Cuba
Un sendero inédito
Por Manuel Menéndez Díaz y Rafael Cervantes Martínez (*)
Pretendemos con estas reflexiones contribuir a profundizar en el
estudio de la compleja realidad y su riqueza conceptual que tenemos ante
nosotros, para hurgar en el derrotero trazado.
La Revolución Cubana nació en un momento internacional de auge
de las fuerzas que oponían resistencia a la tendencia transnacionalizadora del
imperialismo. Si fuera preciso caracterizarla en una palabra esa sería: originalidad.
Al decir del Che: “una rebelión contra los dogmas revolucionarios”. Los caminos
trazados fueron sometidos a un mejoramiento constante, pues nuestra Revolución
ha tenido como uno de sus rasgos más significativos, el proceso sistemático y
permanente de autocrítica, con el objetivo de superar las insuficiencias o
atemperarse a las nuevas circunstancias.
Algunos de los momentos de ese rasgo esencial han sido: la
estrategia política y militar trazada por Fidel, para la toma del poder; que la
misma dirección revolucionaria ha conducido, como un solo proceso, la etapa
nacional-liberadora y la socialista; la dirección de la construcción
socialista, por un nuevo partido marxista-leninista, formado de la unión de
diferentes fuerzas revolucionarias; las características propias de la
revolución agraria; el papel irremplazable de las masas en todas las
transformaciones sociales; la formación de una democracia genuinamente
participativa; la revolución cultural ajena a esquemas de cualquier tinte; y
habemos fundado en los más altos principios éticos martianos que tiene en su
centro la solidaridad humana.
La nueva etapa que se abrió en los años 90, marcaba para Cuba
una disyuntiva: salvar la Revolución y sus conquistas, o rendir las banderas
del socialismo. Comenzamos a andar por sendas totalmente inéditas para
nosotros. En lo adelante, era preciso reconstruir los vínculos económicos que
abruptamente se habían liquidado con la desintegración del CAME. El cuadro
geopolítico del mundo había cambiado y teníamos que evitar el aislamiento por
la desaparición del sistema de alianzas políticas existentes, que nos había
permitido resistir el bloqueo yanqui y auspiciar el desarrollo del país y
durante muchos años actuar en el escenario internacional, a la vez que
contrarrestar la confusión en las filas del movimiento revolucionario
internacional y subrayar la vigencia de nuestras bases ideológicas y sus
referentes teóricos.
Estados Unidos aprovechó esta situación para intentar consumar
sus objetivos anticubanos y contrarrevolucionarios de liquidar el proceso
revolucionario. En ese sentido arreció su guerra económica contra nuestro país,
a la vez que ampliaba su actividad ideológica y psicológica, para ello
aprobaron las conocidas leyes Torricelli y Helms-Burton, además de decenas de
resoluciones, a veces desconocidas.
A todo este complejo cuadro contribuye de manera significativa
la acción directa del enemigo. En nuestro país es activa la labor de
penetración de los representantes oficiales de la Oficina de Intereses de
Estados Unidos. En primer término, son funcionarios de un gobierno cuyo
presupuesto federal contiene partidas millonarias dirigidas a apoyar la
contrarrevolución. Trabajaron y trabajan en fomentar grupúsculos y propiciar su
amplificación en el exterior, en esos gigantescos medios de difusión que
fabrican grandes campañas para tratar de convertir en héroes a simples
asalariados de un gobierno extranjero y que, sobre todo, a nadie representan.
Procuran esos diplomáticos del gran imperio, dividir, confundir y penetrar en
los sectores que ellos consideran más vulnerables.
Recientemente en Miami El Nuevo Herald reconocía ese
flujo de dinero cuando destacó: “Además de los millones de dólares que la
Agencia Internacional para el Desarrollo de Estados Unidos (USAID) está
entregando a organizaciones del exilio cubano, varios grupos anticastristas y
de derechos humanos, reciben también importantes sumas de dinero a través del
National Endowment for Democracy (NED) con sede en Washington” (1). El mismo
artículo reconoce que solo el llamado Directorio Revolucionario Democrático
Cubano (DRDC) ha recibido desde 1997 a la fecha 1.184.957 dólares.
Este análisis estaría incompleto si dejamos de mencionar la
guerra psicológica que desarrolla el enemigo a través de las agencias radiales.
Fenómeno que data desde los primeros años del triunfo de la Revolución, fue
magnificado, en esta nueva etapa, por el gobierno norteamericano, en buena
parte alentado por el positivo resultado que, según ellos, les produjo en la
Europa socialista. Contra nuestro país han desatado, desde los inicios del la
Revolución, una verdadera guerra radiofónica, la que hoy se lleva a cabo a
través de 17 emisoras situadas en territorio norteamericano y nuestro entorno
geográfico, que lanzan 2.385 de horas semanales por 26 frecuencias de
transmisión, con el claro objetivo de promover la contrarrevolución y destruir
la Revolución.
Así esta propaganda enemiga emitida por sus centros de
información ha acompañado, hasta hoy, a los demás factores adversos de carácter
objetivo, por los que aún transitamos.
En resumen, la gran dificultad de la política norteamericana
contra Cuba, concebida como política de Estado, no cambió en estos 41 años:
liquidar la Revolución, para restablecer su dominación neocolonial. El fracaso
de esa política no hace falta detallarlo. Aquí estamos, enrumbándonos hacia
niveles superiores de desarrollo.
El destino de la Revolución se enlaza cada vez más con los de la
humanidad. La épica resistencia del pueblo cubano frente al imperialismo
norteamericano en más de cuatro décadas y el grado de responsabilidad histórica
de no dejar caer las banderas del socialismo en el continente americano, de una
parte, y la fuerza de un sistema social basado en el poder y apoyo de las
masas, desde un contexto de subdesarrollo, de otra, fuer lo que nos permitió
sobrevivir al naufragio del llamado “socialismo real”, con respecto al cual se
nos imputó siempre, por la propaganda imperialista, la indigna condición de
simples satélites.
¿Ha sido realmente original la inserción de Cuba en el nuevo
escenario político internacional después del derrumbe del socialismo?
Las soluciones a los nuevos problemas a que nos enfrentábamos no
se encontraban ni en libros viejos, ni en alguna otra experiencia socialista,
debían ser, por fuerza de la necesidad y de nuestra singularidad, inéditas.
La esencia de la estrategia frente a la crisis, fue la búsqueda
de opciones sin renunciar al socialismo ni poner en peligro la preservación del
poder por la Revolución, adoptando decisiones que lejos de desviarnos del
camino escogido, nos pusieran en mejores condiciones de emprenderlo. Así,
intensificamos la participación de las masas en la búsqueda de todas las
soluciones, siendo el único país que en una etapa de crisis, adoptaba
decisiones que se aprobaban, sin engaños, por los mismos que iban a ser
afectados. El segundo factor esencial fue, que no renunciamos al papel
determinante del Estado como ente social rector en nuestro país, pues él
encarna la voluntad de las amplias masas y no es una antinomia de nuestra
sociedad civil. Por otra parte estamos convencidos de que las instituciones
estatales pueden ser eficientes y competitivas en este mundo. No creemos en el
dogma neoliberal de que todo lo estatal es ineficiente.
En el mundo unipolar de hoy, a pesar de que la fuerza social
dominante es la oligarquía financiera transnacional, el imperialismo es incapaz
de eliminar las contradicciones entre sus diferentes sectores financieros, cuya
expresión más importante es la conformación de bloques regionales. En este
contexto, ampliamos las relaciones con América Latina, la Unión Europea y
Canadá, principalmente, en todo un grupo de esferas, pese a la intensificación
del asedio por parte del imperialismo yanqui.
A este fenómeno de las contradicciones entre los diferentes
núcleos de poder, no ha escapado la propia oligarquía financiera yanqui con
respecto a farmacéuticos y otros, han mostrado su oposición a la política de
bloqueo que cierra todas las oportunidades de negocios con el mercado cubano.
Los estados independientes, a los que los sectores más
reaccionarios de la oligarquía financiera norteamericana han pretendido
convertir en correas de transmisión de su voluntad, de forma general, no han
acatado el mandato de aislarnos. Las reiteradas condenas al bloqueo por la
comunidad internacional en las Naciones Unidas, han sido muestras de las
fisuras en los intentos norteamericanos de dominación mundial. Al mismo tiempo
ha existido una tendencia del imperialismo, en su estadio actual a la que
estamos asistiendo a una auténtica cruzada contra los principios de soberanía,
autodeterminación e independencia de los estados nacionales, en primer lugar,
por parte del Estado norteamericano. A tales efectos es emblemática la Ley
Helms-Burton.
Nuestro Estado socialista continúa como la principal fuerza de
oposición al sistema de dominación y a la transnacionalización del imperialismo
norteamericano en América Latina y el Caribe. Su resistencia contribuye a destruir
el mito de que la “globalización imperialista” impone, indefectiblemente, una
camisa de fuerza a todo tipo de Estado nacional, y de que es inviable poner en
práctica políticas independientes en beneficio popular, porque ello conduciría
a la pérdida de los mercados externos y de los flujos de inversión de
capitales. La existencia de la Revolución Cubana demuestra que es posible
materializar un proyecto socialista de desarrollo nacional, incluso, en
condiciones de bloqueo.
El gobierno de Estados Unidos no ha logrado consenso en su
enfermiza decisión de asfixiar económicamente a la Revolución Cubana, entre
otras razones, porque no han podido consumar el monopolio absoluto de la
economía mundial. Esta se compone hoy por miles de monopolios transnacionales,
que a pesar del control hegemónico que sobre los eslabones decisivos de la
reproducción capitalista ejercen, están lejos de funcionar en forma de un trust
mundial, bajo el mando de un centro único. A sus lados coexisten sectores no
monopolizados por el capital financiero transnacional, entre los que se encuentran
pequeñas y medianas empresas que operan en monedas libremente convertibles;
economías estables y privadas del llamado Tercer Mundo, que funcionan en
monedas locales y que para legitimar sus riquezas en dinero mundial, acuden al
mercado internacional; y otra grama de formas de producción precapitalista como
la artesanía, el campesinado, el pequeño comercio, la economía comunal y
natural, entre otras.
El control socialista sobre la economía nacional impide que se
dé el extendido fenómeno de la fuga de capitales, pues los ingresos que el país
obtiene no siguen el curso internacional del dinero mundial, que es ponerlo a
disposición de la oligarquía financiera transnacional. Se invierte para el
consumo de la población o para el fomento de la economía nacional. El país no
es un paraíso fiscal del imperialismo, ni centro de lavado de dinero o de
comercio ilícito.
El socialismo ha impedido que quedemos definitivamente
atrapados, en los esquemas imperialistas de la subordinación esclavizadora de
las naciones a la división transnacional del trabajo. Junto a las ramas
tradicionales de la producción y los servicios del mundo subdesarrollado, se
han realizado importantes avances en el sector de la ciencia y de la alta
tecnología. El potencial humano que hemos alcanzado ya es significativo.
La abrumadora suma de factores adversos que en la primera mitad
de la década de los 90 enfrentó la Revolución Cubana en el terreno económico,
parecía que le daba el tiro de gracia a cualquier esperanza de construir un
proyecto de desarrollo económico nacional independiente. Sin embargo, la
victoria alcanzada en nuestra épica resistencia, renovó las energías en la
lucha por lograr este propósito en nuestras condiciones históricas. Ya para la
segunda mitad de la década de los 90, empezamos a estar en condiciones, en el
frente económico, de ir estableciendo los nuevos elementos conceptuales para el
trabajo de dirección y organización en el mediano plazo. Se habían acumulado
experiencias y estudios suficientes como para que el partido se pronunciara al
respecto.
La política económica aprobada por el V Congreso del Partido
Comunista de Cuba, en octubre de 1997, parte del reconocimiento de que hoy son
desfavorables al desarrollo varios factores, como la tendencia especulativa de
los flujos financieros internacionales, la agudización de la deuda externa y la
competencia por créditos frescos, entre los países subdesarrollados. Sobre
nosotros, en particular, pesa un factor más restrictivo que esos tres sumados
de conjunto: la permanente guerra económica de Estados Unidos contra Cuba.
De otra parte, el principio rector de la construcción económica,
la constituye la preeminencia de la propiedad estatal socialista. Es Estado
continúa teniendo la capacidad rectora en la conducción de la economía y en
cualquier fórmula, por tanto, sus intereses están adecuadamente representados.
Se concibe -y de hecho se encuentran funcionando- una diversidad de formas de
organización de la propiedad estatal socialista. El límite al desarrollo de
otras formas de propiedad están en el control del Estado socialista sobre la
economía del país.
Nuestra experiencia histórica acerca de la tesis de la propiedad
social sobre los medios de producción, como pilar esencial des sistema
económico socialista, demuestra que sólo se establece como resultado de un
largo y complejo proceso de socialización real de la producción en su sentido
amplio. Para lograr que la propiedad social germine, de forma esencialmente
nueva, se requiere, según Lenin, la desaparición “de la mentalidad
pequeño-burguesa, donde el obrero ve a la fábrica estatal como ajena”, y que se
despliegue, de forma natural, en cada hombre, la motivación laboral en el
proceso de toma de decisiones y el cumplimiento de sus objetivos individuales
de trabajo con el de su colectivo y la sociedad en su conjunto. Son elementos
consustanciales a nuestra valoración del trabajo, el fomento del sentido de
pertenencia a su entidad y las vías para que el trabajo se convierta en una
forma de realización personal.
Mucho avanzamos en el camino de fomentar y arraigar este ideal
de la propiedad social; sin embargo, es mucho más lo que nos queda por andar.
El punto, del “salto de la medida” según Engels al referirse a las
transformaciones dialécticas, está aún en el horizonte. Las numerosas
contradicciones, que a diario en la práctica enfrentamos en este terreno, así
lo demuestran. Corresponde al Estado socialista y a sus cuadros, la responsabilidad
de ser la columna vertebral de la Revolución en el trabajo económico.
En el contexto actual y el futuro previsible, el sistema
empresarial cubano deberá estimular el pleno despliegue de todas las fuerzas
productivas del país. Ya hoy coexisten, junto a la propiedad estatal socialista
y las formas de participación del capital extranjero, las de propiedad
cooperativa, el sistema de propiedad privada basado en el propio trabajo y la
economía natural de autoconsumo. En el interior de cada una de ellas
encontramos una amplia gama de modalidades, matices. Algunas de estas formas
han adquirido existencia o significación en los últimos años, a saber, por
ejemplo, las Unidades Básicas de Producción Cooperativa (UBPC) y el trabajo por
cuenta propia. Ahora tenemos el reto de continuar conformando sus contornos
estructurales, organizativos, jurídicos y funcionales, de tal modo que se
inserten de manera orgánica al sistema económico, político y social del país.
En esta multisectorialidad económica, la empresa estatal
socialista ha sido llamada a ser ejemplo de eficiencia económica. La
introducción del perfeccionamiento empresarial aprobado en el V Congreso del
Partido Comunista de Cuba, ha tenido, y tiene el propósito de hacer cambios
profundos en el sistema empresarial, con el objetivo de lograr una empresa
altamente eficiente. El proceso se ha caracterizado por el estudio de las
mejores experiencias del sistema empresarial aplicado en las FAR y otras
latitudes del mundo en cuanto a la eficiencia económica.
La propiedad social sobre los medios de producción fundamentales,
es la base económica más profunda con la ausencia de cualquier tipo de
discriminación por razón de clase social, territorio, raza o sexo y, a la vez
como corolario, una fuente de derecho a la igualdad y justicia social.
En el exterior se han publicado algunos criterios, incluso de
amigos, que no interpretan correctamente las decisiones adoptadas en los
inicios de la década de los noventa, de desarrollar la inversión extranjera y
el trabajo privado, como una corrección acertada a la estrategia anterior a la
crisis, y nos critican cuando apuntamos que aquellas fueron decisiones
obligadas por las nuevas condiciones creadas en el mundo. Los que así piensan
caen en un craso error. El futuro de nuestro socialismo no será a partir del
desarrollo del capital. El espacio que éste pueda ocupar estará determinado
esencialmente por el déficit en el financiamiento de divisas para nuestros
programas de desarrollo nacional. El camino de una economía capitalista, no es
el nuestro, tal como está bien definido en los documentos del Partido y en
diversas intervenciones del compañero Fidel, todo lo que podamos hacer por
consolidar la propiedad social, lo haremos.
Aun cuando se abre un espacio para el funcionamiento de
mecanismos de mercado, bajo regulación estatal, corresponde al Estado
socialista corregir las distorsiones inherentes a los mecanismos de mercado, a
fin de disminuir sus efectos negativos y, sobre todo, tomar en cuenta que su
inevitable presencia supone retos y peligros que son indispensables enfrentar
en lo económico, político, ideológico y social. En este sentido la
planificación con nuevos rasgos desempeña el papel fundamental en la conducción
de la economía.
En la esfera de la distribución de la riqueza material, el
salario deberá constituir la vía principal para el consumo de la población. La
contradicción fundamental que se nos presenta, en esta esfera, es que debido a
la complejidad de formas de ingresos, ajenas al salario y la estimulación
estatal -entre las que se encuentran los ingresos del trabajo por cuenta
propia, el ingreso de divisas por diferentes conceptos que no sean estímulos
estatales, incluidos la remesa familiar y el enriquecimiento ilícito- se
distorsiona, en cierta medida, el principio socialista de que el acceso a la
riqueza material debe estar fundado en la significación social del trabajo, que
cada individuo aporta a la sociedad.
Ocurre la paradoja de que algunos trabajadores calificados cuya
labor es de gran importancia social, tienen a veces un salario real inferior a
otras categorías de personal. No obstante lo anterior, para la mayoría, el
salario estatal sigue constituyendo la forma principal de satisfacción de las
necesidades del pueblo. Asimismo, la revalorización del peso fortalece el poder
adquisitivo de los trabajadores, y las fórmulas paralelas de estimulación
deberán ir cediendo gradualmente su espacio al salario.
En las condiciones actuales, ¿cuál es la esencia del discurso
político de los principales ideólogos del imperialismo, acerca de la tendencia
del mundo actual, y qué lugar hemos desempeñado en este combate?
Casi un siglo después que los ideólogos imperialistas trataran
de enterrar el marxismo y al ideal socialista, proponiendo el advenimiento del
imperialismo como el tránsito al capitalismo organizado, sin crisis y sin
guerras, ha tomado fuerza en el discurso de los nuevos ideólogos del imperio,
la pretensión de calificar el proceso globalizador como una nueva etapa de
progreso para toda la humanidad. En este contexto, el socialismo es presentado
como un proyecto condenado al fracaso.
Cuba, en la propia voz del compañero Fidel, aceptó el reto de la
lucha ideológica contra el imperialismo, sus principales ideólogos y los medios
de difusión masivos monopolizados transnacionalmente. Comprendemos que las
ideas son las armas principales en esta guerra. El propósito nuestro es
contribuir a conformar una conciencia universal que movilice a los más diversos
sectores sociales, con el objetivo supremo de salvar la humanidad, sustraerla
de la barbarie, e iniciar el camino de construir un mundo de paz, justicia y
dignidad. Con sano y modesto orgullo percibimos que hemos contribuido, en
cierto grado, a levantar la moral de combate de las fuerzas revolucionarias en
los últimos años.
Hoy estamos asistiendo al descrédito del neoliberalismo que
comienza a deshacerse de su viejo ideologema antiestatista y asume nuevos
disfraces ideológicos para hacernos creer que no conocemos aún las formas
“buenas”, “atléticas” y de “rostro humano” del neoliberalismo.
El proceso de transnacionalización del capital, acelerado en las
últimas décadas por la revolución tecnológica, ante todo en los campos de la
informática y la cibernética, ha llevado al dominio de las comunicaciones por
grandes corporaciones. En este sentido, la política neoliberal, como expresión
de la actual sociedad capitalista, permitió el control de los soportes técnicos
para la producción y posterior emisión de la industria cultural. Cada vez más
la información y todo producto cultural reciben un tratamiento de simple
mercancía.
Un aspecto importante del proceso que el gran capital impulsa en
este vasto sector, donde se generan y transmiten las ideas, radica en las megafusiones
de las transnacionales que controlan el mundo de la información del
espectáculo, la cultura, y que tienen un componente decisivamente
norteamericano, buscando la imposición hegemónica de un pensamiento único y una
monocultura universal, cuyo paradigma es la sociedad de consumo de Estados
Unidos.
La oligarquía financiera transnacional pretende diluir la
identidad cultural de los pueblos y la anulación progresiva de los estados
nacionales. El gran capital trata de profanar los más caros valores autóctonos.
La desaparición del socialismo en Europa y la URSS tuvo también
implicaciones, en el plano político e ideológico, para el movimiento
revolucionarios, de lo cual no quedamos exentos. Con ese proceso es
incuestionable que el ideal socialista sufrió un duro golpe. Nosotros, aunque
no tuvimos una actitud mimética de aquel “socialismo real”, sí copiamos algunos
esquemas, sobre todo en el sistema de gestión económica, pero mantuvimos
siempre nuestra genuina identidad y una actitud real de independencia en las
estrategias políticas que nos trazábamos.
Lo sucedido en la sociedad socialista europea y los principios
que así se habían estructurado cual verdades incólumes, hicieron creer al
mundo, y a algunos en nuestro país, que también había comenzado el derrumbe del
ideal socialista. Pero en Europa no fue ese ideal el que falló, sino quienes
tenían la responsabilidad histórica de llevarlo adelante, de encauzarlo con la
creación cotidiana, las experiencias particulares y la voluntad política, amén
de una buena dosis de labor enemiga al interior de aquellos procesos. Algo sí
ha quedado bien demostrado: que ese proceso europeo no podemos identificarlo
con el fracaso del socialismo.
Tampoco implicó la nulidad del marxismo y del leninismo como
guías de nuestra acción. Sí conllevó al desmoronamiento de un tipo de marxismo
dogmático y vulgar, que en esos países alcanzó fuerza de teoría oficial,
enterrando muchos principios centrales de nuestros clásicos y elevando a
carácter de ley universal tesis que sólo servían para justificar posiciones
políticas y que apenas contaban con aval científico.
En esa coyuntura de la desaparición del llamado “socialismo
real” y las medidas económicas que debimos aplicar para salir adelante,
afloraron un conjunto de nuevos fenómenos, que en el terreno ideológico, han
venido a complicar nuestro mundo espiritual.
En primer término, debemos tener en cuenta la degradación que se
produjo en nuestras condiciones materiales de vida. En este sentido, el reto
mayor por las medidas económicas implantadas fue de índole ideológica.
La ampliación del productor privado, lejos de generar conciencia
socialista, trajo como resultado una mayor presencia de esa psicología que
tiende al individualismo. Si a esto le sumamos el decrecimiento que hubo del
empleo en las entidades estatales por la crisis generada, estaremos en
presencia de factores objetivos para el renacimiento de la ideología
pequeñoburguesa.
Nuestro trabajo hacia el nuevo sector particular se tiene que
encaminar a realzar el hecho de que constituyen parte indisoluble del pueblo, y
que sus intereses honestos no están en contradicciones con el proceso
revolucionario. Contamos con la experiencia de haber sabido incorporar a la
obra de la Revolución, y es parte de ella, a la amplia masa de agricultores
privados que fueron beneficiados por la Ley de Reforma Agraria, muchos de los
cuales no se organizaron en cooperativas, sino que mantuvieron la condición de productores
independientes, quienes generalmente son personas que viven en lo esencial del
fruto de su trabajo y el de su familia.
El incremento de la desigualdad en la sociedad, en un país donde
la población se había acostumbrado a altos niveles de igualdad, es otro
fenómeno nuevo. Esto ha provocado cambios en algunos valores.
Abona la nueva complejidad ideológica, el aumento de la
presencia extranjera en el país que se nutre por la llegada, cada año, de
cientos de miles de turistas con una ética, costumbres, idiosincrasia, propias
de sus países de procedencia, que la mayor de las veces no coincide con nuestra
forma de concebir la sociedad.
El establecimiento en el país de las empresas mixtas y de
cientos de firmas comerciales extranjeras, es otra arista de este fenómeno. Las
empresas mixtas por su parte, unas 370, proporcionan mejores condiciones de
trabajo y remuneración que la empresa estatal socialista, por lo que de hecho
es otro reto que tiene su componente ideológico. El aumento de las visitas de
cubanos de la emigración, esencialmente de los Estados Unidos, está también en
los factores a considerara.
En las actuales condiciones, el Partido y todas las fuerzas
revolucionarias refuerzas los esfuerzos en la labor ideológica. En primer
lugar, potenciamos lo autóctono del proceso cubano. Hurgamos en nuestras
raíces, en los valores nacionales. La estrategia de salvar la Revolución y el
socialismo ha tenido como objetivo hacer valer la unidad de nuestro pueblo y
anteponer la de pensamiento libertario, que desde centurias anteriores ha
añadido lo más genuino del pueblo, en un bregar por la verdadera independencia.
Como apuntó recientemente Fidel, estamos ante una nueva etapa en
este campo donde potenciaremos la formación de la más amplia cultura desde los
niños, hasta las personas de todas las edades.
La ideología marxista y leninista se entrelazó, aún más, con la
mejor tradición del pensamiento revolucionarios cubano y, en especial, con el
ideario martiano, constituido en la fuerza ideológica de la Revolución, que
pasó a ocupar el lugar cimero que le corresponde. Desde luego se ha fortalecido
el pensamiento de que liquidar la Revolución comporta la pérdida de nuestra
identidad nacional, de nuestra independencia.
En todo este proceso hemos tenido costos sociales y políticos:
se introdujeron prácticas nocivas y revivieron vicios superados como la
prostitución, el juego, elementos de corrupción, retraimiento y algunas
personas no soportaron las tensiones de esta etapa. Alentada por el enemigo se
incrementó la emigración ilegal.
En medio de las adversas circunstancias, si bien a un ritmo
apropiado, continuamos el proceso de rectificación de errores y tendencias
negativas; trabajamos por preservar y perfeccionar el sistema político;
profundizar el carácter democrático del proceso electoral; actualizar la
legislación penal y la administración de justicia, y relanzar a nuestras
organizaciones sociales y de masas, como exponentes del auge de nuestra
sociedad civil en el período revolucionario.
El debate ideológico interno, a pesar de todos los matices que
tal situación supone, ha asumido cauces constructivos y búsquedas que, aunque
necesariamente pasan por la crítica, contribuyen poderosamente al esfuerzo
nacional. La intelectualidad creadora, el sector académico, los periodistas y
los destacamentos científicos cerraron filas junto a la Revolución y se
orientan por los principios socialistas.
La dirección de la Revolución trabajó para evitar que la crisis
económica se desplazara al terreno político, erosionara la ideología
revolucionaria, dividiera al pueblo, lo debilitara y lo convirtiera en presa
fácil del enemigo y en víctima de la adversidad. El principio cardinal que en
ese sentido hemos observado, es la preservación del poder político en manos de
la Revolución. Con Fidel podemos decir que el milagro cubano, si así se le
quiere llamar, no es económico, sino ideológico.
Ciertamente esos retos están ante nosotros, no podemos obviarlos
ni por un minuto pero, si sopesáramos uno y otro aspecto, habría que reconocer
que pese a los cambios que han tenido lugar, la positiva labor ideológica de
todas las instituciones ha prevalecido frente a los escollos. La muestra más
elocuente es el apoyo, decididamente mayoritario, que mantiene la Revolución en
el seno del pueblo. Y si quisiéramos aquilatar lo avanzado en ese camino, basta
echar una ojeada a la gigantesca carga ideológica desplegada por los niños,
jóvenes y todo el pueblo, en la batalla por lograr la devolución del niño Elián
González.
Mucho se escribe sobre la inviabilidad histórica del socialismo
bajo el argumento de que no existe un modo de producción socialista porque es
antieconómico y antinatural, y porque concentra la atención del cambio social
en la esfera de la redistribución de la riqueza que, al desplegarse desde
contextos de desarrollo inconcluso, no tiene más alternativa que repartir de
forma justa la pobreza. La enseñanza de la historia muestra que las diferentes
revoluciones sociales, fueron acompañadas siempre de una larga etapa de avances
y retrocesos en la consolidación de su relación de producción fundamental.
La producción capitalista en sus albores le parecía una barbarie
al campesino, separado violentamente de sus condiciones de producción; una
falta de cultura productiva al milenario artesano y un desgobierno a la nobleza
que veía quebrarse a sus pies el orden estamental santificado. Hasta que el capitalismo
no superó la limitación de la subordinación formal del trabajo al capital y
logró una subordinación real de la masa del pueblo al trabajo asalariado, en
las naciones donde en lo fundamental concluyó la acumulación originaria del
capital, no surgió la disciplina, organización y dirección del nuevo modo de
producción. Hasta ese momento, no se puede hablar, en sentido estricto, de
triunfo del proceso de producción capitalista.
El salto de la producción capitalista a la producción socialista
es de importancia histórico-universal. Pretende dejar atrás toda la larga
historia de la explotación del hombre por el hombre y propone crear un nuevo
sentido del trabajo, que no divida a los hombres en ganadores y perdedores,
sino que en la construcción de la obra común, haya espacio para la plena
realización humana.
No existen recetas para encontrar las fórmulas de la producción
socialista. Un proceso lleno de experiencias muy alentadoras ha vivido nuestra
Revolución en este terreno. A la vez, persisten también la ineficiencia, la
indolencia y la usurpación individual de la riqueza colectiva, entre otras
tendencias negativas.
La formación de la conciencia en los productores, de que son
dueños y beneficiarios colectivos de la riqueza social, nos parece la brújula
en el camino de que definitivamente el socialismo se afiance en el terreno de
la producción y los servicios. Esto presupone la asimilación creadora de lo más
avanzado del capitalismo, en el proceso de trabajo y desarrollo
científico-tecnológico.
En nuestro criterio, el gran reto para el triunfo de las ideas
socialistas que tiene la Revolución cubana, consiste en preservar la unidad
ideológica del pueblo en medio de la nueva estratificación social por los
cambios operados en el interior de la sociedad, con sus diferentes posiciones
sociales, y a la vez alcanzar en la producción y los servicios, los niveles de
eficiencia de la economía socialista que demuestren la validez de nuestro
proyecto social, para lo cual aún hay que ganar la conciencia de todos. Este
reto significa salvaguardar los principios ideológicos, estrechamente unidos a
la propiedad social sobre los medios fundamentales de producción, y realizar el
concepto de propietario colectivo.
La unidad de la nación cubana, cimentada en principios
revolucionarios, ha sido un elemento esencial para llegar hasta aquí. Esa unión
en torno al partido y los líderes históricos, ha permitido afrontar las más
extremas y difíciles circunstancias por las que ha atravesado la Revolución. El
fundamento ha estado en el sistema política que nos hemos dado los cubanos, el
cual posee un contenido profundamente democrático.
Para nuestro partido, el socialismo es la única y verdadera
opción para moralizar las relaciones sociales, tenemos que demostrar, cada vez
más, en el plano teórico y práctico, su clara superioridad en la plasmación de
los más altos valores humanos: justicia, igualdad, equidad, eficiencia,
libertad, democracia, respeto a los derechos humanos, soberanía nacional y
solidaridad.
El socialismo es variopinto por las condiciones
histórico-concretas, pero mantiene rasgos esenciales que en nuestro socialismo
están presentes. Se trata, en primer lugar, de la preeminencia de la propiedad
social y las políticas que benefician a la mayoría. Asimismo, la dirección
inalterable que ejerce el partido en la sociedad, que no permite la entrada de
fuerzas ajenas a los objetivos sociales; la estructura fundamental de una
democracia real y un Estado socialista con el entramado de organizaciones de
masas, donde está agrupada la casi totalidad de la población, en función del
desarrollo económico, el mejoramiento del nivel de vida y el desarrollo social,
todo esto con el fin de consolidar los valores materiales y espirituales.
Los errores, desviaciones y exceso que tuvieron lugar en Europa
a nombre del socialismo real, unido al sobredimensionamiento que de él hacen
las transnacionales de la información, devaluaron extraordinariamente la imagen
del socialismo en algunas conciencias. Es necesario proyectar una nueva imagen,
fresca, basada en el diseño de una sociedad plena de justicia y libertad, que
atendiendo a las particularidades de cada caso, presente una adecuada
correlación entre plan y mercado, igualdad y eficiencia, centralismo y democracia;
que entrañe una verdadera relación de propietarios en los trabajadores, con
respecto a los medios de producción, que respete y tome en cuenta las
diferencias que presume el entorno natural, a la vez que sea la genuina
expresión de la voluntad popular que se base en una auténtica solidaridad
humana.
La construcción del socialismo la entendemos como búsqueda de la singularidad de cada nación, por lo que tampoco copiamos en los esquemas chinos o vietnamitas. En ella y no en la copia estarán en buena medida las posibilidades del éxito, de ahí que exploremos con confianza, un sendero inédito.
(*) Reproducido de Cuba Socialista, revista del Partido Comunista de Cuba, N° 17
1.- “Organizaciones del exilio reciben fondos del NED” en El Nuevo Herald, 23 de febrero de 2000.