No quiero ser
serrano
Los
participantes hicieron un juego de roles donde se les pidió reconstruir
una situación práctica de discriminación racial. Quedó comprobado que es
fácil agredir, pero es duro ser víctima de la agresión.
No
es nada cómodo sentirse discriminado por el color de la piel. En efecto,
asociada al estereotipo de que la gente de la sierra “sólo sirve para
cargar cosas”, ser comparado con alguno de ellos implica tener un
estatus de esclavo o de empleado doméstico, y por consiguiente un
sentimiento de inferioridad y desigualdad (“no me siento igual por ser
de la sierra” = no me siento igual por ser serrano).
Es
incómodo que uno se sienta comparado con alguien ‘mejor’ que él mismo o
ella misma, especialmente si este otro tiene un tipo racial de goza de
mayor preferencia, o sea, el caucásico.
Los
participantes son conscientes que esto tiene un nombre: violencia,
aunque no sea de golpes, sino de sentimientos. Y eso duele.
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