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INFORME
ESPECIAL: OPINIONES DE PSICOLOGOS
El cautiverio, una experiencia que provoca terribles sensaciones
Al principio sólo hay miedo. Enseguida llega la ansiedad, junto
con más miedo. Hay una esperanza constante que se apaga hasta caer
sobre sí misma invertida, en un pozo completo de desesperanza.
La vida está suspendida, en un paréntesis sin final que
está lleno de alucinaciones. Y, otra vez, de terror. La sensación
de que es imposible estar más cerca de la muerte convive con la
certeza de que no habrá otra salida más que ésa.
Ansioso estará ahora Ernesto Rodríguez, analizan psicólogos
consultados por Clarín. Ansioso, y lleno de miedo desde hace 34
días, cuando cinco hombres se lo llevaron. Pasó Navidad
alejado de los suyos. Pasó Año Nuevo en un lugar donde las
agujas del reloj se quedan eternidades en cada minuto. Y ahora mismo está
ahí.
"La sensación de los primeros momentos no es de estupor ni
de sorpresa sino de haber caído en lo temido", dice la psicoanalista
Silvia Bleichmar, que trabajó con desaparecidos. "En ese momento
se combina el terror con la desesperación por encontrar una salida.
El pensamiento busca soluciones alternativas, como huir si se abre una
puerta o el deseo de haber sido visto".
Ernesto habrá pensado en los guardias de seguridad del barrio,
mientras nacía el terror. "Cuando es capturado, el secuestrado
vive picos de angustia porque no tiene claro qué pasa", define
Sergio Rodríguez, psicólogo que trabajó con desaparecidos
en el Servicio de Paz y Justicia (Serpaj). "El riesgo de morir en
la captura es la primera lectura que hace", escribe el psicólogo
colombiano Emilio Meluk, autor de El secuestro, una muerte suspendida.
"El pensamiento se paraliza".
Acorralado, Ernesto habrá escuchado luego una voz tranquilizadora.
"Los secuestradores tienden a calmarlo, a decirle que no van a matarlo,
que sólo buscan dinero. Es un potencial enemigo y prefieren que
esté de su lado", indica Rodríguez. Pero ni eso ayuda.
"En las primeras horas se sostiene el ánimo con la esperanza
de ser prontamente recuperado", asegura Bleichmar. "Y está
muy atento a los signos de sus captores. Intenta detectar algo que le
permita saber qué se piensa hacer con él. Hay una pregunta
fundamental que se hace: las posibilidades de salir con vida".
La muerte como un fantasma. Ernesto, que tan cerca la tuvo con un ataque
cardíaco, la habrá repensado una y mil veces. ¿Cómo
se escapa a eso? "El aislamiento lleva al secuestrado a establecer
una relación con su mundo interno, a hacer un examen de su vida,
una reevaluación de sus relaciones", indica Meluk. Meterse
hacia adentro, en una remembranza. "El secuestrado entremezcla fantasías
en las cuales es liberado, destruye sádicamente a los secuestradores
o éstos se compadecen y lo liberan".
Fantasías en minutos que duran días. "El tiempo se
alarga hasta el infinito. Pero luego la temporalidad tiende a ser anulada.
Y la víctima intenta cuidadosamente controlar el tiempo. Trata
de reducir lo imprevisible al mínimo", explica Bleichmar.
"Si está aislado, corre el riesgo de sufrir alucinaciones.
Escucha que alguien le habla, aun cuando está solo", describe
Meluk. Así que los días son una laguna interminable. Y de
noche es peor. "Tiene insomnio. Oscila entre confusión, llantos
prolongados y desesperanza profunda. Y sufre pesadillas en las que es
asesinado o maltratado".
Las pesadillas van cediendo a medida que pasan los días. Pero la
ansiedad, nunca. "Tras casi un mes de cautiverio, la víctima
está desesperada y teme un desenlace fatal. El factor tiempo genera
más incertidumbre y tensión", explica Rodríguez.
Como embotado, sonámbulo todo el tiempo, despertando con ideas
locas en la cabeza. Así definen los secuestrados sus vivencias.
"Por esto, el sobrevivir a un secuestro es el triunfo de la esperanza
sobre la desesperanza", concluye Meluk.
Clarin,
Domingo 25 de enero de 2004
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