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CRONICA DE UN ANGEL MUERTO DE HAMBRE


Tengo la impresi�n que a nadie le importa que Nora Izada Curbelo muriera de hambre en un apartamento de La Habana. No fue v�ctima de un terremoto, una lluvia de lodo o un tornado. Tampoco un cicl�n se la llev� hacia el mas all�. El hambre la mat�, la consumi� poco a poco y se qued� sentada en un sill�n de mimbre, lleno de huecos, mirando las palomas que picoteaban las semillas de los almendros en una parte del Vedado, un reparto habanero, de Cuba, de la isla, donde la gente trafica por la vida desesperadamente.

Nora Izada Curbelo no era una disidente, una opositora pol�tica, una cederista o una destacada federada. A sus setenta y dos a�os Norita, como le dec�an sus vecinos, se paseaba por las veredas del Vedado buscando pomos de compota, paquetes de leche en polvo o, quiz�s, algunas alitas o muslitos de pollo para matar su hambre. Todo lo fue cambiando por sus joyas, sus diademas , sus sortijas, sus collares, esos que comprara en New York, Par�s o Madrid cuando viajaba de vacaciones con su esposo Frank, un cubano fumador de tabaco que muri� asustado cuando los milicianos le interviniero su agencia de seguros. Eran los d�as de la zafra de los Diez Millones y Nora Izada Curbelo, sola, hermosa, esperaba que algo cambiara, no sab�a qu�, pero que cambiara y que le permitiera ir a la playa de Santa Mar�a a buscar a sus nietos, a su hija, y saberse abuela y madre. Pero todos se fueron, todos deambulando por el mundo. Ella no quiso irse. Se aferr� a que era cubana y que Dios la proteg�a y que el comunismo pasar�a y que si todos se hubieran quedado  las cosas iban a ser de otra manera.

Nora Izada Curbelo se qued� en su tiempo. Lo guard� detr�s de la ventana. No lo dejaba salir cuando ella sal�a a buscar, a cambiar, al cambalache,  sus trapos por frijoles, sus prendas por un boniato, los cuadros del Coraz�n de Jes�s o aquella colecci�n de Puentes que Ponce le dedic� y que ella no sab�a lo que val�a y los truecaba por arina, ajos y cebollas.

Era un �ngel que rezaba desconsolada y recorr�a el Vedado mostrando sus ojos negros de camag�eyana enflaquecida. Cuando lleg� el Per�odo Especial dictado por el Comandante en Jefe, Nora Izada Curbelo ya no ten�a nada para cambiar. Sus  120 pesos de su retiro apenas le alcanzaba para matar la mitad de su hambre. Enloqueci�, se puso triste, lloraba y rezaba como todo buen �ngel. Nadie se ocup� del �ngel. Era como si no existiera. Como les ocurre a casi todos los viejitos que abundan en la isla de Fidel Castro. El �ngel no lleg� a ver el nuevo milenio.

El pasado mes de noviembre le tocaron a la puerta. El olor a muerte inund� el barrio. Su silencio de hambre pas� inadvertido. Mudo silencio de muerte. Nora Izada Curbelo fue otra v�ctima del genocidio castrista. Un �ngel muerto de hambre.

 

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