron en el escenario
de la crisis. Y por lo mismo el futuro depende en buena medida de la superación
de tales práctica y de las teorías que las sustentaron.
Nada más revelador de una situación de decadencia que la
perpetuación de figuras con mando en aparatos que han sido responsables de
políticas con resultados calamitosos para las masas y sus vanguardias. Salir
del pantano actual implica un corte con el pasado, que como todo fenómeno
histórico, mantendrá necesariamente líneas de continuidad. Ese hondo tajo
trazará un antes y un después para organizaciones e individuos. Será el punto
de partida de una situación revolucionaria. Hasta entonces, la crisis -que en
cualquier hipótesis no puede sino profundizarse- sólo ahondará la decadencia en
todos los terrenos. La historia de las revoluciones es inequívoca al respecto.
Y aquí también la Revolución Rusa oficia como paradigma: la insurrección victoriosa
de 1917 tiene su punto de apoyo en la demolición teórica y política de los
populistas a manos de los marxistas, la victoria del socialismo científico
contra el empirismo y el eclecticismo. Con su novela Los Poseídos (o Los
Demonios, según la traducción) el gran escritor ruso Fedor Dostoievsky pintó de
manera magistral y despiadada el fin de los populistas rusos de entonces; el
devastador proceso de degradación humana al que se vieron arrastrados los
hombres y mujeres que militaron en esa causa antizarista. Dostoievsky no
registró la causa que permitió la negación dialéctica de ese momento histórico:
la aparición del grupo de marxistas que educaría una nueva generación de
revolucionarios y conduciría la revolución victoriosa.
Cabe citar a quien es reconocido como punto de partida de aquella
recomposición y por ello llamado “padre del marxismo ruso”, J. V. Plejanov (e
invitar a leer su obra filosófica, de la cual se extrae la siguiente frase):
“El marxismo representa una visión universal completa y
rigurosamente materialista y quien pierde de vista su universalidad (...) se
arriesga a una deficiente comprensión incluso de aquellos aspectos particulares
de sus enseñanzas que por una razón u otra atraigan su atención (...) Una
visión universal completa se diferencia de una ecléctica en que cada uno de sus
aspectos se relaciona inmediatamente con todos los demás, y, por consiguiente,
no se puede eliminar uno de ellos y sustituirlo por otro extraído
arbitrariamente de una visión universal distinta”.
El eclecticismo es -desde hace mucho y no sólo en Argentina- el
punto de apoyo de individuos y organizaciones que recurren a él por diferentes
razones y con diferentes objetivos. Unos -los más nobles- para recubrir con
formulaciones generales de tono teórico posiciones que defienden por
convicciones ajenas a la interpretación científica de la realidad social y el
curso de la revolución. Otros, sobre todo hallables en ámbitos académicos, para
situarse en el punto justo que permite ubicarse como crítico radical sin transponer
la frontera del sistema. Una tercera categoría apila conceptos con el mismo
criterio que el gerente de un supermercado ordena la exposición de sus
mercancías: delante lo que vende mejor... (Por esas punzantes ironías de la
historia de las que tan brillantemente dio cuenta Isaac Deutscher, a la
poderosa figura de Antonio Gramsci le ha tocado ser manipulada para servir a la
vez a dirigentes improvisados, profesores asépticos y gerentes sin escrúpulos).
Esto viene a cuento porque, aunque a algunos militantes pueda
parecerle una paradoja insoportable, la precipitación de la crisis y el inicio
de una coyuntura en la que se resolverán líneas de acción con trascendencia
histórica, lejos de exigir la “unidad de izquierda”, plantea justamente lo
contrario: unidad de los trabajadores y los sectores más amplios de la
población (conjunto social que en Argentina no es de izquierda sino por
excepción) dispuestos a movilizarse frente a la crisis; y drástica delimitación
frente a las expresiones intelectuales o políticas del eclecticismo con verba revolucionaria.
Hacia un período de movilizaciones de masas
En la fase anterior, que va de la conformación del Frente del
Sur en 1992 a la consagración de Fernando de la Rúa como presidente el 10 de
diciembre de 1999, la clase obrera como tal -y con ella la mayoría de la
sociedad- se mantuvo prescindente. Las cúpulas de la burocracia sindical tradicional
(cortadas por completo de las bases, pero controlando las organizaciones que
éstas reconocen todavía como única instancia a su alcance) continuaron
respaldando al Partido Justicialista. Una franja de dirigentes de sindicatos
menores se sumó al Frente Grande primero, al Frepaso luego y terminó haciendo
campaña por el gobierno que hasta hoy integra. Pero ni una ni otra ganaron
adhesión activa y confiada en las filas de los trabajadores. Otro tanto ocurrió
durante el mismo período con las denominaciones de izquierda. Por eso la
revelación de la verdadera naturaleza de la Alianza y su disgregación, si bien
afecta en cuanto a su ubicación y orientación inmediatas a las cúpulas de los
aparatos del sindicalismo y los partidos insertos en el sistema, resulta ajena
a la masa trabajadora. Son las clases medias y una parte del activo militante
-seguramente mayoritaria- los golpeados por la decepción, que suman su
descreimiento y pasividad al de la clase obrera.
Este fenómeno de toma de distancia del conjunto social respecto
de la vida política tiene doble signo. Positivo en cuanto plasma la renuencia
del proletariado a encolumnarse tras propuestas de la pequeña burguesía, las
franjas de aspirantes a burócratas y los agrupamientos sectarios, lo cual abre
potencialmente un ancho camino para la conformación de una fuerza de masas,
plural, que plasme la independencia de los trabajadores frente a las diversas
expresiones del capital. Negativo en la medida en que coloca a la clase obrera
-y tras ella a la inmensa mayoría de la población- al margen de la
participación política, en disposición a servir como eventual masa de maniobra
para las operaciones de las diversas fracciones de la burguesía.
Ahora, con la descomposición de la Alianza y la aceleración de
la crisis, ambos costados de la conducta social mayoritaria volverán al centro
del escenario político. Pero ya no para ser terreno de disputa entre propuestas
que cuentan a la clase obrera y los estratos oprimidos de la sociedad como
pasiva masa de maniobra para sus operaciones electorales, sino como fuerza
social llamada como tal a obrar en uno u otro sentido -es decir, en función de
sus intereses históricos o a la rastra de una variante burguesa- ante el arribo
de la crisis a su punto de explosión.
En otros términos: es previsible que la próxima fase de la
evolución política en Argentina recupere el protagonismo (independiente o
subordinado, pero protagonismo) de las masas como factor predominante. Esto
puede ocurrir mediante pasos intermedios, como por ejemplo la irrupción del
movimiento estudiantil, la juventud y los desocupados, cada uno por su carril,
en un primer momento. Pero fatalmente culminará con la reaparición del
movimiento obrero y específicamente del movimiento obrero industrial en la
lucha social y política, por fuera y en contra de las estructuras sindicales
hoy extraordinariamente debilitadas. La historia antigua y reciente de la clase
obrera de Argentina reaparecerá con todo su vigor y también con sus múltiples
vertientes. Esto actualizará un muy duro combate ideológico y político, que
tendrá lugar ante todo en el seno de la vanguardia. Cualesquiera sean los
ritmos de esta marcha inexorable, la burguesía no podrá de ahora en más ejercer
su poder como clase limitándose a alquimias electorales. Este es el rasgo
fundamental de la fase en que ingresa el país. Es una incógnita cómo harán los
agentes políticos del capital para afrontarla. Pero es seguro que en el próximo
período no se trata para ellos de hallar simplemente una combinación diferente
de alianzas electorales. Por mucho que el PJ pudiera usufructuar el espectáculo
penoso de la Alianza gobernante, es evidente que la cadencia y la profundidad
de la crisis no permiten relegar la recuperación del equilibrio al próximo
turno electoral para reemplazar el Ejecutivo. Las clases dominantes, a su vez
muy hondamente fracturadas y en estado de beligerancia permanente, buscarán
-apelando previsiblemente a diferentes recursos y estrategias, según los
intereses de cada una- formas alternativas destinadas no sólo a mantener el
control político en la coyuntura de agravamiento extremo de la crisis, sino
fundamentalmente a impedir que ésta sea motor para la puesta en movimiento de
una fuerza que le dispute el poder en una fase posterior.
Se reproduce así, en una escala diferente y superior en todos
los órdenes, la coyuntura de realineamiento social en términos políticos que
tuvo un primer ensayo en el período Frente del Sur-Alianza. Desde la simbólica
fecha del Cordobazo, treinta años atrás, los errores estratégicos y tácticos de
las fuerzas revolucionarias marxistas impidieron una y otra vez la unidad
social y política de los trabajadores y por lo mismo bloquearon la posibilidad
de consolidar un partido capaz de conducir a las masas en pos de la toma del
poder por el proletariado y el pueblo. En esta oportunidad y a causa de la
magnitud de la crisis internacional y local del sistema, el desafío es mayor
aun a todo lo experimentado desde entonces. Y replantea para la militancia
antimperialista y anticapitalista -y muy especialmente para los revolucionarios
marxistas- la gran prueba de la historia: abrir cauces para que la inmensa
fuerza hoy comprimida bajo los cimientos de la sociedad se encamine hacia la
abolición del capitalismo.
Unidad social y política de los trabajadores: forma y contenido
Es esta circunstancia en que el capital reina sin desafío pero
carece de cualquier perspectiva que no sea retrogradar en todos los planos las
relaciones sociales y la propia condición de la nación como entidad soberana,
la que subyace en la vertiginosa decadencia del país. La gravedad de la
situación no estriba principalmente en los efectos económicos de la crisis
capitalista sobre las masas desposeídas, sino en que éstas carecen de todo y
cualquier recurso para afrontarlos. Sin organizaciones sociales reconocidas y
sin partidos con autoridad ante las masas, la lucha por el reparto de la renta
nacional ha dado lugar a la generalización de la delincuencia en todas las
formas imaginables.
El aumento en flecha de la
violencia individual, así como los marcados cambios en la conducta individual
de millones de personas son síntomas de descomposición social y constituyen un
estridente aviso sobre la ausencia de perspectivas capaces de transformar la
adversidad en voluntad de lucha y la desesperación en búsqueda colectiva del
cambio social.
Parece innecesario repetir que un proyecto socialista no puede
desentenderse de este cuadro coyuntural y su dinámica. Y que no ha de ser con
fórmulas electorales como se dé respuesta al volcán social. Tal como lo prevé
la ficción democrática, a comienzos de 2001 el país ingresa nuevamente a un
período pre-electoral. Participar o no de una ésta u otra campaña es una
cuestión enteramente táctica. Pero articular la estrategia de una organización
en función del cronograma de comicios armado por las clases dominantes tiene un
nombre conocido en la historia del marxismo: cretinismo parlamentario. Esto es
tanto más regresivo en estos momentos, porque las elecciones lejos de
constituir una fuerza tendiente a unificar a las masas constituyen justamente
una poderosa palanca para lo contrario. Poner el eje político en la obtención
de un diputado es nada menos que contribuir a la operación de centrifugación de
las masas en la que están interesados la burguesía y el imperialismo ante la
evidencia de que ésta y las próximas campañas son apenas instantes tácticos en
una fase de realineamiento a gran escala de fuerzas sociales y políticas.
Una y otra vez han vuelto estas páginas sobre el concepto de
unidad social y política de los trabajadores y el pueblo. Y es preciso
continuar insistiendo en este concepto clave, al que se mantienen ajenas la
casi totalidad de las organizaciones que se autodenominan marxistas: la
revolución la hacen las masas; la revolución la hacen las masas con conciencia
de que frente a ellas tienen un enemigo a batir; la revolución la hacen las
masas con ese grado mínimo pero fundamental de conciencia, y con las
organizaciones propias e independientes que les permiten desplegar la fuerza de
combate con el enemigo de clase.
Sin una herramienta política en torno a la cual las masas
explotadas, oprimidas y marginalizadas puedan hallar un objetivo común y un
punto de unidad como conjunto social multifacético y aluvional, es imposible la
afirmación de un curso revolucionario, y por lo mismo es imposible la
consolidación de una organización revolucionaria marxista.
Quienes creen que el PRT-ERP fue destruido porque un agente
provocador se infiltró en el primer círculo de su conducción, o que el MAS se
volatilizó a causa de un error de evaluación de la coyuntura, no han
comprendido la lección principal de la dura experiencia vivida. No han
comprendido aquello que supieron resolver todas las revoluciones triunfantes:
la relación entre las masas y la conducción, entre la clase y el partido revolucionario.
Y poco importa si esa incomprensión los lleva a festejar con grandes
aspavientos la elección de un concejal, a revisar los clásicos para descubrir
que en realidad eran ignorantes y tontos y que el error de los revolucionarios
consistió en no darse cuenta antes de ese detalle, o a emprender acciones
vanguardistas del género que sea. El destino común de todas esas expresiones
del desmoronamiento teórico y político o del empirismo revolucionario es no
sólo el fracaso, sino la militancia en sentido contrario a las exigencias de la
hora.
Durante todo un período, estuvo planteada la posibilidad de
alcanzar la unidad social y política de las masas en torno a una forma
proto-partidaria de características muy particulares y necesariamente
transitorias: el Congreso de Trabajadores Argentinos. La autoproclamada
“izquierda revolucionaria” le dio la espalda a esa formación original y con esa
conducta contribuyó de manera probablemente decisiva a que ésta se encaminara
en sentido inverso y desaguara en la Alianza, a través del Frepaso. Crítica
siguió paso a paso ese proceso y en sus páginas están plasmadas las posiciones
de cada organización y la polémica con ellas. También está allí la conclusión a
que dio lugar el resultado de esa experiencia: la burguesía obtuvo una victoria
en lo que denominamos “segunda campaña de cerco y aniquilamiento” de luchadores
sindicales, combate incruento que sin embargo dejó más bajas que la dictadura,
como puede verse al analizar la conducta y el estado de tantos dirigentes y
cuadros medios sindicales que a comienzos de la década pasada se presentaban
como vanguardia de su clase.
La expresión más penosa de la aniquilación política de tantos
activistas fue la participación de la ya artificialmente transformada en Central
de Trabajadores Argentinos en la campaña electoral de la Alianza y la
presencia de muchos de sus dirigentes en el actual gobierno, como funcionarios,
legisladores o beneficiarios de oscuras prebendas.
Como quiera que sea, ese saldo dejó desierto el terreno en el
cual podía darse la unidad social y política de las grandes masas en torno de
una fuerza con punto de partida en los sindicatos. Y nada logró reemplazar esa
base de apoyo en el período posterior. ¿Cómo se manifestará esa necesidad
objetiva en el período que ahora comienza? El pensamiento marxista no busca
fórmulas a partir de las ideas. Con base en caracterizaciones de orden general
y particular, sigue paso a paso el desarrollo de los acontecimientos en la vida
social y busca el modo de encauzar las fuerzas en movimiento según una
estrategia de abolición del capitalismo. La certeza de que por la vía que sea
es preciso impulsar la unidad social y política de las masas alienta la
observación minuciosa del desarrollo objetivo y no la invención de nombres o
estructuras vacías. La consigna de Herramienta Política de los Trabajadores (y
el trabajo sistemático en ese plano) es un eje permanente que, al verificarse
inviable por el camino que comenzó a transitar una década atrás, fue articulada
a través de la consigna Asamblea de Trabajadores, como forma genérica y no
orgánica de referencia para la unidad social y política. Mientras tanto, las
expresiones del eclecticismo teórico (y aquí coincidieron desprevenidos,
profesores y gerentes) o bien se lanzaron de manera desvergonzada a cazar
votos, o bien apelaron a un argumento que los pinta de cuerpo entero: “como no
hay posibilidades de formar un gran partido de los trabajadores, mientras tanto
buscamos fuerza en las urnas”.
El caso es que no se puede avanzar tras un objetivo tomando el
camino en sentido contrario. No es posible avanzar en la construcción de un partido
revolucionario cuya divisa sea “la emancipación de los trabajadores será obra
de los trabajadores mismos” edificando una secta y educando a sus militantes
como sectarios, en lugar de educar revolucionarios con pensamiento propio y
capacidad de decisión en los momentos supremos de la confrontación de clases.
No importa cuan poderosa llegue a ser, en un momento dado, tal estructura
estallará o virará para ponerse al servicio del enemigo (hay incontables
ejemplos de ambos resultados). En el último período, las organizaciones que en
Argentina no tuvieron en cuenta que el eje de toda política hoy más que nunca
es la conquista de la unidad social y política de las grandes masas, hayan
actuado dentro o fuera de la Alianza, no son capaces ahora de contribuir siquiera
en grado mínimo para revertir la dinámica de fragmentación y desmoralización de
las masas y sus vanguardias naturales. Esa tarea urgente, para cuyo
cumplimiento se abren otra vez posibilidades altamente favorables, se
desarrollará al margen de ellas y, muy probablemente, contándolas como fuerzas
enemigas de la organización política y la independencia de las masas. Los
alineamientos ya perfilados en relación con las próximas elecciones y frente a
la embestida política de la iglesia, indican con elocuencia qué se puede
esperar de ellas en el próximo período.
Recomposición de fuerzas marxistas
En la edición N° 21 de Crítica, en abril de 1999, publicamos una
Carta abierta a la militancia, en la que convocábamos a un esfuerzo por
“recomponer las fuerzas marxistas”. Remitiendo al Compromiso de Acuerdos
Básicos -un documento de principios y programático publicado ya en 1994
como fundamento para la línea de acción consistente en bregar por la
recomposición de las fuerzas marxistas a escala nacional e internacional- esta
carta daba por cerrado el ciclo de descomposición y disgregación del
pensamiento y las organizaciones revolucionarias marxistas y llamaba a asumir
las exigencias de la nueva situación, fijando el 11 de diciembre de ese año
como fecha para un Primer Encuentro de los Comunistas. El concepto de recomposición
-es obvio, pero hay que decirlo- se contrapone al de unidad. Alude a las
nociones dialécticas de negación de la negación y cambio de la cantidad en
calidad.
Dos años después de redactada aquella Carta abierta y con
el saldo de dos Encuentros de los Comunistas -realizados en diciembre de 1999 y
abril de 2000- (1) el desarrollo ha dado lugar a conquistas importantes que,
sin embargo, no lograron todavía el salto cualitativo procurado. El aspecto
positivo y trascendente, que confirma una línea de acción para la construcción
del partido de los revolucionarios está en el elevado número, la proveniencia
de diferentes orígenes partidarios y la representación de prácticamente todo el
país de la militancia participante en ambos Encuentros (decenas de militantes
no pudieron viajar desde localidades del interior por razones económicas); en
las bases teóricas y programáticas aprobadas por consenso unánime de los
participantes y en el impacto posterior que estos Encuentros tuvieron sobre
jóvenes y experimentados militantes, aparte de la muy positiva repercusión en
el exterior.
El aspecto negativo fue señalado en sus causas y previsto en sus
posibles derivaciones ya en el balance del Primer Encuentro (2). Cuando pasó la
fuerza inercial del éxito inicial, un sector de los compañeros asistentes (los
agrupamientos que componen Refundación Comunista y se expresan en el periódico
Orientación) puso de manifiesto que no estaba allí en función de una concepción
teóricamente fundada respecto de cómo se recomponen las fuerzas marxistas en la
actual etapa histórica, sino de manera empírica y circunstancial. Esto tomó
cuerpo en un cambio de línea de acción en cuanto a la preparación del Segundo
Encuentro. No obstante, éste se realizó, con el saldo significativo de la
aprobación -también por consenso unánime- de un documento ya más elaborado como
Anteproyecto de Declaración de Principios y Programa (3).
La desigualdad en el desarrollo respecto de una teoría de la
construcción del partido en las actuales condiciones de la clase obrera y la
vanguardia internacionales, entre otras razones, dio lugar por parte de estos
compañeros a un retorno -en cierta medida no deseado, aunque no por ello menos
real y pernicioso- a métodos propios de un equipo que trata de reemplazar una
estrategia de construcción por pequeñas
maniobras. Tras el Segundo Encuentro, esa línea -que acabó por imponerse entre
estos compañeros- apartó al grupo de los acuerdos de acción común votados por
unanimidad en el Segundo Encuentro y, en consecuencia, también de la labor
conjunta hacia la culminación de esa tarea.
Esta circunstancia dio lugar a que otro de los agrupamientos
participantes -proveniente del MAS- así como numerosos/as compañeros/as de
otros orígenes o sin experiencia previa, decidieran incorporarse a la UMS como
paso transitorio para hacer más eficiente y abarcadora su labor en pos del
Tercer Encuentro y el posterior Congreso Fundacional de un partido de los
revolucionarios marxistas (4).
El hecho de que la UMS, que específicamente y desde su fundación
se autocalifica como “destacamento comunista en la construcción del partido
de los revolucionarios marxistas” haya debido ser continente de ese
poderoso flujo manifestado en el Primer y Segundo Encuentros fue explícitamente
destacado en la primera sesión de su Tercer Congreso (los días 16 y 17 de
diciembre de 2000) como un aspecto negativo, en relación con el objetivo
planteado. Lejos de los criterios de rapiña que demasiado a menudo ocupan el
lugar de una teoría de la revolución y la construcción de la fuerza que la hará
posible, la UMS ratificó su determinación de trabajar en pos del Tercer
Encuentro de los Comunistas. La realización de la sesión complementaria del
Tercer Congreso es, en ese sentido, un recurso destinado igualmente a cimentar
esa perspectiva, mediante la extensión y la profundización del debate propio,
abriéndolo a agrupamientos y cuadros sobre la base de los dos plenarios
precedentes. De esta manera se trata de afirmar las columnas teóricas, los
acuerdos políticos y la acumulación de fuerzas que dentro y fuera de la UMS
contribuyan a producir un salto cualitativo,
de modo que la próxima instancia de encuentro sea capaz de convocar a un
Congreso Fundacional del partido de los revolucionarios marxistas.
La reimpresión en esta edición de la Réplica a la Alianza,
fechada en agosto de 1998 y publicada en Crítica N° 19, pretende
mostrar que ninguna de las afirmaciones reiteradas desde entonces en estas
páginas carecía de fundamento o era dictada por un apresuramiento basado en
criterios subjetivos. Los hechos están allí.
Un aspecto de particular importancia en ese encadenamiento de
tareas lo constituye el propósito de realizar, también hacia mediados de abril,
una reunión de organizaciones y cuadros revolucionarios marxistas de América
Latina y el Caribe, extensiva a militantes y agrupamientos del resto del mundo
empeñados en la recomposición de fuerzas a escala internacional. Con base en la
resolución internacional aprobada por la primera sesión del Tercer Congreso de
la UMS -y con toda otra contribución que hagan llegar los invitados- el
propósito es reunir con agenda abierta a un número limitado de organizaciones y
cuadros y poner sobre la mesa de debate los grandes temas de la lucha de clases
en el mundo contemporáneo.
No están las condiciones dadas para construir siquiera una
referencia internacional de los revolucionarios marxistas. Y no se trata de
delegar en organizaciones o cuadros de otros países la responsabilidad que cabe
a los revolucionarios marxistas en Argentina. Lejos de tales gestos habituales
de autoproclamación o delegación mística, la tarea consiste en recabar el
máximo de contribución posible de las fuerzas y capacidades teóricas y
políticas dispersas en el mundo; un paso imprescindible para estar en
condiciones de afrontar la crucial prueba planteada a quienes en Argentina
están dispuestos a preparar la gran batalla por el socialismo, ante la
ostensible precipitación de la barbarie.
Notas
1.- Ver Eslabón, N° 15, 16 y 17.
2.- Ver Encuentro de los comunistas: significado, perspectivas y tareas, Eslabón N° 15, diciembre de 1999, página 1.
3.- El texto del documento aprobado puede hallarse en la página de la UMS en internet: www.geocities.com/ums_ar
4.- Ver Acuerdo con un equipo marxista, Eslabón N° 18, páginas 1 y 4. Y ver también en esta misma edición de Crítica, entre las resoluciones del Tercer Congreso de la Unión de Militantes por el Socialismo, los fundamentos y la resolución del llamado a una sesión complementaria del Congreso, para los días 13, 14 y 15 de abril.