El reencuentro


El lugar estaba lleno de luz; era amplio, tan amplio como un pa�s vac�o, desierto, sin vida pero agradable y dulce. Una llanura sin horizonte ni frontera.
- Viejo, �hemos perdido?
La pregunta le sali� disparada en un improviso, fue lo primero que pens� y como tal la solt�. No sab�a d�nde estaba. Mucho menos entend�a por qu� estaba delante del Viejo ni c�mo hab�an llegado hasta aquel lugar.
- As� dicen, hijo, as� dicen.
Le respondi� sin aspavientos; lo dec�a con pausa, sin convicci�n ni resignaci�n, s�lo como quien adelanta un chisme que, de tanto ser contado y repetirse de boca en boca, florece a destiempo, sus frutos se desploman antes de madurar y da en tierra con su desprop�sito.
Al reci�n llegado le brillaban dos ojos oscuros, negros y peque�os, en el fondo de la cara; boquiabierto e inquieto lanz� una mirada a su alrededor tratando de comprender algo, cualquier cosa. De pronto, un ligero temblor recorri� su cuerpo al darse cuenta que hac�a much�simos a�os que nada sab�a del Viejo, que no lo hab�a visto; lo daba por muerto y sin embargo, sin alerta ni aviso, lo ten�a delante de sus narices, a un palmo de ella.
- �Qu� hacemos ahora?
- No tengo ni idea. �respondi� el Viejo.
> Ambos giraron en redondo tratando de encontrar alguna se�al. Nada.
En contraste con la blancura del lugar, llamaba la atenci�n y resaltaba la vestimenta de los lugare�os; aunque vestimenta y lugare�os era mucho decir puesto que no se pod�a distinguir qui�nes eran ni qu� llevaban encima, en el mejor de los casos parec�an sombras, s�, eso, eran sombras.
Sombras agrupadas por decenas, centenas o millares, dif�cil saberlo; tan s�lo algunas caras conocidas estaban dentro de aquella multitud. Conformaban grupos por aqu� y por all�, todos conversando; a la distancia no se o�a nada, pero por los gestos y ajetreos se podr�a decir con convicci�n que discut�an, que intercambiaban opiniones con gran fogosidad.
- Hola cumpas, �qu� tal?
Al girar, se toparon con Felipe y una sonrisa de oreja a oreja.
- �Venancio! �Pero si est�s hecho todo un hoombre, ya no eres el ni�o de antes!
- �As�? �Pero t� y el Viejo est�n tan a�ejoss como siempre! �replic� Venancio rasc�ndose la nuca y ahogando una sonrisa en la comisura de los labios.
- Las apariencias, las apariencias enga�an. �dijo el Viejo mirando de reojo y haciendo un gesto sombr�o como quien empieza a comprender algo all�, en el fin del mundo, al borde del desierto. Una impresi�n. Casi como un suspiro.
- Pero, �qu� est� pasando? �D�nde estamos? ��Venancio se inquietaba cada vez m�s.
Felipe, tan pr�ctico como siempre, le puso las manos sobre los hombros, lo mir� fijamente y le pregunt� si recordaba algo que hubiera pasado antes de llegar a este lugar.
- No, no lo s�... Estaba con mi mujer... Choolita, Cholita, corre...corre... �Al ni�o convertido en adulto le flaquearon las piernas, se le enturbiaron los ojos y empez� a sollozar.

Dif�cil ser�a contar o tratar de manifestar c�mo, pero ante ellos se abr�a ligeramente lo que de suelo les serv�a y los tres con asombro lo ve�an.
Cuatro cuerpos yac�an sobre dos mesas rodeadas de much�simas velas encendidas y gente ataviada con ponchos y polleras de oscuros colores; gente buena, con el rostro curtido y quemado por el estriado fr�o; gente piadosa, gimiendo, llorando, lamentando, maldiciendo, condenando. �Por d�nde trajinas, tayta dios? �A qu� te dedicas? �De qu� lado est�s y qu� te propones? �Por qu� nos has abandonado, desgraciado? Le interpelaban como si existiera; se lo reclamaban por si �l no sab�a lo que hac�a.
Dos de los cuerpos eran a�n peque�itos; amarillitos como la flor de retama se estaban. Venancio con mucha atenci�n los observ� y sin prisa ni precipitaci�n los reconoci�. No hab�a duda. S�, eran sus hijos. Macho y hembra los cre�.
Sobre la otra mesa reposaba el cuerpo impoluto de su mujer; era menuda, fuerte y fogueada pero por una sola vez no pudo correr.
Venancio, hacia un costado se�alaba y desolado con la mirada afirmaba. Se reconoci� amortajado.
- �Ese soy yo! �Ya me mataron, carajo! �y enntonces todo lo record�.

Estaba en su choza en la cima de la colina, y entre sue�os le llegaba el murmullo del arroyo que por detr�s y hacia abajo corr�a. Acostumbrado a o�r dormido y a distinguir los di�fanos sonidos de la naturaleza de los por el hombre producido, el pisar de sigilosas botas descubri�. Se arranc� la manta que lo abrigaba de un manotazo y de un salto se levant�, cogi� al vuelo a sus hijos y grit� a su mujer para que despierte, que se levante y corra. Lo que aconteci� fue fulminante. Los soldados ten�an rodeado el peque�o pueblo, y la chocita que cobijaba a Venancio y su familia era pasto de las llamas; su cholita fue derribada al octavo paso y los dos soldados que la golpearon se le fueron encima. A Venancio le quitaron los hijos. A la ni�a le abrieron el vientre de un solo tajo y con sus dos a�itos, ayer reci�n cumplidos, abandon� este valle de l�grimas sin tiempo para quejarse. Al var�n reci�n nacido lo lanzaron al aire con tanta violencia que ya no respiraba cuando cay� entre las rocas. Venancio ya ten�a varias costillas rotas a patadas cuando a rastras lo llevaron cerca de su cholita para que vea c�mo la violaban; uno de tras de otro, como fieras desbocadas la golpeaban, impotentes trataban de someterla profiriendo maldiciones contra todos los terrucos de mierda que pueblan la sierra. �Te vamos a reventar puta maldita! �Toma, conchatumadre, para que aprendas t� y todos los muy hijoeputa a no meterse con la autoridad! Trataban de penetrarla. Y le daban con la culata del fusil. Una lucha desigual. Ellos ten�an los pantalones ca�dos y la verga presta; ella se defend�a con u�as y dientes, ara�ando, mordiendo, escupiendo, pateando, maldiciendo y gritando sin pedir clemencia, dispuesta a luchar hasta el �ltimo h�lito de vida. Morir�a de pie aunque ya estaba tendida. Alguien dispar�. Venancio logr� incorporarse a medias pero un rodillazo en la cara lo derrib� por en�sima vez, qued� tumbado de espaldas viendo el cielo abierto; con lo �ltimo que le quedaba de fuerza catapult� el pie hacia arriba y le dio de lleno en los cojones al soldado que delante ten�a. Varios brutos se le fueron encima y a punta de culatazos empezaron a partirlo. Ya no sent�a nada, el dolor y la misericordia lo hab�a abandonado; trat� de tomar la mano yerta de su cholita cuando todo se torn� oscuro, silencioso, apacible y descendi� a la m�s profunda y oscura de las noche con un te quiero a flor de labios.

Los tres suspiraron y guardaron un silencio largo.
- �D�nde estamos? �volvi� a preguntar Venanccio- Este no puede ser el reino de los cielos reservado para nosotros.
Rieron.

Felipe se adelant� a la pregunta que ve�a llegar y cont� que su columna se desplazaba de Ayacucho a Huanta, salieron de noche y poco antes del amanecer deber�an llegar al punto se�alado para unirse a la III Compa��a y continuar con direcci�n a Huancavelica. A la hora del oscuro mand� detener al grupo porque hab�a algo que le quitaba el sosiego y quer�a mandar un gu�a por delante para que viera si el camino estaba despejado. Dar la vuelta a la loma y bajar era lo poco que por andar les quedaba.
Mientras daba las instrucciones necesarias para preparar el descenso, les cay� una lluvia de balas que los tom� desprevenidos. Hab�an ca�do en medio de una emboscada. Se defendieron lo mejor que pudieron pero no ten�an forma de ganar ni escapar. En menos de media hora ya estaban vencidos. No ten�a sentido seguir luchando, a la orden cesaron los disparos y empezaron a gritar que se rend�an. Dejaron las armas en el suelo y se pararon con las manos en alto. S�lo cinco lo pudieron hacer, sus heridas eran leves. Los otros doce estaban muertos o mal heridos. Los soldados los rodearon. Se acercaron a los tendidos, y a bocajarro volvieron a matar a los muertos y asesinar a los heridos. Nadie protest�. Uno hab�a pedido clemencia y respeto en nombre de su viejita, una r�faga le destroz� la boca. �Calla hijoeputa! �ladraron.
- Nos llevaron a la altura que estaba por ahh�, al frente de nosotros... �hizo con la mano izquierda una se�al difusa hacia adelante y despu�s de una breve pausa, que pareci� eterna, movi� la cabeza como para sacudir errores y malos recuerdos, continu�- y nos hicieron poner en fila con las manos por detr�s de la nuca.
- No tuvimos tiempo para mirarnos ni de reojjo, tampoco para cantar, gritar o cualquier otra cosa parecida. �carraspe� y afligido continu�- Sent� varias punzadas, como la picadura de una avispa en pata calata, y di de espaldas contra la loma; me golpe� la cabeza con una piedra saliente, ca� y qued� sobre la grava mirando el firmamento, estaba repleto de estrellas. �Carajo, despu�s de una semanaza de lluvias, por fin estaba despejado el cielo y el Sol amenazaba con salir! �Y yo all�, tirado sin morir! Ten�a sed pero no pod�a hablar, ten�a los ojos abiertos y los huesos me dol�an, hac�a fr�o. No s� cu�nto tiempo pas� as�, pero en alg�n momento alguien me agarr� por las manos y empez� a arrastrarme hacia un lugar donde ol�a a sangre, meados, cal, crematorio, incienso y cagada; quien me jalaba me coloc� al lado de otros cuerpos fr�os, y cuando, por esas malas pasadas de la vida, nuestros ojos se cruzaron, no s� qu� me habr� mirado �l, pero vomit�; lo que yo le vi fue una cara de imberbe reci�n inaugurada en faena para hombres de uniforme, sin miedo, con valor y coraje para defender su patria.
Hizo un silencio, baj� la cabeza y levant� los hombros, solt� un bufido y sigui�:
- Luego, vinieron otros, nos cargaron y tiraaron a un hueco profundo; estaba casi lleno cuando me lleg� el turno, al parecer tambi�n hab�an tra�do cad�veres de otros lugares. Ya no hab�a estrellas, el Sol brillaba en alg�n lugar que no pod�a ver. Segu�a teniendo sed. Echaron tierra y nos escondieron bajo algunas piedras. Quer�a gritar, avisar que a�n estaba vivo; pero no pude, me fui asfixiando y muriendo de a poco. �Vaya mierda!

- �Y t�, Viejo?
- �Yo? Muy bien, gracias.
Una sonrisa y se sintieron relajados. No les resultaba f�cil abrir el alma y mostrar los pesares.
- Estuve en un caf� discutiendo con algunos dirigentes indecisos que no sab�an si persistir o no. Todos hab�amos le�do los peri�dicos que publicaban la primera carta que solicitaba conversaciones que conduzcan a un acuerdo de paz y cuya aplicaci�n llevase a concluir la guerra. Tambi�n la segunda y el borrador de la tercera. En poco tiempo esas cartas hab�an causado un despelote tremendo al interior de nuestras filas; los capituladores ten�an la sart�n por el mango en las prisiones, y la mayor�a, de los que qued�bamos afuera, se decantaba por so�ar con que es bodrio era una patra�a; no comprend�an la urgente necesidad de desenmascarar al renegado pues no cre�an, ilusos de ellos, que fuera capaz de tama�a traici�n, as� que en nada qued� la discusi�n. �Estaban ciegos! �Sordos y ciegos! Lo �ltimo que recuerdo, si la memoria no me falla, es que convers�bamos con pasi�n y buen humor cuando notamos que la due�a de la cafeter�a hablaba por tel�fono mientras nos miraba con suspicacia, as� que por precauci�n decidimos retirarnos. Al parecer la decisi�n fue tard�a. Ya en la calle, sent� que por atr�s me golpe� en la cabeza algo muy caliente. Y de all� para aqu�, s�lo un quejido.

-�Estamos en el limbo?
Venancio segu�a preocupado por saber d�nde se encontraban.
- Ni que fueras santo o patriarca. �le respoondi� Felipe y el Viejo ri� con ganas.
- No estamos en ninguna parte, esto no existte y nosotros tampoco. �Suspir�, carraspe� y lentamente continu�- Al parecer hay quienes est�n pensando en nosotros y nos mantienen vivos en sus mentes y corazones. S�, eso debe ser.
El Viejo hizo un silencio para saborear su descubrimiento.
En ese momento notaron un resquicio en lo que de suelo les serv�a; por ah� les llegaba un rumor, algo parecido a un r�o que rueda canto con direcci�n a la brava mar. Un arrullo grato que da seguridad e ilumina el alma. Se acercaron, a gachas, los tres metieron simult�neamente los dedos entre la peque�a abertura y jalaron hacia los lados. Miraron. Abajo, el terreno se encorvaba levant�ndose majestuoso, de entre las cordilleras, por la ca�ada de la izquierda, se ve�a un hilo rojo que discurr�a hacia delante. Pusieron los ojos en rendija y aguzaron la vista. La imagen se hacia m�s clara al acercarse hacia ellos; eran banderas, rojas, tremolantes al viento se�alaban el nuevo amanecer. El susurro se hizo m�s cercano y profundo; antes de ser definitivamente claro, ya lo hab�an reconocido. �C�mo qu� no! �Cu�ntas veces lo hab�an cantado! �Si lo llevan bien metido en la conciencia!
- �Por los valles y los andes...!
Se quedaron oteando un rato largo.
Venancio hab�a cambiado de aspecto, el rostro se le ilumin� con una sonrisa infantil; tal vez le vinieron a la memoria algunas im�genes, algunos recuerdos de los primeros a�os.
Se incorporaron, sonre�an. Miraron a un lado y al otro para comprobar que no estaban solos.
- �Cumplimos lo prometido! �fue un pensamiennto al un�sono.

Felipe not� una mancha oscura, la �nica que se levantaba sobre alguien.
- Miren, �dijo- ese hombre, en su jaula, toddav�a se envuelve en su propia sombra y se pregunta por qu� anda a oscuras.
Sonrieron. Se alejaron de all� fundidos en un abrazo flotando sin prisa; un abrazo como aqu�l que se dieron cuando se despidieron en la resaca de la vida. El Viejo los apret� contra su pecho y reiter� lo que les hab�a dicho hace veintid�s a�os:
- �Seamos humildes y nos mantendremos eternoos!


Rafael Masada
3 de diciembre de 2007

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