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Corrupción,
delito de lesa patria
Por José Luis Galimidi
Para LA NACION
La crisis de una comunidad significa, entre otras cosas, el riesgo severo
de la disgregación y de la pérdida de los sentidos compartidos.
La clausura de un horizonte para el desarrollo personal y para la integración
social azota a millones de compatriotas y conforma, indudablemente, el
caso de una situación crítica.
En este contexto, el clima de moderado optimismo provocado por la mejora
de algunos indicadores econométricos ofrece una oportunidad única
para que los argentinos intentemos reactualizar el sentimiento de compartir
una empresa común, que implique algo más que la mera coexistencia
física y atomizada en un espacio territorial. Y esto depende de
que se aproveche la incipiente recuperación para encarar, como
cuestión vital, la reintegración de los que han resultado
excluidos. En otros términos, es indispensable que la miseria y
la desocupación endémicas sean asumidas, en las diferentes
esferas de la sociedad civil y del Estado, como una situación radicalmente
incompatible con el sentido mismo de nuestra existencia como comunidad
social y política.
Como en toda situación genuinamente crítica, la disyuntiva
es de hierro, y urgente: o bien se declara la guerra frontal a la exclusión,
y se dispone soberanamente de todos los recursos materiales y simbólicos
que apunten a derrotarla, o bien se admite que el núcleo de valores
que nos permite aspirar a ser algo diferente de una mera multitud en belicoso
estado de naturaleza ha quedado relegado a la condición de retórica
indigna.
Este es, precisamente, uno de los significados profundos del Preámbulo
de nuestra Constitución Nacional: si no se cumple con el objeto
de promover el (mínimo) bienestar general para nuestra posteridad,
el "nosotros" que nos constituye como nación deviene
una palabra -y refleja una realidad- vacía de sentido.
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Conductas enemigas
Si una situación determinada es asumida como radicalmente disvaliosa,
hasta el punto de que pone en peligro la existencia misma de la comunidad
como unidad espiritual, entonces las acciones que la provocan ya no pueden
ser consideradas delitos comunes, sino que pasan a ser, propiamente, hostilidades.
Por razones análogas, aquellas personas que, en pos de sus exclusivos
intereses particulares, propician con sus acciones y omisiones la situación
crítica, al tiempo que pretenden disfrutar de los beneficios de
la pertenencia, ya no pueden ser considerados cómplices, sino más
bien traidores.
Ahora bien. Es muy probable que la desolación que soporta gran
parte de la población en la Argentina responda a una nefasta constelación
de condiciones concurrentes, internas y externas, y que se haga sumamente
difícil identificar, sin caer en simplificaciones deformantes y
totalitarias, a un grupo determinado de personas, instituciones o países
que, como alianza enemiga, la hayan planeado y realizado. Pero la dificultad
de señalar un sujeto enemigo no obsta para que sí se puedan
identificar conductas (y personas) concretas que hayan facilitado y profundizado
la crítica situación presente. Y esto vale, especialmente,
para aquellas personas que, desde cargos públicos y con considerable
poder y capacidad de decisión, han deshonrado la confianza que
el conjunto de la sociedad ha depositado en ellos.
Cuando hay millones de compatriotas sumergidos por debajo de la línea
de pobreza, un secretario de Estado, un senador, un magistrado o un policía
de alta graduación, que aprovechan la autoridad y las conexiones
de que disponen para desviar recursos públicos en favor de intereses
privados, son algo peor que delincuentes comunes. Recuerdan, más
bien, al militar que, en vísperas de la batalla, entrega al invasor
los planos de la defensa, o al diplomático que revela secretos
de Estado a una potencia enemiga.
Como es sabido, el ambiente de corrupción desalienta la inversión
productiva y obstruye las políticas proactivas de asistencia, reparación
y reactivación. Por esta razón, el alto funcionario que,
en tiempos de crisis, incurre en prácticas corruptas es un "infame
traidor a la patria", para apelar a una ilustrativa expresión
de la Constitución, porque provoca exactamente el mismo tipo de
males que su misión le exigía combatir y porque los daños
colectivos que causa su conducta deshonrosa son, material y simbólicamente,
irreversibles.
Es verdad que "se necesitan dos para bailar el tango", pero,
después de todo, la existencia de agentes particulares voraces
que puedan intervenir en un arreglo de corrupción es una eventualidad
previsible. Ya enseñaba Hobbes (y también Locke, Rousseau,
Kant, Weber y, a su manera, Freud) que la autoridad estatal con poder
coercitivo debe existir, precisamente, para evitar que los hombres den
libre curso a sus inclinaciones insociables, que los impulsan a dañar
y a someter por la violencia o por la astucia a sus semejantes.
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La mayor responsabilidad
El poder interior del Estado, de un modo u otro, se justifica como prevención
y represión del desmedido afán de lucro y de dominio, así
como la medicina se justifica por la enfermedad, o la arquitectura por
la intemperie. Pero la alta corrupción en cuestiones de legislación,
de economía o de seguridad es otra cosa; ya no es mera enfermedad,
es el médico mismo administrando drogas para enfermar y matar al
paciente que lo seleccionó entre varios profesionales posibles,
que le confía su salud y la de los suyos, y que le paga.
La corrupción en niveles jerárquicos de la función
pública siempre representa un daño material concreto al
Estado. Pero, además, en un contexto de miseria y exclusión,
constituye un mensaje letal, que atenta contra la endeble integridad espiritual
de nuestra comunidad sociopolítica.
Una respuesta soberana coherente, además de contemplar la dimensión
técnica, administrativa y, desde luego, jurídica, también
debería incluir una aseveración simbólica, propiamente
política, de la más alta intensidad. Sin pensar en buscar
chivos expiatorios, o en multiplicar gravosamente la normativa vigente,
tal vez sería conveniente reflexionar sobre las vías posibles
para reconfirmar, colectivamente, la diferencia cualitativa que existe
entre la enfermedad y el médico desleal, entre los delitos cometidos
por particulares y las traiciones cometidas por funcionarios y representantes
políticos, en fin, entre la normalidad y la excepción. A
título meramente especulativo, podría pensarse en declarar
la condición imprescriptible de la acción fiscal, para asociar
estos delitos, de alguna manera, a los de lesa patria. O en elevar hasta
el fuero federal la jerarquía de los tribunales que entendieran
en todo asunto del tipo en cuestión, como para mostrar que el interés
afectado es el del cuerpo de la Nación, y no sólo el de
este municipio o el de aquella provincia.
De un lado está el norte ético de la acción colectiva,
que consiste, imperiosamente, en generar políticas positivas que
restituyan un mínimo valor real al título de ciudadanía.
Título que corresponde a los que han sido derrotados en la guerra
de algunos contra todos de las últimas tres décadas. Del
otro está el abuso de confianza, del cual dice Borges, hablando
de Judas, que es una culpa no visitada por ninguna virtud. Ante casos
severos de inconducta, los partidos políticos expulsan, las iglesias
excomulgan, los consejos profesionales retiran matrículas, las
universidades revocan títulos.
La elevación cualitativa del reproche penal hacia las personas
que han renegado de la lealtad hacia lo público sería, tal
vez, una contribución sinérgica al citado propósito
reconstituyente. Un gesto tal, obviamente, no acabaría con el flagelo
de la exclusión, pero al menos estaría dejando en claro
que se le ha declarado la guerra.
El autor es doctor en Filosofía y profesor en las universidades
de Buenos Aires y de San Andrés.
La Nacion, 29 de enero de 2004
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