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Cómo
se liberó a Ernesto Rodríguez
La venganza que rompió la unión de la banda
Un preso que formó parte del grupo delató a sus cómplices
Engaños, sexo, drogas. Amenazas, venganzas, muertes. Todos esos
elementos podrían conjugarse en uno solo: traición. Una
delación, precisamente, desató el nudo de la investigación
y condujo a la policía directamente a la chacra de San Andrés
de Giles donde estaba cautivo Ernesto Rodríguez.
El nombre del delator, quien,
según la historia oficial, le pasó el dato clave al diputado
nacional Mario Cafiero, es mantenido en absoluto secreto. Pero de la consulta
de LA NACION con varias fuentes de la pesquisa es posible inferir que
el informante es un presunto secuestrador que, en distintas épocas,
mantuvo estrechos vínculos con varios de los detenidos en los últimos
días, tanto por el caso Rodríguez como por hechos anteriores.
Vínculos entre delincuentes unidos para cada caso por conveniencia
o disponibilidad, un concepto bastante alejado de la idea de una organización
criminal estable y sofisticada.
Ayer fue procesado, con prisión preventiva, Sergio Leiva por el
secuestro del padre de Jorge Rodríguez. También se pidió
la captura de una empleada doméstica que trabajó para Ernesto
Rodríguez; el fiscal Jorge Sica quiere establecer si ella pudo
haber dado, casual o intencionalmente, información que hubiera
facilitado la planificación del golpe.
Esta mujer -cuya identidad fue mantenida en reserva- no es la única
prófuga: fuentes judiciales confiaron a LA NACION que también
integra esa nómina el supuesto dueño de la chacra donde
estuvo encerrado Rodríguez: Marcelo Fabbra, "Chelo",
cuyo hijo, Daniel Fabbra Señorans, fue detenido anteayer por la
policía bonaerense, durante el operativo de rescate. A ellos se
suman otras personas aún no identificadas, como los proveedores
de las armas y los teléfonos que utilizó la banda para concretar
el secuestro y para mantener las negociaciones con "Corcho"
Rodríguez.
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Vínculos inestables
Contrariamente a la idea extendida de que existen una o dos superbandas
que son autoras de la mayor parte de los secuestros extorsivos y que se
reparten zonas de actividad y se "prestan" integrantes, los
detectives e investigadores consultados por LA NACION sostienen que, en
realidad, lo que existen son células que se reagrupan por conveniencia
y oportunidad; estructuras móviles, antes que organizaciones con
roles perfectamente establecidos y coordinados por una mente rectora,
el ideólogo.
Esa inestabilidad organizativa -a juicio de los detectives consultados-
es consecuencia de las fracturas dentro de bandas, tanto por motivos personales
como de trabajo. Esas divisiones derivan en la formación de nuevas
bandas dedicadas al mismo tipo de delito, en la misma zona.
A partir de la liberación de Pablo Belluscio, funcionarios judiciales
y policiales resolvieron explotar aquellas grietas provocadas en el seno
de las bandas para detener a sospechosos e intentar provocar, haciéndolos
hablar, delaciones que condujeran a nuevas detenciones. La estrategia,
confiaron los investigadores a LA NACION, era "capturar a todos los
que anduvieran dando vueltas, sacarlos de circulación y, así,
cortar la sucesión de secuestros grandes".
El primer objetivo fue Leiva, supuesto partícipe en media docena
de casos. Del análisis de los datos recogidos durante meses surgió
que una pelea entre el "Negro Sombra" y Mario Antonio Carranza,
"Coco" -aparentemente, por el amor de la mujer de uno de ellos-
había convertido a estos dos estrechos camaradas en enemigos a
muerte. Los detectives, entonces, apuntaron a dar con "Coco".
Sin embargo, el que primero cayó fue Leiva, el prófugo del
que más se hablaba, en relación con los secuestros. El 22
de enero, el "Negro Sombra" fue detenido en Panamericana y ruta
197, cuando viajaba en un remís. Tras ser indagado por Sica, al
día siguiente, Carranza se convirtió en el principal objetivo.
La SIDE creyó tenerlo cercado en un Peugeot 206 estacionado en
la avenida Lugones, en la madrugada del domingo pasado. Pero en ese auto
no estaba él, sino su primo, Aldo Millaguán, y Néstor
Villar Fernández, alias "Corta", hermano de "Caja"
Fernández, detenido en mayo por el secuestro de Facundo Laffont.
El dúo llevaba encima el celular con el que se había guiado
a las personas que pagaron el rescate de Cristina Taborda.
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Cuando al día siguiente la mujer fue liberada de la casilla en
la que estaba cautiva, en Garín, Carranza ya estaba preso. En su
poder, y en el de otro de sus cómplices, tenía dólares
que habían sido pagados y marcados previamente, por el rescate
de Ana Sofía Coisne, en octubre.
Con dos secuestros esclarecidos, con Leiva a punto de ser procesado por
el caso Rodríguez, y con Carranza, mencionado en este hecho también,
sólo faltarían unas horas para que comenzara a montarse
el operativo de rescate de Rodríguez.
Faltaba un tercer prófugo importante: Horacio "Lala"
López, buscado por el caso Belluscio. "Lala" tenía
relaciones con Leiva y con Carranza, y fue marcado justo después
de que cayeron sus viejos amigos. Las precisiones que dio el informante
sugieren que conocía al dedillo los movimientos de la banda.
En San Andrés de Giles caerían bajo el fuego policial Juan
José "Potrillo" Villegas y Jorge Luis "Jeta"
Medina, un cómplice histórico del "Negro Sombra",
que dos meses antes había entrado en un hospital del conurbano
norte, con un tiro de escopeta en el pecho, producto de una pelea entre
bandas.
Como nunca antes, los partícipes importantes de un secuestro fueron
atrapados en el lugar del cautiverio de la víctima. Todo indica
que fueron vendidos.
Por Fernando Rodríguez, La Nacion, 6 de Febrero
de 2004
Severos
El ministro de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación,
Gustavo Beliz, sostuvo anoche que el Gobierno va a ser "muy severo"
con los jueces que liberaron a delincuentes que luego fueron detenidos
en otros ilícitos resonantes, como los secuestros. En declaraciones
radiales, Beliz explicó que el gobierno nacional está "haciendo
un detallado relevamiento vinculado con los egresos de condenados de las
cárceles", debido a la aparición de personas "con
frondoso prontuario y condenas vinculadas con bandas de secuestradores".
La
Nacion, 6 de Febrero de 2004
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Una
traición entre viejos conocidos del hampa habría permitido
la liberación de Rodríguez y la captura de sus secuestradores
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Opinión
El proceso psicológico, luego de las privaciones
Por Lic. Miguel E. Espeche
Para LA NACION
No es la certeza de que la muerte está cerca lo que cifra como horrorosa
una experiencia. Por más que nuestra cultura se lleve muy mal con
ella, la muerte es un destino cierto y, si bien puede generar conflicto
su existencia (una especie de protesta existencial), no es un tema para
discutir, sino para aceptar, obedientemente.
Lo que sí abre la puerta del infierno es el dolor sin sentido y,
sobre todo, la arrasadora experiencia de sentir ser tratado como un objeto
inerme, por alguien que no ve en el prójimo un "otro",
sino que ve en él una "cosa" para depositar allí,
violentamente y sin ningún tipo de reparo, su propia pesadilla interior.
Atada, sin agua, sin comida y golpeada porque sí, la experiencia
de la señora Taborda es, sin dudas, lo que la Psicología llama
"traumática". Aún no habiendo aparentemente vivido
una violencia similar, el señor Rodríguez, como tantas otras
víctimas de un secuestro, también seguramente ha visto arrasada
su existencia al repentinamente entrar en la pesadilla de la libertad anulada
y la violencia desatada.
Ya cerca de los suyos, las versiones hablan de Cristina Taborda como de
una madre que se sostenía en sus hijos para hallar fuerzas ante tamaña
locura. Esas fuerzas que todo humano tiene, pero que sólo se conocen
cuando se tocan límites inimaginables, se llega al territorio de
lo impensado y toca en suerte confrontar la oscuridad con toda la luz que
se pueda generar.
Tras el infierno, es de imaginar un tiempo de reparo, un tiempo de reencuentro
con los afectos, pero también un tiempo de extrañamiento y
de torbellino anímico por parte de los antes secuestrados.
Bueno es, en casos de trauma de esta índole, sentir un acompañamiento
de familiares que sea afectuoso y respetuoso de la expresión emocional.
Así como el cuerpo pide agua y comida, el alma pide humanidad. Pide
reencontrarse con el ser persona, como aquella prisionera de campos de concentración
que llora de emoción cuando un soldado aliado la llama "señora",
tras años de ser un número o un pedazo de carne caminante.
Tras los primeros tiempos, tras el reencuentro con los afectos, con la libertad
física, con la cotidianeidad, la experiencia pedirá un sentido.
No lo tiene; hay que dárselo, generarlo.
Son muy diferentes las maneras de salir de una situación traumática
prolongada como lo es un secuestro. Esa manera surge de variables diversas,
como lo es el carácter de la persona en cuestión, su situación
emocional previa, sus creencias, la red de afectos con la que cuenta, entre
otros.
Lo habitual es que las personas que han vivido situaciones de trauma por
este tipo de delitos, deban descubrir y nombrar, a su manera y en su momento,
la fuerza interior que les permitió sobrevivir sin enloquecer. Verán
así que no sólo eran pasivos ante el horror, sino que, aun
en silencio, eran protagonistas activos de su liberación. De hecho,
esa fuerza era lo que ofrecía una libertad "insecuestrable".
Así como la experiencia al principio avanzó prepotentemente
sobre la persona, con el tiempo es la persona la que debe avanzar y adueñarse
de lo vivido para ofrecerle el sentido que hará que el secuestro
no continúe, ahora, con forma de pánico, depresión,
sensación de abatimiento o amargo escepticismo que apaga toda alegría
o ganas.
Las cosas nunca serán como antes. Eso, para quien ha vivido un secuestro,
no tiene que ser necesariamente malo. Muchos vivimos libres sin valorarlo.
Ellos saben lo que vale la libertad, y en eso corren con ventaja.
La Nacion, 6 de febrero de 2004 |
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